Escrito por Rosa Burakoff

En este mes de agosto se publicó en  la traducción al hebreo de la novela Gloria del escritor Benito Pérez Galdós. Benito María de los Dolores Pérez Galdós nace un 10 de mayo de 1843 en Las Palmas de Gran Canaria, . En el año 1862 se traslada a Madrid para estudiar derecho. Aunque siempre muestra mayor predilección por la vida bohemia visitando con frecuencia el Ateneo, las bibliotecas y las tertulias literarias. En Madrid, colabora como crítico en La nación y El Debate. Y es nominado al Premio Nobel de Literatura, pero dadas sus inclinaciones políticas no se le concede este galardón.

A nivel personal Galdós fue un apasionado escritor de cartas, se le conoce números intercambios por correspondencia con figuras literarias de renombre del siglo XIX como Emilia Pardo Bazán, con quien se dice tuvo amoríos, y Leopoldo Alas “Clarín”, autor de La Regenta, incluso con Miguel de Unamuno.

Galdós fue también un entusiasta lector, en especial de William Shakespeare y Charles Dickens. Más sin lugar a dudas en toda su obra se percibe una profunda admiración por el manco de Lepanto, Miguel de Cervantes.

El contacto de Galdós con la temática judía se explica por la buena relación epistolar que tenía con un matrimonio judío griego de la isla de Salónica, según explica el investigador y especialista en Galdós, Rodolfo Cardona. Sin embargo, se puede intuir que los conocimientos de Galdós sobre la comunidad judía y sus costumbres las adquirió conforma la relación con una feminista radical y actriz fracasada llamada Concha Morell –que adoptó el nombre de Ruth tras convertirse al judaísmo– se fueron fortaleciendo.

En mi opinión, este hecho anecdótico del autor canario es sustancial ante la configuración favorable que hace don Benito de los personajes de Daniel Morton y Madame Esther en la novela de Gloria (1877). Este hecho aunado a la temática judía es la razón por la que invite a mi amigo y traductor Menajem Argov a traducir esta novela.

¿Quién es Daniel Morton?

Daniel Morton, hijo de inmigrantes establecido cómodamente en Inglaterra, naufraga cerca de las costas de Ficóbriga. Tras su rescate, recibe asilo en la casa de una familia católica conservadora de apellido Lantigua, donde conoce a la joven Gloria. El encuentro entre los jóvenes despierta en ellos el amor y la pasión: Gloria queda embarazada y da a luz a un niño al que llamarán Jesús.

Daniel, tras reconocer la falta moral cometida y su paternidad, se sitúa en medio de una encrucijada: un dilema que se manifiesta en el deseo de salvar el buen nombre de Gloria, aludiendo a su sentido del honor y la justicia frente al compromiso familiar de vivir y respetar los preceptos de la ley de sus padres:

Ayer por la mañana, vagaba yo por la playa, interrogando a mi conciencia. ¡Ah! No puedes tener idea de aquellas terribles horas de duda. Yo tenía dos conciencias igualmente poderosas ¿comprendes esto? Dos conciencias que daban la más horrenda batalla dentro de mí. ¡Renegar!… ¡Abandonar a un ser querido que me debe su dolor!… Ninguna de estas dos ideas podía aniquilar a la otra, y cuanto más fiero se mostraba uno de los dos dragones, con más rabia le mordía el otro… Imploré a Dios, gritando en medio del estruendo del mar: «¡O la solución o la muerte!» Entonces una idea iluminó de improviso mi espíritu. (Gloria, II, 28, p. 418).

La resolución que toma Daniel ante el conflicto de su paternidad y el deshonor de Gloria es convertirse al cristianismo, al menos solo en apariencia. Sin embargo, el texto, con la falsa conversión de Daniel, castiga duramente su insinceridad. Por lo tanto, la obra no se pronuncia propiamente contra la conversión de Daniel sino contra la falsedad con la que él adoptará esta nueva religión: “¿Luego engañas a esa pobre joven [diría su madre Esther], engañas a una honrada familia? […] ¡Daniel, impostor, lo que ahora me revelas es tan indigno de ti como la apostasía! Tu corazón se ha corrompido” (Gloria, II, 28, p. 417).

El posicionamiento de Daniel entre ambas religiones ─la suya y la de Gloria Lantigua─ lo obligan a asumir una postura intermedia con aspiraciones conciliatorias. De algún modo, el joven inglés, en su búsqueda por una nueva religión que satisfaga los deseos de ambas familias y los propios, intenta romper la clausura cultural impuesta en este espacio geográfico llamado Ficóbriga para imponer la tolerancia religiosa basada en el honor y la justicia:

¿Qué pienso, qué creo yo? Conciencia, muéstrame lo que tienes oculto, tu voz más recóndita; lo que aún menos que voz, un susurro que apenas oigo yo mismo… ¿Qué creo yo? ¿Creo acaso que mi religión es la única en que los hombres pueden salvarse, la única que contiene las verdades eternas? No; felizmente sé remontar mi espíritu por encima de todos los cultos, y puedo ver a mi Dios, el Dios único, el grande, el terrible, el amoroso, el legislador, extendiéndose sobre todas las almas y presidiéndolas con la sonrisa de su bondad infinita desde el centro de toda sustancia (Gloria, II, 20, p. 371).

