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Puede haber neologismos bien formados con los recursos del español y que sin embargo nos parezcan feos

Prueba de antígenos de covid-19, gripe B, SARS-CoV-2 y gripe A.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La posibilidad de que la covid se aborde pronto como una simple gripe nos ha traído los neologismos “gripalizar” y “gripalización”. Se oyen críticas al respecto.

El sufijo -izar sirve para añadirlo a sustantivos o adjetivos y convertirlos en una acción: “normalizar”, “carbonizar”, “españolizar”… Y por ese carril discurre “gripalizar”; es decir, que la covid se vuelva como una gripe; que se gripalice. Y que con ello se produzca una gripalización.

En este tipo de debates sobre un neologismo, conviene distinguir entre palabras bien o mal formadas y palabras que a uno le gusten o no. Es decir, puede haber palabras correctas que nos parezcan feas.

“Gripalizar” y “gripalización” podrán parecerles un engendro a muchos, pero se trata de un engendro bien engendrado. Se ha montado con piezas disponibles (el adjetivo “gripal” y del sufijo -izar) que se ensamblan con eficacia objetiva. Pero el estilo –lo desagradable y lo grato– concierne ya al gusto de cada cual. Eso sí, a partir de innumerables gustos individuales coincidentes se conforma una idea general del buen estilo, basado (entre otros factores) en palabras comprensibles para el público previsto y que en su contexto ofrecen armonía y ritmo. El mal estilo, por el contrario, suele incurrir en imprecisiones, reiteraciones, cacofonías, pleonasmos, cursilerías… Los viejos libros de retórica ya analizaban todo eso.

Otro término alumbrado ahora sirve como contraste frente a la formación adecuada “gripalizar”: “flurona”, que salta ya de un periódico a otro para nombrar la infección simultánea de gripe y covid.

Cualquier hablante del español puede mirar con su lupa dentro del verbo “gripalizar” y hallar en él tanto el sustantivo “gripe” como su derivado adjetival “gripal” y el sufijo -izar. Pero el anglicismo “flurona” le resultará opaco salvo que conozca previamente que flu se usa en inglés como abreviamiento de influenza para nombrar la gripe, y que -rona sale de “co-rona (virus)”. El sistema morfológico del español ofrecía opciones más deducibles: “griperona”, “gripona”, “gricorona”… y “coronagripe”. Todas ellas estarían bien formadas. Pero seguramente a usted y a mí nos agrada más la última. ¿Por qué? Por cuestión del gusto general, que condiciona el estilo.

Y llaman la atención aquí dos hechos curiosos.

1. El término “flurona” llegó al mundo el 2 de enero en el diario The Times of Israel, que informó sobre esa supuesta novedad. Sin embargo, la infección conjunta de gripe y covid había sido advertida en España en mayo de 2020, cuando la revista The Lancet recogía una comunicación del Hospital Clínic de Barcelona, cuyos médicos la habían observado en cuatro pacientes. Pero claro, ese texto se escribió en inglés y habla de “covid 19 and influenza coinfection”. Su derrota ante el más sintético “flurona” estaba cantada.

2. “Coronagripe” ya circulaba por aquí antes. La hallo por ejemplo en un artículo del 25 de abril de 2021 en Granada hoy firmado por Magdalena Trillo, quien explicaba que la covid se convertiría en una coronagripe (o sea, que se gripalizaría).

Ahora bien, ¿por qué escribimos ahora “flurona” si está a nuestro alcance “coronagripe”? Volvemos al camino andado: el complejo de inferioridad. The Times of Israel aportó “flurona” en inglés y se extendió… en español. Pero bien podemos imaginar que si a ese mismo diario le hubiera llegado desde aquí el vocablo “coronagripe”, lo habría traducido como “flurona”, al imaginar que casi ninguno de sus lectores entendería la palabra en español.

 

[Foto: MYUNG J. CHUN (LOS ANGELES TIMES VIA GETTY IMAG) – fuente: http://www.elpais.com]

La herramienta Ngram, de Google, muestra una espectacular subida de esa expresión entre 1972 y 1980, y luego una caída que se convierte en desplome

Manifestación de trabajadores en el Paseo de Zona Franca (Barcelona) convocada por las centrales sindicales en protesta por el recorte de las pensiones, en junio de 1985.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Las palabras “centrales” y “sindicales” aparecían unidas a cada rato durante la Transición como si fueran el secretario de CC OO y el de UGT, que también van unidos siempre. Los políticos de entonces se reunían con las centrales, los grandes pactos (el ANE o Acuerdo Nacional de Empleo; el AMI o Acuerdo Marco Interconfederal) los firmaban los empresarios con las centrales; las centrales sindicales apoyaban los Pactos de La Moncloa, las huelgas eran convocadas por las centrales sindicales. Casi hasta daba la impresión de que había que escribirlo todo junto: centralesindicales.

Probablemente algunos periodistas huían entonces, de forma inconsciente, de la expresión “los sindicatos” (aunque no desaparece). Porque en el franquismo también había “sindicatos”, y existía incluso la Delegación Nacional de Sindicatos. Eso sí, se trataba de sindicatos verticales, que agrupaban tanto a empresarios como a trabajadores (“productores”) de cada sector. Y todos ellos se agrupaban en uno, la Organización Sindical Española, el único sindicato legal. Todo ese engendro se conocía como “Sindicatos”. Mis recuerdos infantiles me traen la imagen del edificio de Sindicatos en Burgos. La gente decía “eso está al lado de Sindicatos”, por ejemplo. En Burgos y en otras muchas ciudades. Ahora en ese edificio de mi localidad natal tienen sus sedes CC OO y UGT, que de nuevo no sólo comparten unidad de acción sino también unidad inmobiliaria.

La idea de “centrales sindicales” evocaba la existencia de una organización central con distintas ramas horizontales en los diferentes sectores de producción. En el nuevo lenguaje político de entonces el término “sindicato” se llevaba mal con su propio plural, por la referida connotación franquista. Si acaso, se hablaba de “el sindicato de ferroviarios de UGT”, o “el sindicato de la Enseñanza de Comisiones Obreras”. Pero una cierta conciencia léxica acudía enseguida a la palabra “centrales” para subrayar las diferencias con los viejos sindicatos.

¿Y en qué momento dejamos de usar esa nueva locución? La herramienta de Google llamada Ngram muestra una espectacular subida de la expresión “centrales sindicales” entre 1972 y 1980; y a partir de ahí, una caída que se convierte en desplome desde 2003. El archivo de EL PAÍS ofrece 485 titulares sobre España con “las centrales”, “centrales sindicales” o “central sindical” entre 1976 y 1989, que bajan a 149 entre 1990 y 1999, y descienden a 128 entre 2000 y 2009; y a solamente 61 en los últimos 12 años, todo ello sin que disminuyera la información laboral. En 2021, 64 titulares han incluido la palabra “sindicatos”, pero ninguno se ha referido a las “centrales”.

Además, el banco de datos de la Real Academia únicamente recoge un uso de “central sindical” o “centrales sindicales” en España anterior a 1977: en una publicación socialista de 1934. Pero en la Transición (1976-1982) prolifera esa locución, para decaer después. ¿Por qué se produjo eso? Quizás porque el tiempo influye en cómo percibimos las palabras: hoy en día, olvidado aquel rastro del franquismo, “sindicatos” ha perdido su matiz peyorativo.

Por eso en todo el proceso de la reforma laboral se ha hablado ya de “sindicatos” y no de “centrales”. Quizás se trate de una señal más de que la etapa franquista va quedando lejos en la memoria colectiva. Esto tiene una parte buena: somos una sociedad nueva y moderna; pero otra mala: tal vez se nos está olvidando cómo era la España que defiende Vox.

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

“Cuarentena” se ha sumado a esos casos en los que el vocablo acoge un valor diferente al de su expresión matemática

Una persona con mascarilla en su domicilio, a 29 de diciembre de 2021, en Madrid.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Las rebajas le han llegado también a la palabra “cuarentena”, que se ha quedado en siete. A ver qué comercio lo mejora.

Ese fenómeno tiene antecedentes: no siempre el sentido coincide con el significado. Como en “te lo he dicho mil veces” cuando eso suele referirse a unas novecientas (más o menos).

Por ejemplo, el verbo “diezmar” significaba en origen “sacar la décima parte” (diccionario de Francisco Sobrino, 1705). Hace siglos se usaba la forma “dezmar”, más próxima a su étimo latino: decimare, y con esa grafía lo había recogido antes el diccionario de Sebastián de Covarrubias (1611). Pero luego la gente vio dentro de ese concepto más la palabra “diez” que la citada raíz latina, y de tal modo “diezmar” se extendería ya desde el siglo XVIII. Significaba entonces “pagar el diezmo, esto es, de diez uno, según la costumbre”, como recogía el Diccionario de autoridades (1732). En aquella época, la Administración obligaba a abonar diezmos por las mercaderías, las cosechas o los ganados. La extensa definición de esta palabra en el citado lexicón distingue los diezmos mayores y menores, los diezmos personales, los diezmos mixtos, los infeudados, los prediales… Ahí empezó a complicarse la declaración de la renta.

Con el tiempo, el significado de “diezmar” se extendió en castellano a las bajas de soldados en los ejércitos, de modo que se consideraban diezmados si perdían una décima parte de sus integrantes. Más tarde se diluiría tal precisión, de modo que el verbo acabó aplicado a bajas de una quinta parte, una cuarta, un tercio…, o de un 12%, un 8%… O a cualquier pérdida notable.

La Real Academia ya recoge en 1925 una acepción de “diezmar” que, sin requerir más precisión, equivale a “causar gran mortandad en un país las enfermedades, la guerra, el hambre o cualquier otra calamidad”. Por tanto, para diezmar no hace falta ya tomar uno de cada diez, ni pagar un 10%. Se diezma a bulto.

Por su parte, el término “hecatombe” procede del griego hecatón-, que equivale a “cien”, y –be: de boũs, “buey”. Literalmente, significa por tanto “cien bueyes” (sacrificio de cien bueyes). Pero no hace falta que muera semejante cantidad de animales para que nos refiramos a algo como “una hecatombe”, que nombra en general algo catastrófico. No se debe desdeñar para ello la fuerza fonética del vocablo: “hecatombe”, que suena a algo muy gordo.

Y “cuarentena” se ha sumado a esos casos en los cuales la palabra acoge un valor diferente al de su expresión matemática. Hace siglos equivalía a “cuadragésima” (o sea, 40ª), pero en 1817 ya se consignaba el significado dominante hoy: “El espacio de tiempo que están en el lazareto o privados de comunicación los que se presume vienen de lugares infectos o sospechosos de peste”. Ya nada precisa ahí que se trate de cuarenta días, sino de un “espacio de tiempo”.

