Escrito por Hugo García Michel

Para Mag Murillo y Anniie Flores,
amigas doorsianas in extremis.

La contradicción es el signo de los Doors, el grupo que representó la ruptura con las ideas de armonía, amor y paz que imperaban en la llamada década dorada, los sesenta, el utópico decenio de la revolución cultural, el antibelicismo, la psicodelia, el uso abierto e ilusorio de drogas, el amor libre, la crítica a lo establecido. Con la poderosa figura de Jim Morrison al frente –y el inevitable lugar común de llamarlo el Rey Lagarto– y tres músicos de primer nivel como base –Ray Manzarek en los teclados, Robbie Krieger en la guitarra y John Densmore en la batería–, los Doors consiguieron en escasos cuatro años convulsionar al mundo del rock y lograr que su música se distinguiera de la del resto de las agrupaciones de aquel tiempo, incluso de las más aparentemente densas y vanguardistas.

Con solo seis discos grabados en estudio, la formación original tuvo un inicio fuera de serie con un álbum prácticamente perfecto. Por desgracia, los conflictos internos y, muy en especial, la personalidad depresiva y adictiva de Morrison condujeron a que poco a poco el cuarteto entrara en un tobogán y al final la caída en picada fuera inevitable. Con todo, durante el lapso de poco menos de un lustro en el cual la vela duró encendida, hubo instantes de genio y sensibilidad, momentos de arte y creación que hicieron que, a final de cuentas, todo el desgaste, todas las tensiones, todos los resquemores e incluso todas las tragedias valieran la pena.

Jim Morrison es hoy día, a prácticamente 50 años de su muerte (falleció el 3 de julio de 1971), uno de los iconos indiscutibles de los sesenta y del siglo XX todo. La imagen de su rostro, con la mirada desafiante y la cabellera ondulada flotando al viento, sigue siendo tan inconfundible como amada en el mundo entero. ¿Quién piensa en sus defectos, quién se acuerda de sus errores? El tiempo que todo lo borra hace que las cosas malas se desvanezcan y solo quede el buen recuerdo de ciertos personajes. Morrison es uno de ellos y ha sobrevivido (y lo seguirá haciendo) a la posteridad.


1. The Doors (Elektra, 1967)

Pocos grupos en la historia del rock (quizá solo The Jimi Hendrix Experience) han tenido un primer disco tan extraordinario como este. Si en 1967 el Sgt. Pepper Lonely’s Hearts Club Band de los Beatles era la cumbre del arte luminoso, The Doors fue, ese mismo año, la cumbre de la oscuridad y la desesperanza. Álbum sui generis, su música y sus letras no se parecen en absoluto a cosa alguna que se hubiera hecho hasta entonces y, salvo posibles imitaciones, siguen siendo únicas. No era que el cuarteto angelino hubiese inventado el hilo negro (en este caso negrísimo), tan solo supo fusionar en un estilo único el rock sicodélico con el blues, el jazz, la música de cabaret y la música clásica, todo ello aderezado con una poesía novedosa y peculiar. Hipnótico y seductor, provocativo y sensual, el estilo de los Doors debe mucho a las letras de Jim Morrison, pero también a la versatilidad de la guitarra de Robby Krieger, al extraordinario órgano (y al bajo tecleado) de Ray Manzarek y a la batería elegantemente precisa de John Densmore. Todo ello queda reflejado en The Doors de un modo que raya en la perfección. No hay aquí un solo tema débil. Cada canción es una pequeña joya, desde la inicial “Break on Through (To the Other Side)”, con su introducción jazzera, su imperecedero riff de bajo y la voz morrisoniana cantando: “Sabes que el día destruye a la noche / La noche divide al día / Trata de correr / Trata de esconderte / Pásate de golpe al otro lado” o “Encontré una isla en tus brazos / Un país en tus ojos / Brazos que encadenan / Ojos que mienten / Pásate de golpe al otro lado”. Una canción de amor-odio que es como un manifiesto de lo que Morrison y compañía se traían entre manos, de lo que el grupo representaría en adelante. “Light My Fire”, la pieza que volvió instantánea y mundialmente famosos a los Doors, es otra obra de arte. Escrita por Manzarek, “Enciende mi fuego” (como se conoció en español) es un hito histórico. La introducción del órgano es hoy parte del inconsciente colectivo y la sugerente voz de quien más adelante sería conocido como el Rey Lagarto alcanza niveles de erotismo casi explícito y hasta ese instante nunca visto, mientras los largos solos de Manzarek y Krieger constituyen una invitación al getting high de los jam sessions. Por último, el corte concluyente, “The End”, es una larga prédica trágica de once minutos y medio, un desgarrado y tenso lamento edípico, un himno anticlimático y estremecedor que hiela la sangre por su crudeza y violencia. Sin embargo, el resto del material es igualmente bueno y sin fisuras –solo escúchense maravillas como “The Crystal Ship”, “Soul Kitchen” o “Take It As It Comes” (estas dos con sus respectivos mensajes: “aprende a olvidar” y “tómalo como viene”) o los covers de “Backdoor Man” de Willie Dixon y “Alabama Song (Whiskey Bar)” de Bertolt Brecht y Kurt Weill–, una colección memorable de canciones que a treinta y seis años de distancia sigue sonando extraordinariamente actual.


