Una de las voces más originales de la filosofía francesa contemporánea, Alizart dedicó su último libro, Perros, a deconstruir la imagen de los canes.

Alizart participó de La Noche de la Filosofía.

Alizart participó de La Noche de la Filosofía

Escrito por Silvina Friera

Los perros reinarán sobre la tierra. La profecía de un escritor estadounidense de ciencia ficción le permite a Mark Alizart trazar un itinerario inédito del perro como pensador. No es fácil derribar los clichés anquilosados en frases como “vida de perros”, “tiempo de perros” o “morir como perro”. El filósofo francés podría haber escrito un tratado fúnebre sobre la pérdida de Martin Luther, un basset hound que fue a buscar a las montañas que rodean Aurillac. El poco tiempo que vivió con él marcó un giro definitivo en su vida. “Me abrió las puertas de esa naturaleza que como un pobre materialista yo le oponía al Espíritu, pero también ese Espíritu que como un pobre intelectual no comprendía como Deseo”, escribe al final de Perros, una pequeña e inclasificable maravilla filosófica publicada por la editorial La Cebra en traducción de Manuela Valdivia. Presentó el libro en Buenos Aires la semana pasada, unos días antes de participar en La Noche de la Filosofía. El mismo sello argentino lanzará dos títulos más del filósofo francés: Criptocomunismo, que salió en Francia este año, y luego Informática celeste, de 2017.

Alizart –que viene de la ola de calor europea- tiembla cuando recibe a Página/12 en un hotel cercano a Plaza San Martín. Los más de treinta grados de diferencia entre París y Buenos Aires se sienten en el cuerpo. No hay abrigo ni gorro que amortigüe las bajas temperaturas. Una de las voces más originales de la filosofía francesa contemporánea –aunque nació en Londres, en 1975- fue encargado de la programación cultural en el Centre Pompidou (2001-2006) y director adjunto del Palais de Tokyo (2006-2011). “Donald Trump es el primer presidente de la historia de Estados Unidos que no tiene un perro. A todos sus adversarios políticos los llama ‘perros’”, recuerda el filósofo francés, invitado por la Embajada de Francia y el Centro Franco Argentino.

–La escritura del libro fue un recorrido muy personal. Yo no quise escribir un libro de filosofía sobre los perros, quise entender primero mi propio dolor por la muerte de Luther. Y empecé a ver de dónde son y de dónde vienen los perros. Dentro del mundo de la investigación y las teorías evolutivas, encontré que tenemos una relación tan particular con los perros porque es un vínculo muy antiguo; es la primera relación que un Homo sapiens entabló con un animal. Como es algo que ocurrió hace unos 35.000 mil años coincide con el período en que el Homo sapiens se transforma en un ser creador. Sin el perro, el Homo sapiens no se habría convertido en lo que es. Las primeras pinturas en las cuevas datan del momento en que se encuentran los primeros huesos de perros. Por eso la idea es afirmar que el hombre no desciende tanto del simio como del perro, especialmente en su dimensión espiritual.

–Un hallazgo del libro es “la alegría de los perros”. ¿De dónde viene esa alegría?

–Al principio era un libro sobre la tristeza. El primer comienzo arrancaba con una visita al cementerio de perros, en Asnières-sur-Seine, al noroeste de París, cargado de emoción; pero a medida que avanzaba descubrí lo que los perros habían hecho por nosotros. Entonces la melancolía fue reemplazada por un sentimiento más positivo y entendí que no solo estaba triste porque había perdido a mi perro, sino porque el perro representa la alegría. Ahí me di cuenta de que el verdadero tema del libro era la alegría y no el duelo.

–¿Por qué los perros son comunistas? ¿Podrías ampliar esa hipótesis del libro?

–El libro es una suerte de defensa de los perros en todos los aspectos, especialmente en el político. Se dice que el perro es policía; que el mundo es su amo y que es sometido por el hombre. Hay perros que acompañaron históricamente movimientos sociales de izquierda, como el perro del cuadro de Gustave Courbet, que observa cómo es sepultada la Comuna de París. El perro está asociado a movimientos revolucionarios como Kanellos, el perro de las revueltas griegas, al que se llamó “Riot dog”, el perro de los disturbios. Los perros aman la sociedad. Un día vi un documental sobre los perros de la calle en Chile en el que un especialista explicaba que cuando los perros están libres y juntos toman sus decisiones en grupo por la mayoría de estornudos; votan estornudando. Entonces forman una comunidad democrática. No es que a los perros les gusta tener un amo, lo que les gusta es estar con alguien. La comunidad de los perros y de los hombres forman un comunismo interespecies.

–Muchas veces la filosofía desprecia ciertos temas, como el de intentar hacer filosofía con los animales. ¿Fue un desafío especial desde el punto de vista filosófico escribir “Perros”?