Al principio de la pandemia, las cuarentenas solían durar 20 días. Y después, 10. Ahora se han rebajado a 7. ¿Se puede llamar cuarentena a lo que mayormente viene siendo una semana? Se puede, porque los contextos tienen tanta fuerza como las palabras que se insertan en ellos, hasta el punto de modificar su sentido, como hemos visto.

Sin embargo, el español cuenta con una alternativa más precisa, y nacida de la propia lengua: “septena”. Significa “conjunto de siete unidades”. Pero, ay, no ha sido activada para la ocasión. Si se tratara de un término en inglés, ya andaría por ahí saltando.

[Foto: DOS SANTOS (EUROPA PRESS) – fuente: http://www.elpais.com]

Las palabras se pueden psicoanalizar. Y el prefijo ‘auto-’ prolifera en esta época del ‘allá te las compongas’

Manifestación en Barcelona, este 18 de diciembre.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

José Antonio Marina escribía en Elogio y refutación del ingenio (1996) que las palabras tienen su propio inconsciente y, por tanto, se pueden psicoanalizar. Por eso cuando un vocablo aumenta su presencia desde el punto de vista estadístico podemos pensar que se está produciendo un fenómeno psicológico colectivo.

Así sucede con el creciente uso y abuso en el lenguaje público (quizás también en el privado) del elemento griego auto-: “por uno mismo”; que prolifera en esta época del allá te las compongas y del yo hago lo que me apetece, dos caras de una misma tendencia.

En su primera faceta, la de allá te las compongas, el prefijo se abre paso con más facilidad en los tiempos de la “automedicación”, del “autocuidado de la piel”, de la “autoliquidación”, de las “autorrestricciones”.

Esa incitación hacia las soluciones individuales se agranda como resultado de la desatención arrojada al público en algunos servicios. Se avanza más con una autocita, triunfan los autoanálisis o los autotest, con los que se llega al autodiagnóstico, hay que recurrir al autorrastreo y quizás a autoconfinarse.

Las habitaciones de hotel se gestionan hoy por internet mediante autorreserva; los escritores principantes que desean publicar su obra han de autoeditarse, incluso si se trata de un libro de autoficción. Y rara será la gasolinera que no obligue a servirse uno mismo el combustible, a comprobar uno mismo la presión de las ruedas o limpiar el coche en el autolavado. En vez de “estaciones de servicio” se acabarán llamando “de autoservicio”.

La importancia que cada cual le otorga a su propio ser va creciendo, pues, con la necesidad de afrontar en soledad situaciones que no hace mucho se solucionaban con ayuda.

Y tanto gusta el elemento auto-, que en ocasiones se convierte en superfluo, como lo sería en “autopeinarse”. Así, “uno mismo se autotestea” (se hace la prueba de antígenos), como leí hace poco; o “se autoprotege”, o “se autodefiende”, o le hace falta “autoconvencerse”. Parece que los reflexivos no fueran suficientes: hay que demostrar ahora la exigida capacidad de valerse por uno mismo en su misma mismidad ensimismada.

Cierto: algunos verbos precisan de este elemento; por ejemplo, “autolesionarse”, de modo que se entienda bien el origen de la acción; pero en otros casos el contexto los hace excesivos. Ya apenas se dice “me sugestioné”, sino “me autosugestioné”; ni “me convencí”, sino “me autoconvencí”; ni “me relajé”, sino “me autorrelajé”. Esta gran presencia de auto- es la nueva exaltación del yo.

En la segunda faceta, la de yo hago lo que me apetece, la proliferación de auto- sugiere una tendencia al individualismo: la libertad individual de no vacunarse, de descuidar la mascarilla; comunismo o libertad, el propio yo ante la colectividad, el libre albedrío frente al bien común. La adición de este elemento a vocablos anteriormente solitarios se puede relacionar por tanto con el egocentrismo de hoy, cada vez más promovido. “Autofoto”, “autoexposición”, “autoconcepto”, “autoestima”, “autoaprendizaje”. Este nuevo prestigio de auto- baña en oro muchas de las palabras que toca: en el vocablo “autodeterminación”, exhibe más valor el primer elemento que el segundo.

Tanta abundancia invita, pues, al psicoanálisis social para preguntarnos si no se estará acentuando la idea de “primero yo, y después los demás”. Porque en este tiempo progresa la autoafirmación, y aumentan las personas que se ven siempre con derecho a hacer lo que quieran, quizás porque a muchas de ellas la vida las empuja a resolverlo casi todo solas.

[Foto: PACO FREIRE (SOPA IMAGES/LIGHTROCKET VIA GETT) – fuente: http://www.elpais.com]

El reglamento europeo señala que no se inducirá a error al sugerir la presencia de ingredientes que no están

Ensalada de palitos de surimi de cangrejo

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El sector de la alimentación nos obsequia con caldos caseros que no se han hecho en casa, con croquetas de la abuela que no ha cocinado nadie de la familia, ni siquiera una tía, y con ensalada de cangrejo que carece de cangrejo. Algunos productos entran en el retorcimiento de las palabras como Pedro por su casa. En la cual, por cierto, el tal Pedro sí haría comida casera, a nada que se pusiese a ello.

El envase tomado del estante dice: “Ensalada de cangrejo”. Pero luego, en la letra pequeña, esa que necesita lupa, ya sí consta que del tradicional crustáceo no se ha añadido rastro alguno, sino algo llamado “surimi de cangrejo”, palabra ésta escrita a así, en cursiva: cangrejo. Más adelante se mencionan los “ingredientes del surimi de cangrejo”, ahora en redonda: “carne de pescado, aroma, estabilizantes, agua, almidón, sal (…), crustáceos, potenciador del sabor, carne de cangrejo, colorantes”… Me pregunto si esos crustáceos, ese pescado y ese cangrejo se habrán escrito ahí en cursiva porque cuando los sacaron del agua estaban como de lado, inclinados hacia su derecha.

Otro envase muestra en su tapa un imponente cangrejo de mar junto a las palabras “Ensaladilla de cangrejo”; pero luego en los ingredientes se lee: “Sucedáneo de cangrejo, agua, surimi, carne de pescado”. En este caso no aparecen las cursivas, con lo cual se deduce que el sucedáneo salió derecho del agua.

Para aclararnos debemos conocer la palabra “surimi”. No es fácil, porque si uno mira dentro de ella no halla gran cosa. No pasa como en “pescado”, que es lo que se pesca. O con “alimento”, que es lo que alimenta. No. “Surimi” no dice nada, salvo que uno vaya al diccionario y vea que este término de origen japonés significa “pasta hecha a base de carne de pescados blancos, con la que se elaboran sucedáneos de mariscos o de otros pescados”.

El reglamento general 1169/2011 aprobado por el Parlamento Europeo señala que la información alimentaria no inducirá a error al sugerir la presencia de un determinado ingrediente cuando se ha sustituido por otro. Pero da igual, en el estante sigue la “ensalada de cangrejo”.

Y…, ay, no debí haber sometido a la aplicación Yuka el código de barras del envase después de haber comido lo que contenía (estaba rico): Porque responde: “Malo. 7 sobre 100″. El producto similar, que guardo para otro día (estará rico también), da mejor resultado: “Mediocre: 36 sobre 100″. Para tirar cohetes.

En algunos envases de lo que también llamamos “cangrejo” se lee “Palitos del océano”; y en otros el fabricante tiene buen cuidado en decir “sabor a” (bien pequeñito) “cangrejo” (bien grande). Pero luego en la carta de infinidad de restaurantes escribirán “ensalada de cangrejo”, por mucho que todos intuyamos, y el restaurante sepa, que está elaborada a base de pescado de escaso valor comercial y que no contiene ni rastro de ese artrópodo del orden de los decápodos.

Sí, de acuerdo. La culpa es mía por no pescar en persona los crustáceos o por no comprarlos vivos para cocerlos sin que se den cuenta, como nos pasa a los seres humanos cuando algo empeora poco a poco.

Pero a lo que iba: ya no compramos alimentos, sino palabras. “Ensaladilla de mi madre”, “Escarola de nuestro huerto”, “Empanada artesana”… Y estos días se añaden turrones de diversos sabores que carecen de los ingredientes necesarios para llamarse “turrón”. Parece no importarnos que las palabras mientan.

Como en todo esto vamos para atrás, va a resultar que los únicos cangrejos auténticos somos nosotros.

 

[Foto: PANCHOF (GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO) – fuente: http://www.elpais.com]

De la misma manera que un varón se queda en bragas, una mujer puede decir que está hasta los cojones

Pablo Casado, en el Congreso de los Diputados en Madrid, el miércoles.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Pablo Casado pronunció el miércoles en el Congreso las palabras “coño” y “chorradas”, en una nueva degradación del estilo parlamentario. Su mayor muestra de equilibrio consistió en elegir una evocación del sexo femenino y otra del masculino.

En este segundo caso la relación se establece con la palabra “chorra” (pene), pero no con el origen del término: del antiguo “chorrar”: chorrear. En la fraseología, a veces los vocablos sexuales no son lo que fueron, porque con el tiempo rebasan la definición primigenia para consolidar un sentido que incluso pueden asumir los hablantes del sexo opuesto (la fraseología es binaria).

Por ejemplo, parece evidente que la expresión “lo crié a mis pechos” remite en origen a una mujer, pues los varones carecen de la producción necesaria para ese propósito. Sin embargo, a nadie extrañará que un jefe que haya ejercido como mentor de un exitoso compañero pueda proferir con orgullo: “A Manuel lo crié yo a mis pechos, y mira qué bueno ha salido”.

De igual modo, “se quedó en bragas” remite en origen a una mujer que expresa su desamparo ante una situación incómoda. Pero hoy en día los varones también se quedan “en bragas”, de modo que la locución pierde su sexismo de origen: “Joder, estaba despreocupado cuando mi jefe me pidió un informe y me pilló en bragas”. Es decir, que un varón puede expresar de tal modo su embarazo, paradójicamente.

A su vez, la expresión “cogérsela con papel de fumar” se refiere a un hombre muy escrupuloso. Pero el 28 de agosto de 2019 anoté esta declaración de la actriz Anabel Alonso en EL PAÍS: “Ahora hay que cogérsela con papel de fumar (…). Ahora todos pueden sentirse ofendidos por cualquier cosa”. Se refería a quienes actúan ante el público, lo que incluye a las actrices.