2. Strange Days (Elektra, 1967)

Hermano casi gemelo de su antecesor (ambos aparecieron el mismo año, con escasos meses de diferencia), Strange Days es en realidad una continuación de The Doors, ya que la mayor parte de los temas de este segundo disco fueron escritas en la misma época que las del primero. Pero no se trata de material de relleno o sobrante, de ninguna manera. De hecho, hay quienes prefieren Strange Days, al considerarlo un álbum más completo. Como sea, también estamos frente a una obra que presenta diferencias, la más sustancial de todas que no es un trabajo conceptual y que resulta más bien una colección de canciones, de excelentes canciones. Es también un disco menos compacto, menos sólido y en momentos quizás hasta demasiado ambicioso. No obstante, contiene composiciones esplendorosas, todas de Morrison, Manzarek, Krieger y Densmore (no hay aquí un solo cover). Strange Days abre de manera rotunda con el corte que le da nombre, una pieza de escasos tres minutos cuya calidad está a la altura de lo mejor del cuarteto. La sigue la bella “You’re Lost Little Girl”, melodía llena de misterio y encanto, con un pequeñísimo pero magnífico solo de guitarra slide. La muy conocida “Love Me Two Times” ocupa el tercer lugar del Lado A. Con su archifamoso riff, se trata de un tema que algunos consideran incluso bobo, pero que incrementó la popularidad de los Doors más allá de la que habían alcanzado con “Light My Fire”. Con “Unhappy Girl” y “Horse Latitudes” aparece la parte más débil del álbum, pues mientras la primera es un tema sin mayor trascendencia, la segunda es una experimentación llena de pretensiones melodramáticas. Por suerte, entre las dos apenas suman un poco más de tres minutos y medio. Viene entonces una de las grandes canciones del repertorio del grupo: la maravillosa y sensual “Moonlight Drive”, tema de leyenda en cuya parte culminante Morrison canta: “Es fácil amarte / mientras miro como te deslizas / Estamos cayendo a través de bosques húmedos / en nuestro paseo a la luz de la luna”. El piano, la guitarra, la batería, todo es aquí instrumentalmente portentoso. El lado B del disco LP original contiene cuatro cortes magníficos, en especial el inicial y el final. “People Are Strange” es un monumento musical de apenas dos minutos y doce segundos (¿cómo puede caber tanta belleza en tan breve lapso?), un canto a la soledad y la marginación (“Cuando eres un extraño / nadie recuerda tu nombre”). Por el contrario, “When the Music’s Over” es un largo y épico tour de force tan largo como lo era “The End” en el álbum anterior y, al igual que en este, hay aquí un drama, si bien menos explícito y más hermético, con tintes ecologistas, en el cual el grupo (Morrison incluido) puede improvisar a sus anchas. La pieza recorre variados parajes y ambientes, va y viene, sube y baja, para llegar a las frases definitivas: “¡Queremos el mundo y lo queremos ahora!” y “Cuando la música termine / apaga las luces”. Una obra maestra por sí sola.


