Archives des articles tagués Dandysme

Escrito por MAURIZIO BAGATIN

“No hay puertas, hay espejos” – Octavio Paz

Me dejé guiar por el intenso aroma a cannabis hasta el bloque número 6, allí la tumba de Jim Morrison está siempre rodeada de rebeldes con sus causas generacionales, fumando y bebiendo todos los riders on the storm posibles; en la esquina Rodolphe Kreutzer sigue su sonata para violines dedicada a lo absoluto de Beethoven; el inigualable laberinto dedálico de Père Lachaise me atrae hacia el frente, en el bloque 17 todo el positivismo que generó Monsieur Teste está ahí, Auguste Comte firme, disciplinado y austero, dos ciencias abrazándose al infinito… y luego siguiendo a la derecha, un hilo de Ariadna sin fin conduce, no sin haber pensado a un nuevo invento, a una nueva forma de comunicación, hasta Claude Chappe, la ilusión óptica abrió caminos a Alexandre Dumas, y a la posibilidad de soborno de su Conde de Montecristo. Me doy la vuelta, los dramas abren sus cortinas, un Barbero de Sevilla ya está abofeteando al Bartolo de turno y -como un seguir dramático, un Fígaro ya se perfila en esposo- Beaumarchais está presente, sus comedias no caducan; Rossini, Minotauro permitiendo, sigue componiendo desde el bloque número 4, siguiendo tout droite desde la avenida principal veo dirigiendo el trafico al barón Hausmann, ya no hay salidas, la modernité parisina está en el alma de este laberinto, recorro a un fabulista, a Jean de La Fontaine, sueños fantásticos hasta el bloque 97 adonde Paul Éluard casi se excusa de haber adherido al comunismo, el surrealismo de este movimiento no podía ser artístico. Me perdí un rato, tal vez desde sus molinos Daudet extraña su Provenza natal y a su héroe Tartarín de Tarascón… el laberinto se hace un marasmo, Gay-Lussac mide el grado alcohólico de nuestras bebidas, Molière denuncia todos los hipocondriacos y Gustave Doré quiere grabar la Comedia Humana de Balzac, y él casi en plena soledad, desde el bloque 48, espía burgueses apresurados de ayer y turistas mochileros de hoy, deja abierto el camino a que sea Géricault en ofrecer una balsa de salvación y a Delacroix que la libertad nos guie…

En este laberinto, que no es lo de Creta y que ni Borges reconocería, si me introduzco siguiendo la Avenue Saint-Morys me encuentro justo frente a la Chapelle con Thiers, tres repúblicas francesas narradas siempre por los ganadores, si vuelto a la izquierda el fundador de Il Giorno, Cino del Duca me reconduce a las provincias italianas, a su Ascoli Piceno, y Gustave Caillebotte me deslumbra con sus cepilladores de parqué, realismo que solo Félix Nadar se permitió retratar en vivo así tan auténticamente. En el bloque 87 vibra aún el canto altísimo de María Callas, mientras el surrealismo de Max Ernst inspira a una Isadora Duncan encantadora, poesía de Esenin en un baile posmoderno sui generis; frente a ella Simone Signoret recita desde su cumbre, allí la acompaña su inseparable Yves Montand. De lejos, desde una esquina esquiva su descubridora, Edith Piaf, canta La vie en rose, Ícaro sin plumas ya no está aquí.

Moverse, entre árboles que han abandonado a su destino hojas multicolores, en otoño, mientras un Georges Bizet enamorado de su gitana y de las obsesiones de Nietzsche, se postula como un maudit suplicado por los dioses a recitar una poesía de Pallanda.

Y poesía es la de Apollinaire, casi solo en el bloque 86, poesía es el grito de Jules Vallès, que mira aquellos puntos de Seurat transformarse en imágenes llenas de colores y de nostalgias, nostalgias de una amante como fue María Walewska, amante de Napoleón Bonaparte. Me miro alrededor, Colette y sus gatos, sus amantes y sus elegantes extravagancias conspiran con el amor apasionado de un de Musset aún sofocado por George Sand. Lastricados caminos, Teseo irreconocible, Minos enclaustrado en su poder, Miguel Ángel Asturias con su presidente, y muy cerca el piano de Chopin -imaginando entre teclas el retorno de George Sand- que busca las sonatas de Kreutzer, laberínticas imaginaciones para un recital de Sarah Bernhardt en convulsa con el dandy por excelencia, Oscar Wilde, allá arriba hacia el Jardin de Souvenir.

Reencontré el tiempo, Marcel Proust con todas sus madeleine, haciendo introspecciones con su esnobismo tout court… y me reconduzco al camino -abandoné lo de Swann- y como en una alquimia me dejo seducir: academia de Ingres (del cual Degas no admitía discusiones) y encantos de Corot, la pureza y la originalidad al tramonto. ¿Cómo no intentar una evasión? Me dirijo lentamente hacia el bloque 96, busco un asiento y abro un cuaderno, en él me había anotado una de las rocambolescas aventuras de Amedeo Modigliani, el linaje de su familia alcanza al filósofo holandés del siglo XVII, Baruch Spinoza, y no encuentro la nota; en la tapa del cuaderno hay un epígrafe: “Todos sois una generación perdida”, es de Gertrude Stein, ella está en el bloque 94, no muy lejos de donde me encuentro, Scott Fitzgerald y Hemingway fueron icono de esta generación… París su alcoba en los años veinte.

Me duelen las piernas, mi aliento está en débito, aquí si no fumas Gauloises fumas Gitanes, en un tacho de basura hay botellas de Pernod y de pastis vacías, en otras rosas secas, rosas rojas escarlatas como el amor escandaloso de Raymond Radiguet, su presencia en el bloque 56 me tranquiliza aún más, una estremecedora Medea compuesta por Luigi Cherubini e interpretada por María Callas invade el bloque 11, armonía y pulcritud antes de dirigirme hacia el misterio: en el bloque 49 está Gérard de Nerval, todas las inquietudes del alma humana. Me alejo de ahí. Sully Proudhomme, el parnasiano que defendió a Dreyfus está, con su estética poética-filosófica, en el bloque 44. Me quedo un rato más y cruzando la Avenue Tranversale nº 1 alcanzo el bloque 52, tomando un callejón no tan ancho, Maurice Merleau-Ponty no admite exclusiones, toda su fenomenología de la percepción es una pincelada hacia el amor por el arte, por el amor a la belleza… así un toque poético de jazz del maestro Michel Petrucciani, cerca de Chopin reviven todas las melodías imaginada y forjada en su piano, soñando Nápoles y su Ellington… mientras el patafísico George Perec sigue inspirando escritores y cineastas.

Miro el reloj de una chica, pálida, triste y solitaria, sentada frente a mí, ya son las 5 de la tarde, es otoño, las nubes forman figuras de cuervos, de dragones, de animales imaginarios, no sé si Allan Kardek sigue aquí, del espiritista en la librería del cementerio podemos encontrar todos sus libros, pero no hay La fiesta del chivo de Vargas Llosa, Leónidas Trujillo está ahí muy cerca, y no muy lejos está el cuñado de Napoleón Bonaparte, aquel Joaquín Murat que fue rey de Nápoles, mientras su esposa se hizo nombrar duquesa de Lipona (el anagrama de Napoli, ciudad que la fulguró).

Me voy hacia la salida y el aroma a cannabis sigue envolviendo este laberinto sin soledades y con mucha vidas… me compro una guía para no perderme, en el caso volviera otra vez, con el hilo de Ariadna no me encontré muy bien, sigo mareado… y me marché hacia el Métro, otro increíble laberinto… del cual hablaremos luego, Minotauro permitiendo.

_____

[Imagen: Jerry Di Falco/Pere Lachaise Cemetery in Paris at Night, 2012 – fuente: sugieroleer.blogspot.com]

O escritor lugués nado en Barcelona Antonio Costa reflexiona no seu artigo sobre a afinidade das almas da escritora galega e o poeta francés

Detalle de los retratos de la escritora gallega Emilia Pardo Bazán (A Coruña, 1851-Madrid, 1921) y del poeta francés Charles Baudelaire (París, 1821-1867), realizado en el año 1863 por el fotógrafo Étienne Carjat.

Detalle dos retratos da escritora galega Emilia Pardo Bazán (A Coruña, 1851-Madrid, 1921) e do poeta francés Charles Baudelaire (París, 1821-1867), realizado no ano 1863 polo fotógrafo Étienne Carjat.

Por ANTONIO COSTA GÓMEZ

Nun hemisferio nunha cabeleira Charles Baudelaire sente na cabeleira da súa amada todas as aventuras do mundo enteiro, todas as viaxes dos mariñeiros, todas as sensacións ás que abre a súa languidez. En Insolación de dona Emilia Pardo Bazán o protagonista andaluz que seduce á dama galega -que xustifica a súa febre sensual e a súa saída dos canons rutineiros dicindo que sofre unha insolación baixo o sol de Castela- introduce con paixón o seu rostro na cabeleira dela, para sentir no seu pelo toda a alma intensa da muller, e todo o alboroto contra o cotián. Son dúas cabeleiras e dúas viaxes fóra da rutina.

