Para celebrar el bicentenario de Baudelaire (1821-1867), este 9 de abril, compartimos la siguiente conversación con uno de sus más recientes biógrafos. Alguien que supo comprender a cabalidad, sin solemnidad ni abstracciones, el abismo entre la persona y el poema, entre el espanto y la belleza que rodean la vida de uno de los poetas más influyentes del mundo.

Escrito por Tewfik Hakem y Jean Teulé

Tewfik Hakem: ¿Se puede ser el mayor poeta de la historia y al mismo tiempo un inmundo, un perverso? Es lo que plantea Jean Teulé en su biografía Crénom Baudelaire (2020). Contar la vida, de manera novelada, de Charles Baudelaire, desde sus 5 años hasta la edad de su muerte, a los 45. Contar su vida como si fuera una estrella de rock, una estrella decadente de rock porque lo descubrimos insoportable, loco, cruel, definitivamente malvado, nunca contento, para retomar su frase, descontento incluso consigo mismo.

Jean Teulé: Sí, él decía eso. “Descontento con todos y descontento conmigo mismo”. Detestaba absolutamente a todos, pero también se detestaba a sí mismo y de hecho dijo esta frase extraordinaria: “si tuviera un hijo que se me pareciera, lo mataría por horror a mí mismo”.

TH: Empecemos por explicar el título de su libro: Crénom Baudelaire. “Crénom” es la contracción de “sacré nom de Dieu” [santo nombre de Dios]. Es la blasfemia que lanza Baudelaire cuando se tropieza mientras visita una iglesia en Bélgica.

JT: El 15 de marzo de 1866 visitaba la iglesia Saint-Loup de Namur junto con su editor y un joven pintor que se llamaba Félicien Rops. Al salir de la iglesia, al pasar el portal no ve un peldaño y se cae de frente y ahí dice: “¡Crénom!”, como si al tirar una taza de café dijéramos “¡ah, mierda!”. Durante más de un año y hasta su muerte no dijo otra palabra más que “crénom”.

TH: Se bloqueó con esa palabra.

JT: Exacto. Cuando uno ha sido el Everest de la poesía, cuando uno ha inventado tantas imágenes y asociaciones de palabras, acabar con una palabra tan estúpida pues no es tener mucha suerte.

TH: Usted cuenta la historia de un hombre ruin, pero en su libro integra usted su poesía como si hubiera que demostrarnos a los lectores que se puede ser a la vez un intratable y un poeta excepcional.

JT: Exactamente eso quise hacer. Tenía ganas de que la gente siguiera sus barrabasadas y también de repente colar un poema para decirse: “¡ah, vaya, pero era capaz de escribir así!”. Es tan contradictorio.

TH: La idea era entonces ver cómo se podía pasar de detestarlo a admirar a ese sublime rufián, porque el autor de Las flores del mal también se narra a sí mismo a través de su poesía.

JT: Sí. Sobre Las flores del mal él había dicho: “Quiero poner en este libro todo mi odio y todo mi asco hacia cualquier cosa”. Y cuando su editor, [Auguste] Poulet-Malassis —nombre real, ¿eh? [traducible como: “Pollo-Malsentado”] y al que él siempre llamó “Coco-Malperché” [“Coco-Malcolgado”], le decía: “¿A qué van a parecerse esas Flores del mal?”, Baudelaire le contestó: “Será como una explosión de gas en una cristalería”. Y en verdad fue lo que ocurrió porque, tan pronto salió el libro, le cayó encima la justicia por ultraje a la moral pública y al bienestar.

TH: Por unos trece poemas de cien…

JT: Claro, trece de cien, lo cual no está nada mal. También lo demandaron por “reducir a la nada a los creyentes del cristianismo”. Dicho esto, en un poema que se llama “La negación de San Pedro”, si mal no recuerdo, empieza diciendo: “¿Qué hace Dios con las olas constantes de anatemas / que cada día ascienden hasta sus Serafines? / Como un tirano, harto de viandas y de vinos / se duerme al dulce son de terribles blasfemias”. Y el último verso es: “Negó a Jesús san Pedro… ¡fue un buen comportamiento!”.1

TH: ¿Nos puede contar, Jean Teulé, cómo hizo para narrar la vida de Baudelaire, a partir de su correspondencia, de biografías ya publicadas y de investigaciones en bibliotecas? Pero, antes de eso, ¿cómo descubrió usted mismo a Baudelaire? ¿Lo descubrió en la secundaria, en la preparatoria?

