Humberto era alto, Fernando mediano, y Jorge, menudo. Juntos formaban una escalera a través de la cual su amistad crecía sin obstáculos. Desde Galicia llegaron a Irún en busca de un futuro más prometedor y, una tarde, decidieron cruzar la frontera para ver la película El último tango en París en la vecina Francia. Nunca regresaron. Aquello fue el 24 de marzo de 1973.

Una tumba en el aire. La certeza es tan dolorosa como la incertidumbre.

Todas las novelas dejan un eco en quien las lee, pero solamente algunas conseguirán acompañar al lector para siempre. Es lo que sucede con Una tumba en el aire, la ambiciosa obra de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), en la que, haciendo un titánico esfuerzo de verosimilitud, reconstruye la historia de tres jóvenes desaparecidos. Una historia que es preciso leer y que era necesario contar, porque como reza la propia novela al comienzo, “ni víctimas ni asesinos merecen el olvido”. Esta novela fue galardonada con el Premio Málaga de novela en su XII edición.

Era imposible, inimaginable. Como eran jóvenes y no se metían en líos, la vida les prometía un horizonte brillante, ¿cómo podía ser que de pronto fuese la muerte la que les aguardase? Y en su forma más grotesca, y en la Francia de la libertad, en donde estaba permitido ver las películas censuradas por la España franquista. Y, sin embargo, todos los elementos se conjuraron para que los tres chicos cayeran en manos de miembros de ETA. Lo único de lo que eran culpables era de que su Austin 1500 se hubiese cruzado en la carretera de San Juan de Luz con un Renault 12 conducido por Jesús de la Fuente, alias Basacarte. Eran culpables de haberse sentido atraídos, como los turistas que eran, por las luces que una discoteca exhibía como reclamo. De haber sentido curiosidad por ver en el cine a Marlon Brando y María Schneider. Pero no eran culpables de que la banda se encontrase en un período de inactividad, preparando un gran golpe, imbuida en la desconfianza en la quietud de la espera; ávida de violencia, ebria y con el deseo de actuar, aunque fuera sin convicción, se obligaron a creer que los tres amigos eran en realidad policías porque solo así podían justificar el sinsentido de  lo que perpetraron, uno más de los frutos amargos que arrojó una época marcada por la división y el odio incipiente, así como por las disidencias en el seno del propio grupo terrorista.

“De nosotros no se acordará ni Dios, Jorge, tenlo por seguro. Y, además, ¿por qué habrían de acordarse de nosotros? ¿Qué hemos hecho nosotros todavía?”

Y cuánto hueco deja ETA todavía; cuánto espacio para los zapatos que nunca llegaron a calzar, las tentaciones en las que no tuvieron la oportunidad de caer, las canciones que no llegaron a bailar, las horas que no pudieron dormir. Porque para comprender sus vidas, necesitamos aceptar todo lo que se les negó vivir. Y aquí el autor tiene una difícil tarea, la de estructurar los acontecimientos de forma que los lectores podamos visualizar el futuro del que se les separó y el nexo que les unía al resto del mundo, a las personas a quienes importaban, el vínculo que sus verdugos convirtieron en espinas. Porque mientras la muerte requiere un duelo, la desaparición solo admite una sucesión infinita de minutos de dolor.

Para explicarnos cómo transcurrieron las últimas horas de los tres amigos, el autor se ve obligado a golpearnos, nos deja sobrecogidos y conmocionados, pero nos compensa, con una astucia sorprendente, tejiendo una narración cargada de lirismo que nos permite acompañar a los tres protagonistas hasta el otro lado de la orilla y lamentar con ellos que sus vidas quedaran suspendidas. Humberto, Fernando y Jorge nunca dejarían de ser jóvenes ni de ser amigos: sus nombres quedarían ligados para siempre.

La labor de García Ortega al abordar esta trama creada a base de los retazos de información que terminaron viendo la luz, destaca tanto por su admirable trabajo documental como por su inmenso valor literario.

Una tumba en el aire sin inscripción alguna:

todos los nombres juntos

bajo el silencio anónimo

de la fosa común.

José Ramón Ripoll. Una tumba en el aire/Paul Celan

Belén Cortés es licenciada en Derecho y Criminología y tiene un máster en Educación Secundaria. Ha tomado cursos de escritura creativa con Bárbara Blasco, ganadora del Premio Tusquets de este año, y Kike Parra, en la Escuela de Fuentetaja. Su perfil de Instagram es @lolitzta.

 

[Fuente: http://www.colofonrevistaliteraria.com]