Una severa impugnación de ‘Tierra negra con alas’, la monumental antología de la poesía vanguardista latinoamericana de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla.

Escrito por Mario Campaña (*)

La finalidad de una publicación de poemas debiera ser la experiencia poética, ese trance singular en que la contemplación del poema nos agita y transforma. Desafortunadamente, no es ese el cometido de Tierra negra con alas, un libro de 825 poemas en castellano, portugués y francés correspondientes a 190 escritores de veinte países latinoamericanos. Sus autores se muestran menos interesados en la poesía que en la narrativa, por chocante que parezca, tal como se observa en el prólogo y especialmente en las notas biobliográficas, que lo condicionan todo. Los autores declaran que su pretensión ha sido « mostrar que el espíritu de la vanguardia alcanzó América Latina de arriba abajo »: una meta de cartógrafos o historiadores.

La vanguardia, en sus versiones más combativas y conscientes, fue sobre todo un intento de destruir la burguesa institucionalidad de la poesía

« Hay una manera de empezar, muchacho, para los que pretendan no equivocarse en sus deliberaciones. Conviene saber de qué trata la deliberación. De lo contrario, forzosamente, nos equivocaremos »: así alecciona Sócrates a Fedro en uno de los diálogos platónicos. Aunque estamos lejos de tener concordia acerca de lo que fue la vanguardia poética, los responsables de Tierra negra con alas no declaran el concepto y el marco dentro de los cuales operan: apenas los aluden. Quizá por ello mismo terminan obliterando la poesía, como hemos dicho, en beneficio de la anécdota y la narrativa, que indisponen la lectura. Y posiblemente sea esa también la causa de que la selección parezca idiosincrática: ¿por qué es vanguardista Omar Estrella y no lo es Ricardo Molinari? ¿Porqué cabe Martín Adán, pero no Macedonio Fernández? ¿Y a cuento de qué constan en la antología Marcos Fingerit, Arturo Cambours o Carlos Gómez Cornejo entre otros poetas de versos burocráticos, pero no Leopoldo Marechal, el poeta de los « pájaros rabiosamente musicales » y figura protagónica de la vanguardia argentina?

Renuentes a la definición y a la crítica literaria, los autores confían en la descripción, y entienden que: 1) la vanguardia fue « una época más que un movimiento estético » que produjo la « poesía nueva »; 2) las lenguas de la vanguardia son el castellano, el portugués y el francés en tanto segunda lengua; 3) se reconoce en ella una « apuesta por la poesía social »; 4) en la configuración de la vanguardia real tienen gran importancia los « poetas menores » y « los movimientos episódicos »; 5) el movimiento vanguardista va de « 1916 a los años treinta ».

La información acumulada por los autores es asombrosa. Merece reconocimiento una investigación tan vasta y sui generis, todo un desafío a la tradición de las antologías, que se ha definido siempre por la combinación de ανθοσ, ‘flor’, y λογειν, ‘recoger’: ανθολογια: ‘colección de flores’, entre los griegos, o florilegium, entre los latinos. Desde una lógica empírica, con los llamados poetas menores el libro contribuye al conocimiento de la época: por Tierra negra sabemos un poco más sobre cómo fue la vanguardia latinoamericana, aunque solo sea cuantitativamente.

Pero la vanguardia, en sus versiones más combativas y conscientes, fue sobre todo un intento de destruir la burguesa institucionalidad de la poesía, entendida como un muro que separaba la poesía de los ciudadanos, sus potenciales lectores. Así se entienden, por ejemplo, las acciones estridentistas y el gesto de Braulio Arenas de subir al estrado en que recitaba Neruda, arrancarle los poemas de las manos y romperlos en pedazos.

Para entrar directamente a la ‘deliberación’ mencionada por Sócrates, apuntamos aquí algunos comentarios sobre los presupuestos de Tierra negra recién resumidos:

1. No puede decirse que la vanguardia fuera una época, porque el período que va de 1916 a « los años treinta » no fue solo vanguardista. En 1921, en Lima, ante un auditorio repleto, se coronaba con laurel al famoso José Santos Chocano, llamado « El poeta de América ». De 1916 hasta los años treinta son los tres primeros libros de Juana de Ibarbourou, y prácticamente todos los de Alfonsina Storni, publicados entre 1916 y 1938, y de 1924 es el importante La isla de los cantos, de María Eugenia Vaz Ferreira, así como Desolación (1922) y Tala (1938), de Gabriela Mistral, en Chile; de 1922 hasta los años treinta son los libros de Enriqueta Arvelo Larriva, en Venezuela; y de los años veinte y treinta son muchos de los libros de Enrique González Martínez, de México, a quien Pedro Henríquez Ureña llamó « uno de los siete dioses mayores de la lírica mexicana ». Tampoco en Europa la vanguardia poética fue « una época ». En 1920 Paul Valéry dio a conocer La poesía pura, que resultó muy influyente en España y América Latina; y en 1922 Rilke publicó Las elegías del Duino. Y, obviamente, la nueva poesía europea no empieza con las vanguardias. Baudelaire y Mallarmé son incomparablemente más innovadores que cualquier poema del siglo XX, y ningún libro vanguardista es más dinamitero que Las flores del malUna temporada en el infierno Los Cantos de Maldoror.

