Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me siento. El café enfrió. Antes Suzanne, de Leonard Cohen, para “inspirar”. “Inspirado” estoy, llevando la próstata como regalo de Navidad por todo lado.
Tirado en cama, por treinta años que no lo hice, me digo que a continuar la novela, esa que terminé hace mucho en la cabeza pero cuyas manos se niegan a plasmar. Será que escribo con un dedo. Mayor tiempo que utilizar los diez, nueve para quien haya perdido uno en la sierra de carpintero, como mi amigo Marcelo Almuina. Y hago digresión aquí, para decir que él viene de un pueblo perdido de Chihuahua, Pascual Orozco, que lleva el nombre del que fue héroe y traidor y terminó héroe, a pesar de todo, a cuestas de Victoriano Huerta y del odio de Pancho Villa. Almuina… nombre árabe, imagino las naves, los bultos, los indios, los muertos, espadas y cruces. Almuina que de Almanzor pasó a los pinos del norte mexicano. Si cada uno no solo guardamos una historia sino la memoria del mundo. Termino digresión.
Texto breve, anotación, la charla con mi amiga Cristina Botelho, hija del autor de un mundo nuestro; premura por escribir, por no dejar que se evaporen las palabras. Los hijos, hijas, nietos, cuentos de matrimonios inconclusos y de ajuares muertos. De lechos y tálamos, de besos que de jóvenes tenían dientes y solo encías rosas, y a veces oscurecidas, después. ¿Cuánto importa eso para amar? Nada, si el diente es un hueso que sobresale, una cuchilla para cortar carne que a veces trae sonrisas. No, no me casé por tus dientes, no entré en tu interior por su esmalte. I love you in the morning, grita el poeta ido. Con razón, in the morning y in the noche, claro que sí. Pero no lo entiendes, te crees calavera de Posada, aunque las suyas tienen grandísimos sarcásticos dientes. No entiendes. I love you en la mañana, and más tarde, seguro que sí.
Los dioses le dieron a la desahuciada esposa de Protesilao la posibilidad de dormir con el héroe tres horas, o de hacer una estatua a imagen y semejanza suya. Basta, ahí se concentran los sesenta que viviremos, los ochenta, los veinte. Luego que venga lo que venga. Que Chipre fue de color azul y rojo hasta que la ruina que la acechaba la destruyó y la hizo polvo, que de ahí venimos y ahí regresaremos, hasta el adobe y la argamasa.
Somos un crucifijo, por materializar el dolor en alguna imagen, un crucifijo danzante, amante, que no llora sangre sino esperma, que no asola ni arrasa; siembra y cultiva. Que el mejor abono de la vida es el dolor. Y el único recuerdo. A la pena hay que bailarla con máscara de jade azteca, vestirse con las pieles de los vencidos como hacía Nabopolasar, que eso significa darles vida eterna. El corazón sangrante de los prisioneros en la cima del Gran Cú, por recordar los versos de Ernesto Cardenal. Noches tristes, y noches que fueron fiesta, borrasca de placer, huracán de vicio que no era vicio, más bien pasión.
Perdí las horas desde las cinco de la mañana hasta estas 5:49 de la tarde cuando decido, empujado por Cohen, escribir, continuar la novela terminada en cerebro que necesita de fórceps para ser parida y lavada, planchada, azotada y gritada de niño colgado patas arriba. Alguna vez. ¿Cuántas páginas puedo hasta la oscuridad? ¿Cinco, diez, treinta? No sea que la muerte que siempre tiene nombre de mujer, y piernas y vulva ensombrecida de bosque o playa desnuda batida por mar, me encuentre y me rompa el dedo-lapicero.
La luz del teléfono celular viene multicolor. La batería se agota. Soy el coronel a quien nadie llama. Mentira. Me victimizo, busco ese dolor que mueve la paleta de Pascin y de Soutine, los poemas de Esenin, el agua que ahoga a Celan, sí, ese poeta que traga el Sena porque tiene sed. Pues tengo sed, pero no tengo horas.

[Fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]