“¿Quién notará que me fui?”: Babasónicos y la trinchera del rock en 2022

Escrito por Pablo Schanton

Basta con subir la cabeza un segundo. Una avioneta con propulsión a chorro escribe sobre telón de auroras boreales una pregunta: “¿Quién notará que me fui?”. Dura un segundo nomás. Enseguida, las palabras se deshacen contra la noche, entre estrellas tan fugaces como todo.

Ya sé: parece uno de esos spots sobre servicios cinematográficos, los que a veces se suceden en BAFICI justo antes de una película. No me importa: hacía mucho que no me obsesionaba con un estribillo, así que no voy a andar escatimando sensiblerías y metáforas al celebrar el reencendido, la esperada epifanía. Se trata de la penúltima canción del último álbum de Babasónicos, Trinchera (Popart, 2022). “Capital afectivo” se llama, mientras que la frase tonal es lo que llamaría —recurriendo a la vieja semiótica, sorry— un “melosema”, melodía capaz de tatuar una significancia hasta que la unidad voz/palabras/música/sonido se torna intraducible. Eso se dice así, o no se dice. La tienen que escuchar.

No van a encontrarse con una cadencia. Sino con un signo de pregunta que se eleva hasta perder el aire (perderse en el aire, para volver a la avioneta). Adrián Dárgelos canta esa bocanada en una noche de audio, con plano lejano de sintetizadores como truenos. Y la guitarra, bueno, sus dos notas parecen traducir a Morse todo lo que Lennon y Harrison se esmeraron en transmitirnos durante la melancólica “And I Love Her” (1964).

Pero hay algo más, algo que resuena en mí, por lo menos. O en cualquiera que lleve una historia propia a lo largo del rock argentino. Este “¿Quién notará que me fui?” se me superpone al momento en que Charly García entonaba “Solo una chica tonta” o “Y yo estoy con la máquina de mirar” allá por 1981, en lo poco que se puede rescatar de ese oprobio terminal que fue Peperina de Serú Girán, o sea, “Cinema Verité”. Es como si Dárgelos hubiera desatado el hilo melancólico-melódico que esas notas anunciaban, pero terminaban asfixiándose de ironía, a medida que la historia de amor entre chetos se iba concretando a la vista de Charly. Si bien coincide la postura del “narrador rockero” que se aparta del escenario social en común, mientras Charly se autopercibe voyeur de playa que invierte la actitud del “gordito de gafas” (“Puerto Pollensa”), Dárgelos toma distancia de las vidas que siguen los demás porque él se imagina ausente. Situación esta que preanunciaba un poema suyo, donde alguien a punto de suicidarse ve en ojos de otro que “el futuro no lo incluía”. La vida sin mí: la “i” de “Fui” se va fumé, como humo que sale de la boca, decíamos. Las antípodas del deseo que expresaba “El colmo” en 2005, mediante ese estribillo de declamación tanguera: ser anónimo, ser olvidado, devenir canción, devenir murmullo. Y ni hablar de “Mientras tanto”, aquel cover incluido en Mucho + (2009), donde se oía: “Después de que me muera / digan lo que quieran, total no voy a reaccionar más”.

Bien, volviendo al “¿Quién notará que me fui?”, digamos que la frase equivale a una “anafonía” (un “anagrama” de voz), des-cubierta en una melodía de Charly, carente de un lirismo a la altura de su feeling/mood. Finalmente, Dárgelos le hace justicia semántica y afectiva. No exagero. Acabo de comparar una melodía de Adrián con una de Charly, representantes de dos formaciones musicales muy diversas y de diversas formas de componer, y no solo en términos generacionales. Es notable la plasticidad melódica/lírica/vocal (todo esto va junto), con que el líder babasónico desemboca hoy en su gran álbum “de madurez”.

“Hay una mirada tanatológica que atraviesa el disco”, señala Dárgelos en un reportaje para el programa Caja Negra (YouTube). Llegado a la cincuentena, mediando la cuarentena como shock existencialista, vuelve a componer sintiendo la muerte cerca. Otra vez, como cuando falleció el bajista Gabo Manelli en 2008 y confiamos en que “El ídolo” le estuviera dedicada, con iguales dosis de amor y humor. Ahora la cuestión es explícita en temas como “Anubis”, inspirado en el dios egipcio que cuida las tumbas a cara de perro, o en “Paradoja”: “Pero voy a morir / con una canción en los labios”. Por eso es importante aclarar desde ya que Trinchera no es un disco triste o trágico. Al contrario, llega a festejar las locuras, el enamoramiento y el “sabor artificial” de lo que una canción llama “la izquierda de la noche”, a bordo de un techno pop aggiornado (esta vez hay todavía menos batería acústica que en Discutible). Además, ¿qué se le puede sumar a un cancionero cuyo eje es un himno de fogón donde la muerte prepara la cama para dos (algo que Charly tuvo que haber oído en el Brel de “La Mort”, grabada en 1959)?

