Un texto de Nicolás Cabral sobre la obra de la brasileña, una de las grandes escritoras del siglo XX, en el centenario de su nacimiento

Clarice Lispector (1920-1977)

 

Escrito por Nicolás Cabral

Lo real: aquello que no puede ser apresado por las palabras, que no puede ser representado, lo imposible, “que no cesa de no escribirse” (Jacques Lacan). Y sin embargo podría leerse la obra de Clarice Lispector como una tentativa, si no de nombrarlo, de acecharlo; la búsqueda de un lenguaje capaz de inscribir la sensación, las relaciones del cuerpo con lo vivo y con lo inanimado antes de ser simbolizadas. Se trata, en suma, de una narrativa epifánica.

En el capítulo final de la primera novela de Lispector, Cerca del corazón salvaje (1944), Joana experimenta lo que se convertirá en una suerte de programa de su creadora: “Imposible explicarlo. Se iba apartando de aquella zona donde las cosas tienen forma fija, donde todo tiene un nombre sólido e inmutable. Cada vez ahondaba más en la región líquida, quieta e insondable, donde flotaban nieblas vagas y frescas como las de la madrugada”. Tres décadas después, en Agua viva (1973), el planteamiento no dejará lugar a dudas: “Sí, quiero la palabra última, que también es tan primera que ya se confunde con la parte intangible de lo real”.

En la obra de Lispector, donde pensamiento y narración son un mismo movimiento, la prosa, gestual como si proviniera de una inteligencia del espacio exterior, parece estar en permanente asedio, insistiendo en acortar la brecha entre el lenguaje y la Cosa: “A veces, en el fondo de la sensación latía una idea que le daba leve consciencia de su especie y de su color” (Cerca del corazón salvaje).

“Lo divino para mí es lo real”, leemos en La pasión según G.H. (1964). Esa convicción es puesta en relato en la novela precedente, La manzana en la oscuridad (1961), cuyo epígrafe proviene de los Taittirīya upaniad:

Él deseó en secreto de este modo:

¡engéndreme yo mismo, sea muchos!

Produjo así calor.

Tras el calentamiento,

hizo brotar de sí

esta totalidad de la existencia.

Habiéndola emitido,

penetró luego en ella.

Tras penetrar en ella,

se convirtió a sí mismo en sat y tyad,

lo que puede expresarse y lo inefable,

en lo asentado y firme y en lo móvil,

en todo lo consciente y lo inconsciente,

y fue lo verdadero y fue lo falso.

Quedó así convertido en lo real,

en todo cuanto hay.

A esto lo llama el sabio lo real.

Lispector cita una versión en prosa, con algunos pasajes suprimidos. El sujeto de estos versos es bráhman; en la tradición védica, realidad última e inmutable, principio de todo. De él no se puede hablar, pero algunos logran experimentarlo al identificar las correspondencias ocultas (upaniad). Lo real (satya) engloba “lo existente” (sat) –lo manifiesto– y “aquello” (tyad) –lo que no se manifiesta. Este sustrato a la vez religioso y filosófico permite comprender la vía casi mística que sigue Martim en La manzana en la oscuridad, el camino de recomposición de su yo luego de experimentar un trauma: cometer un crimen ha producido una rasgadura en el tejido de las apariencias, ha desorganizado su vínculo con los objetos. La presencia de las cosas se le vuelve de nuevo evidente cuando repara en las relaciones de lo que lo rodea, en sus resonancias. Aquí la autora, realista especulativa avant la lettre, es capaz de dar un sentido contemporáneo a la sabiduría védica.

La escritura clariceana identifica lo real y lo divino –como los místicos la nada y Dios– porque son dimensiones que resisten la representación inmediata, que si se manifiestan en el presente lo hacen bajo la forma de una epifanía, noción que Joyce tomó del cristianismo para convertirla en el núcleo de una poética materialista. La sorpresa, y muchas veces el pánico, ante lo que aparece súbitamente como real, sin que tengamos posibilidad de figurarlo, de volverlo tolerable, es decir, de incorporarlo al registro simbólico. Al trauma, a la catástrofe del sentido, sigue, lo mismo para Martim que para G.H., la experiencia de lo ignoto, lo que carece de nombre. A G.H. se le manifiesta en el ahora, “el tiempo hinchado hasta el límite”; se le revela al aplastar una cucaracha y ver la materia blancuzca y blanda que sale de su interior:

Esa cosa, cuyo nombre desconozco, era la que yo, mirando a la cucaracha, estaba ya consiguiendo llamar sin nombre. Me repugnaba el contacto con ese algo sin cualidades ni atributos, era repugnante la cosa viva sin nombre, ni sabor, ni olor. Insipidez: el sabor ahora no carecía de amargor: mi propio amargor. Por un instante, entonces, sentí una especie de excitada felicidad por todo el cuerpo, un horrible malestar feliz en el que las piernas me parecía que se hundían, como siempre que eran tocadas las raíces de mi identidad desconocida.

La obra íntegra de Lispector podría titularse, como su propia vida (escribió en uno de los textos de Para no olvidar, 1978), “en busca de la cosa en sí”. Transformada su conciencia por el encuentro con lo real (o lo divino), Martim y G.H. descubren lo inhumano, lo “neutro vivo”. En la prosa de su creadora, las palabras saben que no pueden apresar la Cosa, y a veces son precedidas de o seguidas por puntos y guiones que apelan a un más allá de lo verbal. Por su cuenta, acuñó la idea de lo éxtimo, la presencia de lo real en lo simbólico que estudió Jacques-Alain Miller a partir de Lacan. Y en esa tensión, en el goce de la imposibilidad, la escritura se convierte en un campo de extrañamientos y revelaciones, de perturbación y azoro. “¿Estás preparado para saber que, vistas de cerca, las cosas no tienen forma, y que, vistas de lejos, las cosas no se ven?”, pregunta un cura a Martim, al final de La manzana en la oscuridad.

 

[Fuente: http://www.latempestad.mx]