Y ya que estamos con el anatómico apéndice masculino, podemos considerar el dicho “hacerse la picha un lío”, que el 5 de mayo de 2019 utilizaba en este periódico la escritora Elvira Lindo con un indudable genérico inclusivo (mal llamado “masculino genérico”): “Tres marcas para un solo futuro Gobierno, así se vendía hasta anteayer, de ahí que los votantes, imagino, se hicieran la picha un lío”. De tal modo, los votantes, ellos y ellas, pueden hacerse un lío con la picha. El sentido, pues, va de nuevo más allá del significado.

“Bajarse los pantalones” forma parte también del amplio catálogo de expresiones sexistas en origen, porque antiguamente remitía a una prenda solo masculina. Pero bien podría decir alguien ahora, varón o mujer: “Mi jefa se bajó los pantalones”. (Conjugamos el ejemplo en tercera persona porque la primera abunda menos: casi nadie dice eso de sí mismo).

A veces el sentido relacionado con rasgos sexuales se toma como negativo; y en otras no. Se puede ser un chorras y decir pijadas, tal vez también soplapolleces. Pero estas expresiones peyorativas hallan su envés en otras como “pasarlo teta” o “tener chorra”, que evocan sucesos felices.

Así de azarosas se muestran hoy estas cuestiones tan entretenidas, porque de la misma manera que un varón se queda en bragas, una mujer puede decir que está hasta los cojones de no ver un pijo.

Coñazos y chorradas, bragas y pantalones, pichas liadas o con papel de fumar. También las lindes entre el lenguaje del varón y el de la mujer se difuminan.

Dejaremos hoy a un lado la locución “es la polla” (que ya pasó por aquí, y que se refiere a las antiguas apuestas en los naipes). Y también los insultos sexuales (estamos en el capítulo de la fraseología); pero no descartamos que cualquier día Pablo Casado nos obligue a entrar en este tema, con la línea que lleva.

 

[Foto: JAVIER LIZÓN (EFE) – fuente: http://www.elpais.com]

La OMS se saltó dos letras del alfabeto griego, una de las cuales coincide con el apellido del presidente chino

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La OMS lleva tiempo intentando que las enfermedades no se vinculen con lugares concretos, para evitar lo que ocurrió con la mal llamada gripe española, o con la fiebre del Nilo, o con el virus del Ébola (un río congoleño).

Por eso en el caso de las variantes de la covid fue eligiendo a partir de mayo pasado diversas letras del alfabeto griego, en busca de una cierta neutralidad. ¿Neutralidad? Pues no del todo.

Las variantes del virus han venido denominándose hasta ahora “alfa”, “beta”, “gamma”, “delta”, “épsilon”… así hasta los 12 primeros signos de esa relación. No todas estas mutaciones han saltado a la fama, porque algunas no aumentaron el daño y pasaron casi inadvertidas. Ahora, con la variante B.1.1.529, le tocaba en teoría a la letra ni (equivalente a nuestra ene), pero la OMS se la saltó. ¿Por qué? Porque en inglés y en el ámbito científico el nombre de esa letra se escribe “nu”, cuya pronunciación suena parecida a la de new (o sea: “niú”: “nuevo”). Oralmente estaría significando en inglés “la mutación nueva” o “la nueva”, lo cual no habría sido mucho decir, pues cada variante implica una novedad respecto a las anteriores.

En la OMS decidieron evitar ese signo y pasar al siguiente: la xi; que se representa en griego con un trazo parecido al del símbolo del euro con una cedilla debajo. Y, ¡ay! “Xi” es casualmente el apellido de millones de chinos y también el del presidente de la República Popular: Xi Jinping (en chino se pone detrás el nombre de pila). Vaya por Dios. Imagínense que aquí oyéramos hablar de “la variante Sánchez”. Pues eso.

Así que la OMS se saltó esa letra también. Y ya van dos.

En el escalón siguiente estaba esperando la ómicron, que significa ”o pequeña” (o-micron); mientras que la omega venía a ser la o grande (o-mega).

El griego ha desaparecido casi de los colegios, lamentablemente. Sin embargo, su alfabeto sigue prestigiado en el mundo comercial, técnico y científico. Existen la empresa demoscópica Sigma Dos, la marca de instrumental fotográfico Sigma; las máquinas de coser Sigma y Alfa, el automóvil Alfa Romeo, el macho alfa, las versiones alfa y beta de un producto, los rayos gamma, la equipación deportiva Kappa, la Delta Air Lines estadounidense, el grupo inmobiliario Delta, el Lancia Delta; la ropa Épsilon, los relojes Omega…

De acuerdo, la OMS ha conseguido que la pandemia no se vincule ya oficialmente con ningún lugar en concreto. Pero habrá que ver cómo resistirían algunas de esas firmas una exposición continua a su relación con una variante de la covid-19.

Y después de la ómicron viene pi, la letra inicial de “perímetro” (del griego perímetros) que se usa en la fórmula de la circunferencia y que todo estudiante sabrá representar en su trazo original a nada que haya estado atento en clase. Con ello, la connotación peyorativa de la enfermedad pasará de la lengua a las matemáticas; que quizás, en su frialdad, se quejen menos. De hecho, cabría haber denominado las mutaciones con cifras: “variante 1″, “variante 2″… Números infinitos, a diferencia del limitado alfabeto. Y también habría podido la OMS inventarse palabras que, por no existir previamente, no molestarían a nadie: “Variante amilifal”, por ejemplo. “Variante emkuder”, “variante mirsioles”. Pero eso tal vez suene poco serio. ¿No hay salida entonces? Sí, la tenemos: la mejor solución sería que la OMS lograra extender por todo el planeta la variante uve. La uve de vacuna.

[Foto: DPA VÍA EUROPA PRESS (EUROPA PRESS) – fuente: http://www.elpais.com]

Arroja al pensamiento una comparación en la que el pasado gana siempre, inútilmente

Madrid 21-12-1956.- Venta ambulante de mazapán y turrón para las fiestas navideñas, en una calle de Madrid.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Toda comparación distrae de lo que se tiene delante. Contemplar la catedral de Burgos y compararla en ese momento con la de León impide disfrutar completamente de la catedral de Burgos. Y viceversa.

También la añoranza del pasado nos retira del presente, sobre todo cuando incurrimos en una cierta manera de usar la palabra “antes”.

“Antes” contiene mucho más de lo que define su significado. La extensión cronológica de este adverbio abarca lo mismo siglos que horas, días que minutos, pero esta cierta forma de decir “antes” no se define por la distancia temporal, sino por designar un tiempo que ya fue archivado.

Por tanto, esa cierta forma de decir “antes” suele implicar un fracaso.

“Antes esto se hacía así”, “antes había aquí un parque”, “antes se repetía curso”, “antes me decías otras cosas”.

Un fracaso porque lleva la vista atrás en un signo inexorable que la desvía del presente. Este uso de “antes” da idea de un tiempo irrepetible, abarcador de contextos caducados que nunca podremos recuperar en su esplendor.

Decir “antes eso se hacía así” constituye la disculpa perfecta para, al volver los ojos hacia el pasado, quitarle la mirada al presente y no buscar soluciones a los problemas de hoy en función de los tiempos de hoy, con las dificultades de ahora y en el contexto en que vivimos.

“Antes” —esa cierta forma de usar “antes”— lo dice todo porque, sin expresar un límite concreto a partir del cual se activa el contador del reloj mental de quien habla, remite a un tiempo más que pretérito, a un tiempo anterior, a un momento que se fue definitivamente. Y arroja al pensamiento una comparación inevitable en la que el pasado gana siempre, inútilmente.

Gana siempre porque si la referencia al pasado lo elogia, culpamos a la actualidad por haber sucumbido ante él. Y si lo censura, es decir, si la oración que le sigue muestra incomodidades o desgracias de otro momento, resaltamos con ello nuestro propio desem­peño como personas resistentes que en aquel “antes” no se arredraban ante cualquier contratiempo, sino que asumían las adversidades sin volverles la cara.

“Antes jugábamos con una caja de zapatos que convertíamos en un barco pirata”, “antes sólo había turrón blando y turrón duro”.

Al decir “antes”, al usar esa cierta manera de decir “antes”, transmitimos sin darnos cuenta que aquella época anterior nos pertenece y que el presente nos resulta ajeno. Porque suele suponer una disculpa para huir del ahora. Un engaño. Un refugio mental encaminado a desentenderse de las soluciones que la actualidad demanda.

Y ninguna generación está exenta de esa cierta forma de decir “antes”, pues lo pasado no necesita mucho tiempo para serlo. Hay un “antes” que evoca el colegio a quien estudia en la universidad; y un “antes” de la universidad para quien trabaja; y un “antes” de la soltería para el matrimonio…

Quizá convenga preocuparse si nos sorprendemos a menudo pronunciando “antes”, para que en tal caso salte la alarma frente a la imagen de una derrota. La derrota intelectual de creer que se pueden recuperar para la actualidad las técnicas, los usos, los espacios o los comportamientos de otro tiempo.

Pero sobre todo ese “antes” hace que las personas con grandes experiencias se escondan sin querer en el pasado, precisamente cuando el presente más las necesita.

[Foto: EFE – fuente: http://www.elpais.com]

El artículo determinado sirve para comunicar que estamos hablando de un todo

Ajetreo en una calle de Madrid, el pasado mes de abril.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La lengua española constituye un sistema admirable cuya precisión se va perfeccionando con los siglos. Una lengua construida por abajo, entre las clases populares de allá y de aquí, y codificada por arriba desde que Nebrija terminó en 1492 nuestra primera gramática. Por eso se ha aclarado tantas veces que los gramáticos no indican cómo se debe hablar, sino cómo se habla.

Una muestra de esa finura gramatical colectiva: parece arte de magia que millones de hablantes apliquen cada día, sin proponérselo y sin pensarlo, que los posesivos “tuyo”, “suya”, “vuestro”, “nuestro”… tienen coherencia detrás de un sustantivo, pero no detrás de un adverbio. Por eso dicen “en su frente”, “la frente suya” (“frente” es un sustantivo), y no “en su enfrente” ni “enfrente suyo”, sino “enfrente de ella”, “enfrente de él” (porque “enfrente” ejerce como adverbio); o escriben “el coche suyo” y “su casa”, pero no “cerca suyo”, “lejos suyo”, “detrás nuestra”, “su detrás”, “en su lejos” (sino “cerca de él”, “lejos de ella”, “detrás de ellos”)…

Esa finura se desvanece cuando se oyen en el ámbito público construcciones que pasan de la pincelada al brochazo (“detrás tuya”, “dentro mío”) y que arruinan los matices intuidos por millones de hablantes y tallados por el tiempo.