Poetas en lenguas originarias existen desde antes de la invasión española (sor Juana llegó a escribir en náhualt); hay literatura en inglés en el Caribe

2. Es un error sostener, como hacen los autores implícitamente, que las lenguas literarias de América Latina sean el castellano, el francés y el portugués. Poetas en lenguas originarias existen desde antes de la invasión española (sor Juana llegó a escribir en náhualt); hay literatura en inglés en el Caribe, por ejemplo en Trinidad (la tierra de Naipaul) y en Santa Lucía, la de Derek Walcott: dos premios Nobel. Y poetas en lengua francesa maternal existen en el Caribe y las Guayanas: ¿por qué los editores han excluido dos libros excepcionales: Pigments, de 1937, de Leon Damas, de Las Guayanas; y Cahierd’un retour au pays natal, de 1939 en la primera edición y 1949 en la definitiva, de Aimé Césaire, de Martinica? El Cahier es uno de los libros mayores de la poesía latinoamericana de todos los tiempos. Es inexplicable.

3. Que la vanguardia fue social es una idea que empieza a repetirse preocupantemente en España. Lo suscriben Bonilla y Bonet en este libro, y en un artículo reciente Carmen Alemany afirma que « en los años veinte los intelectuales pusieron su arte [la poesía] al servicio de la revolución para condenar las injusticias y los desequilibrios económicos », y que « en no pocas ocasiones » en la vanguardia poética prevaleció lo político y lo social sobre lo estético. Son afirmaciones ideológicas, no verificables. Tierra negra con alas las desmiente. Aparte del estridentismo de México, el negrismo de Centroamérica y el Caribe, el indigenismo de Perú (ni en Bolivia ni en Ecuador se produjo poesía indigenista), y cierta vanguardia brasileña, especialmente las de Jorge de Lima y Pau Brasil y Oswald de Andrade, nada hay en estos 825 poemas que respalde esas atribuciones sobre lo social y lo político, que no afectan a la vanguardia de modo predominante. La vanguardia intervino más en el seno de la poética y la cultura.

4. ¿Cabe, en verdad, una gradación entre poetas menores y mayores? Lo veremos en los poemas. Por la meta anunciada se puede sospechar que los poetas menores son aquí una especie de yacimiento para la exploración narrativa que rezuma por las páginas de Tierra negra con alas.

5. Los dos límites cronológicos son harto problemáticos. Es muy discutible que 1915 o 1916 puedan ser fijados como años de inicio de la vanguardia, y no solo porque es difícil admitir que El cencerro de cristal, de Ricardo Guiraldes (1915), sea un libro vanguardista, sino además porque un año antes, en 1914, Vicente Huidobro ya había dado un salto magnífico con tres obras que empiezan a preconizar con innegable originalidad la vanguardia continental: las crónicas de Pasando y pasando, los « salmos », poemas en prosa, ensayos y parábolas de Las pagadas ocultas, y el irrebatible Non serviam, una obra de primer orden. Es insoportable que Juan Bonilla afirme que Huidobro había llegado al Non serviam « a la manera de los que aciertan una quiniela el lunes por la mañana, una vez que se han disputado todos los partidos ». Para descartar esa sarcástica pero vana afirmación hay que leer las desafiantes crónicas de Pasando y pasando, de 1914, donde Huidobro declara: « en literatura me gusta todo lo que es innovación », « odio todos los ruidos de cadenas que atan », « amo todas las bizarrías y gestos de rebelión ». Non serviam es el fruto genuino de un proceso de deliberación poética y racional de un joven que aún tardaría dos años en viajar a Europa y entrar en contacto con la vanguardia internacional. Los intentos de Bonilla de restar mérito a Huidobro son impotentes. Lo dejó dicho Cansinos Assens: « Su venida a Madrid [de Huidobro] fue el único acontecimiento literario del año [1918], porque con él pasaron por nuestro medio las últimas tendencias estéticas del extranjero […] Huidobro nos traía primicias completamente nuevas, nombres nuevos, obras nuevas; un ultramodernismo […] Huidobro trajo el verbo nuevo ». El mismo Guillermo de Torre sostuvo que « de la boca de Huidobro oí algunos de los primeros nombres verdaderos que iban a definir la época amaneciente […] Allí, o por mediación de este, conocí a algunos artistas extranjeros […] Allí [con Huidobro o en casa de Huidobro] se incubó originariamente el óvulo ultraísta ». En 1916 Huidobro publicó (la existencia de esa edición está testimoniada por Braulio Arenas y René de Costa, que tuvieron ejemplares en sus manos) y en 1918 reeditó su libro El espejo de agua, piedra maestra del creacionismo, magníficamente presentado en el mencionado Non serviam de 1914. No se puede minimizar a Huidobro ni negar su influencia; está en los orígenes del ultraísmo español y por tanto en la génesis del Borges vanguardista.

