Archives des articles tagués Álex Grijelmo

Alguien habrá pensado que con el inglés se atrae más inversión extranjera, como si al dinero le importara eso

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación del Plan Spain Audiovisual Hub, este 24 de marzo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación del Plan Spain Audiovisual Hub, este 24 de marzo.

Escrito por Álex Grijelmo

España va a disponer de un Hub Audiovisual. Me pregunto qué habrán entendido millones de españoles al enterarse. Incluidos, claro, los que saben inglés.

No me imagino al Gobierno francés o al alemán buscando palabras inglesas para dar nombre a un proyecto similar impulsado por ellos. Cuando un país cree en sí mismo y en su cultura, evita esas merluzadas; y además las elude sin darse cuenta, sin proponérselo, por la simple acción de utilizar su lengua con naturalidad y sin acogotamientos.

El presidente Sánchez aseguró el 24 de marzo al presentar el proyecto, denominado en su total extensión España, Hub Audiovisual de Europa: “La industria audiovisual es clave por su peso en el empleo y en la economía, pero también por su peso en nuestras identidades culturales y en nuestra proyección internacional”. Pues vaya, no hemos empezado muy bien con nuestras identidades culturales.

De hecho, la nota oficial señala que se creará el Spain Audiovisual Hub Bureau. En su calidad de lenguaje identitario, deja mucho que desear, pero alguien habrá pensado que el inglés atrae más inversión extranjera (como si al dinero le importara eso).

El presidente usó términos como “nuestros creadores” y “nuestra industria”, hipotéticos destinatarios de la cuantiosa inversión. Pero precisamente el uso de palabras en inglés invita a deducir que en realidad están buscando otra cosa, tal vez que llegue la típica multinacional y pique en el anzuelo, sin imaginar que con el primer mordisco puede llevarse el cebo y también la caña.

La palabra hub no forma parte del léxico común de los españoles; ni siquiera de su amplia colección de anglicismos. Este vocablo significa “cubo”, “centro” o “eje”, pero su uso en determinados contextos le ha otorgado otros valores. Por ejemplo, si decimos “hub aéreo” nos referimos al aeropuerto que conecta unos vuelos con otros; o sea, lo que a ras de tierra, y si se tratara de autobuses, llamaríamos “intercambiador” (o “nudo ferroviario” si se hablara de trenes). ¿Es muy largo “intercambiador”? Puede, pero entonces en nuestro almacén disponemos del vocablo “nodo” (lugar que es origen de distintas ramificaciones).

Por su parte, el “hub de empresas” se denominó antaño “polo” (polo de promoción, polo industrial): un lugar que atrae como un imán las inversiones gracias a ventajas fiscales o subvenciones.

Y si se reforma la Redacción de un diario saldrá a relucir como modelo el diseño hub and spokes (“eje y radios”), locución acuñada hace unos 13 años por el británico The Daily Telegraph cuando se reorganizó en forma de rueda de bicicleta.

En el caso que nos ocupa, a este hub audiovisual lo podríamos llamar “centro de atracción”, “núcleo”, “polo”, “nodo”… O, simplemente, “ventanilla”.

Porque al final, en España todo pasa por una ventanilla, sea virtual o física. Presumiremos de inglés y de globalización, pero aquí cualquier ayuda debe tramitarse en una racial ventanilla donde se exigirá presentar papeles, rellenar formularios, soportar la burocracia y volver mañana. Me temo que la palabra hub es en realidad un eufemismo.

 

[Foto: Fernando Alvarado/EFE – fuente: http://www.elpais.com]

Nadie se salva de cometer fallos. No nos diferenciamos por tenerlos o no, sino por cómo los gestionamos

María Moliner, autora del « Diccionario de uso del español »

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los seres humanos no nos diferenciamos por la infalibilidad de unos y las equivocaciones de otros: todos cometemos errores, nadie se salva. Lo que sí nos distingue es la forma de gestionarlos. Unos reconocen el fallo y le ponen remedio; y otros disimulan, lo ocultan o, todavía peor, se lo endilgan a los demás. Las personas de este segundo grupo suelen reunir una característica adicional: no reconocen sus errores, pero disfrutan con los ajenos.

El idioma español ha acuñado la frase proverbial “el mejor escribano echa un borrón”, que cuenta con variedades como: “al mejor galgo se le escapa una liebre”, “el más diestro la yerra” o “no hay caballo que no tropiece”. Estas expresiones tan comprensivas se dan también en otros idiomas (véase el refranero multilingüe del Centro Virtual Cervantes). El francés y el inglés coinciden en la metáfora: “Il n’y a si bon charretier qui ne verse” (“no hay tan buen carretero que no vuelque”) y “the best cart may overthrow” (“el mejor carro puede volcar”). El euskera se fija también en los equinos: “Zaldi hoberena da noizpait lerratzen” (el mejor caballo resbala alguna vez); el catalán acude al sector textil, como era de esperar: “el millor sastre esguerra un vestit” (el mejor sastre estropea un vestido); y el gallego se apunta asimismo a la figura del tintero, pero con más gracia: “Ao mellor escribán cáelle un borrancho”.

Y como los buenos escribanos sufren borrones, María Moliner redactó en su diccionario esta definición de “día”: “Espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra”. Sin embargo, el Sol no da vueltas a la Tierra, sino que ocurre al revés; y el día dura lo que tarda nuestro planeta en dar una vuelta sobre su eje.

Así que a una sensacional escribana se le cayó un borrón, le volcó el carro, le tropezó el caballo o se le estropeó el vestido.

Gabriel García Márquez tachó aquella definición de la gran María Moliner como error “imperdonable” y “escandaloso”, en un artículo sobre diccionarios publicado en EL PAÍS el miércoles 19 de mayo de 1982. Tal vez por eso la definición se corregiría en una edición póstuma, en 1998.

Sin embargo, la crítica del añorado Gabo no quitó vigencia a lo que él mismo había publicado en este diario el 10 de febrero de 1981, cuando en un artículo dedicado a la lexicógrafa aragonesa la elogiaba como autora del diccionario “más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”.

A su vez, el propio Nobel colombiano fue reconvenido en alguna oportunidad por Roberto Cadavid, Argos, que publicaba columnas sobre lenguaje en El Espectador, de Bogotá. En una ocasión Argos reprochó a García Márquez haber escrito en un artículo “tocaban de oídas el acordeón” (publicado el 21 de junio de 1983 en EL PAÍS). Claro, los instrumentos no se tocan de oídas, sino de oído.

¿Son erratas o errores? El Diccionario acoge la locución “fe de erratas” (en la entrada “fe”). Pero no aparece “fe de errores”, que es la empleada en EL PAÍS para dar cuenta de los suyos. La errata nace de un simple descuido al teclear. El error implica una equivocación de concepto, a menudo cometida por despiste, falta de concentración, nervios o agobio. Todos incurrimos en ellos. Y en esto también los seres humanos se diferencian entre sí: hay quien aprecia la humildad del que reconoce un fallo; mientras que otros descalifican a su autor incluso cuando se enteran por él mismo de que existió tal error. Cada uno ha de elegir con cuál de los dos grupos se junta.

[Fuente: http://www.elpais.com]

La profesora dijo: “Es usted tonto e idiota, cuando podría ser idiota y tonto, que queda más elegante”

Ione Belarra, entonces portavoz parlamentaria de Unidas Podemos, interviene en el Congreso en 2019.

Ione Belarra, entonces portavoz parlamentaria de Unidas Podemos, interviene en el Congreso en 2019.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Ione Belarra aparece estas semanas mucho en los medios. Tanto ella como Yolanda Díaz cambian de puesto en la Administración. Esta última, ascendida a vicepresidenta; y Belarra, a ministra. Y, como si fueran juntas en un tándem, se las ha mencionado tanto en prensa como en radio una a continuación de la otra. Así, hemos leído y oído la descuidada formulación “Yolanda Díaz e Ione Belarra”.

Una profesora cuyas enseñanzas aún aplico después de tantos años, Gloria Toranzo, que impartía clase de Redacción Periodística, solía corregir al alumno que utilizaba la conjunción e; y lo hacía con esta fórmula que seguramente toda mi clase recuerda: “Es usted tonto e idiota, cuando podría ser idiota y tonto, que queda mucho más elegante”. Nadie se lo tomaba a mal, porque en aquellos tiempos las pieles con las que llegábamos al mundo los seres humanos no eran tan finas como las de ahora. Y gracias a esa inocente provocación podíamos aprender que ciertas sucesiones de vocales ensucian la frase, pero que ésta pasa de cacofónica a eufónica si se cambia el orden de los factores.

En este caso, la aplicación práctica de aquel teorema tan nemotécnico habría consistido en decir o escribir “Ione Belarra y Yolanda Díaz”.

No siempre se puede, claro. Por ejemplo, si la enumeración representa una jerarquía, o si hemos de expresar que alguien es “irresponsable e imbécil”, pues ahí la alteración de los factores no arregla nada: hace falta la conjunción e. Bueno, para eso la tenemos: para cuando no hay otro remedio. (Aunque un buen escritor casi siempre lo hallará: “irresponsable y además imbécil”).

