Escrito por Rafael Narbona

Conozco a Esther Bendahan desde 2004. Desde entonces, nuestras vidas se han tocado intermitentemente. A veces, han pasado años sin que habláramos, pero siempre que nos hemos reencontrado hemos experimentado la cercanía de esas amistades cuya solidez no depende de la frecuencia, sino de un entendimiento basado en el afecto, la complicidad y el respeto mutuo. Nacida en Tetuán en el seno de una familia de origen sefardí, ha cultivado la novela y el ensayo, obteniendo reconocimientos como el Premio Tigre Juan de novela por La cara de Marte y el XXII Premio Torrente Ballester por Amor y ley. Tratado del alma gemela. Fue directora del programa de televisión «Shalom» y actualmente es jefe de programación cultural de Centro Sefarad-Israel. Su último libro, Si te olvidara, Sefarad, evoca su infancia y adolescencia en Tetuán y el legado de la cultura judía en España, por fin reconocido tras siglos de indiferencia y olvido.

-¿Por qué ha escogido hablar de Sefarad en su último libro? ¿Está de acuerdo con Muñoz Molina, según el cual Sefarad es «una metáfora de la nostalgia», un nombre que –además de su connotación histórica- «simboliza ese lugar ideal con el que todos soñamos, ese hogar que añoran los perseguidos»?

-Gracias Rafael por esta entrevista. A veces creo que no he dejado nunca de hablar de Sefarad, ni de ser judía en Europa. Hice mi tesis sobre Albert Cohen y se publicó con el nombre de: Sefarad es también Europa. Sefarad es la España de la que fueron expulsados mis antepasados (si es que eran de aquí, uno nunca sabe, también podrían ser bereberes). Lo cierto es que en Tetuán, de donde vengo, mi familia hablaba español, las tradiciones eran sefarditas, como las normas alájicas, es decir, religiosas. En el contrato matrimonial de esta comunidad se dice que será regulado según las leyes de Castilla… Por lo tanto, fueran de aquí o no mis ancestros, nuestras tradiciones y habla sí eran de origen español. Me siento afortunada por todas las identidades posibles.

Pero es cierto que en este libro me centro de otro modo en Sefarad. Quiero actualizar esa idea, hablar, sí, del mito, de la fantasía Sefarad, pero también de sus personajes y de su realidad. A la pregunta del por qué ahora, quizás te diría que porque llegó el momento y también porque me encontré con la escritora y editora Philippine González-Camino, quien me sugirió la idea para su selecta colección de ensayo.  Ella acababa de traducir Retorno a Sefarad, de Pierre Assouline. Assouline, a quien conocí en uno de sus viajes a Madrid y que se ha convertido en mi amigo, indaga en lo que ha supuesto la noticia de la nacionalidad española para los sefardíes y especialmente para él. Narra cómo ha anhelado un pasaporte español. El pasaporte es más que un documento. Es un símbolo de pertenencia y, en ocasiones, de supervivencia. Albert Cohen recuerda: «El hombre es alma, cuerpo y pasaporte». Los sefarditas tenemos alma judeo-española en un cuerpo europeo-oriental-americano. A partir de la decisión del gobierno español en 2015, los sefarditas que lo soliciten podrán obtener pasaporte español. Este hecho ha supuesto una conmoción. Aunque en realidad ya se había dado esa posibilidad por carta de naturaleza, supone un paso más.  Lo sorprendente es que ha tenido casi más repercusión fuera que dentro de España.

Antonio Muñoz Molina, escritor a quien admiro, supo ver lo que supone Sefarad. Fuera de la idea de pasado folclórico, le imprime una visión universal y lo lleva a una metáfora del exilio, de todos los exilios, del irse de España, de Europa. Por eso genera con el título de su libro un espacio de influencia acertado y valiente. Muchos escritores judíos sefarditas agradecemos esa visión universalista que rompe con un aire ya demasiado anclado en el pasado. Sefarad hoy es un vínculo con la España judía, no solo un origen.

