Derian Passaglia escribe sobre el lugar que tiene el laberinto en diferentes autores de la literatura: Borges, Kafka, Levrero, Cervantes, Lewis Carrol, Stifter, entre otros.

Escrito por Derian Passaglia

Teseo quiere liberar a su padre, Egeo, de la tiranía del rey Minos, que lo obliga a pagarle un tributo cada año con sus mejores hombres para darle de comer al Minotauro. Teseo se sube al barco con grandes guerreros y llega a Creta con la intención de liberar a su pueblo, donde lo recibe Minos. Ariadna, la hija del rey Minos, se enamora a primera vista de Teseo en la mejor tradición de las telenovelas. Minos le pone una prueba: Teseo debe enfrentar al Minotauro, quien en realidad es su hijo y que fue convertido en monstruo, mitad hombre y mitad toro, por un dios. El Minotauro vive en un laberinto y Ariadna lo ayuda a encontrar el camino de vuelta con un ovillo de lana. El laberinto es una figura privilegiada de la literatura. Fue Borges, en el siglo XX, el que lo volvió un tópico, retomó el mito del Minotauro, y le agregó un carácter metafísico en cuentos como “La casa de Asterión” o “Las ruinas circulares”.

En Kafka, el laberinto no es metafísico. Cada puerta que debe atravesar K. y cada persona que se cruza es en un juzgado, en una oficina, ante un juez o inspector. El laberinto de Kafka es burocrático y existencial, y tiene que ver con la ley. Los personajes kafkianos están atrapados en un mundo de leyes absurdas, incomprensibles, que superan sus propias motivaciones. Mario Levrero se propuso “traducir” a Kafka al castellano en un entorno sudamericano, y proyectó el laberinto externo a la interioridad de los personajes. Neuróticos, obsesivos, narcisistas, solitarios. Los personajes de Levrero, como los de Kafka, no encuentran la salida, pero tampoco se proponen salir a ningún lado: están inmersos en sus laberintos mentales, el laberinto es el propio yo. Kafka se inspiró en El Quijote. La forma episódica en la que uno de los personajes más famosos de la literatura avanza con su caballo y su fiel ladero de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, parece una aventura laberíntica.

El laberinto romántico es uno de mis favoritos. Adalbert Stifter transformó un bosque y una montaña en el laberinto natural en la que dos hermanitos se pierden en la espesura de la vegetación en una noche de tormenta de Navidad. El laberinto supera las fuerzas humanas, y lo que era un paseo por una hermosa comarca de visita a una abuela, se transforma en una tarde peligrosa en la que se pone en juego la vida. El laberinto parece una pesadilla, el lugar del que no se puede salir. Se representa como un sueño terrorífico, un elemento que acecha al ser. En David Lynch los laberintos no conducen a ningún lugar, escena tras escena, los personajes pasan de una locación a otra casi sin respiro ni causalidad, como en Inland Empire Mulholland Drive. Forma episódica, creada por Cervantes, y tópico, se unen en Lewis Carroll. Alicia está atrapada en un mundo del que desconoce las reglas y necesita volver a la realidad. El laberinto se vuelve desesperante porque pone a los personajes a funcionar en un universo que desconocen y del que quieren escapar.

Kafka intuyó una realidad: el laberinto es el mundo. Las formas en el laberinto se repiten, los caminos están bloqueados, las salidas no se encuentran, no se sabe para dónde disparar, si volver o agarrar por allá o por acá; no se sabe qué va a venir, lo que se encontrará. Un laberinto es un enigma y en el centro de su esencia hay un desconocimiento, ausencia de verdades y certezas. Este es nuestro laberinto y no necesitamos escapar ni pensar en la salida porque convivimos con el desconocimiento y ese desconocimiento es hoy nuestra cotidianeidad.

 

[Fuente: http://www.eltrueno.com.py]