Ante el caso de Ione Belarra, muchos periodistas están perdiendo la oportunidad de ser elegantes y además correctos.

En español, la letra i seguida de otra vocal con la que forma diptongo lleva a una pronunciación distinta, como bien explicó hace un año el académico Pedro Álvarez de Miranda en el Centro Virtual Cervantes. No suenan igual “hipotético” que “hierático”. En el segundo caso, salvo que nos propongamos con ahínco una fonética forzada, diremos yerático. De hecho, algunas de esas palabras cuentan con una segunda grafía correcta: hierba y yerba, hiedra y yedra, iodo y yodo.

Para los casos en que ese tipo de vocablos van precedidos de una conjunción copulativa como y, la regla señala que ésta mantiene su forma porque la pronunciación del término siguiente no es puramente vocálica, sino más bien consonántica. Así pues, la no necesita transformarse en e. Por eso decimos “fuego y hielo”, y por eso Manuel Machado escribió en aquel épico poema que describe la marcha de Rodrigo Díaz: “Al destierro, con doce de los suyos –polvo, sudor y hierro– el Cid cabalga”.

Agua y hielo. Sudor y hierro, Yolanda y Ione. Así se debería haber escrito, y no “e Ione”.

Cierto, Ione es un nombre en euskera. Pero se pronuncia yone, y las palabras de otras lenguas no quedan exentas de la norma cuando se usa el castellano, como también señala la Ortografía (página 77). Priman los sonidos, no las letras. Por eso debemos decir “las aplicaciones Yuka e EasyPark” (isi park), o “Barack Obama y Hillary Clinton”.

En cualquier caso, y por las dudas, más vale invertir los términos si se puede. De ese modo, cuando llegue la ocasión, en vez de parecer hábiles e inteligentes seremos realmente inteligentes y hábiles, que suena más elegante. (No sé si con esta fórmula tan amable se lo aprenderán igual los alumnos).

[Foto: EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS / GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Una iniciativa propone “huérfilo” como término que se refiera al tremendo vacío que sufren los padres

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El portal change.orgque reúne firmas a favor de todo tipo de causas, ha recibido de nuevo una propuesta –ya planteada en 2017, y suscrita ahora por María de los Ángeles Moreno– encaminada a que la Real Academia acepte la palabra “huérfilo”. Ha sumado 60.000 apoyos en 15 días.

En su texto, Moreno cuenta que una semana antes había perdido a su hijo Marco, de tres años. Y explica que así como la muerte de los padres nos deja huérfanos, la de los hijos no ofrece un término equivalente que refleje tan tremenda ausencia.

Estas bienintencionadas iniciativas, y otras similares, coinciden con una idea muy extendida según la cual la Academia gobierna las palabras como si fuera su dueña. Sin embargo, el camino es el inverso: una palabra debe asentarse en el uso para que la acoja el Diccionario.

“Huérfano” deriva de orphanus, en latín (nuestra lengua madre), que a su vez lo tomó de orphanós en griego (nuestra lengua tía). La raíz previa (orbh) se halla más lejos, en el indoeuropeo (nuestra lengua abuela); y con ella se formaron en distintos idiomas de Europa y de Asia palabras relacionadas con la separación, el alejamiento, la desgracia o la debilidad: conceptos que se reúnen en la palabra “huérfano”.

Ese vacío se identificó desde antiguo con la ausencia de los padres cuando los hijos no son adultos. Pero siempre faltó un término equivalente que designara la ausencia del hijo para sus progenitores. La lengua tiene otros huecos así: aunque existe “paternidad”, nos faltan las simétricas “abuelidad” o “filialidad”, posibles para el sistema pero apenas activadas en el uso.

No obstante, en la entrada “huérfano” de la obra académica aparece desde 1925 una segunda acepción que sí abarca ese vacío: “Dícese de la persona a quien han faltado los hijos”. Esto congenia con la etimología que remite a la ausencia o la pérdida (por eso decimos que alguien está huérfano de talento, o huérfano de riquezas…; y por eso podemos decir “huérfano de hijos”). Pero las academias marcan esa segunda acepción como “poética”; es decir, ha formado parte de un lenguaje figurado y literario. ¿Se podría extender, no obstante, al uso común? Sí, es posible; pero eso llevaría su tiempo.

La alternativa “huérfilo” toma filo como supuesta derivación del latín filius (hijo) para sustituir a una hipotética terminación de “huérfano”. Así, huér-fano se opondría a huér-filo. Pero ni hay dos elementos en “huérfano” (sino uno solo), ni existe en español, que yo sepa, ninguna composición en la que el elemento filo (con o) signifique “hijo”, sino “amante de”, “amigo de” o “aficionado a” (bibliófilo, anglófilo, filosocialista…), a partir del usadísimo término griego.

La Academia ha incluido “huérfilo” en su Observatorio de Palabras, como “neologismo no generalizado” (Google le da unos pobres 1.170 casos, muchos de ellos referidos a estas iniciativas). No sabemos si se extenderá, o si lo hará en su lugar una opción como “huérfano de hijo”. Sin embargo, tal vez resulte más fácil recuperar un término que sí cubre ese espacio vacío, y que ya fue citado en 2017 como alternativa por el académico Darío Villanueva: “deshijado”. “Dicho de una persona: Que ha sido privada de los hijos”. (En Argentina se usa entre ganaderos para designar la acción de separar a las crías de sus madres). Este vocablo se incorporó al Diccionario en 1817. Ya se marcaba entonces como “anticuado”, pero ahí sigue aún, agarrado a su página como un percebe y esperando pacientemente a que alguien lo reanime, quizás con otra petición en change.org.

[Foto: GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO – FOTODUETS- fuente: http://www.elpais.com]

Nunca se sabe cómo de viral es lo que se expresa con la palabra “viral”, sobre todo si eso tan viral no nos había llegado

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El recordado Marcos Mundstock, uno de los fundadores del grupo humorístico argentino Les Luthiers, reflexionaba en una desternillante ponencia durante el último Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en su país en 2019, acerca de la exacta medida de ciertas palabras: “Propongo que un lo que canta un gallo equivalga a dos santiamenes y a cuatro periquetes. Y que un me pareció un siglo sea igual a la cuarta parte de una eternidad y a un 0,33 de ya no veo la hora”. También abordó las expresiones que se refieren a cosas de poca importancia: “Cuando alguien dice me importa un comino, ¿en que está pensando?: ¿en más o en menos que me importa tres pepinos… o en medio pimiento?”.

En los últimos años ha triunfado una palabra que necesita igualmente algún tipo de medición para que sepamos a qué atenernos cuando alguien la pronuncie: “viral”. Un vídeo se ha hecho viral, una frase de famoso se ha hecho viral, una mentira se ha hecho viral, la palabra “viral” se ha hecho viral.

La primera acepción de este vocablo, y hasta hace poco única, señala lo obvio: “Perteneciente o relativo a los virus”. Y en la segunda, añadida al Diccionario tras la edición impresa de 2014, se indica exactamente: “Dicho de un mensaje o de un contenido: Que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de internet”.

De acuerdo, pero ¿a qué velocidad hace falta que ocurra algo para considerar que se movió con gran rapidez, o quizás en medio periquete? Una vez que demos por bueno que un bulo, por ejemplo, se difundió con mucha velocidad, ¿a cuánta gente debe llegar para convertirse en viral? Alcanzar a 5.000 tuiteros en dos minutos supone una difusión de rapidez endiablada, pero si se acabara ahí su recorrido, sin sumar un usuario más, no podríamos señalarlo como viral. ¿O sí? ¿Es viral lo rápido pero breve?, ¿lo extenso pero lento?

Por eso entraña cierta dificultad adivinar qué estará pensando el periodista que escribe “este vídeo se ha hecho viral”. Nunca se sabe bien cómo de viral es lo que se expresa con la palabra “viral”. Sobre todo si quien recibe esa información no forma parte del circuito de la viralidad.

En definitiva, el término “viral” se puede observar con el mismo escepticismo que aplicamos a otras expresiones difusas como “crearemos empleo” o “regeneraremos la democracia”: parece imposible discernir qué hay verdaderamente dentro de ellas. Porque lo viral puede alcanzar una rapidez de contagio dispar, con una horquilla muy amplia y de un margen mucho mayor que aquel que se da entre el periquete y el santiamén.

Cierto, estos difusos conceptos que enumeraba Mundstock ofrecen también imprecisión. Pero ya hace mucho tiempo que los sentimos como de la familia: santiamenes periquetes, un plis plas, un visto y no visto, un abrir y cerrar de ojos, de buenas a primeras… Tantos decenios en la lengua los han convertido en deducibles aunque inconcretos. Sin embargo, el vocablo “viral”, a menudo usado gratuitamente, abarca mucho y aprieta poco, puede referirse a unas dimensiones tremendas y mundiales o a un grupo más o menos grande de atentos seguidores de algo.

No sería de extrañar que sintiéramos desconfianza ante esa palabra, que ahora anda buscándose un hueco entre los viejos términos que evocan una medida compartida de aquello que no nos ha interesado medir.