-Su libro empieza con una cita de Mieczysław Weinberg, según el cual ya es imposible pensar en Europa sin pensar en Auschwitz. ¿No existe un riesgo de banalizar la Shoah con tantos libros, películas y reportajes que casi han convertido los campos de exterminio en parques temáticos?

-Hay una herida profunda en Europa que sigue abierta. Cómo, por qué, cuál es el límite de la responsabilidad, cómo evitar, cómo educar. Preguntas a las que no hay respuesta inmediata. Mi generación, la de los nacidos después de la Shoah, ha pasado por varias etapas tras descubrir el pasado: sobrecogimiento ante el horror; deseo de saber e indagar; acción. Teníamos la certeza de que la acción educativa o la memoria podrían contener el odio que se ha dado de forma continua de un modo u otro en Occidente. Esta fase era de negación, de la imposibilidad de un nuevo mal, de la creencia que la causa de la enfermedad estaba curada. Sin embargo, ahora hay un extrañamiento, una sensación de indefensión hacia un nuevo brote, otra oleada de odio que amenaza a las sinagogas. Hay ciudades donde un judío no puede ir con kipá. Por ejemplo, en Malmö, Suecia, se dan agresiones constantes, hasta el punto de que hay un día al año en que profesores de las universidades locales pasean juntos con kipá por solidaridad. Europa ha exportado a los países árabes ese antijudaísmo. Tradicionalmente había una especie de respeto junto a la obligada sumisión. Pero en muchos países árabes llegaron Los protocolos de los sabios de Sion. Recordemos: en 1921 The Times descubre que es un plagio de la obra Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de Maurice Joly, en la que se inventa un complot de Napoleón III para dominar el mundo.

Si el nazismo fue la catástrofe que dejó el humanismo fuera de la historia durante un tiempo, si también la responsabilidad era de quienes consintieron, el que haya hoy en cualquier sentido manifestaciones antisemitas, sexistas, homófobas, es inconmensurablemente más grave aún. Mucho más. No somos inocentes. Quien repite esas palabras de ayer se vuelve cómplice del pasado, culpable de, entre otros, los seis millones de asesinados y responsable del daño que se causa hoy. Por cierto, en Madrid o en Barcelona sigue habiendo pintadas antisemitas. Y el grupo judío no es el único que sufre la xenofobia. Por ejemplo, los chinos sufren en ocasiones bromas intolerables. Así que ahora sentimos indefensión, desilusión, también a veces miedo.

Creo en el arte, en la literatura, para indagar, mostrar. El trabajo de Claude Lanzmann, Shoah, fijó una nueva forma documental de narrar el exterminio de los judíos europeos. Se puede decir algo similar de la poesía de Celan o los relatos de Ida Fink y Primo Levi. Pero además de las grandes obras están también las otras que sí banalizan, que perturban; como, en mi opinión, La vida es bella o El niño del pijama a rayas. Unos dirán que llegan a un determinado público, pero creo que eso, como en cualquier tema, no es suficiente. Claro que no podemos censurar ni ser jueces. Creo que, si formamos opiniones solidas en un público sensible, sabrán elegir lo adecuado.

Te confieso que esta pandemia que nos afecta ha sido una prueba extraña para mí. Me daba cuenta de cómo la Shoah es una balanza donde medir las situaciones. Me decía que en periodos diferentes de la historia se acusaba a los judíos de las epidemias. Eso no ha sucedido ahora y ha supuesto un avance definitivo. Me decía que a pesar de mi miedo, como el de los otros, a este temor no se le añadía el de ser acusada o responsabilizada. Claro que enseguida aparece una noticia que muestra la permanencia de focos diferentes.

-Como judía sefardí, ¿se siente plenamente integrada en España o aún aprecia señales de antisemitismo?