En la prensa y la radio se aprecia ahora un nuevo fenómeno de ese tipo: las construcciones “la mayoría de españoles cree”, “afecta al 15% de extremeñas”, “el resto de trabajadores”, “una parte de alumnas”…; en todas las cuales falta el artículo determinado: “una mayoría de los españoles”, “afecta al 15% de las extremeñas”, “el resto de los trabajadores”, “una parte de las alumnas”. Tal artículo adquiere en castellano un sentido gramatical y filosófico que se va perdiendo en el lenguaje de algunos redactores por su desinterés hacia el idioma que usan profesionalmente.

Como señala la Nueva gramática de las academias en sus apartados 14.7b, 20.2j y 21.6l, en esas construcciones se relaciona una parte con un todo. Así, el primer elemento (“una mayoría”, “el 15%”, “el resto”, “una parte”) se refiere a una porción de determinado dominio; y el segundo (españoles, extremeños, trabajadores, alumnos) muestra al todo de esa colectividad. Y en español el artículo determinado representa una de las formas de comunicar que hablamos de un todo: “los españoles”, “los andaluces, “los trabajadores”, “los alumnos”. Por tanto, distinguimos entre “los daños se repararon” y “unos daños” o “algunos daños”. Y se tomaría por agramatical en español la opción “daños se repararon”, porque los sustantivos solitarios suelen precisar la compañía de un determinante (“esos daños”, “tus daños”, “unos daños”…). Reglas que aprendemos sin estudiar.

Por tanto, la precisión del genio del idioma (llamamos así a la intuición de millones de hablantes actuales y pasados) ha hecho que en “el resto de los españoles” ese artículo dé idea de que una parte se proyecta sobre un todo. No sucedería igual en una oración como “a la fiesta asistió una gran parte de alemanes y algunos españoles”, donde “alemanes” no equivale a todos los asistentes, sino a una fracción. Y que se diferenciaría de “a la fiesta asistió una gran parte de los alemanes y algunos españoles”, pues en ese caso los alemanes sumarían un número sensiblemente mayor.

Conocer la maquinaria precisa de una gramática construida durante siglos mueve al respeto por tan genuina creación de la cultura, y a lamentar los rasguños periodísticos que a veces se perciben en ese valioso lienzo colectivo. Consuelan, sin embargo, los usos certeros que mantiene la inmensa mayoría de los hispanohablantes.

[Foto: MARCOS DEL MAZO (LIGHTROCKET/GETTY IMAGES) – fuente: http://www.elpais.com]

Escrito por

Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo
Alex Grijelmo
Madrid, Taurus, 2019.
p. 304.

Al llamado «lenguaje inclusivo» se le suele objetar su carácter chirriante y arbitrario, sin reparar en que a menudo sus problemas van más allá y su empleo hace de enunciados simples paradojas dignas de un Zenón de Elea. El otro día, por ejemplo, hojeando un libro de la mesa de novedades de una librería, topé con esta expresión en el frontis de un capítulo: «Nosotros y nosotras…». Mi comprensión lectora quedó atrapada por este curioso sintagma autodestructivo. Con cierto fastidio, pero sin violar la lógica imperfecta de los lenguajes naturales, uno puede decir «ellos y ellas» o «vosotros y vosotras»: a un conjunto de varones se yuxtapone otro de mujeres. No sucede lo mismo con «nosotros y nosotras»: el sentido de la primera persona del plural no es yuxtaponer, sino más bien el de reunir o unificar. Doblando el pronombre se hace disjunto lo que por definición es conjunto. En suma: no hay, en este universo, hablante que pueda decir con sentido «nosotros y nosotras» (locución que tendría que ser pronunciada, por lo demás, al unísono, a no ser que se tratase del extraño plural mayestático de un monarca intersexual). Si además el grupo es solo de dos personas (e.g. un matrimonio de hombre y mujer que anunciase a sus amigos: «nosotros y nosotras iremos mañana a comer al restaurante que habéis recomendado») la paradoja es doble: cada uno de ellos se estaría refiriendo a un grupo, tratándose de una única persona.

Estas rarezas lógicas son minoritarias. Más habitual es forzar la flexión femenina de un nombre que no es masculino, sino común en cuanto al género, y por lo mismo, naturalmente inclusivo: juez en juezaportavoz en portavoza. Ambas voces castigan el oído, si bien a la primera nos hemos acostumbrado. Dentro de la clase de palabras que no haría falta doblar descuellan los participios de presente, también llamados participios activos, aquellos que denotan capacidad de realizar la acción que expresa el verbo del que derivan. Aunque en puridad son formas verbales, muchos se lexicalizan como sustantivos (cantanteestudiantepresidente). Ahora bien, a excepción de los participios de pasado (el aria cantada, el examen estudiado, la reunión presidida) los verbos carecen de marca de género; la mayoría de sustantivos, en cambio, sí la tienen. ¿Qué hacer por tanto con un nombre que es el fósil de un verbo? No hay regla. La lengua hablada da permiso de circulación a algunos femeninos (de clienteclienta; de sirviente, sirvienta) y cierra el paso, por ahora, a otros (amante y no amantamilitante y no militantaagente y no agenta). Dado que la feminización es más habitual en terminaciones en -ente que en -ante, deduzco que el criterio del hablante (que no hablanta) es el de eufonía. Por lo demás, solía ser el caso que el femenino en estos supuestos, en épocas merecidamente superadas en que se vedaba a las mujeres el acceso al cargo público, significase «esposa de». Así, Clarín tituló La Regenta a su famosa novela: Ana Ozores era la esposa del regente, cuyo nombre nadie recuerda.

Me quiero detener en una voz en disputa: presidenta. O, tanto da, vicepresidenta. Decía Carmen Calvo cuando ocupaba el cargo que, si oía la palabra vicepresidenteella no volvía la cara, por no sentirse concernida. En 2021 esta parece ser la postura estándar neofeminista. Anoto la fecha porque no siempre fue así. A algunas de las primeras mujeres que alcanzaron cargos de relieve en España no les importaba demasiado ser «presidente». No faltaba quien lo exigía. Viene a la cabeza Ana Diosdado, que en su paso por la presidencia de la SGAE hizo saber que no deseaba ser presidenta y firmaba sus cartas y escritos como «la presidente». Había razones lingüísticas que quizá en su condición de dramaturga y guionista no se le ocultaban: en su etimología presidente proviene de latín prae sedens: él o la que se sienta delante. El doblete aquí es tan innecesario como en sedentepresente o paciente. O quizá Diosdado pensaba que la igualdad era llegar a «presidente» (toda vez que «presidentas» ya había habido durante el franquismo, siempre de organizaciones de poca enjundia o como título meramente honorífico). Por mi parte, diré que no tengo problema alguno en usar «presidenta» si es el término que prefiere la persona aludida. Por otro lado, creo que si fuera mujer y alcanzara a esa posición, me daría bastante igual ser «presidente».

Sirva esta introducción para probar mi interés por los debates acerca del llamado «lenguaje inclusivo». Cosa que no sorprende. El lenguaje es obra colectiva de la que todos nos sentimos propietarios, sobre todo si es la materna. Conquistar el dominio de la lengua cuesta no pocos desvelos, y es comprensible que todo cambio en la norma genere vivas discusiones. Vaya también por delante mi predisposición a la tolerancia y a cierta flexibilidad para cambiar de usos lingüísticos. Con ánimo de informar mejor mis opiniones he leído Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, del veterano periodista Alex Grijelmo (Taurus, 2019). Es un libro útil. Grijelmo está bregado en las controversias acerca de la lengua y tiene sobrados títulos para moderar este debate (es autor del libro de estilo de El País y fundador, durante su paso por la Agencia EFE, de la Fundación del Español Urgente, la benemérita Fundéu, que vela por el buen uso del español en los medios). Es además hombre de talante conciliador, que gusta de ponderar los méritos de un argumento y su contrario. Busca apoyo a menudo para sus tesis en las filólogas feministas, que ha leído a fondo y con genuino interés. Su libro termina con un borrador de treinta seis sugerencias con soluciones razonables y de fácil uso a los dilemas y embrollos que ha traído la cuestión del lenguaje inclusivo. Es bastante asumible.

El libro, que no es corto, puede resumirse en cuatro tesis. La primera: la pervivencia de usos sexistas en la lengua. El caso más notorio son las asimetrías: expresiones o palabras que dichas de una mujer adquieren un matiz peyorativo ausente al decirse de un varón (asistente y asistentafulano y fulanamodisto y modistazorro y zorra). La segunda: que el machismo de algunos usos no puede extenderse a la gramática y a su sistema de formación del género gramatical. Grijelmo dedica informadas páginas a mostrar que el uso del genérico no marcado –el mal llamado «masculino genérico»– no nace fruto de ninguna conspiración patriarcal o directriz machista para invisibilizar a la mujer. Justo lo contrario: fue la necesidad de dar visibilidad a la mujer, conspicua realidad de la vida, lo que hizo que las lenguas indoeuropeas desgajaran un género propio para ellas, distinto del común usado hasta entonces (privando así a los hombres del género individualizado que tienen las mujeres). La tercera: la necesidad de quitarse de la cabeza la principal superstición que impulsa el uso del lenguaje inclusivo: la creencia de que lo que no se nombra no existe. Lo que no se nombra sí existe. Porque la lengua es un sistema de representación donde el significante no silencia el sentido, que el oyente recupera por vía de contextos compartidos y en virtud del principio de cooperación entre emisor y receptor. Al decir «pasé cuatro días en Londres» todo el mundo entiende incluidas las noches sin necesidad de aclaración. Salvo en San Petersburgo, en algunas fechas del calendario, las noches no se invisibilizan. Tampoco las mujeres al decir «los invitados pasaron al salón». (Naturalmente, el principio de cooperación, enunciado por Grice, se basa en la sinceridad; ausente esta, una omisión sí es una ocultación). La cuarta tesis, secuela de las anteriores: no hay relación de univocidad entre sociedad y lenguaje. Una lengua poblada de «masculinos genéricos» puede corresponderse con sociedades muy avanzadas en punto a igualdad de género. En sentido inverso, lenguas que no marcan el género y son por tanto estrictamente igualitarias en su gramática son a veces el patrimonio de sociedades machistas y retrógradas.