[Foto: D3SIGN / GETTY – fuente: http://www.elpais.com]

Defender la libertad de expresión y agredir a un cámara es defender la libertad de agredir a un cámara

Una mujer protesta en Barcelona por la detención del rapero Pablo Hasél en Barcelona, el 16 de febrero.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La polisemia de las palabras, su proximidad o su antinomia nos pueden servir para crear juegos y paradojas verbales como la vida misma.

♦ Qué tiempos estos, en los que dar positivo es negativo.

♦ Algunos cargos de la Iglesia católica que se han saltado la cola han metido a las vacunaciones en un obispero.

♦ En Australia han vencido al virus porque sus políticos están en las antípodas de los nuestros.

♦ La principal tentación para desescalar con rapidez es despeñarse.

♦ En este Gobierno, las leyes de igualdad producen diferencias.

♦ Sólo se considera barones de los partidos a los varones de los partidos.

♦ Presumir de un máster falso no es delito. Es delito falsificar un máster para que alguien presuma de un máster falso.

♦ El pasado del Partido Popular fue cosa del Partido Impopular. No hace falta cambiar el nombre actual, sino el de entonces.

♦ Si se extiende el ejemplo de vender la sede tras una derrota, el mercado inmobiliario se va a llenar de estadios.

♦ Desde que se fue Cristiano, el Real Madrid no está muy católico.

♦ Defender la libertad de expresión y agredir a un cámara es defender la libertad de agredir a un cámara.

♦ Los grupos antisistema actúan de manera sistemática.

♦ Entre partidos democráticos, los cordones sanitarios son insanos.

♦ Illa significa “isla” en catalán. Cuando el independentismo aísla al exministro de Sanidad, aïlla a Illa.

♦ La auto-determinación empieza por comprarse uno su propio coche.

♦ Menos mal que los temporales de nieve son temporales.

♦ Los bancos salen de nuestros barrios para meterse en nuestros móviles.

♦ Sembrar la alarma gratuita favorece instalar la alarma de pago.

♦ Los políticos consiguen a menudo que los periodistas comulguen con ruedas sin preguntas.

♦ La llamaron “covid” para evitar su vinculación con China, y ahora hay variante británica, variante sudafricana y variante brasileña. El objetivo inicial se sigue cumpliendo.

♦ En WhatsApp, la mayoría de las fotos de perfil están tomadas de frente.

♦ Los terraplanistas no terminan de ofrecer ningún argumento redondo.

♦ Ya se puede llamar a la anterior propiedad de los Franco “el pazo de Meirás y no volverás”.

♦ Los emigrantes españoles ruegan que su voto no sea un voto rogado.

♦ Hace falta cambiar el clima de la política para que no cambie el clima del planeta.

♦ El Supremo ha dictaminado que la pretensión de los toreros sobre la propiedad intelectual de sus faenas no tiene un pase.

♦ Las cosas se hacen bien, mal o irregular.

♦ En el diccionario de la política española actual, el verbo “pactar” significa “repartirse”.

♦ Parece que Maduro no se cae de sí mismo.

[Foto: NACHO DOCE / REUTERS – fuente: http://www.elpais.com]

La vigesimotercera reimpresión, que entra en vigor este domingo, incluye normas sobre violencia machista y sexismo. Y fija que se escriban “internet” y “jueza”

 

Escrito por Álex Grijelmo

La vigesimotercera reimpresión del Libro de estilo de EL PAÍS incorpora algunos cambios, pero también mantiene los principios que alientan el trabajo del diario desde 1976. Esta actualización entra en vigor este domingo, si bien el libro impreso se distribuirá a los puntos de venta en primavera, editado por Aguilar. Como la edición anterior (2014), la obra recoge normas específicas sobre vídeo y otros soportes digitales.

Las novedades son en síntesis las siguientes:

Violencia machista. El nuevo texto señala que ha de extremarse el cuidado en estas informaciones para no añadir dolor innecesario a las víctimas (en el lenguaje técnico, “no revictimizarlas”). Esos hechos no se deben abordar como cualquier otro suceso, y su elaboración requiere de contexto y datos que permitan pasar del caso concreto al problema general. La acción verbal debe recaer en el autor del crimen, no en la víctima (un varón asesina a una mujer, y no una mujer es asesinada por un varón); y no se consideran interesantes las opiniones de los vecinos y conocidos que, por falta de información, tienden a presentar la situación previa como algo normal.

Además de otras cuestiones y consejos, se prohíbe la expresión “crimen pasional”, y los periodistas cuidarán asimismo de no esparcir sospechas sobre posibles detonantes de la agresión violenta que puedan tomarse como justificación o disculpa: “Había bebido”, “iba sola”, “llevaba una falda ajustada”… También se procurará hacer un seguimiento de este tipo de asesinatos, a fin de no transmitir mediante el silencio una idea de impunidad.

Sexismo en el lenguaje. El manual recomienda revisar los textos con una perspectiva igualitaria, y marca una serie de criterios al respecto. Entre ellos figura que se habrán de evitar las asimetrías en el lenguaje y en los contenidos; así como describir la ropa que viste una mujer cuando en un contexto similar no se haría lo mismo con la de un hombre.

Aunque no se asumen las duplicaciones de género tan presentes en el lenguaje público, se recomienda eludir el uso abusivo de la palabra “hombre” (“el hombre llegará algún día a Marte”, “los derechos del hombre”…) para sustituirla por opciones como “la humanidad”, “la gente”, “los seres humanos”, “la persona”, “las personas” y otras similares.

El vocabulario del manual recoge además algunos consejos sobre vocablos como “gestación subrogada”, “vientre de alquiler”, “lío de faldas”… y otros términos y locuciones con los que se puede incurrir en sexismo.

El género gramatical. Una novedad de esta edición consiste en que se usarán las formas “jueza” y “juezas”, “concejala” y “concejalas” para los femeninos de “juez” y “concejal”; si bien los colaboradores que publiquen artículos de opinión quedan exentos de esta norma, pues las academias consideran igualmente válidas las alternativas “la juez” y “las jueces”, que ofrecen la misma información que “la jueza” y “las juezas”.

Se trata, en cualquier caso, de dos excepciones. Esa adición de un morfema femenino en palabras que terminan en consonante y que tradicionalmente han carecido de él en español no se extiende a otros vocablos (“corresponsal”, “edil”, “fiscal”, “alférez”, “criminal”, “mártir”, “joven”…).

Sin embargo, sí se dará flexión en femenino a los empleos militares terminados en o: “sargenta”, “caba”, “soldada”… Y lo mismo ocurrirá con “capitana” (en el léxico militar se emplea “la capitán”, pese a que en los deportes, por ejemplo, se habla de “la capitana del equipo”).

EL PAÍS no asume el genérico formado sobre el morfema e (“niñes”, “periodistes”, “amigues”…), y tampoco las palabras formadas con la letra equis o con el símbolo de la arroba: “Lxs lectorxs”, “l@s lector@s”.

Grafías. La escritura de algunas palabras se modifica. Así, se leerá a partir de ahora “internet”, con minúscula. También se escribirán con minúsculas los plurales de instituciones (“gobiernos”, “diputaciones”, “ayuntamientos”…), pero no así su singular.

Además, se ha adoptado la forma “wasap” cuando se refiere a un mensaje y no a la marca (WhatsApp).

Entre otros muchos cambios, el grupo neonazi griego que se ha venido denominando en EL PAÍS “Aurora Dorada” (traducción más correcta del sustantivo griego aygé, por su referencia a la luz, no tanto al acto de que salga el Sol) pasará a llamarse “Amanecer Dorado”, opción que se ha impuesto en los medios en español. Y el nombre del pueblo musulmán que habita en Myanmar (antes Birmania) se escribirá “rohinyá”, y no “rohinya” ni “rohingya” ni “ruaingá” como en ocasiones ha aparecido en este y otros medios.

Principios. Igual que en ediciones anteriores, el Libro de estilo recoge los pilares éticos de EL PAÍS, diario que se define como medio independiente, con vocación de europeo y especialmente latinoamericano, defensor de una sociedad igualitaria entre hombres y mujeres.

Se mantienen también las normas sobre el contraste y la verificación de las noticias, la necesaria fe de errores si se ha incurrido en un fallo, la obligación de citar fuentes cuando el periodista no haya presenciado los hechos que cuenta, la ineludible consulta a la parte perjudicada por una información y la clara división de los géneros periodísticos. Esta última idea se concibe como una garantía para el lector y ocupa un amplio espacio en el libro. Se pretende que EL PAÍS se sirva de su tipografía para diferenciar cada género y, con ello, la distinta presencia del yo del periodista en ellos: muy escasa en la noticia, pero más notable progresivamente en la entrevista, la crónica, el reportaje, el análisis, la crítica, la columna, la tribuna y el editorial. El lector tiene derecho a saber ante qué grado de subjetividad se halla en cada caso.