-Cuando mi familia se va de Marruecos tuvo la oportunidad de ir a Israel o Venezuela o Canadá, adonde fueron algunos familiares. La elección de España fue circunstancial. En parte por el idioma, pues hablamos español. En parte por facilidad, pues había venido el hermano de mi padre -mi tío Alberto- con su familia. Eso me dejó la sensación de ser de aquí. Vine pequeña, pero podría haber crecido en Venezuela y tener otro acento, o en Israel y combatir poéticamente a favor o en contra del español.

Pero soy quien soy por haber venido a España. Me siento profundamente arraigada. El antisemitismo que he detectado no es institucional, sino residuos culturales que vienen del pasado. España ha desarrollado mecanismos para garantizar la pluralidad. A veces tengo la sensación de que Sefarad podría ser ese cemento inmaterial que uniera España porque los sefardíes venimos de Cataluña y de Granada, como canta Moustaki. Deberíamos reivindicar conjuntamente al Premio Nobel Elías Canetti, y aprender todas nuestras lenguas, incluida el ladino y la jaquetía.

He soportado muchos comentarios antisemitas. Los tomo sin dramatismo, con humor. Sé que a veces están en el lenguaje, como «judiada»; otros forman parte del prejuicio, la costumbre. En muchos casos, recuerdo que suscitaba curiosidad y proximidad en muchos amigos del mundo de la cultura, que por fortuna me situaban como familia de muchos grandes, como Kafka, Clarice Lispector o Leonard Cohen, con quien comparto apellido. Confieso que alentaba esa creencia, y decía que los Cohen en realidad somos todos del mismo origen, descendientes del hermano de Moisés. En ocasiones eso me garantizaba muchas simpatías, atribuyéndome cualidades que no tengo.

Se ha acuñado una palabra, alosemitismo, para explicar tanto el odio como el amor a los judíos, entendido como una pulsión. Y aunque yo no lo apreciara, es muy evidente que en Europa hay prejuicios tanto positivos como negativos acerca de los judíos. A pesar de que el judaísmo es un aspecto esencial de Europa, permanece la tendencia a verlo como ajeno. La pregunta, claro, no es tanto si me siento o no española, sino si los españoles me perciben como española.

-La experiencia religiosa cada vez está más desprestigiada. Sin embargo, usted es creyente. ¿Cómo vive su fe? ¿Qué lugar ocupa en su vida?

-La palabra creencia no define claramente la expresión judía de la práctica, que es más bien continuar un proyecto, participar de un pacto, asumir un dialogo con Dios. Mi judaísmo es la conciencia y responsabilidad de pertenencia a lo que creo que es una civilización, una de las más antiguas de la tierra, como señala Elias Canetti. Quienes hacemos un pacto de pertenencia -no únicamente por nacimiento sino por asunción de pertenencia-, lo hacemos desde la aceptación de la diversidad. Los distintos grupos varían en la expresión de ese vínculo. Respeto a todos. Sin embargo, no comparto las vías excluyentes, según las cuales el resto se equivocan. Afortunadamente, no hay una jerarquía. Desde la Antigüedad eran las propias comunidades judías las que iban elaborando sus propias costumbres, que adquirían el rango de ley. Hay un eje esencial. El resto es comentario.

Como digo, el espectro es muy amplio e incluye a quienes aceptan la pertenencia sin la práctica religiosa. Como lectora de Lévinas, mi aproximación la hago desde su filosofía. Desde niña, he de confesar que mantengo una especie de diálogo con el Afuera, mantengo ese sentimiento de conexión con lo sagrado que no podría decir que haya racionalizado, pero tampoco que sea únicamente un sentimiento infantil. Ha ido adquiriendo un sentido profundo a base de lecturas. Al encontrar autores que son infinitamente más sabios que yo, y leer textos en los que se nombra con naturalidad a Dios, explicando su relación con el mundo y con el pueblo judío, encuentro apoyo y sustento a algo que es más intuitivo e íntimo. Me ilumina una frase al comienzo de La Estrella de la redención: «Ante el miedo a la muerte comienza el conocimiento del todo».