Para min o mellor de dona Emilia non está no realismo e o naturalismo que nos ensinan os libros de texto, senón nas obras simbolistas da última época, como A quimera e A sirena negra. Igual que o mellor de Benito Pérez Galdós, o home co que ela se deitaba e inventaba un jazz premonitorio en Santander, para min, está en Misericordia, coa súa xenerosidade imposible, ou en Nazarín, co seu cristianismo de conto tráxico.

Dona Emilia unha vez ditou unhas conferencias no Ateneo de Madrid sobre Poesía decadentista francesa. Nelas di que Baudelaire é un místico e un idealista, e iso non está fóra de lugar se un pensa nos faros ou no albatros, a ave sublime ao voar que se volve torpe ao camiñar polo barco. E di que Baudelaire é católico, porque ao crer no Demo cría tamén en Deus, e que no catolicismo caben moitas sensibilidades.

A rutina e o calafrío

E é que dona Emilia é católica, faltaría máis, pero vaille o «estremecemento novo» que prometía Baudelaire, vaille o saírse da rutina e as suxestións das tardes escuras. Ela coñecía ben a Baudelaire e Baudelaire lle inoculou un veleno que xa estaba dentro dela. E nos dous había unha procura do calafrío novo e escuro.

Na quimera, un pintor busca en París ese triunfo novo que non atopaba en Madrid. Unha dama citando a Baudelaire dille que o natural é moi pobre e que a beleza está na coquetería e a maquillaxe. Eu amo a natureza, pero cando Baudelaire di «o natural» eu entendo «o simple» -e de feito, para Zola e os naturalistas, a natureza significa o imperio dunhas leis moi simples- e entendo que Baudelaire defendo o rico e o matizado fóra dos límites coñecidos.

Na sirena negra, dona Emilia pinta a un dandi baudeleriano en Galicia que por escapar da rutina e o coñecido acaba na morte -«sondemos o abismo, ceo ou inferno, que importa / ao fondo do abismo para atopar o novo», lemos no poemario As flores do mal.

Amor a París

Todo o mundo de Baudelaire foi París e percorreuno cos seus textos en todas as direccións, e en todas as viaxes, desde as visitas ás pasaxes onde compraba rarezas de todas partes como Balzac ata os sete vellos kafkianos que se lle apareceron un día en fila. Pero dona Emilia tamén amaba París, visitou París moitas veces e escribiu o libro de impresións Ao pé da torre Eiffel. Viaxou en teoría para escribir crónicas sobre a Exposición de 1889 e sobre a torre asombrosa, pero iso foi o de menos porque o principal foi vivir toda a ebulición de París e todos os parises que ela mesma sinala con embriaguez como Baudelaire. Baudelaire mostraba un aristocratismo do selecto e dona Emilia era unha aristócrata espiritual contra a vulgaridade da aristocracia de clase. Pero os dous amaban París como experiencia e como cosmopolitismo no mellor sentido.

Para Baudelaire contaban os amantes, nunca escribiu sobre o matrimonio. Amaba a unha negra sensual e profunda ou a unha dama sublimada de perfumes destilados, pero nunca pensou en casar. Todo o seu mundo erótico e vital está nos amantes. En dona Emilia pasa o mesmo. Casou case nena pero acabou separándose como amiga do seu marido e logo tivo uns amantes que deron relevo á súa vida. Neles atopou o estremecemento de Baudelaire, por moi católica que se proclamase.

Non soamente o amor de xogo e plenitude que viviu con Galdós -que agora coñecemos nas súas cartas porque somos uns cotillas, pero tamén porque nos atrae a vida de verdade-. Senón tamén con José Lázaro Galdiano, o mellor amigo de Pérez Galdós e no que inspira posiblemente Insolación. Alí explica a febre de vivir como amante (non como esposa legal e obrigada), porque pega moito o sol en Castela.

E Baudelaire lle insufla a dona Emilia o veleno de escapar do spleen. A clave das flores do mal é a contraposición entre spleen e ideal, entre o aburrimento e a intensidade inexpresable. Tamén ela busca o mesmo estremecemento, o mesmo fuxir do spleen, persegue o secreto e o insólito da vida. Baudelaire inoculou a dona Emilia ese veleno do que fala nuns versos que lle causaron ao poeta un xuízo por inmoral, e a dona Emilia acusárona de inmoral por falar tanto de París e dos amantes.

Antonio Costa Gómez é profesor de literatura e escritor

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

 

Écrit par Hugo JACOMET

Honoré de Balzac déclare dans son Traité de la vie élégante en 1830 : «Le dandysme est une hérésie de la vie élégante». Opposé à «la vie élégante » qui « n’exclut ni la pensée ni la science », le dandysme est alors une affection seulement de la mode propre aux hommes sots.

Barbey d’Aurevilly lui réplique quinze ans après dans une brochure intitulée Du dandysme et de George Brummell : il déclare en prenant Brummell pour simple mais absolu dandy : « On a considéré Brummell comme un être purement physique, et il était au contraire intellectuel jusque dans le genre de beauté qu’il possédait. »

 

Quelle est donc la différence alors entre « la vie élégante » et « le dandysme » ?

DÉFINITION DU MOT DANDY ET SON IMAGE EN FRANCE

De nos jours le mot « dandy » s’emploie dans un sens positif. Il est d’ailleurs aujourd’hui largement utilisé dans les médias (dont un magazine éponyme) et par les services marketing des entreprises du textile et du cuir pour qualifier l’élégance classique en opposition à la mode dominante dite « casual » (décontractée).

Pourtant l’emploi de ce terme dans la littérature française nous montre qu’il avait plutôt un sens négatif au début du XIXème siècle : comme l’indique le Petit Robert, c’est en 1817 que le premier dandy est mentionné dans la langue française. Il apparaît dans la version traduite de La France, écrit par Lady Morgan l’année précédente en anglais.

L’image du dandy est généralement très négative dans les années 1820 : c’est une personne vaniteuse et médiocre qui porte un intérêt particulier à l’habillement et ainsi se distingue de la règle en usage dans la haute société. Il n’a pas la capacité de surmonter définitivement la norme conformiste de la société (la bienveillance, la politesse etc.) à laquelle il appartient, mais il se joue de cette norme avec un air orgueilleux. Il a un mépris envers ses semblables, mais c’est pourtant paradoxalement leur regard qui assure son existence. Une des particularités du dandysme consiste en ce rapport avec les autres. S’il commet une impolitesse envers les autres, cela ne signifie pas qu’il ne connaît pas le savoir-vivre : il fait exprès ce qu’il ne faut pas faire. C’est une façon de se révolter contre la haute société, mais ce n’est pas une révolution, puisqu’il n’a aucune intention de la renverser car c’est justement cette société qui assure son existence parasite.

Les avis d’Alfred de Musset sont à cet égard intéressants. L’auteur de Lorenzaccio est l’un des auteurs les plus sévères et les plus sarcastiques sur le dandysme au début des années 1830. Dans ses Contes d’Espagne et d’Italie, il considère l’aspect physique de Brummell « monstrueux. » Il continue en 1831 : « Qu’est-ce qu’un dandy anglais ? C’est un jeune homme qui a appris à se passer du monde entier : c’est un amateur de chiens, de chevaux, de coqs et de brandy. C’est un être qui n’en connaît qu’un seul, qui est lui-même. Il attend que l’âge lui permette de porter dans la société les idées d’égoïsme et de solitude qui s’amassent dans son cœur et le dessèchent durant sa jeunesse. Est-ce là que nous voulons en venir ?»

Son mépris pour l’homme oisif s’adoucira pourtant ultérieurement. Dans la préface des Deux maîtresses (1837), Musset avoue que la vie mondaine, comme « assister régulièrement à toutes les premières représentations, manger des fraises presque avant qu’il y en ait, prendre une prise de tabac rôti, savoir de quoi on parle et quand on doit rire, quelle est la dernière rumeur, parier sur n’importe quoi le plus d’argent possible et payer le lendemain en souriant » lui offre « le bonheur suprême. » John C. Prévost considère cette attitude comme du dandysme pur.

Mais l’oisivité et la dépense ne suffisent pas pour être un dandy. Il est évident, cependant, que les hommes français commencent à se prendre eux-même pour des hommes mondains, alors que la toilette masculine trop élégante est considérée comme un méprisable phénomène anglais jusqu’à la fin des années 1820.

