Una nota sobre Regreso a Reims, de Didier Eribon

 

Escrito por Paula Andrea Marín C. 

El campo de los posibles… está estrechamente circunscrito a la posición de clase… Hay que pasar, como me sucedió a mí, del otro lado de la línea demarcatoria para escapar a la implacable lógica de lo que se da por sentado y para percibir la terrible injusticia de esta distribución desigual de oportunidades y posibles… Se trata de romper con las categorías incorporadas de la percepción y los marcos instituidos del significado y, en consecuencia, con la inercia social de la que dichas categorías y marcos son vectores, con el fin de generar una nueva mirada del mundo y, de esa manera, abrir nuevas perspectivas políticas. 

Las clases desfavorecidas creen estar accediendo a las posiciones de donde antes se las excluía, pero para cuando acceden a ellas, dichas posiciones ya han perdido el lugar y el valor que tenían en un estadio anterior del sistema… La distancia entre dominantes y dominados sigue intacta.

―Didier Eribon, Regreso a Reims.

Didier Eribon (Reims, Francia, 1953), filósofo, sociólogo, ensayista y periodista, publicó en 2009 Regreso a Reims, traducido y editado en español por Libros del Zorzal (Buenos Aires) en 2015. Eribon es ampliamente conocido en Francia y en Estados Unidos por sus estudios sobre disidentes y minorías sexuales, específicamente, las relacionadas con la homosexualidad masculina (en español, sus libros han sido traducidos y editados, sobre todo, por Anagrama). Le debo a alguien que me conoce bien el encuentro con este libro, alguien que sabe de mi obsesión por las relaciones entre clase social y trayectorias individuales, por aquello que algunos llaman la sociedad del “mérito” y sus muchos techos de cristal, pero también alguien que conoce mi amor por la obra de Annie Ernaux y de Pierre Bourdieu, ambos, como Eribon, originarios de provincias francesas diferentes a París; Ernaux y Eribon, además, se consideran deudores y herederos de la obra de Bourdieu.

Con una mezcla de escritura autobiográfica y de análisis sociológico, Eribon, hijo de un obrero y de una empleada doméstica, reconstruye su trayectoria socioprofesional (en el ámbito de las humanidades) en Regreso a Reims, a partir de un viaje a visitar a su madre, tras la muerte del padre y de décadas de no verlos. Desde ese momento y con una pregunta en mente: “¿Cómo podemos manejar nuestra relación con una historia que nos avergüenza?”, Eribon comienza a interrogar a su madre sobre sus orígenes sociales y rehace la historia de su familia, desde sus bisabuelos hasta él y sus hermanos. Como con Ernaux, me une a Eribon la procedencia de una familia que, hasta mi generación, no había podido acceder a la educación universitaria (y no todos hemos podido acceder, de hecho). Aunque, a primera vista, esta situación pueda verse como un triunfo del progreso social y de la democracia, siguiendo a Bourdieu en Las estrategias de la reproducción social, Eribon enfatiza en la ilusión de la educación como una vía para “salir adelante” y mejorar la posición social, una ilusión que deja por fuera el hecho de que para que esto sea realmente posible hacen falta dos formas de capital, además del académico: el social (unido al económico) y el cultural (que se desprende del social).

Si bien las sociedades occidentales han avanzado en el acceso a la educación gratuita (relativamente) y obligatoria de la mayoría de la población, el acceso al capital social y cultural sigue siendo el mayor obstáculo para que la educación sea, tal como lo preconizan los programas de gobierno, la manera para salir de la pobreza y la forma como todos contamos con las mismas oportunidades para ascender en la escala social. Se trata, a partir de ese punto –nos dicen-, del mérito, del talento propio; quien no logre sus objetivos será porque no cuenta con ese talento. Mentira, dicen Eribon y Bourdieu: las brechas sociales, la desigualdad se sigue reproduciendo porque los ricos de cuna (llamémoslos así, de una vez y distingámoslos de los “nuevos ricos”) siguen teniendo un capital social (contactos efectivos, en primer lugar, entre familiares) y cultural (conocimientos y experiencias directas con las artes y con las ciencias) que nunca podrá ser alcanzado por la mayoría de la población, y es así porque esa es una marca de distinción a la que no piensan renunciar tan fácilmente.