No me atrevo tampoco a elaborar teorías, me gusta tu entrevista y deseo responder, por eso te cuento, pero no suelo escribir sobre este tema porque ni yo misma sé, y además creo que aunque supiera no sabría cómo hablar de ello sin equivocarme. Es cierto que hay prejuicios, pero nunca me han preocupado demasiado. Te diré que vivo en tensión entre dos tiempos. La civilización judía tiene otro calendario y un ritmo anual y semanal. Al mantenerlo, entro en esa civilización actualizándolo desde nuestro tiempo. En tensión, pero sin conflicto. Nada entorpece mi libertad, pues encuentro un humanismo esencial. Por ejemplo, en la idea del sábado, que relaciono con la idea de liberación. Como decía Herbert Pagani: «¿Os imagináis en la corte del faraón un día de descanso?». Es una aportación universal al derecho del trabajador.

Además, como dice el Talmud, el mundo fue creado para cada uno. Es decir, sí creo en la responsabilidad individual. Y en la justicia, que no es algo relacionado ni con mi propio interés ni con mi opinión. Por eso necesito siempre pensar más allá de mí misma. Esta manera de actuar me ayuda en la angustia de vivir. Esa soledad existencial sobre la que construimos diques.

-¿Piensa que existe un antisemitismo de izquierdas? Israel es la única democracia de Oriente Medio. Hay libertad de cultos y pluralismo político. ¿Por qué no se reconocen estas virtudes?

-Observo que hay temas importantes en determinados momentos de nuestra historia en los que la opinión de los distintos sujetos se ve influida y sistematizada por diferentes partidos e ideologías, sin que haya reflexión. Se vuelve una cuestión de izquierda o de derechas. Tendemos a la polarización de las opiniones como ocurre con Israel en este momento con las vacunas. La defensa de la realidad de Israel no debería ser una cuestión ideológica. Es una realidad. Hay determinados grupos que asocian Israel con EEUU y generan opiniones peligrosas en su contra o pierden objetividad con el conflicto israelí-palestino. Sí es cierto que hay en el odio a Israel grupos de determinada izquierda que incluyen la oposición a Israel en su ideario. Es el único país que cuestionan, por cierto. Olvidan la fuerte relación del mundo judío e Israel con la izquierda. Pero, por otro lado, no olvido ni que Israel en su origen era socialista y que los kibutz desempeñaron un papel esencial, ni que fue el partido socialista español mientras gobernaba quien estableció relaciones con Israel.

Falta conocimiento. Y sobre todo voluntad de comprender. Los temas importantes deben ser abiertos, pero no sucede únicamente con Israel. Hoy los temas de sexismo también se han ideologizado, como si tuviéramos siempre que elegir estar en un bloque o en el otro. Al empaquetar las ideas en estos bloques cerrados perjudicamos al conocimiento. Hay una capacidad humana de inflar cualquier tema con el aire de opiniones previamente determinadas, dividiendo a los grupos a favor o en contra, en los míos y los tuyos.

-¿Qué representa para usted la escritura? Novelista, ensayista y articulista, ¿cuál es su meta como autora? ¿Qué pretende transmitir?

-La escritura para mi representa permanencia y testimonio. Soy lectora. Mis héroes eran los escritores, así que necesitaba imitarlos. De niña observaba a una tía de mi padre hacer croché. Me sorprendía el movimiento de sus manos, la aguja, el hilo, y cómo de la nada aparecía algo, una existencia. El mismo acto de hacer, de crear, siempre me ha fascinado. Nunca aprendí a hacer punto; sin embargo, desde niña, con la misma concentración con que ella hacía esos gestos, yo me empeñaba en escribir diarios, cuentos, lo que fuera.

