Vicente Rojo, fallecido en marzo de este año, es sin duda uno de los grandes exponentes del arte y el diseño en el México moderno. En este recorrido por la recién inaugurada exposición de sus obras en el Museo Kaluz de la Ciudad de México, la autora reflexiona sobre la tensión productiva entre los impulsos comunicativos e impenetrables de una figura esencial.

Vicente Rojo. “Sin título”

Escrito por Rebecca Zweig

En la pared inclinada del Museo Kaluz, frente al Paseo de la Reforma, un mural descansa en silencio sobre los peatones que entran y salen de la estación del metro Hidalgo. Si no lo miras desde un buen ángulo para apreciar su tamaño, o si tu celular captura tu atención, es posible que no te des cuenta de que está allí, o que tus ojos lo confundan con una breve aberración en la fachada de tezontle.

Se trata, de hecho, de Jardín Urbano, un hermoso y sutil trabajo de líneas geométricas y círculos tallados en piedra volcánica que se mueve a lo largo de diez paneles como si el viento lo empujará, evocando un paisaje natural. Jardín Urbano fue creado en 2018 por Vicente Rojo, el pintor, escultor, diseñador y editor de libros que se ha ganado un lugar de honor en la historia del arte mexicano de la segunda mitad del siglo XX.

El mural es especialmente significativo, pues se trata de una de las últimas obras a gran escala que Rojo terminó antes de su muerte en marzo de este año. El Museo Kaluz, que abrió sus puertas en el edificio antes ocupado por el Hotel Cortés en 2019, honra la memoria del pintor con su nueva exposición temporal, Signos y letras. Vicente Rojo (1932-2021), un tributo a Rojo que se enfoca en la última etapa de su producción.

Nacido en Cataluña en 1932, Rojo llegó a México en 1949 para reunirse con su padre, quien había sido exiliado durante la Guerra Civil Española. La llegada de Rojo a México, que terminaría por convertirse en su patria adoptiva, coincidió con el inicio de su desarrollo artístico: el joven pintor entró al Instituto Nacional de Bellas Artes, donde comenzó su larga contribución a la cultura visual de México.

Rojo fue una de las figuras más destacadas de la Generación de la Ruptura, un movimiento artístico que se posicionó en oposición a la vieja escuela del muralismo mexicano. El elemento que unía al grupo no era un estilo artístico común, sino una cierta apertura a la influencia extranjera del abstraccionismo de la postguerra, así como la convicción de que el muralismo se había vuelto dogmático y sumiso a la concepción de la identidad nacional promovida por el gobierno. La Generación de la Ruptura prefirió enfatizar la experiencia personal en sus obras, en lugar de los temas sociales que habían preocupado a los muralistas.

Al mismo tiempo que participaba en las actividades de la Ruptura, Rojo se hacía un nombre como diseñador y editor de libros. En 1960 fue uno de los fundadores de Ediciones Era, desde donde colaboró ampliamente con otros artistas, escritores, dramaturgos, músicos y arquitectos.

Rojo veía su trabajo como diseñador como un ejercicio público con intenciones políticas y sociales, mientras que reservaba su obra como pintor para explorar los aspectos más opacos y privados de la existencia. A lo largo de su vida de polímata, en la que experimentó con nuevos formatos y medios hasta sus últimos días, Rojo siempre entendió la naturaleza de su tarea.

La exposición del Museo Kaluz se enfoca principalmente en los trabajos geométricos que Rojo produjo después de 1970. El museo dedica dos salas a la retrospectiva, agrupando las piezas según un criterio temático en el que a veces aparecen obras más tempranas. La muestra también incluye un breve documental sobre la creación de Jardín Urbano en el que Rojo aparece prominentemente. La sala más amplia muestra los lienzos a gran escala de la última etapa de la carrera del pintor, mientras que la más pequeña alberga a la serie Salón: ensamblajes escultóricos de medios mixtos que entablan una conversación con artistas y escritores tales como Paul Klee, Louise Nevelson e Italo Calvino.

Muchas de las piezas más notables de la sala grande provienen de la serie Casa de Letras, que Rojo pintó en 2014. Los curadores han preferido enfocarse en la celebración que Rojo hace de la letra escrita en lugar de en el amplio portafolio de paisajes abstractos que el pintor produjo en su época temprana, acentuando así la tensión y la afinidad entre las dos vocaciones de un artista que era al mismo tiempo pintor y diseñador.

Rojo fue un refinador de signos, y hacia el final de su vida aprovechó su potencial para fines tanto utilitarios como sublimes. En el tríptico Alfabeto lineal V (2014) tres formas vagamente tipográficas se articulan contra un fondo de rayas apagadas que en diferentes puntos coinciden y chocan contra las figuras, cada una de las cuales ilumina con una paleta de rojos, naranjas y amarillos activados con pinceladas cortas y energéticas.

Vicente Rojo. “Alfabeto linear V”

Las formas son al mismo tiempo animadas y fútiles, y se resuelven en lo que podría ser —en un mundo mejor o peor que el que intentamos sin éxito explicar con lenguaje— una serie de letras, un alfabeto. Interrumpen el orden del fondo, pero claramente derivan del mismo material físico y quizá psíquico, sin la contraparte sónica que debe preceder y acompañar a todo alfabeto. Así, las posibilidades de este alfabeto lineal, su potencial comunicativo, son simultáneamente innumerables e irrevocablemente pérdidas. En el tríptico de Rojo, contemplamos estas dos realidades a la vez.

En los gestos geométricos de esta pintura y sus compatriotas, Rojo medita sobre una reversión —o al menos una desviación— del arte del diseñador que suele dotar de legibilidad a la abstracción. Y es que aceptar un alfabeto, solemos olvidar, requiere de un gran salto de la imaginación. ¿En qué momento, al mirar algo tan utilitario como una serie de letras, nuestro cerebro se entrega a la anarquía? ¿Cuándo es que una forma a la que hemos asignado un sonido y un significado se rompe bajo el peso de su inherente abstracción?

La inauguración de la muestra de Rojo fue un asunto sencillo, apropiado para un artista que, si bien ampliamente celebrado por sus contribuciones al arte y las letras de México, siempre se aproximó a su trabajo con modestia. Una modestia generosa que sabía cuándo poner sus imágenes al servicio de la sociedad y cuando usarlas para refutar y multiplicar esos significados sociales.

Dado que Rojo fue un artista que comenzó su carrera oponiéndose al muralismo, es un tanto irónico que uno de sus últimos trabajos haya sido un mural. Sin embargo, Jardín Urbano, en los muros del Museo Kaluz, es también una refutación del muralismo en su propio medio: arte que interactúa con el público en lugar de aleccionarlo, un proyecto social en lugar de nacionalista. “Creo que el autor debería desaparecer de toda obra de arte público”, dice Rojo en el documental que forma parte de la exhibición en el Kaluz.

Más tarde en el filme, vemos a Rojo hablando con algunos de los trabajadores que construyen el mural. Los obreros ofrecen sus propias interpretaciones de la obra: tal vez se trata de flores, dicen, o de la interacción del sol y la luna. “Eso está bien”, Rojo responde. “Estoy en paz con eso”.

 

Rebecca Zweig es poeta, educadora y periodista

 

 

[Imágenes: cortesía Museo Kaluz – fuente: http://www.nexos.com.mx]