Asimismo, no es igual educarse en una escuela pública o en una privada; tampoco estudiar una carrera en una universidad de provincias o en una de la capital y, entre las de este lugar también hay diferencias. Ni qué decir de los que logran educarse fuera del país en comparación con los que hacen todo su recorrido académico en instituciones nacionales. Para tus “pares”, tus “colegas”, los datos de tu formación académica te ubican inmediatamente en un punto del plano social, te ponen más o menos cerca de ellos, te hacen parte de algo o te dejan por fuera de ello. En este sentido, avanzar en la escala social, llegar a un estrato superior que el de tus padres (en jerga colombiana: pasar del estrato 0 al 2 o del 2 al 4) es toda una osadía. Eribon debió dejar sus estudios de doctorado en filosofía porque no tenía cómo pagar su manutención para dedicarse a su tesis y porque aprobar los exámenes para convertirse en profesor nombrado en un liceo era una tarea casi imposible. Su “salvación” fueron los vínculos sociales que tenía en el ambiente gay parisino que frecuentaba y gracias al cual conoció a alguien que lo contactó -los benditos contactos- con el editor de un gran (y el “gran” es importante aquí, lo sabemos) periódico (¿Cuántas veces hemos escuchado o vivido variaciones de esta misma historia?). A partir de allí –y sumado al talento de Eribon como escritor e intelectual- se “da a conocer” (se hace visible, reconocible) en el medio y comienza su “carrera”.

Al igual que Ernaux en sus novelas, Eribon rememora su pasado como algo demasiado lejano ya de su presente, cuando ambos viven en medio de cierto estatus social más alto que el de sus padres; ciertamente, eso los hace sentir, por un lado, como traidores de su clase social o de su grupo familiar y, por otro, vergüenza de su origen social humilde: cambian los gustos, la forma de vestir, la forma de entretenerse, la forma de hablar y hasta de pensar, y esas diferencias crean una distancia que, en la mayoría de los casos, se vuelve insalvable. La escritura en estos dos autores franceses se convierte en una manera de mirar de frente la vergüenza. En el caso de Eribon, esa vergüenza, además, está marcada por la dificultad que representa reconocerse como parte de una minoría sexual. Ya La vida de Adèle, esa película maravillosa de Abdellatif Kechiche, nos explicó en qué consiste esa dificultad: entre más alta sea la clase social a la que perteneces (y más capital cultural posea), menos difícil será que tu familia y tu grupo social acepten tu disidencia sexual. Adèle se siente perdida porque aunque quiera vivir su homosexualidad y realizar su vocación artística, su sentido de pertenencia a una clase social se lo impide; cree que a lo que mínimamente puede aspirar es a ser profesora en un jardín de infantes y a conformarse con los novios que pueda conocer en su trabajo. Su expareja (otra mujer de una clase social alta-adinerada y relacionada con artistas reconocidos), en cambio, puede realizarse como artista y vivir su homosexualidad abiertamente. Esto, sin embargo, no elimina la violencia que conlleva ser diferente en una sociedad que siempre tiende a condenar lo que se sale de lo “normal” ni la sensación de vulnerabilidad permanente, pero evidencia que la situación no es igual para todos los que pertenecen a esas minorías y que, como a Eribon, alejarse de una clase social pobre permite vivir un poco más tranquilamente la homosexualidad (sin que desaparezcan, claro, todas las dificultades).

En mi memoria, guardo el recuerdo del día exacto en el que me di cuenta de la clase social a la que pertenecía y de los obstáculos que tendría en el camino para desarrollar mi vocación intelectual: como la mayoría de niños de mi generación, vi durante casi diez años seguidos (comenzando a mis nueve) Los Simpson; sentía –y mi hermano me lo recordaba- que yo era Lisa –y él Bart- y que mis padres eran Marge (en un papel más tradicional) y Homero (no teníamos una Maggi porque mi papá decidió hacerse la vasectomía). En uno de los capítulos, Lisa va a la casa de un niño rico, con capital social y cultural; en un momento y luego de hacerle unas preguntas, el padre del niño le hace saber a Lisa que no posee los conocimientos suficientes (el suficiente capital cultural) que la habilitarían para ser considerada parte de esa casa y la humilla por esto; pese a su inteligencia, Lisa sabe que algo le hará falta siempre y que no hay modo de solventarlo (esto, a su vez, genera la compulsión de siempre estar demostrando que se es apto). Los museos, las bibliotecas, las librerías, el teatro, la ópera, los conciertos de música con alto estatus cultural no están al alcance de todos; aunque muchas de estas experiencias se ofrezcan de manera gratuita, hace falta algo más para que la mayoría de la gente se sienta convocada por ellas, sienta que puede acceder a ellas, comprenderlas, disfrutarlas y, lo más difícil de todo: hablar de ellas, sentirse con la autoridad de hablar sobre ellas y de tener un lugar legítimo (y un grupo) para hacerlo. Al igual que Lisa, intenté y sigo intentando solventar ese capital cultural que no tuve ni por educación ni por conocimiento directo, a través de los libros y de convertir esas experiencias, a fuerza de voluntad, en algo propio, en algo a lo que tenía derecho (también, claro, porque me sentía identificada con ellas). Pero siempre hay alguien que te hacer recordar la falta: conoces la Mona Lisa, pero nunca has ido al Louvre; sabes quién es Henry James, pero nunca lo has leído en inglés.

