La palabra “repartidor” no implica que se use un vehículo. Pero ‘rider’ tampoco indica que se reparta nada

Repartidores de Glovo durante una protesta por sus condiciones laborales, el 29 de junio en Málaga.

Repartidores de Glovo durante una protesta por sus condiciones laborales, el 29 de junio en Málaga.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El Tribunal Supremo ha fallado que los repartidores de Glovo son trabajadores por cuenta ajena y tienen una relación laboral con esa empresa, dedicada a distribuir principalmente comida con rapidez allá donde se le solicite.

Seguramente usted ha entendido a la perfección la frase anterior, pese a que he omitido la palabra riders, que sí apareció en casi todos los medios que ofrecieron la noticia y que habrá dejado con cara de interrogación a buena parte del público.

Ese término inglés significó siempre “jinetes” o “amazonas”, y se aplicó luego en aquella lengua a quienes cabalgan en bicicleta o en moto. El rider, por tanto, se mueve a horcajadas en algún vehículo, incluido el equino.

Se trata de una palabra sin traducción milimétrica en castellano. ¿Por qué? Porque, como sucede tantas veces, el espacio total de un vocablo que traemos del inglés común se halla repartido entre varios en español. Por eso hemos hablado alguna vez del “anglicismo depredador” que destroza matices a su paso.

Así, nuestra lengua dispone de un vocablo para cada una de las tres facetas más habituales de rider: “jinete” o “amazona”, “ciclista” y “motorista”. Nos contestarán sin duda nuestros imaginados oponentes que “repartidor” no implica que se use un vehículo para la tarea. Por supuesto. Y contestaremos que rider tampoco implica que se reparta nada. Y que además la relevancia al nombrar ese trabajo no reside tanto en el vehículo como en el servicio. Decimos “cartero” porque lo importante es que reparte cartas (y además paquetes), y por eso no hemos puesto nunca especial interés en especificar si se mueve en furgoneta, bici, moto, patinete, andando o, como antiguamente, a caballo.

De todas formas, esa discusión partiría de una premisa falsa: que las palabras deben contener en su seno todo el sentido que han de transmitir. Porque no se debe confundir la palabra con su definición, ni el significado con el sentido.

Por ejemplo, un ascensor no sólo asciende, sino que también baja (o desescala, a lo mejor). Y en una cervecería sirven patatas bravas, no solamente cerveza. Del mismo modo, se venden mecheros sin mecha y la mesilla de noche no desaparece durante el día.

Las palabras nombran, no definen. Y una vez que nombran algo, los contextos y nuestro conocimiento del mundo (a veces también nuestros prejuicios) se encargan de darles su definición compartida, su sentido general, para que el cerebro humano se forme una imagen de lo que designan.

Del mismo modo que un ascensor también desciende y que ir al baño no siempre tiene como fin darse una ducha, un repartidor puede ir andando, en bicicleta, en moto o en cualquier otro vehículo; y un rider puede ser además un repartidor.

Lo importante es que al oír o leer los significantes “repartidores de Glovo” (o de pizza, o de comida china) se recrean en nuestro cerebro unas imágenes concretas, y cada palabra activará todo lo que su propia definición implica.

A menudo los anglicismos funcionan como termómetro que señala la fiebre de nuestro general complejo de inferioridad ante vocablos que creemos sin razón más prestigiosos. Y eso puede tener hasta repercusión laboral: ¿De qué te quejas, si eres un rider y no un repartidor cualquiera?

Pero si alguien prefiere decir o escribir el término inglés y lo cree estiloso, que lo use sin problemas, faltaría más. Ahora bien, será porque le gusta, no porque lo necesite.

 

[Foto: JESUS MERIDA/GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]