Escrito por CÉSAR MUNDACA

Elvira Sastre me abrió las puertas para conocer a Gustavo Yuste. Lo hizo a través de un magnífico artículo, titulado El ácido de las manzanas, publicado por el blog Zenda. Allí, Elvira dio cuenta de su deslumbramiento con los versos de Yuste. Terminada la lectura, me adentré en la biografía de este último. Luego, braceé, poco a poco, en su fluida, noqueadora e interpelante producción poética.

Gustavo Yuste nació hace veintiocho años en Buenos Aires. Es comunicador por la UBA. Ha publicado los poemarios Obsolescencia programada (Eloísa Cartonera, 2015), Tendido eléctrico (Objeto Editorial, 2016), Las canciones de los boliches (Santos Locos, 2017), Lo que uso y no recomiendo (Modesto Rimba, 2018) y La felicidad no es un lugar (Santos Locos, 2020). En 2019, reorientó su escritura hacia la novela con Personas que lloran en sus cumpleaños (Paisanita Editora).

1. Gustavo, ¿cuál es su concepto de poesía?

– Para mí la poesía es un género literario, por supuesto que con sus propias características como sucede con la novela o el cuento. Pero con esto quiero decir que no es algo así como “el lenguaje del alma” o la idea de llevar al extremo las palabras a cada verso que se escribe, aunque bien pueda ser una búsqueda. Esa idea de la poesía, ya sea desde la positiva o la negativa, muchas veces aleja a la producción poética de los lectores y lectoras, incluso dentro del ambiente literario. El reciente Nobel a Louise Glück es un gran recordatorio de que la poesía es un género literario y no una disciplina extraña para personas raras o especiales. La literatura, incluyendo a la poesía, siempre fue para mí una forma de entender el mundo y a mí mismo, aunque bien sé que no es la única.

2. ¿Usted eligió escribir poesía o la poesía lo eligió a usted?

– Un poco en relación a lo que te señalaba antes, no tengo esa visión esotérica de la poesía como algo capaz de elegir a alguien o no. Tampoco creo que un escritor o escritora puede definir todo lo que hace. La escritura es un hecho misterioso y concienzudo al mismo tiempo, como dice la escritora estadounidense Lorrie Moore, entonces en ese saber y no saber constante se mueve el texto que estemos escribiendo. Dentro de los géneros literarios, creo que la poesía tiene la libertad de prescindir de una historia tradicional para ir hacia los detalles de la vista, encontrar esos pliegos en donde siempre se ensancha el mundo, en donde tanto quien la escribe como quien la lee sufre una suerte de desacomodo, de pérdida en términos positivos.

3. Los poetas provenientes de las redes sociales, ¿son los renovadores del género?

– No creo que la poesía sea un pasaporte que necesite ser renovado, ni una estrella de cine que necesite ser rejuvenecida. Cualquier persona que empiece a escribir va a estar renovando consciente o inconscientemente porque es inevitable: los cambios sociales, culturales, políticos, económicos, tecnológicos nos influyen y no es el mismo mundo el que habite alguien hoy que el que habitaba Gustavo Adolfo Bécquer, por ejemplo. O Alejandra Pizarnik, para no irnos tan atrás en el tiempo. La literatura es algo en movimiento y esa es su gracia, lo que no quiere decir que haya cosas que se mantienen: el estado de disponibilidad, la atención con la vista, no dejarse influenciar por los lugares comunes, los grandes temas literarios en sí. En cuanto a las redes sociales, suelo decir lo siguiente: mientras sean pensadas como herramienta de difusión, me parecen muy positivas, ya que acercan a la literatura en general a muchas personas que capaz no tienen otro acceso. Ahora bien, si son pensadas como medio de producción, es decir escribir algo pensado para ellas, ahí empieza el problema: van a ser textos que ya están presos de un resultado y eso no es beneficioso para la literatura. Eso aplica a las redes como a los libros o a lo que se nos ocurra.

4. ¿Cómo asimila las críticas literarias?

– Como algo que es posible: no existe algo que le guste a todas las personas. Después, muchas veces esas críticas pueden esconder prejuicios o críticas ad hominem disfrazadas de conceptos estéticos, los cuales después no se aplican igual ante obras similares. Pero así como te decía que no habría que escribir pensando en los resultados, tampoco hay que escribir teniendo en cuenta ese factor más que para enriquecer la obra en sí.

5. ¿Juan Gelman o Alejandra Pizarnik?

– Ambos tienen una voz muy fuerte y fueron referencias en mi acercamiento a la poesía. Hoy en día podría decir Juan Gelman, pero nada es definitivo, por suerte.

6. ¿Algunos de sus poemas u opiniones de corte literario han sido censurados por lo políticamente correcto?

– La poesía es ficción: el yo poético no soy yo, por lo que no es algo sencillo de pensar en primera instancia. Después, el concepto de lo “políticamente correcto” varía de acuerdo a la persona que lo utilice, por lo que no es una vara demasiado fiable. Por supuesto, como toda persona, tengo mis ideas, creencias y posicionamientos políticos, lo que no significa que los plasme en lo que escribo de manera literal o demasiado visible.

7. Su poema Lamparitas quemadas contiene una crítica al capitalismo y a quienes sirven fielmente a él. ¿Cuál es su técnica para evitar caer en lo panfletario?

– Como te mencionaba anteriormente, creo que todo texto literario debería tener cuidado con lo demasiado literal y lo panfletario, porque no es el lugar para ese tipo de cuestiones, sino para un trasfondo estético. Si quiero decir algo político, generalmente abandono la idea de hacer un poema o un cuento y me fijo qué es lo que quiero hacer con eso. Ahora bien, eso no significa que no existan poemas, cuentos y novelas que puedan introducir esos elementos. Julio Cortázar siempre hablaba del delicado equilibrio para que lo estético no opaque lo político y viceversa. No sé si tengo una técnica en especial, pero sí me preocupa el enfoque estético para abordar ese tema y si lo encuentro, sigo adelante. En el poema que me mencionabas, creo haberlo encontrado, pero todo es relativo por fuera del trabajo que hace un escritor con sus textos.

8. Una foto de fondo de pantalla en Río de Janeiro, ¿podría interpretarse como un retrato de las apariencias afectivas?

– Ese poema surgió un poco de la práctica con la vista que te mencionaba anteriormente: uno ve a su alrededor parejas que se besan para una foto. No hubo necesidad afectiva ni deseo, sino la necesidad de una apariencia. Las apariencias muchas veces le ganan tierra al río del deseo, de la identidad, de lo profundo. Pensar al afecto como algo predeterminado, como si todas las personas lo vivieran igual, puede despertar una gran angustia porque uno quiere encajar en moldes predeterminados para identidades que no existen. La literatura muchas veces puede quitarle ese velo a las cosas para verlas más claras, por eso para muchos es una cuestión tan importante leer y, en algunos casos, también escribir.

 

[Foto: Marcelo Escayola – fuente: http://www.culturamas.es]