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Otegi dijo en 1999 que la responsabilidad de que ETA matara recaía en los partidos democráticos. Esta vez se lo ahorró

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, y el secretario general de Sortu, Arkaitz Rodríguez, el 18 de octubre en San Sebastián.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El libro del profesor británico John L. Austin Cómo hacer cosas con palabras (Paidós, 1962) constituyó un acontecimiento en la filosofía del lenguaje. Con Austin aprendimos que decimos palabras, y también que hacemos con palabras. Por ejemplo, hacemos con palabras al decir “gracias”, porque en ese momento estamos agradeciendo algo. Para felicitar hace falta decir “te felicito” o una fórmula equivalente, del mismo modo que para suspender el pleno del Congreso se precisa que la presidenta diga “se suspende la sesión”. Puedo escribir que rechazo un regalo y sin embargo quedármelo; pero si dijese “condeno los atentados” los estaría condenando aunque me moviera la hipocresía.

¿Y qué hace falta para pedir perdón? Obviamente, declarar que se pide perdón. Pero la comunicación humana cuenta con distintos caminos. También se puede pedir perdón metafóricamente (“me arrodillo ante ti”); incluso gestualmente (si alguien se inclina, baja la cabeza y junta las manos, está implorando perdón sin pronunciar esos términos).

¿Pidió perdón Arnaldo Otegi el lunes cuando habló de las víctimas del terrorismo? Veamos sus palabras: “Queremos trasladarles que sentimos su dolor y afirmamos que nunca debería haberse producido. A nadie puede satisfacer que aquello sucediera. No se debería haber prolongado tanto en el tiempo. (…) Nada de lo que digamos puede deshacer el daño causado. Pero es posible aliviarlo desde el respeto y la memoria. Sentimos enormemente su sufrimiento y nos comprometemos a mitigarlo”.

En verdad, la expresión “pedimos perdón” no figura. La declaración sí refiere un dolor ajeno y evoca alguna responsabilidad propia en él (por eso la frase “nos comprometemos a mitigarlo”), pero a la vez alude a un periodo dentro del cual la violencia parecía tolerable (“no se debería haber prolongado tanto”). Al no completarse el mensaje con la palabra “perdón”, queda abierta la reserva mental de que los terroristas no fueron los responsables de tanta muerte. Sin embargo, a la hora de interpretar a Otegi por lo que silencia, se puede apreciar también que esta vez no mencionó que tal culpa les corresponde “al Estado español” o a los demás partidos, acusación habitual en épocas anteriores.

El 29 de noviembre de 1999, Otegi comentaba públicamente el anuncio de que ETA interrumpía su alto el fuego. Tras una defensa de “los represaliados políticos vascos” (los asesinos encarcelados), dijo: “El Partido Socialista, la Unión del Pueblo Navarro, el Partido Popular (…) han actuado con absoluta irresponsabilidad política, no han planteado otra estrategia que no fuera la estrategia de la guerra y de la provocación y se han mantenido inamovibles en una batalla contra la democracia (…), no valen ahora excusas ni adjudicación de responsabilidades a otros (…). La permanente incapacidad de estos agentes políticos (…) merece nuestro más absoluto desprecio (…), nos asiste la razón frente a una batalla fascista”.

Aquel día, por tanto, Otegi explicitó que la culpa del terrorismo correspondía a los partidos democráticos. Pero el lunes se lo ahorró. ¿Significa eso que asume la responsabilidad del daño, al no proyectarlo ya sobre otros? Tal vez. Ahora bien, si hubiera expresado textualmente “pedimos perdón”, no habría dudas, ni para nosotros ni para John Austin. Sin embargo, por alguna razón decidió no pronunciar esas palabras que habrían tenido la capacidad de hacer por sí mismas. Y con ello dejó libre el terreno para que cada cual lo interpretase a su gusto. Incluidos sus propios fanáticos.

[Foto: JAVIER ETXEZARRETA (EFE) – fuente: http://www.elpais.com]

Ese latiguillo funciona como prevención exculpatoria para expresar que no hay más remedio que decir lo que se dirá

Los jugadores del Barcelona, en abril de 1975. Rexach es el segundo por la derecha entre los agachados.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Un periodista le preguntó a Carles Rexach después de que el jugador del Barcelona marcara tres goles al Feyenoord en una eliminatoria de la Copa de Europa 1974-1975: “¿Se siente satisfecho con su partido?”.

Hombre, si el futbolista barcelonés había logrado tres goles, y hasta le anularon el cuarto, si su equipo había superado la eliminatoria, si las crónicas de radio ya hablaban de la noche mágica de Rexach, ¿cómo se iba a sentir él? Vaya pregunta.

Algunas entrevistas periodísticas pospartido ponen a prueba la habilidad del deportista para no parecer un presumido y además un simple. Y en casos así conducen a dos respuestas posibles. La más esperable: “Bueno, lo importante no es mi actuación sino el equipo”. Y la otra: “Sí, estoy muy contento con el partido que he hecho porque he marcado tres goles, y creo que esta noche quedará en la memoria del barcelonismo y que he sido el mejor sobre el terreno de juego”. Pero la segunda opción implica una muestra de vanidad que la gente suele censurar. Así que para ese caso el fútbol moderno ha descubierto un latiguillo fantástico: la verdad que. Después de la verdad que, ya se puede mencionar cualquier mérito, individual o colectivo, porque tal muletilla funciona como contraexpectativa (María Amparo Soler Bonafont, 2017) y como prevención destinada a expresar que no hay más remedio que decir lo que a continuación se dirá, puesto que la locución viene a significar más o menos esto: “Se espera que no diga esto, por humildad, pero no tengo más remedio; usted me pregunta y debo contestarle sin tapujos”. De ese modo, la verdad que se consagra como latiguillo exculpatorio empujado por la cortesía de responder a lo que el periodista plantea.

Antaño se usaban expresiones más rimbombantes: “En honor a la verdad”, “todo hay que decirlo…”. Y otras que reconocían explícitamente la falta de recato con la intención de quedar absuelto precisamente por esa confesión: “Aunque esté mal que yo lo diga…”, “perdón por la vanidad, pero”, “no es por echarme flores”…

La verdad que (se omite el “es” a fuerza de usarlo) constituye cada vez más una atenuación destinada a resaltar la sinceridad por encima de la modestia, y va sustituyendo en el lenguaje común a otras locuciones similares, como “en verdad”, “bien es verdad que” o “a decir verdad”.

Aunque prolifera ahora, viene de antiguo, claro, como refleja la literatura. Por ejemplo, Jardiel Poncela le hace decir a un personaje: “Y la verdad es que, efectivamente, yo he metido en mi cama a todas esas señoras y señoritas exceptuando a aquellas con las que utilicé su cama propia” (Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, 1931). Y 40 años antes, en 1890, Jacinto Octavio Picón pone en boca de otro: “La verdad es que soy el médico joven que más trabaja en Madrid” (La honrada, 1890). Y en un diálogo de García Hortelano se lee: “La verdad es que lo hago perfecto” (El gran momento de Mary Tribune, 1999). Por tanto, las frases que los deportistas se ven abocados a pronunciar se inscriben en esa línea de pedir perdón por presumir. El lenguaje funciona así, a veces sale de los libros para anidar en la sociedad y volar en las palabras de un futbolista. Y al revés.

Sin embargo, resulta curioso que esta locución no haya saltado a la política, en frases como “la verdad que estamos gobernando muy bien” o “la verdad que nuestra alternativa de gobierno es la mejor posible”. En la política se estila poco pedir perdón, y mucho menos pedir perdón por la inmodestia.

[Imagen: PA IMAGES (PA IMAGES VIA GETTY IMAGES) – fuente: http://www.elpais.com]

Bien mirado, ‘offshore’ se puede traducir como “escaqueo”. “Países de escaqueo”, “tiene dinero escaqueado”

Corinna Larsen en Moscú en febrero de 2019.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los Papeles de Pandora han reanimado algunas palabras curiosas.

Corinna. Nombre de origen griego, derivado de Kore. Significa “mujer joven” (doncella, muchacha). Hay que recordar a algunos periodistas que las mujeres también tienen apellido. En este caso, Larsen.

compliance. Los bufetes de los refugios fiscales cuentan con programas de compliance. Pero “ningún programa de compliance es infalible”, se justificaron en uno de ellos. Procede del latín complere, y puede traducirse por “cumplimiento”. En definitiva, se trata de controlar. De controlar que no venga la policía.

fideicomiso. También ha aparecido en inglés: trust (a partir de to trust, confiar). Consiste en dejarle a otro unas propiedades para que haga lo que su dueño diga. O sea: ponte tú que a mí me da la risa.

magnate. “Mangante”, qué gran errata.

offshore, off shore. Literalmente, “fuera de la playa”. Para un inglés, fuera de la isla, en el exterior. (On shore significa “en tierra”; y shoreline, “línea de costa”). Ni quienes saben inglés entenderán su sentido fiscal a la primera si nadie se lo explica. Porque este término se refiere, sí, a países ajenos al contribuyente, pero también de escaso o nulo control fiscal. Bien mirado, offshore puede traducirse como “escaqueo”. “Lo llevó a un país de escaqueo”, “ese millonario escaquea impuestos”, “tiene dinero escaqueado”.

paraíso fiscal. Desde el punto de vista del escaqueador, sí se trata de paraísos, porque lo último que espera uno encontrarse en un paraíso es un inspector de Hacienda. La idea se refuerza con las evocaciones que traen sus nombres: islas Vírgenes, islas Caimán, las Seychelles, Suiza… Pero el nombre “paraísos” procede de un error de traducción. En francés se confundió el original tax haven (refugio fiscal) con tax heaven (paraíso fiscal). Y del erróneo francés paradis fiscaux copiamos nosotros “paraísos fiscales”. Como se trata de lugares que acogen todo tipo de dinero sucio, mejor podríamos llamarlos “países vertedero”, según propuso Baltasar Garzón en 2016. A eso se une que todo lo que se vierte en ellos no huele nada bien.

penthouse. Más usado en el español de América, aparece al hablar de inmuebles en Miami. Antes se traducía como “ático” o “azotea”; pero cuando un anglicismo entra en el español suele hacerlo con un halo de prestigio. Por eso en este contexto equivale a “apartamento de lujo en la última planta”. La palabra se forma con dos elementos: pent house. Este último significa “casa”, como mucha gente sabe. Y el primero, pent, emprendió su largo camino a partir del latín appendix (aditamento), adonde llegó desde el indoeuropeo *(s)pen, “estirar” (Roberts y Pastor). Por tanto, se trata de algo agregado a un edificio. Una famosa revista erótica británica se llamó precisamente Penthouse, en referencia al ático del varón soltero rico que llevaba allí a sus ligues. O sea, el “picadero” de toda la vida. La edición para España se tituló también Penthouse. Si la revista se hubiera creado aquí, nunca la habrían denominado El Picadero. Mejor algo en inglés, que en ese idioma todo se puede vender más caro.