JT: Sí, de adolescente en una escuela de dibujo en la que estaba, cuando tenía quince años. Mis amigos y yo estábamos vueltos locos con Las flores del mal. Yo ya había leído muchísimas cosas sobre Baudelaire. Muchísimos intelectuales hablan de Baudelaire, de su pensamiento, y todo me parecía algo demasiado aburrido. Y durante mucho tiempo dije: nunca escribiré sobre Baudelaire porque es verdaderamente muy misógino, muy desagradable. En un momento me puse a leer biografías y, sobre todo, testimonios de todos los que lo habían conocido y escuchado lo que contaba. Me dije: es una vida extremadamente novelesca, que nunca se ha contado como yo lo hago, porque todo el mundo es muy bien portado, a Baudelaire no se le toca, no se puede.

TH: Pero todo el mundo se sabe sus frases, de todos modos.

JT: Sí, pero no creo que todas. Yo digo aquí que fue el primer punk en la Tierra. Simplemente por su apariencia. Era un tipo archi-dandi que decía: “Quiero vivir una vida de dandi como si tuviera que pasarme la vida frente a un espejo, para hacerles olvidar a los demás que, de hecho, estoy constituido a partir de músculos, tejidos, fluidos líquidos, secreciones fisiológicas”. Se pintaba los pelos de verde, se paseaba con una boa de plumas de avestruz alrededor del cuello. Y hay otra cosa que es de verdad algo de punks y de lo que habló en uno de sus poemas en prosa. Él vivió en París mientras se hacían las obras de Haussman, en las que reconstruían toda la ciudad y al él le gustaba mucho acercarse de noche a las obras, donde siempre había un tonel de pólvora que serviría, a la mañana siguiente, para demoler las fachadas de los edificios. Y, ahí, de noche, bajo la claridad del farol se prendía un puro, para ver, para arriesgar el pellejo, para conocer el placer de la ansiedad, para hacerse el temerario y luego se regresaba a escribir Las flores del mal. Para mí Baudelaire es eso: es el tipo que prende un puro cerca de un tonel de pólvora. Tiene una forma de arriesgar el pellejo, de irse a lo más extremo.

TH: Y para usted, de Las flores del mal —porque es realmente en torno a este libro que construyó su biografía— si hubiera que citar un verso, ¿cuál sería?

JT: “Cuando el cielo plomizo pesa como una losa” [“Quand le ciel bas et lourd pèse comme un couvercle”]. Porque Baudelaire puso patas arriba la poesía francesa. Nadie había escrito un verso así, nunca. Es tan moderno y la imagen tiene tanta fuerza que hizo estallar todo por los aires. El socio de su editor, que también era el cuñado de Poulet-Malassis, le reprochaba que escribiera así. Le decía: “¿Por qué no celebra usted lo antiguo como sus colegas?” Y Baudelaire le contestaba: “¿y dónde conocieron los antiguos a los antiguos? ¿Mis colegas ven acaso gente en las calles caminar con peplos al hombro? ¿A qué responde la forma griega en nuestra época? ¿No tenemos acaso hoy otras pasiones, otra moral, otros vicios que rimar? La carta de un campesino sin ortografía es más humana que sus fosas”. Así le dio la vuelta a todo. Por eso nos conmueve tanto.

TH: Las flores del mal son el centro de su libro y ese Baudelaire que era dandi porque también era mundano, porque era testigo de que París se convertía en una “Ciudad Luz”. Precisamente en esa época. Pero también hizo otras cosas: tradujo a Poe, fue crítico de arte…

JT: Un crítico de arte malo.

TH: Bueno, ahí está, para usted Baudelaire es Las flores del mal y solo Las flores del mal.

JT: Es autor de un solo libro.

TH: Los paraísos artificiales, por ejemplo, ¿qué le parece?

JT: No es muy bueno. Un comedor de opio tampoco. Es en verdad autor de un solo libro, y un libro corto, de cien poemas. Y, después, se prohibieron seis —porque de los trece que fueron condenados se prohibieron realmente seis— pero quedaron prohibidos hasta 1949. Durante 92 años, prohibición de leer seis poemas de Baudelaire. Algo terrible.

TH: Al final de su libro, me quedé sin saber si este personaje lo fascina o si más bien lo asusta.