“Por eso, todo lo que no esté en ese paradigma (de tanatología) va a parecer una estupidez”, concluía en Caja Negra. De más está decir que el pop actual no cumple con ese paradigma (¿seguimos descontando a Billie Eilish?). Basta parar la oreja al hit del puertorriqueño Farruko, el de las pepas, que continúa la línea de paris (parties) y pastis (pastillas), commodities de una jouissance que importan los calientes latinos a la fría Europa. He aquí la fórmula hedónica post-reggaetón que consumen les niñes, sin entender del todo a qué se refiere. Al contrario, Babasónicos opta por el deseo que alimenta la noche (“donde más es más / y todo se desea más”), antes que redundar en un goce que ya es la derecha de la nocturnidad. No vamos ahora a desarrollar la idea de por qué desear está más a la izquierda que gozar, aunque en aquel “(I Can’t Get No) Satisfaction” de 1965 pueden rastrear el origen de la histeria como fuerza de negatividad en el pop.

Dicho esto, en el mismo reportaje, Dárgelos insiste en que su banda es un canal para la catarsis de sus seguidores, además de subrayar que su función es inocular un virus “contracultural”, cuyas consecuencias en cada individuo son incalculables. Es decir, Babasónicos aún confía en la trascendencia del rock, en un momento en que el rock ya no es la música hegemónica de la juventud. Todo lo cual no supone abrazar de nuevo los dogmas de un programa disfuncional. (¿No sería “Madera ideológica” un balance a medio siglo de “La balsa”? ¿O alude al proyecto de quienes formaron su ética en el Gran Relato del Rock Nacional de los setenta/ochenta, y hoy pretenden en vano aplicarla en el ejercicio del poder? ¿Por qué no?). Al no obedecer del todo a los signos que confirman qué es ser rockero, a Babasónicos siempre le tocó afirmar performativamente “Soy rock” dando las explicaciones del caso, es decir, sus integrantes siempre optaron por ser críticos y teóricos de sí mismos en letras y entrevistas.

En eso de atrincherarse en el rock a fin de ver el mundo en 2022, Babasónicos coincide con La Renga, cuyo flamante Alejado de la red también representa una obra de madurez que busca argumentar por qué el rock es todavía necesario como motor cultural. Pero mientras aquí el modelo sería el Spinetta de Los Socios del Desierto, dada su obsesión con el fuego, así como una búsqueda de intensidad infernal que da sensación de “vivo”, vividez, vitalidad (en “En bicicleta” tanta intensidad bordea la entropía); en el caso de Babasónicos, el elemento es el agua (“Me voy haciendo amigo de esa parte de agua”), en tanto el modelo podría ser Sueño Stereo, un álbum de experimentos sonoros asentados en la experiencia compositiva, con el cual Cerati fue definiendo su futuro sin Soda. “Hay detalles de orfebrería”, especifica Dárgelos: “millones de horas-hombre invertidas en el detalle”. El álbum comienza con un riff de guitarra afilado y preciso con el que jamás podrían comulgar el expresionismo y el platonismo (la búsqueda de la Esencia del Rock) de La Renga, claro. Babasónicos siguió el camino contrario. Por un lado, eligió una apertura genérica que le permitió, con el tiempo, dar con un estilo propio habiendo probado de todo. Y por el otro, prefirió no responder más que a influencias a escala capilar: absorber métodos del hip hop sin parecerse al hip hop, por ejemplo. Trinchera es un álbum contemporáneo, de “digi-rock”, cuya ingeniería de grabación y cuyo montaje, a cargo de Gustavo Iglesias, se acerca al virtuosismo. La enseñanza de Brian Wilson: si el arreglo no es preciso, como efecto de sonido, se torna pura decoración. Nada resulta decorativo en Trinchera. Es un álbum que no podría ser sino de 2022, corresponde al mismo año en que también se editaron Dawn FM de The Weeknd y A Light for Attracting Attention de The Smile. Los arreglos vocales varían de canción en canción, de estrofa en estrofa, de palabra en palabra, en sintonía con la nueva psicodelia fónica del autotune. Vamos a “Mentira nórdica”, manifiesto contra los modos en que nos afecta el Capital. Ahí la letra pone en duda la eficiencia comunicativa del lenguaje (“Voy a parpadear en clave Morse hasta hacerte entender de qué hablo”), al tiempo que el grano de la voz es tratado hasta el máximo de su disfonía. La tímbrica es tan significativa como las palabras. O aún más: lo dice todo mejor, aunque no sea tan fácil de traducir.

