El exdirector de la RAE publica ‘Morderse la lengua’, un libro en el que critica la corrección política y la posverdad y explica sus mecanismos lingüísticos y sociológicos

Darío Villanueva. Foto: José Antonio Fernández

Darío Villanueva

El exdirector de la Real Academia Española Darío Villanueva (Villalba, Lugo, 1950) acaba de publicar Morderse la lengua. Corrección política y posverdad (Espasa), un libro en el que trata estos dos fenómenos en auge que “tocan de lleno la relación entre lengua y sociedad”, explica a El Cultural. Y al escribirlo ha hecho precisamente lo contrario de lo que dice su título. Si hablamos de corrección política, Villanueva no se muerde la lengua. Y si hablamos de posverdad, el autor se niega a “comulgar con ruedas de molino”, otro dicho popular con el que podría haber titulado este libro en el que habla de otros fenómenos adyacentes a estos dos, como la “tolerancia represiva”, la cultura de la “cancelación”, el “sentimentalismo tóxico”, la “deconstrucción de los cánones” y otras cuestiones que caracterizan a nuestra época líquida, que llama “la era Post”, todo ello con referencias al « doblepensar » y la « neolengua » de la famosa distopía orwelliana 1984.

A estas alturas ya sabemos bien que el lenguaje de la corrección política es aquel que trata de no herir la sensibilidad de ningún colectivo. “Es el territorio del eufemismo, del circunloquio y sobre todo de la censura”, asegura Villanueva, muy crítico con este tipo de lenguaje impuesto. ¿Significa eso que deberíamos hablar siempre libremente y sin miramientos de ningún tipo? “Nos mordemos la lengua continuamente de manera voluntaria por razón de cortesía, de oportunidad, de respeto, de conveniencia. Otra cosa es tener que morderse la lengua obligatoriamente porque nos lo imponen”, considera el ocupante del sillón D de la RAE, que no solo aborda los aspectos netamente lingüísticos de estos fenómenos, sino que se adentra en el terreno de la psicología social, la política, y vierte sus propias opiniones al respecto. De hecho, relaciona la corrección política con “la cultura de la cancelación”, esa tendencia a vetar —o intentarlo— en todos los ámbitos de la esfera pública a quien no respete las leyes de la corrección política. Pasa continuamente. Lo hemos visto hace poco, con J. K. Rowling, acusada de tránsfoba por burlarse del uso del término “persona menstruante” en vez de “mujer” y cuyos libros han sido vetados en muchas librerías. Villanueva pone otro caso más extremo “y tristísimo”: el del profesor Antonio Calvo, que enseñaba español en Princeton y fue despedido por « acoso sexual verbal » por decirle a un alumno que dejara de “tocarse los cojones”. Cuatro días después se suicidó.

No obstante, Villanueva celebra que “la cancelación está provocando un fenómeno interesantísimo de reacción, a lo que modestamente trato de contribuir con mi libro. ¿Vamos a aceptar tener que mordernos la lengua siempre? Siempre nos podrán pillar, siempre podremos hacer algo que nos someta a la cancelación sin que nos demos cuenta”, protesta el profesor emérito y exrector de la Universidad de Santiago de Compostela.

Villanueva sabe de lo que habla, no solo por la tarea de investigación y documentación que ha llevado a cabo para escribir este libro. La RAE sufre desde hace años presiones de determinados colectivos para que se elimine del diccionario este o aquel término peyorativo. “Esas presiones las resistí en primera línea durante cinco años como secretario, que es el segundo de a bordo y responsable de coordinar todos los trabajos relacionados con el diccionario, y después cuatro años dando la cara como director. A las hemerotecas me remito: siempre dije que jamás se censuraría el diccionario, porque eso sería censurar la creación de la lengua, que tiene un procedimiento totalmente democrático, ya que la crean los hablantes. El diccionario de la Academia lo que hace es recoger lo que los hablantes han creado”.

En cuanto a la posverdad, Villanueva la define como “la mentira de siempre pero en el marco de la sociedad posmoderna, donde se convierte en una mentira que pretende objetivos de tipo político o económico a base de sustituir la verdad por algo falso que apela a la emocionalidad, a las pulsiones profundas de la gente”. El gran precursor de la posverdad fue Maquiavelo, señala el académico. “Decía que el príncipe tiene derecho a mentir y que no debe preocuparse en modo alguno por la mentira pública porque siempre encontrará razones para justificar por qué ha mentido y además siempre encontrará gente deseosa de que le mientan”.

El máximo exponente de la posverdad es, como hemos podido comprobar en estos últimos cuatro años, es Donald Trump. “La oficina de verificación de datos del Washington Post ha detectado en todo este tiempo 20.000 mentiras dichas por Trump”, afirma Villanueva. “Es el gran apóstol de la posverdad posmoderna”. Pero aunque esta se asocie a menudo con el populismo de derechas, el autor de Morderse la lengua rechaza relacionarlo solo con esta tendencia política: “Por ejemplo, el procés también está lleno de bulos y patrañas”, opina.

