Escrito por Roberto Breña

La carta que la esposa del presidente López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, entregó hace unos días al presidente de Italia, Sergio Mattarella, refleja no solo cómo el gobierno de México despliega su “política exterior”, sino también su manera de ver las tres conmemoraciones históricas que se avecinan en 2021: los 700 años de la fundación de Tenochtitlán, los 500 años de la caída de Tenochtitlán y el bicentenario de la independencia de México. Este último, por cierto y por razones en las que no puedo entrar aquí, se perfila como el “patito feo” de dichas conmemoraciones. En cualquier caso, estamos hablando del modo en que la Cuarta Transformación entiende la memoria histórica y la proyecta al resto del mundo. Junto con otras dos misivas, la que el presidente envió al rey Felipe VI de España en marzo del año pasado, y la que su esposa presentó al papa Francisco al día siguiente de entregar al presidente de Italia la carta referida, es posible elaborar un bosquejo de cómo concibe y cómo ejerce el gobierno actual la política exterior, la cual últimamente parece girar casi exclusivamente en torno a dicha memoria (como lo sugiere el periplo europeo de la Dra. Gutiérrez Müller).

En los casos de las cartas al rey de España y al papa Francisco, lo que se está solicitando es, básicamente, que ambos pidan perdón. El primero por los “agravios causados” a, cabe intuir (pues en el texto no queda claro), las culturas originarias de lo que ahora es México, desde la Conquista hasta, supongo, 1821 (pues, una vez más, la carta no es clara al respecto). En el segundo caso, lo que se pide al papa, además del préstamo durante 2021 de varios códices de las colecciones vaticanas para exponerlos en México durante ese año, es una “disculpa pública a los pueblos originarios” de parte de la Iglesia católica por las atrocidades de las que fueron víctimas dichos pueblos desde 1521 hasta, en este caso, “el pasado reciente”. Cabe suponer que “el pasado reciente” no nos lleva hasta 1821, por lo que los destinatarios serían también todas las autoridades eclesiásticas que han existido en México desde esa fecha hasta llegar a lo que se conciba como “pasado reciente”. Esta misiva solicita también al papa que se comprometa ante los pueblos originarios de México a que “nunca, jamás, se cometerán actos irrespetuosos a sus creencias, culturas, y mucho menos, se les juzgará o marginará por motivos económicos o racismo”. Esta especie de promesa que le solicita el presidente López Obrador al papa es un compromiso que se propone trilateral, pues en él participaría no solo la Iglesia católica, sino también la monarquía española y el Estado mexicano. Por último, el presidente López Obrador le pide también al santo padre que al final de esa disculpa/promesa haga una referencia en honor de Hidalgo y Morelos. Un acto que, en palabras del presidente de nuestro país, enaltecería a la Iglesia católica y “causaría la felicidad de la mayoría de los mexicanos”. Todo lo anterior representaría, para López Obrador, un acto de “contrición histórica” de gran trascendencia; es decir, un arrepentimiento trascendente para la nación mexicana.

Como queda claro al considerar las dos cartas que ahora nos ocupan, el presidente López Obrador concibe la política exterior mexicana en términos de perdones, promesas y arrepentimientos. No se necesita ser internacionalista para saber que con esas bases no se construye nada que se parezca a una verdadera política exterior.1 Lo que se proyecta, en cambio, es la idea de un país que parece estar basando su manera de entender el pasado, su valor presente y sus posibilidades de futuro en lo que expresen dos personas que viven en el siglo XXI (Felipe VI y Francisco I), sobre la conducta que sus “antecesores” o “antepasados” empezaron a poner en práctica hace la friolera de 500 años. Ahora bien, el reciente retiro por parte del gobierno de la Ciudad de México de la estatua de Cristóbal Colón que estaba ubicada sobre el Paseo de la Reforma nos lleva un poquito más lejos, hasta 1492, pues, si entiendo a los propugnadores de dicha remoción, todo parece haberse torcido para “México” aquel año, cuando un navegante genovés creyó haber encontrado la ruta hacia la India por el océano Atlántico; en realidad, se había topado con un nuevo continente para la conciencia europea. Un hallazgo involuntario que cambiaría al mundo, para bien y para mal, como no lo había hecho ningún otro acontecimiento en la historia de la humanidad. Por cierto, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, propuso discutir públicamente si la estatua debe regresar o no a su pedestal. Ojalá hubiéramos tenido un debate para decidir si, en primer lugar, la retirábamos (la excusa de su restauración no es más que eso), pero como no fue el caso, planteo los siguientes párrafos como una mínima contribución al intercambio al que nos invita la Dra. Sheinbaum.

