Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ni en barrio de putas hay espacio, dice Miguel hablando de Madrid. Justo ahí quería estar, respondo. Me gusta el bajo, a qué negarlo. Mi experiencia cochabambina me permitió sobrevivir el ghetto negro del North East y hasta tener éxito. Extraño aquel bigotón entre negros estibadores, sentados en la calle tomando Cisco, veneno de colores, y mandando a la mierda al cocainómano alcalde Barry que pasa en Cadillac abierto agitando las manos. De terno blanco el hijo de perra. Africano con anglo veleidades.
Mi recuerdo de aquellos tiempos se agita entre amigos muertos. Tiempo del SIDA y el crack. Amar la carne era ruleta rusa, sobre todo para nosotros que lo hacíamos en la calle, con dadivosas desconocidas de distintos tonos. Pupilas que se abrían y cerraban a manera de eclipses en orgasmo de segundos. Oscuras las tumbas donde yacen mis amigos. Tenían nombre de pila; de un par supe apellidos. Canciones de Marvin Gaye, James Brown y Sam Cooke, de Gladys Knight. Esbozos del rap entre los más jóvenes mientras cargábamos cajas, bolsas de cebollas, pesados cajones de papa Russet, sonidos de labios y lengua, trompetas y saxos, líricas como ametralladoras, sin separación. Anthony, el más joven, lo hacía. Bailaba. Oye, motherfucker, no has venido aquí a menearte, para eso vende tu culo, shit.
Brutalidad. Como el hielo que viene horizontal, cuchillos del aire. Se estrella en el rostro y duele, corta. En la oficina los dueños ríen y beben café. Solo nos queda putear, el insulto entre nosotros a manera de rebelión. Primero los dedos se ponen rojos, duelen; luego dormitan, se duermen; si no quieres que mueran hay que dorarlos en el soplete que lanza llamas de treinta centímetros. Verdún, el Somme, la muerte de trinchera en barro y sangre, en un dock de Washington DC de ominosa soledad, donde el músculo no tiene boca, donde la risa nace en lo soez, donde la belleza es un plátano a medio comer, robado de una caja de bananas Chiquita de exportación. Devoras la mitad de un golpe y tiras el resto detrás de las paletas para que no lo vean. Belleza. Hermosura, garbo de mujeres de largos cigarrillos con boquilla. Ciudad elegante, esta, pero ella, como Dios, por aquí no pasó. Maestro don Atahualpa…
La cítara de George Harrison me despierta. Brian Jones, de los Stones, era el amo de la diversidad musical. Divago en ritmos mientras rebota mi maleta en la acera descendente de Oporto. Villa latina, claro, al carajo si tropiezas y te rompes la jeta. Fea la tienes ya, ni modo.
Casi enfrente de la estación San Bento está la parada de los autobuses que van a Madrid. Tomará parte de la tarde, toda la noche, y llegaremos a las seis de la mañana. Qué lejos está todo, veinticinco años en los Estados Unidos, dos matrimonios, dos hijas, botellas de vino y de ron. Cali pachanguero y Lágrimas negras. Nuestras fiestas nunca sucumbieron al aburrimiento gringo. Cuán lejos los largos recibidores de camiones, Joe Day amenazando con su verga negra, látigo de la miseria. Hashish, crack. Manzanas verdes forradas con papel estaño de las cajetillas de cigarrillos. Ahora voy a tomar un vehículo que lleva el fin de aliviarme del recuerdo. Quiso ser redención y se convirtió en poesía.
Un grupo de brasileros va en el mismo bus. Uno me ayuda a conectarme a internet. Hablan, mucho, desencantados del hembraje portugués. Evidentemente no sucumbió al encanto del samba. Hermosas esfinges portuguesas, estatuas de sal de perfecta silueta. Mármol con cabellos negros, alabastro de cejas profundas y espesas. Escondidas tetas de gelatinas prohibidas, caderas de pollo que jamás entrará al horno. Qué desastre. Los machos lloran, lloran los pitos, sollozan calzones y la tradición guerrera se va al diablo. “I read the news, today, oh, boy”… G, que era catalana, comenzaba a desvestirse con esta canción. Luego venía Krakatoa. Glauca Emperatriz. ¡Puta si me acuerdo! Hasta en la tumba lo recordaré.
Camino por los costados, por rutas adyacentes, sin ir al grano. I read the news today, oh boy ¿Y ahora cómo me deshago de su cuerpo, donde entierro estos estragos?
¿Por qué estas memorias? Porto ha sido escala inicial. Luego de una semana aquí y ya avanzando hacia oriente comienzo a pensar en lo de ayer. Ayuda la noche. Se miran luces de lugares poblados. Este camino no es del Ande, se ha perdido el misterio. Trillada la senda de la historia. El indiano ya ni se asombra ¿Por qué habría de asombrarse el local? Sin embargo intento descubrir. Tengo en mente las tierras que atravieso, he hecho un mapa mental sin anotar nombres. Serranías y ríos, villorrios y regiones. Tampoco es tan grande pero es compacto, hay mucho, muchísimo y mentira, al menos para mí, que se perdió el misterio. Siempre hay algo y el trayecto nuevo en su totalidad. Vamos casi vacíos. Cuatro brasileros, yo, y creo que tres sombras. En silencio. Una lucecita encima del chofer muestra su nuca bien recortada. El cuello de la camisa sudado aunque sea octubre. Hacemos una parada en un lugar de extenso nombre. El paso de frontera ni se ha notado, es la Unión Europea. Aquí no hay Tres Cruces, provincia Jujuy, donde los milicos argentinos te bajaban a las dos de la mañana para revisar y llevarse al matadero a los sospechosos. Después de una inspección siempre quedaban lugares vacíos, se aprovechaba el lugar de los desaparecidos. Terrible.
De la pequeña ciudad solo vemos una gigantesca tienda. Cuelgan cientos de piernas de jamón serrano, jamón crudo, prosciutto. Hay mesones con piernas a medio tallar, filosos cuchillos que entregan la carne delgada, un velo. Fabulosa ostentación. Las ventas deben ser enormes. El sabor lo vale. Me encantaría pero no tengo espacio para llevar nada. Debo buscar ese pueblo en el mapa de Europa. Tiene que estar anotado, seguro. Notable por su producto. Solo seguir la mayor línea que conduzca de una ciudad a otra. En otra ocasión me hubiese quedado un día al menos. Vino negro en vaso y un plato de jamón. No presté atención a los comentarios de mis acompañantes. Sería prejuicioso si los imaginara. Dejémoslo.
Nos aproximamos a Madrid. Podría ser Córdoba o Buenos Aires, se asemejan. Pero todas las ciudades se parecen en extramuros. La terminal es moderna, hay líneas para cargar teléfonos, cabinas para llamar. Recibo instrucción de los amigos para llegar a su hogar.
Segundo escalón de la escalera de caracol de mi vida. ¿Si la recuerdo? Sí, pero el asombro suele ser más ducho que el amor en la seducción. Envío un mensaje críptico a las hijas. De pronto me he convertido en espía y mis pasos no pueden ser retratados ni definidos. Para esfumarse uno necesita desembarazarse de sí mismo. A ver, lo intentaré, casa no tengo, ni número ni dirección. “Harto ya de estar harto”, decía Serrat.
Cuelgan piernas de jamón. Cuelgan mujeres de garfios en el techo. En la morada de Barba Azul.
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[Imagen: Estación de trenes de Oporto – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]