Una misma realidad se puede transmitir de diferente manera en función de los vocablos que la nombren

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a la izquierda, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, el 21 de julio en Bruselas.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Cuatro miembros de la UE (Países Bajos, Suecia, Austria y Dinamarca) son partidarios de un gasto comunitario bajo, para contribuir poco a él, y se han autodenominado “países frugales, después de que el Financial Times les aplicara ese generoso adjetivo.

El término “frugal” se había empleado antes en referencia a los presupuestos nacionales de contención. Y lo usó Xavier Vidal-Folch, con mayor antelación aún, en varios artículos de EL PAÍS. Por ejemplo, el 5 de mayo de 2016: “La política suele ir con retraso en frugalidad, ese ahorro de costes inútiles o prescindibles, corrientes o burocráticos, a no confundir con la austeridad excesiva que castiga la inversión y los servicios sociales”.

Ha nacido así un uso positivo de “frugal” y “frugalidad” opuesto al negativo de “austero” y “austeridad”, términos éstos que fueron manipulados en la anterior crisis: la austeridad verdadera se la aplica cada cual, no se impone a otros; y consiste en vivir con lo necesario, no con menos de lo necesario. Nos colocaron “austeridad” en vez de “empobrecimiento” y “miseria”.

El caso es que el diario británico acuñó hace poco la locución the frugal four (los cuatro frugales) para referirse a esos miembros de la UE. Y ellos están encantados con el adjetivo. Claro.

“Frugal” significa, en español y en inglés, “parco en comer y en beber”. Procede de frugalis, en latín, que a su vez viene de frux, frugis: fruto de la tierra. Es decir, se llamó frugal a quien se limitaba a comer lo que nacía de los árboles y los campos, y prescindía de la carne y del pescado.

De eso derivó un sentido figurado que ya usaban los romanos: frugalitas equivalía a “moderación, prudencia, sobriedad”; metáfora fosilizada que nosotros también aplicamos y que se halla igualmente en el inglés frugally: “económicamente, sencillamente, en pequeñas cantidades”.

Así que tenemos cuatro países frugales. Y si ellos son frugales, ¿qué somos los demás? Al repetir acríticamente ese adjetivo, el periodismo español trabaja a favor de parte. O sea, a favor de la parte contraria. Porque se sobrentiende que los frugales están a un lado y que al otro se han situado los carnívoros, los comilones, los glotones, los derrochadores. O sea, nosotros: España, Polonia, Portugal, Grecia, Rumania, Hungría, Bulgaria, República Checa, Eslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Chipre y Malta; los llamados “países de la cohesión”, partidarios de un presupuesto expansivo; los que pretendían paliar la coronacrisis mediante un mayor gasto público de la UE (que los “frugales” lograron reducir).

Pero los frugales son en realidad los ricos. O, como ha escrito Lluís Bassets, los ricos que se hacen los pobres para evitar las transferencias a los más necesitados.

Una misma realidad se transmite de diferente manera en función de los vocablos que la nombren. Podemos censurar al perseverante por su “obstinación” o alabarlo por su “tenacidad”. Sólo el punto de vista distingue entre el oportuno y el oportunista, entre el halago y la adulación, entre la dulzura y el empalago, entre el generoso y el manirroto.

Y cuestión de punto de vista sería también escoger entre “los cuatro frugales” y su anverso negativo: “los cuatro tacaños”.

[Foto: STEPHANIE LECOCQ – fuente : http://www.elpais.com]