–Sí, fue un desafío escribir el libro porque busqué devolverle al perro su dignidad. Pude aprovechar el trabajo de mis predecesores sobre la filosofía del animal. Antes de los años 70, no había nada. Gracias al trabajo filosófico de (Gilles) Deleuze y de (Jacques) Derrida podemos hacer un trabajo filosófico serio sobre los animales. Pero dentro de esta filosofía sigue habiendo una especie de denigramiento del perro. Deleuze fue el primero en decir que “el perro era la vergüenza del reino animal”. Por eso me pregunté por qué la filosofía, incluso la más avanzada, tiene dificultades para abordar el tema; un desafío que interrogaba a los filósofos, pero también a la filosofía misma. El problema está en que Derrida no logró ir lo suficientemente lejos en la deconstrucción de estos tótems, de estas categorías filosóficas. Deleuze considera que el perro es un ser sometido; esta es una proyección antropocéntrica, incluso falocéntrica, como si para tener dignidad en tanto sujeto hubiera que ser necesariamente rebelde e insumiso. Deleuze plantea que hay que concentrarse en los animales porque hay que deconstruir la centralidad del hombre. Pero para eso solo se ocupa de los animales salvajes. ¿Pero qué ocurre cuando un animal no quiere permanecer en estado salvaje y viene a ver a los hombres? ¿Es un traidor a la condición de animal salvaje? ¿O es nuestra proyección de que el buen animal es un salvaje? Quizá no es más que una proyección antropocéntrica y habría que recorrer el camino en sentido contrario, que es lo que el perro nos invita a hacer. No hay perros salvajes: si uno deja libre a un perro, siempre va a volver. ¿Cómo analizamos ese deseo del perro? La filósofa francesa Élisabeth de Fontenay dice que los animales son como los locos: no están totalmente ni en la naturaleza ni en la cultura. Creo que ese es el lugar del perro. De la misma manera que hay una rehabilitación de la condición del loco en la obra de Michel Foucault, se podría hacer el mismo trabajo sobre el perro. No soy el único que lo dice. En su Manifiesto de las especies de compañía, la filósofa norteamericana Donna Haraway advierte que la teoría de la coevolución del hombre y del perro nos obliga a volver a abordar el reparto entre la naturaleza y cultura, tierra y cielo, amo y esclavo que hemos heredado del platonismo y del monoteísmo. No me sorprende que esto venga de una filósofa feminista que intenta deconstruir la imagen del perro.

–¿Intentás emular a Foucault, rehabilitando la condición del perro?

–Sí, tengo esa pretensión, pero con más modestia. Hay que deconstruir las categorías del etnocentrismo, del macho blanco para, como dice Deleuze, alcanzar la experiencia de un devenir animal. Pero hay que ir a fondo. Deleuze tenía un gato, Foucault tenía un gato y Derrida tenía un gato. Me dan ganas de decirles: ¿por qué no adoptan un perro? (risas).

–Evidentemente no tenés gatos…

–No… Se entiende por qué los gatos están asociados a los pensadores y por qué tienen una imagen más positiva que el perro. El gato no es un animal doméstico, el gato es un animal salvaje que nos tolera (risas). Y es más fácil proyectar una imagen positiva en el gato por sus valores de libertad, independencia e insumisión, que nos valoriza como especie humana. La libertad no es tener un collar alrededor del cuello. Entonces es más fácil amar a los gatos que darle un lugar positivo al perro.

–Daría la impresión de que el libro “Perros” como propuesta filosófica continuará, que no es algo cerrado. ¿Es así?

–Sí. La continuación de Perros es un libro sobre los ángeles. Los perros son ángeles guardianes que nos protegen. En las representaciones mitológicas el perro muchas veces tiene alas. La esfinge no es un león, como se suele decir. La esfinge es una perra. La perra alada es la figura prototípica más antigua del ángel. Después de haber escrito Perros, todos los días descubro algo nuevo sobre el perro; es un tema inagotable. Cuando uno los mira de cerca, suelen tener un rol importante. El arte contemporáneo participa de los movimientos de reafirmación, pone el foco en las categorías invisibilizadas o racializadas y toma lo que es rechazado por la sociedad. Los artistas contemporáneos descubrieron que había un desafío en incluir al perro en sus reflexiones. Me interesa General idea, un grupo conocido de artistas canadienses que trabaja mucho sobre la representación de los homosexuales y los enfermos de Sida, cuando se dieron cuenta de que los trataban como perros. Como artistas y como homosexuales. Entonces se representaron a ellos mismos como perros, dando vuelta este insulto y retomando viejas tradiciones filosóficas como la de Diógenes, que se metamorfosea en perro. Si nos tratan como perros, entonces convirtámonos en perros. La figura del perro retorna a nuestra cultura. Me parece que estamos en un momento particular: el momento perro.

[Foto: Jorge Larrosa – fuente: http://www.pagina12.com.ar]