Pandora. Mito griego. Lo que ahora llamamos “caja de Pandora” no tenía forma de caja sino de tinaja. Zeus hizo crear una mujer superdotada, Pandora, y le dio una tinaja donde se hallaban todos los males, con la advertencia de que no la abriera. Pero Epimeteo, su marido, que era un idiota (ese nombre ya significa “retrasado”), abrió la tinaja y todos los males salieron de fiesta. Los Papeles de Pandora también han destapado todos los males. (Bueno, lo del kilovatio ya venía de antes).

[Foto: VALERY SHARIFULIN/TASS – fuente: http://www.elpais.com]

Bien mirado, ‘offshore’ se puede traducir como “escaqueo”. “Países de escaqueo”, “tiene dinero escaqueado”

Corinna Larsen en Moscú en febrero de 2019.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los Papeles de Pandora han reanimado algunas palabras curiosas.

Corinna. Nombre de origen griego, derivado de Kore. Significa “mujer joven” (doncella, muchacha). Hay que recordar a algunos periodistas que las mujeres también tienen apellido. En este caso, Larsen.

compliance. Los bufetes de los refugios fiscales cuentan con programas de compliance. Pero “ningún programa de compliance es infalible”, se justificaron en uno de ellos. Procede del latín complere, y puede traducirse por “cumplimiento”. En definitiva, se trata de controlar. De controlar que no venga la policía.

fideicomiso. También ha aparecido en inglés: trust (a partir de to trust, confiar). Consiste en dejarle a otro unas propiedades para que haga lo que su dueño diga. O sea: ponte tú que a mí me da la risa.

magnate. “Mangante”, qué gran errata.

offshore, off shore. Literalmente, “fuera de la playa”. Para un inglés, fuera de la isla, en el exterior. (On shore significa “en tierra”; y shoreline, “línea de costa”). Ni quienes saben inglés entenderán su sentido fiscal a la primera si nadie se lo explica. Porque este término se refiere, sí, a países ajenos al contribuyente, pero también de escaso o nulo control fiscal. Bien mirado, offshore puede traducirse como “escaqueo”. “Lo llevó a un país de escaqueo”, “ese millonario escaquea impuestos”, “tiene dinero escaqueado”.

paraíso fiscal. Desde el punto de vista del escaqueador, sí se trata de paraísos, porque lo último que espera uno encontrarse en un paraíso es un inspector de Hacienda. La idea se refuerza con las evocaciones que traen sus nombres: islas Vírgenes, islas Caimán, las Seychelles, Suiza… Pero el nombre “paraísos” procede de un error de traducción. En francés se confundió el original tax haven (refugio fiscal) con tax heaven (paraíso fiscal). Y del erróneo francés paradis fiscaux copiamos nosotros “paraísos fiscales”. Como se trata de lugares que acogen todo tipo de dinero sucio, mejor podríamos llamarlos “países vertedero”, según propuso Baltasar Garzón en 2016. A eso se une que todo lo que se vierte en ellos no huele nada bien.

penthouse. Más usado en el español de América, aparece al hablar de inmuebles en Miami. Antes se traducía como “ático” o “azotea”; pero cuando un anglicismo entra en el español suele hacerlo con un halo de prestigio. Por eso en este contexto equivale a “apartamento de lujo en la última planta”. La palabra se forma con dos elementos: pent house. Este último significa “casa”, como mucha gente sabe. Y el primero, pent, emprendió su largo camino a partir del latín appendix (aditamento), adonde llegó desde el indoeuropeo *(s)pen, “estirar” (Roberts y Pastor). Por tanto, se trata de algo agregado a un edificio. Una famosa revista erótica británica se llamó precisamente Penthouse, en referencia al ático del varón soltero rico que llevaba allí a sus ligues. O sea, el “picadero” de toda la vida. La edición para España se tituló también Penthouse. Si la revista se hubiera creado aquí, nunca la habrían denominado El Picadero. Mejor algo en inglés, que en ese idioma todo se puede vender más caro.

Pandora. Mito griego. Lo que ahora llamamos “caja de Pandora” no tenía forma de caja sino de tinaja. Zeus hizo crear una mujer superdotada, Pandora, y le dio una tinaja donde se hallaban todos los males, con la advertencia de que no la abriera. Pero Epimeteo, su marido, que era un idiota (ese nombre ya significa “retrasado”), abrió la tinaja y todos los males salieron de fiesta. Los Papeles de Pandora también han destapado todos los males. (Bueno, lo del kilovatio ya venía de antes).

[Foto: VALERY SHARIFULIN/TASS – fuente: http://www.elpais.com]

Los hispanohablantes no han acuñado el significado que Pedro Sánchez quiso darle al verbo “topar”

El dibujo en tiza de cómo se alcanza una idea.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El presidente del Gobierno usó reiteradamente el verbo “topar” el 13 de septiembre durante una entrevista en TVE, en la que habló sobre el precio de la luz.

Sin embargo, los hispanohablantes no han acuñado hasta ahora el significado que el dirigente socialista quiso darle; es decir, el de “poner un tope” al precio del gas a fin de frenar la escalada de la electricidad.

“Topar” se ha empleado en sus principales usos para expresar el encuentro con algo (“se topó con el Bernabéu cuando estaba buscando el Metropolitano”), o para relatar una contrariedad (“yo quería ser ingeniera, pero topé con las matemáticas”).

Este verbo y esos sentidos, que se documentan ya en el siglo XIV (Corominas y Pascual), proceden de la onomatopeya (sonido) “top”, con la que se representaba un choque. Cervantes escribió en el Quijote “con la iglesia hemos dado”, pero la tradición oral transformó la frase en el dicho “con la iglesia hemos topado”. Tan popular ha sido este verbo.

(Por cierto, esto nada tiene que ver con el topo, cuyo nombre viene del latín vulgar talpus).

La idea que le asignó el presidente a ese verbo se maneja últimamente en el lenguaje sindical y empresarial –en las negociaciones de despidos– para expresar que las indemnizaciones tendrán un límite; es decir, que, al fijar la cantidad con la que se compensa al empleado a quien se desaloja, la suma de los días por año trabajado no superará, por ejemplo, el sueldo de 24 meses. Así, la indemnización está “topada” en dos años. Este significado de “topar” no parece haber pasado al lenguaje general, que se viene bastando con verbos como “limitar”, “delimitar”, “constreñir” o “ceñir”.

Por su parte, el sustantivo “tope” con el significado de “extremo o límite al que puede llegar algo” vino al español por un camino distinto del que recorrió el verbo: se originó en el franco top: “cumbre”; que se desvió al inglés con ese mismo sentido para tomar luego el significado de “la parte de arriba”. Por eso el lenguaje periodístico de poco vuelo usa expresiones como “está en el top ten” (está entre los diez mejores, entre los diez de arriba).

Esos dos caminos (el de “limitar” y el de “cumbre”) vinieron a coincidir en español, porque cuando alguien escala a una cumbre se encuentra también con un límite, salvo ascenso a los cielos.

Como sucede tantas veces en los gremios endogámicos (entre ellos el periodístico), el presidente lanzó a una audiencia masiva el significado de un ámbito restringido, sin tener conciencia de que se trata de un uso particular. En estos casos, pueden darse dos situaciones: que los receptores sientan extraño el vocablo y consideren incompetente a quien lo pronunció, o que lo acepten porque han podido descodificarlo con facilidad.

Seguramente al oír a Pedro Sánchez se produjeron ambas reacciones: unos habrán entendido que ese “topar” se forma sobre el sustantivo “tope” con la adición de la desinencia -ar, propia de los infinitivos de la primera conjugación; pero otros habrán pensando que el presidente se expresó con una palabra inadecuada. Y tal vez todos ellos se pregunten por qué no empleó el verbo “limitar”, que habrían comprendido con facilidad y resultaría de mejor estilo. Y, ya de paso, quizás muchos habrían querido saber hasta dónde llegará el precio máximo que puede permitir el sistema. Porque el invierno acecha y el kilovatio sigue a lo suyo. O sea: subiendo a tope.

[Foto: XEFSTOCK (GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO) – fuente: http://www.elpais.com]

Me pregunto qué pasaría si unos padres acudieran al colegio para ma­tricular a una hija de cero años

El Gobierno anunció en agosto que dará un tratamiento común educativo a toda la enseñanza infantil, “de cero a seis años”. Algunas autonomías ofrecen matrícula abierta en las guarderías para niños “de cero a tres años”. Se venden juguetes recomendados para usuarios de “cero a dos años”; y también se ofrecen datos estadísticos sobre escolarización “de cero a tres años”, por ejemplo.
Cada vez que pienso en eso me pregunto qué pasaría si unos padres acudieran al colegio para matricular a una hija de cero años. “¿De cero años?”, les preguntarían por confirmar la correcta audición. “Si”, podrían contestar; “en realidad aún no ha nacido, ni siquiera nos encontramos en estado de buena esperanza, pero vimos que ustedes admiten niños de cero años y hemos decidido empezar cuanto antes los trámites, que luego se agotan las plazas”.

La administrativa pensaría quizás que esos padres están chiflados, en vez de preguntarse si no estará chiflada la legislación vigente.

Con los juguetes no habría tanto problema, porque la tienda y el fabricante se limitarían a aplicar la visión comercial. “¿Para un niño de cero años? No se preocupe, tenemos muchos juguetes que le servirán”. Si el cliente paga, que diga lo que quiera.

En cambio, las estadísticas fallarán por ese lado. Cuando se contabiliza la escolarización a tan temprana edad, la media desciende mucho, porque la bajan los niños de cero años; precisamente por culpa de los administrativos que rechazan sus solicitudes.