El Libro de estilo, que incluye el Estatuto de la Redacción, se actualiza cada cierto tiempo, pero mantiene las esencias que inspiraron a los fundadores del diario en 1976. En él siguen con idéntica redacción muchas frases y muchos criterios que salieron de la pluma del primer responsable del manual, Julio Alonso. Lo principal de este contrato con los lectores sigue en vigor desde hace 45 años.

Portada del libro de estilo de EL PAÍS, edición 2021.

Portada del libro de estilo de EL PAÍS, edición 2021

 

[Foto: Luis Sevillano Arribas – fuente: http://www.elpais.com]

¿Qué induce a alguien a utilizar una palabra que no será entendida por la mayoría de quienes la oyen?

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Muchos españoles se habrán extrañado ante una palabra de Pablo Casado leída con toda solemnidad el pasado martes y contenida en esta frase: “Cambiaremos la sede nacional de ubicación y crearemos un nuevo departamento de compliance”.

Ésa es la palabra, pronunciada compláyans.

Dejemos de lado el pleonasmo “crearemos un nuevo departamento” (si se crea, habrá de ser nuevo), para observar que el presidente del PP no se molestó en explicar ese término inglés inusual en el lenguaje común; si bien informó acerca de la misión de esa oficina: establecer “a semejanza de lo que sucede en las grandes empresas”, mecanismos de transparencia y de rendición de cuentas, así como un canal anónimo de denuncias.

Esas palabras que siguieron a compliance habrán llevado a mucha gente a deducir que el vocablo inglés equivale a “vigilancia”. Sin embargo, puede significar, dependiendo de los contextos, “sumisión”, “conformidad”… o “cumplimiento”.

Compliance procede de la raíz latina complere (llenar, completar). En la Edad Media todavía se usaba en castellano el verbo “complir”, forma más próxima entonces a sus parientes ingleses completely compliments, por ejemplo, según recogen Corominas y Pascual. Y dentro de todas esas palabras pervive la idea de poner algo que falta (es decir, “completar”, “complementar”, siempre con la misma raíz). Y en el fondo, eso es lo que significa “cumplir”: redondear con hechos lo que se ha anunciado con palabras.

El Diccionario LID de economía y empresa (2003) traduce compliance department como “departamento de control”. Pero hay otras opciones. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia publicó en 2020 un documento donde señalaba: “Los programas de cumplimiento normativo o programas de compliance (en adelante, ‘programas de cumplimiento’) han experimentado un auge significativo en España”. Esos programas se conciben para establecer modelos de gestión que alerten ante la comisión de infracciones administrativas y reduzcan las posibilidades de incurrir en delitos. Es decir, sirven para vigilar que se cumplen las normas.

Todos podemos caer en desatinos cuando hablamos o escribimos con prisa. Faltaría más. Pero Casado leyó (mediante un sistema de sobreimpresión en cámara) un discurso preparado; muy preparado. El uso del anglicismo fue por tanto muy consciente.

¿Qué lleva a alguien a utilizar una palabra que no será entendida por una inmensa mayoría de quienes la oyen, ni siquiera por muchos que hablan inglés? Nunca lo sabremos, porque no estamos dentro su cerebro, pero sí podemos imaginar qué pensarán los que se hallen a la escucha. Por ejemplo, quizás crean que quien usa el anglicismo no sabe cómo traducirlo. O también que tal vez esté latiendo en el autor el mismo intento de aquellos conquistadores de América que escribían en sus cartas determinadas palabras indígenas aunque supieran de sobra que sus superiores las desconocerían cuando las leyesen. No las usaban para significar, sino para significarse: pretendían transmitir subliminalmente su gran conocimiento del terreno, su experiencia en la conquista. Y puede que la gente perciba eso mismo hoy en día ante políticos, periodistas o expertos de distinta condición que presumen de su léxico en inglés como si no se supiera ya que también existen los ignorantes en varios idiomas.

 

[Foto: ANDREA COMAS/AP – fuente: http://www.elpais.com]

El consejo sobre acentuación de pronombres y adverbios que circula por las redes no funciona siempre

«La inspiración», de PICT RIDER

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Circula por las redes mensajeras una teoría según la cual se puede saber con facilidad cuándo determinados pronombres o adverbios (“que”, “quien”, “cuanto” o “como”…) llevan tilde. De acuerdo con ese truco, basta con preguntarse si después de cada uno de esos términos se pueden añadir “coño” o expresiones similares (”diantres”, “demonios”, “narices”…). Así, se supone que “¿qué quieres?” lleva tilde porque se podría decir “¿qué coño quieres?”. Mientras que “dame el paquete que elijas” no la acepta, porque no decimos “dame el paquete que coño elijas”.

Brillante. Pero erróneo.

El texto que me ha llegado (varias veces), y que incluso fue recogido por algún articulista, dice así: “Truco: Si detrás del ‘qué’, ‘quién’, ‘cómo’, ‘cuándo’, ‘cuánto’ puedes poner la palabra ‘mierda’, ‘cojones’ o ‘coño’ y tiene sentido, se acentúan. En caso contrario, no. Qué (coño) comes. Vais como (coño) loc@s”.

Según indica la Nueva gramática académica, editada en 2011, ese tipo de expresiones enfáticas revelan distintos grados de fastidio, incredulidad, extrañeza, enojo, insatisfacción, desesperación… y otras actitudes similares ante una situación adversa. Así pues, añadimos aquí, no se pueden aplicar en otros supuestos. Por ejemplo, cuando el hablante no pregunta o niega, sino que afirma: “Sé quién lo hizo”. (No valdría “sé quién demonios lo hizo”). O cuando expresa satisfacción: “Qué bien me ha sentado” (no diríamos “qué cojones bien me ha sentado”); “¡qué deprisa lo has hecho!” (y no “qué diantres deprisa lo has hecho”, si elogiamos la rapidez).

O cuando la pregunta no transmite ningún estado de ánimo en concreto: “¿Qué tal?” (rara vez oiremos “¿qué cojones tal?”). “¡Cuánto habéis trabajado! (no “¡cuánto mierda habéis trabajado!”). Se puede preguntar “¿quién narices lo dijo?”, y esto encaja en la falsa norma, pero no “¿cuántos narices sois?”.

El exitoso consejo que circu­la por las redes no funciona tampoco cuando la palabra que nos hace dudar va seguida de un sustantivo o de un adjetivo. Por ejemplo, en “qué coño noticia leíste ayer tan interesante” o “estoy averiguando qué coño fantásticas alegrías me esperan”.

La aventurada norma viral sobre estos sustantivos (“coño”, “mierda”, “cojones”) puede producir monstruos cuando tales términos pierden su papel enfático y recuperan de repente, sin nadie quererlo, el significado primitivo: “Qué coño bonito”, “qué mierda vas a quedarte”, “qué cojones prefieres”.

Pero no se puede considerar muy ética la actitud de destruir sin construir, así que ofreceremos una alternativa: para resolver esas dudas, pensemos mejor en cómo entonamos. No es lo mismo “tú cuenta con él” (tú cuenta) que “tu cuenta con él” (tucuenta). Técnicamente se diría que hay que distinguir entre palabras átonas o tónicas, pero huyamos de eso. Fijémonos en la pronunciación: en si separamos las dos palabras o si las unimos como si fueran una sola: “Desconozco qué quieres” (qué quieres) frente a “sé bien que quieres venir” (quequieres venir). Si las pronunciamos separadas, la primera lleva acento; si las juntamos, no. “Qué te gusta” (qué te gusta) frente a “que te gusta” (quetegusta): “Sé qué te gusta comer” y “sé que te gusta comer”. “¿Dónde vives? (dónde vives), “¿donde vives es en Torrelaguna?” (dondevives). “¿Cuánto trabajas” (cuánto trabajas)”, “conviertes en arte cuanto trabajas” (cuantotrabajas).

Todo esto no es tan gracioso como la norma falsa, pero al menos puede ayudar a que deduzcamos en algunas ocasiones cómo coño hay que acentuar.

[Ilustración: GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Esas humildes partículas deben de provocar alguna aversión en muchos periodistas de ahora

Algunos filólogos dicen que en realidad seguimos hablando latín. Vale, se acepta la metáfora; pero hablamos un latín con artículos. Porque estas partículas constituyeron una de las adiciones del español en su evolución desde la lengua de los romanos.

Los artículos nos sirven hoy para distinguir entre lo definido y lo indefinido, para acercar o alejar, para precisar o insinuar.

La oración “Un consejero se vacunó antes de tiempo” sería parecida a aquel “alguien ha matado a alguien” con el que el humorista Miguel Gila creía torturar a un asesino cada vez que se cruzaba con él. Por el contrario, “El consejero se vacunó antes de tiempo” concreta, acerca y precisa, gracias al artículo.

Los romanos ya vieron esa necesidad de delimitar el papel de los sustantivos; y como no disponían aún de artículos, acudieron a los demostrativos para los definidos (illa regina, esa reina) y a un numeral para los indefinidos (unus rex, un rey). A partir de ahí, el castellano fue conformando su propio sistema mediante un complejo y lentísimo proceso del que hoy disfrutamos (él, la; un, una; los las…).