Cuando ella propuso una reflexión colectiva sobre el tema, dijo también que en México se nos ha enseñado la historia, “como si América no existiera antes de que llegara Colón”, con lo que sugiere que las culturas que existían al momento de esa llegada y las que las antecedieron, no tenían mucho valor como civilizaciones. Esta cantinela la he oído no sé cuántas veces en mi vida. Tengo para mí que el problema a este respecto es justo el contrario: se nos ha dicho tanto y durante tanto tiempo que las culturas precolombinas eran tan desarrolladas, tan cultas y tan avanzadas en tantos aspectos, que con eso nos ha bastado y con eso hemos justificado, involuntariamente si se quiere, la adopción de una actitud pasiva ante el trato que se ha dado a los indígenas en este país desde 1821 y que, mucho más importante, les damos hic et nunc. No me estoy dirigiendo entonces a la monarquía española o a la Iglesia católica, sino al mismísimo Estado mexicano, el cual ha tenido casi 200 años para sacarlos de la situación de pobreza y atraso en la que, no obstante, siguen viviendo.

Yo no voy a eximir a la monarquía española o a la Iglesia católica de nada, no me interesa; pero si México está a casi dos siglos de ser “una nación independiente, libre y soberana”, ya va siendo hora de que nos hagamos responsables de lo que somos en la actualidad como país y dejemos de estar repartiendo culpas a diestra y siniestra. Yo no sé quién se puede sentir muy reconfortado por escuchar perdones, promesas y arrepentimientos por lo que hicieron personas que vivieron hace 300, 400 o 500 años, mientras mi situación actual es adversa, por decir lo menos, y mientras no veo que se tomen medidas para que se torne, en términos efectivos, no retóricos, cada vez menos adversa y, cabe pensar, deje de serlo en un futuro previsible. Sobre esta cuestión en particular, me identifico con algunas de las valoraciones y expresiones del comunicado firmado por el subcomandante Moisés del EZLN, fechado el 5 de octubre del presente año, cuyo bello título es “Una montaña en altamar”. En este escrito, el dirigente del Ejército Zapatista  anuncia que varios de sus integrantes harán una gira por Europa en 2021 y estarán en la capital de España el 13 de agosto, día en que se van a cumplir los 500 años de la caída de Tenochtitlán. ¿Para qué?, se preguntarán los lectores: “Para decirle al pueblo de España dos cosas sencillas: Uno: que no nos conquistaron. Que seguimos en resistencia y rebeldía. Dos: que no tienen por qué pedir que les perdonemos nada.  Ya basta de jugar con el pasado lejano para justificar, con demagogia e hipocresía, los crímenes actuales y en curso…Ni el Estado español ni la Iglesia católica tienen que pedirnos perdón de nada.” No es necesario estar de acuerdo con todo lo expresado en el extenso comunicado del EZ, para identificarse plenamente con este hartazgo respecto a la manipulación de la historia con fines eminentemente políticos.

Paso ahora a la carta al presidente italiano. Dejo de lado la introducción, en la que aparecen, sin mucho orden ni concierto, Giuseppe Garibaldi (abuelo y nieto), Francisco I. Madero, Porfirio Díaz, Francisco Villa, Che Guevara, Catarino Erasmo Garza, Gabriel García Márquez, Rafael Uribe Uribe, Antonio Maceo y José Martí. En la parte sustantiva de la misiva, el presidente repite la cantinela mencionada: que desde hace 500 años se nos dice que los pueblos originarios de la América española eran bárbaros y que fueron civilizados por la Conquista. “Es por ello que nos importa insistir en la grandeza del México prehispánico”. Como sugerí más arriba, desde hace siglos, literalmente, una pléyade de historiadores, intelectuales y políticos mexicanos han hecho planteamientos que están en las antípodas de lo que dice el presidente López Obrador que se ha dicho desde siempre y que supuestamente se sigue repitiendo dentro y fuera de México. Para dar una idea de lo que quiero decir, baste señalar que Servando Teresa de Mier y Carlos María de Bustamante, que estudiaron y enaltecieron a las culturas  prehispánicas, nacieron en la séptima y octava décadas del siglo XVIII; es decir, hace 250 años, nada menos. Podría añadir a los historiadores novohispanos que hicieron lo mismo antes que ellos, pero como eran “novohispanos”, igual no cuentan. Sea como fuere, la línea que inauguran Mier y Bustamante, en términos de la historiografía mexicana que se interesaba y admiraba a dichas culturas, se mantuvo prácticamente ininterrumpida hasta nuestros días.