Buscaba sobrevivir en cada instante. Era también mi rebelión en contra de la muerte. Mi respuesta al exilio. Al asesinato de mi abuelo. Nunca he dejado de escribir. No me impulsa ni siquiera ahora el deseo del éxito, sí el de existir, como si gracias a los libros ocupara mi lugar. Otra cosa es el entorno literario, el aprendizaje, el descubrimiento de la literatura. Nuestras familias eran emigrantes recién llegados a Madrid, carecíamos de entorno.

Estuve en grupos de escritura con Jesús Ferrero y Alejandro Gándara, esos encuentros me permitieron relacionarme de otro modo con mi voz. Iba escuchándome frente a otros. Y a pesar de no poder vivir de lo que escribo, eso no me detiene; creo que cada uno aporta un universo. Y lo que quiero, únicamente, es poder llegar a ese texto propio que únicamente yo puedo escribir. Dice el Talmud que una nueva interpretación crea un mundo. De algún modo, busco eso. La creación de algo que sea mi parte. Ni mejor ni peor, la mía.

-En Si te olvidara, Sefarad, cita a Franz Rosenzweig y Emmanuel Lévinas. ¿Qué representan esos autores para usted?

-No tengo una formación filosófica, pero leo ensayos habitualmente y, en concreto, a estos autores con pasión. Sigo la recomendación de Franz Rosenzweig de leer su Estrella de la Redención sin detenerse, aunque no se comprenda, lo hago como cuando leo poesía. Hay momentos que iluminan lo cercano de un modo absoluto. Con ellos he mantenido un diálogo, para mi necesario para encontrar sentido. Con ellos doy forma al sentimiento y pensamiento judío para actualizar mis propias emociones desde los tiempos diferentes que he ido viviendo. También leo a menudo a Herman Cohen, Martin Buber, Gershom Scholem, Walter Benjamin. Como dice Hannah Arendt, Europa es a la vez Atenas y Jerusalén. Atenas es la cultura que vivo en lo cotidiano, Jerusalén me la he ido construyendo con estos autores que se suman a otros del pasado -como Maimónides- para comprender y dar forma en el pensamiento a la tradición.  Busco comprender haciéndome responsable.

-Habla de «desarraigo» y «pertenencias múltiples». ¿Qué quiere decir?

-Como muchos judíos europeos, vivo la paradoja de convivir con una conciencia de pertenencia y de extranjeridad. Puedes incluso ser nativo del país o llegar como yo en la infancia y sentirte extraño. El extranjero lo es consigo mismo y con el otro, con el que le mira. Eres extraño a los demás. No tienes lugar propio, ni casa a donde volver. Israel era propio y no. Lo amamos como se ha amado siempre desde la diáspora, en la distancia, sin la terrible responsabilidad que soportan quienes viven allí. Nos vamos modelando según nuestros países de acogida. Pero siempre con la convicción de que hay algo pasajero en nuestra pertenencia. La palabra diáspora es la palabra que comprende esa multiplicidad. En realidad, más que como extranjera me siento viviendo en la frontera. Podría llamarlo cultura de la fronteridad.

-Las páginas que dedica a su infancia en Si te olvidara, Sefarad son particularmente emotivas. ¿Siente que la niñez es la verdadera patria de todos, el lugar que siempre se añora y al que secretamente desearíamos regresar?

-Como decía mi tío Sami, la niñez y la juventud son una enfermedad que pasa pronto. De algún modo, la niñez como lugar es una invención del adulto. Por supuesto que, biológicamente, es una realidad, y que el niño es vulnerable. Necesita ayuda para su crecimiento hacia la autonomía. Me refiero a lo que luego recordamos. De niña, no tenía conciencia de ser niña, pero sí que los demás eran adultos, como si se tratara de un problema de ellos, ajeno. Sabía que iba a crecer, claro. Me fui adaptando a mis proyectos y lo que se esperaba de mí. He cambiado, pero el núcleo de mi yo siento que está intacto. Y si no es así, es lo que he llegado a creer. Por eso digo que la niñez es una narración que elaboramos. He aprendido a relacionarme, he aprendido a convivir, a ser autónoma. He visto la infancia de mis hijos, y veo quiénes son ahora. Nos especializamos, nos educamos, algunos vamos a la universidad, pero hay un centro inalterable que da forma a lo demás.