En 1835, un article favorable au mot « dandysme » paraît enfin dans la revue La Mode ; « Le dandysme de bon ton n’exclut pas une certaine originalité de costume, surtout pour les promenades aux bois de Boulogne et les courses.» La même année, le mot « dandy » apparaît pour la première fois dans un dictionnaire français. Le Dictionnaire de l’Académie Française le définit : « Mot tiré de l’anglais par lequel on désigne, même en France, un fat épris de sa toilette, un homme d’une tournure affectée.»

Il faut attendre Du Dandysme de Barbey d’Aurevilly pour que le mot prenne un sens nouveau. L’auteur déclare : « le dandysme était surtout l’art de la mise, une heureuse et audacieuse dictature faite de toilette et d’élégance extérieure. Très certainement c’est cela aussi; mais c’est bien davantage. Le dandysme est toute une manière d’être, et l’on n’est pas un dandy que par le côté matériellement visible. » Selon Barbey, le dandysme n’est donc plus uniquement l’effet de la mode, mais une mentalité, un état d’esprit.

Citons encore l’avis de Chateaubriand pour préfigurer cette transformation du dandy : «Aujourd’hui (1846), écrit-il, le dandy doit avoir un air conquérant, léger, insolent; il doit soigner sa toilette, porter des moustaches ou une barbe taillée en rond comme la fraise de la Reine Elisabeth, ou comme le disque radieux du soleil. Il signe la fière indépendance de son caractère en gardant son chapeau sur sa tête, en se roulant sur les sofas, en allongeant ses bottes au nez des ladies assises en admiration sur des chaises devant lui. (…)»

Dans l’histoire de France d’après la révolution, Balzac est l’un des premiers écrivains qui remarque l’importance du vêtement masculin comme représentation sociale.

Ce qui est capital, c’est que la publication du Traité de la vie élégante coïncide avec le tournant de l’image de l’homme mondain en France : d’une part le mépris pour le phénomène d’anglomanie, d’autre part l’exigence de l’apparence (ou l’appartenance) de la nouvelle classe sociale dans la monarchie de juillet. Le Traité de la vie élégante est donc prioritairement adressé à cette nouvelle classe –– c’est-à-dire la bourgeoisie –– qui commence à dominer la société française.

LA VIE ÉLÉGANTE

À cette époque, il n’existe pas encore à Paris de distinction entre les quartiers populaires et bourgeois : toutes les conditions sociales au cœur de la capitale s’entassent pêle-mêle dans une masse hétérogène. Cette cohabitation sera interrompue par l’extension industrielle vers l’est et par le développement des quartiers populaires à l’époque des démolitions.

Dès lors une ville nouvelle s’étend tout autour du vieux Paris médiéval, délimitant rigoureusement chaque couche sociale. Les « étrangers » du Paris d’antan se catégorisent ainsi : les uns voulant s’intégrer dans les bons milieux avec la ferme conviction de se différencier des gens du peuple, à l’exemple des héros de Balzac (ex. Lucien de Rubempré dans Les illusions perdues). Les autres s’efforçant de se mêler à la foule, comme les présente Victor Hugo dans ses romans. Charles Baudelaire sera conscient de ces deux caractères sociaux. En tant que critique, il s’adressera aux bourgeois qui veulent s’anoblir (les Salons, notamment celui de 1846). En tant que poète, il décrira les étrangers mêlés à la foule parisienne (L’étranger, Les foules).

La différence sociale est également perceptible à travers l’apparence vestimentaire. Bien que le décret de la Convention (1793) ait déjà reconnu le principe démocratique de la liberté vestimentaire, le vêtement reste le repère prépondérant d’une classe sociale au début du XIXème siècle. Il est vrai que La Révolution a supprimé symboliquement l’image du noble en culotte. Mais l’habillement se manifeste toujours comme l’expression d’une classe. Dans un sens, les critiques véhémentes du dandy s’expliquent dans cette circonstance : le dandysme est non seulement une mode venue d’Angleterre qui a vaincu Napoléon, mais il est aussi l’image des aristocrates.

C’est à partir des années 1820 que l’industrie textile s’installe à Paris et ainsi la liberté vestimentaire devient réellement possible pour les petits bourgeois. Cela correspond au changement de l’image des hommes mondains. Désormais le goût évolue et se libéralise selon ces transformations sociales et la distinction vestimentaire sert de plus en plus la nouvelle classe sociale. Ainsi le goût pour le vêtement commence à se manifester dans le milieu bourgeois comme un signe d’appartenance. C’est dans ce contexte qu’Honoré de Balzac publie son traité de la vie élégante.

Balzac est d’ailleurs conscient de cette lutte sociale au niveau vestimentaire : alors qu’il définit la vie élégante comme « la perfection de la vie extérieure et matérielle », celle-ci exige aussi « le sentiment ». La vie élégante, telle que la conçoit Balzac, n’est pas purement matérielle, mais c’est une pensée pour « se faire honneur de sa fortune ».

Balzac classe la vie des hommes en trois catégories : la vie occupéela vie d’artiste et la vie élégante. Au sens littéral, ce Traité serait un éloge de la troisième catégorie qui regroupe « le haut fonctionnaire, le prélat, le général, le grand propriétaire et les princes. »

Cependant ce texte n’est pas destiné uniquement aux aristocrates de naissance ou aux nobles, mais aussi aux parvenus : car la vie élégante surgit après que Napoléon soit devenu Empereur, et « aujourd’hui, les nobles de 1804 ou de l’an MCXX ne représentent plus rien ». C’est-à-dire que le titre de noblesse n’a plus beaucoup d’importance.

Ainsi, l’élégance n’est plus destinée uniquement aux nobles, mais elle est accessible à tout le monde. Ce traité est dans ce sens un manuel pour la nouvelle classe dominante, constituée par la bourgeoisie arriviste et par l’aristocratie bien consciente du pouvoir après la Révolution de 1830. Le but est de conquérir et de conserver leur éminent statut social, en affichant leur supériorité par une apparence élégante. Et c’est l’artiste, tel que Balzac, qui inspire ce nouveau mode de vie.

C’est pourquoi même si l’artiste est de deuxième catégorie, il est du côté de la vie élégante, des dominants de la société nouvelle. Ainsi, comme le remarque Annie Berq, Honoré de Balzac est l’un des artistes qui « représentent les romantiques de gauche déçus par 1830 mais ayant conclu un compromis avec la monarchie bourgeoise. » L’observation balzacienne de la société française est remarquable dans ce sens : « N’avons-nous pas en échange d’une féodalité risible et déchue, la triple aristocratie de l’argent, du pouvoir et du talent, qui, toute légitime qu’elle est, n’en jette pas moins sur la masse un poids immense, en lui imposant le patriciat de la banque, le ministérialisme et la balistique des journaux et de la tribune, marchepieds des gens de talents ? Ainsi, tout en consacrant, par son retour à la monarchie constitutionnelle, une mensongère égalité politique, la France n’a jamais que généralisé le mal : car nous sommes une démocratie de riches. »

Balzac insinue donc une critique de l’actualité politique en usant d’un ton caricatural et plaisant. Après la Révolution de 1830, même si l’on réclame l’égalité de tout le peuple français, « une révolution populaire est impossible aujourd’hui ».

Il ne s’agit donc pas d’entraver le changement de société, mais de trouver un moyen de mieux y réagir. L’important est de savoir comment se comporter dans cette « démocratie de riches » dont le but est « de substituer l’exploitation de l’homme par l’intelligence à l’exploitation de l’homme par l’homme. » Il n’est pas suffisant d’avoir un talent quelconque, mais il faut aussi connaître les stratégies pour se hisser plus haut ou conserver son statut social dans ce monde où tout est institutionnalisé par le pouvoir de l’argent.

Ce que signifie « le sentiment » chez Balzac, c’est donc une pensée figurée par l’apparence matérielleL’élégance est considérée comme une arme politique, et non pas uniquement comme l’effet superflu de la mode. La classe bourgeoise montrera et affirmera sa puissance par ce truchement. C’est l’une des raisons pour laquelle la vie élégante est précisément différente du dandysme.

L’élégance que décrit Balzac doit être présente dans tous les aspects de la vie, c’est-à-dire qu’elle doit concerner non seulement le vêtement, mais aussi tous les éléments de la vie, de la maison, des meubles ou des accessoires. Balzac insiste aussi sur la simplicité et la propreté du vêtement. Il conseillait par exemple de porter des habits et des objets pas trop précieux, pour qu’ils puissent être réparés ou changés.

Cette élégance dont parle Balzac est donc de la mode : elle est non seulement rachetable, mais aussi renouvelable et évolutive. C’est le contre-exemple du dandysme qui porte toujours le même costume de la même manière.

Le dandy garde ses objets préférés toute sa vie (par exemple la collection des tabatières de Brummell), alors que la vie élégante n’a pas de fétichisme de ce genre. Le dandysme est autrement dit un mépris pour l’évolution fondée sur la « démocratie de riches ». En matière de mode, le dandysme est un anachronisme traditionnel tandis que « la vie élégante » est une évolution novatrice basée sur le capitalisme.

