“Nadie previó lo que se avecinaba”, escribe Antonio Muñoz Molina en ‘Volver a dónde’ (Seix Barral), un libro que nace en el desconcierto de la pandemia para convertirse después en un sereno tratado de la vida, de nuestro paso efímero por un mundo que no vamos a dejar mejor que el que hemos heredado de nuestros padres.

El escritor Antonio Muñoz Molina

 

Escrito por Javier Morales

Hace ya dos años que convivimos con el virus y, aunque personas bienintencionadas soñaban con que saldríamos reforzados de la experiencia, que quizás nos volveríamos más humanos y aprenderíamos a valorar lo realmente importante, lo cierto es que no ha sido así. Una guerra de consecuencias imprevisibles se ha iniciado de nuevo en Europa, la mezquindad y el cortoplacismo siguen siendo la moneda corriente entre nuestros políticos y poco o nada se hace para combatir a un enemigo real que hemos creado nosotros mismos: el cambio climático.

“Nadie previó lo que se avecinaba”, escribe Antonio Muñoz Molina en Volver a dónde, un libro que nace en el desconcierto que, como a todos, le produjo al autor el comienzo de la pandemia, pero que luego se ramifica desde el presente hacia al pasado y se acaba convirtiendo en un sereno tratado de la vida y de la existencia, de nuestro paso efímero por un mundo que no vamos a dejar mejor que el que hemos heredado de nuestros padres.

“Otra forma de vivir sería posible”, se lamenta el autor de Todo lo que era sólido. Después del tiempo suspendido que supuso el confinamiento, de unos meses extraños en los que incluso se había vuelto a oír el canto de los pájaros en el centro de una ciudad como Madrid, enseguida volvió el ruido y la furia, el tráfico desquiciado, los gritos de los políticos y de una ultraderecha que acallaba con sus caceroladas el homenaje diario que se hacía a los trabajadores de la sanidad pública. Héroes a los que pronto se ha olvidado y a quienes recientemente la presidenta de la Comunidad de Madrid les ha acusado de falta de entrega y de compromiso. La misma que ahora está en el punto de mira por un presunto nepotismo, por haber favorecido a su hermano mientras el país se desangraba.

La relectura de Los episodios nacionales de Galdós (“Galdós es siempre mejor de lo que uno recordaba”), las sonatas para piano de Beethoven interpretadas por Daniel Barenboim, una biografía de Hitler, la vida familiar, interrumpida en parte por el confinamiento, la indignación con la clase política, el dolor por los muertos y los enfermos que llenan las urgencias de los hospitales. Así transcurre el día a día del autor durante el confinamiento. Desde el balcón de su casa, con una copa de vino y sentado en una vieja silla de jardín (“Parece una de esas sillas viudas que la gente deja abandonadas por la noche en las aceras, junto a los contenedores), el autor observa las calles vacías, donde habita ahora una aparente monotonía.

Como en los diarios de Cheever, también en su bitácora de pandemia encontramos con frecuencia un apunte sobre los cielos de Madrid, más limpios que de costumbre, aunque no tardarán en colmarse del veneno que sueltan los coches. Antonio Muñoz Molina mira y anota lo que ve en su cuaderno. Una mirada atenta y singular, afilada cuando tiene que serlo, contra las injusticias por ejemplo, pero a la vez tierna y empática, generosa, de celebración de estar vivo. Una mirada que se despliega cuando salimos del confinamiento y el escritor jienense retoma algunas de sus rutinas: los paseos en bicicleta (“yo me acojo cada vez más, en mi ética y en mi estética, al sigilo limpio de las bicicletas”), las visitas al Botánico (“no saber el nombre de una planta es no verla del todo”), los recados, esos rituales que pautan los días sin que nos demos cuenta y que nos enraízan en el presente. Creo que el valor de un escritor se mide en gran parte por su capacidad para mirar el mundo. Desde que descubrí en mi juventud granadina El Robinson urbano, su primer libro, yo he aprendido a mirar y a leer gracias a la escritura de Antonio Muñoz Molina.

Como Chéjov, como Emerson, Muñoz Molina cuida del pequeño huerto que trata de sacar adelante en el balcón de su casa. Y es ahí donde el libro cobra una nueva dimensión, aún más profunda. Esta huerta urbana es su magdalena de Proust. Los tomates que no acaban de arrancar le llevan al pasado, al tiempo de su infancia y de su juventud en Úbeda. El libro deja de ser cada vez menos un relato de pandemia para ser, cada vez más, una reflexión sobre un mundo, el del campesinado, que se aleja a pasos agigantados, en el que todo era más lento, quizás también más auténtico. Un mundo en el que se trabajaba con las manos y en el que se festejaban los santos y no los cumpleaños. “El cumpleaños era un hecho individual. Señalaba el avance en línea recta del tiempo. El día del santo pertenecía a un tiempo no lineal, sino circular, como el del tránsito de las estaciones, los trabajos y los dones del campo, con los que tantas veces estaba asociado”. Una época habitada por su madre y por su tío Juan, que aún viven, por el padre muerto, atrapado en el deseo atávico de que su hijo fuera un hombre de verdad, que tuviera sangre en las venas y lo demostrara en las arduas y fatigosas tareas del campo, y no en los libros, que pronto comenzaron a ser su refugio. Una época que en cierta forma y salvando las distancias me ha recordado a mi propia infancia extremeña.

La mirada de Antonio Muñoz Molina hacia ese pasado no es nostálgica, más bien es un reencuentro, un balance de lo que hemos ido perdiendo por el camino, aunque hayamos ganado otras. En este sentido, Volver a dónde puede leerse como una radiografía de un país que, por mucho que su PIB diga lo contrario, no ha dejado de ser pobre. El libro es sobre todo un diálogo con los muertos, cada vez más presentes en sus sueños. Cuando se muera la madre, se perderán con ella sus recuerdos, escribe en un momento determinado el autor. Con ella morirá también lo que hay más allá de su particular Puerta de Tannhäuser.

El final del libro me ha llevado a uno de los poemas más conocidos de John Berger, Doce tesis sobre la economía de los muertos. La tesis número doce concluye así: “¿Cómo viven los vivos con los muertos? Mientras el capitalismo no deshumanizó la sociedad, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era su futuro último. Por sí mismos, eran incompletos. Así, vivos y muertos eran interdependientes. Siempre. Solo una forma tan peculiar de egoísmo como la de hoy en día podía romper esa interdependencia. Y los resultados han sido desastrosos para los vivos, que ahora creen que los muertos son aquellos que han quedado eliminados”.

En El narrador, Walter Benjamin plantea que hay dos tipos de escritores: los campesinos y los viajantes. Los primeros no necesitan salir de casa para escribir, algo que sí ocurre con los segundos, quienes buscan sus historias más allá del terruño. René Char podría ser uno de los primeros. Hemingway de los segundos. Pero creo que Muñoz Molina es a la vez un escritor campesino y un escritor viajero, alguien capaz de fusionar en su literatura dos miradas, la de un viajero curioso y cosmopolita con la de un campesino atento a los pequeños detalles, a los brotes de la vida, a lo más cercano y real, a las plantas que nos alimentan.

¿Volver a dónde? Yo he regresado a otro de los libros de Muñoz Molina, Sefarad, una novela sobre la memoria y el desarraigo. Como ocurre con todos los clásicos, uno regresa a ellos con la certeza de que ha vuelto a casa.

[Foto: Ivan Giménez – Seix Barral – fuente: http://www.elasombrario.publico.es]