Por supuesto que, como dices, ese paraíso infantil del que somos expulsados, me refiero a nosotros los privilegiados, nos atrae con la añoranza de volver a vivir el instante de manera absoluta y plena. Aunque yo tenía miedo a los extraterrestres y a perder a mis padres, sí que volvería, pero sabiendo como sé gracias a Asimov que los extraterrestres son los terrestres que colonizaron otros planetas.

-Se declara socialdemócrata. ¿Qué opina del ascenso de los populismos y los nacionalismos? ¿Estamos retrocediendo hacia los años 30, cuando se respondía con odio a la diferencia?

-La aversión de Elias Canetti y de Simone Weil por la masa les viene dada por la experiencia. Nos advierten del peligro. Masa y Poder es un análisis profundo de un autor que reflexiona sobre la tragedia del siglo XX. El populismo quiere unir al pueblo como masa, que se sienta unido, feliz ante la ausencia de separación, los elegidos frente al resto. Lo extraño es que se sigan produciendo fenómenos populistas. Me resulta sorprendente el deseo de fundirse y de perderse en algo que no sea uno mismo. Acabamos de ver el asalto al Capitolio de una masa furiosa pero además festiva; imágenes que nos han dejado perplejos. Conocer, pensar, decidir son cualidades que deben ejercitarse. Lo cómodo quizá es dejar que sean otros quienes lo hagan, pero en realidad no es tan cómodo. Porque uno se ve arrastrado y llega a situaciones que nunca hubiera pensado. Imagínate en los años 30 en Alemania. Una población abducida, el mal como ley. Por eso hay que seguir atentos. Hay siempre un instante, un momento para decidir y negarse.

Nos deben advertir, preparar para resistir. La masa tiene una fuerza de atracción enorme. Por eso decía Simone Weil que prefería retirarse a tiempo porque nada le garantizaba no ir detrás y fundirse: «La obediencia a un hombre cuya autoridad no está alumbrada con legitimidad es una pesadilla». La sumisión al líder sin juicio puede llegar al desastre del siglo pasado. Lo colectivo tiene algunas ventajas, pero es importante no perderse. Como decía Simone Weil, «el peligro mayor no es la tendencia de lo colectivo a reprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a ahogarse en lo colectivo».

Defiendo la identidad respetuosa, no elitista y excluyente, identidad que me permita comprenderme, no buscar iguales. Las naciones la conforman sus miembros en sus diferencias. Sobre posturas políticas te diré que las definiciones hoy en día son opacas, porque son difíciles los límites. Nunca defendería la violencia, el cambio radical me resulta peligroso porque a la fuerza es excluyente. Creo en los procesos, en sembrar ideas que vayan organizado mejor la justicia social. Me gustaría por ejemplo que los empresarios consideraran prioritario el cuidado de sus empleados, que se regularan de modo equitativo las ganancias. Este año hemos visto el sufrimiento de muchos, demasiados. Y es una responsabilidad de todos.

-Además de ser judía, es mujer. Me ha comentado alguna vez que Israel es un país donde se ha promovido con especial énfasis la integración de la mujer en la vida pública. ¿Qué lugar ocupa hoy en día la mujer en la sociedad israelí? ¿Está presente en la cultura, la política, el arte?

-Estoy en relación con grupos de mujeres feministas, me interesa mucho el activismo de autoras como Laura Freixas.  Entiendo el feminismo como un humanismo necesario, trágico el deber de explicarlo. El sexismo es una patología como el antisemitismo o la homofobia. Si bien he sido más activista en temas relacionados con la xenofobia o el antisemitismo, en la actualidad estoy leyendo y reflexionando sobre las cuestiones del segundo sexo. Y si lo hago es porque hay un debate desde hace poco tiempo que necesita ser pensado. Mi postura es de análisis y de lecturas antes de opinar sobre las cuestiones actuales que están siendo muy debatidas acerca de la identidad sexual.