Nous avons dit tout à l’heure que la vie élégante est une pensée en faveur de l’ascension sociale. C’est pourquoi Balzac considère le dandysme comme une hérésie de la vie élégante. Non seulement le mot « dandy » est synonyme des Anglais s’intéressant à la mode jusqu’au début des années 1830, mais encore il diffère de la vie élégante, n’impliquant ni l’ambition politique ni l’envie d’appartenance à une classe.

Le dandysme ne contient donc aucune ardeur politique.

Faisons tout de même attention : ce manque de passion ne se traduit pas nécessairement en manque de conscience ou de pensée.

Prenons un exemple : LE dandy, George Brummell. Mais ce n’est pas le Brummell de Balzac. Le vrai Brummell a démissionné de son poste alors qu’il était « le plus jeune capitaine du plus magnifique régiment de l’armée », tout simplement pour rester à Londres. Étant bourgeois – fils du secrétaire du Premier Ministre britannique – il aurait dû se rendre à Manchester pour sa carrière militaire, et ainsi grimper l’échelle sociale.

Son biographe qualifie cette décision de « démarche folle ». Brummell n’avait cependant ni ambition ni calcul pour son avenir. Son métier – s’il en avait un – c’était l’oisiveté. C’est d’ailleurs lui qui était le vrai « homme oisif ». Alors que les autres hommes oisifs exemplaires de Balzac – les fonctionnaires, le prélat, le général, etc. – ont leurs professions ou occupations respectives, Brummell, lui, n’était qu’un inoccupé.

Il eut cependant maintes occasions d’avoir une profession et ainsi d’être riche dans sa vie : possédant une silhouette parfaite, il aurait pu même gagner sa vie en tant que modèle pour un artiste. Il aurait aussi pu publier ses mémoires pour une somme d’argent considérable. Ou bien s’il avait vendu les lettres de ses amis célèbres tels que Byron ou le futur George IV, il aurait pu au moins régler ses dettes.

Mais malgré tout il ne voulait pas gagner sa vie. Même si ses fidèles amis lui ont offert un poste du consul de Caen en 1829, il en a démissionné peu après. Il ne voulait ni gagner sa vie, ni devoir quoi que ce soit à personne. Paralysé à partir de 1834, criblé de dettes, il fut mis en prison en 1835. Ruiné, dépassé, perdant la tête en 1837, Brummell n’a plus eu la possibilité financière de soutenir le train de vie de dandy. Il a payé sa dette à la nature, oublié dans un asile d’un pays étranger… Il restera fidèle à son unique métier jusqu’à la mort : le désœuvrement.

Son refus de la production a un sens : l’indépendance vis à vis des autres. Il reste consciemment inactif. Il ne se permet pas de jouer un rôle qui ne lui appartient pas. Les uns jugeraient stupide cette impéritie en le considérant comme un cabotin. D’autres, comme Baudelaire, le considéraient, au contraire, comme héroïque.

Selon Balzac, « le dandysme est une hérésie de la vie élégante ». Bien que le dandy ne fasse rien comme l’homme de la vie élégante, il n’a pas non plus d’ambition ou de calcul pour son avenir. Il veut rester fidèle à lui-même. Il y a donc une différence de modalité de l’élégance : pour le dandy, l’élégance est déjà acquise avant qu’il ne monte l’échelle sociale (Barbey l’appelle « vocation »), alors que l’homme de la vie élégante l’apprend par une éducation.

Le dandy devient le dictateur justement et uniquement par son élégance innée, alors que l’homme de la vie élégante s’intéresse à la mode comme l’un des moyens pour arriver à la classe dominante et ainsi consolider son statut social. Le dandy veut se distinguer du milieu auquel il appartient, la vie élégante cherche une adhésion à la caste supérieure. L’élégance est une dépense pure pour le premier, elle est un investissement pour le second.

D’un certain point de vue, c’est un résultat de la différence de régimes entre deux sociétés qui engendrent ces termes : la Société anglaise du début du XIXème siècle est une monarchie absolue où l’accès à la noblesse est presque impossible, alors que la Société française vient d’adopter « la démocratie des riches », à laquelle les bourgeois nantis et les hommes ambitieux veulent et peuvent affirmer leur pouvoir par leur apparence.

La vie élégante est ainsi fondamentalement différente du dandysme.

En matière de sociabilité, Balzac partage encore les hommes élégants en trois catégories.

L’homme de la première catégorie possède « la grâce suffisante », il est un méthodique de l’élégance.

Celui de la deuxième catégorie possède quant à lui « la grâce essentielle », il est un calculateur de l’élégance.

Le troisième possède « la grâce divine et concomitante », il est aimable, délicat, naïf et naturel. Le pouvoir de ce troisième « est le grand but de la vie élégante », écrit-il. La vie élégante suprême n’est alors ni méthodique, ni calculatrice.

Balzac nous indique donc que la vraie élégance n’est finalement pas à apprendre, mais qu’elle est innée comme un titre de noblesse. Il y a ici une contradiction interne : car, comme dit Balzac, si « la vie élégante n’exclut ni la pensée ni la science, elle les consacre», elle serait donc toujours inévitablement calculée, alors que la grâce naturelle et naïve ne peut être acquise par l’apprentissage. Elle est quelque chose de spontané.

Ici, apparaît le défaut de ce Traité en tant que manuel, mais aussi son intérêt : cette contradiction implique que la vraie relation humaine dépasse la pensée calculatrice. La grâce suprême, « le pouvoir magnétique », est autrement dit une contrepartie de la hiérarchie sociale déjà établie, basée sur la richesse : on peut s’afficher élégant grâce au pouvoir économique, mais au fond la vraie élégance dépasse même ce calcul.

Barbey n’a pas moins de passion en matière de grâce : c’est d’ailleurs le point le plus divergent entre les deux auteurs. Barbey se moque de la grâce naturelle, même en parlant de la société anglaise : « Est-ce que la grâce simple, naïve, spontanée, serait un stimulant assez fort pour remuer ce monde épuisé de sensations et garrotté par des préjugés de toute sorte ? » D’ailleurs, le dandy lui aussi attire les hommes comme s’il avait une grâce, mais cette attirance est toujours artificielle et diabolique, et c’est là toute l’ironie. Elle empoisonne petit à petit son entourage et à la fin c’est lui-même qui meurt par son propre poison.

Mais justement ce pouvoir du mal était nécessaire pour le dandy. « Si sa grâce avait été plus sincère, écrit Barbey, elle n’aurait pas été si puissante; elle n’eût pas séduit et captivé une société sans naturel. » Autrement dit, c’est grâce à cet artifice unique que le bourgeois Brummell (rappelons-le : il n’était pas noble) a réussi à régner sur la société des nobles, alors que l’arrivisme y était presque impossible. Ainsi sa « grâce », ou plutôt son ironie, était un reflet de la société.

C’est pourquoi l’auteur des Diaboliques insiste sur la « vocation » de Brummell et limite le phénomène du dandysme uniquement à l’Angleterre aristocratique et protestante.

L’IMAGE DE BRUMMELL

Mon père était un domestique très respectable, mais qui avait su, lui, se tenir à sa place toute sa vie. George Brummell

Être un homme utile m’a toujours paru quelque chose de bien hideux. Charles Baudelaire, Mon cœur mis à nu.

Malgré le fort désaccord entre la vie élégante et le dandysme, l’image de Brummell plaît non seulement à Barbey mais aussi à Balzac. Balzac insère dans son Traité une conversation fictive avec Brummell, située à Boulogne. La possibilité de cette rencontre a d’ailleurs réellement existé. Brummell a en effet fait un court passage à Paris en septembre 1830, ayant été nommé consul de l’Angleterre à Caen l’année précédente.

Cette insertion de l’actualité dans son oeuvre montre l’habileté de chroniqueur de Balzac pour attirer l’attention des lecteurs. Mais ce qui est plus significatif, c’est que Brummell, « ex-dieu du dandysme », est l’arbitre de l’élégance même : si « la vie élégante » est le respect de la législation, c’est le dandy qui fait la loi. Le dandy impose la règle, et la vie élégante la suit. Mais le dandysme n’est-il pas précisément une « hérésie » pour Balzac ? Il est vrai d’ailleurs que Brummell est considéré comme l’arbitre des élégances de l’époque, mais n’était pas, pour autant, un théoricien dogmatique de la beauté.

Le dandy n’accepte la règle que pour mieux la renier.

De plus, son dandysme est, contrairement à la vie élégante, sans utilité en tant que code social. Il évite toute soumission aux lois. Citons Barbey : « (…) les dandys, de leur autorité privée, posent une règle au-dessus de celle qui régit les cercles les plus aristocratiques, les plus attachés à la tradition, et par la plaisanterie qui est un acide, et par la grâce qui est un fondant, ils parviennent à faire admettre cette règle mobile qui n’est, en fin de compte, que l’audace de leur propre personnalité.»