La salida de Trinchera coincide con la conversión del verso “¿Y qué?”, extraído de la canción homónima de Infame (2003), en eslogan para vender mate cocido. En la citada entrevista de Caja Negra, Dárgelos aclara no tan al pasar que en esta etapa quieren dejar atrás la ironía y el cinismo, claves de la ética y la estética más “bobosínicas”, la que trascendió en hits y videos como “Putita”. Efectivamente, no hay nada más alejado de aquel cuestionamiento teen a los escrúpulos burgueses de antaño. Por ejemplo, en 2003 no podríamos haber escuchado una meditación tan elaborada sobre la razón, el corazón, la piedad, la traición, la mentira y la verdad como la que expone hoy “Mimos son mimos”. Ahora la pregunta es: “¿Quién notará que me fui?”. O sea, “Y si me muero, ¿y qué?”. Así la antimoraleja puede adquirir visos más budistas incluso: “Dejemos de pensar contra el vacío / y despertemos en él”.

La “irresponsabilidad” de Babasónicos planta su contumacia en no dar las respuestas que se esperan. Su carrera es una gimnasia contra las expectativas. El himno “La pregunta” (2018) expandió a escala rapsódica y rizomática la interpelación, casi retórica en su momento, a la que nos arrastraba el periodismo de derecha (“Somos periodistas, queremos preguntar”), así como también la que practicaba defensivamente el de izquierda (el “¿Por qué?” de José Natanson). Si de algo se ocupa el rock —por lo menos, explícitamente desde “A Day in the Life” (1967) de Los Beatles— es de cuestionar el principio de realidad que establece el periodismo, la media, la clase media. ¿Hasta dónde se puede preguntar?, discutía Babasónicos. Entonces, ni sospechábamos que el consejo “Disfrutá de este trago porque al terminar, habrá que pagar / y quizá pagarlo de más”, lo teníamos que tomar personal y literal, en plena fuga subrepticia de dólares. Ahí es cuando aparece el “Quién”, y asoma muchas veces (en “Un pálpito”: “¿Desde cuándo sabés quién juega a qué con quién?”). Ahora, otra vez: “¿Quién notará que me fui?” y, acto seguido, “¿Quién lleva la cuenta de esas cosas? / que escapan a la suma de una mano”. En Trinchera, títulos como “Capital afectivo” nos enfrentan a una poética de lo paradojal, donde lo invalorable y personal (todo aquello a lo que apostó el “yo” romántico) se roza con lo civil y mercadotécnico (conocemos la fórmula desde Romantisísmico, es cierto: ver “Los burócratas del amor”). En su poema “La gota de amapola”, Dárgelos llevó el oxímoron a su clímax, llegando a escribir: “¿Dónde se compra viento?”.

En el mejor verso que cantó Gustavo Cerati había un “Quién”. “¿Quién sabrá el valor de tus deseos, quién sabrá?”, se oía bastante arremolinado, sí, durante la inmersión noise de “En remolinos” (1992). Sin querer —seguro—, Dárgelos recupera ese colmo de la interpelación referida a un “Quién” (¿quién es “Quién”?; ¿otro par, con minúscula, o el Gran Otro, o el Padre, o el Líder, o Dios, o quién?). Desarrolla a fondo esa cuestión insoluble entre la “puesta en valor” y lo más intransferible e íntimo en términos de “responsabilidad política”. Digamos, el resto “infrapolítico” que deja la administración total/monetarización total de la vida. La parte maldita. Justamente, de derroches, lujos y despilfarros tratan muchas de estas canciones compuestas al calor y al frío de la pandemia, como la última novela de María Sonia Cristoff que aconsejo leer con Trinchera de fondo.

No puedo dejar de pensar en todo lo que un algoritmo no piensa cuando escucho un track, o un álbum. Bueno, en eso radica la última militancia del periodismo de rock, si todavía existe algo así: en escuchar contra Spotify. En la tapa de Trinchera, diseñada por Alejandro Ros, veo la de Pink Flag (1977) de Wire, un álbum con el que no hay pocas coincidencias a nivel musical incluso (linkeen la actitud antiexpresionista hacia los ingredientes del rock en “Three Girl Rhumba”, “Strange”, “Lowdown” o “Feeling Called Love” con la de “Mimos son mimos”, “Anubis” o “Paradoja”). En la Argentina 2022, la bandera rosa, al unir rojo y blanco, provoca “mixed emotions”: señala la necesidad de algún cese de hostilidades ante la sensación de peligro, nos ubica entre la alerta y la resignación. ¿No se sienten un poco identificados?

 

[Fuente: http://www.revistaotraparte.com]