Escrito por Joseph Hodara

«La libertad llegará pronto. Entonces volveremos de las sombras…» Frases que compone El Partisano, canción que Leonard Cohen difundió en múltiples escenarios; y son palabras que cabe recordar en estos días. Poeta, novelista y cantautor, Cohen confesó en alguna oportunidad: » Qué bueno saber que mis canciones han durado treinta años como si fueran un automóvil Volvo…» Pícara pero impuntual ironía, pues las voces de su trayectoria se escucharán un largo tiempo si nuestra sensibilidad y el buen gusto no se rinden a la gris rutina.

Al lado de sus padres y abuelos, con la asistencia de un rabino y de sus familiares cercanos, Leonard fue enterrado en el cementerio Shaar Hashamaim en Montreal, Canadá.  En dicho país nació en 1934, hijo de un padre polaco y de una madre lituana que como muchos judíos de Europa oriental buscaron nuevo hogar en el joven país. De su abuelo, rabino por formación y ministerio, recibió temas y motivos que se repetirán en sus canciones, desde el Rey David a Jesús, desde el Alleluya a los versos en Marianne.

Junto con Bob Dylan, pero con singular voz y sonidos, Cohen se insertó en los nuevos ritmos que singularizaron a la década norteamericana de los setenta. Pero se distanció de ellos aportando una forma de vida y de versificación singulares. Para descubrirse a si mismo buscó y encontró refugio en la isla griega de Hidra, propensión reflexiva que se repetirá más tarde conduciéndole a aislarse durante cuatro años en un templo budista-zen en Los Ángeles, una tregua que renovó su capacidad creativa.

Con grave voz, con estrofas que parecen divorciarse entre si, Cohen canta y recita palabras que inducen reflexión y serena melancolía. En pájaro en el cable, por ejemplo, se confiesa:  » como un niño aún no nacido, como una bestia con su cuerno, he destrozado a quien se acercó a mí…» Y en otro ensamble dice: «Creo que te lo dije todo en los días del Viet Nam…» Sugerencias apenas que se ondulan en el espacio y que invitan a quien le escucha a reinsertarlas en su propia experiencia vital.

La influencia de Federico García Lorca se hace oír de múltiples maneras. A su hija le dará el nombre del poeta granadino, y en Suzanne inserta palabras y escenas que recuerdan el romancero gitano:  « …. Suzanne te lleva abajo a su sitio junto al río….Y ahora te toma de la mano y te conduce al río…» Y allí se prometen y buscan el íntimo diálogo.

En los días ingratos de la Guerra de Yom Kipur (1973), Leonard Cohen llegó a Israel.  Se unió a los soldados que luchaban en el Sinaí, y en los momentos de calma cantó para y con ellos. Expresión solidaria que quedó en la memoria de amplias audiencias. Varios años más tarde, en 2009, apareció en noche memorable en el estadio de Ramat Gan. El multitudinario público le aplaudió repetidamente conmovido por las plegarias que enhebró en hebreo.

El discurso que pronunció en España al recibir el Premio Príncipe de Asturias en octubre 2011 – homenaje que You tube reprodujo traducido al castellano – Cohen reconoce su deuda no solo con Lorca. Recuerda que en sus años de adolescencia conoció en las calles de Montreal a un español que le impresionó por su puntual instrumentación de la guitarra. Le pidió clases particulares, y así se inició en el ritmo gitano. Pocos días después supo del suicidio de su maestro; el motivo y su nombre quedaron en el silencio. Pero su imagen se le clavó en la memoria.

Para resumir el carácter y la evolución de su vida, uno de sus mejores amigos le sugirió esta definición: » Eres un narcisista que se odia...» Retrato que a Cohen le pareció acertado. Y al sentirse abrumado por un impío cáncer compuso una de sus últimas canciones susurrando: » Ya estoy listo- mi Dios…»  El arte le ayudó a morir, y por su arte quedará entre nosotros.

 

[Fuente: http://www.diariojudio.com]