Escrito por Nuria Rodríguez Vargas

El lenguaje inclusivo, en este momento, se define como un posicionamiento político que busca concientizar a la población y visibilizar las desigualdades de género. Es una intención loable, pero tal vez, insuficiente y se requiera un cambio profundo en las estructuras políticas, socioeconómicas y culturales de las comunidades.

“Cuantas veces no hemos probado nosotros mismos una sopa que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso, son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo”.

Palabras de Gabriel García Márquez en el I Congreso Internacional de la Lengua Española, Zacatecas 1997. Propuso el colombiano jubilar la ortografía, algunas ideas fueron eliminar la hache, delimitar los usos de la ge y la jota, fundir la be y la uve, revisar la marca de algunos acentos, aceptar conjugaciones verbales normalizadas por los hablantes en el uso diario, pero que son consideradas no gramaticales.

Esto como una forma de preparación de la lengua española para entrar al siglo XXI “es un derecho histórico, no por su prepotencia económica como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su fuerza de expansión”. Si se piensa un poco, la propuesta estaba basada en el profundo conocimiento de la cultura, en las necesidades de los hablantes, en las hablas del pueblo, en su humanidad. Pero tuvo más rechazo que apoyo en el mundo académico.

A diferencia, en esa misma época, el llamado lenguaje inclusivo comenzaba el recorrido de los activismos a la academia y a la política estatal. Hoy, se usa mucho en España, Argentina, Canadá y Estados Unidos. En la lengua española se enfoca en hacer el doblete de sustantivos, femenino y masculino, usar el femenino de primero y más recientemente, en la creación de un neutro morfológico, el cambio de la vocal “o” por la “e” (nosotres, todes, chiques) en lo oral y lo escrito.

Hay posiciones que adversan el nuevo neutro, se aduce la destrucción del español. Esta visión es alarmista, pues en las lenguas no hay nada “correcto” o “incorrecto”, solo normativo o no normativo, se habita entre estas dos construcciones. La lingüista mexicana Concepción Company dice que “somos seres de sintaxis libre” todos los hablantes, independientemente de su registro, en el día a día hacen uso de la libertad lingüística, es decir, usos normativos y no normativos.

En las posturas a favor del lenguaje inclusivo, el lingüista argentino Santiago Kalinowski, afirma que el genérico masculino gramatical es un universal lingüístico que provoca desigualdad en la sociedad, y cada vez que se usa se refuerza la idea de que el hombre es el centro del universo. En oposición, son relevantes los datos de Company, quien explica que la variedad de los géneros de las lenguas es altamente arbitraria.

Existen lenguas con diferentes cantidades de géneros, por ejemplo, el polaco tiene cinco, y en la mayoría de las lenguas del mundo que tienen descriptores gramaticales, lo que predomina es que no se marque el género gramatical. Sin embargo, estas sociedades no han estado exentas de discriminación y acciones sexistas contra las mujeres, por el contrario, los hombres han sido el centro.

De tal manera que el género gramatical no es lo mismo que el género humano. En gramática el género es una categoría morfológica, en español todos los sustantivos son femeninos o masculinos. Es algo arbitrario, se llegó por acuerdo tácito entre los hablantes, no hay ninguna razón por la que un sustantivo sea femenino o masculino.

El género humano no es binario, pues en ocasiones las personas no se identifican con la genitalidad. Tampoco la gramática del español es binaria con un femenino marcado por “a” o un masculino marcado por “o”. Se puede marcar femenino o masculino con otras vocales y con consonantes, los ejemplos abundan, el español tiene varias e inexplicables arbitrariedades de género gramatical.

Sabemos que está superada la idea biologista de que una lengua evoluciona de forma natural, sin la actuación del ser humano. Las transformaciones de la sociedad y la cultura pueden hacer cambiar la lengua de cualquier agrupación humana, en todos sus componentes: fonológico, semántico, morfosintáctico, léxico y pragmático, aunque no siempre. Es posible que los cambios de uso tengan que ver con las luchas sociales, los avances en derechos civiles, la extensión de la educación formal, las relaciones con otras culturas, pues los cambios socioculturales amplían los referentes de las palabras de las diferentes lenguas.