El número cero constituye uno de los hallazgos más extraordinarios de la humanidad. El invento lo consagraron los indios en el año 650, mes arriba mes abajo, y lo incorporaron en la fila de sus compañeros el 1, el 2, el 3… De la India pasó a la cultura árabe, y desde esa lengua llegó a Europa con una palabra que sonaba más o menos como “séfer” y que significaba “vacío” (Corominas y Pascual). La superioridad técnica y filosófica de esa numeración terminó desplazando a la romana.

El cero representa la nada si está solo, y multiplica por 10 cualquier otra cifra si lo colocamos a la derecha de ésta. Eso se aprende en el colegio, pero con el tiempo se le va olvidando la primera parte a la autoridad, tanto si se trata de una autoridad política como de una autoridad en la materia. Por ejemplo, en la materia educativa.

El sintagma “niños de cero a seis años” abarca a los que tienen edades comprendidas entre el cero y el seis, ambos inclusive. Que esas dos cifras están incluidas se deduce con facilidad, porque si no fuera así quedarían excluidos de la horquilla los bebés de menos de un año, que serían rechazados sin piedad a la puerta de la guardería.

Y como el cero está incluido, eso significa que han de existir los niños de cero años. Pero, ay, el cero expresa, según el Diccionario, “la falta absoluta de cantidad o un valor nulo”. Y la falta absoluta de edad solamente puede corresponder a un niño que aún no ha nacido. Quien tiene cero años y cero días y cero horas y cero segundos —como quien tiene cero libros o cero discos— no tiene nada, ni siquiera vida.

Antes de empezar a estropearse todo esto, se hablaba con tranquilidad de “educación hasta los seis años”, “juguetes para niños de hasta dos años”, “alumnos de hasta 12 años”… y así sucesivamente. Pero hoy en día se ha sustituido “hasta” por “de cero a”. Así que no se queje nadie si luego a los chavales les cuesta entender las matemáticas.

[Foto: NATALIADERIABINA / GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO – fuente: http://www.elpais.com]

“Soldada” responde a una formación regular en nuestra lengua y no se puede considerar ajena al sistema del idioma

La soldada Laura Ana Domínguez fue entrevistada el pasado agosto en varios medios tras aparecer fotografiada en un sobrecogedor abrazo de despedida con una mujer afgana encinta a la que había cuidado en el avión que las llevó desde Kabul a Torrejón junto con un centenar de refugiados de aquel país. La inmensa mayoría de los periodistas escribieron o dijeron “la soldado”.

Pocas semanas antes se conmemoraba el aniversario de la muerte de la soldada estadounidense Vanessa Guillén, acosada durante meses en la base de Fort Hood sin que se tomaran medidas, y cuyo cadáver se halló descuartizado en 2020. Las informaciones también hablaban de “la soldado”.

El Diccionario no ha recogido el femenino de esa palabra. Por tanto, quienes usaron el morfema pueden escudarse con razón en el léxico de las academias. Ahora bien, “soldada” responde a una formación perfectamente regular en nuestra lengua, en analogía con “delegado” y “delegada” o “abogado” y “abogada”, entre otras…; y por tanto no se puede considerar ajena al sistema del idioma.

El léxico militar parece mantenerse como último reducto frente a la flexión de los nombres de cargos y empleos que se va extendiendo en el resto de la lengua con arreglo a la morfología general de los sustantivos que acaban tanto en como en án y en or. Así sucede por ejemplo con “la capitán”: con arreglo a la costumbre castrense, una misma mujer sería por la mañana “la capitán” en el ejército y por la tarde “la capitana” en su equipo de balonmano. Esta costumbre de las Fuerzas Armadas ha dificultado quizás la implantación de femeninos como “soldada”, “sargenta”, “pilota” o “caba”, perfectamente posibles y, a mi entender, recomendables para designar esos puestos cuando los desempeñan mujeres.

[Foto: SGT. VICTOR MANCILLA / AP – fuente: http://www.elpais.com]

El idioma de millones de afganos y de iraníes carece de distinción morfológica de géneros y es, por tanto, igualitario

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los talibanes han amargado el verano a los demócratas del mundo al sembrar de nuevo el horror en Afganistán. Su reconquista del país los ha devuelto a la actualidad con la misma fuerza que ya conocimos en 1996, cuando derrocaron al Gobierno establecido entonces. Y con ellos regresa una palabra que, de haber transcurrido la historia por otros derroteros, habría desaparecido de nuestro vocabulario, igual que a finales del XIX se esfumaron los bóers tras su guerra sudafricana. Sin embargo, la presencia recurrente del movimiento talibán en los medios durante estos años, ahora intensificada, ha dado para crear incluso un sentido figurado de ese término. Talibán: persona intransigente, fanática.

“Talibán” es en realidad un plural en árabe. El persa (lengua de Irán) tomó de ese idioma la palabra, para prestársela luego al pastún, dialecto iranio que emplean 13,5 millones de afganos y 20 millones de paquistaníes, la mayoría de ellos analfabetos (Breve historia de las lenguas del mundo, Rafael del Moral, 2014). El pastún o pasto es lengua cooficial en Afganistán desde 1936 junto con el dari o farsi o persa. El singular de talibán en esos tres sistemas es tálib. Por tanto, al decir “los talibanes” se está incurriendo en un doble plural. Pasaría lo mismo si a un supuesto grupo terrorista internacional al que por la juventud de sus integrantes se le denominara The Children (los niños) lo llamáramos en español “los chíldrenes”.

Cualquiera que empezase a decir “los chíldrenes” sería señalado por algunos de los que saben inglés; pero la veneración de ciertas minorías ante esa lengua no se ha dado con el italiano o el árabe. Así, decimos los dobles plurales “espaguetis”, “raviolis”, “paparazzis”…, formados con los plurales spaghetti, ravioli y paparazzi, que tienen sus singulares en spaghetto, raviolo paparazzo. Y también “muyahidines”, “fedayines”, “serafines”, términos que proceden de los plurales árabes formados a partir de muyahid, fiday serafim.

En unos medios se habla estos días de “los talibán”; en otros, de “los talibanes”; y en otros, a veces de “los talibán” y a veces de “los talibanes”, dos formas diferentes que se pueden oír en un mismo minuto de radio. Quien dice “los talibán” está respetando el plural original. Y quien prefiere “los talibanes” está formando ese plural a partir de la integración de “talibán” en el español como singular, opción incluida por el Diccionario académico desde 2001 y por el Libro de estilo de EL PAÍS desde 2002. Lo que ya no tiene sentido, como señalaba en una carta a la directora el académico Pedro Álvarez de Miranda el 21 de agosto, es mantener el masculino “talibán” para concordancias en femenino: “delegación talibán”, “estrategia talibán”, “autoría talibán”. Tálib significa “estudiante”; y en el contexto afgano, “estudiante del Corán”, por antonomasia; ese movimiento nació precisamente en las escuelas coránicas de Pakistán, y de ahí que a sus miembros se les llamara “los estudiantes”.

 

[Foto: HOSHANG HASHIMI / AFP – fuente: http://www.elpais.com]

 

 

 

Renuncian a varias plazas de aparcamiento, y conviven con el estruendo de los cristales y con el ruido del camión de la limpieza cuando se vacían en él los desperdicios

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Una vieja definición del término “papelera” dice que se trata de un recipiente alrededor del cual se tiran los papeles.

Lo mismo valdría para el contenedor de basuras urbano.

A menudo, los contenedores de cartón están rodeados de cartones, y los de basuras aparecen a su vez asediados por las basuras. No sucede eso, en cambio, con el iglú para el vidrio. Ahí dentro siempre hay espacio, y las botellas van cayendo de una en una hasta el fondo con un crujido final que produce cierta división de opiniones: unos ciudadanos disfrutan con el ruido del cristal cuando lo dejan caer desde lo alto del armatoste para que se estrelle contra los añicos previos; pero otros sienten dentera con el estallido y procuran introducir el brazo por la boca del chirimbolo hasta donde les dé de sí el hombro, a fin de amortiguar el impacto. En uno y otro caso, sin embargo, el estrépito del vidrio entra por las ventanas abiertas al verano, y resuena sobre todo cuando alguien arroja por el agujero una bolsa entera llena de cascos.

La concentración de contenedores en un determinado punto y un cierto desacomodo entre los horarios de depositado y de recogida acaban provocando, entre unas cosas y otras, un foco de suciedad o de ruido que, sin embargo, no ha causado apenas protestas vecinales. Y así como casi nadie quiere en su pueblo ni un cementerio nuclear ni un vertedero, los contenedores urbanos disfrutan de la tolerancia general, y se han ido diseminando por las calles como si fueran semáforos.

En determinados puntos de las ciudades, la esquina de los contenedores constituye un verdadero comedor social para los gatos de la zona, que ven resueltas sin esfuerzo sus necesidades gastronómicas del día. Las bolsas de plástico carecen de clave para su apertura, y un leve rasguño felino obra la maravilla de ofrecer al micifuz un sensacional banquete. Pero, pese a la cuidadosa urbanidad de estos animales en el hogar, eso de recoger los restos de la comida callejera no forma parte de su naturaleza.

Después llegarán los voluntariosos empleados del servicio de basuras, con movimientos automáticos, milimétricos, específicos, quizás calculados por ingenieros, concebidos para la mayor eficacia con un intenso esfuerzo en el menor tiempo posible. Así que los restos diseminados por los gatos se quedan donde estaban.

Por todo ello, no quisiera abandonar esta columna veraniega y madrileña sin agradecer a los vecinos más cercanos a los contenedores su solidaridad con el barrio. Renuncian a varias plazas de aparcamiento para alojarlos, soportan el desparrame, conviven con el estruendo de los cristales y con el ruido del camión de la limpieza cuando se vacían en él los desperdicios. Y por si fuera poco, al tener los recipientes tan cerca de casa ni siquiera pueden fumarse un cigarrito con calma clandestina cuando pretextan que salen a tirar la basura.

Un monumento merecen.

 

[Foto: DAVID EXPOSITO – fuente: http://www.elpais.com]

La clase política que padecemos hoy es ágrafa, incapaz de improvisar una cita literaria y utiliza un vocabulario paupérrimo

Manuel Fraga (AP), Miquel Roca (CDC), Gregorio Peces-Barba (PSOE), Gabriel Cisneros (UCD), José Pedro Pérez Llorca (UCD), Miguel Herrero de Miñón (AP) y Jordi Solé Tura (PCE), durante la firma del Proyecto de Constitución el 10 de abril de 1978.

