Escrito por Francisco Colmenares

La mañana del 19 de octubre leo en la primera plana del Excélsior: Cesa Relaciones a Octavio Paz. Se le sanciona por opinar con base en informes extranjeros de los sucesos aquí. Así interpretaba el periódico dirigido por Julio Scherer, el boletín de prensa de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) donde informa de la separación del poeta de su cargo de embajador:

“El embajador de México en la India, señor Octavio Paz, con base en versiones que la radio y la prensa extranjeras dieron de los recientes sucesos de la Ciudad de México, ha solicitado ser puesto en disponibilidad.

En virtud de que es muy grave que un embajador de México, dando crédito a versiones inexactas, difundidas por ciertos órganos de información extranjeros, juzgue al país o al gobierno que representa, la Secretaría de Relaciones Exteriores, por acuerdo superior, ha resuelto conceder al embajador Paz su separación del Servicio Exterior Mexicano.

Días después de la masacre que inició al atardecer del 2 de octubre nos había llegado la noticia, sin confirmar, que el poeta había renunciado a su cargo como un acto de protesta hacia el gobierno y en solidaridad con los estudiantes. Ese día había comenzado el Encuentro Mundial de Poetas al que no asistió Octavio Paz y al que había declinado participar, pero al que finalmente envió, el 7 de octubre, un poema escrito en Nueva Delhi al día siguiente del genocidio de Estado.

México: Olimpiada de 1968

A Dore y Adja Yunkers

La limpidez
(quizá valga la pena
escribirlo sobre la limpieza
de esta hoja)
no es límpida:
es una rabia

(amarilla y negra
acumulación de bilis en español)
extendida sobre la página.
¿Por qué?

La vergüenza es ira
vuelta contra uno mismo
si
una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa
para saltar.

(Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios).
mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena,
la limpidez.

El poema fue parte de las decisiones que tomó durante el día de su renuncia: la mañana del 3 de octubre me enteré de la represión sangrienta del día anterior. Decidí que no podía seguir representando a un gobierno que había obrado de una manera tan abiertamente opuesta a mi manera de pensar. Escribí a Carrillo Flores mi decisión.

Esa decisión la notificó en una comunicación confidencial y personal fechada el 4 de octubre al secretario de Relaciones Exteriores, en la que expresa, entre otras ideas:

“Anoche por la BBC de Londres me enteré de que la violencia había estallado de nuevo. La prensa de hoy confirma y amplía la noticia de la radio: las fuerzas armadas dispararon contra una multitud compuesta en su mayoría por estudiantes. El resultado: más de veinticinco muertos, varios centenares de heridos y un millar de personas en la cárcel. No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera.

Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al gobierno. Mi respuesta es la petición que ahora le hago: le ruego que se sirva ponerme en disponibilidad, tal como lo señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano. Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud.

De inmediato el gobierno y el PRI desataron una ofensiva campaña de difamación contra el poeta y embajador quien, hasta entonces, era presumido como botón de muestra de la excelsitud literaria prevaleciente en México, aunque siempre con un no oculto recelo.

Durante el movimiento estudiantil de 1968, muchos intelectuales, jóvenes en su mayoría, habían expresado su solidaridad y se sumaron a las protestas de los estudiantes mexicanos. Su respuesta numerosa al conocer la noticia de la renuncia del poeta a la embajada de México en la India, se patentizó sin espera en un cable a Octavio Paz donde le expresan que: su valerosa actitud y alto ejemplo de dignidad humana merece nuestro más cálido elogio y afectuosa solidaridad. Firman, entre otros, Jesús Silva Herzog, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, Vicente Rojo, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Fernando del Paso, Elena Poniatowska, Gabriel Zaid.

Un año después, en carta a Carlos Fuentes, el 29 de mayo de 1969, reflexionando sobre el movimiento estudiantil de 1968, le expresa su desacuerdo con la afirmación de que si Díaz Ordaz hubiese cedido a las peticiones de los estudiantes, México hubiera regresado a la anarquía y de ahí a una dictadura de izquierda. No, afirma el poeta, “el movimiento estudiantil no puso en peligro a las estructuras sociales de México sino a las políticas, en primer término a la anacrónica, anquilosada burocracia del PRI, y a la tradicional, sagrada imagen del señor presidente (una imagen con raíces prehispánicas y con una indeleble coloración mágico religiosa).

“Creo que la incapacidad del régimen para dialogar con los estudiantes e iniciar una reforma política democrática indica que el verdadero peligro reside en la extensión e intensificación de la represión (que no ha cesado desde el 2 de octubre). Ahora bien, la política de represión implica el fortalecimiento del Ejército. El PRI y el ‘señor presidente’ dependerán más y más de las fuerzas armadas. Una vez interrumpido el proceso de democratización, el desarrollo económico se hará más lento hasta paralizarse: dictadura militar, marasmo económico, recaída en el ciclo espasmódico de la historia latinoamericana. La otra posibilidad (remota) es la reforma democrática… Pero ¿cómo y con qué fuerzas? Habría que movilizar a la clase media (eso estuvieron a punto de lograrlo los estudiantes) y, sobre todo, los obreros. Esto último, como muestra de la historia del siglo XX en todo el mundo, es lo más difícil”.

Los acontecimientos del mayo francés del 68, con sus barricadas y huelgas generales obreras y estudiantiles, unificaron en el pensamiento y en el corazón la pasión, los sueños y utopías de miles de jóvenes en México y del puñado de jóvenes de izquierda que participábamos entusiasmados, con lo que sentía e ilusionaba al poeta en la capital de la India, como lo refería en carta del 28 de mayo: “Sigo con pasión los sucesos de Francia. Creo que a todos nos han sorprendido. Es admirable. Si los obreros continúan con su firme actitud –a pesar de la no oculta resistencia de los dirigentes comunistas y socialistas que quisieron detenerlos– asistiremos a la primera revolución socialista en un país desarrollado. Esto es, seremos testigos de la verdadera revolución socialista […] Vivimos momentos extraordinarios. Estoy emocionado por la actitud de los estudiantes y por la decisión de los obreros y del pueblo…”.

La rebeldía de Octavio Paz, en medio de la sangre, heridos y miles de presos políticos, fue un acto que llegó como un bálsamo y reconocimiento a una juventud herida, desgarrada, temerosa, enfurecida, perseguida y encarcelada. Juventud que se sublevó en el 68 alentada por la utopía de abrir el camino hacia la transformación democrática y revolucionaria de un país gobernado por un partido institucional durante más de cuatro décadas y que abandonaba con impunidad y corrupción las conquistas cardenistas y de la revolución armada.

Más allá de las constelaciones por las que cada uno viajó después, la decisión solidaria de Octavio Paz y sus palabras se me revelaron como una estrella siempre visible ante el oscuro atardecer, interminable, del 2 de octubre.

 

[Fuente: http://www.jornada.com.mx]