Historia de una estratégica barbarie, una conveniente mentira, un montaje siniestro cometido por el ejército francés contra un hombre inocente: Alfred Dreyfus

Jean Dujardin, en el segundo juicio sobre el ‘caso Dreyfus’ en ‘El oficial y el espía’.

Escrito por CARLOS BOYERO

Cada entrega de un grupo de directores ancianos, que han dotado de arte imperecedero a su obra, posee el aura de acontecimiento, ya que sabemos que el final creativo está cerca, que su relevo está complicado, que el cine será distinto o más pobre sin ellos. Algunos mantienen su muy frecuente estado de gracia, como Martin Scorsese, Woody Allen y Roman Polanski. Otros como Clint Eastwood y Francis Ford Coppola llevan demasiado tiempo perdidos, con películas mediocres o invisibles de las que se ha esfumado su viejo y colosal talento. Lamentablemente, el nombre de Polanski aparece en los medios de comunicación hasta la saciedad en los últimos tiempos por una villanía que cometió hace 43 años, la violación de una cría a la que había emborrachado y drogado. No sé si ha pagado suficientemente su culpa, pero lo que está claro es que antes y después de ese escabroso delito ha construido una de las filmografías más inteligentes, perturbadoras y oscuras de la historia del cine, protagonizada casi siempre por el mal, real o abstracto, humano o satánico, realista o psicológico.

Por ello, me acerco a su última película El oficial y el espía con máximas y justificadas expectativas. Vuelve al cine de época, como hizo con resultados memorables en El pianista y en Tess, para contar la historia de una estratégica barbarie, una conveniente mentira, un montaje siniestro cometido por el ejército francés, por la justicia militar, contra un hombre inocente. Ocurrió en 1894 y el capitán que fue acusado de espiar para los alemanes se llamaba Alfred Dreyfus. El gran poder planificó esa calumnia, degradó a la víctima y la sentenció a cadena perpetua en la siniestra isla del Diablo, con una justificación mezquina que le venía muy bien ante gran parte de la opinión pública. Ese hombre era judío. Y los pogromos han existido desde tiempos remotos, no los inventó Hitler, aunque sí la escalofriante solución final.

Polanski narra con un estilo que te remite afortunadamente al cine de otra época la alucinada y más que arriesgada investigación del coronel Georges Picquart en busca de la muy escondida verdad, su constatación de que todo dios, desde los altos mandos a los subalternos de confianza, estaba pringado en condenar a un inocente. Lo hace sin apelar al sentimentalismo, sin subrayar nada, con tanto poderío expresivo como sutileza. No se centra en Dreyfus, acorralado monstruosamente pero también alguien escasamente atractivo, sino en su defensor Picquart, un tipo sin la menor empatía hacia los semitas, pero también un auténtico profesional, un hombre honesto que investiga en la gran cloaca del ejército, que se niega a cumplir órdenes y a cerrar los ojos ante la gran mentira que quieren imponerle los de arriba. A costa de jugarse su carrera o su propia vida. No pretende ser un héroe, solo es un tipo que desea quitarse la venda de sus ojos, que cree en su profesión, tiene lo que hay que tener, hace lo que hay que hacer.

Veo en un pase privado El oficial y el espía en compañía de un amigo que lleva décadas hurgando con éxito en las grandes corrupciones políticas, financieras, institucionales. Al terminar nos confesamos al mismo tiempo que está muy bien lo que hemos visto pero no nos ha emocionado. Sin embargo, durante varios días seguimos hablando de esta película, recordándola. Y creo que la actitud de Polanski está muy pensada. Apela al cerebro de los espectadores, a su reflexión, no a su desborde emocional. Y lo que cuenta te provoca miedo e indignación moral, algo que también consiguió Stanley Kubrick en Senderos de gloria. Y ni una gota de histrionismo o de sensiblería en la seca y contenida interpretación de Jean Dujardin. La música la ha compuesto Alexandre Desplat, que probablemente sea el mejor autor de bandas sonoras en el cine actual, con facilidad para conmoverte. Pero Polanski prácticamente no la utiliza, solo y con sobriedad en los títulos finales. Podría haberse ahorrado a Desplat. Polanski no quiere apuntar al corazón, su propósito es que te impacte en la cabeza. Lo consigue.

[Fuente: http://www.elpais.com]