L’image de Brummell projetée par Balzac n’est donc plus «dandy» dans ce sens-là. C’est pourquoi Brummell est pour Balzac un « ex-dieu du dandysme ». Tandis que Barbey essaie d’esquisser « l’esprit » de Brummell, Balzac décrit Brummell dénué du dandysme pour mieux concrétiser ses dogmes (« sentiments »). Ainsi les positions de Balzac vis à vis du dandysme sont-elles variées et souvent contradictoires.

Mais signalons que ce n’est pas seulement Balzac qui veut épargner à Brummell le fait d’être qualifié de dandy : Captain Jesse, le dernier ami et premier biographe de Brummell, évite justement d’utiliser le mot dandy pour son héros : « Ce mot, écrit-il en 1844, appelle toutes sortes d’associations d’idées, qui ont pour dénominateur commun la vulgarité. » Le terme « dandy » a donc toujours un sens négatif pour cet anglais. Jesse nie naturellement l’extravagance de ce dandysme à l’époque : « (…) la seule caractéristique de la mise de Brummell était qu’elle était simple et de bon goût, ce qui va à l’encontre de l’opinion commune chez ceux qui ne l’ont pas rencontré (…)» Balzac et Jesse sont ainsi complices au point où ils rayent le nom de Brummell de la liste des dandys.

La révolution vestimentaire chez leur héros, c’est la soustraction des éléments superflus. Le principe de cette élégance repose donc sur la sobriété et sur l’accord. Mais s’il s’agit de simplicité et de bon goût, Barbey n’insiste-il pas lui aussi sur le sujet à maintes reprises ? Ces trois témoins essaient donc de sauver Brummell de l’image du dandy affublé d’un costume criard. La particularité de Barbey consiste en son affirmation sur le dandysme. Son dandysme n’est pas simplement l’apparence vestimentaire, c’est aussi, et peut-être surtout, une éthique.

Par la combinaison de l’esprit du dandysme et de Brummell, il donne un sens positif, subtil et historique à la vanité, considérée jusqu’alors comme un caractère vil et négligé. C’est pourquoi il commence Du dandysme par ces mots : « Les sentiments ont leur destinée. Il en est un contre lequel tout le monde est impitoyable : c’est la vanité. » Nous rappelons que « le sentiment » de Balzac sur l’apparence était un calcul.

Tandis que le Traité de la vie élégante est un manifeste positif pour la mode masculine, Du dandysme est un plaidoyer pour la frivolité.

Alors que Balzac essaye de transmettre l’utilité de la mode à travers l’image de Brummell, Barbey affirme son inutilité même. Balzac veut sauver l’honneur de Brummell du gouffre infernal de la vie misérable (signalons que la parution de son article date de 1830). Barbey veut contempler son agonie même avec les yeux pleinement ouverts.

LE DANDYSME SERAIT-IL FINALEMENT STRICTEMENT ANGLAIS ET LA VIE ÉLÉGANTE FRANÇAISE ?

Nous avons rapidement examiné la différence entre « la vie élégante » balzacienne et « le dandysme » d’Aurevillien. La devise de Balzac (« le dandysme est une hérésie de la vie élégante ») semble donc une idée plutôt raisonnable.

Pourtant elle est discutable car le dandysme est antérieur à la vie élégante qui est apparue après l’Ancien Régime, durant lequel l’éthique du dandysme existait déjà. Comment donc être une hérésie de quelque chose qui est apparu après ?

Dans ce sens-là, c’est la vie élégante qui serait plutôt une hérésie du dandysme. Mais il est vrai cependant que la vie élégante a envahi progressivement la société française après la Monarchie de Juillet, faisant ainsi du dandysme une forme d’hérésie.

C’est à partir de ce moment-là que le dandysme figurera la résistance héroïque contre la démocratie dans laquelle la valeur aristocratique perd de son aura.

Balzac est bien conscient de son époque : la société française adopte une démocratie basée sur la richesse. L’homme de la vie élégante se distingue manifestement des gentilshommes de l’Ancien Régime. Le paraître du premier consiste dans la richesse, celui du dernier consiste dans le titre de noblesse.

La parution de son Traité correspond donc non seulement au surgissement de la bourgeoisie, mais aussi à celui du capitalisme. C’est d’ailleurs grâce à la révolution industrielle que le tissu est produit à un prix raisonnable et que le vêtement devient plus accessible au petit bourgeois. Cette révolution contribue aussi à l’évolution de l’apparence masculine. Il y a désormais une mode pour l’homme.

La distinction d’apparence sert toujours à la classification sociale, mais dans la vie élégante il y a une liberté vestimentaire pour les peuples. La vie élégante n’est pas, dans ce sens, purement matérielle : elle exige « un sentiment », un calcul pour s’anoblir.

C’est une pensée pour mieux agir dans la société démocratique par le truchement de l’apparence. Ainsi, après la Révolution de 1830, une nouvelle caste affichant son élégance domine la société française. Dans ce sens-là, Le Traité de la vie élégante sert de manuel à cette nouvelle classe sociale. Il montre une appartenance et décrit l’uniforme de la bourgeoisie.

Quant au dandysme, il est considéré en France comme un phénomène de mode anglais jusqu’à la fin des années 1830. Le dandy signifie un homme vaniteux, s’intéressant exclusivement à son apparence. Son image est matériellement figurée par le costume criard et par la fameuse cravate blanche de Brummell.

Balzac emploie Brummell comme effigie de son Traité en lui donnant le rôle de conseiller de l’élégance. L’auteur sauve ainsi l’honneur de « Beau » Brummell du mot dandy fortement déprécié. Quinze ans après Barbey d’Aurevilly entame lui aussi le changement de l’image brummellienne. Mais son entreprise implique la transformation du dandysme même.

Non seulement il nie le dandy perçu comme une poupée déguisée, mais encore il essaye de décrire « l’esprit » du dandysme. Pour autant, cet esprit n’est pas autre chose que de la vanité. Bien que la vanité soit considérée comme un vice et ainsi méprisée jusqu’alors, il confirme la valeur de ce « vice » même. Barbey riposte à Balzac en montrant la pensée propre au dandysme. Tandis que Balzac vulgarise la mode masculine avec son Traité, Barbey réhabilite la vanité comme une qualité d’homme dans son Dandysme.

La différence entre ces deux textes procède donc de deux sociétés particulièrement dissemblables : alors que le dandysme est engendré par la monarchie absolue en Angleterre, la vie élégante surgit de la démocratie basée sur le capitalisme en France.

Ces deux essais ont ainsi une valeur comme critique sociale.

NB*: Ce texte est directement issu des remarquables travaux de Renta Komuro, dont nous reprenons in extenso de nombreux passages. merci à lui pour ce formidable travail de recherche et d’analyse.

[Source : http://www.parisiangentleman.com]

« Tout enfant, j’ai senti dans mon cœur deux sentiments contradictoires : l’horreur de la vie et l’extase de la vie. » (Mon coeur mis à nu) Ce 12 avril 2021, La Poste émettra un timbre à l’effigie du poète Charles Baudelaire, à l’occasion du bicentenaire de sa naissance. Dans les deux volumes, Les Fleurs du mal (1857) et Les Paradis artificiels (1860), il n’aura cessé d’explorer la dualité entre la violence et la volupté, le bien et le mal, la beauté et la laideur, le ciel et l’enfer… 

ActuaLitté

Orphelin de père à six ans, le jeune Charles Baudelaire n’accepte pas le remariage de sa mère avec le futur général Aupick, symbole des valeurs bourgeoises qu’il déteste. Pour couper court à la vie dissipée qu’il mène après son baccalauréat, sa famille lui impose en 1841 d’embarquer sur un navire.

Il n’ira pas plus loin que l’île Maurice, mais ce voyage aura une résonance déterminante sur son œuvre : la mer, les parfums, l’exotisme, l’ailleurs inspireront à jamais le poète dans son insatiable et désespérée quête du beau. De retour à Paris en 1842, il se mêle à la bohème littéraire, mène une vie de dandy et flambe l’héritage paternel.

Tout en étant fin critique d’art et traducteur d’Edgar Poe, Baudelaire travaille depuis dix ans à un recueil de poèmes. À leur parution, Les Fleurs du mal font scandale. Baudelaire est condamné pour immoralité, ce qui l’affecte durablement. En proie à un spleen profond, à un mal-être que les stupéfiants calment et réveillent en même temps, sa santé se détériore. Après un exil en Belgique, il s’éteint à quarante-six ans.

Sur le fond comme sur la forme, Baudelaire a rompu avec la poésie traditionnelle. Précurseur du symbolisme, s’affranchissant du romantisme, il a ouvert la voie de la modernité. Deux cents ans après sa naissance, la voix envoûtante et désolée de ce poète majeur, qui transcende la réalité pour dire l’accablement des âmes et leur indéfectible espérance, n’a jamais été aussi vivante.

