¿Quién no ha sentido que las conversaciones por las que lo llevan las clases de idiomas son totalmente falsas y postizas? Preguntar cosas inimaginables en situaciones inverosímiles parece ser tan solo uno más de los ingredientes del aprendizaje.

Escrito por Laura Sofía Rivero

Para Cynthia, para Clemente

En el último mes he pedido cuatro tickets en el aeropuerto de Orlando, convencí a una multimillonaria para que donara su dinero a un orfanato, trabajé en una farmacia del centro de Londres, di una conferencia sobre los peligros que acechan en la selva de Australia, y fui, también, un hombre mayor bastante calvo que sintió el viento frío en su nuca frente al Gran Cañón.

Yo no elegí este multifacético estilo de vida. De hecho, al empezar cada sesión, suelo preguntarme si estoy a punto de ingresar a una clase de inglés o de interpretación escénica. Tomo lecciones porque mi idioma es insuficiente para abarcar el globo terráqueo, un mundo que está mayoritariamente escrito en otra lengua. Los currículums exigen dominarla. También los mejores salarios. Y mi curiosidad tiene sed de leer con fluidez, quiere deslizarse por los textos como si fueran mantequilla, no duras vallas en una carrera de obstáculos.

Sin embargo, mis verdaderas motivaciones de bolsillo roto y mente intranquila pronto se desvanecen. Mi ánimo comienza a disiparse y la culpa no la tienen los phrasal verbs, ni el second conditional, sino esas actividades bufas en colectivo que se empecinan por familiarizarme con el inglés. “¡Disfrútalo! Úsalo como en la vida diaria”, dicen mientras me obligan a sostener conversaciones que jamás tendría en español. El idioma, las relaciones humanas, incluso las necesidades básicas rápidamente se convierten en un artificio forzado.

Primer acto: es mediodía, un supermercado con poca gente, hoy me toca ser la cajera. “¿Qué va a querer?”, pienso con palabras prohibidas. Y aquí estamos mi compañero y yo: imbuidos en este teatro del absurdo, rodeados de estantes imaginarios llenos de latas que guardan conservas inexistentes, hablando un idioma falso fabricado por nuestras mentes, un espanglish lleno de cochambre, titubeos, palabras inventadas, gestos inciertos y frustración traducida a manotazos. “Teacher, how do you say ‘papel de estraza’?”, pregunta alguien en el fondo del salón. Guardan silencio los escenarios que se replican banca tras banca. La ficción está en pausa. “Tortilla’s paper”, responde mi chispeante interlocutor. Y todos reiniciamos ese oficio del sinsentido que es el tratar de darnos a entender.

Para quienes las disfrutan, las clases de idiomas son la recuperación de su niño interior. El mundo vuelve a ser una serie de objetos sin nombre, tan solo masa, tan solo un deseo. Todo se aprende desde el principio: los colores, los números, los nombres de los animales. En el cerebro dialogan la experiencia del adulto y la ingenuidad del infante; vuelve a desplegarse el territorio de los errores, las preguntas primarias, la necesidad de hablar.

Ojalá mi ánimo fuera lo suficientemente dúctil para ver un juego en lo que más bien se me presenta como una máscara. Desearía sentirme cómoda inventando, usando las palabras que me quedan más cerca y no aquellas que busco en la oscuridad con inquietud, ser una mejor alumna y confiar en el adagio de un buen amigo: “en las clases de idiomas importa hablar, no lo que dices; la verdad queda de lado”. Pero no dejo de sentir que mi mayor lección hasta el momento ha sido saber que en inglés yo ya no soy yo, sino apenas un remedo de mí misma. Tantos rostros se han impuesto sobre el mío que ya solo me concibo como extranjera de mis propias palabras. Me he robado un vocabulario, nada de lo que digo me pertenece.

Segundo acto: comienzo a sospechar que mi maestro, más que enseñarme un idioma, me está confeccionando una vida y una personalidad. ¿Cómo decirle que este enfoque turístico de comprar boletos de tren y pedir indicaciones en la calle poco le sirve a alguien que nunca ha salido del país? ¿Remotamente imaginará que mis opiniones en clase distan por completo de lo que pienso? Un antifaz para sobrevivir: eso es mostrarme interesada en lo que no me importa en absoluto. A voluntary burden is no burden o, mejor dicho, sarna con gusto no pica.

¿Qué es lo que saben de mí estas personas que solo me conocen por lo que puedo decir, no por lo que deseo comunicarles? Mis actividades favoritas: conversar, hacer bromas, dar clases, no las puedo poner en práctica a plenitud. ¿Qué de mí no está hecho de lenguaje? Soliloquio frente a la ventana. Cae el telón. Y con esta pregunta termina el tercer acto.

Laura Sofía Rivero
Ensayista. Ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020 por el libro Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos.

[Ilustración: Oldemar González – fuente: http://www.nexos.com.mx]