Defiendo la necesidad de todas las sociedades y grupos religiosos de pensar en cómo equilibrar las creencias con la realidad y el derecho de la mujer. Nosotras, mujeres occidentales, privilegiadas, a pesar de que se mantengan frágiles igualdades, siendo una avanzadilla, en ocasiones olvidamos problemas reales de mujeres en países asiáticos o musulmanes. En cuanto al judaísmo, como muchas culturas occidentales, es un patriarcado moderado. Aunque es la mujer la que tiene la virtud de trasmitir la pertenencia al judaísmo, en ese sentido el hombre siente disminuido sus derechos. Considero que se necesita un desarrollo interno, que se puede dar en Israel. Aunque hay opciones reformistas y conservadoras que ya lo han hecho.

Hay una oración que dicen los hombres religiosos por la mañana: «gracias por no hacerme mujer». Puede parecer un desprecio, pero si lo analizo, simplemente comprendo. En sociedades del mundo antiguo era siempre preferible ser varón. Las oraciones expresan realidades, demandas. Es la persona quien las escribe, no vienen dadas, sino que son la expresión de un sentimiento humano hacia lo otro. En ese sentido, esa oración expresa muy bien la situación de las mujeres en diversas épocas. Es la expresión directa de un problema. Queda como testimonio. Algún día no será necesaria. Mientras tanto, debe impulsarnos para generar el cambio.

Si leemos el inicio, el origen, la clave fundacional del judaísmo, encontramos en primer lugar la humanidad común. Esto es una revolución. Después, se señala que Dios nos creó hombre y mujer. Si bien queda la idea de que la mujer fue creada de la costilla de Adán, que salió de la tierra. Lo cierto es que previamente en el Génesis leemos: «varón y hembra los creó». Es decir, fue una creación simultánea, lo que transmite una idea de igualdad. Posteriormente, aparece la sumisión al varón. Desde la Antigüedad, el derecho de las mujeres se pretendía resguardar mediante el contrato matrimonial. Una garantía de cuidado y protección. Claro que las diásporas no tuvieron oportunidad de revisar y reelaborar estos contratos con vocación civil, donde se acepta desde tiempo remoto el divorcio. En Israel, hay conflictos concretos que requieren actualización, como el del matrimonio/divorcio. Los contratos para evitar problemas se han ampliado con anexos. Es una primera fase hasta que se actualicen definitivamente.

Defiendo que nada en el judaísmo impide hacer esta reflexión. Tanto en la ortodoxia como fuera, la mujer está incorporada al mundo del trabajo. No hay en la ortodoxia impedimentos para la plena igualdad. Israel se debate entre una sociedad occidental, abierta y feminista, basada en unos principios progresistas con miles de años pero que necesitan ser ahora pensados para mantener su espíritu. Especialmente en relación a la mujer. Cuando las mujeres leemos la Biblia, no deja de ser un relato dirigido al varón. Podemos sentirnos excluidas cuando se dice por ejemplo en los mandamientos: «no desearás a la mujer del otro». A pesar de esto, como mujer judía siento la armonía de saber que nada me impide pensar y desarrollar mi ser pleno. No necesito separarme, sino releer e interpretar, ya que por otro lado la Escritura es la base del judaísmo. Como ya anunció Mendelssohn, es una civilización abierta que no está reñida con la modernidad, pero también en ella conviven grupos diferentes que interpretan los textos de maneras distintas. Unos, de forma obtusa, y otros, de una manera más abierta. La mayoría es integradora. Formamos parte de un club de lectores milenario.

-La pandemia nos ha recordado nuestra fragilidad. La enfermedad y la muerte, normalmente silenciadas y olvidadas, han reaparecido en nuestras vidas. ¿Cómo cree que afectará eso a la sociedad? ¿Habrá un antes y un después?