[Source : http://www.actualitte.com]

L’acteur qui incarnait «le plus grand des voleurs», chanté par Jacques Dutronc, est décédé samedi d’un cancer. Georges Descrières a donné une élégance particulière au personnage de Maurice Leblanc

Écrit par Nicolas Dufour

C’était un certain Arsène Lupin. Avec le panache, l’élégance et la parole ourlée qu’il fallait au personnage, même si cette interprétation-là n’est pas allée sans débats. L’acteur Georges Descrières a succombé d’un cancer samedi matin à Cannes, à l’âge de 83 ans. Il restera dans les mémoires pour son interprétation du gentleman cambrioleur dans une série TV des années 1970.

Avant, et bien après, cette gloire télévisuelle, Georges Descrières, né en 1930, fut acteur de théâtre, surtout au sein de la Comédie-Française. Il y était entré en 1955 comme pensionnaire, en devint sociétaire en 1958. Il fut d’ailleurs le doyen de fonction le plus jeune de la vénérable institution, qu’il n’a quittée qu’en 1985. À la fin des années 1980, il s’est retiré dans le sud de la France, créant et dirigeant le conservatoire de Grasse, indique Le Point, qui a annoncé sa disparition.

Hormis quelques apparitions au cinéma, c’est donc par la télévision que l’acteur a atteint le grand public. Vaste coproduction européenne associant les services publics de huit pays, dont l’ancienne TSR, «Arsène Lupin» a démarré en 1971 pour deux saisons totalisant 26 épisodes, jusqu’en 1974. La série est aussi devenue fameuse grâce à la chanson du générique, composée et interprétée par Jacques Dutronc. La tendance était alors aux héros un brin dandies, et se baladant dans les paysages d’Europe: en 1971 aussi, les Anglais lançaient «Amicalement Vôtre». Une autre formule, reposant sur le tandem britannico-américain formé par Roger Moore et Tony Curtis, mais qui situait aussi ses intrigues un peu criminelles sous les cieux d’Europe, de préférence les plus cléments, au sud.

Incarner Arsène Lupin, personnage qui a ses fervents amateurs depuis 1907, représentait un défi plus complexe qu’il n’y paraissait. Par nature, le héros de Maurice Leblanc est protéiforme, non seulement parce qu’il est maître des déguisements, mais parce qu’il se révèle, en soi, toujours fuyant, à quelques exceptions près, de rares scènes où il s’épanche.

Georges Descrières et les auteurs de la série avaient fait le choix de miser sur une certaine majesté de la figure lupinienne. Certains ont pu déplorer qu’il ne soit pas plus jeune, et que sa malice n’apparaissait pas vraiment au long des 26 épisodes, marqués par les conquêtes féminines du cambrioleur. En revanche, avec l’acteur Yvon Bouchard en Grognard, «Les Aventures d’Arsène Lupin» trouvaient leur excellent second rôle, tout à fait en adéquation avec la superbe de Georges Descrières. Celui-ci, par son rire gourmand et généreux, vorace parfois, constituera une tranche d’histoire de la fiction télévisuelle française.

 

[Source : http://www.letemps.ch]

 

«Paul Nizon: Un Clou dans la tête» rencontre l’écrivain bernois dans son exil parisien pour évoquer avec ce grand solitaire une quête existentielle sans concession

Paul Nizon

Écrit par Antoine Duplan

Dans son grand manteau gris, l’œil aux aguets, il arpente les rues grises de Paris. Ce Pervers Pépère dont l’allure ravive le souvenir de Léautaud, c’est Paul Nizon, illustre écrivain alémanique, «grand magicien de la langue allemande» selon Le Monde, exilé depuis 1977 dans la capitale française. Né à Berne en 1929, il prend tôt conscience de «l’horrible étroitesse bernoise». En 1964, Canto suscite l’enthousiasme de la critique. Sacré star des lettres germanophones, le pionnier de l’autofiction n’en reste pas moins plein de colère. Il vitupère la «vie zurichoise mesquine et subalterne», vomit l’inertie intellectuelle et morale de la Suisse selon un schéma très en vogue à l’époque.

En fondant une famille, il faillit à ses principes selon lesquels l’art implique une solitude extrême. Il se remet en accord avec lui-même en abandonnant femme, enfants et chien. En pleine dépression, il prend un train de nuit pour Paris, cette «ville froide et dédaigneuse» où il se sent bien. Devenu un «apatride», un «être flottant», il se terre avec sa machine à écrire dans un appartement minuscule au fond d’une cour intérieure.

Fasciné par «les artistes à la vie agitée», Christoph Kuhn leur a consacré plusieurs films, tels Nicolas Bouvier, 22 Hospital Street, qui démontre le principe selon lequel le voyage mental importe davantage que le déplacement physique, Bruno Manser – Laki Penan, qui évoque la vie et l’évaporation de l’écologiste appenzellois dans la forêt de Bornéo, ou Alfonsina, qui fait revivre une poétesse argentine née au Tessin. Avec Paul Nizon: Un Clou dans la tête, le documentariste zougois a enfin l’occasion de se confronter à un personnage vivant. Avec l’inconvénient que son film, fort prolixe, ressemble plus à un chapitre de la collection Plans-Fixes qu’à un documentaire de création. Quant aux tentatives de sortir de l’interview filmée, comme mettre en scène le voisin au pigeon ou ce clochard vu comme un quêteur de sens, ne sont guère probantes.

Petite épitaphe

Il reste une confrontation stimulante avec un nonagénaire dont les années n’ont pas émoussé la colère, un esprit vif qui s’entretient par l’alcool et la cigarette, un imprécateur qui a tout abjuré sauf la machine à écrire, un désespéré aux appétits insatiables affirmant qu’il célèbre la vie autant qu’il a envie de la perdre. Ayant tout sacrifié à la littérature, le dandy décati redit son credo: «La vie n’est riche, profonde, prodigieuse, que parce qu’elle passe par l’écriture.» Il ouvre le Larousse, lit l’article qui lui est consacré. Le dictionnaire évoque sa «prose sensuelle et raffinée». Il reste songeur, dit doucement en français «voilà», petite épitaphe pour une grande vanité…

Un Clou dans la tête emprunte son titre au dernier livre de Paul Nizon, celui qu’il a commencé il y a douze ans et qu’il ne finira pas, celui qu’il laisse «comme un cadavre»…


Paul Nizon: Un Clou dans la tête (Paul Nizon: Der Nagel im Kopf), de Christoph Kuhn (Suisse, 2020), 1h20. Sur Filmingo.

 

[Source : http://www.letemps.ch]

El 2020 debería ser recordado como el año de los grandes documentales del cine español y, uno de ellos, es “Anatomía de un dandy“, que trata sobre uno de los mayores escritores españoles del siglo XX pero que, curiosamente, es conocido por la mayoría de la población por aparecer en ese programa de televisión donde irascible gritaba “He venido a hablar de mi libro”. Estamos hablando de Francisco Umbral sobre el cual uno de los personajes invitados a participar en este trabajo comenta “es junto a Sabina y a Almodóvar el gran cronista sobre Madrid de las décadas de los 80 y 90”.

El documental “Anatomía de un dandy”, codirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, se centra en el apartado más personal de Francisco Pérez, un joven que firmaba con este nombre sus primeros artículos en “El norte de Castilla”, en Valladolid; un joven que adoraba a su madre y que sufrió mucho la ausencia de su padre; y que le cambió la vida para siempre el nacimiento y fallecimiento, con tan solo cinco años, de su hijo Pincho. Un escritor con más de 10.000 artículos publicados y más de 100 libros; un escritor cuya crónica de contraportada en “El País” y luego en “El Mundo” tenía más de un millón de lectores diarios; un escritor que se convirtió en toda una figura mediática, con su dialéctica afilada y su figura trabajada, apareciendo en multitud de programas televisivos.

Así, a través de múltiples entrevistas, con la voz en off de Aitana Sánchez Gijón, con su propia viuda, María España Suárez, y con un gran número de amigos de Umbral como Ramoncín, Raúl del Pozo, Juan Cruz, Manuel Jabois, Pedro J. Ramírez, Ángel Antonio Herrera, Antonio Lucas, David Gistau y Victoria Vera, conoceremos más sobre el escritor que ganó los premios más importantes de la literatura castellana pero que, sin embargo, nunca llegó a formar parte de la Real Academia Española.