El lenguaje inclusivo, en este momento, se define como un posicionamiento político que busca concientizar a la población y visibilizar las desigualdades de género. Es una intención loable, pero tal vez, insuficiente y se requiera un cambio profundo en las estructuras políticas, socioeconómicas y culturales de las comunidades. Cabe destacar que no es un fenómeno de masas, sino de las capas medias, altas, con estudios superiores, colectivizadas.

Como seres de sintaxis libre, un hablante podría decir “haiga”, “todes” pero, la primera, aunque casi normalizada, se sigue tratando con escarnio; y la segunda no, entonces existen variables sociales importantes de matizar.

Company considera que es una postura elitista, en la escritura hay construcciones que se piensan inclusivas, como “tod@s” pero señala que el 97% de las 6.104 lenguas del mundo no tienen escritura, así que las lenguas orales son las que predominan. Por tanto, la visión occidentalista que se dice combatir atraviesa este posicionamiento político.

La escritora y activista argentina Beatriz Sarlo afirma que la lengua nunca ha cambiado por decreto, ni por imposiciones de las élites, aunque hayan tenido buenos propósitos. Coincide Company, quien propone que se revisen y discutan las construcciones discursivas sexistas.

Trabajar la redacción, las estructuras sintácticas, pues la lengua ofrece muchas posibilidades. Sarlo, plantea hacer uso de la creatividad, como lo han hecho artistas de la literatura y la música de nuestro continente. La historia cultural de nuestra América está llena de desobediencias y desaires a la norma y forma ibérica. Hermosas rebeldías de poetas con y sin guitarra que han tocado y han calado.

“Las mismas caras latinoamericanas de cualquier punto de América Latina: indoblanquineros, blanquinegrindios y negrindoblancos; rubias bembonas, indios barbudos y negros lacios”. Reza un poema del afroperuano Nicódemes Santa Cruz. En la canción “Latinoamérica” el boricua René Pérez invitó a asomarse al espejo y reconocer las diferentes caras. En 1992 ya el mexicano Carlos Fuentes había desenterrado el espejo para recordar que somos indo-afro-iberoamericanos. Aunque se reniegue de una o dos de las tres identidades, nunca se podrá borrar a ninguna de las tres de la piel, la lengua, el pensamiento, el arte, la gastronomía, la cotidianidad. Esto no significa olvidar las atrocidades de la conquista europea.

Somos el resultado de un complejísimo y cruel proceso que inició con la invasión europea de hace 528 años. Al comienzo de la conquista de España, se cree que existían unas mil lenguas amerindias, mil culturas que el naciente imperio homogenizó como una sola. Se llevó a cabo una de las masacres más infames de la historia de la humanidad.

Al mismo tiempo, se inició el oprobioso tráfico y esclavitud de personas africanas, provenientes de culturas y lenguas muy disímiles, también fueron homogenizadas y tratadas como un solo grupo. Participaron varios países europeos, pero fue Inglaterra quien más ventajas obtuvo del vil comercio.

La lengua da identidad individual, grupal, regional, nacional y cultural. El tema de las identidades en América Latina siempre se ha estado en construcción. El español de América no implica una uniformidad idiomática. Más bien, agrupa a la pluralidad de variables dialectales que identifican país, provincia, región; teñidas de tonos, acentos, léxico, expresiones, provenientes de sustratos diversos de lenguas indoeuropeas, amerindias y africanas.

La República Oriental del Uruguay es tierra de murgas y candombe, de los versos transgresores de Juana de Ibarbourou, de las composiciones de Rubén Rada, “El Negro Rada” como se conoce en el medio artístico. Hace una semana el futbolista uruguayo Edinson Cavani del Manchester United de la liga inglesa fue amonestado por la federación de ese país porque escribió en redes sociales, en español, #GraciasNegrito, en respuesta a un amigo uruguayo.

Se le acusó de racista. Es irrelevante que se trate del caso de un futbolista, solo es un ejemplo de muchísimos. Lo relevante es, el irrespeto e ignorancia para juzgar otra lengua y cultura, pasando por el desconocimiento, la corrección política y la homogenización.

