Milan Kundera

Escrito por RAFAEL BALANZÁ

Extrañamente, no había leído todavía una de las obras tempranas de Milan Kundera: “El libro de la risa y el olvido”. Acabo de hacerlo con gran placer, creo que es una de sus mejores novelas. Podemos describirla, con toda justicia, como “novela de ideas”; esa clase de ficciones entreveradas de ensayo, generalmente en torno a una idea-eje (dos, en este caso) que inundan con un potente chorro de luz el escenario social en el que se desarrollan. Aquí se trata, principalmente, de la Checoslovaquia comunista, y los personajes que vemos en escena no son únicamente iluminados por fuera, sino que también podemos escudriñarlos hasta los huesos gracias al poderoso y humorístico aparato de rayos X que emplea el autor.

El libro de la risa y el olvido

Decía Lukács que dos sentimientos matizan toda gran novela: ironía y melancolía; en ambos ingredientes resulta pródiga la narrativa de Kundera. Esta clase de libros presentan, sin embargo, muchos inconvenientes: exigen una lectura morosa (la lentitud, precisamente, es otro de esos temas de los que se ha ocupado el novelista checo), obligan a reflexionar e impiden consultar el whatsapp o jugar a la play con el otro ojo y la otra mano. La única ventaja que se me ocurre es que vuelven al lector más inteligente, algo completamente superfluo en estos días en que el algoritmo se ocupa de todo.

En cierto momento, el narrador nos invita a reflexionar sobre la putrefacción –casi inmediata- de los nobles ideales que inspiraron al principio la deriva hacia el socialismo: “Las antiguas injusticias iban reparándose, las nuevas injusticias comenzaban a perpetrarse”, se nos informa en la página 90. Emulando a Kundera, sociólogo implacable en sus ficciones, me propongo analizar aquí la relación entre el declive de la literatura de ideas y la hipertrofia de la política en nuestro país.

Capítulo primero: lo malo

Lo malo –he hablado de esto otras veces- es que ya antes de la pandemia vivíamos en sociedades deprimidas, sin ilusiones de redención ni horizontes de trascendencia, espléndidamente escaneadas por Houellebecq, entre otros escritores. Occidente está perdiendo la hegemonía global, y las clases medias de Estados Unidos y Europa carecen de esperanza. Recordemos la frase lapidaria del autor francés: “Antes la vida consistía en la espera del reino, ahora consiste en la espera de la muerte”.

Este clima psicológico depresivo fue a peor con la crisis de 2008 y dio lugar al crecimiento de populismos de izquierda y derecha tanto en Estados Unidos como en Europa. Y por primera vez, las nuevas generaciones en estos países no albergan una esperanza razonable de gozar de mejores condiciones de vida que sus mayores; lo que, sumado a un patente declive moral y espiritual, las relega a un estado de frustración constante. La pandemia ha exacerbado estos problemas, disparando los niveles de ansiedad y la demanda de atención psiquiátrica.

Capítulo segundo: el error y la risa

En realidad, ni la crisis financiera de 2008 ni la pandemia y sus consecuencias económicas han destruido por completo el bienestar básico de las sociedades desarrolladas. En Europa la sanidad pública sigue siendo universal en prácticamente todos los países, y la protección social garantiza un mínimo nivel de ingresos y de atención a los necesitados; mientras que en Estados Unidos la economía se ha recuperado con vigor renovado en los últimos años. Lo que sucede es que el crecimiento ya no puede ser tan rápido como en los decenios anteriores. Las economías que crecen a ese ritmo son ahora las de los países emergentes, en todo caso. A consecuencia de esto, en Occidente hay una sensación general de estancamiento. Y las nuevas tecnologías aportan soluciones y alicientes casi en la misma medida que nuevos problemas: la comodidad del teletrabajo apenas compensa de las ansiedades vinculadas a esa misma circunstancia; la conexión permanente con familia y amigos no palia el sentimiento creciente de soledad asociado a las inciertas y lábiles relaciones digitales. Probablemente las condiciones materiales seguirían siendo suficientes para desarrollar un proyecto vital satisfactorio, si el marco cultural e institucional dotara de sentido a la experiencia de vivir y envejecer. Pero como se da un vacío emocional subyacente, las consecuencias de una economía continuamente amenazada y una vida profesional estresante, enfocada a una competencia sin límites claros ni en el espacio ni en el tiempo, son percibidas con mayor intensidad, lo que genera descontento y miedo. Entonces la ciudadanía busca las causas de su malestar, pero -como expliqué en mi anterior colaboración- lo hace (risiblemente) en el lugar equivocado: la política.

