Caminar puede servir para llegar al lugar deseado, pero también, ejercicio que cada vez se está abandonando más, para reconocernos en el espacio que habitamos, para pensar.

Madrid Arturo Soria
Escrito por Carlos Madrid

En el libro Alicia en el País de las Maravillas hay un momento en el que el Gato de Cheshire le da un consejo a Alicia para poder salir de la madriguera: “Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente”. Un consejo que podemos recoger los sobrevivientes de este siglo XXI y retorcerlo hasta sacarle nuevos significados. Porque caminar puede servir para llegar al lugar deseado, pero también, ejercicio que cada vez se está abandonando más, para reconocernos en el espacio que habitamos, para pensar.

Bajo esta segunda concepción, son múltiples los pensadores y las pensadoras que le han dedicado horas. Tanto para ejercerlo como para reflexionar sobre su papel en nuestro día a día. Y es que, como dice el filósofo y escritor Santiago Alba Rico, “hasta hace algunas décadas andar era lo normal; hoy es una prescripción médica o una disciplina saludable”. Por ello, en sus artículos en diferentes medios y en alguno de sus libros, como Ser o no ser (Un cuerpo) (Seix Barral, 2017), el pensador ha dedicado muchas palabras a mostrar las cualidades de este arte.

“Andar, como defiende Rebecca Solnit, es importante como reivindicación del sujeto que tiene derecho a estar en el espacio público. Que la calle no es una concesión, sino que nos pertenece”, argumenta Anna María Iglesia

Una forma de interactuar con lo que nos rodea que también comparte la periodista Anna María Iglesia, quien realizó su tesis doctoral sobre paseantes y publicó el año pasado La revolución de las flâneuses (WunderKammer). Para ella, la importancia de caminar reside en la ocupación del espacio público, en mostrarse a la sociedad. “Para mí, el andar, como defiende Rebecca Solnit, es importante como reivindicación del sujeto que tiene derecho a estar en el espacio público. Que la calle no es una concesión, sino que nos pertenece”, argumenta.

Anna María Iglesia estuvo cinco años escribiendo una tesis sobre paseantes, dejando el género femenino de lado. Entonces, llegó un momento en el que se preguntó dónde estaban las mujeres que también habían ocupado la calle esos años. Y remendó el olvido con el libro. “Hay que preguntarse dónde está la mujer en el espacio público, por qué no se le permite estar en la calle, por qué se entiende que una mujer de la calle es una prostituta. Esta última asociación ya tiene connotaciones de que la mujer no debería estar en la calle y menos a determinadas horas. Rescatar a estas mujeres implica poner en valor la lucha de la mujer para autolegitimarse en el espacio público”, defiende.

Cuando el espacio-tiempo se alinea con el pensamiento

Porque caminar, muy contrario a la percepción que tenemos hoy en día, sirve en gran medida para pensar. Se trata de un momento en el que el espacio-tiempo se alinea con el pensamiento, con una mirada que observa. “Pensar y mirar son actividades milagrosas, indispensables para la supervivencia humana. Pensar y mirar, sobre todo, son experiencias cada vez más excepcionales. Para eso, como dice Stevenson, hay que pasear sin prisas y en libertad, sin la disciplina de un rumbo fijo, pasando del interior al exterior, de la meditación al mundo”, apunta Alba Rico. En definitiva, pasear como un medio de apertura hacia el exterior.

Por su parte, Anna María Iglesia se alinea con la idea de caminar de Rousseau, que decía que para él pensar implicaba salir a pasear: “Hay toda una corriente literaria y filosófica que sigue esta línea, que entiende el caminar como una forma de pensar, de bajar el ritmo, de abstraerse de una determinada ocupación. el caminar tiene un punto de ocioso, no es productivo. Además, se trata de un acto que abandona toda la lógica productiva en la que estamos todos inmersos para ser útiles”.

Un estado al que llegamos cuando rebajamos la velocidad de nuestros cuerpos, y por lo tanto, de nuestros cerebros. Algo que no es posible bajo la velocidad de nuestras máquinas, como decía Zweig en el siglo pasado. “No caminamos a la velocidad de un cuerpo; ni pensamos a la velocidad de un cerebro. Eso implica que dejemos a un lado todas las experiencias indisociables de esas velocidades antropométricas: las ceremonias, el cortejo amoroso, la compra en pequeños comercios, en general las esperas, incluida, por ejemplo, la de la maternidad, cada vez más incompatible con los ritmos productivos y los flujos de imágenes de las nuevas tecnologías”, sostiene el filósofo.

“La velocidad es el sujeto que preside nuestras vidas, convertidas ahora en un medio y, a veces, en un obstáculo para la velocidad”, afirma Santiago Alba Rico

Unos ritmos vitales que Alba Rico cree que nos han atropellado y que han hecho que la velocidad haya dejado de ser un medio, para transformarse en un sujeto. “La velocidad es el sujeto que preside nuestras vidas, convertidas ahora en un medio y, a veces, en un obstáculo para la velocidad. La velocidad acelera nuestros cuerpos y, si no podemos ir al ritmo que ella impone, nos deja atrás o prescinde de nosotros. El cuerpo mismo es una antigualla que se interpone en nuestro camino”, finaliza.

De esta forma, esa velocidad fijada en nuestro día a día por el capitalismo, es la que nos ha prohibido cosas tan sencillas como el aburrimiento, la atención, la espera. También el caminar, olvidado por tratarse de un acto que no es productivo y, por lo tanto, inútil según las lógicas capitalistas. “Nuestro tiempo se ha enfocado para ser productivo o consumista. El tiempo del ocio, entendido como un tiempo para salir de las lógicas de mercado, se ha reducido al mínimo. El filósofo coreano Byung-Chul Han dice algo así: que hemos pasado de la época en la que nos imponían un cierto trabajo, a nosotros que nos imponemos una producción. Esto hace que en la sociedad en la que estamos, el tiempo para lo inútil haya desaparecido por completo”, defiende Anna María Iglesia.

Recuperar el caminar

Entonces, ¿no hay forma de recuperar el caminar? “Ahora lo veo difícil, pero estamos encerrados en el capitalismo en unas lógicas de producción que son difíciles de romper. Tenemos que ser conscientes en cada momento de todo lo que nos rodea y de cómo nos afecta. De todo lo que consumimos, y no me refiero solo al comprar, sino también a los discursos, mensajes, lugares, de todo lo que nos imponen. Cuando tomemos conciencia de todo eso, podremos cambiar”, explica la periodista.

El filósofo y escritor, por su parte, opina que hemos perdido la experiencia, que ahora se ha convertido en un sabotaje premeditado de la máquina de la velocidad. Un hecho que se ha consumado porque “el que pasea, si se quiere, pasea fuera de los circuitos de la funcionalidad capitalista. Para pasear hace falta tiempo, que no tenemos; ganas, confiscadas por el entretenimiento industrial; y un espacio favorable en un universo tomado por los coches”.

Sin embargo, sí que deja una puerta para la esperanza: esto es, ejerciendo el paseo. Aunque tiene que conllevar una serie de cambios. “Lo que implica como condición la transformación de nuestra economía y nuestra sociedad. Y ese es un paseo largo y difícil. Entre tanto, podemos intentar a ratos apearnos del cuerpo abstracto general velocísimo y regresar al antiguo y original, al individual, que es el que garantiza los vínculos: con el mundo y con los otros cuerpos”. Y finaliza: “Que suelen ser un coñazo, pero sin los cuales no hay aprendizaje ni placer ni profundidad ni futuro”.