Gracias a ese juego sutil de ausencias y presencias, comunicamos sentidos diferentes: “Necesito café” (he de comprarlo), “necesito un café” (he de tomarlo), “necesito el café” (no me lo prohíba, doctor). Pero no por eso decimos “me gusta café”.

Valgan estos ejemplos para ahorrarnos aquellos prolijos detalles técnicos que los explican con precisión.

Sin embargo, los humildes artículos del español deben de provocar la gula en muchos periodistas de ahora, que se los comen sin importarles su historia y su función.

Empezó el proceso hace años con el periodismo deportivo: “Sube Chendo por banda derecha”, “golpea Stoichkov con pierda izquierda”, “juega Molina bajo palos”. (Por cierto, sería mejor “entre palos”; perdón: “entre los palos”, pues el guardameta no tiene las tres piezas sobre su cabeza, sino solamente una).

A esta profusión de artículos comestibles en el fútbol se unió después el periodismo político: “…según informan en Delegación del Gobierno”, “fuentes de Moncloa señalan…”, “se reunieron ayer en Zarzuela”. El fenómeno ocurre principalmente ante nombres propios de lugar, como los citados; o como estos otros: “Se prevé mal tiempo en Pirineos”, “aumenta el paro en Reino Unido”.

Puede ocurrir que estas supresiones se deban a un cierto cansancio por el uso continuo, día a día, hora a hora (partido a partido), de todos esos sintagmas. Tantas veces hay que decir “por la banda derecha”, que algún cambio vendrá bien: ¡Quitemos el artículo!

Y lo mismo sucede en el periodismo de información general con los lugares de gran frecuentación informativa. Pero sólo con ellos. Porque “mucha gente se fue a esquiar a Pirineos” no se copia en “se fueron a Alpes”; y “nos encontramos en Moncloa” no ha ocasionado “el seminario se celebrará en Magdalena” (palacio de la Magdalena, en Santander).

Y así como a menudo se escribe y se dice “en Reino Unido”, la liga de los sin artículo no ha propuesto otras construcciones análogas en singular como “se ha extendido en Unión Europea”, “va a llover en País Vasco” o “Putin trabajó como espía de Unión Soviética”. Si llegáramos a eso, ya sí sería como para que algunos se tirasen de pelos.

[Foto: BOY_ANUPONG/GETTY IMAGES / GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

“Contagio” y “contacto” son desde sus orígenes ideas mellizas, vocablos emparentados

La evacuación de una fiesta en Llinars del Vallès (Barcelona) el pasado 2 de enero.

El idioma español cuenta con abundantes dúos de vocablos que, teniendo un mismo punto de partida, se han desdoblado por sendos caminos hasta llegar a su valor actual con significados diferentes y, sin embargo, relacionados íntimamente entre sí.

Por eso percibimos una cercanía familiar entre contar y computar, delgado y delicado, íntegro y entero, soltero y solitario, lidiar y litigar, jamelgo y famélico… Y esto constituye una riqueza de la lengua, que a veces obtiene una doble o triple o cuádruple producción a partir de un solo origen.

Uno de esos dobletes de palabras, emparentadas aunque de distinta condición, lo forman “contagio” y “contacto”.

Ya en sus orígenes fueron ideas mellizas. “Contagio” procede del latín contagium, que a su vez se forma a partir de la preposición con y el verbo tango-tangere. Y este tangere, la base de donde sale nuestro “contagiar”, significaba en latín “tocar”. Por eso decimos que algo es “tangible”: porque se puede palpar. Y por eso llamamos “línea tangente” a aquella que se limita a tocar una curva, sin cortarla; y de ahí que usemos la expresión “salirse por la tangente” cuando alguien debería cumplir con una trazada o completar una obligación pero, lejos de rematar la maniobra como debería, se escapa de ella aprovechando la inercia y toma la tangente como vía de escaqueo para salir airoso sin chocar contra un árbol.

La palabra “contagio” lleva siglos en el idioma castellano, y ya la recogía Nebrija en 1495 como equivalente de “contagion” (más usada entonces). Ambos términos significaban ya “dolencia que se pega”.

Exacto: que se pega. Y lo que se pega debe hallarse en contacto. Vemos de nuevo, pues, esa línea insistente que relaciona el contacto y el contagio.

La vinculación se aprecia más estrecha aún al observar que el verbo tangere, el que sirvió de base a contagium, formó su participio en tactum. Y al unirse a la preposición con, dio contactum, emparentado a su vez con el sustantivo contactus. Este término en latín servía por sí solo para designar lo que nosotros solemos dividir en dos: contacto y contagio.

Desde antiguo, el “contagio” desarrolló también un sentido figurado, como ya recogía el primer diccionario académico o Diccionario de Autoridades (1729), que incluye una cita de Gabriel del Corral, autor vallisoletano del Siglo de Oro: “Esta misma noche saldré al campo para librar tu casa del contagio de mi desdicha”. Por eso sabemos que con la cercanía no sólo se contagian las dolencias físicas, sino también la alegría o la tristeza.

La ciencia nos ha advertido de que el contagio de un virus se deriva del contacto entre personas; del contacto entre sus cuerpos, de sus manos, de sus labios; también del contacto entre sus respiraciones, de sus toses, de sus voces, de una canción que entonen juntas a voz en cuello. Incluso por el contacto de sus risas, hecho que de aquí en adelante tal vez arrojará sospechas sobre una locución hasta ahora positiva (“tiene una risa contagiosa”).

Los epidemiólogos nos insisten en que para evitar el contagio del coronavirus debemos aislarnos, separarnos, distanciarnos por nuestro bien; evitar el contacto para eludir el contagio, porque ambos siempre van juntos. Pero eso que nos repite ahora la ciencia no los estaban diciendo mucho antes las palabras. Sólo hacía falta mirarlas por dentro.

[Foto: LORENA SOPENA/EUROPA PRESS / GETTY IMAGES / EUROPA PRESS VIA GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Las ovejas, lejos de dispersarse despavoridas, huyen hacia el centro del grupo para protegerse

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La palabra “rebaño” se ha convertido en positiva. Ahora asumimos ser parte de un rebaño si eso nos da inmunidad, sin importarnos que la metáfora implique una asociación de ideas con los borregos.

“Rebaño” no sólo designa a un grupo de ovejas, sino también a un “conjunto de personas que se mueven gregariamente o se dejan dirigir en sus opiniones, gustos, etcétera”. Por su parte, un “borrego” es también quien “se somete gregaria o dócilmente a la voluntad ajena”.

Usamos el nombre común de algunos animales para insultarnos o despreciarnos: burro, acémila, perra, gorila, cernícalo, buitre, cerdo… Pero en el caso de “rebaño” hemos ido transformando su descalificador significado metafórico (grupo de individuos acríticos) para apropiarnos de sus ventajas: algo bueno habrán visto las ovejas en ir todas juntas.

Hace ocho años, unos investigadores de la Universidad de Londres colocaron microprocesadores en estos animales para observar desde un satélite sus movimientos y la manera en que el rebaño se reconfigura cuando aparece un peligro (por ejemplo, un lobo). Y las ovejas en esos casos, lejos de salir despavoridas en todas las direcciones, huyen hacia el centro del grupo. Su instinto de supervivencia las conduce a apretarse para reducir las probabilidades de ser elegidas por el depredador. Se trata del mismo sentido de protección y cuidado mutuo que las lleva a evitar las aglomeraciones en la salida de un cercado y desalojarlo más ordenadamente que como lo haríamos los seres humanos.

Ya se ve que tenemos cosas que aprender de los rebaños.

Los lexicógrafos no conocen con certeza el origen remoto de esta palabra peculiar del castellano y del portugués (rebanho). Hace seis siglos se decía en castellano “rabaño” (variante que todavía pervive en zonas rurales de España). Los eminentes lexicógrafos Joan Corominas y José Antonio Pascual (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico) se inclinan por relacionarla con un hipotético “ramaño” intermedio, derivado de “rama” y relacionado a su vez con el catalán ramada (que significa precisamente “rebaño”). De ese modo, se supone que este grupo de animales fue vinculado en catalán y en castellano con la imagen de un haz de ramas o de varas, agrupadas y juntas como las ovejas; o bien con la rama o vara que maneja el pastor (de ahí que aún se diga “vara de cerdos” en referencia a un grupo de medio centenar de cochinos).

Las interpretaciones actuales de “rebaño” nos presentan un grupo homogéneo de animales o, en sentido metafórico, de personas; que en ambos casos se amparan unas a otras y actúan coordinadamente, por lo general bajo el mando de un pastor, ya sea religioso (el mismo Jesucristo es representado así), político o, ahora, científico.

Con todo eso, resulta fácil asumir la locución “inmunidad de rebaño”, que el banco de datos de la Academia documenta en 2003: la consiguen quienes aceptan la vacuna para que todos queden a salvo. En este caso, se trata de que el coronavirus no disponga de domicilios corporales que asaltar al haberse instalado en ellos las pertinentes alarmas, y le sea difícil hallar, estadísticamente hablando, a personas desamparadas pero distantes entre sí y camufladas en el grupo. Con un 70% de gente segura, se considera que vamos bien. El rebaño funciona.

