Guatemalteco de nacimiento pero norteamericano de formación, el escritor lleva años y libros convirtiendo la historia de su familia en la mejor ficción. La última es ‘Canción’ (Libros del Asteroide), y en ella rinde homenaje a su abuelo, un libanés “que no lo era”, secuestrado por la guerrilla.

Su otro abuelo también le marcó. Era polaco, había sobrevivido a Auschwitz pero siempre les había contado a sus nietos que el número que llevaba tatuado en el antebrazo era el de su teléfono, “para no olvidarlo”. Solo cuando Eduardo Halfon (1971) tuvo 25 años les reveló la verdad, cómo salvó la vida en el campo de exterminio gracias a un boxeador que le enseñó las palabras exactas para sobrevivir… Fue entonces cuando el escritor descubrió la magia de la literatura y esa impostura genial de ser narrador.

Pregunta. ¿Cómo y cuándo surgió la necesidad de contar la historia de Canción, y el secuestro de su otro abuelo por la guerrilla guatemalteca?

Respuesta. Canción nace de un nombre, o de un apodo, o más bien de una frase. No es la primera frase del libro, ni tampoco la primera que escribí, pero sí la que me abrió la puerta para entrar a su historia. Ya había viajado a Japón en mi disfraz de escritor libanés, y escrito sobre ello. Ya había buscado en mi infancia momentos significativos del secuestro de mi abuelo, y también escrito sobre ello. Sentía que poco a poco me estaba acercando no solo a escribir algo sobre la vida de mi abuelo y de su identidad libanesa, sino a escribir algo sobre la historia reciente de mi país, sobre el conflicto armado interno. Pero fue tropezarme con una frase lo que articuló aquello que yo venía sintiendo, y me desveló el libro que ahora debía escribir.

P. ¿Y cuál fue esa frase?

R. Era enero de 2019. Estaba en Guatemala, de visita, y me puse a hojear un viejo ejemplar de Los años de la resistencia, de Miguel Ángel Sandoval. En un par de páginas, y en primera persona, Sandoval narraba los detalles del secuestro de mi abuelo por la guerrilla guatemalteca, en enero de 1967, y especialmente la participación de uno de los guerrilleros, un tal Percy Amílcar Jacobs Fernández. Y como Percy trabajaba entonces en una carnicería, intentaba explicar Sandoval, sus compañeros lo apodaron Canción. Yo de inmediato alcancé un lapicero y medio pliego de papel celeste que mi hijo había dejado sobre la mesa y, con cierta urgencia, empecé a garabatear algunas frases cortas, hasta que llegué a esta: Le decían Canción porque había sido carnicero. No sabía nada más. Tampoco entendía la frase del todo. Pero me gustó. Quizás por su música. O por su misterio. O porque era a la vez hermosa e irracional. O quizás porque hacía lo que debe hacer toda frase literaria: abrir una puerta y sonreír a medias y convidarnos a entrar en una historia ilógica, secreta, personal.

Traiciones, polvo y olvido

P. Como el lector se pregunta ante cada uno de sus libros, ¿dónde empieza la realidad y dónde la ficción? ¿Existió ‘Canción’?

R. Digamos que sí, alguna vez existió un tipo llamado ‘Canción’. Pero no es el mismo ‘Canción’ que ahora corre por las páginas de mi libro. Al igual que el Eduardo Halfon que lo está persiguiendo en esas páginas no es este que responde unas preguntas. Los dos personajes existen ya como personajes, están vivos, son únicos, pese a cualquier semejanza con la realidad. Una realidad, claro, que ya no existe. Es decir, ahora solo existe el ‘Canción’ que yo escribí. El otro, el real, ya no es más que polvo y olvido.

P. ¿Y el amigo íntimo de su abuelo, judío como él, que le traicionó dando su nombre a la guerrilla? ¿No recuerda eso a lo ocurrido en los guetos durante el nazismo?