Si le quitamos al vocablo su grandilocuencia, sobre la “grandeza” del México prehispánico no caben muchas disensiones. Básicamente, por la simple y sencilla razón de que en México y en el mundo entero se reconoce que olmecas, toltecas, mayas y aztecas (por no mencionar más que cuatro culturas precolombinas) fueron civilizaciones a las que se considera y se estudia en el mundo entero al nivel de egipcios, babilonios, asirios, persas e hititas, por mencionar unos cuantos pueblos, y sin olvidar que la falta de testimonios escritos incide notablemente sobre qué tanto podemos saber sobre una civilización y, por ende, sobre qué tanto podemos estudiarla con rigor académico. Si queremos seguir pensando que nuestras culturas prehispánicas son menos que las de otros tiempos y otras latitudes o que fueron menos “grandes” o más “pequeñas”, el problema está en nuestra cabeza y en nuestro complejo de inferioridad.

En cualquier caso, lo que sigue en la carta que nos ocupa ahora es el meollo de la misma: la petición por parte del presidente López Obrador al gobierno italiano para que nos preste durante el año próximo, para su exhibición pública, dos códices: los conocidos como Fiorentino y Bologna. La petición en sí no tiene nada de extraordinaria, aunque sin ser experto en el tema, supongo que el transporte de este tipo de documentos debe ser muy complicado y muy caro, amén de que una exhibición verdaderamente pública se antoja algo imposible. En cualquier caso, lo que llama un poco la atención, al menos a quien esto escribe, es que se le pida al presidente italiano que, sin decirlo así obviamente, ejerza presión sobre las instituciones donde estos códices se encuentran resguardados (la Biblioteca Florentina y la Universidad de Bolonia) para que accedan a prestarlos. No sé si este tipo de peticiones, en este tenor, son comunes en el mundo de la alta diplomacia, pero el texto deja la impresión de que no solo se opta por ese hábito tan mexicano de ejercer presión “desde arriba”, sino que en este caso se pretende que se ejerza sobre instituciones culturales que, creo, podían haber sido contactadas por otras vías. Tal vez, de modo directo por una instancia político-cultural mexicana de muy alto nivel, no solo con mayor anticipación de lo que se ha hecho (estamos a menos de tres meses de que empiece el 2021), sino también con mayor tacto y, sobre todo, mayor seriedad en cuanto a las especificaciones y garantías del préstamo solicitado. Sobre todo si se consideran las delicadísimas condiciones bajo las que documentos como los referidos deben ser asegurados, transportados, cuidados, conservados y vigilados. De haber procedido así, cabe pensar que no hubiera sido necesaria la oferta que hace el presidente de México en la última parte de su carta (oferta que podría verse bajo la luz de la “reciprocidad”): si usted me presta los dos códices mencionados, yo puedo mandar a Italia una exposición de cualquier cultura precolombina o parte de la obra de cualquiera de los pintores o las pintoras nacionales de mayor renombre. Todo al gusto del presidente Mattarella.

La misiva en cuestión casi concluye con unas líneas que se pueden interpretar de muchas maneras: “Como usted comprenderá, nuestra vocación por el enaltecimiento de la memoria histórica es fundamental en el proceso de la Cuarta Transformación que está en marcha en nuestro país”. No veo por qué el presidente de la república italiana tenga que comprender lo que el presidente López Obrador supone y dudo mucho que tenga idea de lo que significa, representa o pretende la “Cuarta Transformación”.