-Acabo de terminar un poemario que se titula Dosmilveinte. He tenido la sensación, como muchos, de vivir en un relato distópico. La extrañeza de ver a la gente con mascarillas. Me produce una enorme lástima, pero también seguridad. Cuando veo ahora en una película, en un bar o una fiesta que se habla de frente o se besan, me sorprende. Es casi pornográfico…

En mi caso, ha cambiado mi percepción del peligro. Del cuidado. Pero, además, mis hijos viven fuera. En Nueva York, uno; en Londres, mi hija. Cada uno recordará esta experiencia familiar de forma distinta. La distancia geográfica ha adquirido una nueva dimensión. Nos han encerrado en nuestras ciudades, incluso en barrios. Por lo tanto, lo lejano se ha vuelto algo inconmensurable. La frontera vuelve a ser infranqueable. Es tan extraño este 2020 que parece concertado con el centenario de dos grandes de la ciencia ficción: Asimov y Bradbury. Parece una broma de mal gusto de quien organiza aniversarios.

Hay una experiencia común traumática. Los traumas tienen repercusiones a corto o a largo plazo. Estarán allí por generaciones. Aunque nos ayuda una cualidad humana firme: la capacidad de volver a la normalidad, a lo cotidiano. Frente al distanciamiento forzoso, la comunicación online se ha apoderado de la realidad, lo cual hace que los demás, a pesar de su presencia virtual, resulten demasiado lejanos, casi imaginados. Me siento irreal. Me ocupo de los míos sólo como imágenes.  Siento que no tenemos experiencias auténticas, sino ficciones. En mi caso, haré todo lo posible para evitarlo.

-Para terminar, ¿puede hablarme de su trabajo como directora de la programación cultural del Centro Sefarad-Israel?

-Mi trabajo en Centro Sefarad-Israel me ha permitido vivir de cerca acontecimientos que considero muy importantes para el judaísmo español. Como dice la leyenda en nuestra cabecera, Centro Sefarad-Israel es un puente entre España y el mundo judío e Israel. Al igual que las otras casas dependientes del Ministerio de Exteriores, Comunidad de Madrid y Ayuntamiento de Madrid, se desarrolla un trabajo de diplomacia interna que es muy valioso. En cultura generamos un espacio de reflexión en el que se propicia que lo judío se interrelacione con lo español de modo natural. Hay muchos autores españoles influidos por autores judíos europeos. Y hay una historia propia que es necesario conocer. Hablar de esto es una forma de acercar al público a una experiencia positiva y enriquecedora. Espero que pronto podamos abrir las salas de exposición e inaugurar una exposición que ejemplariza lo que hablamos: Si la naturaleza era la respuesta, ¿cuál era la pregunta? Un viaje a través del legado del científico Jorge Wagensberg con pinturas y esculturas realizadas por Agnès Rodon. Es un ejemplo más de nuestras propuestas, entre otras. Una red entre sefarditas de todo el mundo para intercambiar proyectos y que permite acercar España a países como Canadá, Brasil o Marruecos.

Esther Bendahan es la evidencia de la riqueza que representa la coexistencia entre distintas tradiciones, lenguas y culturas. Europa no sería la misma sin Jerusalén, esa otra Atenas donde se gestó una interpretación del mundo que planteaba un diálogo interminable con los textos de la Antigüedad. Su obra, que aborda diferentes géneros, prolonga ese esfuerzo, añadiendo nuevos matices a una tradición que aúna el centro y la periferia, la raíz y lo fronterizo, lo humano y lo trascedente. Si algún día triunfan los populismos que sueñan con la homogeneidad cultural, Europa perderá altura y profundidad, hundiéndose en la indigencia intelectual y espiritual. La madurez y la plenitud nunca son cualidades de una voz aislada, sino de una multitud de voces que discuten, contrastan, comparan, discrepan y se encuentran, sin renunciar a la peculiaridad de cada punto de vista.

 

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]