Escrito por Francisco Collado

El sesgo que adopta la dirección de Antonio Simón, parte de convertir en digerible para el espectador medio este mascarón de proa del Teatro del Absurdo, de llevar una filosofía profunda de la vida al patio de butacas y abordar el existencialismo desde la perspectiva de un humor, amable pero ácido. Trágico, pero lúdico. Lo irracional llega disfrazado de una comicidad amable y la expresión corporal y el juego de referencias al clown y la comedia del arte son tan solo el disfraz de la trascendencia agónica del ser humano frente a la nada.

Los personajes aguardan, infructuosamente, a Godot. Sopesando como única alternativa a su angustia ahorcarse de un árbol. Incluso esta opción se nos ofrece dentro del juego paródico que sostienen los personajes, despojándola de cualquier matiz morboso o metafísico.

La adaptación logra sostener el difícil equilibrio entre la trascendencia del vacío existencial y su disfraz, bebiendo de las fuentes del cine cómico, la pista circense o el charlotesco ejercicio. Inteligente opción al servicio de la vis cómica de Pepe Viyuela, con amplio dominio del timing, de las humanas pasiones (ternura, desaliento, fidelidad), que el actor despliega en un ramillete de gestos y actitudes, creando un personaje cercano y bien dibujado. El elenco parece diseñado con escuadra y cartabón. Los personajes son certeros, acertados y su desarrollo transcurre con fluidez. Desde el alocado monólogo a ritmo de ametralladora de Juan Díaz (Lucky), al humor negro con la inquietante y señera presencia de un soberbio Fernando Albizu (Pozzo).

El texto es sublime y eso ayuda, sin duda. Pero sobre todo, ese dotar de humanidad a personajes ilógicos, que habitan en una especie de maqueta ferroviaria, cuyas vías no llevan a ninguna parte. Ese saber construir humanidad, apoyándose en el dominio de la gestualidad (y la verbosidad) de Pepe Viyuela (Estragón), en la impostura engolada y ceremoniosa de Fernando Albizu, en el amplio abanico de matices de Alberto Jiménez (Vladimir) o en el desembarazo y breve precisión de Jesús Lavi. La arquitectura de la propuesta se sostiene sobre la amplia geometría del elenco que transita por territorios novedosos.

Un árbol desolado, apagado, vencido por el tiempo, señorea una escenografía irreal y ensoñadora de Paco Azorín, iluminada con habilidad por Pedro Yagüe (como también el pathos está iluminado por el director). El conflicto central apenas existe, la sucesión de conflictos circunstanciales trazan el devenir de los personajes. La poesía del absurdo condiciona los diálogos y las interacciones. La corriente subterránea de sensaciones y emociones fluctúa sobre ese aparente “no pasa nada”. La peripecia vital es el nombre del juego.

Cambios con respecto a la estructura genésica, juego con lo metateatral y una visión distinta de un tótem escénico que simboliza todo el anhelo del ser humano. Todas sus turbaciones, su nihilismo vocacional. Su eterno retorno. Siempre esperando la llegada de Godot. Siempre intentando atrapar lo inasible…

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]