3. Waiting for the Sun (Elektra, 1968)

Luego de dos grandes álbumes, era obvio que la tercera obra discográfica de los Doors fuese esperada con gran ansiedad. Y aunque el resultado no fue malo, tampoco respondió a las expectativas despertadas por The Doors y Strange Days. De hecho, Waiting for the Sun fue recibido con fuertes críticas negativas al momento de su aparición. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, podemos contemplarlo con otros ojos y escucharlo con otros oídos. Cierto que no es un trabajo tan bueno y tan completo como sus dos antecesores, pero tampoco es el desastre que algunos reseñistas norteamericanos apuntaron en su momento. Podemos ver a Waiting for the Sun como un grupo de canciones irregulares, algunas excelentes, otras buenas aunque pretensiosas y unas pocas para el olvido. Hay aquí composiciones de bajo perfil, aunque de gran finura y sensibilidad como “Yes the River Knows”, “Love Street” y “Summer’s Almost Gone”, como también cortes grandilocuentes y excesivamente dramatizados como “The Unknown Soldier” –la cual a pesar de todo logró una enorme popularidad y dio lugar a uno de los primeros videoclips de la historia– y “Spanish Caravan”, con su toque español que incluye una introducción de guitarra flamenca con aires de Francisco Tárrega. Los temas más radiables son apenas buenos, como la célebre y bobalicona “Hello, I Love You” y la gris “We Could Be So Good Together”. Hay además un trío de composiciones que merecen ser comentadas. Se trata de “Not to Touch de Air”, tema inquietante que forma parte de la célebre “The Celebration of the Lizard », la cual iba a ser incluida completa en el disco. Se dice que no se incluyó por los problemas que Morrison ya tenía para entonces con el alcohol, además de que el vocalista empezaba a mostrar cierto desgano y el grupo giraba demasiado a su alrededor (el álbum de vinil original contiene la letra toda de “La celebración de la lagartija”). “My Wild Love” por su parte es una especie de canción de trabajo, repetitiva e hipnótica, mientras que la concluyente “Five to One” representa una dura y agresiva manera de terminar este polémico disco. Con todo lo que se haya dicho y lo que se pueda decir de Waiting for the Sun, a más de medio siglo de distancia posee aún el suficiente encanto –un tanto naïf, si se quiere– para ser escuchado con agrado, incluso en sus canciones menos brillantes.


4. The Soft Parade (Elektra, 1969)

¿El más deficiente de los discos que los Doors grabaron con Jim Morrison? Muy probablemente sí, porque no hay unidad en él, porque se trata de una colección irregular y sumamente dispareja de composiciones, porque el desapego de Morrison era más que evidente, porque la desunión en el cuarteto quedaba evidenciada en los créditos de los temas, firmados individualmente y ya no como The Doors. Realmente se trataba de un desfile de fallas que volvían muy claro que el grupo se había desgastado en escasos tres años. A favor de The Soft Parade, sin embargo, hay que decir que contiene cortes excelentes –pocos, pero notables– y que se buscó ampliar el espectro musical mediante arreglos más sofisticados y el uso de cuerdas y metales, lo cual funcionó en algunas canciones y fue un verdadero chasco en otras. Cosas en demasía grandilocuentes como “Tell All the People” –con su pomposa orquestación–, intrascendencias como “Easy Ride” y “Wishful Sinful” –una mala copia de Traffic– o francas tonteras como “Do It” o “Runnin’ Blue” –casi tan malas como la postmorrisoniana y vergonzosa “No me moleste mosquito”– parecen incomprensibles en un disco de quienes habían grabado “The End” o “The Crystal Ship”. En cambio, piezas como la conocida y poperona “Touch Me” –con un rasposo solo de sax de Curtis Amy, muy al estilo de los que estaba haciendo en ese tiempo Bobby Keys para los Rolling Stones–, la estupenda y provocativa “Shaman’s Blues”, la agresiva y acompasada “Wild Child” –su riff de guitarra es ya un clásico– y la extraña pero efectiva suite que es “The Soft Parade” –con sus numerosas variantes rítmicas, armónicas y melódicas, su poesía, su ternura, su alegría, su nostalgia, su sentido del humor y su sorpresivo inicio declamante (“When I was back there in seminary school…” con el escalofriante grito: “You can not petition the Lord with prayer!”)– logran dar a este álbum una dignidad de la que carece en varias de sus partes.


