Para ponerle el broche final a esta sección tan longeva, operativa desde la fundación de Efe Eme en 1998, acudimos a Javier de Diego Romero y su análisis de La question, cima artística de Françoise Hardy e integrante incuestionable del canon discográfico del pop francés.

Françoise Hardy
La question
SONOPRESSE, 1971


Autor: Javier De Diego Romero

1971 fue, bien puede sostenerse, el año más deslumbrante de la historia del pop galo, el más pródigo en obras maestras. Hablamos, para empezar, del año de Histoire de Melody Nelson, de Serge Gainsbourg, un fascinante ciclo de canciones inspirado en la novela de Nabokov Lolita, donde el legado clásico de Debussy y Fauré convive con asombrosa naturalidad con el latido del funk contemporáneo. No menos brillante es Polnareff’s, pop psicodélico de altos vuelos, un álbum deliciosamente excesivo y ampuloso que mostró a Michel Polnareff en la plenitud de sus facultades creativas. Y fue también, en fin, el año de La question, el trabajo con el que Françoise Hardy terminó de decir adiós a su época de ídolo yeyé, su gran disco de afirmación artística, el que muchos consideran (consideramos) como el pináculo de sus casi seis decenios de trayectoria.

Todo comenzó a cambiar en la carrera de la cantante parisina a la altura de 1967, un lustro después de aparecer en escena con la memorable “Tous les garçons et les filles”. Deseosa de tomar el control de sus finanzas, creó su propia compañía de producción, Asparagus, para disgusto de Vogue, su casa de discos. Las incesantes giras la agotaban, le dejaban el ánimo por los suelos, y en 1968 decidió abandonarlas, lo que agriaría más aún sus relaciones con la discográfica. Hardy terminó rompiendo amarras con Vogue y firmando por Sonopresse, sello en el que publicaría, además de La questionSoleil (1970) y Et si je m’en vais avant toi (1972). Por otro lado, después de verse obligada a liquidar Asparagus de resultas del conflicto con Vogue, en 1970 fundó una nueva productora, Hypopotam: salvaguardar su libertad artística se había convertido en su máxima prioridad. Hardy mostraba así, en fin, un carácter independiente y díscolo difícil de imaginar en la chica yeyé que había encandilado al mundo en los años anteriores. Una actitud de la cual también se distanciaría, por lo demás, en virtud de sus crecientes inquietudes literarias: empezó a leer a Proust, Céline e Ionesco; en el elepé Comment te dire adieu? (1968) versionó a Leonard Cohen (“Suzanne”) y a Phil Ochs (“There but for fortune”, adaptada al francés como “Où va la chance?”); el novelista Patrick Modiano —por entonces en sus comienzos; en 2014 sería galardonado con el Nobel— le escribió la letra de varias canciones.

Reivindicarse como artista

A inicios de la década de los setenta, a Françoise Hardy se le antojaba fundamental reivindicarse como artista, aunque ello implicara —como de hecho ocurriría— que su repercusión comercial fuera mucho menor que la que había logrado con el contagioso pop de pitiminí de sus años en Vogue. Un propósito que consiguió sobradamente con La question, para el que contó con una aliada singular: Valeniza Zagni da Silva, de nombre artístico Tuca, una cantante y guitarrista brasileña que le había maravillado en una de sus actuaciones en el restaurante parisino La Feijoada. Fue en el otoño de 1970, poco después de regresar del Festival Internacional de la Canción de Río de Janeiro, al que había sido invitada como miembro del jurado, cuando le propuso grabar un disco juntas. Un disco que incorporara los sonidos dulces y lánguidos de la bossa nova, en los que había profundizado durante su estancia en Río, y que Tuca moldeaba con primor; sonidos que, ciertamente, parecen hechos a medida para la más melancólica de las chansonnières. A diferencia del ritmo vertiginoso que le habían impuesto en sus álbumes previos, Hardy pudo trabajar con calma en el material que le ofreció la brasileña: ensayó todos los temas con ella a diario durante un mes antes de entrar en el estudio. Allí se les unirían Guy Pedersen, un avezado contrabajista de jazz; y Francis Moze, bajista del grupo de rock progresivo Magma. Interpretados por la Orquesta de París, los arreglos de cuerda son obra de Raymond Donnez —que posteriormente descollaría como una de las grandes figuras del eurodisco— y de la propia Tuca. En el apartado literario encontramos a Hardy como firmante de casi la mitad de los textos, y a un puñado de letristas de renombre en la escena local, entre los que sobresale Frank Gérald.