Supongamos que hace falta reformar la Constitución ahora mismo.

Los siete ponentes de 1978 desarrollaron un trabajo impagable. (De hecho, no se les pagó). Recuerdo la visceralidad del derechista Manuel Fraga, ministro con Franco, de posiciones duras pero al cabo gran negociador, y le imagino disertando ante sus compañeros con sus conocimientos de catedrático de Derecho Constitucional, de Derecho Político y de Teoría del Estado; y discutiendo sobre fiscalidad o mercados, porque también se licenció en Economía. Además cursó la carrera diplomática. Hablaba inglés y había sido embajador en Londres. Publicó más de un centenar de libros, muchos de ellos sobre sus especialidades académicas. Contaba sin duda con el respeto intelectual de Gregorio Peces Barba, del PSOE, a su vez licenciado en Derecho Comparado por la universidad de Estrasburgo, catedrático de Filosofía del Derecho en la Complutense. Con ellos hablaría de igual a igual Jordi Solé Tura, comunista, profesor de Derecho Constitucional, que ya había publicado Política internacional y conflictos de clases (1974), así como decenas de artículos de fondo en la prensa española. Y no se sentiría lejano a los tres Miguel Herrero de Miñón, licenciado en Filosofía y Letras y doctorado en Derecho, que había logrado en oposición el puesto de Letrado del Consejo de Estado. Tampoco les bajaría la mirada el centrista José Pedro Pérez Llorca, diplomático de carrera, que estudió con beca en las universidades de Friburgo, Múnich y Londres. Hablaba inglés, francés y alemán, y había ganado por oposición la plaza de letrado de las Cortes. Gabriel Cisneros, de UCD, licenciado en Derecho, no necesitaba, igualmente, vivir de la política: había ingresado por oposición en el Cuerpo General Técnico de la Administración Civil del Estado. Y completaba el septeto el nacionalista Miquel Roca, profesor de Derecho Constitucional en la Pompeu Fabra y abogado.

Sabido todo eso (muy resumido), formemos ahora la ponencia de hoy en día. Busquemos diputados de esa altura intelectual y académica, y de esa independencia vital. Denme los nombres, por favor.

Poco después, Madrid tuvo como primer presidente a Joaquín Leguina, doctor en Económicas, demógrafo por la universidad de La Sorbona, estadístico, funcionario del INE, novelista de éxito, autor de más de veinte libros de ficción y de ensayo. En el Ayuntamiento gobernaba Enrique Tierno, doctor en Derecho y en Filosofía, catedrático de Derecho Político, que escribió una treintena de obras sobre filosofía, política o literatura, y que fue capaz de hablarle en latín a Juan Pablo II cuando lo recibió en Madrid.

Apenas argumenta; algunos firman libros que no han escrito y presumen de títulos que no se han ganado.

De entonces hasta ahora, la calidad de la clase política ha ido descendiendo peldaños. La que padecemos hoy es ágrafa, incapaz de improvisar una cita literaria, utiliza un vocabulario paupérrimo y apenas argumenta; algunos firman libros que no han escrito y presumen de títulos que no se han ganado.

En el ámbito madrileño, sólo el catedrático y exrector Ángel Gabilondo, autor de una quincena de libros de ensayo, filosofía o lenguaje, doctor honoris causa en Chile y México, habría recuperado aquel nivel.

A lo mejor, por eso nos parecía de otra época.

[Foto: MARISA FLÓREZ – fuente : http://www.elpais.com]

Todos los símbolos invisibilizan algo y a la vez lo contienen

Un semáforo con dos hombres de la mano en ver en la plaza de la Cibeles en Madrid.

Un semáforo con dos hombres de la mano en ver en la plaza de la Cibeles en Madrid.

Escrito por Álex Grijelmo

 

Los seres humanos manejamos símbolos continuamente. Todos ellos ejercen la misión de representar algo.

En los aseos se ve a veces una pipa en una puerta y un zapato de tacón en la otra, lo cual no significa que los varones no fumadores tengan prohibido entrar. Ni que las mujeres que lleven tacones y fumen en pipa, no solo metafóricamente, puedan pasar por las dos puertas. Tampoco se entiende que una mujer que ni fume ni vista tacones se deba quedar con las ganas.

La señal de “animales sueltos” muestra una vaca o un ciervo. Pero representa también al caballo, al jabalí, al zorro… Todos los símbolos invisibilizan algo y a la vez lo contienen.

Sin embargo, algunos sí son sexistas. Y esto ocurre a menudo precisamente cuando se usa una figura femenina. Por ejemplo, en los lugares que muestran el dibujo de una mujer y un bebé para señalar dónde se pueden cambiar los pañales; o en el transporte que reserva un asiento mediante la representación mujer con niño. En este caso, curiosamente, si se colocara ahí la figura del semáforo ya no se la consideraría sexista como cuando aparece… en el semáforo.

La Federación de Municipios cuenta desde 2009 con un Manual de señalización no sexista elaborado con muy buena voluntad y quizás con algún sesgo. Porque también existen sesgos igualitarios: los que aprecian discriminación donde no la hay. Por ejemplo, en la señal donde se ve a dos colegiales que corren de la mano: el manual recoge que la niña tiene un papel dependiente del varón, porque éste va delante y ella se deja llevar. Pero si ocurriera al revés se podría interpretar que de nuevo se coloca a la mujer en el papel de cuidadora (en este caso, de su hermano menor).

Hasta ahora en la señal de “obras” veíamos unas obras, no a un varón con una pala. Pero la alternativa de añadirle al dibujo coleta y falda se puede cuestionar también: una obrera se pondría pantalones, y ya bastantes hombres llevan coleta.

Sin embargo, huiremos de ridiculizar o condenar a quienes juzgan así estos símbolos. Su visión minuciosa es útil porque denuncia la desigualdad, y por eso vale la pena escucharles con mucha atención, discrepar con respeto cuando proceda y compartir su propósito hasta el fin.

 

[Foto: ANDREA COMAS – fuente: http://www.elpais.com]

Se supone que no atropellan a nadie, pero eso, ay, ni queda descartado nunca ni puede sentirlo el instinto

Un patinete eléctrico en una calle de Madrid.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El hombre paseaba por una calle del norte de Madrid, ya caída la noche, repasando absorto los problemas de esa jornada y cómo había logrado resolverlos, imaginando las situaciones del día siguiente y temiendo no estar a la altura…, cuando vio de repente a un pastor alemán que corría hacia él. Se apartó para eludir la previsible embestida, y el animal pasó de largo. El amo del perro llegó al punto y lo paró con una orden. Y aclaró:

—Tranquilo, no hace nada.

A lo que el hombre respondió:

—Sí hace. Asusta.

El sobresalto que se llevó el paseante le aumentó el ritmo cardiaco y lo sacó de sus pensamientos cuando creía haber reunido el ánimo suficiente para sentirse optimista. Esa noche tardó en dormirse.

La disculpa “tranquilo, no hace nada” se oye a menudo en situaciones así. Y en realidad la mayoría de los perros de compañía no causan ningún daño directo a nadie, pero su ímpetu en el correr y hasta en el saludar provoca que el instinto innato de supervivencia le produzca a cualquier ser humano distraído un vuelco en el corazón cuando ve que un magnífico ejemplar se aproxima suelto hacia él.

Ahora al peligro de los perros se suma el de patinetes y bicicletas, que invaden el patrimonio común de los caminantes: las aceras; y pasan junto a ellos como una exhalación. Siuuuu…

Tampoco hacen nada. “Tranquilo, yo controlo”. Se supone que no atropellan a nadie, pero eso, ay, ni queda descartado nunca ni puede sentirlo el instinto de cada cual cuando se lleva un susto.

Se trata de máquinas silenciosas cuya presencia no se anuncia ni con ladridos ni con ruido de motor y que se convierten de pronto en sombras peligrosas que se hacen presentes por la espalda, o en ángulo, en una fracción de segundo en la cual no identificamos su fisonomía concreta sino sólo su silueta indeterminada.

Ahora unos nuevos vehículos han abandonado sus viejos límites y han tomado el lugar de los peatones.

Los patinetes, los patines, las bicis… no nos hacen nada. Tranquilos, no hacen nada.

Pero asustan.

Hubo un tiempo en que la ciudad dividió sus espacios. La carretera, para las ruedas; las aceras, para los zapatos. Los vehículos se diferenciaban con claridad de las personas. Constaban de neumáticos, motor, carrocería o carenado, o de manillar con timbre. Ahora unos nuevos vehículos han abandonado sus viejos límites y han tomado el lugar de los peatones. Tienen por carrocería el cuerpo humano puesto de pie, asentado sobre pequeñas ruedas cuya velocidad amenaza la tranquilidad ajena. Tranquilos, no atropellan, no matan. Solamente asustan, solamente alteran la paz del paseante, interrumpen sus pensamientos, solamente convierten un momento de descanso en un foco de tensión que se prolongará en la indignación del recuerdo, tal vez durante horas. Obligan a vigilar los movimientos ajenos, impiden la reflexión, estropean la calma y nos hacen temer a las sombras.

 

[Foto: KIKE PARA – fuente: http://www.elpais.com]

La falta de documentación puede incitar a creer que Yolanda Díaz se había adentrado en la irreflexión lingüística

Escrito por Álex Grijelmo

Algunas personalidades políticas han forzado tanto las costuras de la lengua (los miembros y las miembras, el sujeto y la sujeta, portavoces y portavozas, monomarental, solos, solas y soles…) que cuando llega alguien y acude a una opción bien documentada en la literatura resulta que también se denuncia como despropósito.

Por supuesto, en las redes sociales desaparecieron el “me gustaría” y el “quizás”, porque las redes suelen suprimir esas fórmulas de higiénica distancia respecto de lo que uno mismo afirma; y también se perdió el matiz de “trabajar sobre el concepto”… Para el PP y algunos opinantes de guardia, todo quedó en que “Díaz quiere cambiar ‘patria’ por ‘matria”.

Pero la ministra ni propuso eso ni pareció que proscribiera el término “patria”. Sólo sugirió –sugirió– prescindir de su “carga pesada”. Una carga que la historia le ha echado encima, y que ha costado mucha sangre. La carga que le añadió el franquismo al apropiarse de ellas. De la patria y de su palabra.

