Patrick Modiano regresa a la escritura de una novela de indagación y de intriga, una historia que parece ser el reflejo de una existencia fragmentaria

Tinta simpática de Patrick Modiano

Portada de «Tinta simpática» de Patrick Modiano – Anagrama

Escrito por Ana Calvo

Unas palabras preliminares de Maurice Blanchot, «quien quiera recordar debe ponerse en manos del olvido, de ese riesgo que es el olvido absoluto y de esa hermosa casualidad en que se convierte entonces el recuerdo», introducen al lector en la breve novela Tinta simpática (Encre sympathique, Gallimard, 2019) de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), que ha publicado recientemente la editorial Anagrama.
Con la fragmentación que descoyunta el hilo narrativo rompe el autor el ritmo de una historia que parece ser el reflejo de una existencia fragmentaria. El autor de Un pedigree (2005) se muestra fiel a dos de las tesis del intelectual francés en L’Entretien infini (1969): la tesis de que la discontinuidad formal no es solo una forma sino la proyección de la lucha del espíritu a partir de la dispersión y contra la dispersión, y el convencimiento de que la escritura empieza cuando el pensamiento revisa la mismidad de lo vivido y de lo pensado y cuando el lenguaje, replegado sobre sí mismo, se aprehende y desaparece, invitando al lector a sumergirse en las piezas de un puzle sin apenas referencias cronológicas:
«Intento con la mayor exactitud posible poner por escrito las palabras que cruzamos aquel día. Pero muchas de ellas se me han ido. Todas esas palabras perdidas, unas cuantas que ha dicho uno, las que ha oído y de las que le ha quedado recuerdo y otras que le dijeron y en las que no se fijó en absoluto… Y a veces, al despertar, o muy entrada la noche, una frase te vuelve a la memoria, pero ignoras quién te la cuchicheó en el pasado» (25).
Con la desaparición de la joven Noëlle Lefebvre y con las pesquisas que se desatan en torno a esta investigación, regresan algunos de los motivos configuradores del imaginario modianesco: la búsqueda de algunas personas en grandes núcleos urbanos del siglo XX; el tratamiento de la memoria, el olvido y el pasado; la escasa fiabilidad de los testigos; las encrucijadas de la existencia y el convencimiento de que en la vida lo que cuenta no es el porvenir sino el pasado, como en Rue des boutiques obscures (1978); la agencia de detectives del barón von Hutte donde trabaja Jean Eyeben —un guiño al narrador Jean que busca también su pasado en L’herbe des nuits (2012)—; la peculiar niebla que preside la búsqueda de la enigmática Louki en el París de los años sesenta en Dans le café de la jeunesse perdu (2007); las referencias a la clandestinidad o al mundo de la ocupación, de La Place de l’étoile (1968), La ronde de nuit (1969), Les boulevards de ceinture (1972), o de Dora Bruder (1997) —el propio autor es el investigador que emprende la búsqueda de esta judía desaparecida que había sido deportada a Auschwitz, donde falleció—; la preferencia por barrios anónimos, sin edificios ni monumentos vinculados a la historia, los cuales propician el extraño peregrinaje y el errabundo deambular de los personajes; el gusto por los espacios interiores que, como él mismo ha declarado en diversas ocasiones, tienen su germen en algunas vivencias, impresiones y recuerdos de su adolescencia; la obsesión por las guías telefónicas, por las topografías laberínticas y por la exactitud de las direcciones; los escenarios perfectamente delineados que, como los cuadros de Magritte, a pesar de su nitidez, aparecen teñidos de cierto aire onírico e irreal; o el gusto por la brevedad y por los cambios de perspectiva, entre otros.
Regresa el escritor francés a la escritura de una novela de indagación y de intriga, donde lo esencial no es tanto el resultado final de la búsqueda como las revelaciones que son el fruto de la misma a lo largo de un largo e impreciso espacio temporal y en medio de la neblina peculiarísima que se alza sobre el cielo de París, de Annecy y de Roma, y que tiñe cada uno de los espacios: una terraza, la barra de un café, una oficina de Correos, una discoteca, un apartamento vacío, un albergue, un restaurante, una galería de fotografía, un garaje sórdido….

Regresa el escritor francés a la escritura de una novela de indagación y de intriga, donde lo esencial no es tanto el resultado final de la búsqueda como las revelaciones que son el fruto de la misma

Sigue el narrador el rastro de Noëlle a través de una serie de datos dispersos, que pueden proceder de un expediente o de las páginas de un diario que encuentra en el doble fondo de una mesita de noche y que están escritos en una tinta simpática, una tinta que «es incolora al utilizarla y se oscurece con la acción de cierta sustancia» (81); a través de ellos, de manera tenue y poética, nos invita el escritor a reflexionar sobre los espacios en blanco de nuestra existencia: «Hay cosas en blanco en una vida, pero a veces hay eso que se llama un estribillo. Durante temporadas más o menos largas no lo oímos y podría creerse que se nos ha olvidado ese estribillo. Y luego, un día, regresa de improviso cuando estamos solos y nada de lo que tenemos alrededor puede distraernos. Vuelve como la letra de una canción infantil que sigue ejerciendo su magnetismo» (43).
Como expresó Patrick Modiano en el discurso de aceptación del Premio Nobel en 2014 (Discours à l’Académie suédoise, 2015), con la costumbre de tachar múltiples borrados, su obra literaria vuelve en esta ocasión también a presentar un estilo diáfano, con el que explora los misterios de París y vierte su concepción del recuerdo y de la memoria: «Sí, los recuerdos acuden al hilo de la pluma. No hay que forzarlos, sino escribir evitando las tachaduras cuando sea posible. Y el flujo ininterrumpido de las palabras y las frases, algunos detalles olvidados o que hemos enterrado, sin que se sepa muy bien por qué, en lo hondo de la memoria irán subiendo poco a poco a la superficie. Sobre todo no hay que detenerse, sino conservar la imagen de un esquiador por una pista bastante empinada, igual que la estilográfica por la página blanca. Las tachaduras vendrán después» (67).

[Fuente: http://www.eldebate.com]