R. Por supuesto, y tal vez por eso mismo me llamó tanto la atención, debido a su paralelismo con algunos judíos que traicionaron a otros judíos en los guetos, traiciones que seguramente conoció de cerca mi otro abuelo, mi abuelo polaco. Pero también es similar a la traición del joven indígena entregándoles a los militares guatemaltecos a presuntos colaboradores de la guerrilla, en San Juan Acul, señalando y enviando así a dieciocho de sus amigos y familiares a la muerte, o al infierno, como él lo llamaba. Hay algo similar en los tres casos, me parece. ¿Qué pasa cuando tu familiar o tu amigo más íntimo te traiciona de esa manera? El cobarde siempre se abandona primero a sí mismo, dice Cormac McCarthy, y después de eso todas las traiciones son fáciles.

P. Este es quizá su libro más político porque no parece que Guatemala haya cambiado mucho. Y los crímenes de entonces siguen impunes. ¿Tenemos derecho a olvidar?

R. Nunca se olvida a nuestros muertos y torturados, aunque parte de la sociedad se empeñe por echarles encima una manta y seguir actuando como si esa montaña de cadáveres y huesos no estuviese ahí. Las víctimas aún viven con nosotros, entre nosotros, porque sus historias siguen aquí. Pero hay que atreverse a desenterrarlas y desempolvarlas y buscar la manera de contarlas de nuevo. Son las palabras nuestro escudo y lanza contra la impunidad.

P. Nieto de un libanés que no era libanés, en sus libros se retrata como un guatemalteco que piensa en inglés y escribe en español… ¿Tiene ya claro de dónde es, o quizá la pandemia ha acentuado ese desarraigo vital que le impide sentirse guatemalteco, judío, libanés, norteamericano?

R. El desarraigo que siento nada tiene que ver con una tierra física. Pasé un año en París, donde terminé de escribir el libro, siempre sintiéndome como un extranjero o como un invitado. Ahora mismo estoy viviendo en un pueblo pequeño en el sur de Francia, y la sensación de temporalidad es la misma aquí que en París, o que en Nebraska, o que en Guatemala, o que en La Rioja. Nada ha cambiado. Siguen mis mudanzas. Sigue mi mismo desarraigo. La pandemia simplemente ha hecho que mi diáspora sea más fácil de explicar..

Heredero de ese mismo desarraigo, el hijo de Halfon, de cuatro años, es trilingüe: “Su lengua materna es el español, claro, porque es el idioma que hablamos en casa. Pero nació en Nebraska, y habla inglés. Y ahora, tras año y medio en el sistema escolar francés, ya es un perfecto francófono. Le leo cuentos en los tres idiomas. Pero él ya corrige mi francés”.

Un enigma imposible

P. Volviendo a sus libros, ¿son quizás un intento de descifrarse a sí mismo?

R. Si mis libros lograrán descifrar a alguien, no será a su autor, pues al terminar de escribir cada uno me siento aún más perdido. Y tampoco estoy seguro de que logren descifrar a ese otro Eduardo Halfon, ese hombre que tanto deambula y tanto fuma y que parece siempre estar a punto de captar o entender algo que luego nunca entiende. Hago literatura. Es decir, no tengo ninguna intención más allá de contar historias usando las palabras más bellas. No quiero descifrar nada. No quiero plasmar nada. No quiero que funcione o que tenga una utilidad. La literatura es insensata, irresuelta, inexplicable, irrepetible, como un primer beso.

“Si mis libros logran descifrar a alguien, no es a su autor. al terminar de escribirlos me siento aún más perdido”

P. Hace tiempo explicó que el punto neurálgico de su proyecto literario es la historia de su abuelo superviviente de Auschwitz. ¿Qué aporta su último libro a ese proceso de desciframiento? ¿Es una declaración de amor a Guatemala, o el pago de una deuda sentimental a su otro abuelo, el libanés no libanés?

