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Últimamente las leyes hacen malabares para cumplir con los “manuales de lenguaje inclusivo”

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La palabra “sujeto” funciona como sustantivo, adjetivo y verbo. Eso puede crear algunas paradojas lingüísticas. Por ejemplo, si alguien grita “¡sujeten a ese sujeto!”.

Cuando el término funciona como adjetivo, incorpora la flexión de género: “Tiene una socia sujeta a un contrato leonino”, “contrató a un directivo sujeto a investigación”. Pero cuando ejerce como sustantivo, no varía. En esos casos equivale a “persona”, ya sea física, jurídica o gramatical. Y, como sucede con la propia palabra “persona”, abarca los dos sexos biológicos. En la oración “Edelmiro compra melocotones”, Edelmiro es el sujeto. Y en “Gertrudis vende su casa”, Gertrudis también es el sujeto, no “la sujeta”. Y además, Gertrudis es sujeto de derechos constitucionales, del mismo modo que Edelmiro. Y Gertrudis puede ser objeto de un robo, pero no “objeta” de un ascenso.

Tanto “sujeto” (en masculino) como “persona” (en femenino) son sustantivos epicenos: con un solo género abarcan los dos sexos; y por tanto no decimos “una sujeta y un sujeto”; ni “una persona y un persono”. Y además, el valor despectivo de “sujeto” se restringe a los varones: “¡Menudo sujeto!”, decimos. “Más te valiera no pensar más en ese sujeto”, escribió Galdós (Rosalía, 1872).

Hablamos con sujetos agentes (en la oración activa) o pacientes (en las pasivas). Y, siguiendo con paradojas, podríamos leer: “El sujeto agente dejó al agente sujeto”; y “El fiscal dijo que el sujeto pasivo se mostraba muy activo”.

Por su parte, el “sujeto pasivo” es una persona obligada a algo por la ley (por ejemplo, al pago de un tributo); también sin marca de sexo en la palabra.

Pese a todo esto, la reciente Ley 11/2021, de 9 de julio, sobre lucha contra el fraude fiscal, señala en su preámbulo que se dará “un tratamiento homogéneo a los sujetos infractores y las sujetas infractoras”.

Últimamente las leyes hacen verdaderos malabares para cumplir con los “manuales de lenguaje inclusivo”. Por ejemplo, en la legislación laboral abunda ahora la locución “las personas trabajadoras”, para evitar “los trabajadores”; con lo cual, al pasar del sustantivo “trabajadores” al adjetivo “trabajadoras”, se puede interpretar que algunos de sus preceptos sólo afectan a las personas especialmente aplicadas en sus tareas.

Ya hemos reiterado aquí y en otros lugares que el llamado lenguaje igualitario es bueno como práctica, como denuncia, como bandera identitaria de una causa justa. Pero también innecesario para la comprensión del idioma. Cualquier psicolingüista puede demostrar que aquello que no se nombra sí existe. Ahí está, para empezar, la locución “violencia de género”, mediante la cual todo el mundo sabe qué sexo la ejerce aunque éste no se mencione.

La duplicación de “sujetos infractores” y “sujetas infractoras” llama la atención, sin duda, sobre todo porque una línea antes se ha mencionado correctamente a “los posibles infractores e infractoras”.

Ahora bien, los manuales sobre “lenguaje incluyente” han sido aplicados a rajatabla en el preámbulo de esa ley (por otra parte, un auténtico catálogo de horrores lingüísticos y de estilo), pero no en el articulado. En este, por ejemplo, “las entidades” (femenino) son “sujetos pasivos” (y no “sujetas pasivas”); y se lee otras 22 veces “sujeto” sin duplicación.

Cabe suponer que no por ello las mujeres se van a librar de cumplir las normas tributarias, aunque en esto, desde luego, muchos de los contribuyentes no tendrían gran problema en sentirse excluidos.

[Foto: INMA FLORES – fuente: http://www.elpais.com]

Los hinchas holandeses animan a su equipo gritando “¡Hup, Holland, hup!” (“Vamos, Holanda, vamos”)

Los narradores periodísticos de la Eurocopa de fútbol asumieron a cierra­ojos la denominación “Países Bajos” para una nación a la que hasta ahora habían venido llamando “Holanda”, si bien en muchos casos conservaron el gentilicio “holandés” frente a “neerlandés” (derivado este del nombre oficial del país en su lengua: Nederland).

Lástima que esa unanimidad no se haya aplicado también para corregir errores flagrantes como “medirse a” en vez del correcto “medirse con”; o las pronunciaciones inadecuadas de nombres extranjeros como París San Yermén para París Saint Germain, donde se aproximaría más al nombre original decir París San Yermán; o sus siglas como Pe-ese-ye, en rara mezcla del deletreo en español y en francés (o se dice “Pe-ese-ge o se escoge Pe-es-ye, pero no la mezcla de ambas). Entre otros ejemplos.

En todo eso, no. Pero el periodismo deportivo sí se ha aplicado con notable disciplina en el asunto de Países Bajos. ¿Y de dónde viene esta moda?

La zona del actual Países Bajos (Nederland en su idioma) ha constituido históricamente un pequeño lío de nombres y extensiones. Esa denominación surge ya en el siglo XVI como la más habitual para un territorio en el que llegaron a estar comprendidas Bélgica y Luxemburgo. Y del mismo modo que en el siglo XVII se llamaba aquí “Flandes” a una extensión superior al condado de ese nombre, hoy en día “Holanda” es sólo una parte de los Países Bajos. Entre 1806 y 1813 (Napoleón mediante) el país pasa a llamarse “Reino de Holanda” (“tierra de maderas”), según había sido conocida cuando sus navegantes salían a conquistar el mundo desde las provincias costeras de Holanda del Norte y Holanda del Sur. Pero a partir de 1815 (tras Waterloo) su nombre oficial es de nuevo Países Bajos.

Ya en nuestros días, en 2020, el Gobierno holandés promovió una campaña destinada a que “Nederland”, con sus adaptaciones en cada idioma (“Países Bajos” en español), se impusiera a “Holland” y las suyas (“Holanda” en castellano). Así lo contó entonces en este diario Isabel Ferrer desde La Haya. A los holandeses les pareció que las versiones de “Holland” (usadas por ejemplo en España, Italia y Francia) remitían a la tradición, los molinos, los quesos y los tulipanes; mientras que “Nederland” se asociaba con la modernidad, la innovación, la pujanza. Pues no sé; a mí cuando he ido a Holanda me han interesado más las tradiciones, los molinos y los tulipanes que la economía industrial. Pero en fin, como dicen por Andalucía, el que la lleva la entiende.

Tras esa campaña, las federaciones deportivas internacionales empezaron a usar “Países Bajos” en vez de “Holanda”. Y les secundaron los periodistas.

Ahora bien, la denominación “Países Bajos” parece haber desatado más entusiasmo en España que en la propia Holanda. Es cierto que los holandeses se suelen presentar como neerlandeses, incluso si nacieron en las provincias llamadas Holanda, pero su Oficina de Turismo ofrece aún la ciberdirección Holland.comcuya versión en español recoge el término “Holanda” 35 veces. Por su parte, los hinchas holandeses gritan “¡Hup, Holland, hup!” (“¡Vamos, Holanda, vamos!”), título de una canción escrita en 1950 por Jan de Cler y Dico van der Meer (“¡no dejes que el león se quede parado en la camiseta!”).

Los holandeses creerán que su nombre oficial suena mejor que “Holanda”. No lo discuto, es su percepción; pero que sepan que, en la nuestra, Holanda siempre jugó mejor al fútbol que Países Bajos.

[Fuente: http://www.elpais.com]

La lectura cuidadosa de Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, el más reciente libro de Álex Grijelmo, y de algunas otras obras llevó al autor de este ensayo a reflexionar sobre los notorios y revolucionarios cambios que está viviendo la lengua española.

Escrito por Fabio Vélez

Para cualquier amante del idioma español, sobre todo de sus palabras y gramática, los libros y artículos de Álex Grijelmo han adquirido la categoría de imprescindibles, básicos de biblioteca. Y aunque sigamos extrañando los afilados “dardos” de Lázaro Carreter, podemos respirar tranquilos porque sabemos que Grijelmo continuará con sus periódicas entregas en la prensa y seguirá obsequiándonos con ejemplares tan memorables como La seducción de las palabras o La gramática descomplicada. Así también, su última entrega: Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo.1

Atento observador y estudioso de la lengua viva, Grijelmo no eludió la polémica cuando ésta se presentaba y se enfrascó en el acalorado debate acerca de la presunta inclusividad o no de nuestro idioma. Huelga decir, no obstante, que el tema ya había sido abordado décadas atrás y que ha sido sólo desde hace unos cuantos años, con el feminismo situado en la agenda mediática, que esta cuestión vuelve a discutirse, si bien ahora con una dimensión pública.

No es mi objetivo resumir aquí este interesante y documentado libro de Grijelmo. El título permite, en buena medida, adivinar la postura y la propuesta del autor, a saber: buscar un espacio de consenso entre las posiciones más conservadoras (por lo común, defendidas desde las “academias”) y las más radicales (presentes, en la mayoría de los casos, en las “guías” para un uso no-sexista de la lengua). Dos lecturas previas a este libro —conviene dejar constancia de las deudas— ya me habían ayudado a despejar parte del camino en esta querella. Por un lado, El género y la lengua, de Pedro Álvarez de Miranda,2 destacado académico de la RAE (y, por cierto, conocido también por su amor a las palabras; véase su Más que palabras); por otro lado, la respuesta (en parte) de María Martín, feminista y activista, en Ni por favor ni por favora.3 Desahogadas sus respectivas posturas, debo confesar que, en términos generales, me resultó más convincente la propuesta de Martín. Es más: creo que el conflicto sobre el que se asientan sus argumentos y medidas —es decir, sobre cuál es el verdadero principio que rige el funcionamiento de la lengua, el de la “economía” (o mínimo esfuerzo) en un caso y el de la “no ambigüedad” en el otro— no son excluyentes y, en consecuencia, no es forzoso tener que tomar partido por uno de ellos. Efectivamente, dependiendo de los usos y los contextos, puede prevalecer uno u otro aspecto. Pero tampoco es mi propósito aquí comentar sendos textos, por mucha enjundia que entrañen.