JT: Las dos cosas. Pero lo que sentí al escribirlo, y lo que parecen sentir quienes lo han leído, es que a pesar de tantas barrabasadas y de frases insoportables, poco a poco se vuelve cada vez más emotivo y conmovedor. Y creo que fue hipersensitivo, alguien que al final de su vida estaba tan atacado por la sífilis, por las drogas —hachís, opio, éter— que había llegado a un nivel de sensibilidad demente, invivible. Y en ese entonces decía: “Un hombre que me cruzo por la calle, un hombre que camina atrás de mí, un perro o un niño que me cruzo, me dan ganas de desmayarme”. Él no era más que sensibilidad, pero llevada a tal extremo que debió haber sido insoportable. Ser Baudelaire debe haber sido invivible.

TH: Da la impresión de que usted no interviene, de que usted solo narra la historia de Charles Baudelaire y la ilustra, claro, con sus poemas. Usted cuenta esas barrabasadas de hombre misógino, a priori misógino, y lo que le hacía a las mujeres, no solo a las prostitutas sino también a sus amantes, pero ¿cómo podía ese hombre pensar en mujeres horrendas, rechazadas por todo el mundo, que a la vez fueran muy deseables, a las que dedicó tantos poemas, incluyendo a mujeres ancianas?

JT: Exactamente. Le gustaban las mujeres distintas de los cánones clásicos y, cuando se refiere usted a las mujeres ancianas, claro, uno de sus poemas más hermosos, un poema largo, se llama “Las viejecitas” [“Les petites vieilles”]. En él se interesa en las ancianitas, envejecidas, a las que llama “octogenarias Evas”.

En los mil recovecos de las viejas ciudades,
donde, incluso el horror, tiene ciertos encantos,
acecho, respondiendo a fatales humores,
a unos seres amables, decrépitos y extraños.
Monstruos rotos que antaño fueron también mujeres,
Eponinas o Lais. Dislocadas, jibosas
o torcidas, ¡amadlas! Son almas todavía
bajo sus rotas faldas y sus telas raídas.
[…]

Ese poema es de una ternura… Pero, aparte de esto, Baudelaire era de una crueldad total. Hay un alejandrino suyo, por ejemplo, un alejandrino perfecto, con dos hemistiquios: “De la necesidad de pegarle a las mujeres”, lo cual es completamente imbécil. Quería ir derechito a lo peor, siempre, como él decía. También decía: “Idolatro el misterio de la fealdad. La sed de lo desconocido y el gusto por lo horrible me inspiran.” Quería meterse al lodo: “Quiero moldear lodo para extraer oro”. Un gambusino, Baudelaire. Iba a buscar lo atractivo a otra parte y, por ejemplo, amaba a las mujeres feas o muy flacas. Decía: “La flacura me parece más indecente. Las mujeres flacas están más desnudas que las otras”.

HT: Le gustaba que lo detestaran, ¿no?

JT: Adoraba eso. Decía: “Con mi talento desagradable quisiera poner a toda la humanidad contra mí. Veo ahí un gozo que me consolaría de todo”. Muy extraño, puesto que todos los artistas, lógicamente, quieren ser amados, él quería que lo detestaran.

HT: Incluso los impresores. Usted narra eso, Jean Teulé, que volvía locos a los impresores. Les reclamaba que los caracteres estuvieran un poco torcidos, feos.

JT: Sí, en algún momento su editor le dijo: “Usted subrayó aquí una efe. ¿Qué tiene esta efe?”. Baudelaire le contestó: “Está un poco muy inclinada”. “Es normal que esté inclinada, es una efe en cursivas”, contestó el editor. “Sí, pero está un poquito muy inclinada”. “¿Y entonces qué hacemos?” “Pues hay que enderezarla un poquito”. Y los dos compositores de Alençon, donde se imprimió el libro, se volvían locos. Los insultaba cuando mandaba este tipo de correcciones.

HT: Usted ya trabajó a Rimbaud, Verlaine y ahora Baudelaire. ¿Nos invita a redescubrir la vida de los poetas?

JT: No, no, porque este es el pompón. Aquí sí le quité la cola al Mickey. No hay nadie peor ni más grande que Baudelaire. Sin Baudelaire no hubiera habido Verlaine, Rimbaud, Mallarmé. Él abrió todo. Así que termino con lo mejor.

Tewfik Hakem
Periodista de France Culture.

Jean Teulé
Escritor polifacético. Se ha dedicado al cine, al cómic y a la televisión. Es autor, entre otros libros de: Rainbow pour Rimbaud (1991), Ô Verlaine (2004) y Je, François Villon (2006).

Nota editorial: esta entrevista se transmitió en el programa de radio “Le réveil culturel” de France Culture el 9 de noviembre de 2020. © Radio France.


1 Todas las traducciones vienen de la edición de Enrique López Castellón de Las flores del mal, Madrid, Akal, 2017.

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]