Lo que dice Grijelmo, en suma, es algo tan sensato como esto: si hay machismo, no está en la gramática, sino en la sociedad. Al evolucionar, la sociedad puede cambiar algunos usos sin necesidad de erosionar una gramática menos caprichosa de lo que se supone. Viene aquí a cuento el útil concepto de «sesgo del oyente», acuñado por Álvaro García-Meseguer, pionero de la reflexión sobre sexismo y lengua. Si una persona escucha «los jueces» y piensa solo en jueces varones es porque en la realidad hay pocas juezas, y es en la realidad donde se debe intervenir removiendo barreras o incentivando el acceso de las mujeres a la carrera judicial. Sabemos que eso ya no pasa: las mujeres son de hecho mayoría en las nuevas promociones de togados y es cuestión de tiempo que lo sean también en lo alto del escalafón. Cualquiera sabe que si va al juzgado, el juez que se le asigne puede ser mujer u hombre: lo primero ya no le sorprenderá. Sucede algo parecido con la palabra «matrimonio»: tras la normalización del matrimonio homosexual los españoles ya no damos por hecho que la voz deba referirse a hombre y mujer. No ha habido que cambiar la palabra para ampliar el rango de su significado. De hecho, el doblete morfológico puede lograr lo contrario de lo pretendido; esto es, mantener oculto en lugar de hacer ostensible. Por ejemplo, «Marie Curie fue la primera científica en identificar la radioactividad» es una frase de la que podríamos deducir que algún científico varón ya lo habría hecho antes. Pero no, Marie Curie fue la primera «científico» en hacerlo, así como en ganar dos veces el premio Nobel. Con buen criterio Grijelmo sugiere que para las mujeres es más provechoso «apropiarse» del término genérico acrisolado, obligando a ampliar su ámbito de significación, que exigir un término privado para el sexo femenino. Nadie se extraña de que este año de su centenario se hayan sucedido «homenajes» a Emilia Pardo Bazán, a pesar de que la etimología de la palabra recuerde su vinculación con los homes de la lengua provenzal, los hombres.  Se trata de un nombre masculino ganado por la mujeres y por tanto ya común. Como «patrimonio».

Grijelmo, en fin, concibe el «lenguaje inclusivo» como «un lenguaje identitario», un léxico especializado para uso de un gremio, en este caso un movimiento político. Llevado por su propósito conciliador, cree que, siempre que se use con mesura, su práctica puede tener efectos benéficos: «Una moderada duplicación –sobre todo en la lengua cultivada, es decir, en la actuación sobre el lenguaje público y administrativo– servirá legítimamente como símbolo de que se comparte esa lucha por la igualdad, siempre que eso no implique considerar machista a quien prefiera emplear el genérico masculino por creerlo igualmente inclusivo y además más económico» (pág. 277). No se muestra por tanto Grijelmo partidario de soluciones drásticas como la adoptada por el gobierno francés, que ha prohibido el lenguaje inclusivo en las aulas y en los documentos oficiales, «por ser un obstáculo a la comprensión de la escritura». En definitiva (aunque el autor es demasiado educado como para aprobar esta simplificación): «que lo usen los políticos en sus discursos y los funcionarios en sus papeles y a los demás nos dejen tranquilos». (Por cierto: Grijelmo ha comprobado que cuando las convocatorias de empleo público se redactan en genérico no marcado, las mujeres acuden igual a las pruebas).

Es una postura con la que quizá hubiera simpatizado hace unos años, cuando la moda no había mutado en religión. Me temo que pocos de los usuarios del lenguaje inclusivo están de acuerdo en practicar esa largueza liberal recíproca que Grijelmo propone. En una economía terciariada donde las comunicaciones escritas son constantes –se escriben docenas de correos electrónicos al día–, la decisión de usar o no el «lenguaje inclusivo» –inevitable desde el encabezado de las cartas– empieza a ser motivo de enrarecimiento en ambientes de trabajo (no es inédito que algún colega se niegue a responder los correos de colegas que declinan su uso). Y es que Grijelmo acierta al decir que el «lenguaje identitario» es una especie de jerga especializada o de grupo, sin acertar, sin embargo, a extraer las plenas consecuencias de este hecho. Porque llamarlo «lenguaje identitario» es tanto como llamarlo «lenguaje de parte» Al abandonar la norma común –y lo común por excelencia es la lengua– se demarca una frontera entre quien lo adopta y quien declina su empleo. Como ha dicho Josu de Miguel «El lenguaje inclusivo es un código lingüístico para identificar y señalar a los que no lo utilizan». En mi opinión, da en el clavo: el lenguaje inclusivo merece más el calificativo de código que de lenguaje: un repertorio reducido de símbolos (algunos impronunciables como la @, la x o la barra diagonal en lugar del morfema de género) que encriptan una señal que no tiene que ver con el contenido del mensaje. En este caso, la señal es de avenencia –ya sea por convicción, miedo o apatía– con la doctrina oficialmente correcta (la existencia de machismo estructural en nuestras vidas, empezando por la lengua). Ello se compadece con que la presión para hablar «en inclusivo» recaiga principalmente sobre los hombres (en mis propios quehaceres profesionales noto que mis colegas mujeres sienten, por lo general, una gozosa dispensa a la hora de usar el lenguaje que se supone las redime: no es el primer corsé del que se liberan). Y si es más código que lenguaje, por lo demás, el «lenguaje inclusivo» tampoco merece el calificativo de inclusivo. Porque se trata de una forma de hablar que hace lo contrario: bifurcar o separar, deshaciendo las representaciones de lo común. Representación que se puede lograr muchas veces haciendo uso del rico repertorio de sustantivos epicenos y comunes de la lengua. Así, «esposo» y «esposa» quedan felizmente reunidos en «cónyuge». En mi práctica diaria, yo mismo procuro agotar esas posibilidades antes de recurrir a términos con marca de género. El resultado suele ser una lengua más variada y precisa. Decir «tropa» en lugar de «soldados» no afea el lenguaje, si acaso lo embellece.

Me gustaría pensar que la propuesta de Grijelmo tendrá éxito y la tolerancia mutua será la pauta en que terminaremos conviniendo. Soy escéptico. Sé bien que si escribo «juez» o «presidente» para referirme a una mujer, serán muchos los que vean la agenda de un machismo irredento y soterrado en lo que para mí no deja de ser una opción autorizada por la lengua de mayor eufonía. Lo mismo con «el hombre» para hablar del ser humano en general, como es tradición inveterada en filosofía (María Zambrano dio el título de El hombre y lo divino a uno de sus libros más importantes). La suspicacia, por lo demás, es mutua y confieso que leer un texto «en inclusivo» me predispone en contra del emisor. Se cierne sobre mí el recelo de que para su autor el contenido es lo de menos, apenas un pretexto para exhibir una virtud igualitaria demasiado autoconsciente. Cuando un político insiste, en sus alocuciones, en desdoblar–algo que de por sí rompe el ritmo de cualquier discurso, y con ello su atractivo–, se tiene la impresión de que el fondo del asunto es de poca monta, postizo, intercambiable, «paja», toda vez que el esmero del emisor se ha ido en señalizar su acatamiento a la moda del momento. Cuando escucho a un líder sindical decir «obreros y obreras» o «agricultores y agricultoras» me resulta difícil creer que los problemas del trabajo en el campo o la fábrica le quiten el sueño. El uso del lenguaje se vuelve estratégico, no busca comunicar. Porque el lenguaje inclusivo quiere visibilizar, sí, pero no a ningún colectivo, sino a uno mismo. La grata actividad de intercambiar ideas y sentimientos con otros seres humanos muta en un irritante concurso de imposturas. En sentido inverso, ¡qué refrescante y seductor se ha vuelto la lengua de alguien que habla sin ortopedias inclusivas! El efecto aquí nos estimula y hace aguzar el oído: sentimos que el emisor, hombre o mujer, está, por así decir, a pie de obra, con las manos enharinadas, poco dispuesto a hablar con perífrasis, deseoso, en suma, de «ir al grano». El lenguaje ceñido a las cosas y solo a las cosas nos sugiere un hablante comprometido con lo que dice. Una maestra que habla de «los niños» reclama nuestra atención de manera imperiosa; una que hable «de los niños y las niñas» invita a pensar que lo que sigue será banal. Termina su libro Grijelmo con estas palabras: «Cuando todos seamos iguales, cosa que por el momento está lejos de ocurrir, cuando se hayan resuelto las diferencias salariales, la violencia machista, la discriminación de la mujer, cuando haya desaparecido todo eso y la igualdad sea plenael lenguaje dejará de ser una batalla». Es de nuevo un deseo loable pero se diría que la tendencia es la contraria: la batalla por el lenguaje inclusivo ha arreciado justo cuando los arcaicos prejuicios machistas están ya todos en vías de extinción en las sociedades occidentales y no hay una sola ocupación u oficio donde uno no pueda imaginarse a una mujer de éxito. Cunde así la sospecha de que las luchas simbólicas tienen una vida propia desconectada de los avances en las batallas materiales. Menos improbable es que depongamos las armas lingüísticas por mero agotamiento: hablar «en inclusivo» cansa. Los usos –de la técnica, de la lengua, de la vida– se abandonan cuando son ineficientes. La llegada de un tercer género filológico (al que la ministra de Igualdad Irene Montero rotura el camino con coraje) podría ser el kilo de peso muerto más que una mayoría ya no esté dispuesta a cargar. Quizá entonces recuperemos la perdida senda de un «nosotros» que «nosotros y nosotras» no puede decir.

 

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

“Derogar” tiene una sola acepción: “Dejar sin efecto una norma vigente”. A ver qué parte de esa definición ofrece dudas

La vicepresidenta Yolanda Díaz atiende el 2 de noviembre a la prensa en el Senado.

La vicepresidenta Yolanda Díaz atiende el 2 de noviembre a la prensa en el Senado.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Un debate semántico se puede producir cuando una palabra ofrece distintos significados. Eso ocurre por ejemplo con el vocablo “político”, que tiene 12 acepciones. Para unos, los dirigentes del procés fueron condenados por su actividad y su intención política, por “poner las urnas”; y merecen por tanto la condición de “presos políticos”. Para otros, obraron sin los votos populares suficientes, incumplieron el Estatuto de Cataluña y la Constitución, y además malversaron fondos (usaron dinero que los Presupuestos destinaban a otros objetivos), asuntos que no tienen que ver con ideas políticas sino con hechos ilegales; por tanto, se trata de “políticos presos”.

Este debate semántico con “político” se produce en función de que consideremos tal palabra como sustantivo (políticos presos) o como adjetivo (presos políticos). Pero las dos opciones tienen validez, porque contribuyen a expresar las enfrentadas ideas de quienes las utilizan. Yo no hablaría nunca de “presos políticos” en el caso del procés, porque mi punto de vista lo impide. Sin embargo, la expresión me permite entender lo que piensan aquellos cuyas ideas no comparto. Que para eso sirve la lengua.

Habrá debate semántico en esta palabra, pero en cada uno de esos dos usos se entiende a la perfección lo que se quiere defender.

