IMAGE: Evbestie (CC BY-SA)

Escrito por Enrique Dans

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Analizando nuestra cámara de eco» (pdf), y trata de analizar el fenómeno que lleva a muchas personas a atrincherarse en unas ideas determinadas – aunque sean claramente disparatadas, absurdas, irracionales o contrarias a la ciencia y al sentido común – y a llevar esas creencias, además, hasta sus últimas consecuencias.

La inspiración para la columna, como no podía ser de otra manera, viene de leer opiniones de algunos de los atacantes del Capitolio de los Estados Unidos, capaces no solo de creer seriamente que unas elecciones han sido amañadas a pesar de carecer de prueba alguna, o de identificarse con las demenciales y alocadas tesis de QAnon, sino incluso de creerlo hasta el punto de tomar un avión y lanzarse a atacar un símbolo de la democracia.

Para que un fenómeno así, similar al adoctrinamiento generado por algunas sectas, tenga lugar, tiene que producirse una combinación de factores en capas sucesivas, que la arquitectura de las redes sociales refuerza de forma clara: en primer lugar, el sesgo personal, que se ve reforzado cuando el algoritmo privilegia contenidos similares a aquellos que el usuario ha consumido anteriormente, a los que ha otorgado valoraciones positivas, o en los que ha comentado. Ofreciendo a ese usuario más de lo mismo, obtiene una permanencia mayor, refuerza la construcción de esas mismas tesis, y elimina conscientemente el contraste con posibles tesis alternativas que podrían generar un cuestionamiento crítico.

En segundo lugar, el papel de la red de contactos: el algoritmo tiende también a recomendar contenidos que la red de contactos del usuario ha consumido, valorado o comentado, lo que conlleva, dada la habitual afinidad de la red de contactos de una persona (retratada en aforismos como «dios los da y ellos se juntan», o «birds of a feather flock together»), un efecto de refuerzo diseñado en principio para facilitar conversaciones sobre temas comunes, que redunda en un sesgo de confirmación, en una

legitimación mayor y hasta un sentimiento de protección vinculado a esas tesis. No solo pasas a pensar que no estás loco o que no eres el único que piensa así, sino que llegas incluso a pensar que tu grupo te protege de otros que piensan diferente. El lema central de QAnon, «WWG1WGA», o «Where We Go One, We Go All», «Donde va uno vamos todos», trata de reforzar esa idea de protección de la colectividad.

Como todo, la dieta informativa hay que cuidarla. Conformarse –o buscar intencionadamente– una dieta muy sesgada es, cada vez más, una característica de personas ignorantes, con escaso acceso a formación o con niveles culturales deficientes. En plena era del acceso a la información, las redes sociales han conseguido, mediante un uso irresponsable de sus algoritmos, que muchas personas accedan a menos información, o a dietas informativas sensiblemente más pobres. A partir de ahí, la evolución es clara: comunidades monocordes que generan consignas prácticamente obsesivas, exaltación de la vehemencia y de la belicosidad, radicalización… características que empiezan por discusiones cada vez más subidas de tono, y que terminan con alguien tomando un avión para tratar de hacer algo tan profundamente surrealista como tomar el Capitolio.

¿Qué deberíamos hacer para incorporar diversidad en nuestra dieta informativa en la era de la infoxicación? En primer lugar, partir de un portfolio variado de medios. Dado que leer consume tiempo, esto conlleva, si se quiere hacer bien, el uso de alguna herramienta del tipo lector de feeds, que permita consumir esos medios sin necesidad de entrar en las páginas de cada uno, todos en un formato coherente que permita la lectura rápida, el skimming, pero que ofrezca también la posibilidad de una lectura más detallada, y las herramientas de compartición o de almacenamiento que sean necesarias.

Sin embargo, eso es solo un primer paso: completarlo exige que esas fuentes que hemos elegido nosotros se puedan complementar con algún tipo de recomendación adicional, típicamente un recomendador algorítmico basado en temáticas (yo llevo tiempo utilizando Refind, que me permite elegir la cantidad de noticias que quiero recibir y detallar incluso los pesos en el algoritmo), e incluso una capa adicional basada en lo social: una red en la que seguir a personas que compartan información que nos interese, aunque puedan tener tendencias o interpretaciones diferentes a las nuestras, y que facilite un consumo cómodo.

Este es el tipo de cosas que intento enseñar en mis cursos de innovación: mal vas a innovar si percibes una realidad completamente sesgada, y obtener una dieta informativa equilibrada forma parte, hoy en día, de lo mínimo que un directivo debe tener. Pero establecer esa dieta informativa equilibrada precisa del uso de tecnología, de una voluntad inequívoca de hacerlo – aunque en ocasiones leer puntos de vista contrapuestos al nuestro nos pueda resultar desagradable – y de un trabajo de mantenimiento. No es sencillo, ni mucho menos está al alcance de cualquiera. Pero es, cada día más, un requisito importante para desarrollarnos como parte de una sociedad.

 

[Fuente: http://www.enriquedans.com]