Nota El Blog de Cine Español: 7

[Fuente: http://www.elblogdecineespanol.com]

De Manet a Picasso a…

«Le Déjeuner sur l’herbe», de Édouard Manet

Escrito por Guillermo Amaya Brenes

‘Le Déjeuner sur l’herbe’ fue la obra que dio a conocer a Édouard Manet de un día a otro. La causa, como suele ocurrir en la historia del arte, no fue la buena acogida que tuvo sino todo lo contrario. Esta obra fue rechazada en el Salón de París de 1863 (exposición oficial de la Academia de Bellas Artes de París) y expuesta en el Salon de Refusés (Salón de los rechazados), que surge como alternativa al hermetismo academicista de aquel momento.

¿Por qué esta obra fue rechazada? Los motivos son múltiples y en todos los casos significativos en cuanto a lo que supone el impresionismo como antesala del arte moderno:

– Temática. La mayor parte de las reprobaciones vertidas sobre la obra, lo que escandalizaba era el tema que se trataba en ella. La yuxtaposición de las cuatro figuras que aparecen en esta (dos hombres vestidos, una mujer desnuda y otra semidesnuda) atacaba a la moralidad de la época. Además, los hombres visten ropas al estilo de los dandis, lo que deja entrever su pertenencia a una clase social media-alta.

– Técnica. Muchas de las críticas que se centraban en el aspecto técnico de la obra se dirigieron hacia los fuertes contrastes tonales utilizados. En la época era habitual el uso de sutiles degradaciones cromáticas y tonales que favorecía la visión del paisaje en cuestión. Con la aplicación de dichos contrastes, Manet consigue que el juego de luces y sombras otorgue un protagonismo indiscutible a la controvertida escena. De manera similar, Manet muestra un mayor esfuerzo en las pinceladas de las figuras humanas que en las vegetales, afianzando el foco de atención sobre estas figuras. Una excepción en toda esa lluvia de críticas fue el bodegón que aparece en el primer plano a la izquierda. La mayoría de los críticos coincidía en la brillantez y exquisitez de la aplicación de la luz y el modelado a la hora de llevar a cabo dicho bodegón.

– Composición. En ‘Le Déjeuner sur l’herbe’ Manet desafía también el uso de la perspectiva que predominaba desde el renacimiento, rompiendo el sentido real de la profundidad y la proporción. Las figuras son planas y la figura del fondo no guarda una coherencia proporcional respecto al resto de figuras ni de elementos (como la barca). En esta obra se puede entrever la incipiente influencia oriental en la trayectoria de Manet.

– Polémicas forzadas. En toda la escena únicamente aparecen dos animales, una rana en la esquina inferior izquierda y un pinzón en la parte central superior. Muy posiblemente ambos son integrados por el artista sin ninguna intención más que la de añadir elementos propios del paisaje representado. No obstante, se dijo que la rana podría ser una sutil burla a Tiziano, ya que ‘Le Déjeuner sur l’herbe’ parecía un homenaje a “Concierto campestre‟ del maestro renacentista italiano. En cuanto al pinzón se decía que se alzaba en la obra como lo hacen las palomas en multitud de obras religiosas, representando al espíritu santo. Una comparación que podría suponer una mayor ofensa para los sectores conservadores.

Todos estos elementos controvertidos, sumados a otras obras de Manet y la de otros artistas de aquel momento implicaron cambios dentro del impresionismo, cuestionando las estrictas pautas academicistas y suponiendo una evolución en la pintura y en la historia del arte. Como decíamos, surge la antesala del arte moderno con todo lo que ello conlleva. Muy probablemente todos esos aspectos “revolucionarios” en ‘Le Déjeuner su l’herbe’ fueron los que Pablo Picasso se fijara y casi se obsesionara con esta obra.

La relación entre Manet y Picasso gira al modo circular del eterno retorno. En su inagotable girar, los/as 17 artistas invitados/as a esta exposición, convergen y toman parte de esa ineludible obligación que consiste en beber continuamente de las fuentes de la historia del arte.

En la Galería César Sastre de Sevilla podéis apreciar con detalles todas y cada una de las obras de estos 17 artistas invitados que nombramos a continuación.

Ángel Alén, Simón Arrebola, Montse Caraballo, Juan José Fuentes, Marijosé Gallardo, Abel García, Concha Gavilán, Rafael Jiménez, Miki Leal, Pablo Merchante, Pedro Mora Frutos, Javier Parrilla, José Miguel Pereñíguez, Cristóbal Quintero, Lucía Tello, Miguel Scheroff, Concha Ybarra.

 

[Fuente: http://www.pressenza.com]

Eirín, a vella Irlanda, é o espello no que se mirarán os pobos asoballados, negados, entre eles a súa “irmá celta, filla do pai Breogán: Galiza”. Fixérono aqueles que seguían os mozos que en 1856 brindaron en Conxo pola liberdade, os que naquel romanticismo cantarían “Érguete Galiza e anda / como en Irlanda, como en Irlanda…” e a lección seguiu. Eis unha aproximación ao panceltismo, á figura de Yeats e á súa vinculación con ‘Nós’. 
Imaxe do intelectual Vicente Risco. (Foto: Nós Diario)

Vicente Risco

Un artigo de Felipe Senén
O Romanticismo abre portas ao Modernismo e faino cun fondo sentimento esteticista e simbolista. O Dublín contrafío está nas miras creativas, o de Oscar Wilde, de George Bernard Shaw, membros do Rhymmers Club, como Willians Morris. Agrupación masculina, elitista, constituída nun pub da metrópole londiniense , o “Cheshire Chesee”. Entón a personalidade e a sona dun dos seus fundadores, o poeta Willian Butler Yeats, atrae mozos creadores para acollerse baixo as saudades e as sombras de misterio do seu “Celtic Twiling” (“O crepúsculo Celta”). Antoloxía de inspiradores mitos que acontecen nesa iteración paisaxe/paisanaxe, entre panteísmo e simbolismo adubados coa saudade celta, a señardade polo Paraíso Perdido.

Comportamentos e asuntos seguidos nos parladoiros de café, no Ateneo de Madrid. Un destes curiosos concorrentes era Vicente Risco, mesmo Otero Pedraio e a cousa espallábase. Seguidores do tratado nos selectivos cenáculos nigrománticos de Mario Rosso de Luna, masón, astrónomo, teósofo, coñecido como o “Mago roxo de Logrosán”, introducido e introdutor do ocultismo, tradutor e difusor das obras de Madame Blavatsky (1831-1891), coñecedora de arqueoloxías orientais e clásicas, fundadora da londiniense Sociedade Teosófica, grupo ao que se incorporou un Yeats portador de ansias druídicas celtas irlandesas, de magos e meigas.

Risco xa coñecía as obras da Blavastsky, as que lle regalara a condesa ourensá de Atalaya Bermeja, caracterizada pola súa cultura e esteticismo. Inquedanzas que translocen na revista La Centuria (1917-18) onde Risco é o “armadanzas” que pide e recibe colaboracións dos escritores de misterios, “diferentes”, para da singularidade pór os pés na terra, “célula de universalidade” e así nacer Nós, plural e culturalmente maxestático.

Yeats e a revolución cultural irlandesa: O Renacemento celta

Irlanda está enguedellada nunha historia labiríntica con fondas raiceiras nos seus megálitos prehistóricos, nos hillforts, como castros; na Pedra do Destino, símbolo do pobo, que se di levada aos outeiros de Tara por Ith, fillo de Breogán; nos senlleiros eremitorios e nos recintos monacais, coutos onde se vencella ao pobo, a toque de campá sagrada, a venerar e compartir cálices, lecturas de libros miniados que contaban sagas, asceses… Confín de illas, montes, pedras e fontes sacras, onde aínda se segue a memorar e se imita os druídas en festas panteístas. Onde continúa vivo, entre novos ritos de taberna, entre paisaxe e paisanaxe, o canto dos bardos, contando o sufrido no camiño, as nostalxias do perdido. Celtismo, filosofía ao fin e ao cabo tinxida de orientalismo orixinario.

O pobo irlandés e o dublinés Willian Butler Yeats dalgún modo reaccionan fronte á colonización e á conseguinte aculturación que sufría o seu país. A súa proposta é unha revolución cultural: a recuperación tradicional e a anovación do espírito de Eirín, o “Renacemento celta”.

Risco, escudriñador de canto acontecía na Europa, entre xermanismo, mediterraneísmo, nordismo e outros ismos, atopa no Renacemento celta irlandés paralelismo co seu sentir: a teoría do un entre os demais, o misterio, o panteísmo, a teosofía, o sentimento político de Terra, as raiceiras orientais, indoeuropeas, revestidas de dandismo fronte ao esperpento.

A importancia do teatro, da escenografía, a posta en escena dun país

Nada mellor para coñecer Yeats que lelo en boas traducións. Na revista Nós intentárono e abriron camiños, para mellor tripar a súa terra, Irlanda: de Dublín –onde naceu no barrio de Sandymount un 13 de xuño de 1865– ao condado de Sligo, e alí Drumcliffe, onde está enterrado a carón do Monte Sacro do Ben Bulben, de obrigada peregrinación céltica.