En tiempos más recientes, distintos políticos de la izquierda manifestaron su compromiso con “derogar” la reforma laboral que aprobó la mayoría parlamentaria del PP. (Yolanda Díaz: “Vamos a derogar la reforma laboral a pesar de todas las resistencias”. Pedro Sánchez: “La vamos a derogar y cambiar de arriba abajo”). En las últimas semanas, esas mismas personas han concluido que tal derogación no es posible “técnicamente”. Y ahora algunos de sus partidarios rebajan el problema arguyendo que se trata en realidad de “una cuestión semántica”.

Y aquí el Diccionario da poco lugar al debate. La entrada “derogar” incluye una sola acepción, muy breve: “Dejar sin efecto una norma vigente”. A ver qué parte de esa definición puede ofrecer dudas semánticas.

No obstante, sí cabría un debate etimológico, sobre el origen y la evolución del verbo. Porque “derogar” (del latín derogare) tuvo antiguamente el sentido de “anular en parte una ley” (Corominas y Pascual lo documentan en el siglo XV); y luego el de “reformar” o “quitar alguna cosa”. Estas referencias a modificaciones parciales figuran en los diccionarios académicos desde 1732 hasta 1984, edición en la que aún se lee el equivalente “reformar” en esa entrada. Pero se supone que en tales casos el contexto aclaraba el alcance de la expresión: es decir, si se derogaba algo al completo o sólo en parte.

Sea como fuere, en la actualidad el significado de “derogar la reforma laboral” únicamente puede entenderse como anularla o abolirla… al completo.

El ministro Alberto Garzón intentó cerrar el debate sobre este conflicto manifestando que “no hay que preocuparse por la semántica sino por los contenidos”. A saber qué quiso expresar, porque la semántica es precisamente el contenido. ¿Y cómo no preocuparnos por la semántica, es decir, por el significado de lo que nos transmiten? Si en la política no importara el significado cabal de cada vocablo, si “hoy” no significara “hoy” y “mañana” no significase “mañana”, dejarían de tener sentido las palabras, las entrevistas, las declaraciones; y entonces el mejor discurso posible sería el silencio.

[Foto: KIKO HUESCA (EFE) – fuente: http://www.elpais.com]

Habrá quien acabe creyendo que la ruptura depende de que uno de los cónyuges acceda o no a la solicitud del otro

Tina Turner (en primer plano) y Ike Turner actuan durante un programa de televisión, en Londres en 1966.

Tina Turner (en primer plano) y Ike Turner actuan durante un programa de televisión, en Londres en 1966.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Las separaciones entre famosos llevan de vez en cuando a los programas del corazón y a la prensa rosa la expresión “le pidió el divorcio”. En los últimos tiempos se han podido oír o leer frases como estas: “Ainhoa Arteta le pidió el divorcio a Matías Urrea”, “Agatha desvela cómo Pedro J. le pidió el divorcio”, “Elliot Page le pidió el divorcio a Emma Portner”, “Cuando Rocío Carrasco le pidió el divorcio al guardia civil”… Y la búsqueda de esa locución en Google da otros muchos casos, como “Hace 45 años Tina Turner le pidió el divorcio a Ike” o “Angelina Jolie le pidió el divorcio a Brad Pitt”.

Por cierto, esta última noticia resaltaba que el divorcio de Jolie y Pitt llegó “tras dos años de matrimonio y doce de estar juntos”; y en el caso de Ágatha Ruiz de la Prada y Pedro J. Ramírez, las informaciones detallan que llevaban unidos 30 años y se habían casado unos meses antes. No sé si eso refuerza la chistosa tesis de que la principal causa de divorcio es el matrimonio.

En cambio, no tiene ninguna gracia lo que el primer marido de Tina Turner escribió en sus propias memorias: “Por supuesto, golpeé a Tina… Tuvimos peleas y hubo veces que la mandé al suelo de un puñetazo sin pensarlo. Pero nunca le di una paliza”.

La oración “le pidió el divorcio”, oída y leída a menudo en las informaciones sobre el famoseo, puede considerarse coloquial, expresada en un ámbito que no busca la precisión jurídica; pero quizás a fuerza de repetirse habrá seguidores de esos espacios que, por carecer de información adicional, acabarán creyendo que la ruptura de un matrimonio depende de que uno de los cónyuges acceda a la solicitud del otro; y que, por tanto, del mismo modo que se concede se puede denegar. Menos mal que las leyes no suelen decir eso, porque a ver cómo se le pide amablemente el divorcio a un energúmeno como Ike Turner, el primer marido de Tina.

Al menos en España, ninguno de los miembros de la pareja puede bloquear la libre decisión del otro de divorciarse. La vigente ley española señala que se decretará judicialmente el divorcio a petición de uno solo de los cónyuges, de ambos o de uno con el consentimiento del otro. Y esa petición no se le plantea al otro cónyuge, sino al juez, que habrá de decretarla.

Es decir, igual que dos no se pelean si uno no quiere, dos no siguen casados si uno prefiere poner fin a la unión. El acuerdo sobre reparto de bienes y custodia de los hijos facilitará el trámite judicial y evitará engorrosas situaciones, pero eso no lo convierte en imprescindible. Ahora bien, en caso de desacuerdo, la división de propiedades y potestades quedará a lo que establezca el juez.

La ley española añade que el cónyuge que emprenda las actuaciones tendentes al divorcio no necesita alegar causa alguna que lo justifique. Por tanto, basta su libérrima voluntad.

Así pues, cada vez que alguien informe de que una persona famosa le pide el divorcio a su pareja, el público deberá descodificar el mensaje, deducir que el periodista no estaba iluminado ese día por la precisión de la lengua y pensar que ahí “pedir” significa más bien exigir (o reclamar, activar, emprender la ruptura). Plantear el divorcio no consiste en expresar un deseo con la esperanza de que alguien lo satisfaga, sino en ejercer un derecho con la seguridad de que la legislación lo garantiza. Por tanto, nadie está obligado a pedir el divorcio a su cónyuge: se divorcia y adiós. Y ahí te quedas, Ike Turner.

 

[Foto: CHRIS WALTER (WIREIMAGE) – fuente: http://www.elpais.com]

La oscuridad en la exposición no contribuye a la claridad del debate, y desata así de nuevo las sospechas

El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, el 25 de octubre en el Congreso.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Hay dos tipos de eufemismo, el eufemismo de significante y el eufemismo de significado. En el eufemismo de significante (es decir, el vocablo empleado), simplemente una palabra sustituye a otra porque se cree que la primera de ellas no suena bien o no reúne la elegancia que exige la situación. Pero en el eufemismo de significado no se sustituye un término por otro, sino que se cambia una idea por otra. Y eso parece más grave.

Veamos dos ejemplos. “Trasero” es un eufemismo de significante que se usa en vez de “culo”. Y ahí no se produce alteración en el significado, sino solo en las palabras. Si digo “le dio una patada en el trasero”, eso representa lo mismo que “le dio una patada en el culo”. La figura mental que se forma el receptor del mensaje coincide en ambos casos, aunque una expresión resulte vulgar y la otra no. Estos eufemismos de significante generalmente buscan evitar expresiones malsonantes, o no ofender, o mantener un registro culto. No hay mayor problema con ellos.

[Foto: ÓSCAR CAÑAS (EUROPA PRESS) – fuente: http://www.elpais.com]

Otegi dijo en 1999 que la responsabilidad de que ETA matara recaía en los partidos democráticos. Esta vez se lo ahorró

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, y el secretario general de Sortu, Arkaitz Rodríguez, el 18 de octubre en San Sebastián.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El libro del profesor británico John L. Austin Cómo hacer cosas con palabras (Paidós, 1962) constituyó un acontecimiento en la filosofía del lenguaje. Con Austin aprendimos que decimos palabras, y también que hacemos con palabras. Por ejemplo, hacemos con palabras al decir “gracias”, porque en ese momento estamos agradeciendo algo. Para felicitar hace falta decir “te felicito” o una fórmula equivalente, del mismo modo que para suspender el pleno del Congreso se precisa que la presidenta diga “se suspende la sesión”. Puedo escribir que rechazo un regalo y sin embargo quedármelo; pero si dijese “condeno los atentados” los estaría condenando aunque me moviera la hipocresía.

¿Y qué hace falta para pedir perdón? Obviamente, declarar que se pide perdón. Pero la comunicación humana cuenta con distintos caminos. También se puede pedir perdón metafóricamente (“me arrodillo ante ti”); incluso gestualmente (si alguien se inclina, baja la cabeza y junta las manos, está implorando perdón sin pronunciar esos términos).

¿Pidió perdón Arnaldo Otegi el lunes cuando habló de las víctimas del terrorismo? Veamos sus palabras: “Queremos trasladarles que sentimos su dolor y afirmamos que nunca debería haberse producido. A nadie puede satisfacer que aquello sucediera. No se debería haber prolongado tanto en el tiempo. (…) Nada de lo que digamos puede deshacer el daño causado. Pero es posible aliviarlo desde el respeto y la memoria. Sentimos enormemente su sufrimiento y nos comprometemos a mitigarlo”.

En verdad, la expresión “pedimos perdón” no figura. La declaración sí refiere un dolor ajeno y evoca alguna responsabilidad propia en él (por eso la frase “nos comprometemos a mitigarlo”), pero a la vez alude a un periodo dentro del cual la violencia parecía tolerable (“no se debería haber prolongado tanto”). Al no completarse el mensaje con la palabra “perdón”, queda abierta la reserva mental de que los terroristas no fueron los responsables de tanta muerte. Sin embargo, a la hora de interpretar a Otegi por lo que silencia, se puede apreciar también que esta vez no mencionó que tal culpa les corresponde “al Estado español” o a los demás partidos, acusación habitual en épocas anteriores.

El 29 de noviembre de 1999, Otegi comentaba públicamente el anuncio de que ETA interrumpía su alto el fuego. Tras una defensa de “los represaliados políticos vascos” (los asesinos encarcelados), dijo: “El Partido Socialista, la Unión del Pueblo Navarro, el Partido Popular (…) han actuado con absoluta irresponsabilidad política, no han planteado otra estrategia que no fuera la estrategia de la guerra y de la provocación y se han mantenido inamovibles en una batalla contra la democracia (…), no valen ahora excusas ni adjudicación de responsabilidades a otros (…). La permanente incapacidad de estos agentes políticos (…) merece nuestro más absoluto desprecio (…), nos asiste la razón frente a una batalla fascista”.