Atmósferas espaciosas de iluminación tenue, guitarras acústicas que se mecen al compás de la brisa carioca, esbeltas orquestaciones que envuelven tersamente, la voz aterciopelada y susurrante de Hardy. Estamos ante un disco austero, intimista, pero no tan sereno como podría parecer. Lo subraya Keren Ann, una de las más brillantes herederas de Hardy en el siglo XXI: «Es un álbum de ambiente reposado, pero que expresa un verdadero tormento». El tormento que comportaba la relación sentimental de Françoise con el cantante Jacques Dutronc, su «pregunta sin respuesta», como canta en “La question”, el amado elusivo, inaprensible, de quien espera incesantemente una señal. Acerca de esta espera versan, además del tema titular, la tierna y encantadora “Même sous la pluie”, la canción de Tuca que condujo a la parisina a querer colaborar con ella; “Si mi caballero”, un tema de aroma medieval en el que la interacción entre el piano y la guitarra acústica musica a la perfección la acendrada melancolía de la cantante; y “Bâti mon nid”, la más vivaz y pegadiza del lote. La narradora de “Mer” llega a fantasear con la posibilidad de suicidarse ahogándose en el mar, un mar tan inquietante como acogedor, que imaginamos con nitidez merced al flujo y reflujo de las cuerdas. En La question el amor aflige y puede causar la propia destrucción, pero, al mismo tiempo, también redime, tensión que evocan subyugadoramente las cuerdas agitadas, febriles, de “Viens”, un arreglo soberbio que bien podría haber dibujado la batuta del gran Jean-Claude Vannier.

La question alberga un tema compuesto en solitario por Hardy, “Doigts”, el placer sensual sublimado en menos de dos minutos de gloria bendita. Pero si quieren derretirse por completo, escúchenla tararear y gemir en el éxtasis plácido de “Chanson d’O”, así titulada en referencia a la célebre novela de Dominique Aury Historia de O.

Nostalgia y ciencia ficción

Alejada de la temática amorosa predominante en el elepé, “La maison” trajo de vuelta a la Hardy nostálgica que años atrás había cantado “Ma jeunesse fout le camp” (“Mi juventud se desvanece”) y “La maison où j’ai grandi” (“La casa en la que crecí”). Es con la segunda con la que entronca más directamente esta hermosa pieza, en la que Françoise alterna las partes cantadas con el spoken word. Su protagonista ensueña con tristeza el hogar de su infancia, que ha marchitado tanto como él mismo, sus puertas perladas se han ajado con el tiempo, el paraíso originario al que daban acceso se ha perdido para siempre: saudade de alta costura. En “Le martien”, folk onírico reminiscente de “Space oddity” (David Bowie) y “Starsailor” (Tim Buckley), Hardy encarna a una chica de vida gris que, admirada y anhelante, contempla cómo un extraterrestre desciende del cielo para pedirle la mano y rescatarla del tedio; su particular incursión en la ciencia ficción, la cual, en los años subsiguientes al alunizaje del Apolo 11, invadía la música popular, del glam de Ziggy Stardust al afrofuturismo de George Clinton, pasando por las fantasías espaciales del rock progresivo.

Qué mejor manera de dar cierre a un disco tan ensoñador como La question que con un corte titulado “Rêve” (“Sueño”), versión de “A transa”, un tema del cantante brasileño Taiguara. Hardy sustituyó el texto original de esta canción de ingrávida belleza por uno propio, cuatro versos que encapsulan ese doble rostro del amor romántico al que aludíamos anteriormente: «Me maravillas como un sueño / que por fin se ha hecho realidad, / y me haces daño como un sueño / del que pronto tendré que despertar». Se corre así la cortina de un álbum magnífico, un fecundo maridaje de chanson y bossa nova que descubrió a una intérprete madura y consumada y, en fin, a una artista dispuesta a seguir a su musa a dondequiera que la llevara, ajena a las consideraciones comerciales. Imprescindible.

[Fuente: http://www.efeeme.com]