El personaje se pregunta si en esa voz silenciada en lo recóndito de su conciencia, si en ese susurro se puede inaugurar un nuevo discurso que no se traduzca “en una realidad biográfica o social específica” (Fine, 2009, p. 249)[1]. Desgraciadamente, con la muerte temprana de Daniel Morton, esta pretensión queda inconclusa.

¿Quién es Madame Esther?

Algunos de los judíos españoles y portugueses expulsados del territorio español llegaron a establecerse en Ámsterdam, como sucedió con la familia del filósofo holandés de origen sefardí portugués Baruch de Spinoza (Hebreo: ברוך שפינוזה), también conocido como Benedictus de Spinoza[2]. Este apellido de origen español y judío forma parte de la historia vital del personaje de Madame Esther. Su apellido sustenta uno de los lazos históricos y sociales del personaje más claros en tanto nos referimos a la historia del pueblo judío, incluso remontando sus antecedentes hasta la comunidad judía de :

[el linaje] Spinoza conservábase puro, y, siguiendo su clara genealogía, podían los últimos vástagos de él remontarse hasta Daniel Spinoza, judío de , comprendido en la proscripción de 1492 (Gloria, II, 26, p.408)[3].

Además, el nombre de Esther como figura en la cita anterior alude a figuras de procedencia bíblica, como la reina hebrea. La asociación se establece en el trance del pueblo judío bajo el dominio persa y el papel de la reina Esther en la supervivencia de su gente. La reina Esther representa la figura paradigmática de la fe y la convicción. Recordemos que la heroína es elegida por su belleza para contraer nupcias con el rey persa Asuero. Esther guarda celosamente en secreto su origen hebreo hasta que, obligada por la conspiración de Amán contra su pueblo, confiesa su procedencia hebraica a riesgo de ser ella misma exterminada por el decreto real de eliminar a todos los judíos del imperio (el día 13 del duodécimo mes, el de Adar). Es este un acto de heroísmo que no solo la salva a ella sino también a su pueblo. De este modo, el personaje representa el heroísmo judío al renunciar voluntariamente a su vida de lujo y esplendor para compartir la suerte de su pueblo calumniado y perseguido. Este es un discurso semejante al que defenderán los judíos errantes por Europa que, al verse expulsados de su tierra, viajan con el orgullo de su raza, tal y como se proclama del personaje galdosiano:

Era Esther Espinoza española de sangre, si no de nacimiento; española por la gravedad, por la vehemencia contenida, por la fidelidad de los deberes, por la luz y la expresión melancólica de sus ojos negros, su esbelta figura y su gracioso andar (Gloria, II, 26, p.408)

Este es la apertura del discurso de la diáspora judía por el continente europeo, concretamente de  a Inglaterra. El discurso representa la relación que se establece entre la imagen del pueblo judío, prácticamente ausente de la península si no fuese por las alusiones literarias y folclóricas, con la perspectiva de la historia vital del personaje:

[Esther] No profesaba su religión con entusiasta fervor, pero sí con lealtad; es decir, con sentimiento dulce y firme; más que devoción, respeto a los mayores, amor al nombre y a la historia de una casta desgraciada. Esta era objeto de su pasión más viva, de un fanatismo capaz de reproducir en ella, si los tiempos lo consintieran, las grandes figuras de Débora, la hembra-juez; de Jael, la que con un clavo mataba al enemigo; de la trágica Judit y la dulce Esther. La moral la cautivaba; pero el rito no merecía de ella el mismo amor, y si lo practicaba con sus hijos y deudos, hacíalo por creer que convenía perpetuar aquel poderoso lazo de unión, especie de territorio ideal, donde se congregaban por la fe un desventurado pueblo sin patria. Era un modelo de virtudes domésticas, comunes en las clases elevadas de aquella raza. Buena esposa y madre amorosa, había dado lugar a que se dijese de ella que merecía ser cristiana (Gloria, II, 26, p. 409)[4].

Aunque la referencia es racial antes que religiosa sugiere que la intención textual es presentar a esta mujer como paradigma del converso, apreciación no del todo desatinada dadas las circunstancias históricas a las que el mismo personaje alude. Sin embargo, tomando el persistente interés de Galdós por revisar la historia española para encontrar vestigios de la cultura española, considero que Madame Esther simboliza el éxodo de uno de los grupos que fortalecieron y conformaron la cultura española durante la Edad Media porque en ella queda representada no solo el discurso del éxodo judío sino también por ella es la semblanza “de aquellas mujeres bíblicas que vivían ciento veinte y ciento treinta años como quien no dice nada” (Gloria, 26).

