Asistimos a un ‘revival’ del cliché conservador sobre lo inmorales y monstruosos que son todos los intelectuales, en especial los de izquierdas, y a la constatación de que nuestros referentes fueron unos tipos tirando a mala gente.

 

Escrito por Xandru Fernández (*)

¿Fue Michel Foucault un depredador sexual, un pedófilo, un monstruo? No hay pruebas que permitan afirmarlo. ¿De dónde sale entonces el rumor, esa sospecha que están difundiendo algunas cabeceras de la prensa amarilla y/o rojiparda? De Guy Sorman, un escritor francés que, en plena campaña de promoción de su último libro, soltó la perla en una entrevista para The Times. Según Sorman, en 1969 visitó a Foucault en Túnez y allí fue testigo de cómo este citaba a adolescentes en un cementerio para tener sexo a cambio de dinero. Es verosímil, por desgracia. Sea falso o verdadero, no es en absoluto inimaginable, ni sería el primer caso que conociéramos de una conducta semejante por parte de un intelectual de prestigio. Incluso el escenario tunecino es coherente, encaja con la escenografía clásica de la pederastia europea poscolonial, si bien el detalle del cementerio quizá sea un exceso imaginativo que resta verosimilitud al conjunto.

¿Sería asqueroso si fuera cierto? Sí, por supuesto, igual en su caso que en el de André Gide, Gil de Biedma, Pablo Neruda o Antonio Machado. Y en muchos otros: la lista varía en longitud e intensidad, cada uno añade sus filias y sus fobias, disculpa a este o propone a aquel en función de criterios no siempre transparentes, aunque cabe suponer que con la mejor de las intenciones. Lo cual (lo de las intenciones) no es lo de menos: si algo podemos sacar en claro de todas estas discusiones sobre personajes históricos que fueron en su día ejemplo vivo de conductas hoy consideradas por la mayoría como deplorables, censurables y punibles, es que, después de todo, vamos avanzando por la senda del respeto, nos volvemos cada día más compasivos con las víctimas de abusos y atropellos, lo que de algún modo es un consuelo después de ver lo mal que nos está yendo en otras áreas del progreso. Pero supongo que más de un lector querrá agarrarse a alguna forma de relativismo moral o impugnación de ese sentir mayoritario, y no soy yo precisamente el que tenga mucho que objetar a ese enfoque, mucho menos acogiéndome a sagrados universalismos normativos, al contrario: asumo que también yo escribo desde mi propia e intransferible perspectiva, según la cual un adulto que se beneficia de serlo y de tener dinero y poder y experiencia y el respaldo cultural y social de la asimetría poscolonial para tener sexo con niños que no poseen ninguna de esas cosas, y a los que obviamente es sencillo someter exhibiendo todo ese poder, toda esa riqueza y esa exuberancia de señorito metropolitano, merece un trato penal y personal de esos cuyo diseño encargaría uno a la mafia, a Stephen King o al propio Foucault, cuya fascinación por la truculencia conocemos muy bien todos los lectores de Vigilar y castigar.

Si esa sospecha se confirmara, lo que es, de todos modos, mucho suponer, ¿hasta qué punto influiría en nuestra lectura de Foucault? Hasta todos los puntos, me temo: no somos lectores angélicos, capaces de separar la obra del autor, sobre todo si se trata de un autor cuya obra pone en cuestión las aspiraciones universalistas de la epistemología normativa y, por tanto, las de la ética (aunque también de un autor al que debemos un texto bastante razonable sobre el mito del autor y de la coherencia del sujeto de discurso). Lo leeríamos a la luz de esa revelación en la misma medida en que leemos a Heidegger o a Carl Schmitt sabiendo que fueron nazis. Aunque no sea el mismo caso, puesto que Heidegger y Schmitt fueron efectivamente nazis, mientras que lo que estamos comentando de Foucault es tan solo un rumor, por verosímil que sea. ¿Por qué estamos entonces hablando de ello? Por sentido de la oportunidad: Foucault funciona en cierta esfera del infotainment como filósofo de cabecera del pensamiento queer, la posmodernidad y la cultura de la cancelación, de modo que puede parecer oportuno jugar al cazador cazado y usar su endeble constitución moral para atacar a toda la tradición de pensamiento que dice beber de él y, por extensión, a toda la izquierda. Dando por hecho que Foucault fuera de izquierdas, lo que no deja de ser sumamente discutible: toda vez que la pareja izquierda/derecha es solo visible a la luz negra del discurso ilustrado de la emancipación, es difícil encajar ahí una propuesta teórica que se dibuja, si no abiertamente antiilustrada, en todo caso hostil al momento humanista de la Ilustración. Aun aceptando, no obstante, una noción laxa, no humanista ni progresista, de la izquierda, tampoco parece que la « cultura de la cancelación » pegue mucho con Foucault, en la medida en que esta parece abastecerse de una fuente de indignación absoluta y obrar como una especie de tribunal del sentido moral de la cultura no muy congruente con el discurso foucaultiano.

Tal vez estemos a las puertas de un proceso de tipo político, similar al que tuvo lugar hace unos años cuando se trató de « cancelar » a Sartre por su inacción ante los gulag, haciendo de ello una causa general contra el comunismo y la izquierda en bloque. El objetivo, la pieza a batir, si es el caso, sería ahora todo aquello que el pensamiento conservador, de derechas o de izquierdas, considera expresión de una mentalidad malsana, antinatural, hostil a la determinación naturalista de la esencia de las cosas: el pensamiento queer, el posmodernismo, la diversidad como mal absoluto. ¿Qué tiene que ver Foucault con esas cosas? Todo y nada: más allá de la evidente influencia de Foucault en el discurso de las ciencias sociales contemporáneas, y en el tratamiento filosófico de las ideas de sujeto e identidad, lo cierto es que, como imagen corporativa, el magisterio de Foucault hay que reconducirlo a, por una parte, su condición de referencia para autores y activistas del feminismo y los derechos sexuales y, por otra parte, su aura de icono modernillo de cierta izquierda pop que, sobre todo en Estados Unidos, pero también en parte de América del Sur, lo reclama como « uno de los nuestros ».

Sea como sea, estamos lejos de poder abordar con serenidad un debate más grave (de gravitas) sobre cuestiones como esta, puesto que, por un lado, asistimos a un revival del cliché conservador sobre lo inmorales y monstruosos que son todos los intelectuales, en especial los de izquierdas (aunque no lo sean, ni inmorales ni monstruosos ni de izquierdas), y, por otro, a la constatación de que, con cementerios o sin ellos, muchos de nuestros referentes intelectuales fueron unos tipos tirando a mala gente, muy dados a disculpar en sí mismos comportamientos que denunciaban en los demás y a beneficiarse de asimetrías y jerarquías (de poder, de distinción, de capital simbólico y cultural) que decían combatir.

 

(*) Xandru Fernández es profesor y escritor.

[Fuente: http://www.bitacora.com.uy]