Digamos de entrada que la etimología de “patria” nos lleva a “la tierra de los padres” (para los romanos, “terra patria”). Es decir, de la madre y del padre. Con esa misma intención inclusiva de “patria” decimos “mis padres son de Jaén” o afirmamos que una mujer tiene “la patria potestad” de sus hijos.

Por tanto, no procede establecer el desdoblamiento simétrico “patria / matria” como tampoco diríamos “estoy enmadronado en Murcia”, “esto lo matrocina una empresa española”, “la virgen del Carmen es matrona de los marineros”, “se celebraron las fiestas matronales”…; ni tampoco “es el alma pater” o “vinieron ciento y el padre”. Cada una de esas expresiones tiene su historia, sin que medie ya razón discriminatoria alguna, pese a lo que alguien sin mucha documentación pueda pensar.

Del mismo modo, la falta de documentación habrá incitado a creer que Díaz se adentró en la irreflexión lingüística al invocar el uso de “matria” –que, en efecto, no figura en el Diccionario– en vez de “patria”.

Sin embargo, su discurso completo parecía estar más trabajado de lo que algunos creyeron, y recordaba mucho a lo que escribió en 1961 Ernesto Sábato, premio Cervantes 1984: “La patria era la infancia y por eso quizá era mejor llamarla matria, algo que ampara y calienta en los momentos de soledad y de frío”.

Juan de Pineda escribió mucho antes, en el siglo XVI: “Platón y Hierocles dicen ser la palabra patria como de padre y madre, y que es matria mejor para significar nuestra tierra natural –que nos es como madre– que patria, que es nombre que viene del padre, y Plutarco dice ser lenguaje de los cretenses usar de la palabra matria, no de la patria”.

Se pueden hallar muchas más citas en los bancos de datos de la Real Academia. La propia ministra aportó luego en un tuit que “matria” fue usada por Unamuno, Borges o María Zambrano.

No creo que Díaz incurriera en “una barbaridad” como le reprocharon en una radio conservadora. Tal vez fue víctima, eso sí, de que algunas de sus correligionarias hayan venido abonando el camino para que toda duplicación sea tomada ya por una ocurrencia.

[Foto: Marta Fernández Jara / Europa Press – fuente: http://www.elpais.com]

Últimamente las leyes hacen malabares para cumplir con los “manuales de lenguaje inclusivo”

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La palabra “sujeto” funciona como sustantivo, adjetivo y verbo. Eso puede crear algunas paradojas lingüísticas. Por ejemplo, si alguien grita “¡sujeten a ese sujeto!”.

Cuando el término funciona como adjetivo, incorpora la flexión de género: “Tiene una socia sujeta a un contrato leonino”, “contrató a un directivo sujeto a investigación”. Pero cuando ejerce como sustantivo, no varía. En esos casos equivale a “persona”, ya sea física, jurídica o gramatical. Y, como sucede con la propia palabra “persona”, abarca los dos sexos biológicos. En la oración “Edelmiro compra melocotones”, Edelmiro es el sujeto. Y en “Gertrudis vende su casa”, Gertrudis también es el sujeto, no “la sujeta”. Y además, Gertrudis es sujeto de derechos constitucionales, del mismo modo que Edelmiro. Y Gertrudis puede ser objeto de un robo, pero no “objeta” de un ascenso.

Tanto “sujeto” (en masculino) como “persona” (en femenino) son sustantivos epicenos: con un solo género abarcan los dos sexos; y por tanto no decimos “una sujeta y un sujeto”; ni “una persona y un persono”. Y además, el valor despectivo de “sujeto” se restringe a los varones: “¡Menudo sujeto!”, decimos. “Más te valiera no pensar más en ese sujeto”, escribió Galdós (Rosalía, 1872).

Hablamos con sujetos agentes (en la oración activa) o pacientes (en las pasivas). Y, siguiendo con paradojas, podríamos leer: “El sujeto agente dejó al agente sujeto”; y “El fiscal dijo que el sujeto pasivo se mostraba muy activo”.

Por su parte, el “sujeto pasivo” es una persona obligada a algo por la ley (por ejemplo, al pago de un tributo); también sin marca de sexo en la palabra.

Pese a todo esto, la reciente Ley 11/2021, de 9 de julio, sobre lucha contra el fraude fiscal, señala en su preámbulo que se dará “un tratamiento homogéneo a los sujetos infractores y las sujetas infractoras”.

Últimamente las leyes hacen verdaderos malabares para cumplir con los “manuales de lenguaje inclusivo”. Por ejemplo, en la legislación laboral abunda ahora la locución “las personas trabajadoras”, para evitar “los trabajadores”; con lo cual, al pasar del sustantivo “trabajadores” al adjetivo “trabajadoras”, se puede interpretar que algunos de sus preceptos sólo afectan a las personas especialmente aplicadas en sus tareas.

Ya hemos reiterado aquí y en otros lugares que el llamado lenguaje igualitario es bueno como práctica, como denuncia, como bandera identitaria de una causa justa. Pero también innecesario para la comprensión del idioma. Cualquier psicolingüista puede demostrar que aquello que no se nombra sí existe. Ahí está, para empezar, la locución “violencia de género”, mediante la cual todo el mundo sabe qué sexo la ejerce aunque éste no se mencione.

La duplicación de “sujetos infractores” y “sujetas infractoras” llama la atención, sin duda, sobre todo porque una línea antes se ha mencionado correctamente a “los posibles infractores e infractoras”.

Ahora bien, los manuales sobre “lenguaje incluyente” han sido aplicados a rajatabla en el preámbulo de esa ley (por otra parte, un auténtico catálogo de horrores lingüísticos y de estilo), pero no en el articulado. En este, por ejemplo, “las entidades” (femenino) son “sujetos pasivos” (y no “sujetas pasivas”); y se lee otras 22 veces “sujeto” sin duplicación.

Cabe suponer que no por ello las mujeres se van a librar de cumplir las normas tributarias, aunque en esto, desde luego, muchos de los contribuyentes no tendrían gran problema en sentirse excluidos.

[Foto: INMA FLORES – fuente: http://www.elpais.com]

Los hinchas holandeses animan a su equipo gritando “¡Hup, Holland, hup!” (“Vamos, Holanda, vamos”)

Los narradores periodísticos de la Eurocopa de fútbol asumieron a cierra­ojos la denominación “Países Bajos” para una nación a la que hasta ahora habían venido llamando “Holanda”, si bien en muchos casos conservaron el gentilicio “holandés” frente a “neerlandés” (derivado este del nombre oficial del país en su lengua: Nederland).

Lástima que esa unanimidad no se haya aplicado también para corregir errores flagrantes como “medirse a” en vez del correcto “medirse con”; o las pronunciaciones inadecuadas de nombres extranjeros como París San Yermén para París Saint Germain, donde se aproximaría más al nombre original decir París San Yermán; o sus siglas como Pe-ese-ye, en rara mezcla del deletreo en español y en francés (o se dice “Pe-ese-ge o se escoge Pe-es-ye, pero no la mezcla de ambas). Entre otros ejemplos.

En todo eso, no. Pero el periodismo deportivo sí se ha aplicado con notable disciplina en el asunto de Países Bajos. ¿Y de dónde viene esta moda?

La zona del actual Países Bajos (Nederland en su idioma) ha constituido históricamente un pequeño lío de nombres y extensiones. Esa denominación surge ya en el siglo XVI como la más habitual para un territorio en el que llegaron a estar comprendidas Bélgica y Luxemburgo. Y del mismo modo que en el siglo XVII se llamaba aquí “Flandes” a una extensión superior al condado de ese nombre, hoy en día “Holanda” es sólo una parte de los Países Bajos. Entre 1806 y 1813 (Napoleón mediante) el país pasa a llamarse “Reino de Holanda” (“tierra de maderas”), según había sido conocida cuando sus navegantes salían a conquistar el mundo desde las provincias costeras de Holanda del Norte y Holanda del Sur. Pero a partir de 1815 (tras Waterloo) su nombre oficial es de nuevo Países Bajos.

Ya en nuestros días, en 2020, el Gobierno holandés promovió una campaña destinada a que “Nederland”, con sus adaptaciones en cada idioma (“Países Bajos” en español), se impusiera a “Holland” y las suyas (“Holanda” en castellano). Así lo contó entonces en este diario Isabel Ferrer desde La Haya. A los holandeses les pareció que las versiones de “Holland” (usadas por ejemplo en España, Italia y Francia) remitían a la tradición, los molinos, los quesos y los tulipanes; mientras que “Nederland” se asociaba con la modernidad, la innovación, la pujanza. Pues no sé; a mí cuando he ido a Holanda me han interesado más las tradiciones, los molinos y los tulipanes que la economía industrial. Pero en fin, como dicen por Andalucía, el que la lleva la entiende.

Tras esa campaña, las federaciones deportivas internacionales empezaron a usar “Países Bajos” en vez de “Holanda”. Y les secundaron los periodistas.

Ahora bien, la denominación “Países Bajos” parece haber desatado más entusiasmo en España que en la propia Holanda. Es cierto que los holandeses se suelen presentar como neerlandeses, incluso si nacieron en las provincias llamadas Holanda, pero su Oficina de Turismo ofrece aún la ciberdirección Holland.comcuya versión en español recoge el término “Holanda” 35 veces. Por su parte, los hinchas holandeses gritan “¡Hup, Holland, hup!” (“¡Vamos, Holanda, vamos!”), título de una canción escrita en 1950 por Jan de Cler y Dico van der Meer (“¡no dejes que el león se quede parado en la camiseta!”).

Los holandeses creerán que su nombre oficial suena mejor que “Holanda”. No lo discuto, es su percepción; pero que sepan que, en la nuestra, Holanda siempre jugó mejor al fútbol que Países Bajos.

[Fuente: http://www.elpais.com]

La lectura cuidadosa de Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, el más reciente libro de Álex Grijelmo, y de algunas otras obras llevó al autor de este ensayo a reflexionar sobre los notorios y revolucionarios cambios que está viviendo la lengua española.

