IMAGE: Hermann Traub - Pixabay (CC0)

Escrito por Enrique Dans

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Facebook… o una forma de pensar» (pdf), y trata de explicar lo que puede estar reflejando el movimiento de boicot de anunciantes a Facebook que comenté el pasado 20 de junio, algo que posiblemente vaya bastante más allá de lo que parece.

El boicot sigue avanzando, ganando adeptos y amenazando con internacionalizarse: desde los primeros apoyos de compañías como The North FacePatagonia o alguna agencia, o el apoyo inmediato de movimientos similares como Sleeping Giants, se han unido ya empresas como Eddie Bauer, Magnolia Pictures o Ben & Jerry’s, y ya grandes anunciantes como VerizonUnileverFord o Pepsi, con otras como Coca-Cola o Microsoft que, sin adherirse específicamente al movimiento, sí anuncian la suspensión temporal y el replanteamiento de sus inversiones de publicidad en redes sociales.

La pérdida temporal de las cuentas de compañías tan grandes provocará, sin duda, importantes pérdidas económicas a Facebook, incluso aunque los resultados globales puedan maquillarse con el hecho de que otras compañías, sobre todo pequeñas o medianas – que suelen ser por necesidad menos simbólicas y más pragmáticas en sus decisiones – puedan ver ahí la oportunidad de que sus anuncios destaquen más durante ese período de menor saturación en la plataforma.

La cuestión, sobre todo, es qué hay detrás de un movimiento como este: en primer lugar, esto no proviene única y exclusivamente, como Facebook pretende interpretar, de un problema derivado de la falta de reacción de la compañía ante unas declaraciones de Donald Trump. El caso de Donald Trump puede tener que ver con la información que las compañías norteamericanas manejan sobre las próximas elecciones norteamericanas, la salida de Trump de la Casa Blanca y el interés por distanciarse lo más posible del personaje en cuestión. Pero el boicot tiene, en realidad, más que ver con la caída de una forma de hacer política y de enfrentar el debate público: es, en la práctica, una caída del populismo.

Países como los Estados Unidos, Brasil o Rusia, dirigidos por presidentes fuertemente populistas como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Vladimir Putin son, por ese orden, los que encabezan los siniestros rankings de mortalidad por el COVID-19: todo indica que el populismo y el «valetodismo» no son la mejor receta para enfrentarse a una crisis. Además, Donald Trump está viviendo los peores momentos en su nivel de popularidad: la promesa de «hacer a América grande de nuevo» ha tenido como resultado, en menos de cuatro años, una América desproporcionadamente asolada por una pandemia y con el hecho de ponerse una mascarilla absurdamente convertido en una opción ideológica, fuertemente polarizada, enfrentada por tensiones raciales nunca vistas durante décadas, con un nivel de desempleo históricamente nunca visto, y ante una crisis económica descomunal. Si dan a Donald Trump algo más de tiempo, seguramente conseguirá la extinción global de todos los norteamericanos.

La semana pasada, Donald Trump ha visto no solo cómo Twitter actuaba contra varios de sus completamente absurdas, infundadas o directamente descerebradas actualizaciones, sino que, además, ha sufrido la clausura de varios de los foros de sus seguidores en Reddit, y la eliminación de sus vídeos de Twitch. Ya no hablamos simplemente de un caso aislado o de un CEO dando un paso adelante y corriendo el riesgo de enfrentarse al presidente de su propio país: hablamos de una veda abierta que normaliza la idea de que el inquilino de la Casa Blanca es un perfecto imbécil, un auténtico irresponsable que la abandonará pronto, y que en realidad, todos saben que nunca debió llegar a ella.

La misma ola que derriba a Donald Trump hace sufrir a una Facebook que jugó un gran papel en su elección, que prefirió no actuar contra él y sus incendiarias tácticas, y que incluso, sabiendo que fomentaba la polarización, prefirió no hacer absolutamente nada o incluso retorcer sus reglas para favorecerlo, todo ello por el interés de ganar más dinero. Beneficiarse del incremento del nivel de polarización y de odio, de las toneladas de barro lanzadas a diestro y siniestro en su plataforma. La relación entre Facebook y Donald Trump es tan fuerte, que Mark Zuckerberg telefonea rápidamente a Donald Trump para explicarle sus decisiones. Ese vínculo entre Facebook y Trump, entre Facebook y el odio, entre Facebook y el populismo, será para muchos difícil de olvidar.

El boicot a Facebook refleja, en realidad, la idea de que el populismo como cáncer de la democracia, la idea de alimentar el odio, la confrontación y el río revuelto como forma de hacer política podría estar llegando a su fin. Que de una u otra manera, y a costa de muchos problemas, podríamos estar aprendiendo.

Pero también es posible que no sea así, y que esa conclusión, que no es más que mi opinión personal, sea simplemente, como dicen los norteamericanos, wishful thinking. Pero por el bien de todos, espero que no.

 

 

[Fuente: http://www.enriquedans.com]