Aquel día, por tanto, Otegi explicitó que la culpa del terrorismo correspondía a los partidos democráticos. Pero el lunes se lo ahorró. ¿Significa eso que asume la responsabilidad del daño, al no proyectarlo ya sobre otros? Tal vez. Ahora bien, si hubiera expresado textualmente “pedimos perdón”, no habría dudas, ni para nosotros ni para John Austin. Sin embargo, por alguna razón decidió no pronunciar esas palabras que habrían tenido la capacidad de hacer por sí mismas. Y con ello dejó libre el terreno para que cada cual lo interpretase a su gusto. Incluidos sus propios fanáticos.

[Foto: JAVIER ETXEZARRETA (EFE) – fuente: http://www.elpais.com]

Ese latiguillo funciona como prevención exculpatoria para expresar que no hay más remedio que decir lo que se dirá

Los jugadores del Barcelona, en abril de 1975. Rexach es el segundo por la derecha entre los agachados.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Un periodista le preguntó a Carles Rexach después de que el jugador del Barcelona marcara tres goles al Feyenoord en una eliminatoria de la Copa de Europa 1974-1975: “¿Se siente satisfecho con su partido?”.

Hombre, si el futbolista barcelonés había logrado tres goles, y hasta le anularon el cuarto, si su equipo había superado la eliminatoria, si las crónicas de radio ya hablaban de la noche mágica de Rexach, ¿cómo se iba a sentir él? Vaya pregunta.

Algunas entrevistas periodísticas pospartido ponen a prueba la habilidad del deportista para no parecer un presumido y además un simple. Y en casos así conducen a dos respuestas posibles. La más esperable: “Bueno, lo importante no es mi actuación sino el equipo”. Y la otra: “Sí, estoy muy contento con el partido que he hecho porque he marcado tres goles, y creo que esta noche quedará en la memoria del barcelonismo y que he sido el mejor sobre el terreno de juego”. Pero la segunda opción implica una muestra de vanidad que la gente suele censurar. Así que para ese caso el fútbol moderno ha descubierto un latiguillo fantástico: la verdad que. Después de la verdad que, ya se puede mencionar cualquier mérito, individual o colectivo, porque tal muletilla funciona como contraexpectativa (María Amparo Soler Bonafont, 2017) y como prevención destinada a expresar que no hay más remedio que decir lo que a continuación se dirá, puesto que la locución viene a significar más o menos esto: “Se espera que no diga esto, por humildad, pero no tengo más remedio; usted me pregunta y debo contestarle sin tapujos”. De ese modo, la verdad que se consagra como latiguillo exculpatorio empujado por la cortesía de responder a lo que el periodista plantea.

Antaño se usaban expresiones más rimbombantes: “En honor a la verdad”, “todo hay que decirlo…”. Y otras que reconocían explícitamente la falta de recato con la intención de quedar absuelto precisamente por esa confesión: “Aunque esté mal que yo lo diga…”, “perdón por la vanidad, pero”, “no es por echarme flores”…

La verdad que (se omite el “es” a fuerza de usarlo) constituye cada vez más una atenuación destinada a resaltar la sinceridad por encima de la modestia, y va sustituyendo en el lenguaje común a otras locuciones similares, como “en verdad”, “bien es verdad que” o “a decir verdad”.

Aunque prolifera ahora, viene de antiguo, claro, como refleja la literatura. Por ejemplo, Jardiel Poncela le hace decir a un personaje: “Y la verdad es que, efectivamente, yo he metido en mi cama a todas esas señoras y señoritas exceptuando a aquellas con las que utilicé su cama propia” (Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, 1931). Y 40 años antes, en 1890, Jacinto Octavio Picón pone en boca de otro: “La verdad es que soy el médico joven que más trabaja en Madrid” (La honrada, 1890). Y en un diálogo de García Hortelano se lee: “La verdad es que lo hago perfecto” (El gran momento de Mary Tribune, 1999). Por tanto, las frases que los deportistas se ven abocados a pronunciar se inscriben en esa línea de pedir perdón por presumir. El lenguaje funciona así, a veces sale de los libros para anidar en la sociedad y volar en las palabras de un futbolista. Y al revés.

Sin embargo, resulta curioso que esta locución no haya saltado a la política, en frases como “la verdad que estamos gobernando muy bien” o “la verdad que nuestra alternativa de gobierno es la mejor posible”. En la política se estila poco pedir perdón, y mucho menos pedir perdón por la inmodestia.

[Imagen: PA IMAGES (PA IMAGES VIA GETTY IMAGES) – fuente: http://www.elpais.com]

Bien mirado, ‘offshore’ se puede traducir como “escaqueo”. “Países de escaqueo”, “tiene dinero escaqueado”

Corinna Larsen en Moscú en febrero de 2019.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los Papeles de Pandora han reanimado algunas palabras curiosas.

Corinna. Nombre de origen griego, derivado de Kore. Significa “mujer joven” (doncella, muchacha). Hay que recordar a algunos periodistas que las mujeres también tienen apellido. En este caso, Larsen.

compliance. Los bufetes de los refugios fiscales cuentan con programas de compliance. Pero “ningún programa de compliance es infalible”, se justificaron en uno de ellos. Procede del latín complere, y puede traducirse por “cumplimiento”. En definitiva, se trata de controlar. De controlar que no venga la policía.

fideicomiso. También ha aparecido en inglés: trust (a partir de to trust, confiar). Consiste en dejarle a otro unas propiedades para que haga lo que su dueño diga. O sea: ponte tú que a mí me da la risa.

magnate. “Mangante”, qué gran errata.

offshore, off shore. Literalmente, “fuera de la playa”. Para un inglés, fuera de la isla, en el exterior. (On shore significa “en tierra”; y shoreline, “línea de costa”). Ni quienes saben inglés entenderán su sentido fiscal a la primera si nadie se lo explica. Porque este término se refiere, sí, a países ajenos al contribuyente, pero también de escaso o nulo control fiscal. Bien mirado, offshore puede traducirse como “escaqueo”. “Lo llevó a un país de escaqueo”, “ese millonario escaquea impuestos”, “tiene dinero escaqueado”.

paraíso fiscal. Desde el punto de vista del escaqueador, sí se trata de paraísos, porque lo último que espera uno encontrarse en un paraíso es un inspector de Hacienda. La idea se refuerza con las evocaciones que traen sus nombres: islas Vírgenes, islas Caimán, las Seychelles, Suiza… Pero el nombre “paraísos” procede de un error de traducción. En francés se confundió el original tax haven (refugio fiscal) con tax heaven (paraíso fiscal). Y del erróneo francés paradis fiscaux copiamos nosotros “paraísos fiscales”. Como se trata de lugares que acogen todo tipo de dinero sucio, mejor podríamos llamarlos “países vertedero”, según propuso Baltasar Garzón en 2016. A eso se une que todo lo que se vierte en ellos no huele nada bien.

penthouse. Más usado en el español de América, aparece al hablar de inmuebles en Miami. Antes se traducía como “ático” o “azotea”; pero cuando un anglicismo entra en el español suele hacerlo con un halo de prestigio. Por eso en este contexto equivale a “apartamento de lujo en la última planta”. La palabra se forma con dos elementos: pent house. Este último significa “casa”, como mucha gente sabe. Y el primero, pent, emprendió su largo camino a partir del latín appendix (aditamento), adonde llegó desde el indoeuropeo *(s)pen, “estirar” (Roberts y Pastor). Por tanto, se trata de algo agregado a un edificio. Una famosa revista erótica británica se llamó precisamente Penthouse, en referencia al ático del varón soltero rico que llevaba allí a sus ligues. O sea, el “picadero” de toda la vida. La edición para España se tituló también Penthouse. Si la revista se hubiera creado aquí, nunca la habrían denominado El Picadero. Mejor algo en inglés, que en ese idioma todo se puede vender más caro.

Pandora. Mito griego. Lo que ahora llamamos “caja de Pandora” no tenía forma de caja sino de tinaja. Zeus hizo crear una mujer superdotada, Pandora, y le dio una tinaja donde se hallaban todos los males, con la advertencia de que no la abriera. Pero Epimeteo, su marido, que era un idiota (ese nombre ya significa “retrasado”), abrió la tinaja y todos los males salieron de fiesta. Los Papeles de Pandora también han destapado todos los males. (Bueno, lo del kilovatio ya venía de antes).

[Foto: VALERY SHARIFULIN/TASS – fuente: http://www.elpais.com]

Bien mirado, ‘offshore’ se puede traducir como “escaqueo”. “Países de escaqueo”, “tiene dinero escaqueado”

Corinna Larsen en Moscú en febrero de 2019.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los Papeles de Pandora han reanimado algunas palabras curiosas.

Corinna. Nombre de origen griego, derivado de Kore. Significa “mujer joven” (doncella, muchacha). Hay que recordar a algunos periodistas que las mujeres también tienen apellido. En este caso, Larsen.

compliance. Los bufetes de los refugios fiscales cuentan con programas de compliance. Pero “ningún programa de compliance es infalible”, se justificaron en uno de ellos. Procede del latín complere, y puede traducirse por “cumplimiento”. En definitiva, se trata de controlar. De controlar que no venga la policía.

fideicomiso. También ha aparecido en inglés: trust (a partir de to trust, confiar). Consiste en dejarle a otro unas propiedades para que haga lo que su dueño diga. O sea: ponte tú que a mí me da la risa.

magnate. “Mangante”, qué gran errata.

offshore, off shore. Literalmente, “fuera de la playa”. Para un inglés, fuera de la isla, en el exterior. (On shore significa “en tierra”; y shoreline, “línea de costa”). Ni quienes saben inglés entenderán su sentido fiscal a la primera si nadie se lo explica. Porque este término se refiere, sí, a países ajenos al contribuyente, pero también de escaso o nulo control fiscal. Bien mirado, offshore puede traducirse como “escaqueo”. “Lo llevó a un país de escaqueo”, “ese millonario escaquea impuestos”, “tiene dinero escaqueado”.

paraíso fiscal. Desde el punto de vista del escaqueador, sí se trata de paraísos, porque lo último que espera uno encontrarse en un paraíso es un inspector de Hacienda. La idea se refuerza con las evocaciones que traen sus nombres: islas Vírgenes, islas Caimán, las Seychelles, Suiza… Pero el nombre “paraísos” procede de un error de traducción. En francés se confundió el original tax haven (refugio fiscal) con tax heaven (paraíso fiscal). Y del erróneo francés paradis fiscaux copiamos nosotros “paraísos fiscales”. Como se trata de lugares que acogen todo tipo de dinero sucio, mejor podríamos llamarlos “países vertedero”, según propuso Baltasar Garzón en 2016. A eso se une que todo lo que se vierte en ellos no huele nada bien.

penthouse. Más usado en el español de América, aparece al hablar de inmuebles en Miami. Antes se traducía como “ático” o “azotea”; pero cuando un anglicismo entra en el español suele hacerlo con un halo de prestigio. Por eso en este contexto equivale a “apartamento de lujo en la última planta”. La palabra se forma con dos elementos: pent house. Este último significa “casa”, como mucha gente sabe. Y el primero, pent, emprendió su largo camino a partir del latín appendix (aditamento), adonde llegó desde el indoeuropeo *(s)pen, “estirar” (Roberts y Pastor). Por tanto, se trata de algo agregado a un edificio. Una famosa revista erótica británica se llamó precisamente Penthouse, en referencia al ático del varón soltero rico que llevaba allí a sus ligues. O sea, el “picadero” de toda la vida. La edición para España se tituló también Penthouse. Si la revista se hubiera creado aquí, nunca la habrían denominado El Picadero. Mejor algo en inglés, que en ese idioma todo se puede vender más caro.