Escrito por Fabio Vélez

Para cualquier amante del idioma español, sobre todo de sus palabras y gramática, los libros y artículos de Álex Grijelmo han adquirido la categoría de imprescindibles, básicos de biblioteca. Y aunque sigamos extrañando los afilados “dardos” de Lázaro Carreter, podemos respirar tranquilos porque sabemos que Grijelmo continuará con sus periódicas entregas en la prensa y seguirá obsequiándonos con ejemplares tan memorables como La seducción de las palabras o La gramática descomplicada. Así también, su última entrega: Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo.1

Atento observador y estudioso de la lengua viva, Grijelmo no eludió la polémica cuando ésta se presentaba y se enfrascó en el acalorado debate acerca de la presunta inclusividad o no de nuestro idioma. Huelga decir, no obstante, que el tema ya había sido abordado décadas atrás y que ha sido sólo desde hace unos cuantos años, con el feminismo situado en la agenda mediática, que esta cuestión vuelve a discutirse, si bien ahora con una dimensión pública.

No es mi objetivo resumir aquí este interesante y documentado libro de Grijelmo. El título permite, en buena medida, adivinar la postura y la propuesta del autor, a saber: buscar un espacio de consenso entre las posiciones más conservadoras (por lo común, defendidas desde las “academias”) y las más radicales (presentes, en la mayoría de los casos, en las “guías” para un uso no-sexista de la lengua). Dos lecturas previas a este libro —conviene dejar constancia de las deudas— ya me habían ayudado a despejar parte del camino en esta querella. Por un lado, El género y la lengua, de Pedro Álvarez de Miranda,2 destacado académico de la RAE (y, por cierto, conocido también por su amor a las palabras; véase su Más que palabras); por otro lado, la respuesta (en parte) de María Martín, feminista y activista, en Ni por favor ni por favora.3 Desahogadas sus respectivas posturas, debo confesar que, en términos generales, me resultó más convincente la propuesta de Martín. Es más: creo que el conflicto sobre el que se asientan sus argumentos y medidas —es decir, sobre cuál es el verdadero principio que rige el funcionamiento de la lengua, el de la “economía” (o mínimo esfuerzo) en un caso y el de la “no ambigüedad” en el otro— no son excluyentes y, en consecuencia, no es forzoso tener que tomar partido por uno de ellos. Efectivamente, dependiendo de los usos y los contextos, puede prevalecer uno u otro aspecto. Pero tampoco es mi propósito aquí comentar sendos textos, por mucha enjundia que entrañen.

* * *

Vayamos con la primera cuestión que me interesa abordar, de manera especulativa, del más reciente libro de Grijelmo. En el primer capítulo desmonta una idea, a su juicio errónea, acerca del presunto machismo de la lengua española, producto, según sostienen sus adalides, del patriarcado. En este punto el autor procede por vía doble. Por un lado, amparándose en los estudios de lingüística sobre el indoeuropeo (esa protolengua de la que se derivaron, entre otros muchos idiomas, el latín y el español), nos recuerda cómo éste estableció primero dos géneros para distinguir entre seres animados e inanimados y cómo después, para identificar de entre los animados a las hembras de los machos, se vio obligado a especificar un género femenino para diferenciarlo del genérico animado. La discordia vendría luego al tener, a su vez, que reconocer un masculino en contraposición a ese nuevo femenino explicitado, al utilizar de nuevo el genérico animado para ello. O dicho con un ejemplo que servirá para ilustrar la reconstrucción de lo acontecido: que de la palabra “trabajador” salió “trabajadora”, pero no “trabajadoro” (sino “trabajador”). De modo que, expresado con la ironía que caracteriza a Grijelmo, a diferencia de lo que se sostiene en la Biblia, podríamos afirmar que el género femenino no habría salido de una “costilla” masculina, sino de una genérica.

El segundo argumento que utiliza Grijelmo para tratar de invalidar el presunto machismo de la lengua tiene lugar a raíz de un análisis comparativo con otros idiomas. La estrategia es sencilla: si se defiende que el español es por defecto excluyente y que esto es consecuencia del patriarcado que fluye por su gramática, entonces los idiomas en donde no existieran los géneros o, incluso, en donde el genérico fuera en femenino, tendrían que florecer en sociedades más igualitarias e inclusivas. Pues bien, resulta que tampoco. Ni los países de habla inglesa, donde los sustantivos y adjetivos carecen de género, aunque no así los pronombres personales ni los posesivos; ni lenguas como con el turco, prácticamente sin género; ni el afaro en Etiopía, con un femenino genérico, por poner algunos ejemplos, han demostrado ser sociedades menos machistas que la nuestra.

Lo anterior, deduce Grijelmo, nos permite advertir que nos hallamos frente a una falacia, es decir, dos hechos yuxtapuestos no implican una relación de causalidad entre uno y otro: que el indoeuropeo se construyera en una sociedad patriarcal no permite deducir que el masculino genérico sea consecuencia de ello. De modo que, según él, no hay evidencia alguna de que el masculino genérico sea una imposición de los hombres sobre las mujeres y, por tanto, “no debe considerarse machista, ni masculinista, ni androcéntrico” por sí mismo; lo que todo caso podría serlo es el contexto y el uso por parte de quienes hablan.

Se la agradece, y mucho, a Grijelmo (y también a quienes se han dedicado a reconstruir el indoeuropeo y a aclarar estas cuestiones: F. Rodríguez Adrados, M. A. Calero, J. F. Ledo-Lemos) que sitúe el debate sobre las bases científicas de la lingüística. Pero hay una observación que, tal vez, nos permitiera especular (estamos hablando de algo sucedido hace cinco milenios) en otro sentido. El primer pasaje, que en cuestión me gustaría comentar, es el siguiente:

Parece probable que en algún momento sí sintieran sus individuos [del Neolítico] la necesidad de nombrar a personas y animales del sexo femenino, una vez consolidadas las primitivas sociedades ganaderas y agrícolas. La influencia del factor reproductivo de los animales y su relevancia para el ser humano queda patente […] Es probable que el genérico que abarcaba a hombres y a mujeres (y luego también solamente a hombres) se especializara como fruto no de una dominación masculina, sino, por el contrario, de la importancia que todos los hablantes dieron a la condición femenina. No en el sentido que ahora emplearíamos, desde luego, pero sí con una visión práctica y descriptiva de la vida [cursivas mías].

Este pasaje me inspira varias preguntas: ¿Fue la necesidad de destacar y distinguir a un conjunto concreto de seres animados —mujeres y hembras—, por su particular relevancia para la reproducción, lo que justificó la necesidad de inventar el género femenino? ¿La “importancia” que ameritó resaltar precisamente estas capacidades y no otras (por ejemplo, creativas o intelectuales), fue de todos (masculino genérico: todos y todas) o sólo de todos (masculino específico: todos los hombres)? ¿Hay alguna relación entre esa visión “práctica y descriptiva” de las hembras con el mandato de género que el patriarcado asigna a las mujeres? En suma: ¿late un incipiente androcentrismo en la motivación de visibilizar, entre los seres animados, a las hembras?

El apoyo para sustentar la pertinencia o no de estas preguntas ha sido extraído precisamente de uno de los ejemplos aportados por el propio Grijelmo. En algún punto, él mismo repara en el hecho de que, a la hora de establecer semejante distinción, no pareció interesar en rigor la diversa genitalidad que presentaban los seres animados; no había, por así decirlo, un genuino interés taxonómico-anatómico; lo que parece que de verdad importaba, sin embargo, era discriminar el sexo de aquellos animales imprescindibles para el sustento vital, es decir, el de los animales domésticos. Así se explicaría, según Grijelmo, el especial cuidado a la hora de identificar el sexo de estos animales ayudándonos de nombres heterónimos (distintos en función de su sexo): toro y vaca, caballo y yegua, gallo y gallina, etcétera; o de nombres flexionados (en el artículo o el sustantivo): los perros y las perras, los cerdos y las cerdas, etcétera, pero también, la peculiar despreocupación por el sexo de los animales salvajes a los que, no por caso, solemos asignarles nombres epicenos (con un sólo género para ambos sexos): las jirafas, las ballenas, los mosquitos, etcétera. Una mirada al reino vegetal, dejando por un momento de lado el texto de Grijelmo, podría revelar aspectos igualmente interesantes. En Un dinosaurio en un pajar, Stephen J. Gould4 ha evidenciado con su acostumbrada mordacidad cómo, para el caso de la botánica, las veinticuatro clases que Linneo llegó a reconocer en la que es considerada la primera propuesta de taxonomía sexual —recuérdese: en función del número y la disposición de los órganos masculinos (estambres) y femeninos (pistilos) en las flores— no era sino un reflejo, a pesar de su aparente neutralidad, de la moral social conservadora y sexista del siglo XVIII. Sin pretender equiparar sendos eventos, cabría formularse unas cuantas preguntas: ¿Qué importa más en la anterior distinción (la de los animales de Grijelmo), el sexo o su valor doméstico? ¿Es fruto del azar que las mujeres, como las hembras de los animales domésticos, tuvieran nombres específicos o marcas de género? A propósito de esto último, ¿a qué se debe que en la actualidad determinados gremios profesionales sean siempre referidos en femenino: las enfermeras, las limpiadoras, las niñeras…? ¿Por qué no decimos las médicas, las juezas (o las jueces), etcétera? ¿Puede atribuirse a la casualidad que los “cuidados” —como lo reproductivo, lo doméstico, etcétera— vayan siempre en femenino?

Richard Wrangham, por aquello de continuar en el terreno de la especulación, ha propuesto una interesantísima y holística hipótesis para completar la tesis antropológica, célebre por lo demás (aunque no por ello menos discutida), de que la caza nos hizo humanos. En su libro En llamas,5 Wrangham sostiene que el cazador sólo era posible si tenía a su disposición una cocinera. No podemos demorarnos en la compleja reconstrucción de su argumentación, pero lo interesante, para este particular, es que sin fuego y sin cocina es inviable —nutricionalmente hablando— la mera caza y que fue, en razón de ello, que se produjo la división sexual del trabajo: los hombres podían salir a cazar porque las mujeres —además de gestar, lactar y cuidar— se quedaban a recolectar y cocinar. Una vez más, aunque el término resulte anacrónico, la mujer es importante por su papel indispensable en la producción y reproducción de lo doméstico. Con lo anterior presente: ¿es tan neutral la aparición de género femenino en el indoeuropeo?