Esta posición que sobrepasa ideologías y partidos políticos, en América Latina se anuncia “con bombos y platillos” como “anticolonialista”, pero es totalmente ambivalente. Por una parte, la “crítica” se antoja anacrónica, pues es hacia el imperio de museo, únicamente. Imperio que fue atroz como todos, y que a pesar de su Armada “Invencible” al decir burlón de los ingleses, fue superado por ellos. En 1898, sus continuadores lo enterraron definitivamente durante la guerra hispano-estadounidense, iniciada por el “misterioso” hundimiento del Acorazado Maine.

De la nación estadounidense que despenalizó el matrimonio entre razas en 1967, hace tan solo 54 años, ha salido, no hace tanto tiempo, un activismo que se autodenomina antirracista, pero que hace una lectura homogénea por encima de las lenguas, culturas e historias.

Más ambivalencias

Algunos de los manuales de lenguaje inclusivo que circulan en instituciones latinoamericanas son tomados directamente de realidades de lengua de España, ajenas a las nuestras, o proponen la aplicación e imitación de fenómenos lingüísticos propios de esas variables dialectales, por ejemplo, el leísmo y el laísmo.

Sobre esto no hay crítica anticolonialista. Por otra parte, la presencia del inglés estadounidense en nuestro continente es notoria. En las variables dialectales del español costarricense es enorme (léxico, expresiones, gramática, ortografía) en hablantes de todos los niveles sociales y educativos. Tampoco sobre esto hay muchas críticas anticolonialistas, como sí sucede contra la norma panhispánica que ha sido recogida y registrada de las hablas de los pueblos latinoamericanos. Curioso.

No son condenables las mezclas de las variables del español latinoamericano con el inglés estadounidense, es totalmente natural en situaciones de dominación geopolítica, económica y cultural. Es la historia de las lenguas. Lo que resulta paradójico es el posicionamiento “anticolonialista” que ha pasado de los activismos a las academias como argumentación de la corrección política de la lengua.

Paradójico por ser una importación, un calco, replicado en todos los países de occidente. Ante esta visión extensiva, como una plantación de azúcar, banano, o soja, han reaccionado algunos sectores de la academia francesa, lo han llamado puritanisme américain.

No creyeron los miembros de Federación Inglesa de Fútbol en los argumentos de la Academia Nacional de las Letras de Uruguay. Es más fácil etiquetar como racistas. No creen algunas feministas en los datos e investigaciones de lingüistas como Concepción Company, quien tiene más de cuarenta años de experiencia en el estudio de las lenguas amerindias. Es más fácil etiquetar como patriarcal. Es la época. Etiquetar sin datos y con prejuicios es la normalidad.

Lengua y cultura son indivisibles.

Siguiendo a Sarlo, las relaciones entre ambas son inestables, los cambios de la lengua pueden ser ideológicos o azarosos. La lengua es portadora de historia, pero las palabras van adquiriendo nuevos significados en el tiempo. Es innegable que en las variables dialectales latinoamericanas la palabra “negrito(a)” haya tenido o tenga un sentido racista dependiendo del contexto, ademanes, entonación.

Pero, como parte de su resignificación, hoy, es un tratamiento de cariño del habla popular, de la misma manera que gordo (a), flaco (a), chino (a). ¿Cómo puede ser inclusiva y antirracista una visión etnocentrista? ¿Qué significa “anticolonialista” en algunos círculos latinoamericanos?

También es innegable que en las estructuras de las sociedades latinoamericanas existe racismo y machismo, todavía no se sabe si el uso del lenguaje inclusivo, o la aplicación de la corrección política de la lengua, la literatura y del arte, acabará con ellos, hay que esperar unos 100 años.

Pero, es claro que el arte tiene un gran poder de sensibilización y de transformación, es claro que la lengua importa, y mucho, es claro que las acciones políticas, la mejora de las condiciones materiales, de las realidades socioeconómicas y educativas pueden cambiar a más corto plazo la vida y lugar de las mujeres y de las minorías.

* Profesora en el programa de maestría en Estudios Latinoamericanos con énfasis en Cultura y Desarrollo, Instituto de Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras , Universidad Nacional de Costa Rica

 

[Fuente: http://www.nodal.am]