Pandora. Mito griego. Lo que ahora llamamos “caja de Pandora” no tenía forma de caja sino de tinaja. Zeus hizo crear una mujer superdotada, Pandora, y le dio una tinaja donde se hallaban todos los males, con la advertencia de que no la abriera. Pero Epimeteo, su marido, que era un idiota (ese nombre ya significa “retrasado”), abrió la tinaja y todos los males salieron de fiesta. Los Papeles de Pandora también han destapado todos los males. (Bueno, lo del kilovatio ya venía de antes).

[Foto: VALERY SHARIFULIN/TASS – fuente: http://www.elpais.com]

Los hispanohablantes no han acuñado el significado que Pedro Sánchez quiso darle al verbo “topar”

El dibujo en tiza de cómo se alcanza una idea.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El presidente del Gobierno usó reiteradamente el verbo “topar” el 13 de septiembre durante una entrevista en TVE, en la que habló sobre el precio de la luz.

Sin embargo, los hispanohablantes no han acuñado hasta ahora el significado que el dirigente socialista quiso darle; es decir, el de “poner un tope” al precio del gas a fin de frenar la escalada de la electricidad.

“Topar” se ha empleado en sus principales usos para expresar el encuentro con algo (“se topó con el Bernabéu cuando estaba buscando el Metropolitano”), o para relatar una contrariedad (“yo quería ser ingeniera, pero topé con las matemáticas”).

Este verbo y esos sentidos, que se documentan ya en el siglo XIV (Corominas y Pascual), proceden de la onomatopeya (sonido) “top”, con la que se representaba un choque. Cervantes escribió en el Quijote “con la iglesia hemos dado”, pero la tradición oral transformó la frase en el dicho “con la iglesia hemos topado”. Tan popular ha sido este verbo.

(Por cierto, esto nada tiene que ver con el topo, cuyo nombre viene del latín vulgar talpus).

La idea que le asignó el presidente a ese verbo se maneja últimamente en el lenguaje sindical y empresarial –en las negociaciones de despidos– para expresar que las indemnizaciones tendrán un límite; es decir, que, al fijar la cantidad con la que se compensa al empleado a quien se desaloja, la suma de los días por año trabajado no superará, por ejemplo, el sueldo de 24 meses. Así, la indemnización está “topada” en dos años. Este significado de “topar” no parece haber pasado al lenguaje general, que se viene bastando con verbos como “limitar”, “delimitar”, “constreñir” o “ceñir”.

Por su parte, el sustantivo “tope” con el significado de “extremo o límite al que puede llegar algo” vino al español por un camino distinto del que recorrió el verbo: se originó en el franco top: “cumbre”; que se desvió al inglés con ese mismo sentido para tomar luego el significado de “la parte de arriba”. Por eso el lenguaje periodístico de poco vuelo usa expresiones como “está en el top ten” (está entre los diez mejores, entre los diez de arriba).

Esos dos caminos (el de “limitar” y el de “cumbre”) vinieron a coincidir en español, porque cuando alguien escala a una cumbre se encuentra también con un límite, salvo ascenso a los cielos.

Como sucede tantas veces en los gremios endogámicos (entre ellos el periodístico), el presidente lanzó a una audiencia masiva el significado de un ámbito restringido, sin tener conciencia de que se trata de un uso particular. En estos casos, pueden darse dos situaciones: que los receptores sientan extraño el vocablo y consideren incompetente a quien lo pronunció, o que lo acepten porque han podido descodificarlo con facilidad.

Seguramente al oír a Pedro Sánchez se produjeron ambas reacciones: unos habrán entendido que ese “topar” se forma sobre el sustantivo “tope” con la adición de la desinencia -ar, propia de los infinitivos de la primera conjugación; pero otros habrán pensando que el presidente se expresó con una palabra inadecuada. Y tal vez todos ellos se pregunten por qué no empleó el verbo “limitar”, que habrían comprendido con facilidad y resultaría de mejor estilo. Y, ya de paso, quizás muchos habrían querido saber hasta dónde llegará el precio máximo que puede permitir el sistema. Porque el invierno acecha y el kilovatio sigue a lo suyo. O sea: subiendo a tope.

[Foto: XEFSTOCK (GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO) – fuente: http://www.elpais.com]

Me pregunto qué pasaría si unos padres acudieran al colegio para ma­tricular a una hija de cero años

El Gobierno anunció en agosto que dará un tratamiento común educativo a toda la enseñanza infantil, “de cero a seis años”. Algunas autonomías ofrecen matrícula abierta en las guarderías para niños “de cero a tres años”. Se venden juguetes recomendados para usuarios de “cero a dos años”; y también se ofrecen datos estadísticos sobre escolarización “de cero a tres años”, por ejemplo.
Cada vez que pienso en eso me pregunto qué pasaría si unos padres acudieran al colegio para matricular a una hija de cero años. “¿De cero años?”, les preguntarían por confirmar la correcta audición. “Si”, podrían contestar; “en realidad aún no ha nacido, ni siquiera nos encontramos en estado de buena esperanza, pero vimos que ustedes admiten niños de cero años y hemos decidido empezar cuanto antes los trámites, que luego se agotan las plazas”.

La administrativa pensaría quizás que esos padres están chiflados, en vez de preguntarse si no estará chiflada la legislación vigente.

Con los juguetes no habría tanto problema, porque la tienda y el fabricante se limitarían a aplicar la visión comercial. “¿Para un niño de cero años? No se preocupe, tenemos muchos juguetes que le servirán”. Si el cliente paga, que diga lo que quiera.

En cambio, las estadísticas fallarán por ese lado. Cuando se contabiliza la escolarización a tan temprana edad, la media desciende mucho, porque la bajan los niños de cero años; precisamente por culpa de los administrativos que rechazan sus solicitudes.

El número cero constituye uno de los hallazgos más extraordinarios de la humanidad. El invento lo consagraron los indios en el año 650, mes arriba mes abajo, y lo incorporaron en la fila de sus compañeros el 1, el 2, el 3… De la India pasó a la cultura árabe, y desde esa lengua llegó a Europa con una palabra que sonaba más o menos como “séfer” y que significaba “vacío” (Corominas y Pascual). La superioridad técnica y filosófica de esa numeración terminó desplazando a la romana.

El cero representa la nada si está solo, y multiplica por 10 cualquier otra cifra si lo colocamos a la derecha de ésta. Eso se aprende en el colegio, pero con el tiempo se le va olvidando la primera parte a la autoridad, tanto si se trata de una autoridad política como de una autoridad en la materia. Por ejemplo, en la materia educativa.

El sintagma “niños de cero a seis años” abarca a los que tienen edades comprendidas entre el cero y el seis, ambos inclusive. Que esas dos cifras están incluidas se deduce con facilidad, porque si no fuera así quedarían excluidos de la horquilla los bebés de menos de un año, que serían rechazados sin piedad a la puerta de la guardería.

Y como el cero está incluido, eso significa que han de existir los niños de cero años. Pero, ay, el cero expresa, según el Diccionario, “la falta absoluta de cantidad o un valor nulo”. Y la falta absoluta de edad solamente puede corresponder a un niño que aún no ha nacido. Quien tiene cero años y cero días y cero horas y cero segundos —como quien tiene cero libros o cero discos— no tiene nada, ni siquiera vida.

Antes de empezar a estropearse todo esto, se hablaba con tranquilidad de “educación hasta los seis años”, “juguetes para niños de hasta dos años”, “alumnos de hasta 12 años”… y así sucesivamente. Pero hoy en día se ha sustituido “hasta” por “de cero a”. Así que no se queje nadie si luego a los chavales les cuesta entender las matemáticas.

[Foto: NATALIADERIABINA / GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO – fuente: http://www.elpais.com]

“Soldada” responde a una formación regular en nuestra lengua y no se puede considerar ajena al sistema del idioma

La soldada Laura Ana Domínguez fue entrevistada el pasado agosto en varios medios tras aparecer fotografiada en un sobrecogedor abrazo de despedida con una mujer afgana encinta a la que había cuidado en el avión que las llevó desde Kabul a Torrejón junto con un centenar de refugiados de aquel país. La inmensa mayoría de los periodistas escribieron o dijeron “la soldado”.

Pocas semanas antes se conmemoraba el aniversario de la muerte de la soldada estadounidense Vanessa Guillén, acosada durante meses en la base de Fort Hood sin que se tomaran medidas, y cuyo cadáver se halló descuartizado en 2020. Las informaciones también hablaban de “la soldado”.

El Diccionario no ha recogido el femenino de esa palabra. Por tanto, quienes usaron el morfema pueden escudarse con razón en el léxico de las academias. Ahora bien, “soldada” responde a una formación perfectamente regular en nuestra lengua, en analogía con “delegado” y “delegada” o “abogado” y “abogada”, entre otras…; y por tanto no se puede considerar ajena al sistema del idioma.

El léxico militar parece mantenerse como último reducto frente a la flexión de los nombres de cargos y empleos que se va extendiendo en el resto de la lengua con arreglo a la morfología general de los sustantivos que acaban tanto en como en án y en or. Así sucede por ejemplo con “la capitán”: con arreglo a la costumbre castrense, una misma mujer sería por la mañana “la capitán” en el ejército y por la tarde “la capitana” en su equipo de balonmano. Esta costumbre de las Fuerzas Armadas ha dificultado quizás la implantación de femeninos como “soldada”, “sargenta”, “pilota” o “caba”, perfectamente posibles y, a mi entender, recomendables para designar esos puestos cuando los desempeñan mujeres.

[Foto: SGT. VICTOR MANCILLA / AP – fuente: http://www.elpais.com]