La cualidad de padres se refleja en “paternidad” y “maternidad”. Sin embargo, no se incluye “abuelidad”

Ejemplares de la 23 edición del Diccionario de la lengua española en el salón de plenos de la Real Academia Española.

Ejemplares de la 23 edición del Diccionario de la lengua española en el salón de plenos de la Real Academia Española.

 

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La lengua dispone de formaciones posibles que sin embargo no se han activado en el lenguaje. O no lo suficiente. Por ejemplo, decimos “nosotros te mimamos”, pero nos parecerá extraña la opción “nosotros me mimamos”, aunque el hipotético hablante también se mime. Por su parte, los adjetivos admiten la adición del elemento -mente para formar un adverbio; oiremos “habló pausadamente”, pero será difícil que nos topemos con la opción “habló interesantemente”, por muy atractivo que resultara el discurso.

Del mismo modo, la cualidad de padre se refleja en la palabra “paternidad”. La de madre, en “maternidad”. La de hermano o hermana, en “hermandad” (también en “fraternidad” y “sororidad”, esta última con connotaciones solidarias y referida solamente a mujeres). Sin embargo, el Diccionario no nos ofrece un vocablo que cubra ese mismo espacio a partir de la palabra “abuelo” o “abuela”. Ni tampoco en lo que respecta a los hijos.

El radar de los académicos no ha recibido seguramente con la suficiente insistencia las voces “abuelidad” y “filialidad”, que sí tienen alguna circulación y que el genio del idioma aceptaría sin protestar porque están bien formadas.

La “filialidad” se da a menudo en el léxico deportivo cuando dos entidades firman un acuerdo (cesión de jugadores, trato preferente en los traspasos…). Así, se lee que “el Real Valladolid y el Atlético Tordesillas suscriben un acuerdo de filialidad”. También la usó Unamuno en La tía Tula (1921): “Ella, tan henchida del sentimiento (…), no sentía la filialidad”. Y ese término aparece igualmente en textos de Luis Rosales o de Octavio Paz. De hecho, “filialidad” figuró en algunos diccionarios del XIX, aunque no en el académico.

En cuanto a la palabra “abuelidad”, la escribió Pedro Salinas en su correspondencia (1923-1951) con el también poeta Jorge Guillén, publicada por Tusquets: “Ya nos apareja algo más en común: la abuelidad. El niño nació ayer”.

En 1986 ese término ascendió al título de un libro: Abuelidad. Más allá de la paternidadque analiza las relaciones entre abuelos y nietos y fue escrito por la psiquiatra argentina Paulina Redler, quien ya lo había utilizado, el 12 de mayo de 1977, en un artícu­lo publicado en el diario bonaerense La Razón.

En los años ochenta, Argentina alumbró además otro uso de ese vocablo, por culpa de los crímenes de las dictaduras militares. La búsqueda de bebés arrebatados a los padres (a su vez desaparecidos) encontró una nueva herramienta científica en el “índice de abuelidad”, que llegó a lograr la identificación genética de algunos de esos niños.

Google proporciona 61.000 registros de “filialidad”, frente a 33.500 de “abuelidad” (en el momento de escribir este texto). Ahora bien, el uso de filialidad se percibe hoy emocionalmente lejano, referido a relaciones entre entidades o empresas (antaño, también a la vinculación entre Dios y sus hijos); mientras que la abuelidad adquiere un valor más próximo: cada vez más, los abuelos, con calidad y esperanza de vida mucho mejores que en generaciones anteriores, disfrutan de una relación continua, directa, singular y específica con sus nietos.

Quizás por ello pronto empecemos a decir “te felicito por tu abuelidad”, y así se empujará la palabra hacia el Diccionario.

La “cuñadidad”, en cambio, puede esperar un poquito.

 

[Foto: BENARDO PEREZ – fuente: http://www.elpais.com ]