Y con el rebaño, funciona la palabra. Antes sonaba mal. Pero ahora el gregarismo inteligente de los corderos puede inspirarnos. Si hay que balar, se bala.

[Foto: ANADOLU AGENCY/GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Conceptos y palabras que nos ha dejado la borrasca

Escrito por ÁLEX GRIJELMO
El temporal Filomena ha esparcido algunas palabras entre la nieve. He aquí algunas de ellas, acompañadas de ciertas explicaciones….

alerta roja. “Alerta” viene del italiano all’erta, etimológicamente “a levantarse”. Junto a “roja” (del latín russus), forma una expresión que oímos a cada rato desde hace días, desde hace años, desde hace decenios; pero no se sabe bien en qué consiste la alerta roja ni para qué sirve. ¿Para organizar servicios de asistencia a los atrapados en los atascos? No. ¿Para almacenar sal suficiente y arrojarla sobre todas las vías principales? Tampoco. ¿Para que se refuercen los servicios de bomberos o de quitanieves? Nasti de plasti (para los más jóvenes: “nada de eso”). ¿Para que la gente se quede en casa? Ni por asomo. La alerta roja sirve solamente para que la autoridad se quede satisfecha al pronunciar esas dos palabras mágicas.

bola de nieve. El origen lejano de “bola” está en el latín bulla. Las bolas de nieve se arrojan o ruedan. Las dos son peligrosas, pero sobre todo las segundas cuando se expresan metafóricamente. Una bola de nieve es algo que empieza pequeño, como un leve endeudamiento, y que termina haciéndose muy grande. Por ejemplo, cuando se pide un préstamo para pagar el leve endeudamiento; y luego otro para abonar el anterior, y así sucesivamente. Véase nieve.

cadenas. Del latín, catena. En el contexto de la nieve, las cadenas no atrapan sino que liberan. Una feliz paradoja. Te pones unas cadenas y puedes avanzar.

carámbanos. Especie de estalactitas que se forman durante estos días en las cornisas, y que pueden ser como puñales si se desprenden. A partir de estos pedazos de hielo puntiagudos se formó la expresión “estar hecho un carámbano”: tener mucho frío. Antiguamente (hacia el siglo XVI) se llamaban “carámbalos”. En catalán se dice caramell (no confundir con caramel: caramelo). La palabra de este idioma y la del castellano proceden del latín calámulus: caña (Corominas y Pascual). Los carámbanos se forman con hielo, mientras que sus primas las estalactitas llevan dentro carbonato cálcico en disolución. Las estalactitas son las de arriba. Las estalagmitas, las de abajo. “Estalactita” viene del griego stalatkos (“que gotea”); y “estalagmita”, de estalagmos (“goteo”). El hecho de que las estalactitas goteen hace que se formen debajo de ellas las estalagmitas. O sea, las estalactitas son la voz activa (gotean); y las estalagmitas, la pasiva (reciben el goteo). Todo es lenguaje.

embolsamiento. Retención de camiones, parece ser. Ninguna de las cuatro acepciones de “embolsar” que están en vigor en el Diccionario tiene que ver con este nuevo sentido, pero debió de pronunciar esta palabra algún político (que se la oyó seguramente a algún militar) y decenas de periodistas la han copiado con su natural aquiescencia ante el lenguaje de la autoridad. Este “embolsamiento” de camiones tal vez guarde relación con el sentido bélico referido al hecho de que unos vehículos de guerra queden aislados y rodeados por el enemigo. Hombre, una nevada no es un enemigo militar; aunque sea una nevada general.

Filomena. “Filomena” se dijo también “Filomela”. Se cree que significaba “amante de las manzanas” (mela, en griego clásico). Otra teoría dice que “amante de la música” (melos). En España, 8.227 mujeres se llaman Filomena, y su edad media es de 71,6 años, según el Instituto Nacional de Estadística. De esto se deduce que tal nombre de origen griego va camino del olvido, salvo que lo revitalice esta borrasca. La mayoría de las Filomenas se concentran en Extremadura, Salamanca y Granada. No obstante, tanto Filomena como Filomela se usan en el lenguaje poético como equivalente de “ruiseñor”, debido a un mito que cuenta Ovidio en las Metamorfosis y que recordaba el pasado viernes en RNE el profesor Emilio del Río. Filomena, personaje de ese relato, fue transformada en ruiseñor para escapar así de la venganza de Tereo. Bueno, pues ahora tenemos la venganza de Filomena.

helada. Del latín gelāre (helar). Es lo que viene ahora. La nieve aumentará su peligro al convertirse en hielo y solidificarse en balcones, terrazas, cornisas, árboles y suelos. Se han acuñado en español las expresiones “helada blanca” (o escarcha) y “helada negra” (la que es tan intensa que quema las plantas). La helada que viene quemará las plantas y la paciencia, ya dañada de antemano.

nieve. Del latín nivis. La nieve es blanca, atractiva y peligrosa. Todo ello la asemeja con la cocaína, y por eso comparten significante. En cambio, el punto de nieve es la fase en la cual la clara de huevo batida adquiere espesor y consistencia. No hay color. Bueno, sí. Todo sigue siendo blanco.

sal. Esta palabra no habrá cambiado en unos 3.000 años, siglo arriba siglo abajo. En latín se decía igual: sal. La sal mejora las comidas y el asfalto. En nevadas como esta, y en la vida, conviene echarle sal al asunto.

[Fuente: http://www.elpais.com]

Ese “abrazo” a secas, simple, sin compañía, puede parecer como de sobaquillo, de andar por casa

Abrazo en el aeropuerto de Madrid, este pasado mes de junio.

Abrazo en el aeropuerto de Madrid, este pasado mes de junio.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los españoles castellanohablantes solemos usar en plural algunas expresiones de salutación y amabilidad que se han ido fosilizando en nuestro lenguaje: Buenos días, buenas tardes, buenas noches, muy buenas, mis condolencias, saludos, besos, abrazos, felicidades, recuerdos… El idioma nos invita quizás a mostrarnos generosos, porque pudiendo decir “buenos días” no vale la pena ceñirse al solo día de hoy, que se acaba pronto.

Cuando reducimos al singular algunos de esos saludos, tal vez pasamos de una expresión no marcada (es decir, que no tiene ninguna intención específica, sino sólo general) a una marcada (lo hacemos por algo). Puede ocurrir cuando decimos “buen día”, “buen fin de semana”, “que tengas una buena tarde”. En tales casos, hablamos de “un buen día”, de un “buen fin de semana” y de una “buena tarde” en concreto.

Además, al expresar la fórmula en singular podemos dar a entender que nos veremos más pronto que tarde y que dispondremos por tanto de la oportunidad de renovar nuestros buenos deseos (“buenos deseos”, que no buen deseo). Así, con “buena tarde” venimos a decir que mañana por la mañana actualizaremos el saludo, tal vez con “buenos días” o con “buen día”.

En ese contexto de salutaciones amables, empieza a proliferar en los mensajes que enviamos en soporte electrónico una expresión innovadora: “Abrazo”. No “un abrazo”, sino solamente “abrazo”. Sin el artículo y sin el plural, nos quedamos sin estos valores gramaticales que actúan como determinantes.

Esa opción no deja de ser una alternativa de estilo: se sale del carril. Porque no escribimos “saludo”, ni “beso”, ni “recuerdo”, ni “felicidad”… O al menos, no sin el artículo indefinido (“un saludo”, “un beso”), partícula a veces insuficiente, pues no vale extenderlo a “una felicidad” o “un recuerdo”.

¿Y qué interpretará el destinatario de esa expresión, de ese “abrazo” a secas? Pues quizás deduzca cierta tacañería en tal reducción al singular, en comparación con los plurales generosos. Puede que un cierto desinterés también. Ese “abrazo” simple, sin artículo, puede parecerle de sobaquillo, un abrazo ramplón, de andar por casa. Es como decir “abrazo te llevas y vete contento”. En oposición a eso, el plural “abrazos” transmite más ganas de abrazar, porque el impulso no se agota en un abrazo perezoso.

Esta misma voluntad de abrazar se viene expresando también últimamente con un verbo y un pronombre. Aunque no solemos decir “te beso” o “te saludo” sino “besos” y “saludos”, empieza a abrirse paso la despedida “te abrazo”. Y eso ya es otra cosa. Porque ahí ya no se produce reducción al singular y porque además se representa una acción que podemos imaginar más duradera.

El uso del presente confiere a ciertos verbos un plazo indefinido, que se sostiene si no decimos lo contrario. Por ejemplo, “te quiero”, “te amo”, “me gustas”…; mientras que la acción de otros verbos transita a toda prisa: “te estalla”, “te tropiezas”. El verbo “abrazar” anda a caballo de las dos divisiones, según lo miremos. Porque cada abrazo (ahora mayormente metafóricos) constituye una sola acción que se puede imaginar mantenida: el abrazo estrecho y firme, sentido. Si escribimos “te abrazo” puede que el receptor entienda en realidad “me está abrazando”, y que la acción continúe al gusto de su imaginación. Eso ya vale por un plural. Felices Navidades.