El hecho de que Esther Spinoza esté casada con Moisés Morton, un opulentísimo negociante de Hamburgo, pero establecido en Londres, apunta a la inmigración de grupos judíos que se establecieron y prosperaron en Inglaterra posterior a la conferencia de Whitehall[5], de tal modo que:

De ellos podía decirse que Jehová había prosperado sus caminos. Vivían en paz dichosa, rodeados de los esplendores de las artes. Eran estimados en todo el mundo y distinguidos por los soberanos, que les sentaban a su mesa, porque habiendo adquirido aquella gente un fervor financiero, que en cierto modo suplía su falta de existencia política (Gloria, II, 26, p. 410).

En la novela de Gloria es posible apreciar la afiliación al discurso de la comunidad judía tras la expulsión de  y los consecuentes movimientos migratorios a Amsterdam e Inglaterra. De manera significativa, los elementos presentados en la novela en cuanto a la caracterización de Madame Esther muestran a una figura orgullosa de sus antecedentes judeoespañoles, además de su identificación con las heroínas biblícas.

El valor de Gloria

La presencia del personaje judío en la literatura española en el siglo XIX es muy limitada. Si bien Galdós no retrata con fidelidad la cultura del pueblo judío y sus tradiciones, concuerdo con Schyfter en que “perhaps for the first time in Hispanic letters, a Spanish novelist seeks to vindicate the image of the Jew, to explain his suffering and his moral position” (Schyfter, p.24).

En un programa de radio transmitido con motivo de la fiesta de Tu Beav el pasado 2 de agosto. La discusión sobre la traducción y el texto de Pérez Galdós giró en torno a la temática amorosa. Gili Sokolov se refirió a los personajes y a la novela de Gloria como la historia de amor frustrada de Gloria y Daniel Morton. Una historia similar a la famosa pareja shakespeariana de Romeo y Julieta. Curiosamente pasó desapercibido el personaje de Madame Esther, que en mi opinión tiene una riqueza constructiva significativa y un valor histórico para la comunidad judeoespañola.

Bibliografía

Dendle, Brian J., “Perspectives of judgment: a reexamination of Gloria”, Anales galdosianos, Año XV, 1980, pp. 23-42
Encyclopedia Judaica, Vol. 6. (1971) http://www.geschichteinchronologie.ch/eu/GB/EncJud_juden-in-England01-mittelalter-ENGL.html
http://www.geschichteinchronologie.ch/eu/GB/EncJud_juden-in-England02-1553-1800-ENGL.html
Fine, Ruth, “El entrecruzamiento de lo hebreo y lo converso en la obra de Cervantes: un encuentro singular”, Cervantes y las religiones: actas del coloquio internacional de la Asociación de Cervantistas (Universidad Hebrea de Jerusalén, , 19-21 de diciembre de 2005) / Ruth Fine y Santiago Lopez Navia, eds. Madrid, Vervuert/ Iberoamericana, 2008, pp. 435-453.
Fine, Ruth, “Voces y silencios: Los llantos de Pleberio y Agi morato o la representación del converso en Rojas y Cervantes”, en Rica Amrán (ed.) Autor de La Celestina, París, Índigo, 2009, pp. 247-264
Graizbord, David, Souls in Dispute: Converso Identities in Iberia and the Jewish Diaspora, 1580-1700, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2004, pp. 19-63.
Pérez Galdós, Benito, Gloria, Madrid, Alianza Editorial, 1998.
Schyfter, Sara E., “The Judaism of Galdós´ Daniel Morton”, Hispania, Vol.59, No. 1, (Mar. 1976), pp. 24-33.
Zlotchew, Clark M., “Note on Galdós’ contacts with Hebrew”, Anales galdosianos, Año XV, 1980, pp. 131-136.

[1] Fine afirma que “El proceso de conciencia o concientización es una recuperación de la mirada del otro, es el llamado del que no ha sido oído, del silenciado, a que se le ha negado el derecho de nombrar la vergüenza de su identidad”.

[2] Los habitantes de origen semítico de la península ibérico-portuguesa, previo al decreto de expulsión decretado en 1492, fueron testigos de la proclama que sostenía la “pureza de sangre” como una fantasía étnica y cultura. Sin embargo, no pasarían muchos años antes de que esta fantasía germinara en la persecución contra los herejes e impuros de sangre. En la delineación de la genealogía de la familia Spinoza, Pérez Galdós recordaría el decreto de expulsión de 1492, pero es indudable que, en la ciudad de , los conflictos contra los grupos minoritarios, concretamente la judería, empezaron desde el año de 1391, cuando esta comunidad fue asaltada por el pueblo cordobés. Véase Belén Suárez de Lezo, http://www.monografias.com/trabajos/conquicordoba/conquicordoba.shtml

4] El énfasis es mío.

[5] El siglo XVII inglés abrirá de nuevo las puertas para a la comunidad judía gracias a la oportuna intervención de Manasseh Ben  (1604-1657), rabino de origen portugués establecido en Ámsterdam. Su exitosa intervención en la conferencia de Whitehall (1655) no solo permitió el restablecimiento de la comunidad en Inglaterra, sino también el crecimiento y enriquecimiento de la comunidad judía dando la bienvenida a nuevos inmigrantes provenientes de  y Portugal.

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]