Paranaländer presenta a la poeta italiana Cristina Campo (1923-1977), traductora de Simone Weil y William Carlos Williams, entre otros, y autora de una obra caracterizada por su personalidad solitaria y por sus amores.

“Soy como un ciervo siempre corriendo por el bosque.

Cuando llega a un estanque donde podía verse en el espejo,

tiene tanta sed que inmediatamente se le nubla».

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Leyendo la biografía aparecida en 2002 de la poeta italiana Cristina Campo (una favorita eterna) hecha por Cristina De Stefano, he aprovechado sus datos para perfilar su inmensa figura. Nació el 29 de abril de 1923 y fue bautizada Vittoria Maria Angelica Marcella. Sus padres y amigos siempre la llamarán por su nombre completo, Vittoria Guerrini, pero para todos los demás es Cristina Campo.

El 25 de julio de 1943 cayó el régimen fascista, para consternación de Guido Guerrini, que creía mucho en el Duce. Tras dos semanas de prisión en Florencia, durante las cuales Cristina va todos los días a llevar paquetes de comida y ropa a su padre, Guido Guerrini es trasladado al campo de prisioneros de Collescipoli. Era el fin de una época: esa en que el maestro Guerrini frecuentaba a todos los que contaban en la Florencia fascista – Papini, Rebora, Soffici, Ojetti – y organizaba el Maggio Fiorentino – el Salzburgo del régimen.

Luego conoce a Leone Traverso, con quien Cristina descubre un mundo, la literatura alemana y, en particular, Hofmannsthal, que será una de sus estrellas polares de por vida. Con Traverso comienza a traducir profesionalmente.

«Sus amores fueron tormentosos, desenfrenados y condenado. El gran amor, y el único en su vida, fue otra persona, la de “Moriremos lejos”, un amor imposible porque el amado tenía todas las virtudes cantadas por los poetas; además ella era libre, él no». Esta «otra persona» es Mario Luzi, que es unos años mayor que ella y está casado. De Luzi -«orgulloso y dulce»- Cristina acoge con entusiasmo los primeros poemas. «Me habló de su amor por Traverso, de cómo la hizo sufrir. También tuvo afectos paralelos o al final de esta relación. Con Luzi, por ejemplo, hubo una gran pasión ideal, cultural y literaria, que no fue confrontada con la realidad. Pero no habló mucho de él».

A su regreso, envía a Remo Fasani, que partirá a París inmediatamente después de ella, una lista de lugares que no debe perderse: Charres, «lo más importante de Francia, quizás de Europa», el museo Jacquemart-André, rue Furstemberg, detrás de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre, de rito griego, con sus canciones solemnes, el Parc Monceau al atardecer, las islas de noche, en particular quai de Bourbon y quai d’Anjou. La capital francesa permanecerá siempre en el centro de su geografía sentimental.

En “La Flauta y la Alfombra” escribirá que hay un tema para cada uno de nosotros, una melodía que es nuestra y de nadie más, y que debemos buscar. Cristina, atormentada por el insomnio, duerme muy poco. Elémire Zolla, erudito, se convertirá en su compañera de vida unos años después. Otro amigo romano, Ernst Bernhard, el psicoanalista alemán que introdujo a Jung en Italia. Cristina Campo acude a él para tratarse la agorafobia y los ataques de vómitos. Cristina admira a Bernhard, lo considera una especie de mago, un taumaturgo. Le gusta su habilidad para leer la mano y consultar el I Ching, su habilidad para diseñar la Casa del Cielo para cada paciente. Gracias a él profundiza los textos de Jung.

A Bobi Bazlen -o más bien a BB, como Brigitte Bardot- Cristina Campo le dedica un breve poema secreto, “El maestro del arco”: «Vibraré casi sin apuntar mi flecha, / si la cuerda del corazón no está tensa: / Me enseña así el maestro del arco Zen / que te ve desde hace tres mil años». Las características del «poema perfecto», para ella son: «ritmo y contrarritmo, el sabor máximo de cada instante, el vuelco continuo del tiempo y del espacio”.

En 1956 edita su primer libro, “Paso del adiós”. El volumen recoge once poemas, escritos entre 1954 y 1955. Son una despedida de la juventud, de Florencia y de todo lo que ha representado la ciudad. “Moriremos lejos” es su primer poema. «Lo escribí en una noche tan cansada … Si te encuentras en los Museos Vaticanos, verás en la sala egipcia una vitrina con los cuerpos de dos hermosos jóvenes adentro. Y por encima de esa pareja milenaria, que es la imagen misma del amor, está el signo: «No estaban unidos por ningún vínculo familiar»».

Un día trae a casa a un viejo vagabundo enfermo, lo que obliga a sus padres a compartir temporalmente la cocina con el huésped gruñón. En los “Cahiers” de Simone Weil descubre las sublimes paradojas de los koans zen, figura de cada vida, incluso la suya: “Es un apasionado del método oriental de conocimiento encarnado por el arquero zen -pensar intensamente hasta convertirse en el objetivo, no en la flecha”.

En el verano de 1957, durante unas vacaciones con sus padres en el lago Bracciano, Cristina Campo descubre los poemas del poeta estadounidense William Carlos Williams. Aprecia especialmente su lado ritual, la capacidad de describir la naturaleza con las palabras simples y esenciales de un monje. «Es uno de los reyes ocultos de nuestro tiempo», asegura Traverso. Williams, que trabaja como pediatra en Nueva Jersey, se une a los «hermosos doctores viejos» a quienes tanto ama: Chéjov, Benn, Céline. Inmediatamente comienza a traducirlo. A partir de ese día, el anciano poeta estadounidense la considerará su mejor traductora – «una hechicera, o quizás un ángel» – y le dará carta blanca para toda su obra. “Siempre es difícil creer que aquellos a quienes amamos realmente existen. Tu carta en mis manos es una certeza deliciosa”. Se escribirán hasta su muerte en 1963.

También tradujo a Murena. “Murena el perturbador”, así que la muerte de Murena no me ha sorprendido en absoluto – es este un año crítico para los Escorpio, pasa por su signo Urano, el Perturbador – aunque de todos modos me ha destrozado el corazón (Si estuvieses aquí. Cartas a María Zambrano, 1961-1975).

Murió repentinamente, tras un infarto, en la noche del 10 al 11 de enero de 1977. Tres meses después, habría cumplido cincuenta y cuatro.

[Fuente: BELINDA E IL MOSTRO. VITA SEGRETA DI CRISTINA CAMPO (2002, Adelphi) – reproducido en http://www.eltrueno.com.py]