 

[Foto: OLMO CALVO – fuente: http://www.elpais.com]

Cuando aparece un micrófono, en ese mismo momento se activa el efecto de imitar a quienes creemos importantes

Traigo una mala noticia para diputados y senadores: “A día de hoy” ya lo dice cualquiera. Los exfutbolistas que comentan los partidos, los alcaldes pedáneos, los periodistas, las abogadas, los cantantes, las jugadoras de baloncesto, las farmacéuticas, los vigilantes de seguridad. Así que ha dejado de ser una expresión de prestigio, de ésas que pronuncian solamente los elegidos. O sea, ellos.

Se veía venir, porque sus locuciones impostadas tienen un principio y un final. Y ese proceso, que requiere unos cuantos años, va como sigue:

Primer paso. Las personas encumbradas que necesitan emplear un lenguaje propio para distinguirse de los pobres mortales adoptan determinada expresión. Puede ser “a día de hoy”, pero también “poner en valor”; o “el conjunto” (de algo que ya es un conjunto; el conjunto de los españoles, el conjunto del Gobierno, el conjunto del conjunto). También pueden “posicionarse” sobre una cuestión o hablar de un policía de toda la vida como “un miembro de las fuerzas y cuerpos de la Seguridad del Estado”.

Segundo paso. Los periodistas del mundillo copian todo eso sin querer, o sin querer queriendo. Esto hace que el público oiga una y otra vez semejantes locuciones y acabe considerándolas parte de una forma de hablar importante, una especie de código particular de quienes se ponen delante de un micro; gente admirable que no forma parte del común.

Por supuesto, casi nadie usará esas locuciones en su vida cotidiana. No se oirá en la familia “tenemos que posicionarnos sobre si compramos leche de soja o leche de arroz”, ni se dirá “hoy recogeré yo en el colegio al conjunto de los niños”, o “pongo en valor las buenas notas que ha sacado Gertrudis”… Pero, ay, si aparece un micrófono, sí puede que cambie la cosa.

Y aquí viene el tercer paso. Porque cuando aparece un micro, en ese mismo momento se activa el efecto de imitar a quienes creemos importantes; porque si los demás nos van a ver en la televisión, más vale estar a tono con lo que en ella se lleva. No vaya a parecer que no sabemos hablar.

Por lo general, cuando alguien llega a su casa no pregunta: “¿Qué tenemos de comida a día de hoy?”. En cambio, si se persona un reportero en un supermercado y se interesa por el precio de los productos hortofrutícolas, probablemente se le responderá: “Es que a día de hoy la comida está muy cara”.

Cuarto paso. Los impulsores iniciales de esas expresiones espurias perciben de pronto que ya todo el mundo las pronuncia y que por tanto han dejado de constituir un elemento de distinción. ¿Qué interés puede tener entonces decir “a día de hoy”?

Así que poco a poco se irán desvaneciendo.

Y ahí termina el proceso.

Ya sucedió antaño con “la coyuntura”, por ejemplo, que aparecía a todas horas como alusión a lo que mayormente sucedía; o “la singladura”, que se metía con calzador pero no en referencia a la distancia recorrida por un barco en 24 horas, sino a cualquier trayecto político: incluso había “largas singladuras” de meses y de años; o “tema”, que en la Transición daba presunto lustre a cientos de frases (entonces no hacía falta acordar los Presupuestos, sino “acordar el tema de los Presupuestos”).

En fin, señorías, a día de hoy opino que les conviene actualizar su impostado vestuario verbal, que ya se va quedando obsoleto. Creo que pronto necesitarán nuevos inventos para seguir sosteniendo el tingladillo.

 

[Foto: SOPA IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Algunas normas llevan el apellido de su impulsor como si los demás hubieran cedido ante él para no discutir

La ministra Isabel Celaá en el programa de El Pais 'La ministra responde'.

La ministra Isabel Celaá en el programa de El País ‘La ministra responde’.

Casi nadie sabe a quiénes se deben el Código Civil o la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Eso sólo lo manejan los especialistas, y si acaso ya se enterarán también los concejales que decidan otorgar a tan insignes legisladores la denominación de alguna calle.

Otras leyes, en cambio, reciben en los medios informativos un nombre de persona, como si el texto hubiese salido adelante por la obstinación de alguien a quien los demás hubieran dejado por imposible para no discutir, y así vivir más años.

Tal vez haya ocurrido eso alguna vez; no sé, quizás con la ley Corcuera (1992), que tuvo dos nombres: el formado con el apellido del ministro socialista y el constituido por la expresión “de la patada en la puerta”, porque permitía que la policía entrara en los domicilios sospechosos con cierto relajo de los requisitos; licencia que más tarde sería echada abajo (como la puerta) por el Tribunal Constitucional.

En los años ochenta, el ultraderechista Blas Piñar quitaba importancia a ser el único diputado de su partido: “Dios y yo”, proclamó, “mayoría absoluta”. Pues eso: que algunas leyes parecen aprobadas por la mayoría absoluta de su promotor.

Bueno, en el caso concreto de la estadounidense ley Helms-Burton eran dos. Entre el republicano Jesse Helms y el demócrata Dan Burton impulsaron en 1996 el endurecimiento del embargo a Cuba, que Donald Trump se encargaría de reforzar mucho tiempo después por si acaso se le escapaba algún tomate.

Pero debemos distinguir tres tipos de leyes con apellidos.

En primer lugar, las de impulsores políticos; como el decreto Boyer (1985, sobre alquileres), la ley Borrell (1994, sobre lo mismo), la ley Sinde (2011, sobre pirateo en la Red), los presupuestos de Montoro (2018, todavía en vigor), la ley Wert (2012) y la ley Celaá (2020; estas dos últimas sobre enseñanza). Por lo común, la misma presencia del nombre constituye ya una acusación contra el autor: “Esta es la ley que hizo Celaá, no se olviden”. Y los otros responderán: “Pues anda, que la que hizo Wert…”.

Parece ser que hace falta un nombre expiatorio.

En otros casos, sin embargo, los apellidos se deben a individuos que, a partir de una justa reivindicación propia, inspiraron una regulación general. Ahí sigue la ley Bosman, el cambio que condujo a la libre contratación de deportistas comunitarios en los países de la Unión Europea, gracias al contencioso promovido por el futbolista belga Jean Marc Bosman (1995). También se incluye en ese capítulo la ley Rodhes, aprobada este año y denominada así en homenaje al simpático pianista que lucha frente al maltrato y los abusos contra niños; y destinada a impedirlos.

En el tercer grupo encontramos las leyes de la ciencia. Por ejemplo, las leyes de Newton (1678, sobre el movimiento), las leyes de Mendel (1865, sobre la herencia genética) o la ley de Boyle-Mariotte (1662, sobre el volumen y la presión de los gases).

Éstas las aprendíamos en el colegio, donde también imperaba otra famosa ley, aplicable cuando una pelota pasaba por encima de las tapias que delimitaban del patio de recreo. Se llamaba la ley de la botella: “el que la tira va a por ella”.

En el Parlamento, en cambio, predomina una ley muy distinta, que se aplica cuando cada uno elige para sí lo amplio y otorga al otro lo angosto: La famosa ley del embudo, que ahora mismo permite ver con lo ancho la falta de consenso de la ley Wert; y con lo estrecho, la falta de consenso de la ley Celaá. Y viceversa.

Los envases donde constan las palabras mágicas multiplicaron sus ventas por 13 en los últimos seis años

La Oriental, local especializado en magdalenas caseras sin gluten ubicado en la calle de Ferraz, en Madrid.

La Oriental, local especializado en magdalenas caseras sin gluten ubicado en la calle de Ferraz, en Madrid.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Que un alimento carezca de gluten tiene interés para los celíacos; es decir, las personas que pueden sufrir problemas gastrointestinales o alérgicos si ingieren esa proteína que se halla en cereales de consumo habitual: el trigo, el centeno, la cebada, la avena, la espelta.

Los envases donde constan esas dos palabras mágicas han multiplicado sus ventas por 13 en los últimos seis años, hasta alcanzar los 80 millones de euros en 2019, un 13% más que el año anterior, según comunicó el pasado abril la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Y ello a pesar de que se trata de productos más caros.

Hasta tal punto la industria ha observado la rentabilidad de esos dos vocablos, que los coloca en alimentos que nunca tuvieron gluten, como las verduras al natural o los mejillones en conserva.

Esa elección de los consumidores se relaciona en parte con una razón lingüística; o más exactamente, una razón pragmática (la pragmática es la rama de la filosofía del lenguaje que estudia cómo interpretamos los mensajes más allá de las palabras exactas, gracias a los contextos y la experiencia del receptor).

Ningún fabricante escribe delante de la expresión “sin gluten” la advertencia “atención, celíacos”. Por tanto, la indicación “sin gluten” se dirige subliminalmente a todos los que se topan con el envase en el supermercado, y esa omisión de que el gluten sólo es malo para los celíacos convierte a todos los demás consumidores en destinatarios del aviso. Muchos de los clientes que leen “sin gluten” piensan así que el fabricante está presumiendo de que evitó en sus ingredientes algo perjudicial. Porque, conforme indica la experiencia, en los envases se suele presumir de lo que va dentro (“con omega 3”, “con calcio vitamina D”, “calcio natural 100%”, “sin azúcares añadidos”…). Si el gluten fuese algo bueno, nadie destacaría que sus galletas carecen de esa proteína. Por tanto, los consumidores desavisados interpretan que el gluten perjudica a su salud o a su figura.

