Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace veinte años escribí un texto sobre Jim Morrison, de The Doors. Desde entonces mucho lo he mencionado aunque no ha sido otra vez objeto preciso de mi escritura. El tango dice « veinte años no es nada » pero en este caso me parece demasiado. Dichosa sería la historia si siguiendo a Alejandro Dumas padre pudiéramos conservar los héroes y simplemente retomarlos dos décadas después como si no existiese el tiempo; Dumas lo consigue con sus cuatro mosqueteros porque era talentoso, a pesar de que su amigo, el pintor Eugenio Delacroix, escribía en sus memorias sobre el « pobre Dumas », « que se cree Shakespeare ». Dumas no necesitaba ser Shakespeare, se bastaba a sí mismo. Digresiones aparte, la amplitud del arte, implacable, apenas nos da un atisbo de todos y cada uno de los que merecerían plasmarse de continuo en letras. Mientras diseño este retrato, en la televisión canta Juliette Lewis, flotando entre los brazos del público, entregada peligrosamente al toque de la multitud que la idolatra… y la desea. Un neopunk ameno diría, falto de la magia de los Sex Pistols o los Dead Kennedys y sin embargo fuerte, atractiva (ella), efímera en un mundo rápido en exceso.

¿Por qué James Morrison era The Lizard King? Hablaba de la seducción de los reptiles, de la creencia que en ellos se encarnaba el mal. Tal vez, según aconseja Kierkegaard, quería fundar su leyenda (oscura). « Hay algo profundo en la memoria humana que responde con fuerza a la serpiente », dice Morrison que nació en el oeste y a lo largo de su vida pareció estar influenciado por los mitos indios. Oliver Stone cuando lo retrata en filme hace hincapié en el asunto, que es también recurrente en el cineasta (recuérdese « Asesinos por naturaleza », donde la presencia india anima ser lo único auténtico en un mundo falso). No era juego; Jim a su manera encarnaba al reptil: ajeno, escurridizo, atento y emboscado, un espía en la casa del amor al decir de una de sus canciones, pero un espía in extenso. Ese gusto por la sombra, por evitar el rutilante destello de su fama, por no caer, como semejan hacerlo los otros miembros de su grupo, en los manejos sucios del capital que se apropia de todo, incluso de aquello que lo ataca, lo hace decidir por el mayor escondrijo posible, allí donde no puedan hallarlo, en la muerte. 

Qué significa entonces la muchedumbre de sicofantes que lo seguía, el cúmulo de mujeres dispuestas a su amor y a su carne. Designios como los del solitario que no puede desembarazarse de su carga no son inusuales. Pero en el bar, donde pasaba la mayor parte de su tiempo, a pesar del entorno sensual y servil, el hombre y el alcohol, en la medida y pasión con que Morrison afianzaba esta relación, se cierran en un círculo pétreo, difuso y maldito. Es Malcolm Lowry convertido en el Cónsul que agita vientos de tragedia; un vaso de absintio que dispensa vida y muerte.

Jim ha quedado en la memoria norteamericana como un icono más. Lejos están los días en que se presagiaba un mundo mejor. Algunos dicen que aquello murió en Altamont, en el concierto de los Stones, donde la cruda realidad de la violencia exterminó para siempre los floridos sueños de una generación. Unos, los más, se hicieron imbéciles y a otros los alcanzó la ambigüedad. Se invirtió el epílogo de aquel hermoso filme animado, « Yellow Submarine », que a pesar de ser cándido, como lo fuera Lennon, apelaba a la belleza. Lo cierto es que no se había invertido la realidad, que los viajeros del submarino amarillo deliraban. Se asesinaba en Vietnam, en el Congo, Bolivia y Camboya. Dolor y desesperación. Jim Morrison lo sabía; por ello, en una controvertida canción habla de parricidio e incesto, extremo desesperado de un callejón sin salida.

Vivir es la mayor de las convenciones sociales; se espera que vivamos, no importa cómo. Hay una pesada maldición religiosa para los suicidas ¿Pero sirvió de algo que Jim se extremara hasta la muerte? Hoy fabrica dinero para los que no lo merecen y su memoria debe ser dulce entre comerciantes. ¿Paz? ¿La hay en Père Lachaise? Cuando salgo del cementerio, una tarde del 86, miro que a la izquierda bajo una gran lápida yacen los despojos de Mauricio Hochschild, no muy lejos de Jim Morrison, tan disímiles ellos… y ya no comprendo nada.


[Imagen: arte sobre Jim Morrison – publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), junio, 2005 – reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]