* * *

Vayamos con la primera cuestión que me interesa abordar, de manera especulativa, del más reciente libro de Grijelmo. En el primer capítulo desmonta una idea, a su juicio errónea, acerca del presunto machismo de la lengua española, producto, según sostienen sus adalides, del patriarcado. En este punto el autor procede por vía doble. Por un lado, amparándose en los estudios de lingüística sobre el indoeuropeo (esa protolengua de la que se derivaron, entre otros muchos idiomas, el latín y el español), nos recuerda cómo éste estableció primero dos géneros para distinguir entre seres animados e inanimados y cómo después, para identificar de entre los animados a las hembras de los machos, se vio obligado a especificar un género femenino para diferenciarlo del genérico animado. La discordia vendría luego al tener, a su vez, que reconocer un masculino en contraposición a ese nuevo femenino explicitado, al utilizar de nuevo el genérico animado para ello. O dicho con un ejemplo que servirá para ilustrar la reconstrucción de lo acontecido: que de la palabra “trabajador” salió “trabajadora”, pero no “trabajadoro” (sino “trabajador”). De modo que, expresado con la ironía que caracteriza a Grijelmo, a diferencia de lo que se sostiene en la Biblia, podríamos afirmar que el género femenino no habría salido de una “costilla” masculina, sino de una genérica.

El segundo argumento que utiliza Grijelmo para tratar de invalidar el presunto machismo de la lengua tiene lugar a raíz de un análisis comparativo con otros idiomas. La estrategia es sencilla: si se defiende que el español es por defecto excluyente y que esto es consecuencia del patriarcado que fluye por su gramática, entonces los idiomas en donde no existieran los géneros o, incluso, en donde el genérico fuera en femenino, tendrían que florecer en sociedades más igualitarias e inclusivas. Pues bien, resulta que tampoco. Ni los países de habla inglesa, donde los sustantivos y adjetivos carecen de género, aunque no así los pronombres personales ni los posesivos; ni lenguas como con el turco, prácticamente sin género; ni el afaro en Etiopía, con un femenino genérico, por poner algunos ejemplos, han demostrado ser sociedades menos machistas que la nuestra.

Lo anterior, deduce Grijelmo, nos permite advertir que nos hallamos frente a una falacia, es decir, dos hechos yuxtapuestos no implican una relación de causalidad entre uno y otro: que el indoeuropeo se construyera en una sociedad patriarcal no permite deducir que el masculino genérico sea consecuencia de ello. De modo que, según él, no hay evidencia alguna de que el masculino genérico sea una imposición de los hombres sobre las mujeres y, por tanto, “no debe considerarse machista, ni masculinista, ni androcéntrico” por sí mismo; lo que todo caso podría serlo es el contexto y el uso por parte de quienes hablan.

Se la agradece, y mucho, a Grijelmo (y también a quienes se han dedicado a reconstruir el indoeuropeo y a aclarar estas cuestiones: F. Rodríguez Adrados, M. A. Calero, J. F. Ledo-Lemos) que sitúe el debate sobre las bases científicas de la lingüística. Pero hay una observación que, tal vez, nos permitiera especular (estamos hablando de algo sucedido hace cinco milenios) en otro sentido. El primer pasaje, que en cuestión me gustaría comentar, es el siguiente:

Parece probable que en algún momento sí sintieran sus individuos [del Neolítico] la necesidad de nombrar a personas y animales del sexo femenino, una vez consolidadas las primitivas sociedades ganaderas y agrícolas. La influencia del factor reproductivo de los animales y su relevancia para el ser humano queda patente […] Es probable que el genérico que abarcaba a hombres y a mujeres (y luego también solamente a hombres) se especializara como fruto no de una dominación masculina, sino, por el contrario, de la importancia que todos los hablantes dieron a la condición femenina. No en el sentido que ahora emplearíamos, desde luego, pero sí con una visión práctica y descriptiva de la vida [cursivas mías].

Este pasaje me inspira varias preguntas: ¿Fue la necesidad de destacar y distinguir a un conjunto concreto de seres animados —mujeres y hembras—, por su particular relevancia para la reproducción, lo que justificó la necesidad de inventar el género femenino? ¿La “importancia” que ameritó resaltar precisamente estas capacidades y no otras (por ejemplo, creativas o intelectuales), fue de todos (masculino genérico: todos y todas) o sólo de todos (masculino específico: todos los hombres)? ¿Hay alguna relación entre esa visión “práctica y descriptiva” de las hembras con el mandato de género que el patriarcado asigna a las mujeres? En suma: ¿late un incipiente androcentrismo en la motivación de visibilizar, entre los seres animados, a las hembras?

El apoyo para sustentar la pertinencia o no de estas preguntas ha sido extraído precisamente de uno de los ejemplos aportados por el propio Grijelmo. En algún punto, él mismo repara en el hecho de que, a la hora de establecer semejante distinción, no pareció interesar en rigor la diversa genitalidad que presentaban los seres animados; no había, por así decirlo, un genuino interés taxonómico-anatómico; lo que parece que de verdad importaba, sin embargo, era discriminar el sexo de aquellos animales imprescindibles para el sustento vital, es decir, el de los animales domésticos. Así se explicaría, según Grijelmo, el especial cuidado a la hora de identificar el sexo de estos animales ayudándonos de nombres heterónimos (distintos en función de su sexo): toro y vaca, caballo y yegua, gallo y gallina, etcétera; o de nombres flexionados (en el artículo o el sustantivo): los perros y las perras, los cerdos y las cerdas, etcétera, pero también, la peculiar despreocupación por el sexo de los animales salvajes a los que, no por caso, solemos asignarles nombres epicenos (con un sólo género para ambos sexos): las jirafas, las ballenas, los mosquitos, etcétera. Una mirada al reino vegetal, dejando por un momento de lado el texto de Grijelmo, podría revelar aspectos igualmente interesantes. En Un dinosaurio en un pajar, Stephen J. Gould4 ha evidenciado con su acostumbrada mordacidad cómo, para el caso de la botánica, las veinticuatro clases que Linneo llegó a reconocer en la que es considerada la primera propuesta de taxonomía sexual —recuérdese: en función del número y la disposición de los órganos masculinos (estambres) y femeninos (pistilos) en las flores— no era sino un reflejo, a pesar de su aparente neutralidad, de la moral social conservadora y sexista del siglo XVIII. Sin pretender equiparar sendos eventos, cabría formularse unas cuantas preguntas: ¿Qué importa más en la anterior distinción (la de los animales de Grijelmo), el sexo o su valor doméstico? ¿Es fruto del azar que las mujeres, como las hembras de los animales domésticos, tuvieran nombres específicos o marcas de género? A propósito de esto último, ¿a qué se debe que en la actualidad determinados gremios profesionales sean siempre referidos en femenino: las enfermeras, las limpiadoras, las niñeras…? ¿Por qué no decimos las médicas, las juezas (o las jueces), etcétera? ¿Puede atribuirse a la casualidad que los “cuidados” —como lo reproductivo, lo doméstico, etcétera— vayan siempre en femenino?

Richard Wrangham, por aquello de continuar en el terreno de la especulación, ha propuesto una interesantísima y holística hipótesis para completar la tesis antropológica, célebre por lo demás (aunque no por ello menos discutida), de que la caza nos hizo humanos. En su libro En llamas,5 Wrangham sostiene que el cazador sólo era posible si tenía a su disposición una cocinera. No podemos demorarnos en la compleja reconstrucción de su argumentación, pero lo interesante, para este particular, es que sin fuego y sin cocina es inviable —nutricionalmente hablando— la mera caza y que fue, en razón de ello, que se produjo la división sexual del trabajo: los hombres podían salir a cazar porque las mujeres —además de gestar, lactar y cuidar— se quedaban a recolectar y cocinar. Una vez más, aunque el término resulte anacrónico, la mujer es importante por su papel indispensable en la producción y reproducción de lo doméstico. Con lo anterior presente: ¿es tan neutral la aparición de género femenino en el indoeuropeo?

* * *

Prosigamos con el segundo comentario especulativo que me gustaría esbozar. En el anterior pasaje citado, Grijelmo hacía una observación de carácter temporal que también merecería ser leída con atención. Recordemos: “La importancia que todos los hablantes dieron a la condición femenina. No en el sentido que ahora emplearíamos, desde luego, pero sí con una visión práctica y descriptiva de la vida” [cursivas mías]. Como ya se ha insinuado merced a una serie de preguntas, podría suceder que detrás de esa “visión práctica y descriptiva de la vida” se guareciera sibilinamente el patriarcado. Pero vayamos con la observación, a modo de reserva, que he destacado ahora en la cita. Esta, qué duda cabe, se prestaría fácilmente a diversas interpretaciones: ¿Está sugiriendo Grijelmo que nuestra idea de la condición femenina ha cambiado? Si es el caso, como parece, ¿desde qué concepción y hacia cuál otra? Asumamos por un momento que Grijelmo estuviera señalando que hemos avanzado hacia sociedades más igualitarias, más feministas, ¿podría suscitar este cambio una contrapartida en el lenguaje de un tenor similar? Por ejemplo, ¿con el uso de duplicativos —dejemos para otro texto las triplicaciones “no binarias”— que especificaran explícita, y no tácitamente, el género femenino? ¿Y con la aparición de un neologismo genérico distinto al masculino específico?

