Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Día del trabajo. Eso es, 10 horas a destajo. 13, 14, 16. Los años pasan, me aconsejan. ¿Qué años? Se vive y se muere. Nunca fue feriado acá, y los mártires, en Chicago, nadie sabe dónde están.
Estos días fui pensando textos, artículos, notas. Al llegar, primero hacer algo de comer. El departamento es iluminado y solo. Luego, modorra; luego, cansancio y sueño. Así perece la literatura imaginada, se va difuminando, no se recuerdan palabras, el argumento se desmantela y quedamos tirados sobre la cama hasta que un ruido, no alguien, nos despierta.
Converso con Irina. Pasé por Poltava, sería la tarde. Supe que en esos campos extendidos, la tierra negra, combatían para siempre suecos y rusos, y ucranianos con Mazepa. Me escurrí del bus que me devolvía a Kiev, donde nació Zuzanna Ginczanka, detrás de quien ando hoy que nieva y la pandemia camina con larga hoz segadora. Se acercó a un chofer del trabajo; se llevó a Luis Sepúlveda. La muerte no distingue entre letrados y no letrados, aunque permite al Dante caminar por el embudo sin tocarlo. Hasta que…
Converso, escribo. Le digo que quiero de la mano pasear por el parque con la estatua de Gogol, que le escribiré a mi madre, donde esté, cuando visite la casa de Nikolai Vasilievich. Habré encontrado las almas muertas que leí a mis 11 años y tú, mamá, a tus 46.
Árboles del Parque Gorky. Un período de tiempo tan breve y tan intenso. El laberinto de espejos. El té en un día que enfriaba. La rueda Chicago sobre Jarkov.
El baño de tina se evapora como café abandonado. Deseo meterme en él, ahogarme, salir helado y cubrirme de las mortajas sobre mi cama. Vida simple, encender el video, caminar por las villas señoriales que describe Turgueniev y que muestra Nikita Mikhalkov. ¿De dónde esta nostalgia por la mies ruso-ucrania? En un sueño de mis padres habrá crecido, en Netochka Nekrasov, Editorial Tor, Buenos Aires. El pasillo de casa tenía esos ladrillos transparentes. La biblioteca negra estaba allí. El piso era de mosaicos hechos con trozos de mármol. Lo sé porque fui obrero marmolero, atenazado por la miseria del amor y presto para el castigo. Primero con el combo, a partir las rocas a mano cruda, de ampolla y sangre; luego a despedazar las sobras que no iban para mesones, con martillos o cinceles. Armar el cuadro de metal, vaciar el preparado para el mosaico, poner los trozos rotos y multicolores de piedra, secar, pulir. Esos mosaicos tenía el pasillo de casa, donde leí Netochka y también el Zaratustra de Nietzche.
Dos cuarenta y dos. No he oído de mis hijas. Ligia escribe a ratos y de a poco desde el mundo de las suyas. Khalil Gibrán lo dijo claro acerca de los vástagos y las pertenencias. A algunos les cuesta aprender. A todos les cuesta morir.
(–mas arraigar en las palabras tan gozosamentey enamorarse de las palabras tan fácilmente–basta tan sólo tomarlas en la mano y mirarlas bajo la luz como un borgoña), escribía Zuzanna Ginczanka (en Gramatyka), quizá desde su Rivne (Rovno), el mismo de la madre de Amos Oz, ciudad judía al norte de Lvov, camino de Pinsk y el aciago Pripyat.
Confundo el lago Peipus con el lago Ilmen. La dulce cintura de Milana recuerda que el Ilmen toca sus caderas, mientras que el Peipus hundió la amenaza teutona en el siglo XIII; en vano porque volvieron el 41, sangrientos como coyotes. Se llevaron poetas, niños y mujeres. Las cloacas del este se llenaron de voces y el silencio de las tumbas espesó el bosque hasta hacerlo impenetrable. El odio insultó las paredes de Zamosc. Qué hablar, pensar, decir. Amanece con tonos púrpuras y azules. El agua sacia la sed pero no humedece. La garganta seca, se seca, ya no recita ni musita. Los labios no besan ni profieren dulces vicios al oído. Trabajo, horas y horas como oruga de tanque sobre nuestra espalda crujiente. La historia aquella de Siberiada, el filme, con el hombre construyendo con troncos el camino hacia un no se sabe dónde. Ni el cómo, ni los besos que prometiste, los huesos que querías que yo royera de tu cuerpo. Envejecemos; cojeo el tobillo roto, pero mi mente es más que mi cuerpo y domina el dolor.
No tengo tiempo. La mayoría lo consumo en labor. Río cuando me hablan los proletarios de la política, lleno su estómago de pobres. Buen alimento, los pobres. Treinta años de músculo no me enseñaron ni a sostener el lapicero bien. ¿De qué lapicero hablo? ¿De mis dos dedos?
Agua que hervía agua que enfrió. Entre contestar cartas eslavas y cuatrocientos años de música provenzal. Zymborska nace en Ginczanka. Sobre esos cielos no vuela Superman sino los judíos verdes de Chagall, cabras con rostro humano y novias alargadas a la manera de Modigliani y tristes como en Kusturica. No puse velo de novia encima del rostro de las que amé. Me recriminan por eso, supongo. Tanto pelear por independencias y resultamos un trozo de greda seca, ni siquiera adobe. 
Nunca doblé rodilla pero el destino apalea hasta el extremo de que un día no me sostendrán más. Todavía no llega pero acecha. Tiendo sábanas rojas para el cuerpo de Halloween de Irina. Telarañas alrededor de los ojos. Desvarío o soy consciente. Nadie lo sabe nadie me ve. No es culpa del virus; la peste nada que ver tiene con mi soledad.

[Foto del autor – fuente: plumaslatinoamericanas.blogspot.com]