R. Creo que es ambas, aunque más diría que es un acercamiento que una declaración de amor o una deuda sentimental. No estoy enamorado de mi país natal, ni siento lealtad o patriotismo. Y tampoco había una relación sentimental o amorosa con mi abuelo libanés. Pero sí sentía una atracción literaria hacia ambos, o, mejor dicho, hacia sus historias: la de mi abuelo, y la de mi país. Y en este libro esas historias se cruzan. Pero mi interés al escribirlo era exclusivamente literario. No sentimental. Al igual que lo fue hace casi quince años, cuando empecé a acercarme a la historia de sobrevivencia en Auschwitz de mi abuelo polaco. Y me parece que él sigue ahí, en el centro de todo, soportando en sus hombros el peso de todas las páginas que he escrito después. Aunque quizás ahora, a su lado, está mi otro abuelo prestándole un hombro, ayudándolo con el peso.

P. Decía Pessoa que el poeta es un fingidor. ¿Eduardo Halfon también lo es, un cuentista que finge escribir novelas?

R. Yo creo que más que cuentos o novelas, yo escribo episodios. Cada uno es un mundo cerrado, autónomo, independiente, pero sin perder de vista su lugar en el conjunto total. No son cuentos, realmente. Y al juntarlos, tampoco forman capítulos de una novela, o al menos no una novela en el sentido tradicional. Alguna vez alguien me dijo que mis cuentos o novelas son como planetas en un sistema solar, algunos más próximos al sol, otros más lejanos, algunos grandes y otros más pequeños, cada uno en su propia órbita pero también íntimamente relacionado a todos los demás.

La victoria del escritor

P. Lo que parece evidente es que el autor que despertó a los 27 años ha derrotado sin paliativos al ingeniero que pudo ser usted…
R. Más que derrotado, ese ingeniero fue domado. Tuvo que aprender cuál era su lugar. Tuvo que aprender a callar cuando la literatura está en proceso y caliente y no necesita de él. Pero aún sigue aquí. Es el que luego pone orden, el que luego se asegura de que la estructura esté bien construida, ya sea la estructura de una frase, o de un párrafo, o de un cuento, o de un libro, o del proyecto entero.

“Nunca sé qué estoy escribiendo, ni cómo terminará. los finales siempre se me imponen con absoluta certeza”

P. Alguna vez ha mencionado, si no como maestros sí como inspiradores, a Carver Cheever, pero ¿a quiénes lee ahora, en qué idioma?

R. Leo mucho a mis contemporáneos, tanto a los que escriben en inglés como en español. Pero más y más releo unos pocos libros. Es decir, leo muchas veces unos cuantos libros que siempre me acompañan y cuya prosa me devuelve las ganas de escribir. Porque las ganas de escribir flaquean y desvanecen y hasta pueden fácilmente desaparecer. Las brasas de la escritura de vez en cuando necesitan un fuelle.

P. ¿Tiene claro desde el principio el final de cada libro que comienza a escribir?

R. Siempre, sin falta, me sorprende el final. Nunca sé qué estoy escribiendo, ni qué tan corto o largo será, ni mucho menos cómo terminará. Los finales siempre se me imponen con tesón, con absoluta certeza. Cuando empiezo a escribir un texto, lo único que tengo al alcance es una imagen algo vaga. Nada más. La historia, poco a poco, se va abriendo ante mí. Y yo he aprendido a callar y obedecer y servirle como si fuese su mayordomo.

P. Hace tiempo confesó que estaba harto del otro Eduardo Halfon, el narrador, diciendo algo así como “o me mata él o lo mato yo” ¿Cómo va la pelea, cree que acabará en K.O.?

R. O a lo mejor es él quien está harto de mí. Enviándolo a lugares extraños. Haciendo públicos los detalles más íntimos de su vida. He pensado, entonces, que hay una tercera posibilidad: podría él simplemente desaparecer, marcharse sin ni siquiera un adiós. Sería más elegante, ¿no?

 

 

[Foto: Ferrante Ferranti – fuente: http://www.elcultural.com]