La “memoria histórica”, como la discusión sobre las estatuas (en México o en cualquier otro país del mundo), tiene muchas facetas, numerosos argumentos y contraargumentos, cuantiosas zonas grises y muchos matices. Cada caso tiene sus peculiaridades históricas, políticas y sociales. Como comentó un amigo hace poco a este respecto: “Hay que irse estatua por estatua”. En este, como en cualquier otro tema histórico con implicaciones sobre el tejido y la convivencia sociales, hay que ponerse a leer, informarse, y hay que evitar los atajos y las generalizaciones; en suma, hay que hilar fino. El gobierno actual no parece estar haciendo nada de eso; en parte por el objetivo declarado: “el enaltecimiento de la memoria histórica”. Si asumimos de entrada su enorme complejidad y sus incontables aristas, la memoria histórica puede servir para muchas cosas y nutrir debates que a menudo son peliagudos y muy polémicos, pero que también con frecuencia son necesarios. Sin embargo, si nuestro propósito central es enaltecerla, es decir, ensalzarla, creo que es muy fácil perderse y, de paso, perder a la ciudadanía. Me explico.

Cuando el objetivo es causar la felicidad de la mayoría de un pueblo, cuando se tergiversa groseramente la manera en que han sido vistas las culturas precolombinas en nuestro país, cuando mediante una especiosa operación retórica se pretende convertir a todo un pueblo en una especie de mártir, cuando se repiten por consigna mantras que movilizan todo menos el entendimiento, cuando a fin de cuentas lo que se pretende es llevar agua al molino político-electoral y cuando se juega a la política exterior con base en perdones, promesas y arrepentimientos, la “memoria histórica”, que sin duda puede ser fructífera e incluso terminar siendo sanadora si se ejerce con mesura e inteligencia, puede mostrarnos su peor cara. La que supone e implica simplificación, tergiversación, manipulación y maniqueísmo. Como resulta claro, no estamos ya en el campo de la historia. Lo que estamos haciendo, con excusas de naturaleza historiográfica y en aras de una justicia mal entendida (o, por lo menos, mal ubicada en términos cronológicos), es fomentar la polarización de una sociedad que lo último que necesita en la coyuntura actual es seguir dividiéndose y enfrentándose a sí misma, por más elogiables que sean o parezcan ser las justificaciones morales últimas.

Es imposible resarcir a los pueblos originarios de México la historia perdida, la historia que no fue. Nadie duda que como sociedad tenemos que luchar de manera decidida, inteligente y sostenida contra el racismo y el clasismo que sustentan y terminan por legitimar no solo el trato y el maltrato que los indígenas han sufrido secularmente, sino también el trato y el maltrato que muchos habitantes de piel más clara de este país dan cotidianamente a los de piel menos clara o más obscura (como se quiera expresar, creo que no importa mucho, pues todos los lectores y todas las lectoras que han llegado hasta aquí saben muy bien a qué me refiero).

Concluyo. El mejor modo de contribuir a que la población indígena de este país salga efectivamente de su atraso secular no es elogiando sin medida a sus ancestros, sino proporcionando a los grupos indígenas de los albores de la tercera década del siglo XXI las herramientas para que encuentren o puedan encontrar la senda de una vida distinta; dicho de otra manera, de una vida con opciones. Que la esposa del presidente de la república recorra Europa solicitando a líderes políticos o espirituales perdones, promesas y arrepentimientos en nombre de esos grupos y, encima, hacerlo supuestamente en su beneficio y para su satisfacción, es más un engaño que otra cosa y, en cualquier caso, no es el camino. Ni respecto a una política exterior digna del nombre, ni respecto a una política interna que no solamente les debe las herramientas aludidas, sino que les debe también dejar de tratarlos como menores de edad y de considerarlos básicamente como víctimas a la espera de perdones extemporáneos y, sobre todo, hasta donde alcanzo a ver desde mi mirador personal, carentes de verdadero sentido en el presente.

 

Roberto Breña es académico de El Colegio de México.


1 Sobre la inexistencia de una política exterior mexicana en la actualidad y sobre la noción que el presidente proyecta de nuestras prioridades y de nuestra complaciente manera de ignorar al resto del mundo, remito a “La doctrina Mussolini” de Fernando Escalante.

 

[Ilustración: Patricio Betteo – fuente: http://www.nexos.com.mx]