Escrito por ANTONI PUIGVERD

 

La literatura catalana no pasa por sus mejores tiempos. Se editan, sí, muchos libros, algunos de ellos bastante buenos (junto con una enorme cantidad de libros prescindibles o directamente malos). Aparecen con regularidad voces nuevas e interesantes. No faltan las reflexiones críticas (como las que contiene el último ensayo de Valentí Puig: L’os de Cuvier). Pero algo falla. Es como si la literatura en lengua catalana se alzara sobre cimientos de cartón piedra. El público culto en catalán brilla por su ausencia. Se dice que las editoriales están en bancarrota. Las facultades de letras son estrictamente necrófilas. El IEC, que debería ser nuestra Academia, está literariamente (y casi lingüísticamente) desaparecido. Las instituciones están en perpetuo baño maría. No existe sociedad literaria. Las polémicas entre escritores, cuando se producen, son de bolsillo o se refieren al bolsillo. Son bastantes, es cierto, los admirables individuos que siguen dando la vida por un adjetivo o se pelean duramente con las musas por una historia verdadera. Pero el aire que se respira está viciado y flota en el ambiente aquella máxima con la que Monzó, hace ya algunos años, remató uno de sus artículos más realistas: « El último, que apague la luz ».

Bezsonoff habla con atropello y pasión, con un discurso lleno de referencias ideológicas y rebozado con aparato gestual

De vez en cuando, sin embargo, alguien abre una ventana y penetra un poco aire nuevo. No hace falta que llegue con un gran libro bajo el brazo: basta que venga cargado de excéntricas vitaminas. Vitamínica es, ciertamente, la presencia de Joan-Daniel Bezsonoff, cuyo apellido suscita, ya de por sí, curiosidad. ¿De dónde sale un escritor en catalán con este apellido ruso? De Perpiñán. Gracias a este nieto de un ruso blanco exiliado que sobrevivió en París como taxista, el lector de la Cataluña sureña descubre, maravillado, escenarios completamente imprevistos para unas novelas en lengua propia: Saigón, el Magreb o las trincheras de la Primera Guerra Mundial. De estas trincheras habla precisamente La revolta dels cornuts, novela que desarrolla también, con buen rigor documental, la vida barcelonesa de aquellos años, observada por las miradas de un refinado diplomático francés y de un joven oficial militar del Rosellón.

Conocí a Bezsonoff en la Llibreria 22 de Girona, durante la presentación de La guerra dels cornuts (ofició Vicenç Pagès, otro fabricante periférico de vitaminas). Tal como explicaba Jordi Puntí en las páginas del Quadern, « La guerra dels cornuts, sin ser extraordinaria, es una novela interesante y amena que destila una notable y muy curiosa expresividad. Expresividad que deriva, por una parte, de la gracia con que Bezsonoff manipula el catalán del Rosellón y, por otra, de su estilo sentencioso, que bebe de la mejor tradición francesa ». Traduzco, para que se hagan una idea, algunas de las sentencias que aparecen en boca de distintos personajes: « El onanismo es un humanismo ». « Si no hiciéramos más que lo razonable, todos seríamos santos; y la vida un infierno ». « La filosofía española es equiparable a la gastronomía de Londres ». « La guerra es la única aventura de nuestro tiempo ».

Bezsonoff no solo escribe de manera sentenciosa, también habla de esta forma. Y habla mucho, atropelladamente, con mezcla de pasión y razón, rellenando el discurso con todo tipo de referencias ideológicas y culturales, rebozándolo con gran aparato gestual. Maravillado ante este formidable parlanchín, decidí visitarlo en su Perpiñán para observarlo en su salsa. Me citó en un restaurante vietnamita, donde, según me dijo, comeríamos bien. Lo dijo un francés que escribe en catalán « por emmerder mon père »; quiero decir que la cena no respondió para nada al tópico refinamiento francés. Torrencialmente, sin parar de tragar, tan glotón como hablador, Bezsonoff empezó por la historia de su familia (en la que la sangre del ruso blanco exilado se mezcla en venas del Empordà y el Rosellón). Y siguió con las peleas de sus progenitores, su infancia en París con el padre, su juventud en Cannes con la madre, sus veranos en el Rosellón con los abuelos (de ahí el recuerdo de la lengua de los viejos como una especie de regresión infantil: « Escribo en catalán y regreso al líquido amniótico »). Me habló del arcaico cantante Luis Mariano (de cuya asociación es miembro). De sus estudios de filología hispánica y francesa en Niza. De su pasión por Cervantes, Luis de León y García Márquez perfectamente mezclados con Gérard de Nerval, Céline y Proust. De sus ilusiones: « Quisiera ser el Frank Sinatra de las letras catalanas: Una gran voz al alcance de todos ». De sus problemas: « ¿Cómo puedes escribir después de Tolstoi y Flaubert? Somos enanos a su lado ». Del teatro: « Este anacronismo tan encantador como el servicio militar ». De la importancia de afiliarse a un buen escritor menor (el suyo es Jean Dutourd, del que me recomienda Les horreurs de l’amour (un título que le parece un pleonasmo). De sus problemas con las mujeres: « Clio y Clito son los dos temas de mis novelas: la musa y el clítoris ». De la situación del catalán en Francia: « Un patués de lujo ». De su interés por escribir en este patués: « Es una lengua virgen: tengo la sensación de ser el primer hombre que la coloniza ». De sus aventuras en Valencia conversando sobre Ausiàs March con un taxista blavero. De su visión del mundo: « Todos somos el gabacho de alguien ». De su ideal político: « Vivir a la catalana bajo una Administración a la francesa ». De las costumbres españolas: « Hay dos tipos de españoles: el que llega tarde y el que llega muy tarde ». De su visión de Cataluña: « Es un zombi: tiene el sabor de un Estado pero no es un Estado, igual que el Canada Dry, la bebida que simulaba ser alcohólica. Eso es una ventaja para el escritor, aunque sea una desgracia para el país ». Idea que remata de manera deliciosamente ambigua: « Escribir en catalán es una prueba de orgullo extraordinaria ».

 

[Fuente: http://www.elpais.com]