La represión de los buenos

¿Y la corrección política, es siempre cosa de la izquierda? “Tal como la entendemos hoy sí, pero también hay que ver los asuntos desde un punto de vista histórico. Por ejemplo, una época de profunda censura relacionable con la corrección política fue la época victoriana en el Reino Unido, donde había muchas imposiciones y proscripciones. Lo que sí es cierto es que la corrección política de la que hablamos ahora comenzó, como cuento en el libro, en la época de las revueltas estudiantiles provocadas por la guerra de Vietnam en los campus de California. Entonces el filósofo alemán Herbert Marcuse se convirtió en una figura de referencia y empezó a poner en movimiento la idea de la “tolerancia represiva”, que es un oxímoron. El periodista Ricardo Dudda [autor de La verdad de la tribu. La corrección política y sus enemigos], lo ha expresado muy bien al decir que ahora los represores son los buenos, en el sentido de que, efectivamente, detrás de muchas actitudes de corrección política hay reivindicaciones dignísimas como el antirracismo y la equiparación de los sexos, pero transformar eso en una imposición censora que afecta al lenguaje no es aceptable en modo alguno. Las cosas existen por sí mismas, no por las palabras. Creer que se puede erradicar un mal suprimiendo la palabra que lo designa es un error morrocotudo”, asegura.

Pregunta. ¿Cómo se puede entonces compaginar la defensa de estas causas tan nobles sin imponer un determinado lenguaje?

Respuesta. Es muy sencillo. La lucha está en la realidad. Para conseguir que las cosas cambien hay que actuar socialmente. Pero la lengua es una cosa distinta, es un código donde se incluyen, por supuesto, unas estructuras gramaticales profundas, que nadie ha impuesto sino que la lengua se ha dado a sí misma. Esto no hay que confundirlo. Por ejemplo, el género masculino neutro o no marcado no es el culpable de la desigualdad entre el hombre y la mujer. No ha habido un sanedrín de hombres que se han reunido y han decidido que eso sea así. En muchas lenguas el término no marcado es el masculino. Cuando el presidente del Gobierno hizo una declaración pública al comienzo de la pandemia diciendo que el Estado se ocuparía de la salud de todos los ciudadanos y que todos saldríamos juntos de esta, ninguna mujer se sintió discriminada por esto, nadie pensó que solo se refería a los varones.

P. En su libro aborda también la pretensión feminista de acabar con el masculino genérico. Usted defiende que esta fórmula es inclusiva, pero si le dieran a elegir entre “todas” y “todes”, ¿con cuál se quedaría?

R. Preferiría “todas”. “Todes” es una excentricidad, no tiene ningún sentido. Hay lenguas que tienen como género no marcado el masculino y otras el femenino, aunque son menos. Fíjese en este ejemplo tan significativo: una de las lenguas donde el género inclusivo, no marcado, es el femenino es el guajiro. Allí se dice “todas” para incluir a hombres y mujeres. Pues bien, la sociedad que usa el guajiro es una sociedad profundamente heteropatriarcal donde la mujer no tienen ningún derecho y está totalmente sometida al varón. Eso demuestra que el hecho de usar el femenino genérico no significa que esa sociedad sea más o menos justa.

P. Pero el pensamiento complejo se basa en el lenguaje. Por tanto, si se logra modificar el lenguaje, se puede propiciar un cambio en las ideas. ¿No cree?

R. No creo en eso en absoluto. Aristóteles ya lo decía en su tratado de política: las palabras sirven para lo justo y lo injusto, para lo conveniente y lo inconveniente. Paro añadía: a diferencia de los animales, las personas sabemos distinguir entre lo justo e injusto, entre lo bueno y lo malo. Somos libres. Modificando el lenguaje nunca se podrá erradicar la maldad y la arbitrariedad. La condición de canalla forma parte de la naturaleza humana.

P. ¿Cree que la posverdad y la corrección política tienen que ver con el protagonismo que han cobrado las emociones en nuestra sociedad?

R. Efectivamente. Yo lo llamo la quiebra de la racionalidad. El otro día leí unas declaraciones del expresidente Barack Obama que iban en esa línea. Decía que estamos liquidando el legado de la Ilustración, que fue el gran momento de avance de la humanidad. Propició no solo un gran desarrollo científico sino también las revoluciones norteamericana y francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y todo el desarrollo de la modernidad. Todo esto se está quebrando ahora. Por eso en el libro, después de hablar de posverdad y corrección política, intento explicar que estos dos hechos no son aislados, sino que son síntomas de algo más profundo, de época: la era Post. Estamos en la posmodernidad, y en ella se dan la posverdad, la posdemocracia, el poshumanismo, el posindustrialismo, el posmarxismo, el posfundacionalismo… Como síntomas de época, relaciono concretamente los dos fenómenos con el auge de la llamada inteligencia emocional, que ha sido un auténtico éxito. Los científicos ponen muy en duda este concepto por la contradicción que conlleva. La inteligencia es la comprensión de las cosas mediante la razón, mientras que la emocionalidad es visceral y busca respuestas no sometidas al filtro de lo racional. El famoso concepto de sociedad líquida define una sociedad que no tiene memoria ni reflexión ni contraste racional, en la que se da un sentimentalismo tóxico y un exhibicionismo de los sentimientos muchas veces perjudicial. No soy un novelista ni tampoco un poeta, muy a mi pesar, sino un profesor universitario, y como tal he intentado llegar al fondo de todos estos asuntos desentrañando su complejidad.

[ Foto: José Antonio Fernández – fuente: http://www.elcultural.com]