La película de Woody Allen, que ha abierto la 68.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, no excede la categoría de divertimento. Los guiones de ‘Patria’ mantienen la composición coral de la novela y el director malayo Tsai Ming-liang ha sido el encargado de abrir Zabaltegi-Tabakalera con ‘Rizi/Days’, cuyo tempo lento está en consonancia con su titánico intento por atrapar el tiempo

Un momento de ‘Rifkin’s Festival’, la última película de Woody Allen rodada en San Sebastián

Escrito por ENRIC ALBERO

Los primeros aplausos que disiparon la neblina de murmullos que enrarecía la atmósfera del Kursaal -las mascarillas amortiguando los comentarios sobre lo extraño de la situación, palabras pronunciadas en sordina como si un aumento del volumen pudiera convertir cualquier mal presagio en realidad- adquirieron el aplomo de un convencido acto de autoafirmación. La reacción de la audiencia no obedecía al entusiasmo despertado por esa obra maestra que (casi) todo el mundo espera descubrir en un festival, sino que ponía el cierre al anuncio de los protocolos sanitarios establecidos por la organización para impedir cualquier rebrote pandémico. Esa reacción espontánea retumbó como la traducción sonora de una certidumbre: a pesar de todos los inconvenientes, Zinemaldia ha arrancado; a pesar de los rostros semiocultos, la distancia entre butacas, de las abluciones con gel hidroalcohólico y de tantas otras medidas profilácticas obligadas por la COVID-19, el certamen ya está en marcha.

Esa inopinada efusividad continuaría con la proyección de Rifkin’s Festival (Woody Allen, 2020), amable juego metatextual consagrado a la celebración del cine. Abrir esta 68.ª edición con el filme de Allen era, además de una decisión insoslayable y acertada, una manera de prolongar la fiesta por otros medios. En primer lugar, por la ya citada pirueta autorreflexiva que la propia película plantea -se desarrolla durante una edición del Festival de San Sebastián-, pero también por la edénica visión de la ciudad que destila la fotografía de Vitorio Storaro (que plasma esa mirada de turoperador que Allen aplica a la mayoría de ficciones que rueda fuera de su siempre añorada Nueva York) y, sobre todo, porque la nueva producción europea del director de Match Point (2005) posee una mecánica idéntica a la de un festival de cine. Una sesión de terapia sirve como pretexto para que Mort Rifkin (Wallace Shawn), un viejo exprofesor de cine que trata de escribir su primera novela, repase los diez días que vivió en Donosti y que supusieron el fin de su matrimonio con Sue (Gina Gershon), una agente de prensa encargada de la campaña de medios de un engreído director francés.

El marco elegido determina el tono de una historia en la que todas sus filias temáticas (infidelidad, la pedantería cultural o la búsqueda de la felicidad) y tropos escriturales van ordenándose alrededor de una colección de secuencias oníricas. En esos interludios Allen recrea, pasadas por su filtro cómico, pasajes de la mitología cinematográfica acuñados por Orson Welles (Ciudadano Kane), Fellini (Ocho y medio), Godard (Al final de la escapada), Truffaut (Jules et Jim), Buñuel (El ángel exterminador) o Bergman (los gags a propósito de Persona y el El séptimo sello figuran entre lo más brillante de este filme decididamente menor) de manera que asistimos a una breve muestra retrospectiva de grandes clásicos, un pequeño festival que rinde sentido homenaje a los cineastas que el director de Annie Hall (1977) reverencia. El tono ligero y el guiño a la cinefilia depararon una puesta de largo amable, porque Rifkin’s Festival no excede la categoría de divertimento en el que la competente dirección de actores trata de disimular la escasa entidad de la mayoría de los personajes secundarios (abundan los estereotipos, desde el cineasta engreído al artista tempestuoso) y los escasos destellos de puesta en escena apenas logran brillar en mitad de tanta grisura formal (por ejemplo, el uso del plano/contraplano en la secuencia que avanza la ruptura entre Mort y Sue en la que no comparten espacio ni tema de conversación, a pesar de estar en la misma mesa: la atención de ella, y la compañía en el encuadre, será para el director al que representa).

[Fuente: http://www.elcultural.com]