Grijelmo se muestra partidario de un uso “moderado” del lenguaje inclusivo —como también Martín; de ahí que el subtítulo de su libro sea Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado)—, de no tener que llegar a extremos en los que deberíamos decir: “El perro y la perra son el mejor amigo y amiga del hombre y la mujer”. Sin embargo, también señala que “no se debe confundir ‘ausencia del género femenino’ en el significante con ‘invisibilidad de las mujeres’ en el significado”. Es decir, según Grijelmo, la convención gramatical y el contexto permitirían asimismo un uso legítimo —no machista— del masculino genérico. Aunque entiendo el argumento de Grijelmo, comprendo igualmente que haya muchas mujeres que puedan sentirse insatisfechas con él.6 Como declara Martín en las primeras páginas de su libro: “Sé perfectamente que el masculino es el género gramatical designado por la lengua española como no marcado y que emplearlo es correcto. Aunque es machista. Así que cuando se emplea, me siento molesta”. ¿Debería el lenguaje reflejar esta inconformidad si un uso generalizado en contra de la norma actual se empezara a propagar? Creo que ni Grijelmo ni Álvarez de Miranda se opondrían a reconocer, llegado el caso, un uso asentado por los y las hablantes, verdaderos soberanos y verdaderas soberanas de la lengua. Ahora bien, mientras se normalizan o no estos nuevos usos, ¿se aceptarían, a falta de un sintagma más afortunado, las “acciones afirmativas” en la lengua (por ejemplo, los desdoblamientos inclusivos, la corrección de usos sexistas, etcétera), tal y como se emprenden en política? Pues bien, es en este punto donde vuelven a asomar las discrepancias entre los autores y las autoras, y no tanto por las previsibles dificultades para aplicarlas en la pragmática del lenguaje cotidiano (como ha demostrado, diría que con acierto, Grijelmo), sino por las diferentes concepciones que se manejan sobre el lenguaje. Todo depende del poder que se le reconozca a éste: ¿el lenguaje refleja los cambios sociales y culturales o también puede producirlos? Si sólo los refleja, la estrategia pasaría inexorablemente por cambiar la realidad, pero ¿y si también contribuyera a modificarlos? Sea como sea, Grijelmo estaría más cercano a la primera postura, y Martín, a la segunda. Lo importante, en cualquier caso, es que incluso Grijelmo admitiría que esas “acciones afirmativas” en el lenguaje público —político, administrativo, periodístico, etcétera— servirían “legítimamente hoy como un símbolo de que se comparte esa lucha por la desigualdad”. Ahora bien: mientras que para él, en una hipotética realidad feminista de facto, estas “intervenciones” dejarían de tener sentido y serían abandonadas, para Martín, éstas lo mantendrían por entero, aunque probablemente no con el mismo significado político.

Y con esto me gustaría concluir: pese a las diferencias, tal vez merezca la pena buscar acuerdos cuando la causa lo merece, aunque no siempre se compartan ni los argumentos ni los medios en su integridad. De ahí el título del libro de Grijelmo: Propuesta de acuerdo. Se trata de mera propuesta (razonada, aunque propuesta al cabo), pues serán los y las hablantes —y no les ministres de l’éducation, como en el caso reciente de Francia— quienes tengan la última palabra.

 

Fabio Vélez
Profesor de Teoría e Historia en la Facultad de Arquitectura de la UNAM e investigador del Conacyt. Entre sus publicaciones: La palabra y la espada. A vueltas con HobbesAntes de Babel. Una historia retóricaDesfiguraciones. Ensayos sobre Paul de ManSobre el derecho a la ciudad. Textos esenciales y Arquitectura. Historias de un equívoco


1 Grijelmo, A. Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, Taurus, México, 2021.

2 Álvarez de Miranda, P. El género y la lengua, Turner, Madrid, 2018.

3 Martín, M. Ni por favor ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), Catarata, Madrid, 2019.

4 Gould, J. S. Un dinosaurio en un pajar, Crítica, Barcelona, 1997.

5 Wrangham, R. En llamas. Cómo la cocina nos hizo humanos, Capitán Swing, Madrid, 2019.

6 Este texto empezó a gestarse, valga la retroactividad de la observación, hace unos años cuando me invitaron a ser parte de la asamblea del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir. Ahí experimenté cómo las y los integrantes éramos interpelados desde un —inaudito para mí— femenino genérico (o no marcado). A la perplejidad inicial (¿por qué no se nos incluía?), le siguió de inmediato una aceptación estratégica de su uso y, al poco, una familiaridad similar a la de cualquier otro nuevo hábito adquirido.

 

[lustración: Kathia Recio – fuente: http://www.nexos.com.mxfuent]

El origen remoto sobre el continuo uso de “género” se halla en el puritanismo victoriano

Algunas palabras se mueven en retirada. En las noches electorales, todo es “recuento” y nada “escrutinio”. En las conversaciones telemáticas, todo es “¿se me escucha?” y nada “¿se me oye?”. En la radio, todo acto “arranca” y nada “empieza”. De igual modo, ya por todas partes se oye hablar del “género” donde antes se decía “sexo”.

El origen remoto de esta tendencia actual se halla en el puritanismo victoriano de los británicos, durante el siglo XIX, cuando las clases dominantes evitaban decir sex porque esa palabra se contaminaba del juicio hipócrita que les merecía su práctica. Para sustituirla, eligieron el eufemismo gender, que un siglo después llegaría al español traducido como “género”.

Pero este nuevo significado no se ha asentado aún entre nosotros, empezando por que ofrece sentidos confusos. Es negativo en “discriminación de género” o “violencia de género”, donde se puede reemplazar por el adjetivo “machista”; pero se convierte en positivo al hablar de “políticas de género” (donde sustituye a “igualdad”) o de “perspectiva de género” (que cabría sustituir por “perspectiva feminista” o “igualitaria”).

Con atención a esa tendencia, las academias añadieron en 2014 en la vieja entrada “género” esta acepción: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”. Por su parte, el feminismo había venido considerando que “sexo” se refiere a una cuestión biológica relativa a los seres vivos, mientras que “género” refleja un conjunto de discriminaciones que se deben abolir.

Este uso reciente de “género” en nuestra lengua fue impulsado por la traducción anglocentrista del texto original en inglés aprobado por la Conferencia de Pekín en 1995, organizada por la ONU. Su informe, de 232 páginas, incluye 239 veces aquel viejo eufemismo “género” (gender en el original), que desplaza a expresiones más precisas: “barreras basadas en el género” en vez de “basadas en el sexo”; “perspectivas de género”, en lugar de “perspectivas igualitarias”; o “la desigualdad basada en el género”, cuando se entendería mejor “basada en el machismo”. A partir de ahí, nos encontramos con “estadísticas por géneros”, o con que el festival de San Sebastián “no hará distinción de género”. O “factores de riesgo por género” con la aparición de trombosis tras la vacuna (como si al adenovirus le importaran los grupos socioculturales). O que la ley trans permitirá la “autodeterminación de género” para que cada cual pueda cambiar en el DNI… su sexo.

En aquel texto de la ONU, paradójicamente, no aparece “violencia de género” (es decir, la “violencia machista”), ni en inglés ni en la traducción española, sino “violencia contra la mujer”.

A tenor de las preferencias actuales, y según argumentaba el académico Pedro Álvarez de Miranda (El género y la lengua, Turner Minor, 2018), hoy en día el primer libro feminista en español, La secreta guerra de los sexos (de María Laffitte, en 1948), se habría denominado La secreta guerra de los géneros; una obra fundamental como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, en 1949, se habría llamado El segundo género; y el pionero en la crítica del lenguaje sexista en español, Álvaro García Meseguer, habría elegido para su revelador ensayo el título Lenguaje y discriminación de género, en vez de Lenguaje y discriminación sexual (1977).

Apoyo las ideas feministas; y a intersexuales, transexuales y demás identidades, pero creo que el término “género” ha contribuido a oscurecer aún más el lenguaje público y que está desplazando a la indefensa palabra “sexo”, nuevamente convertida en sospechosa.

 

[Foto: ARTAULT ERWAN / SYGMA VIA GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

El lenguaje del amor y del desamor se expresa con esa manera de hacer que exista lo que no se nombra

Una pareja en una playa de Barcelona, el pasado domingo 20 de junio.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Hay que afrontar a veces el brete de explicarle a la pareja que la relación se va a terminar porque el amor ha cambiado de destino. En esos casos, y de un tiempo a esta parte, se usa una oración que no dice nada pero que lo expresa todo: “He conocido a alguien”.

Ese truco de decir la mitad de lo que en realidad se manifiesta viene de lejos, y tiene que ver con las implicaturas, las presuposiciones, las insinuaciones, los sobrentendidos…

El lenguaje del amor y del desamor está lleno de trucos consistentes en expresar mensajes completos de una manera incompleta. Lo mismo pasa con el sexo, asunto que no desmenuzaremos aquí porque en vez de una columna haría falta un Partenón.

En el lado del amor, alguien puede decir: “¿Quieres subir a mi casa a tomar una copa?”. Generalmente, esa pregunta entraña una implicatura (o sea, una información que se transmite sin explicitarla). Otro tanto ocurre con expresiones como “Edelmira y Pancracio están juntos”, lo cual se entiende por lo común como una forma de decir que no es que se hallen juntos en algún sitio cuando se pronuncian las palabras, sino que están juntos todo el día o al menos toda la noche. En una fase anterior de su relación quizás se habrá comentado de ellos que “salen juntos”, de lo cual se deduciría que no sólo salen sino que también entran. O sea, que mantienen una “relación sentimental”, locución asimismo imprecisa porque, en teoría, se puede aplicar incluso a la que une a nietos y abuelos, por ejemplo.

La palabra “juntos” (salen juntos, están juntos) agranda en estos casos su sentido porque se hace evocadora y engañosa. Abarca una simple yuxtaposición paralela: dos personas que caminan una al lado de la otra pero sin tocarse, como las vías del tren. Y a la vez la mayor unión posible, la de co-ire (de donde sale “coito”, por cierto; o sea, los que van –y llegan– juntos).

En el lado del desamor, los eufemismos y los sobrentendidos funcionan de la misma manera. Por ejemplo, cuando alguien pronuncia “tenemos que hablar”. El otro podría responder: “Si ya hablamos todos los días…”. Pero “tenemos que hablar” dice una parte (han de hablar) y omite otra: el tema; que se deduce.

Quizás en esa conversación alguien diga “démonos un tiempo”. Y ahí entrará también la gran capacidad del lenguaje para decir sin decir. ¿Un tiempo de cuánto tiempo? Porque ¿cuántos días deben pasar para que expresiones como “no fumo” o “dejé de beber alcohol” se conviertan en verdad? (Pinker, 2007: 277). “No fumo” y “no bebo” pueden ser afirmaciones verdaderas incluso si hace dos minutos que consumimos el último cigarro y la última copa. En cambio, “démonos un tiempo” puede abarcar un tiempo de años y años. Ay, cómo explotamos a veces la imprecisión de algunas palabras.

Y aún alcanza un grado mayor en esta escalada de formas eufemísticas la expresión “necesito mi espacio”. Claro, el espacio lo estamos compartiendo y lo tengo dividido, así que “mi” espacio lo estás ocupando “tú”. Y yo necesito el mío, donde se incluye ese trozo en el que te hallas.

