Hoy llega a las salas españolas “Vortex”, película de Gaspar Noé que supone un considerable cambio de registro para un cineasta acostumbrado a la transgresión e incluso al escándalo. Dicha transformación expresiva –cero efectismo formal, toda la efectividad dramática que cabe imaginar– nos invita a repasar la trayectoria del director argentino.

Gaspar Noé: el tiempo nos derrumba

Escrito por Eulàlia Iglesias

El estreno mundial de “Vortex” tuvo lugar en una sesión de medianoche del Festival de Cannes 2021, todavía marcado por la pandemia. Además de su carácter golfo, la proyección presentaba otra singularidad: una mayor presencia de público joven de lo que es habitual en el certamen francés. Su entusiasmo permitió constatar cómo Gaspar Noé (Buenos Aires, 1963) se ha convertido en un director de culto entre las nuevas generaciones como pocos otros nombres del cine europeo han conseguido. Su estatus se reafirmaba con este filme en torno a un matrimonio de octogenarios acechados por el deterioro cognitivo, la enfermedad y la muerte.

Como defiende el propio director, “Vortex” es su película menos transgresora, pero también la más devastadora. Una idea que permite resumir la trayectoria de este argentino afincado en Francia que debutó en largo en 1998 con “Solo contra todos”. Su filmografía se ha afianzado en una concepción radical del cine que cada vez se apoya menos en ese afán de provocar a la vieja usanza que le ha servido durante años como tarjeta de presentación. Noé ha entrado a formar parte de ese pequeño grupo de directores (también podríamos citar a Abel Ferrara) que, después de coquetear con el éxito comercial, se reinstalan en el territorio del verdadero cine independiente. Trabaja en producciones de presupuesto reducido, con equipos pequeños y rodajes exprés en pocas localizaciones. Unas condiciones económicas ajustadas que le permiten mantener la libertad artística. En su caso, es una opción en parte propiciada por su propia experiencia. Tras el triunfo de una película-escándalo como “Irreversible” (2002), quiso repetir la apuesta con “Enter The Void” (2009), obra experimental de vocación popular que contaba con un holgado presupuesto. El estreno se saldó con un estrepitoso fracaso de taquilla que lo condujo a moderar desde entonces el gasto de sus producciones.

Dario Argento y Françoise Lebrun: el último momento de felicidad lúcida y en comunión de la pareja.

Dario Argento y Françoise Lebrun: el último momento de felicidad lúcida y en comunión de la pareja.

En un momento de “Vortex”, el protagonista que encarna Dario Argento explica que se encuentra escribiendo un libro sobre la relación entre el cine y los sueños. Gaspar Noé se siente heredero de una tradición canónica pero con pocos discípulos en la práctica, la del surrealismo cinematográfico. Solo hace falta fijarse en las referencias videográficas que aparecen en el prólogo de “Climax” (2018). Del cine de Luis Buñuel adopta, entre otros aspectos, esa voluntad de transgresión que en muchos de sus filmes cristaliza en un gesto concreto: una escena que pretende herir la mirada del espectador, violentarlo desde la pantalla. Es esta búsqueda de un efecto shock en un momento determinado lo que ya no aparece en “Vortex”. Tampoco se decanta por plasmar uno de esos estados alterados de la conciencia, esas formas no racionales de experimentar la realidad que también despuntan en la mayoría de sus obras. Y sin embargo…

Como en “Climax”, el título no nos habla de la temática, sino de la estructura narrativa, de la dinámica vital que arrastrará a los personajes. “Vortex” tiene lugar en su mayor parte en el apartamento parisino que comparten desde hace años el matrimonio protagonista, interpretado por el cineasta italiano Dario Argento en su primer gran papel como actor y la mítica Françoise Lebrun, la coprotagonista de “La maman et la putain” (1973), de Jean Eustache. Una pareja de octogenarios que empieza a sufrir las consecuencias del deterioro mental y físico. En la secuencia de arranque, Noé los presenta conversando desde las ventanas frente a frente de las respectivas habitaciones donde se encuentran, antes de confluir en la pequeña y encantadora terraza donde se reúnen para desayunar. Es el último momento de felicidad lúcida y en comunión de la pareja.

Aunque sigan compartiendo espacio, sus trayectorias siguen tempos diferentes.

Aunque sigan compartiendo espacio, sus trayectorias siguen tempos diferentes.

Después del clip recuperado de Françoise Hardy cantando esa elegía que es “Mon amie la rose” (1965), los dos aparecen despertando en la cama en un plano picado. Como una gota de sangre o una lágrima negra, una línea se desliza por la mitad de la pantalla y los separa ya para el resto del metraje. Aunque sigan compartiendo espacio, sus trayectorias siguen desde ahora tempos diferentes. Él intenta mantener cierta estabilidad, sobre todo ligada a una vida laboral todavía activa que tiene en el proyecto de libro antes comentado su principal pilar. Ella presenta los primeros signos de deterioro cognitivo y pierde cualquier centro de gravedad. Su mirada está perdida y sus movimientos se vuelven erráticos. El uso de la pantalla partida en el retrato de la cotidianidad de los dos protagonistas permite a Noé mostrar está disonancia que preside a partir de ahora sus vidas: residen juntos pero ya no conectan. El tiempo cinematográfico en “Vortex” plasma como pocas veces en el cine el deterioro inexorable de una pareja de ancianos que un momento antes todavía se mostraban en la plenitud de la vida. Gaspar Noé sumerge a sus protagonistas, también al hijo de la pareja, en un magma cotidiano de deterioro que los arrastra lenta pero inexorablemente hacia el agujero negro. Como reza otro dicho surrealista, el cine nos muestra la muerte trabajando. En “Vortex”, casi en directo y en modos diferentes pero simultáneos. ∎

[Fuente: http://www.rockdelux.com]