* * *

Prosigamos con el segundo comentario especulativo que me gustaría esbozar. En el anterior pasaje citado, Grijelmo hacía una observación de carácter temporal que también merecería ser leída con atención. Recordemos: “La importancia que todos los hablantes dieron a la condición femenina. No en el sentido que ahora emplearíamos, desde luego, pero sí con una visión práctica y descriptiva de la vida” [cursivas mías]. Como ya se ha insinuado merced a una serie de preguntas, podría suceder que detrás de esa “visión práctica y descriptiva de la vida” se guareciera sibilinamente el patriarcado. Pero vayamos con la observación, a modo de reserva, que he destacado ahora en la cita. Esta, qué duda cabe, se prestaría fácilmente a diversas interpretaciones: ¿Está sugiriendo Grijelmo que nuestra idea de la condición femenina ha cambiado? Si es el caso, como parece, ¿desde qué concepción y hacia cuál otra? Asumamos por un momento que Grijelmo estuviera señalando que hemos avanzado hacia sociedades más igualitarias, más feministas, ¿podría suscitar este cambio una contrapartida en el lenguaje de un tenor similar? Por ejemplo, ¿con el uso de duplicativos —dejemos para otro texto las triplicaciones “no binarias”— que especificaran explícita, y no tácitamente, el género femenino? ¿Y con la aparición de un neologismo genérico distinto al masculino específico?

Grijelmo se muestra partidario de un uso “moderado” del lenguaje inclusivo —como también Martín; de ahí que el subtítulo de su libro sea Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado)—, de no tener que llegar a extremos en los que deberíamos decir: “El perro y la perra son el mejor amigo y amiga del hombre y la mujer”. Sin embargo, también señala que “no se debe confundir ‘ausencia del género femenino’ en el significante con ‘invisibilidad de las mujeres’ en el significado”. Es decir, según Grijelmo, la convención gramatical y el contexto permitirían asimismo un uso legítimo —no machista— del masculino genérico. Aunque entiendo el argumento de Grijelmo, comprendo igualmente que haya muchas mujeres que puedan sentirse insatisfechas con él.6 Como declara Martín en las primeras páginas de su libro: “Sé perfectamente que el masculino es el género gramatical designado por la lengua española como no marcado y que emplearlo es correcto. Aunque es machista. Así que cuando se emplea, me siento molesta”. ¿Debería el lenguaje reflejar esta inconformidad si un uso generalizado en contra de la norma actual se empezara a propagar? Creo que ni Grijelmo ni Álvarez de Miranda se opondrían a reconocer, llegado el caso, un uso asentado por los y las hablantes, verdaderos soberanos y verdaderas soberanas de la lengua. Ahora bien, mientras se normalizan o no estos nuevos usos, ¿se aceptarían, a falta de un sintagma más afortunado, las “acciones afirmativas” en la lengua (por ejemplo, los desdoblamientos inclusivos, la corrección de usos sexistas, etcétera), tal y como se emprenden en política? Pues bien, es en este punto donde vuelven a asomar las discrepancias entre los autores y las autoras, y no tanto por las previsibles dificultades para aplicarlas en la pragmática del lenguaje cotidiano (como ha demostrado, diría que con acierto, Grijelmo), sino por las diferentes concepciones que se manejan sobre el lenguaje. Todo depende del poder que se le reconozca a éste: ¿el lenguaje refleja los cambios sociales y culturales o también puede producirlos? Si sólo los refleja, la estrategia pasaría inexorablemente por cambiar la realidad, pero ¿y si también contribuyera a modificarlos? Sea como sea, Grijelmo estaría más cercano a la primera postura, y Martín, a la segunda. Lo importante, en cualquier caso, es que incluso Grijelmo admitiría que esas “acciones afirmativas” en el lenguaje público —político, administrativo, periodístico, etcétera— servirían “legítimamente hoy como un símbolo de que se comparte esa lucha por la desigualdad”. Ahora bien: mientras que para él, en una hipotética realidad feminista de facto, estas “intervenciones” dejarían de tener sentido y serían abandonadas, para Martín, éstas lo mantendrían por entero, aunque probablemente no con el mismo significado político.

Y con esto me gustaría concluir: pese a las diferencias, tal vez merezca la pena buscar acuerdos cuando la causa lo merece, aunque no siempre se compartan ni los argumentos ni los medios en su integridad. De ahí el título del libro de Grijelmo: Propuesta de acuerdo. Se trata de mera propuesta (razonada, aunque propuesta al cabo), pues serán los y las hablantes —y no les ministres de l’éducation, como en el caso reciente de Francia— quienes tengan la última palabra.

 

Fabio Vélez
Profesor de Teoría e Historia en la Facultad de Arquitectura de la UNAM e investigador del Conacyt. Entre sus publicaciones: La palabra y la espada. A vueltas con HobbesAntes de Babel. Una historia retóricaDesfiguraciones. Ensayos sobre Paul de ManSobre el derecho a la ciudad. Textos esenciales y Arquitectura. Historias de un equívoco


1 Grijelmo, A. Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, Taurus, México, 2021.

2 Álvarez de Miranda, P. El género y la lengua, Turner, Madrid, 2018.

3 Martín, M. Ni por favor ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), Catarata, Madrid, 2019.

4 Gould, J. S. Un dinosaurio en un pajar, Crítica, Barcelona, 1997.

5 Wrangham, R. En llamas. Cómo la cocina nos hizo humanos, Capitán Swing, Madrid, 2019.

6 Este texto empezó a gestarse, valga la retroactividad de la observación, hace unos años cuando me invitaron a ser parte de la asamblea del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir. Ahí experimenté cómo las y los integrantes éramos interpelados desde un —inaudito para mí— femenino genérico (o no marcado). A la perplejidad inicial (¿por qué no se nos incluía?), le siguió de inmediato una aceptación estratégica de su uso y, al poco, una familiaridad similar a la de cualquier otro nuevo hábito adquirido.

 

[lustración: Kathia Recio – fuente: http://www.nexos.com.mxfuent]

El origen remoto sobre el continuo uso de “género” se halla en el puritanismo victoriano

Algunas palabras se mueven en retirada. En las noches electorales, todo es “recuento” y nada “escrutinio”. En las conversaciones telemáticas, todo es “¿se me escucha?” y nada “¿se me oye?”. En la radio, todo acto “arranca” y nada “empieza”. De igual modo, ya por todas partes se oye hablar del “género” donde antes se decía “sexo”.

El origen remoto de esta tendencia actual se halla en el puritanismo victoriano de los británicos, durante el siglo XIX, cuando las clases dominantes evitaban decir sex porque esa palabra se contaminaba del juicio hipócrita que les merecía su práctica. Para sustituirla, eligieron el eufemismo gender, que un siglo después llegaría al español traducido como “género”.

Pero este nuevo significado no se ha asentado aún entre nosotros, empezando por que ofrece sentidos confusos. Es negativo en “discriminación de género” o “violencia de género”, donde se puede reemplazar por el adjetivo “machista”; pero se convierte en positivo al hablar de “políticas de género” (donde sustituye a “igualdad”) o de “perspectiva de género” (que cabría sustituir por “perspectiva feminista” o “igualitaria”).

Con atención a esa tendencia, las academias añadieron en 2014 en la vieja entrada “género” esta acepción: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”. Por su parte, el feminismo había venido considerando que “sexo” se refiere a una cuestión biológica relativa a los seres vivos, mientras que “género” refleja un conjunto de discriminaciones que se deben abolir.

Este uso reciente de “género” en nuestra lengua fue impulsado por la traducción anglocentrista del texto original en inglés aprobado por la Conferencia de Pekín en 1995, organizada por la ONU. Su informe, de 232 páginas, incluye 239 veces aquel viejo eufemismo “género” (gender en el original), que desplaza a expresiones más precisas: “barreras basadas en el género” en vez de “basadas en el sexo”; “perspectivas de género”, en lugar de “perspectivas igualitarias”; o “la desigualdad basada en el género”, cuando se entendería mejor “basada en el machismo”. A partir de ahí, nos encontramos con “estadísticas por géneros”, o con que el festival de San Sebastián “no hará distinción de género”. O “factores de riesgo por género” con la aparición de trombosis tras la vacuna (como si al adenovirus le importaran los grupos socioculturales). O que la ley trans permitirá la “autodeterminación de género” para que cada cual pueda cambiar en el DNI… su sexo.

En aquel texto de la ONU, paradójicamente, no aparece “violencia de género” (es decir, la “violencia machista”), ni en inglés ni en la traducción española, sino “violencia contra la mujer”.

A tenor de las preferencias actuales, y según argumentaba el académico Pedro Álvarez de Miranda (El género y la lengua, Turner Minor, 2018), hoy en día el primer libro feminista en español, La secreta guerra de los sexos (de María Laffitte, en 1948), se habría denominado La secreta guerra de los géneros; una obra fundamental como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, en 1949, se habría llamado El segundo género; y el pionero en la crítica del lenguaje sexista en español, Álvaro García Meseguer, habría elegido para su revelador ensayo el título Lenguaje y discriminación de género, en vez de Lenguaje y discriminación sexual (1977).

Apoyo las ideas feministas; y a intersexuales, transexuales y demás identidades, pero creo que el término “género” ha contribuido a oscurecer aún más el lenguaje público y que está desplazando a la indefensa palabra “sexo”, nuevamente convertida en sospechosa.

 

[Foto: ARTAULT ERWAN / SYGMA VIA GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

El lenguaje del amor y del desamor se expresa con esa manera de hacer que exista lo que no se nombra

Una pareja en una playa de Barcelona, el pasado domingo 20 de junio.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Hay que afrontar a veces el brete de explicarle a la pareja que la relación se va a terminar porque el amor ha cambiado de destino. En esos casos, y de un tiempo a esta parte, se usa una oración que no dice nada pero que lo expresa todo: “He conocido a alguien”.

Ese truco de decir la mitad de lo que en realidad se manifiesta viene de lejos, y tiene que ver con las implicaturas, las presuposiciones, las insinuaciones, los sobrentendidos…

El lenguaje del amor y del desamor está lleno de trucos consistentes en expresar mensajes completos de una manera incompleta. Lo mismo pasa con el sexo, asunto que no desmenuzaremos aquí porque en vez de una columna haría falta un Partenón.