El lenguaje del amor y el desamor se expresa así en muchas parejas, con esa manera de hacer que exista lo que no se nombra. No se acaba de decir todo del todo, ni al empezar ni al terminar una relación; pero aun no diciendo todo, lo que no se pronuncia sí existe. Existe y se comunica, a pesar de no decirse.

 

[Foto: EMILIO MORENATTI / AP – fuente: http://www.elpais.com]

¿Un valle está por debajo de una llanura, o más bien la llanura se sitúa en un nivel inferior al valle?

Mujer pone una lavadora en su domicilio en Madrid, el 8 de marzo de 2021.

Mujer pone una lavadora en su domicilio en Madrid, el 8 de marzo de 2021.

 

La Administración muestra problemas a la hora de dar nombre a cosas o ideas. Ya se vio, por ejemplo, con las etapas pandémicas de hace un año, cuando la “fase cero” resultó ser la primera fase; la segunda fase o fase número dos era oficialmente la “fase uno”, y la tercera fase se llamó “fase dos”, de modo que a la “fase 3” le tocaba ser en realidad la cuarta. Por no hablar de la “cita previa”: menos mal que nos la dan antes de ir, y no después.

Fernando Beltrán, poeta y especialista en nombrar (algunos lo llaman naming), ha creado denominaciones como la del centro La Casa Encendida y las marcas Opencor o Amena, entre otras. El Parque Biológico de Madrid, de inversión privada y creado con ese nombre en 2001, pasó de ruinoso a masivo en 2002, a partir de que Beltrán lo llamase Faunia.

No contratarán a Beltrán en la Administración, porque sería un lío burocrático. Haría falta convocar un concurso en el que al final se elegiría la oferta más barata. Pero un buen nombrador, profesional o aficionado, habría pensado un rato antes de lanzar las nuevas franjas para las tarifas de la luz: “horas punta”, “horas valle” y “horas llanas”.

La locución “hora punta” habita entre nosotros desde hace decenios, para designar los momentos del día en que se producen aglomeraciones de personas o concentraciones de consumo. “La hora valle” se venía oponiendo a la anterior, para reflejar la metáfora de la llanura entre dos picos, como suelen mostrar las curvas de consumo. Ambas expresiones figuran en el Diccionario con esos sentidos y con referencia a los transportes y al suministro de agua y electricidad. Y para saber lo que expresan no se precisa consultar la obra académica, si se tienen en la cabeza los significados de punta y de valle.

Pero ahora las tarifas eléctricas han sumado una tercera locución: “hora llana”, que a diferencia de las anteriores no aparece en el Diccionario como formación estable. Así que tenemos hora punta, hora llana y hora valle. Pero ¿un valle está por debajo de una llanura, o más bien la llanura se sitúa en un nivel inferior al valle?

El tramo más caro para el consumo eléctrico corresponde a los dos segmentos de “horas punta” (de 10.00 a 14.00 y de 18.00 a 22.00). Después viene la tarifa media para la “hora llana” (de 8.00 a 10.00, de 14.00 a 18.00 y de 22.00 a 24.00). Y la tarifa más baja (de las 0.00 a las 8.00) se llama “hora valle”. Todo un despropósito.

El valle se define como “un llano entre montañas”. Por tanto, deberíamos imaginarlo entre las horas punta. Sin embargo, aquí la hora comprendida entre horas punta (o picos metafóricos) no es la hora valle, sino la hora llana. Aún más: el valle de la factura no está comprendido entre montañas, sino entre llanos.

Quizás habría sido más adecuado para la mejor comprensión intuitiva elegir los términos “hora llana”, “hora meseta” y “hora punta”. Eso sí, con la licencia de que en realidad se trata de unas puntas muy mesetarias: de cuatro horas cada una.

El lenguaje del poder tiende a aplastar al ciudadano que aspire a descifrar lo que no conviene que entienda. Así venía ocurriendo con el oscuro recibo de la luz y sus datos ininteligibles, que nos hacen creer mal empleado el tiempo que dedicamos en el colegio a las matemáticas. Ahora nos oscurecen también las palabras, en una maniobra consecuente con la anterior y que nos deja en la duda de si aprendimos correctamente la lengua. Lo que ya no se comprende es por qué además pretenden que nos sintamos idiotas con la geografía.

[Foto: VÍCTOR SAINZ – fuente: http://www.elpais.com]

A los que cumplieron 40 y no deseamos llamar “cuarentones” les correspondería ser “cuadragenarios”

Decenas de personas hacen cola para recibir la vacuna en el Hospital Isabel Zendal durante la Semana Santa.

Las informaciones sobre las personas vacunadas y por vacunar se refieren con frecuencia a los octogenarios, los septuagenarios, los sexagenarios…

En el habla común nombramos las décadas de edad con un notable sesgo: quinceañero, veinteañero, treintañero; cuarentón, cincuentón; sexagenario…, nonagenario. (No existen los cincoañeros ni los decañeros; hasta los quince no hay sufijo asociado a la edad). Como se ve, la terminación -añero se transmuta en –genario (no confundir con “geranio”) tras una doble parada en -entón:

La Gramática advierte (página 532) de esa connotación irónica o despectiva que acompaña a los vocablos donde se acopla el sufijo –entón, a la que se acude incluso en ambientes familiares: es decir, en contextos donde no llega la sangre al río pero maldita la gracia. Por tanto, al tratarse de expresiones de andar por casa, las referencias formales a edades de vacunación no mencionarán los términos “cuarentones” y “cincuentones”. He ahí dos décadas lingüísticamente vulnerables. Antes de ellas, los veinteañeros y demás gozarán de una asignación bien acogida; y después, los sexagenarios y siguientes serán nombrados con distante respeto mediante vocablos considerados cultos, lo cual no impedirá que los reciban con incómoda resignación.

Con el Diccionario en la mano, los treintañeros pueden ser también “treintones”, pero esto se marca como despectivo. Y a los que han cumplido 40 y no deseamos llamar “cuarentones” porque no se dejan, les correspondería también el adjetivo “cuadragenarios”, ya sin matices problemáticos para quien reciba el término, aunque probablemente tildemos de pedante a quien lo pronuncie: será raro oír “cuadragenario” en una conversación de chiringuito veraniego, por ejemplo. A su vez, los que tienen entre 50 y 59 son “cincuentones” si hablamos en confianza o con desprecio (eso tendrá que deducirlo cada cual), y “quincuagenarios” si usamos un lenguaje más formalista. Al cumplir los 60 se pasa a “sexagenario” (o “sesentón” si asumimos el riesgo ponderativo). Y lo mismo sucede con septuagenarios o setentones, octogenarios u ochentones, nonagenarios o noventones. A los que han cumplido los 100 se les llamaba antaño también “quintañones” (por las 100 libras de un quintal), pero ahora nos basta a todos con la admiración y el respeto de la sola palabra “centenario”.

Por desgracia, ahí se detiene la lista.

Podríamos reclamar ahora una nueva faceta del lenguaje políticamente correcto: que la terminación –añero se extendiese a las demás edades. La obra académica no recoge tal opción. En cambio, el diccionario de uso de Seco, Andrés y Ramos sí incluye “cuarentañero” (pero no “cincuentañero” y siguientes). Ahora bien, ¿serían sinónimas, por ejemplo, “sexagenario” y “sesentañero”? Tal vez no. Cuando alguien dice “sesentañero” está usando una connotación adicional. Porque ese término señala a una persona de más de 60 años, sí, pero que muestra trazas juveniles, bien por su espíritu o bien por su forma física. Por el contrario, “sesentón” y “sexagenario” connotan a alguien que ha cumplido las mismas seis décadas… con otra actitud vital.

Quizás pronto convivan en el Diccionario académico “cuarentón” y “cuarentañero”, “sexagenario” y “sesentañero”… Eso sí, para designar realidades distintas: “No es una cincuentona, es una cincuentañera”, aclararíamos. Pero este sufijo amable no llegará por la compasión general. Habrá que ganárselo a pulso.

 

[Foto: DIEGO RADAMES/SOPA IMAGES/LIGHTROCKET VIA GETT – fuente: http://www.elpais.com]

Se endosa al contribuyente la acción de haberse apoderado del dinero como si lo hubiera hecho con engaño

Una mujer entra en una oficina del Servicio Público de Empleo Estatal, en Madrid, el pasado mes de abril.

Una mujer entra en una oficina del Servicio Público de Empleo Estatal, en Madrid, el pasado mes de abril.

[Foto: ALEJANDRO MARTÍNEZ VÉLEZ / EUROPA PRESS – fuente: http://www.elpais.com]

Compre nuestro producto ‘prémium’, sea abonado ‘prémium’, usted ha sido elegido usuario ‘prémium’. ¿Qué puede ir mal?

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Las empresas ofrecen a sus clientes productos “premium”, palabra que no figura en el diccionario académico y cuyo uso ha experimentado un ascenso vertiginoso en español durante los últimos años, según se aprecia en la gráfica que ofrece el visor Ngram, de Google (una información con carencia de datos concretos pero aun así útil). Este aumento se debe seguramente a su proliferación en el mundo de los negocios, sola o en compañía de otras, casi siempre a partir de construcciones en inglés: premium (prima, bonus), installment premium (prima a plazos), return premium (prima de devolución), bond premium (prima de fianza), reinsurance premium (prima de reaseguro), premium-rate (máxima tarifa), premium deal (oferta extraordinaria).

A partir de esa influencia anglosajona se han formado locuciones nuevas que han venido a sustituir a las precedentes. Antes se decía “de alta gama” o “de primera clase”, “de lujo”, “superior”, “prioritario”, “privilegiado”, “para clientes oro”… Ahora nos ofrecen “canales [de televisión] premium”, ser “abonado premium”, “cliente premium”, comprar un “producto premium”, formar parte de un “segmento premium”…, incluso se anuncian “accesorios de cocina premium”.

Este adjetivo se oye en dos versiones en España: hay quien lo pronuncia prímium y quien prefiere prémium. En el primer caso se reproduce la palabra tal cual se usa en inglés. Pero quienes atisban en el término su origen latino eligen prémium (que debería llevar tilde, igual que “acuárium”, “álbum”, “critérium” o “péplum”).

Las vueltas que ha dado este vocablo hasta llegar a la economía actual y a las ofertas comerciales.