Capítulo tercero: la trampa y el olvido

Comprender la verdadera raíz de los problemas no sirve, claro, para solucionarlos instantáneamente, y tal vez ni siquiera para mitigarlos; sin embargo, sí evita, al menos, caer en la trampa de buscar la solución donde no la hay. En los populismos, por ejemplo. También me he referido a esto en entregas anteriores.

En otros tiempos, la literatura sirvió para iluminar la problemática situación del hombre en el mundo, pero este tipo de arte ha caído en el olvido; ahora, cada vez más, la narrativa audiovisual (cine, series de televisión) o escrita está enfocada al puro entretenimiento, lo que elimina su virtud “iluminadora”, exceptuando algún caso vestigial, como el del citado Houellebecq o el del veteranísimo Kundera.

Capítulo cuarto: el feedback perverso

Cuanta menos literatura o periodismo de calidad lee la gente, más estúpida se vuelve en relación con sus propios padecimientos; lo que lleva al aumento de las corrientes demagógicas. Dichas tendencias inundan las redes y afectan al periodismo, obligado a asumirlas e incorporarlas para satisfacer la demanda. También la literatura entra en el juego de la facilidad para ser competitiva.

Capítulo cinco: los beneficiarios

La crispación -fruto del error de interpretación que hemos señalado antes- beneficia a los “periodistas estrella” que participan en tertulias televisivas o radiofónicas auspiciadas por grupos mediáticos, los cuales toman el rentable camino de satisfacer la demanda social de contenidos políticos cada vez más estridentes. Un buen ejemplo de esto es el caso del grupo Planeta, que edita el diario La Razón y tiene intereses en La Sexta, una televisión de ideología opuesta. En realidad, a los inversores del grupo Planeta no les importa ni la morralla que venden como literatura –que no es peor, por otra parte, que la de otras editoriales supuestamente más literarias-, ni tampoco los contenidos políticos que suministran al público de una u otra orientación. Sencillamente, como camellos oportunistas, proporcionan cualquier clase de droga demandada y utilizan buenas marionetas para su guiñol: Wyomin, Inda, Marhuenda… No quiero decir con esto que las marionetas no sean sinceras cuando se enzarzan en disputas o debates (probablemente lo son), sino que los mercaderes del espectáculo las utilizan en su provecho. Beneficiarios de la situación son también, sin duda, los políticos profesionales, incluidos aquellos aparentes extremistas que ven incrementado su patrimonio y pueden, por ejemplo, adquirir propiedades de lujo en la sierra; además de asegurarse el porvenir como conferenciantes desproporcionadamente retribuidos.

Si la gente entendiera el escaso margen que existe en un país cuasi-intervenido y periférico como España para una acción de gobierno, sometida a directivas europeas y a dinámicas de mercado transnacionales, muchos dejarían de ir a votar o lo harían, venciendo su desidia, sin prestar atención a tertulias y análisis, lo que acabaría dejando el Estado en manos de tecnócratas constreñidos a políticas de centro o centro izquierda; cosa que en realidad ya sucede en el backstage, fuera de la luz pública. La cierto es que influye mucho más en nuestra vida lo que se decide en el gobierno chino o en nuestra comunidad vecinal (dos siniestras entidades) que lo que implica nuestro voto.

Capítulo sexto: una profecía

La actual crisis se superará pronto, pero las debacles medioambientales y de salud probablemente se sucederán en los próximos años. El consumo de política-espectáculo irá en aumento, lo que conducirá a mayores tensiones y crispación social, que será inmediatamente reciclada, empaquetada y revendida por los medios de comunicación. Es improbable que se dé una verdadera revolución si el entusiasmo (optimismo ilusorio) o la desesperación (hambre, sufrimiento físico) no rebasan ciertos límites, todavía lejanos. Cabe la posibilidad, sin embargo, de que la democracia liberal sea sustituida progresivamente por una dictadura democrática sustentada en las redes sociales y apoyada por expertos y demagogos, a sueldo de grandes corporaciones tecnológicas… Pero esto ya nos deja a las puertas de una futura novela de ciencia-política-ficción que escribiremos otro día y presentaremos, tal vez, en alguno de los programas del oracular y ubicuo Iker Jiménez.

 

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]