En el lado del amor, alguien puede decir: “¿Quieres subir a mi casa a tomar una copa?”. Generalmente, esa pregunta entraña una implicatura (o sea, una información que se transmite sin explicitarla). Otro tanto ocurre con expresiones como “Edelmira y Pancracio están juntos”, lo cual se entiende por lo común como una forma de decir que no es que se hallen juntos en algún sitio cuando se pronuncian las palabras, sino que están juntos todo el día o al menos toda la noche. En una fase anterior de su relación quizás se habrá comentado de ellos que “salen juntos”, de lo cual se deduciría que no sólo salen sino que también entran. O sea, que mantienen una “relación sentimental”, locución asimismo imprecisa porque, en teoría, se puede aplicar incluso a la que une a nietos y abuelos, por ejemplo.

La palabra “juntos” (salen juntos, están juntos) agranda en estos casos su sentido porque se hace evocadora y engañosa. Abarca una simple yuxtaposición paralela: dos personas que caminan una al lado de la otra pero sin tocarse, como las vías del tren. Y a la vez la mayor unión posible, la de co-ire (de donde sale “coito”, por cierto; o sea, los que van –y llegan– juntos).

En el lado del desamor, los eufemismos y los sobrentendidos funcionan de la misma manera. Por ejemplo, cuando alguien pronuncia “tenemos que hablar”. El otro podría responder: “Si ya hablamos todos los días…”. Pero “tenemos que hablar” dice una parte (han de hablar) y omite otra: el tema; que se deduce.

Quizás en esa conversación alguien diga “démonos un tiempo”. Y ahí entrará también la gran capacidad del lenguaje para decir sin decir. ¿Un tiempo de cuánto tiempo? Porque ¿cuántos días deben pasar para que expresiones como “no fumo” o “dejé de beber alcohol” se conviertan en verdad? (Pinker, 2007: 277). “No fumo” y “no bebo” pueden ser afirmaciones verdaderas incluso si hace dos minutos que consumimos el último cigarro y la última copa. En cambio, “démonos un tiempo” puede abarcar un tiempo de años y años. Ay, cómo explotamos a veces la imprecisión de algunas palabras.

Y aún alcanza un grado mayor en esta escalada de formas eufemísticas la expresión “necesito mi espacio”. Claro, el espacio lo estamos compartiendo y lo tengo dividido, así que “mi” espacio lo estás ocupando “tú”. Y yo necesito el mío, donde se incluye ese trozo en el que te hallas.

El lenguaje del amor y el desamor se expresa así en muchas parejas, con esa manera de hacer que exista lo que no se nombra. No se acaba de decir todo del todo, ni al empezar ni al terminar una relación; pero aun no diciendo todo, lo que no se pronuncia sí existe. Existe y se comunica, a pesar de no decirse.

 

[Foto: EMILIO MORENATTI / AP – fuente: http://www.elpais.com]

¿Un valle está por debajo de una llanura, o más bien la llanura se sitúa en un nivel inferior al valle?

Mujer pone una lavadora en su domicilio en Madrid, el 8 de marzo de 2021.

Mujer pone una lavadora en su domicilio en Madrid, el 8 de marzo de 2021.

 

La Administración muestra problemas a la hora de dar nombre a cosas o ideas. Ya se vio, por ejemplo, con las etapas pandémicas de hace un año, cuando la “fase cero” resultó ser la primera fase; la segunda fase o fase número dos era oficialmente la “fase uno”, y la tercera fase se llamó “fase dos”, de modo que a la “fase 3” le tocaba ser en realidad la cuarta. Por no hablar de la “cita previa”: menos mal que nos la dan antes de ir, y no después.

Fernando Beltrán, poeta y especialista en nombrar (algunos lo llaman naming), ha creado denominaciones como la del centro La Casa Encendida y las marcas Opencor o Amena, entre otras. El Parque Biológico de Madrid, de inversión privada y creado con ese nombre en 2001, pasó de ruinoso a masivo en 2002, a partir de que Beltrán lo llamase Faunia.

No contratarán a Beltrán en la Administración, porque sería un lío burocrático. Haría falta convocar un concurso en el que al final se elegiría la oferta más barata. Pero un buen nombrador, profesional o aficionado, habría pensado un rato antes de lanzar las nuevas franjas para las tarifas de la luz: “horas punta”, “horas valle” y “horas llanas”.

La locución “hora punta” habita entre nosotros desde hace decenios, para designar los momentos del día en que se producen aglomeraciones de personas o concentraciones de consumo. “La hora valle” se venía oponiendo a la anterior, para reflejar la metáfora de la llanura entre dos picos, como suelen mostrar las curvas de consumo. Ambas expresiones figuran en el Diccionario con esos sentidos y con referencia a los transportes y al suministro de agua y electricidad. Y para saber lo que expresan no se precisa consultar la obra académica, si se tienen en la cabeza los significados de punta y de valle.

Pero ahora las tarifas eléctricas han sumado una tercera locución: “hora llana”, que a diferencia de las anteriores no aparece en el Diccionario como formación estable. Así que tenemos hora punta, hora llana y hora valle. Pero ¿un valle está por debajo de una llanura, o más bien la llanura se sitúa en un nivel inferior al valle?

El tramo más caro para el consumo eléctrico corresponde a los dos segmentos de “horas punta” (de 10.00 a 14.00 y de 18.00 a 22.00). Después viene la tarifa media para la “hora llana” (de 8.00 a 10.00, de 14.00 a 18.00 y de 22.00 a 24.00). Y la tarifa más baja (de las 0.00 a las 8.00) se llama “hora valle”. Todo un despropósito.

El valle se define como “un llano entre montañas”. Por tanto, deberíamos imaginarlo entre las horas punta. Sin embargo, aquí la hora comprendida entre horas punta (o picos metafóricos) no es la hora valle, sino la hora llana. Aún más: el valle de la factura no está comprendido entre montañas, sino entre llanos.

Quizás habría sido más adecuado para la mejor comprensión intuitiva elegir los términos “hora llana”, “hora meseta” y “hora punta”. Eso sí, con la licencia de que en realidad se trata de unas puntas muy mesetarias: de cuatro horas cada una.

El lenguaje del poder tiende a aplastar al ciudadano que aspire a descifrar lo que no conviene que entienda. Así venía ocurriendo con el oscuro recibo de la luz y sus datos ininteligibles, que nos hacen creer mal empleado el tiempo que dedicamos en el colegio a las matemáticas. Ahora nos oscurecen también las palabras, en una maniobra consecuente con la anterior y que nos deja en la duda de si aprendimos correctamente la lengua. Lo que ya no se comprende es por qué además pretenden que nos sintamos idiotas con la geografía.

[Foto: VÍCTOR SAINZ – fuente: http://www.elpais.com]

A los que cumplieron 40 y no deseamos llamar “cuarentones” les correspondería ser “cuadragenarios”

Decenas de personas hacen cola para recibir la vacuna en el Hospital Isabel Zendal durante la Semana Santa.

Las informaciones sobre las personas vacunadas y por vacunar se refieren con frecuencia a los octogenarios, los septuagenarios, los sexagenarios…

En el habla común nombramos las décadas de edad con un notable sesgo: quinceañero, veinteañero, treintañero; cuarentón, cincuentón; sexagenario…, nonagenario. (No existen los cincoañeros ni los decañeros; hasta los quince no hay sufijo asociado a la edad). Como se ve, la terminación -añero se transmuta en –genario (no confundir con “geranio”) tras una doble parada en -entón:

La Gramática advierte (página 532) de esa connotación irónica o despectiva que acompaña a los vocablos donde se acopla el sufijo –entón, a la que se acude incluso en ambientes familiares: es decir, en contextos donde no llega la sangre al río pero maldita la gracia. Por tanto, al tratarse de expresiones de andar por casa, las referencias formales a edades de vacunación no mencionarán los términos “cuarentones” y “cincuentones”. He ahí dos décadas lingüísticamente vulnerables. Antes de ellas, los veinteañeros y demás gozarán de una asignación bien acogida; y después, los sexagenarios y siguientes serán nombrados con distante respeto mediante vocablos considerados cultos, lo cual no impedirá que los reciban con incómoda resignación.

Con el Diccionario en la mano, los treintañeros pueden ser también “treintones”, pero esto se marca como despectivo. Y a los que han cumplido 40 y no deseamos llamar “cuarentones” porque no se dejan, les correspondería también el adjetivo “cuadragenarios”, ya sin matices problemáticos para quien reciba el término, aunque probablemente tildemos de pedante a quien lo pronuncie: será raro oír “cuadragenario” en una conversación de chiringuito veraniego, por ejemplo. A su vez, los que tienen entre 50 y 59 son “cincuentones” si hablamos en confianza o con desprecio (eso tendrá que deducirlo cada cual), y “quincuagenarios” si usamos un lenguaje más formalista. Al cumplir los 60 se pasa a “sexagenario” (o “sesentón” si asumimos el riesgo ponderativo). Y lo mismo sucede con septuagenarios o setentones, octogenarios u ochentones, nonagenarios o noventones. A los que han cumplido los 100 se les llamaba antaño también “quintañones” (por las 100 libras de un quintal), pero ahora nos basta a todos con la admiración y el respeto de la sola palabra “centenario”.

Por desgracia, ahí se detiene la lista.

Podríamos reclamar ahora una nueva faceta del lenguaje políticamente correcto: que la terminación –añero se extendiese a las demás edades. La obra académica no recoge tal opción. En cambio, el diccionario de uso de Seco, Andrés y Ramos sí incluye “cuarentañero” (pero no “cincuentañero” y siguientes). Ahora bien, ¿serían sinónimas, por ejemplo, “sexagenario” y “sesentañero”? Tal vez no. Cuando alguien dice “sesentañero” está usando una connotación adicional. Porque ese término señala a una persona de más de 60 años, sí, pero que muestra trazas juveniles, bien por su espíritu o bien por su forma física. Por el contrario, “sesentón” y “sexagenario” connotan a alguien que ha cumplido las mismas seis décadas… con otra actitud vital.

Quizás pronto convivan en el Diccionario académico “cuarentón” y “cuarentañero”, “sexagenario” y “sesentañero”… Eso sí, para designar realidades distintas: “No es una cincuentona, es una cincuentañera”, aclararíamos. Pero este sufijo amable no llegará por la compasión general. Habrá que ganárselo a pulso.

 

[Foto: DIEGO RADAMES/SOPA IMAGES/LIGHTROCKET VIA GETT – fuente: http://www.elpais.com]