En la lengua de Roma se escribía praemium, y significaba “prerrogativa”, “ventaja”, “beneficio”, “premio”, “recompensa”. De aquel étimo latino deriva la palabra castellana “premio”, que significa más o menos lo mismo que su antecesora: recompensa, galardón, remuneración por algún mérito…, además de la cantidad que se gana en un sorteo. Y también “prima” (en el sentido no parental), que el español tomó del francés prime con un significado muy similar (tal vez idéntico) a “premio”: la prima se concede como recompensa. Por tanto, viene a coincidir con lo que ahora nos plantean en la publicidad, ya se trate de una suscripción televisiva o de un gimnasio: será usted premiado si acepta nuestra oferta.

Y sí, podemos elegir la pronunciación más afín a nuestro genio del idioma; es decir, la más próxima al latín: prémium. Pero aun así se estará empleando un anglicismo, pues el término nos llega desde el inglés. Por tanto, se trata de un latinismo en inglés y de un anglicismo en español. No pasa nada, no es grave si eso sirve para algo.

Pero ¿sirve para algo? Sí: a menudo sirve como anzuelo de incautos.

Compre nuestro producto prémium, sea un abonado prémium, lo hemos identificado a usted como usuario prémium. ¿Qué puede ir mal cuando nos regalan los oídos?: Esta palabra nos invita a imaginarnos clientes escogidos, la crema de la sociedad, la cúspide de los mortales… y, ojo, a relajar la guardia como consumidores, porque la adulación siempre ablanda el ánimo. A veces resultará que verdaderamente somos tan prémium para la compañía como nos habían dicho, y que por eso no consienten que nos demos de baja. El camino de rosas que hallamos al entrar se convierte en laberinto para salir. Habrá que tener las orejas tiesas, por si acaso. Aquellas famosas “acciones preferentes” se habrían llamado ahora “acciones prémium”.

[Imagen: PAVLO GONCHAR / SOPA / LIGHTROCKET / GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

El término “oposición” ya induce a oponerse; y por eso la oposición critica igual una cosa que su contraria

Pablo Casado en el pleno del Congreso de los Diputados, este 12 de mayo.

Pablo Casado en el pleno del Congreso de los Diputados, este 12 de mayo.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Cuánto influyen las palabras que nos designan. La palabra “electricista” induce a quien la asume para sí a estar pendiente de los nuevos adelantos que logran evitar por fin que salten los plomos. A eso anima la palabra “electricista”, y si un electricista incumpliera con esos requisitos dejaríamos de considerarlo electricista. El vocablo “torpe” aplicado a un niño le disculpará toda su vida cuando cometa torpezas, porque un día se decidió que era un torpe y esto acabará constituyendo para él una zona confortable en la que se desempeñará sin esfuerzo, pues de quienes asumen la palabra “torpe” se espera que sigan siéndolo.

De igual modo, “el partido del Gobierno”, en este caso principalmente el PSOE, cumplirá el papel contrario: apoyar al presidente como el abogado defensor asume ese adjetivo para defender siempre al reo: sin fisuras, desechando las propuestas del rival y rebatiendo toda acusación. Porque de otra forma no se puede ser ni partido del Gobierno ni abogado defensor.

El discurso del Rey en Nochebuena constituye cada año un ejemplo perfecto: se sabe de antemano cómo lo juzgarán después los partidos, siempre en función de las palabras que los nombran a cada uno: republicanos, monárquicos, independentistas, constitucionalistas. Todas las crónicas sobre las reacciones del día de Navidad se podrían haber escrito durante el sorteo de la Lotería.

En cambio, nuestro sistema político y jurídico dispone de una palabra que no condiciona necesariamente el comportamiento de quien la representa: el término “fiscal”. Porque ese vocablo carece de la capacidad de nombrar una función unilateral con la que ha de cumplir inexorablemente quien asuma la palabra. La voz “fiscal” obliga a fiscalizar, no a acusar ni a defender. Los fiscales pueden lo mismo pedir una absolución que solicitar 30 años de cárcel.

Fiscal viene del latín fiscus: la espuerta de juncos y mimbres en la que se guardaban las monedas. Y “fisco” nombró luego, mediante sinécdoque (contenido por continente), un dinero de propiedad colectiva (Corominas y Pascual). De ahí, el significante “fiscal” pasó a referirse al interés público.

Si un día, como por ensalmo, nos diera a todos por desechar para siempre el sintagma “partido de la oposición”, por ejemplo, y colocar en su lugar “partido del control”, “partido de la fiscalización” o “partido fiscal”, es un decir, los nombrados quedarían exentos de la obligación de oponerse, y por ello de vez en cuando podrían mostrarse coherentes con sus palabras previas, apoyar al contrincante en medidas idóneas, ser leales en la renovación de los organismos estatales o colaborar ante la pandemia.

Sin embargo, mientras las expresiones “oposición” o “partido del Gobierno” pesen sobre las cabezas de unos y de otros, resultará difícil discernir si hablan en conciencia o si más bien lo hacen obligados por la rutina de las palabras que los nombran.

[Foto: SERGIO R MORENO / GTRESONLINE – fuente: http://www.elpais.com]

Ninguna de las palabras que forman la sigla de la que sale el neologismo transmite por sí misma que se trata de personas

Disturbios y cargas al intervenir la policía en un botellón con alrededor de 60 personas en Pamplona

Cartel electoral de Vox en la estación de cercanías de Sol, el 21 de abril, en Madrid.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La palabra mena (que se origina en las iniciales de “menores extranjeros no acompañados”) esconde una de las más escandalosas manipulaciones del lenguaje de los últimos años, pero a la vez constituye un termómetro que permite evaluar la catadura moral o religiosa (cada cual escoja) de quienes la utilizan con ánimo perverso. Es decir, principalmente el partido Vox y sus secuaces.

Este tecnicismo se potencia en 2011 a partir de la creación del Registro de Menores Extranjeros no Acompañados, derivado a su vez del artículo 215 del Reglamento de Extranjería. La sigla, convertida ya en palabra neológica, se aplica a los extranjeros menores de 18 años que procedan de un Estado ajeno al régimen de libre circulación en la Unión Europea y que no se hallen tutelados por un adulto.

Las normas españolas prevén la protección de estos menores, dobles víctimas de la situación en sus lugares de origen y en su propia familia; y están encaminadas al regreso de los niños a su país. Mientras se cumplen esos trámites, el Estado español –al que mueven impulsos humanitarios, gracias a que no gobierna Vox– se hace cargo de su situación.

Estamos hablando de niños, de adolescentes, de personas que no tienen culpa de nada. Si miramos dentro del significado de la palabra “niño”, vemos criaturas todavía cercanas en el tiempo a las nanas destinadas a hacerlos dormir (de la expresión cantada ninna-nanna parece venir la palabra “niño”, a partir de ninna, según los lexicógrafos Corominas y Pascual; de modo que el femenino fue primero). Si analizamos la etimología de “adolescente”, encontramos el tiempo latino adulesco: crecer, desarrollarse; del verbo latino adulescere, que enfrenta adulescens (participio presente: el que está creciendo) con adultus (participio pasado: el que ha crecido).

El término mena consigue enfriar toda esa trayectoria de las palabras, al partir de unas siglas y de un prolijo concepto técnico que hace felices a rábulas y leguleyos pero que desprovee a la expresión de historia y significado, que cosifica lo que menciona. La palabra mena está destinada en el uso de Vox y de sus cómplices a ver como objetos a esos niños y muchachos. “Muchachos” viene de “mocho” (hace siglos se decía “mochachos”, vocablo que Corominas y Pascual documentan en 1251): es decir, mocho, rapado, esquilado; y que nombraba así a los jóvenes porque en aquella época llevaban el pelo muy corto.

En las palabras que forman la sigla mena ni siquiera aparecen “niño”, “adolescente” o “muchacho”. Solamente “menor”, adjetivo sin sustancia propia que se usa para comparar dos términos. “Menor de edad no acompañado” constituye, en fin, una fórmula deshumanizadora: ninguna de sus palabras transmite por sí misma que se trata de personas.

Si a eso se añade la falsa relación de mena con la delincuencia o con el despilfarro del Estado, se forma un combinado explosivo contra los seres más indefensos de la Tierra, los niños que están fuera de su país, sin padres, sin dinero, sin ternura.

Hace falta ser muy inhumano para deshumanizar a un niño. Hace falta desproveerlos de la carne y de los huesos para evitar que el racismo contra ellos active de inmediato la misericordia en las personas de buena voluntad, y lograr de ese modo, contra todo pronóstico, que el entramado ideológico de la ultraderecha conviva con las ideas cristianas o sociales. Si así es su piedad, cómo sería su justicia.

 

[Foto: MARTA FERNÁNDEZ JARA / EUROPA PRESS – fuente: http://www.elpais.com]

A mucha gente le sonará mal eso del rabo entre las piernas, sobre todo porque se suele aplicar a varones

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Santiago Abascal, máximo dirigente de Vox, arengó a sus seguidores el 9 de abril para expulsar de la política a Pablo Iglesias, de modo que se vaya “con el rabo entre las piernas”. Esta misma locución sería repetida por Macarena Olona, portavoz de Vox en el Congreso, el 15 de abril: Pablo Iglesias, dijo, “vive con el rabo entre las piernas, obsesionado por su seguridad”. No hay dos sin tres: El 17 del mismo mes, Rocío Monasterio, candidata de Vox en Madrid, arrojaba esa locución al grupo de intelectuales y artistas que, según ella, habían firmado un manifiesto contra el partido ultraderechista, entre los que citó a Javier Bardem y Pedro Almodóvar: “Es una oportunidad maravillosa. Lo tenéis ahí con vuestro voto, que se vayan todos estos con el rabo entre las piernas”.

Imagino que a mucha gente le sonará mal eso del rabo entre las piernas, sobre todo porque se suele aplicar a los varones. El dicho se basa en la actitud de ciertos animales que huyen atemorizados, especialmente los perros. Por tanto, me parece más adecuada la opción “con el rabo entre las patas”, a fin de representar la imagen de un cuadrúpedo que se va humillado, y evitar referencias ambiguas.

Pero, ay, la estadística y los diccionarios contradicen mi criterio.

Para empezar, el lexicón de las academias incluye “con el rabo entre las piernas” (en la entrada “rabo”) y no “con el rabo entre las patas”. Primer golpe.

