Escrito por Enrique Dans

Hace tres meses que tomé la decisión de cambiar de navegador: abandoné el más popular del mundoChrome, y pasé a Brave, mucho más minoritario (habitualmente incluido en el capítulo de «otros» en las estimaciones), desarrollado sobre el mismo núcleo de código abierto, Chromium, pero de gestión completamente independiente.

La razón fundamental para el cambio fue el interés por reducir mi dependencia de Google, las incomodidades que me generaba la interacción de Chrome con algunas de las extensiones que utilizo para tratar de preservar mi privacidad, y sobre todo, mis dudas con respecto a la evolución del navegador y a los planes de futuro que para él parece estar preparando Google.

El resultado del cambio no puede ser más exitoso: en los tres meses que llevo utilizándolo, mis problemas de compatibilidad con determinadas páginas han desaparecido, no veo ni un solo anuncio en ningún sitio, la carga de páginas es sensiblemente más rápida, y el consumo de recursos de mi máquina, muy inferior. Durante los tres meses que llevo analizándolo, en ningún momento me he encontrado a Brave en la lista de programas que consumen más recursos, una lista que Chrome, habitualmente, siempre encabezaba.

Primera precaución: esto no es un análisis del funcionamiento de Brave para un usuario, digamos, «normal». Mis características como usuario son bastante especiales: dependo bastante de algunas extensiones, lo que impide que pueda plantearme utilizar, por ejemplo, un navegador como Safari. Además, utilizo mi navegador muchas horas cada día, lo que hace que el consumo de recursos sea una preocupación: lo mantengo abierto en todo momento con una serie de páginas cargadas y fijadas en todo momento. Un ahorro de décimas de segundo en la carga, cuando te pasas buena parte del día utilizando el navegador, acaba siendo un tiempo significativo.

Por último, no he probado ninguna de las prestaciones adicionales que Brave ofrece para administrar publicidad específica y ganar dinero con ello, o para gestionar monederos de criptomonedas. A mi navegador le pido que me muestre páginas lo antes posible, que me bloquee elementos que atentan contra mi privacidad, que no me muestre anuncios y pocas cosas más. Por tanto, cero interés en esos elementos. Mi impresión tras tres meses de uso es que esos elementos están ahí para quien los encuentre interesantes, pero si no los quieres utilizar, no afectan en absoluto ni a la seguridad, ni a la confianza que el navegador me genera. Simplemente desconecté esas opciones nada más entrar, y no he vuelto a saber de ellas. Su existencia, sobre todo la de Brave Rewards – publicidad administrada por Brave y reparto de ingresos con el usuario – ha podido asustar a muchos que la han podido estimar como excesivamente agresiva, pero la realidad es que si no la activas específicamente, simplemente, no la ves jamás.

Es importante saber que, además de cambiar a Brave, aproveché para cambiar de bloqueador de publicidad (pasé de AdBlock a Ghostery) y para intentar cambiar de buscador a DuckDuckGo, con resultados desiguales. El paso a Ghostery no ha podido ser mejor: la publicidad, simplemente, ha desaparecido de mi vista completamente, lo que supone un ahorro considerable de tiempo, de molestias y de atención. Ha desaparecido incluso dentro de Google, de YouTube o de Gmail. Simplemente, mi experiencia de la web no incluye ya publicidad: me he olvidado de que existe.

DuckDuckGo, en cambio, me ha resultado un buscador objetivamente peor que Google, lo que me lleva a tener que hacer algunas búsquedas ocasionales en Google con relativa frecuencia, sobre todo aquellas que tienen que ver con imágenes, pero también algunas otras. Mi decisión ha sido, por el momento, seguir manteniendo DuckDuckGo como motor de búsqueda por defecto, pero tanto para imágenes como para algunas búsquedas termino utilizando los !Bangs, sobre todo !g o !gi, para pasar mi búsqueda directamente a Google o a Google Images sin necesidad de volverla a teclear.

Otro de los cambios verdaderamente interesantes que he encontrado es el bloqueo sistemático de las cookies de terceros: en Brave, como en Safari o en Firefox, el estado del navegador por defecto es el de no aceptar cookies de terceras partes, con la posibilidad de hacer clic al final de la barra de direcciones para optar por bloquear también todas las cookies. Además, Brave bloquea sistemáticamente rastreadores, anuncios, scripts y fingerprinting.

Bloquear estos elementos ha supuesto una diferencia verdaderamente significativa con respecto a Chrome, que es el único de los grandes navegadores que aún acepta cookies de terceros (y que las seguirá aceptando hasta 2022). Además, aunque los planes de Google para Chrome incluyen dejar de aceptar esas cookies, a cambio, como corresponde a una compañía que obtiene la mayoría de sus ingresos de la publicidad, pretende generar todo un ecosistema, potencialmente problemático desde el punto de vista de la legislación antimonopolio, en torno a la llamada Federated Learning of Cohorts o FLoC, que permita segmentar a los usuarios en función de sus intereses. Una práctica marginalmente mejor que la identificación de mi identidad como tal, pero con lo que, simplemente, digo sin encontrarme a gusto, y más si se desarrolla a partir de un dominio del mercado como el que Chrome tiene a día de hoy.

El resultado del experimento, por tanto, ha sido netamente positivo: navegación más rápida, con menor consumo de recursos, sin publicidad y con posibilidad de seguir utilizando todos los plugins que considero importantes en mi día a día. En estos tres meses, no he abierto Chrome para nada: cuando quiero utilizar un segundo navegador, cosa que necesito hacer a menudo para ver la publicidad en una página, para obtener una experiencia sin login o para manejar cuentas alternativas, abro Safari o Firefox. Y decididamente, hasta nuevo aviso, me quedo con Brave.

 

[Fuente: http://www.enriquedans.com]