Incluso quienes sepan que el gluten sólo daña a los celíacos pensarán que aun así más vale evitar un producto pernicioso para una parte de la población. Algo tendrá el gluten cuando lo proscriben.

Con arreglo a estas deducciones, el mismo efecto causaría que un grupo de fabricantes decidiera advertir en sus paquetes: “Sin ceremen”.

Podremos imaginar entonces la decisión que adoptaría un consumidor ante dos productos muy parecidos, en uno de los cuales se avisase de que no lleva ceremen. En ese momento, por el sentido pragmático que nos atenaza, deducirá que el ceremen no será muy bueno si un fabricante presume de que lo ha evitado; y comprará el producto sin ceremen en lugar de cualquier otro.

Poco importará que no exista una proteína llamada ceremen, lo cual permitiría al fabricante dar información verdadera: su género no lleva ceremen. Desde la perspectiva del lenguaje, tanto esta trampa como el aviso “sin gluten” serían iguales en su resultado: en ambos casos se activa el consumo.

Por cierto, este artículo tampoco contiene gluten. Conociendo los beneficiosos efectos del aviso, quizás debería haberlo titulado por ahí.

 

[Foto: KIKE PARA- fuente: http://www.elpais.com]

 

Una porción del público deducirá que políticos y periodistas son parte de otro mundo y van a lo suyo

Un camarero cierra las persianas de un restaurante en el centro de Lisboa el 9 de noviembre de 2020.

 

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Nos hemos enredado un poco con las palabras de esta pandemia. Por ejemplo, el lenguaje público (el que usan políticos y periodistas, básicamente) inventó el pico de la curva, un hallazgo geométrico hasta ahora impensable, a la altura de las esquinas del círculo o los rincones de un balón; creó la nueva normalidad, expresión que ha resultado mentirosa en sus dos términos; confundió la distancia social con la distancia física; nos dio la matraca con una gran variedad de conjuntos de nombres colectivos que ya son en sí mismos un conjunto: hay que pensar en el conjunto de los españoles (o sea, en los españoles), se ha adoptado un conjunto de medidas (es decir, se han adoptado unas medidas), la decisión la tomó el conjunto del Gobierno (por tanto, el Gobierno), la sesión reunió al conjunto de las comunidades autónomas (lo que vienen siendo propiamente las comunidades autónomas). Ministra hay que si no introduce “el conjunto” no construye una frase. A todo eso se ha añadido un uso incongruente del sustantivo “confinamiento” y del verbo “confinar”, siguiendo la estela que abrió el Gobierno catalán cuando el 13 de marzo se adelantaba a todos al pedir el “confinamiento” de su territorio.

Este desatino se ha reproducido sin respeto alguno a la precisión de las palabras construida durante siglos por millones de hablantes. “Confinar” significa “recluir algo o a alguien dentro de límites”. Por tanto, se aplica a objetos o personas, no a los límites mismos. Se confina a los ciudadanos, no a las ciudades. Pero es igual, aquí se confina Cantalejo, se confina Murcia, se confina lo que haga falta.

Además, “confinamiento” se viene aplicando tanto a la fase en la cual los españoles debían quedarse en casa como a la medida que impide salir del municipio. Así que, para distinguir esta última, nos empezaron a hablar de “confinamiento perimetral”. Pues claro: todos los confinamientos son perimetrales; es decir, se basan en unos límites (grandes o pequeños).

Miramos poco a Portugal, pese a que su idioma comparte con el castellano miles de palabras iguales o muy parecidas, hasta el punto de que con buena voluntad un español y un luso se pueden entender cada uno en su lengua. En Portugal no se decretó el “estado de alarma”, de resonancia militar (“al arma”), sino el “estado de calamidad”; palabra cálida que describe la situación y que invita a la solidaridad y a la reflexión. El escalón anterior fue el “estado de contingencia” (en su significado de “riesgo”); y el siguiente, en vigor ahora, es el “estado de emergencia”, al que sucedería en su caso el “estado de alerta”. Palabras hay. Y allí no se han liado con los confinamientos perimetrales, sino que han ordenado el “cerco” de algunos territorios.

Una parte de los ciudadanos se queda perpleja ante este impreciso lenguaje público español; y se imaginará tal vez opciones mejores: pico de la gráfica (que no de la curva), fase cuatro (y no “nueva normalidad”), distancia física (y no social), aislamiento cierre (y no “confinamiento perimetral”). Otra porción del público no se planteará esos problemas, porque le preocupan más otros asuntos, pero quizás sí perciba que se le habla en un registro ajeno a su vocabulario habitual, tan sencillo y preciso. Y ambos grupos deducirán que políticos y periodistas (todos en el mismo saco, pues participamos del mismo lenguaje) conforman un mundo aparte, van a lo suyo.

Y esto es una calamidad que también lleva camino de alcanzar el grado de emergencia.

 

[Foto: PATRICIA DE MELO MOREIRA / AFP – fuente: http://www.elpais.com]

 

Las palabras tienen gran importancia en esta situación. Se paga cara la edulcoración que nos hace bajar la guardia

La policía identifica a un hombre durante el toque de queda en Granda, el pasado 26 de octubre.

La policía identifica a un hombre durante el toque de queda en Granada, el pasado 26 de octubre.

Cuánto daño habrá hecho a nuestra salud colectiva la locución “nueva normalidad”, tan propagada por el poder. El término ya se usaba desde hacía años en inglés (new normal) para designar, con una connotación negativa, la penosa situación esperable tras desastres como la crisis financiera o el cambio climático; y en este último contexto lo recogían en EL PAÍS Paul Krugman el 4 de enero Rocío García el 19 de febrero, por ejemplo (antes de los confinamientos). Después se extendió en España para señalar la meta a la que llegaríamos una vez transcurridas las etapas de restricciones; pero aquí, ay, le concedimos un sentido positivo. En marzo se recogió así 4 veces en este diario. En abril, 69. La media desde entonces da unas 100 menciones al mes.

Sin embargo, no estábamos llegando a una meta. Simplemente habíamos pasado a la fase cuatro, nunca nombrada así; y con visos de regresar a la fase tres.

La “nueva normalidad” fue interpretada como un premio al disciplinado comportamiento general. El seductor sustantivo evocaba por sí solo el fin de la travesía del desierto y la llegada al oasis. Muchos entendieron que alcanzar “la nueva normalidad” consistía en entrar en “la normalidad de nuevo”. Es decir, en otra normalidad; en una normalidad distinta, pero una normalidad al fin y al cabo. Habíamos desescalado la montaña. Ya podíamos relajarnos.

Importó poco la contradicción interna entre “nueva” y “normalidad” (lo nuevo no es normal, y para cuando se convierte en normal ha dejado de ser nuevo).

Las palabras de la comunicación social adquieren una importancia extraordinaria en momentos así, porque se paga cara la edulcoración que nos hace bajar la guardia.

Más de lo mismo: El pasado domingo, Pedro Sánchez pidió a los medios informativos que huyan de la locución “toque de queda”, por sus resonancias militares, y hablen de “restricción de la movilidad nocturna”, expresión que cita tres veces el decreto del Gobierno.

El “toque de queda”, como contó en este diario Guillermo Altares, se aplicó al tañido de campana en guerras y golpes militares; pero también en incendios medievales y en catástrofes contemporáneas con el fin de evitar los latrocinios. Y añadía: “El toque de queda impuesto en tiempos de coronavirus recupera aquella vieja tradición que relaciona esta medida con la protección de los ciudadanos, no con su represión”.

Sorprende que en las primeras semanas de los confinamientos abundara el lenguaje bélico, y que ahora se deseche como antiguo y trasnochado. Oímos hablar entonces de “economía de guerra”, debíamos combatir a un “enemigo poderoso” con nuestros “soldados” sanitarios que trabajaban “en primera línea”, necesitábamos “elevar la moral de la tropa”, lamentábamos “las bajas” entre los ciudadanos, aparecían los “espías” en los balcones y se decretaba el primer “estado de alarma” (etimológicamente, “al arma”). Se hablaba además, para reflejar la gravedad de los hechos, sobre el “triaje” que excluía de la atención hospitalaria a los ancianos de las residencias, y se describía la pista del Palacio de Hielo de Madrid repleta de ataúdes. Los ciudadanos nos sentimos así unidos en la desgracia y convertimos en curva aquella línea que subía sin parar.

Pero el tiempo del acongoje se desvaneció con la “nueva normalidad”. Y, lejos de regresar a expresiones dramáticas y alertantes, la comunicación del poder tendió a la suavidad. No se diga “toque de queda”, no se faciliten imágenes trágicas, no se ofrezcan datos claros sobre los muertos, no se asuste más a los niños.