Para seguir, el Diccionario fraseológico documentado del español actual (Seco, Andrés y Ramos) hace lo mismo. Segundo zasca.

Busco en el libro Frases, timos y decires, de Mariano Hormigos, y sucede otro tanto: aparece solamente “con el rabo entre las piernas”. Tercera colleja.

Y cuarto mamporro: Los bancos de datos de la Academia, con cientos de millones de registros de todas las épocas, ofrecen estos resultados:

1. Entre el siglo XVIII y mediados del XX, 26 documentos recogen esa locución con la variedad “piernas”, y sólo 3 con “patas”. Y por si fuera poco, estos últimos se refieren a animales y no a personas. La primera cita aparece en 1705, en una obra de Raimundo de Lantery, nacido en Niza pero gaditano de adopción, que usa un lenguaje muy próximo al oral, como ha estudiado Pedro Álvarez de Miranda (revista Criticón, 103-104, 2008).

2. Estas dos locuciones se documentan con más abundancia en el último cuarto del siglo XX. Las incluyen 62 documentos con la opción “entre las piernas”, mientras que sólo 9 recogen “entre las patas”. Pero vemos ya tres usos de “entre las patas” relativos a personas. Y uno referido al diablo (con lo cual aquí ya queda claro de qué rabo estamos hablando).

3. Finalmente, en el tramo de documentos del siglo XXI, 93 textos incluyen “entre las piernas” y únicamente 28 “entre las patas”, ahora sí con abundantes referencias a personas en esta segunda opción.

La enseñanza que puedo extraer de todo esto consiste en pensar que mi opinión inicial ha quedado contradicha por el uso general. Por tanto, nada que oponer a quienes elijan decir “se fue con el rabo entre las piernas”. Ahora bien, allá cada cual con su estilo. Yo seguiré escribiendo “el rabo entre las patas”, para no distraer al lector con un segundo sentido posible.

Pero, ojo, espero usar esas palabras en alguna ficción, en algún ejemplo, quizás para negarlas (“no hay que irse con el rabo entre las patas”). Porque desear que alguien huya como un perro maltratado me parece un sentimiento ruin, innoble, propio de gente desalmada. No sé por qué lo dirán tanto los de Vox.

[Foto: DAVID FERNÁNDEZ / EFE – fuente: http://www.elpais.com]

La sola repercusión de esas triplicaciones (las duplicaciones se van quedando viejas) ya logró un efecto positivo

Escrito por Álex Grijelmo
La ministra de Igualdad, Irene Montero, consiguió la semana pasada una enorme repercusión gracias a que en un acto electoral usó el triplete de géneros terminados en o, en a y en e: “Buenas tardes a todos y a todas, y a todes”, “ser escuchados, escuchadas y escuchades”, “hay un niño, una niña, un niñe” (se le escapó “un” en vez de “une”)… Así 10 veces en apenas 15 minutos de discurso.
Montero cerraba un mitin con asociaciones de lesbianas, gais, transexuales, intersexuales y bisexuales en el que antes habían hablado nueve oradores (entre ellos Pablo Iglesias), varios de los cuales emplearon también esa fórmula. El solo impacto mediático de esas triplicaciones (las duplicaciones se están quedando viejas) ya logró un efecto positivo: mostrar la existencia de personas (“elles”) que no desean encuadrarse ni en el sexo masculino ni en el femenino; y llamar la atención sobre las justas reivindicaciones de todos estos grupos discriminados.

Sin embargo, imagino que muchos españoles se preguntarán con perplejidad: ¿Tendremos que hablar así para ser aceptados, aceptadas y aceptades entre quienes defienden los derechos de esa comunidad? ¿Se va a extender para siempre esa forma de expresarse en público, que es un auténtico peñazo?

Tras haber repasado el vídeo completo, de casi una hora, se pueden exponer algunos comentarios:

1. Es imposible mantener la concentración sin desfallecer. Montero regresó ocho veces a las duplicaciones (“vosotros y vosotras” y demás), sin añadir el tercer elemento en e. Y no siempre sostuvo su propio pulso: “Que salgáis orgullosas”, “que depositéis vuestro voto orgullosas” (sin “orgullosos y “orgulloses”). Otros oradores flaquearon también en el empeño, al incurrir en composiciones como “de todos vosotres” y similares.

2. Cuando Montero hubo de nombrar colectividades que ya tienen masculinos en e, no desdobló los términos en tres: “los docentes y las docentes” (faltaron “les docentes”), “profesoras y profesores”… En estos casos, el original morfema e parecía abarcar ahí tanto al sexo masculino como al sexo no binario al que ahora se adjudica, en una inevitable ocultación de alguno de los dos como se pretende que pasa con el genérico y el femenino.

3. Pablo Iglesias no triplicó los géneros, pero incurrió en lo que ya se ha comentado aquí en alguna ocasión anterior: desdoblamiento de los enunciados positivos o neutrales, pero no de los negativos (“corruptos y corruptas”): “Las políticas LGTBI van a tener enemigos muy poderosos”, afirmó; “ningún fascista se debe atrever a decir a vosotras y a vosotros lo que significa la palabra libertad”; “algunos dicen que nuestras reivindicaciones tienen poco sentido”; “el 30% de los distritos en los que ellos ganan”… Y también Montero: “Lo que quieren es impunidad para que los fuertes puedan hacer lo que quieran con los débiles”. Y la oradora Boti García: “Están gobernando para los ricos”; “si no les echamos nos seguirán causando dolor”.

Se construye así un curioso mensaje: los nuestros somos “nosotros y nosotras”… y “nosotres”, pero los rivales son solamente “ellos”: los ricos, los enemigos, los poderosos, los fuertes, los fascistas…, los varones. Que se reserve el masculino para nombrar lo malo me parece inquietante, por sus consecuencias subliminales. En cambio, la pretensión de lograr que más de 550 millones de hispanohablantes dupliquen o tripliquen cada genérico de persona me despierta una gran simpatía, en su quimérico empeño.

[Foto: Zipi / EFE – fuente: http://www.elpais.com]

A primera vista, suena extraño. Normalmente los trasplantados no son los individuos sino los órganos

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El orden para las vacunaciones marca prioridades, entre ellas “los trasplantados”. Hace años esta expresión nos sonaba extraña, porque “los trasplantados” no son los individuos, sino los órganos. O sea, se trasplantan el hígado, el corazón, los pulmones…: los realmente “trasplantados”. Y por eso procurábamos escribir “personas con trasplante”, pues en puridad una persona trasplantada debería ser aquella a la que en el hospital han cambiado de una planta a otra.

Pero si nos detenemos un poco más en el funcionamiento de la lengua, se verá que disponemos de algunos participios de doble función: que operan como formas verbales o como adjetivos según les apetezca.

Por ejemplo, podemos decir “este es un libro muy leído”, entendiendo que la acción de leer recae sobre el libro y la ejercen los lectores, que son quienes lo leen a cascoporro para que así sea un libro muy leído. Pero también decimos “es una persona muy leída”, y eso no significa necesariamente que lleve siempre camisetas con interesantes textos, sino que estamos ante alguien con muchas lecturas y a quien eso se le nota por su cultura y sus argumentos. Por tanto, la palabra “leída” no significa siempre lo mismo en estructuras aparentemente iguales como “es una autora muy leída” y “es una estudiante muy leída”.

Ese valor de adjetivo que se produce en un aparente participio viene funcionando cada vez que oímos a alguien decir “estoy comido” para significar que se ha alimentado divinamente (muy diferente de “estoy comido por la envidia”, por ejemplo). O “Anastasio está bebido” (en México y Centroamérica, “está tomado”), lo cual no significa que alguien se haya tragado a Anastasio sorbo a sorbo sino que fue Anastasio quien se liquidó un par de botellas de whisky, lo cual tuvo sus consecuencias en la manera de andar de Anastasio.

Algo semejante vemos en esta época con el participio “inyectados”. En realidad, son inyectados los viales, las vacunas, los fármacos… No las personas. Pero se habla de que millones de personas “han sido inyectadas” con AstraZeneca o Pfizer.

Incluso verbos intransitivos como “viajar” (uno viaja a su pueblo, pero no es viajado a él: por eso es intransitivo) forman adjetivos de apariencia transitiva. Por ejemplo, en “Es una arquitecta muy viajada”; o sea, que ha viajado mucho (incluso gestionando por sí misma sus desplazamientos; sin ser viajada por otros).

Si afirmamos que “Afrodisia es entretenida”, con ello se puede entender, en función del contexto, que alguien está entreteniendo a Afrodisia… o que ella entretiene a los demás, gracias a su talento y donosura.

Lo mismo pasa con “llorar”, intransitivo cuando significa “derramar lágrimas”: “El niño lloró enseguida”, “la niña lloró después”. Lo cual no impide que digamos correctamente “aquí hay que venir llorado”.

Pues bien, “trasplantado” parece haberse incorporado a esta relación de adjetivos con ropa de participio. La mayoría de ellos admiten adverbios como “muy” o “bastante”: está muy bebido, es bastante leído, es un periodista muy viajado… y muy entretenido.

Quizás también digamos algún día “es una persona muy trasplantada” en el caso de que haya recibido donaciones de corazón, riñón, hígado y pulmones, por ejemplo. Los avances de la medicina propiciarán que se consolide esa fórmula gramatical, y con ello veremos una vez más que la realidad opera cambios en el sistema lingüístico de manera espontánea; porque resulta más fácil que un cambio en la realidad modifique la manera de hablar que conseguir que la manera de hablar modifique de pronto la realidad.

[Foto: CAPUSKI/GETTY IMAGE – fuente: http://www.elpais.com]

Alguien habrá pensado que con el inglés se atrae más inversión extranjera, como si al dinero le importara eso

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación del Plan Spain Audiovisual Hub, este 24 de marzo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación del Plan Spain Audiovisual Hub, este 24 de marzo.

Escrito por Álex Grijelmo

España va a disponer de un Hub Audiovisual. Me pregunto qué habrán entendido millones de españoles al enterarse. Incluidos, claro, los que saben inglés.

No me imagino al Gobierno francés o al alemán buscando palabras inglesas para dar nombre a un proyecto similar impulsado por ellos. Cuando un país cree en sí mismo y en su cultura, evita esas merluzadas; y además las elude sin darse cuenta, sin proponérselo, por la simple acción de utilizar su lengua con naturalidad y sin acogotamientos.