No se puede minimizar a Huidobro ni negar su influencia; está en los orígenes del ultraísmo español y por tanto en la génesis del Borges vanguardista

Y es problemático el otro extremo cronológico. « Los años treinta » es un límite convencional, desmentido por la propia antología, que incluye siete poemas del mexicano Emilio Uribe Romo del libro Jacaranda, de 1940, y varios poemas del peruano César Moro publicados en los años cuarenta y cincuenta: ‘Adresseauxtroisregnes’ pertenece a Le chateau de Grisou, de 1943; ‘Lettred’amour’, es de 1944; ‘Discours’, de Pierre de Soleil, fue escrito entre 1944 y 1946; ‘Le jeu predestiné’, de Amour à mort, es de 1957. En realidad, Tierra negra con alas pone los pies en los años cuarenta y más allá. Pero tanto Bonilla y Bonet como Alemany eluden la cuarta década y sostienen que es recién en los años cincuenta y sesenta que la vanguardia renace. Sin embargo, no hubo ninguna solución de continuidad de la vanguardia en los años cuarenta, durante los cuales la nueva poesía, la poesía moderna, cobró en Latinoamérica un nuevo impulso. Según Octavio Paz, en los años cuarenta tuvo lugar una transformación no menos profunda que la de los años veinte. En el mismo sentido se expresan autoridades como José Olivio Jiménez y Enrique Anderson Imbert. En 1938 hacen su aparición los surrealistas chilenos del grupo Mandrágora, que entre ese año y 1943 publicaron la revista del mismo nombre, y ese mismo año 1943 apareció LeitMotiv, en que publicarían Breton, Péret, Césaire y otros grandes nombres surrealistas. De los cuarenta son muchos libros renovadores: El mundo y su doble (1940) y La mujer mnemotécnica (1941), de Braulio Arenas; Enemigo Rumor, 1941, de José Lezama Lima; Reinos, 1945, de Jorge Eduardo Eielson; Las cosas y el delirio y Pasiones terrestres, 1941 y 1946, respectivamente, de Enrique Molina; Espacio, me has vencido, 1946, de César Dávila Andrade; Contra la muerte, 1948, de Gonzalo Rojas; Libertad bajo palabra, 1949, de Octavio Paz; o En la calzada de Jesús del Monte, 1949, de Eliseo Diego, son libros que dan pasos adelante en el proyecto poético modernizador de las letras latinoamericanas. Más productivo hubiera sido explorar la postulación de una vanguardia enteramente viva hasta los años ochenta, que aun hoy, en pocos pero significativos poetas, como Eduardo Milán y José Ángel Cuevas, mantiene su vigor.

Y bien: después de examinar los 825 poemas ofrecidos se puede confirmar lo que ya anotamos al comienzo: la poesía no es una prioridad de Tierra negra con alas, un libro que se puede ver como una enorme composición figurativa, más cerca de la patchwork que del mosaico, donde la poesía tiene que ser buscada con perseverancia entre numerosos retazos de otro orden. Se la encuentra, sin duda, pero en pequeñas dosis: en nombres ya conocidos y en unos cuantos poetas felizmente redescubiertos por esta antología: toda la vanguardia uruguaya, pero especialmente el entrañable Alfredo Mario Ferreiro, y Vicente Basso Maglio, y Álvaro Guillot Muñoz; e Hilda Mundy (Bolivia), Hugo Mayo (Ecuador), Domingo Moreno Jiménez (República Dominicana), Alfredo Brandán (Argentina) y pocos más.

Excelente pero poca, muy poca poesía, en 825 poemas y 927 páginas.

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Tierra negra con alas. Antología de la poesía vanguardista latinoamericana, edición de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla, Fundación Juan Manuel Lara, 2019.

 

(*) Mario Campaña. Nacido en Guayaquil (Ecuador) en 1959, es poeta y ensayista, colaborador en revistas y suplementos literarios de Ecuador, Venezuela, México, Argentina, Estados Unidos, Francia y España, dirige la revista de cultura latinoamericana Guaraguao, pero reside en Barcelona desde 1992.

 

 

[Fuente: http://www.bitacora.com.uy]