Escrito por Antonio Costa Gómez

Un día fuimos a Tigre, en el delta del Paraná, muy cerca de Buenos Aires. Es una Venecia salvaje, un sueño de esplendores apagados en mitad de junglas y canales. Cogimos el tren en la estación de Retiro en Buenos Aires. Nos subimos a un barco y las construcciones coloniales nos daban nostalgia al moverse por la orilla. El barco se metió en canales secundarios, se perdió en los laberintos del agua, fue al lado de sauces que nos tapaban, bordeó senderos que partían de embarcaderos solitarios. Fuimos viendo mansiones pretenciosas con galerías, construcciones líricas con ventanales y molduras, casitas comidas por enredaderas a donde llegaba muy suave el ruido del agua. Nos imaginamos las tardes en esos recintos preservados por el agua de las visitas inoportunas, escuchamos con intensidad los sapos, los mil rumores del agua.

Allí Nora Lange y Oliverio Girondo vivieron años en una casa que se llamaba La Recoleta. En aquella Venecia imposible sentiría las frases intensas y los murmullos del agua. Jorge Luis Borges prologó su primer libro, La calle de la tarde. Sus Cuadernos de infancia sedujeron a todos y ganaron el Premio Municipal de Buenos Aires. En Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, Nora se convirtió, con el nombre de Solveig Amundsen, en la Beatriz del protagonista, en la Venus Terrestre y la confidente suprema. Fue una mujer sutil y apasionante y entre los murmullos del Delta se haría todavía más sutil.

Por La calle de la tarde le llamaron «la dama de la vanguardia». Pero su intensidad renovadora guardaba emoción y revelación: «Como un niño llegué a tu corazón. / Tú, generoso, te partiste para darme un pedazo de dicha». Enseñaba a mirar: «La ciudad se abre como una carta / para decirnos la sorpresa de sus calles».

 

 

[Foto: Consuelo De Arco – fuente: http://www.culturamas.es]