El presidente Sánchez aseguró el 24 de marzo al presentar el proyecto, denominado en su total extensión España, Hub Audiovisual de Europa: “La industria audiovisual es clave por su peso en el empleo y en la economía, pero también por su peso en nuestras identidades culturales y en nuestra proyección internacional”. Pues vaya, no hemos empezado muy bien con nuestras identidades culturales.

De hecho, la nota oficial señala que se creará el Spain Audiovisual Hub Bureau. En su calidad de lenguaje identitario, deja mucho que desear, pero alguien habrá pensado que el inglés atrae más inversión extranjera (como si al dinero le importara eso).

El presidente usó términos como “nuestros creadores” y “nuestra industria”, hipotéticos destinatarios de la cuantiosa inversión. Pero precisamente el uso de palabras en inglés invita a deducir que en realidad están buscando otra cosa, tal vez que llegue la típica multinacional y pique en el anzuelo, sin imaginar que con el primer mordisco puede llevarse el cebo y también la caña.

La palabra hub no forma parte del léxico común de los españoles; ni siquiera de su amplia colección de anglicismos. Este vocablo significa “cubo”, “centro” o “eje”, pero su uso en determinados contextos le ha otorgado otros valores. Por ejemplo, si decimos “hub aéreo” nos referimos al aeropuerto que conecta unos vuelos con otros; o sea, lo que a ras de tierra, y si se tratara de autobuses, llamaríamos “intercambiador” (o “nudo ferroviario” si se hablara de trenes). ¿Es muy largo “intercambiador”? Puede, pero entonces en nuestro almacén disponemos del vocablo “nodo” (lugar que es origen de distintas ramificaciones).

Por su parte, el “hub de empresas” se denominó antaño “polo” (polo de promoción, polo industrial): un lugar que atrae como un imán las inversiones gracias a ventajas fiscales o subvenciones.

Y si se reforma la Redacción de un diario saldrá a relucir como modelo el diseño hub and spokes (“eje y radios”), locución acuñada hace unos 13 años por el británico The Daily Telegraph cuando se reorganizó en forma de rueda de bicicleta.

En el caso que nos ocupa, a este hub audiovisual lo podríamos llamar “centro de atracción”, “núcleo”, “polo”, “nodo”… O, simplemente, “ventanilla”.

Porque al final, en España todo pasa por una ventanilla, sea virtual o física. Presumiremos de inglés y de globalización, pero aquí cualquier ayuda debe tramitarse en una racial ventanilla donde se exigirá presentar papeles, rellenar formularios, soportar la burocracia y volver mañana. Me temo que la palabra hub es en realidad un eufemismo.

 

[Foto: Fernando Alvarado/EFE – fuente: http://www.elpais.com]

Nadie se salva de cometer fallos. No nos diferenciamos por tenerlos o no, sino por cómo los gestionamos

María Moliner, autora del « Diccionario de uso del español »

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Los seres humanos no nos diferenciamos por la infalibilidad de unos y las equivocaciones de otros: todos cometemos errores, nadie se salva. Lo que sí nos distingue es la forma de gestionarlos. Unos reconocen el fallo y le ponen remedio; y otros disimulan, lo ocultan o, todavía peor, se lo endilgan a los demás. Las personas de este segundo grupo suelen reunir una característica adicional: no reconocen sus errores, pero disfrutan con los ajenos.

El idioma español ha acuñado la frase proverbial “el mejor escribano echa un borrón”, que cuenta con variedades como: “al mejor galgo se le escapa una liebre”, “el más diestro la yerra” o “no hay caballo que no tropiece”. Estas expresiones tan comprensivas se dan también en otros idiomas (véase el refranero multilingüe del Centro Virtual Cervantes). El francés y el inglés coinciden en la metáfora: “Il n’y a si bon charretier qui ne verse” (“no hay tan buen carretero que no vuelque”) y “the best cart may overthrow” (“el mejor carro puede volcar”). El euskera se fija también en los equinos: “Zaldi hoberena da noizpait lerratzen” (el mejor caballo resbala alguna vez); el catalán acude al sector textil, como era de esperar: “el millor sastre esguerra un vestit” (el mejor sastre estropea un vestido); y el gallego se apunta asimismo a la figura del tintero, pero con más gracia: “Ao mellor escribán cáelle un borrancho”.

Y como los buenos escribanos sufren borrones, María Moliner redactó en su diccionario esta definición de “día”: “Espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra”. Sin embargo, el Sol no da vueltas a la Tierra, sino que ocurre al revés; y el día dura lo que tarda nuestro planeta en dar una vuelta sobre su eje.

Así que a una sensacional escribana se le cayó un borrón, le volcó el carro, le tropezó el caballo o se le estropeó el vestido.

Gabriel García Márquez tachó aquella definición de la gran María Moliner como error “imperdonable” y “escandaloso”, en un artículo sobre diccionarios publicado en EL PAÍS el miércoles 19 de mayo de 1982. Tal vez por eso la definición se corregiría en una edición póstuma, en 1998.

Sin embargo, la crítica del añorado Gabo no quitó vigencia a lo que él mismo había publicado en este diario el 10 de febrero de 1981, cuando en un artículo dedicado a la lexicógrafa aragonesa la elogiaba como autora del diccionario “más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”.

A su vez, el propio Nobel colombiano fue reconvenido en alguna oportunidad por Roberto Cadavid, Argos, que publicaba columnas sobre lenguaje en El Espectador, de Bogotá. En una ocasión Argos reprochó a García Márquez haber escrito en un artículo “tocaban de oídas el acordeón” (publicado el 21 de junio de 1983 en EL PAÍS). Claro, los instrumentos no se tocan de oídas, sino de oído.

¿Son erratas o errores? El Diccionario acoge la locución “fe de erratas” (en la entrada “fe”). Pero no aparece “fe de errores”, que es la empleada en EL PAÍS para dar cuenta de los suyos. La errata nace de un simple descuido al teclear. El error implica una equivocación de concepto, a menudo cometida por despiste, falta de concentración, nervios o agobio. Todos incurrimos en ellos. Y en esto también los seres humanos se diferencian entre sí: hay quien aprecia la humildad del que reconoce un fallo; mientras que otros descalifican a su autor incluso cuando se enteran por él mismo de que existió tal error. Cada uno ha de elegir con cuál de los dos grupos se junta.

[Fuente: http://www.elpais.com]

La profesora dijo: “Es usted tonto e idiota, cuando podría ser idiota y tonto, que queda más elegante”

Ione Belarra, entonces portavoz parlamentaria de Unidas Podemos, interviene en el Congreso en 2019.

Ione Belarra, entonces portavoz parlamentaria de Unidas Podemos, interviene en el Congreso en 2019.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Ione Belarra aparece estas semanas mucho en los medios. Tanto ella como Yolanda Díaz cambian de puesto en la Administración. Esta última, ascendida a vicepresidenta; y Belarra, a ministra. Y, como si fueran juntas en un tándem, se las ha mencionado tanto en prensa como en radio una a continuación de la otra. Así, hemos leído y oído la descuidada formulación “Yolanda Díaz e Ione Belarra”.

Una profesora cuyas enseñanzas aún aplico después de tantos años, Gloria Toranzo, que impartía clase de Redacción Periodística, solía corregir al alumno que utilizaba la conjunción e; y lo hacía con esta fórmula que seguramente toda mi clase recuerda: “Es usted tonto e idiota, cuando podría ser idiota y tonto, que queda mucho más elegante”. Nadie se lo tomaba a mal, porque en aquellos tiempos las pieles con las que llegábamos al mundo los seres humanos no eran tan finas como las de ahora. Y gracias a esa inocente provocación podíamos aprender que ciertas sucesiones de vocales ensucian la frase, pero que ésta pasa de cacofónica a eufónica si se cambia el orden de los factores.

En este caso, la aplicación práctica de aquel teorema tan nemotécnico habría consistido en decir o escribir “Ione Belarra y Yolanda Díaz”.

No siempre se puede, claro. Por ejemplo, si la enumeración representa una jerarquía, o si hemos de expresar que alguien es “irresponsable e imbécil”, pues ahí la alteración de los factores no arregla nada: hace falta la conjunción e. Bueno, para eso la tenemos: para cuando no hay otro remedio. (Aunque un buen escritor casi siempre lo hallará: “irresponsable y además imbécil”).

Ante el caso de Ione Belarra, muchos periodistas están perdiendo la oportunidad de ser elegantes y además correctos.

En español, la letra i seguida de otra vocal con la que forma diptongo lleva a una pronunciación distinta, como bien explicó hace un año el académico Pedro Álvarez de Miranda en el Centro Virtual Cervantes. No suenan igual “hipotético” que “hierático”. En el segundo caso, salvo que nos propongamos con ahínco una fonética forzada, diremos yerático. De hecho, algunas de esas palabras cuentan con una segunda grafía correcta: hierba y yerba, hiedra y yedra, iodo y yodo.

Para los casos en que ese tipo de vocablos van precedidos de una conjunción copulativa como y, la regla señala que ésta mantiene su forma porque la pronunciación del término siguiente no es puramente vocálica, sino más bien consonántica. Así pues, la no necesita transformarse en e. Por eso decimos “fuego y hielo”, y por eso Manuel Machado escribió en aquel épico poema que describe la marcha de Rodrigo Díaz: “Al destierro, con doce de los suyos –polvo, sudor y hierro– el Cid cabalga”.

Agua y hielo. Sudor y hierro, Yolanda y Ione. Así se debería haber escrito, y no “e Ione”.

Cierto, Ione es un nombre en euskera. Pero se pronuncia yone, y las palabras de otras lenguas no quedan exentas de la norma cuando se usa el castellano, como también señala la Ortografía (página 77). Priman los sonidos, no las letras. Por eso debemos decir “las aplicaciones Yuka e EasyPark” (isi park), o “Barack Obama y Hillary Clinton”.

En cualquier caso, y por las dudas, más vale invertir los términos si se puede. De ese modo, cuando llegue la ocasión, en vez de parecer hábiles e inteligentes seremos realmente inteligentes y hábiles, que suena más elegante. (No sé si con esta fórmula tan amable se lo aprenderán igual los alumnos).