En este punto, Eribon introduce una reflexión absolutamente pertinente: el creciente aumento de la desconexión entre el discurso político de la izquierda y las clases pobres y, consecuentemente, el acercamiento de estas a los movimientos de derecha. La mayoría de quienes construyen esos discursos de izquierda provienen de clases sociales humildes que han alcanzado cierto avance en la escala social, pero si lo que plantean Eribon y Ernaux es cierto, estos mismos ideólogos se avergüenzan de su origen social y eso produciría que sus discursos hagan sentir excluidos a aquellos que, en primer lugar, deberían sentirse interpelados, porque no entienden del todo sus términos; además, estos discursos han eliminado la lucha entre ricos y pobres, “la violencia desnuda de la explotación” como dice Eribon, e introdujeron palabras como “modernización” y “sujeto autónomo”, que claramente desplazan las luchas por la solidaridad y la redistribución de la riqueza. Esto es aprovechado por los ideólogos de la derecha quienes, a través de sus discursos populistas basados en prejuicios, hacen sentir incluidas a las clases humildes; de allí que el discurso xenófobo contra los inmigrantes, los valores tradicionales o la “seguridad” se inocule tan fácilmente en la mayoría de las personas y decida su voto en las urnas.

De dientes para afuera, el origen humilde se convierte para los intelectuales de izquierda en un motivo de orgullo, pero en la intimidad, produce vergüenza, algo de lo que quisieran deshacerse. Si eres intelectual o académico, es políticamente correcto ser de izquierda, pero al revisarse los discursos, los pensamientos, las acciones, las formas de relacionarse, especialmente con la familia, aparece la contradicción, la realidad de lo que sucede: hemos caído en la trampa y vemos la pobreza como una enfermedad de la que hay que alejarse y no como parte de un sistema opresivo; se nos olvida que lo que hay allí es la más pura explotación de unos sobre otros, adquirimos la “máscara blanca” y negamos nuestras “pieles negras”, no por voluntad, no como un acto consciente, sino por la inercia del sistema social que, sin querer, alimentamos, aunque nuestra necesidad sea legítima: apartarnos de un medio que asfixia nuestras ansias de otro tipo de realidad, de vida, de alternativas para la realización de nuestra vocación, conservar los pocos privilegios que hemos alcanzado con tanto esfuerzo. Es allí donde la derecha gana o donde la izquierda se vuelve reaccionaria.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo ayudar a transformar ese “orden” milenario? Primero, manteniendo, como dice Eribon citando a Foucault, una “indocilidad reflexiva” que nos permita recrear una distancia irónica frente al funcionamiento social, para encontrar más fácilmente las grietas y hacerlas más grandes o crear otras. Segundo, convirtiendo la vergüenza en orgullo, un orgullo que desafíe los mecanismos más profundos de la “normalidad” social, de esa maquinaria que se ha vuelto inercia, que se ha naturalizado en nuestra consciencia y que nos ha robado la sensación de sentirnos dignos. Termino con una frase de Sartre, de su libro sobre Genet, citada también por Eribon: “Lo importante no es lo que hacemos de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos con lo que hicieron de nosotros”. Regreso a Reims invita a hacer la siempre necesaria vuelta al pasado familiar para entender por quiénes hemos sido habitados, pero también para comprender que podemos elegir otras presencias a las que tenemos pleno derecho, sin perder de vista que somos una red, un colectivo y que, pese a que hay suficientes recursos para todos, deberíamos plantearnos siempre si aquello que anhelamos no es otra forma de seguir alimentando el sistema que intentamos cambiar.

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  • Didier Eribon. Regreso a Reims. Trad. Georgina Fraser. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2017.

 

[Fuente: http://www.revistacoronica.com]