Escrito por Antonio Costa Gómez

Buscaba el lugar frente al Palazzo Pitti donde Dostoievski escribió El idiota, y me encontré con que allí al lado vivió Elizabeth Barret con Robert Browning. La de los tirabuzones apasionados y colgantes. Ella, una mujer que amaba; él, un listillo que escribía acertijos para listillos como El anillo y el libro, prefigurando a Auden y todos esos. Ella llena de vida, él de conceptos y erudición.

Le puso a su libro Sonetos del portugués porque se suponía que los portugueses escribían con más pasión y saudade. Los ingleses siempre suponen que los del sur sienten más. En portugués escribió la monja de Alentejo Mariana Alcoforado esas cartas arrebatadas y luminosas que asombraron a Rilke.

En un soneto Elizabeth Barret de repente se deja de tópicos y repeticiones, como alguna vez hizo Shakespeare, y nombra muy distintas formas de amar. Aunque todas tengan algo en común.  Lo hace en esa ciudad que conocía tantas formas de amar, la de Dante a Beatriz, la del Centauro por Atenea de Boticelli, la del Invierno por la Diosa Invernal en los Jardines manieristas de Boboli.

Se puede amar en el paraíso como Longinos en “Lo sublime”. Se puede amar en el día a día sordamente. Se puede amar en arrebato, se puede amar en silencios. Se puede amar sin decirlo, se puedo amar con palabras.

Yo estaba equivocado. Durante varios días me sentí encantado porque iba por una calle del Oltarno, veía el palazzo Guidi y pensaba: aquí estuvo Elizabeth Barret Browning, aquí trazó las distintas formas de amar. Se lo comentaba a Consuelo, le decía que era una de las escritoras más vivas y sugerentes de la literatura inglesa.

Pero Elizabeth no vivió en el palazzo Guidi, vivió delante del palazzo Pitti, cerca de donde vivió Dostoievski. Yo fui allí a buscar a Dostoievski, me emocioné con su placa, y después descubrí que allí cerca latió Elizabeth Barret. Y que en la condensación del soneto, hizo vivir las formas imaginativas y paradójicas del amor. Cuántas veces ocurre así, celebramos a las personas donde no están, las celebramos por lo que no han dicho.

Pero al final me di cuenta. Ella vivió enfrente del palacio renacentista con jardines manieristas. Si el marido era la prepotencia del palacio, ella era la lucidez y la fantasía del los jardines manieristas de Boboli. Él tenía la apariencia, ella vivía los secretos. Y la celebré donde vivió de verdad, la admiré por lo que escribió de verdad.

Muchas veces la leí y la respeté simplemente porque era famosa. Pero un día, leyendo con negligencia de pie junto a mi biblioteca, la descubrí de verdad y me dije: coño, pero qué poesía hay aquí. Entonces ella me deslumbró y llegó a mí. Y seguro que yo la habría amado de verdad, mejor que su marido pedante.

Lo siento por los pedantes, por los que hablan de técnicas y de fabricaciones. Por los que creen que la poesía se fabrica o se parece al ajedrez. Por los que leen poemas como si acumularan datos y los analizan como si abrieran una lata de conservas.  Para ella la poesía no era el ajedrez. Era alcanzar unas cuantas frases verdaderas en un momento de verdad. Era expresarse con lucidez y pasión en un momento privilegiado.

En otro soneto dice que el amor enaltece lo que ama. Porque si algo es amado es que tiene vibración para alguien, significa que para alguien no es vulgar sino apasionante. Y el mundo ya es demasiado vulgar, hace falta alguien que ame las cosas y las haga apasionantes. Si te miro con ojos alucinados tienes vida, viene a decir Elizabeth. Y el mundo palpita en ti.

Pero ese amor tiene un montón de formas, hace un montón de dibujos como el fuego. A veces enciende toda la habitación, a veces está callado en las brasas. A veces tiene algo de trágico, a veces alumbra la cocina como decía Santa Teresa. Ni siquiera Petrarca captó esos matices y esas contradicciones. Y esa persistencia detrás de lo cambiante.

Los lugares ayudan, Florencia ayuda mucho. La gente no se da cuenta de que interactuamos con todo, de que todo teclea en nosotros. Una simple brisa nos puede abrir la piel infinitamente. O nos puede incitar al suicidio, como decía Camus. Pero Florencia nos abre. Por eso los dos esposos se instalaron en Florencia. Por eso yo los encontré allí muchos años después, sin proponérmelo.

Elizabeth tocó las teclas y nos golpeó con las formas del amor. Como hace Chopin, a veces cuando menos lo esperamos. El marido escribió poemas larguísimos que ahora no leen ni los académicos para redactar tesis indigestas, pero ella escribió unos pocos sonetos que nos llegan punzantes. Es la distancia entre lo oficial y lo vivo, entre las palabras y la poesía. Entre el razonar y el sentir. Entre esconder un anillo entre cientos de páginas o alumbrar una perla en unos pocos versos.

Browning fue el tipo académico que escondía en sus poemas larguísimos erudición y carpintería. Elizabeth fue la mujer que tuvo unos cuantos deslumbramientos a la manera portuguesa de la monja Mariana, que supo, por instantes, sin palabrerías lo que era el amor. Él fue la morosidad plúmbea, ella fue la vibración instantánea. Y no me emocionó nada saber que él vivió un poco más allá del Palazzo Pitti, pero sí, me encantó saber que ella vivió en la misma casa. Ella, la de los tirabuzones un poco extraños y la mirada enigmática.

 

 

[Foto: Consuelo de Arco – fuente: http://www.culturamas.es]