[Foto: EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS / GETTY IMAGES – fuente: http://www.elpais.com]

Una iniciativa propone “huérfilo” como término que se refiera al tremendo vacío que sufren los padres

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El portal change.orgque reúne firmas a favor de todo tipo de causas, ha recibido de nuevo una propuesta –ya planteada en 2017, y suscrita ahora por María de los Ángeles Moreno– encaminada a que la Real Academia acepte la palabra “huérfilo”. Ha sumado 60.000 apoyos en 15 días.

En su texto, Moreno cuenta que una semana antes había perdido a su hijo Marco, de tres años. Y explica que así como la muerte de los padres nos deja huérfanos, la de los hijos no ofrece un término equivalente que refleje tan tremenda ausencia.

Estas bienintencionadas iniciativas, y otras similares, coinciden con una idea muy extendida según la cual la Academia gobierna las palabras como si fuera su dueña. Sin embargo, el camino es el inverso: una palabra debe asentarse en el uso para que la acoja el Diccionario.

“Huérfano” deriva de orphanus, en latín (nuestra lengua madre), que a su vez lo tomó de orphanós en griego (nuestra lengua tía). La raíz previa (orbh) se halla más lejos, en el indoeuropeo (nuestra lengua abuela); y con ella se formaron en distintos idiomas de Europa y de Asia palabras relacionadas con la separación, el alejamiento, la desgracia o la debilidad: conceptos que se reúnen en la palabra “huérfano”.

Ese vacío se identificó desde antiguo con la ausencia de los padres cuando los hijos no son adultos. Pero siempre faltó un término equivalente que designara la ausencia del hijo para sus progenitores. La lengua tiene otros huecos así: aunque existe “paternidad”, nos faltan las simétricas “abuelidad” o “filialidad”, posibles para el sistema pero apenas activadas en el uso.

No obstante, en la entrada “huérfano” de la obra académica aparece desde 1925 una segunda acepción que sí abarca ese vacío: “Dícese de la persona a quien han faltado los hijos”. Esto congenia con la etimología que remite a la ausencia o la pérdida (por eso decimos que alguien está huérfano de talento, o huérfano de riquezas…; y por eso podemos decir “huérfano de hijos”). Pero las academias marcan esa segunda acepción como “poética”; es decir, ha formado parte de un lenguaje figurado y literario. ¿Se podría extender, no obstante, al uso común? Sí, es posible; pero eso llevaría su tiempo.

La alternativa “huérfilo” toma filo como supuesta derivación del latín filius (hijo) para sustituir a una hipotética terminación de “huérfano”. Así, huér-fano se opondría a huér-filo. Pero ni hay dos elementos en “huérfano” (sino uno solo), ni existe en español, que yo sepa, ninguna composición en la que el elemento filo (con o) signifique “hijo”, sino “amante de”, “amigo de” o “aficionado a” (bibliófilo, anglófilo, filosocialista…), a partir del usadísimo término griego.

La Academia ha incluido “huérfilo” en su Observatorio de Palabras, como “neologismo no generalizado” (Google le da unos pobres 1.170 casos, muchos de ellos referidos a estas iniciativas). No sabemos si se extenderá, o si lo hará en su lugar una opción como “huérfano de hijo”. Sin embargo, tal vez resulte más fácil recuperar un término que sí cubre ese espacio vacío, y que ya fue citado en 2017 como alternativa por el académico Darío Villanueva: “deshijado”. “Dicho de una persona: Que ha sido privada de los hijos”. (En Argentina se usa entre ganaderos para designar la acción de separar a las crías de sus madres). Este vocablo se incorporó al Diccionario en 1817. Ya se marcaba entonces como “anticuado”, pero ahí sigue aún, agarrado a su página como un percebe y esperando pacientemente a que alguien lo reanime, quizás con otra petición en change.org.

[Foto: GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO – FOTODUETS- fuente: http://www.elpais.com]

Nunca se sabe cómo de viral es lo que se expresa con la palabra “viral”, sobre todo si eso tan viral no nos había llegado

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El recordado Marcos Mundstock, uno de los fundadores del grupo humorístico argentino Les Luthiers, reflexionaba en una desternillante ponencia durante el último Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en su país en 2019, acerca de la exacta medida de ciertas palabras: “Propongo que un lo que canta un gallo equivalga a dos santiamenes y a cuatro periquetes. Y que un me pareció un siglo sea igual a la cuarta parte de una eternidad y a un 0,33 de ya no veo la hora”. También abordó las expresiones que se refieren a cosas de poca importancia: “Cuando alguien dice me importa un comino, ¿en que está pensando?: ¿en más o en menos que me importa tres pepinos… o en medio pimiento?”.

En los últimos años ha triunfado una palabra que necesita igualmente algún tipo de medición para que sepamos a qué atenernos cuando alguien la pronuncie: “viral”. Un vídeo se ha hecho viral, una frase de famoso se ha hecho viral, una mentira se ha hecho viral, la palabra “viral” se ha hecho viral.

La primera acepción de este vocablo, y hasta hace poco única, señala lo obvio: “Perteneciente o relativo a los virus”. Y en la segunda, añadida al Diccionario tras la edición impresa de 2014, se indica exactamente: “Dicho de un mensaje o de un contenido: Que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de internet”.

De acuerdo, pero ¿a qué velocidad hace falta que ocurra algo para considerar que se movió con gran rapidez, o quizás en medio periquete? Una vez que demos por bueno que un bulo, por ejemplo, se difundió con mucha velocidad, ¿a cuánta gente debe llegar para convertirse en viral? Alcanzar a 5.000 tuiteros en dos minutos supone una difusión de rapidez endiablada, pero si se acabara ahí su recorrido, sin sumar un usuario más, no podríamos señalarlo como viral. ¿O sí? ¿Es viral lo rápido pero breve?, ¿lo extenso pero lento?

Por eso entraña cierta dificultad adivinar qué estará pensando el periodista que escribe “este vídeo se ha hecho viral”. Nunca se sabe bien cómo de viral es lo que se expresa con la palabra “viral”. Sobre todo si quien recibe esa información no forma parte del circuito de la viralidad.

En definitiva, el término “viral” se puede observar con el mismo escepticismo que aplicamos a otras expresiones difusas como “crearemos empleo” o “regeneraremos la democracia”: parece imposible discernir qué hay verdaderamente dentro de ellas. Porque lo viral puede alcanzar una rapidez de contagio dispar, con una horquilla muy amplia y de un margen mucho mayor que aquel que se da entre el periquete y el santiamén.

Cierto, estos difusos conceptos que enumeraba Mundstock ofrecen también imprecisión. Pero ya hace mucho tiempo que los sentimos como de la familia: santiamenes periquetes, un plis plas, un visto y no visto, un abrir y cerrar de ojos, de buenas a primeras… Tantos decenios en la lengua los han convertido en deducibles aunque inconcretos. Sin embargo, el vocablo “viral”, a menudo usado gratuitamente, abarca mucho y aprieta poco, puede referirse a unas dimensiones tremendas y mundiales o a un grupo más o menos grande de atentos seguidores de algo.

No sería de extrañar que sintiéramos desconfianza ante esa palabra, que ahora anda buscándose un hueco entre los viejos términos que evocan una medida compartida de aquello que no nos ha interesado medir.

[Foto: D3SIGN / GETTY – fuente: http://www.elpais.com]

Defender la libertad de expresión y agredir a un cámara es defender la libertad de agredir a un cámara

Una mujer protesta en Barcelona por la detención del rapero Pablo Hasél en Barcelona, el 16 de febrero.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La polisemia de las palabras, su proximidad o su antinomia nos pueden servir para crear juegos y paradojas verbales como la vida misma.

♦ Qué tiempos estos, en los que dar positivo es negativo.

♦ Algunos cargos de la Iglesia católica que se han saltado la cola han metido a las vacunaciones en un obispero.

♦ En Australia han vencido al virus porque sus políticos están en las antípodas de los nuestros.

♦ La principal tentación para desescalar con rapidez es despeñarse.

♦ En este Gobierno, las leyes de igualdad producen diferencias.

♦ Sólo se considera barones de los partidos a los varones de los partidos.

♦ Presumir de un máster falso no es delito. Es delito falsificar un máster para que alguien presuma de un máster falso.

♦ El pasado del Partido Popular fue cosa del Partido Impopular. No hace falta cambiar el nombre actual, sino el de entonces.

♦ Si se extiende el ejemplo de vender la sede tras una derrota, el mercado inmobiliario se va a llenar de estadios.

♦ Desde que se fue Cristiano, el Real Madrid no está muy católico.

♦ Defender la libertad de expresión y agredir a un cámara es defender la libertad de agredir a un cámara.

♦ Los grupos antisistema actúan de manera sistemática.

♦ Entre partidos democráticos, los cordones sanitarios son insanos.

♦ Illa significa “isla” en catalán. Cuando el independentismo aísla al exministro de Sanidad, aïlla a Illa.

♦ La auto-determinación empieza por comprarse uno su propio coche.

♦ Menos mal que los temporales de nieve son temporales.

♦ Los bancos salen de nuestros barrios para meterse en nuestros móviles.

♦ Sembrar la alarma gratuita favorece instalar la alarma de pago.

♦ Los políticos consiguen a menudo que los periodistas comulguen con ruedas sin preguntas.

♦ La llamaron “covid” para evitar su vinculación con China, y ahora hay variante británica, variante sudafricana y variante brasileña. El objetivo inicial se sigue cumpliendo.

♦ En WhatsApp, la mayoría de las fotos de perfil están tomadas de frente.

♦ Los terraplanistas no terminan de ofrecer ningún argumento redondo.

♦ Ya se puede llamar a la anterior propiedad de los Franco “el pazo de Meirás y no volverás”.

♦ Los emigrantes españoles ruegan que su voto no sea un voto rogado.

♦ Hace falta cambiar el clima de la política para que no cambie el clima del planeta.

♦ El Supremo ha dictaminado que la pretensión de los toreros sobre la propiedad intelectual de sus faenas no tiene un pase.

♦ Las cosas se hacen bien, mal o irregular.

♦ En el diccionario de la política española actual, el verbo “pactar” significa “repartirse”.

♦ Parece que Maduro no se cae de sí mismo.

[Foto: NACHO DOCE / REUTERS – fuente: http://www.elpais.com]