5. Morrison Hotel (Elektra, 1970)

Se ha dicho mucho que con este disco los Doors abandonaron su estilo oscuro y un tanto hermético para adentrarse en terrenos que no eran los suyos. Impresión no del todo exacta. En realidad, el grupo evolucionó hacia un nuevo camino, luego del relativo tropezón que significó The Soft Parade y encontró en las raíces del blues y de otros géneros primigenios un venero de inspiración un tanto más, digamos, luminosa. Morrison Hotel es un trabajo sin temas capaces de convertirse en éxitos radiofónicos o en primeros lugares de las listas de Billboard. Se trata más bien de una obra de rock duro, sin concesiones al rock pop; once cortes muy buenos que buscaban una flamante manera de expresión artística. El disco abre con un rock-blues contundente y provocativo: “Roadhouse blues”, gran homenaje de Morrison y compañía a los pioneros del género nacido en el delta del río Mississippi. Otros cortes destacados son la politizada y crítica “Peace Frog”, la apocalíptica “Ship of Fools”, la simpática “Land Ho!”, la sutil “Queen of the Highway”, la minimal “Maggie M’Gill” y la preciosa balada “Blue Sunday”. Es cierto que Morrison Hotel no alcanza las alturas de los dos primeros discos de los Doors. No obstante, se trata de una obra trascendente en la discografía del cuarteto que sirvió para marcar nuevos derroteros que confirmaría al año siguiente con el también excelente L.A. Woman. Desafortunadamente, después de eso no habría tiempo para más.


6. L.A. Woman (Elektra, 1971)

Grabado hace exactamente 50 años, L.A. Woman tiene su mayor importancia por ser el último álbum de los Doors con Jim Morrison al frente. El disco apareció apenas tres meses antes de la muerte del vocalista y no solo continúa la tendencia bluesera y dura del Morrison Hotel, sino que la profundiza y la hace más evidente. A diferencia de su antecesor, hay aquí una tercia de temas que se convirtieron en éxitos radiales, dos de los cuales forman parte del repertorio clásico del cuarteto, mientras el resto de los cortes mantiene un muy buen nivel. L.A. Woman presenta a un Morrison con la garganta un poco gastada, pero a cambio su sensibilidad está a tope y la forma de cantar –desgarrada, profunda–  es un absoluto homenaje a los grandes intérpretes de blues. Las dos máximas joyas del álbum son “Riders on the Storm” y “L.A. Woman”. La primera (que en realidad es la que cierra el disco) es una larga composición, al mismo tiempo sutil e inquietante, con un dejo de jazz y un sentido melódico esplendoroso que contrasta con una letra ominosa sobre amores desesperanzados y asesinos en la carretera (“En esta casa nacimos / En este mundo fuimos arrojados”). Para ser la última pieza oficialmente grabada (por ser la última del último trabajo discográfico de los Doors con Morrison), “Riders on the Storm” cumple con todas las expectativas. Lo mismo puede decirse de “L.A. Woman”, un desenfadado canto a la ciudad de Los Ángeles y a sus mujeres (“¿Eres una damita con suerte en la ciudad de la luz / o sólo eres otro ángel perdido?”). “Love Her Madly”, otro gran tema, es una amarga aunque irónica y rítmica canción de amor. Pero las cosas no paran ahí, ya que el disco cuenta con otros cortes notables como la inicial “The Changeling”, “L’America”, “Hyacinth House”, “Crawling King Snake” (de la autoría de John Lee Hooker, por cierto) y la experimental “The WASP (Texas Radio & The Big Beat)”, muy superior a su antecesora “Horse Latitudes” del Strange Days. L.A. Woman es un disco de ¿involuntaria? despedida que dejó muy en alto el nombre de los Doors


 

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]