En Dublín, cidade con nostalxias dos escritores Jonathan Swift, de Samuel Beckett, Joyce, Oscar Wilde, Yeats, Bran Stoker… pasaremos pola Biblioteca Nacional de Irlanda, a carón do Museo Nacional do Eire, que un non debe perder a fin de afirmar os vencellos coa Galiza. Nesa biblioteca atoparemos unha exposición permanente dedicada a Yeats, coas doazóns da súa muller Georgie e do seu fillo Michael: manuscritos, obxectos das súas devocións, guións para radio, debuxos, pezas de teatro, psicografías para ritos ocultistas e até facturas e declaracións da renda. Modelo de exposición en fondo e forma, espazos sobre a que pousa e se contaxia o ambiente de misterio e saudades celtas, como guiada polas estrelas, entre dous legados, o das raíces e o das alas da poesía.

Teoría e praxe pola que se entende a necesidade de coidar o que se fai, o que nos define, tanto como o mesmo fin. Preocupado polas edicións do libro: papel, tipografía, ilustración, encadernación. Suxestiva exposición onde manda o humanismo sobre a virtualidade.

Apuntes sobre a vida de Yeats

Willian Butler Yeats por parte de nai proviña do condado de Sligo, do clan familiar dos Pollxfen e dos Midleton, de oficio muiñeiros. O seu bisavó e avó paterno foran pastores protestantes, mentres que o seu pai, John Butler Yeats, formouse en xurisprudencia. Casado con Susan Pollexfen, deixará os litixios para cultivar a pintura e a través dela e da súa tendencia expresionista interpretar a paisaxe irlandesa. Pintor que marca hoxe un fito na contemporaneidade irlandesa. Os problemas económicos afundiron a nai nunha depresión.

En 1889 Yeats coñece na casa familiar Maud Gonne, a que lle semellou como “provir dun pasado lendario”: revolucionaria irlandesa, musa pola que profesa un amor platónico non correspondido. Outra das íntimas colaboradoras de Yeats no que significaban as artes escénicas, as que entende tan necesarias para revitalización da cultura, foi Lady Augusta Gregory, cofundadora do Abbey Theatre, con concorrido parladoiro. Teimudo coa idea de crear un Teatro Nacional irlandés, o que conseguiron en 1899.

Tendo 23 anos Yeats participa na Sociedade Hermética de Dublín e na Irmandade Republicana. Sen deixar nunca de sentirse atraído polas tradicións e polos misterios ocultos (por descoñecidos) do seu pobo, nas que atopa inspiración para unha serie recentemente recollida no volume Mitoloxías.

Yeats casa en 1917 con Georgie Hyde, ela con 25, el con 52, tamén, como el, e por tradición que considera “celta” fascinada polo ocultismo, o Trasmundo e as influencias astrais. Sentimentos como unha peregrinación interior, ascese entre o caos e o cosmos, o ben e o mal, a vida e a morte. Curioso e insatisfeito matrimonio do que naceu Anne (1919) e Michael (1921).

En 1884 Yeats matricúlase na escola de arte de Dublín a un tempo que comezan a espallarse os seus poemas de A peregrinaxe de Osin e outros poemas como “A illa do Lago de Innisfree” (1889). O alzamento irlandés de Pascua de 1916 pilla a Yeats en Londres, cidade na que ademais Ezra Pound o introduce na estética teatral xaponesa. Escribe entón “Easter 1916” “Sixteen Daead Men”, “The Rose Tree”, “ On a Political Prisoner”, páxinas cheas de admiración ao alzamento da súa nación e de pesar polos mortos… Libros tramados desde o prisma teosófico, co misterio da numeroloxía. Poemas que se espallaron por Europa e que atopan solidariedade coa causa irlandesa e co Irish Republican Army (IRA). Vicente Risco será un dos seducidos e tomará nota para a súa aventura.

En 1922 Yeats é elixido senador, doutor honoris causa do Trinity College e en 1923 concédeselle o Nobel, que considerará como un premio a Irlanda “Europe´s welcome to the Free State” (“Benvida Europa ao Estado Libre”). En 1925 publica “A visión”, sobre esa súa ansia de querer saber o que pasa tras as cancelas do Trasmundo. Tres anos despois ve a luz “A Torre”, poema no que segue a expresar esa teima pola asces: da nenez á decrepitude da vellez, cara á espiritualidade, como un modo de peregrinación mistérica oriental, coincidente coas tradicións celtas. Os cadernos vellez están escritos na fermosísima e selecta vila amalfitana de Rapallo.

Un 28 de xaneiro de 1939 morre na costa azul, en Rocabrune, cando seguía a tratar temas célticos arredor de Cuchulain e da identidade.

 

[Fonte: http://www.nosdiario.gal]

‘Corazón tan blanco’ te golpea desde la primera página, creando una atmósfera densa, hiperrealista, asfixiante, con fogonazos líricos y perplejidades de tinte onírico

Cuando se habla de un clásico del pasado no se asume ningún riesgo, pues el tiempo ya ha emitido su dictamen y hay unanimidad sobre el valor de una obra. A veces, en un ejercicio de terrorismo intelectual, algún crítico cuestiona los méritos de libros consagrados, pero esas valoraciones intempestivas se quedan en el terreno de lo anecdótico. Aunque Paul Groussac y, más tarde, Borges, se mofen de la “prosa de sobremesa” del Quijote, sus sarcasmos no sientan escuela. Siempre es más arriesgado hablar de los clásicos del mañana, señalando las obras que en el futuro gozarán de esa consideración. Personalmente, creo que el valor de la crítica literaria reside en asumir riesgos. Si no se hace, se rehúye la responsabilidad esencial del que comete la temeridad de juzgar un libro. Yo me atrevo a aventurar que Corazón tan blanco, de Javier Marías, será uno de los clásicos del mañana. Con una prosa intensa y, en algunos momentos, áspera, nada complaciente con malabarismos y florituras, desciende a esos pozos del alma humana que casi no nos atrevemos a mirar, especialmente porque sabemos que algo de nuestro yo chapotea en ese cieno.

No conozco a Javier Marías y creo improbable que algún día lleguemos a hablar, pues su fama de escritor reservado y algo huraño le sitúa en un dominio semejante al de Glenn Gould y Bobby Fischer, dos genios que huyeron del ruido del mundo. Creo que mi existencia es más anómala que la suya, pues desde hace casi veinte años vivo en las afueras de un pueblo de Madrid, feliz en mi aislamiento y con una curiosidad decreciente hacia las actividades que alteran mi rutina. Javier Marías parece estar más conectado al mundo, pese a que no tiene móvil –creo-, no frecuenta las redes sociales, utiliza máquina de escribir y no ordenador, y cultiva los malentendidos alrededor de su persona, disfrutando no sin cierta malicia con su capacidad de desconcertar e irritar. Le guste o no, pertenece al círculo selecto de los raros. Yo no me incluyo ahí. Sería presunción, pero sé que no vivo como los demás. ¿Podríamos entendernos? Lo dudo. Los que han elegido instalarse en la periferia de la normalidad, suelen ser intratables y no soportan toparse con alguien que tal vez les recuerde algo de sí mismos. Lo previsible es que si, por azar, llegan a encontrarse, se detesten cordialmente. O quizás sin ninguna cordialidad.

¿Es un hombre malvado Javier Marías, como Thomas Bernhard, siempre predispuesto al denuesto y el improperio? ¿Es uno de esos “viejos cabrones” –cito palabras suyas- que aprovechan la gloria para cerrar el paso a una nueva generación de escritores? ¿Es machista, como dicen algunos? Presumo que no es malvado. No sé cómo será en la intimidad, pero no ha cometido ninguna felonía de dominio público. Nadie puede reprocharle una vileza que haya dejado una mancha indeleble. ¿Viejo y cabrón? Joven no es, desde luego. Yo tampoco, pero eso no es un defecto, sino un irreversible hecho biológico. En este caso, cabrón es un pleonasmo, un sinónimo de malvado. Ya me he pronunciado en ese sentido. ¿Tapón generacional? Me parece que Marías tiene razón cuando dice que el éxito es una combinación de talento y suerte. Salvo que se dedique a boicotear carreras de una forma silenciosa y artera, no creo que se le pueda endosar esa actitud obstruccionista. Menos fundada aún me parece la acusación de machismo. Marías se ha pronunciado en contra de la discriminación sexual muchas veces. No ahora, sino desde hace mucho tiempo. Ahí está la hemeroteca para comprobarlo. Eso sí, se ha obsesionado con los vituperios de las feministas radicales, mostrándose vulnerable, lo cual solo ha provocado que los ataques se recrudecieran. Marías es humano. No le hizo mucha gracia cuando le dieron por muerto, propagando la noticia por las redes sociales. Entonces escribió que se había puesto de moda ser idiota y parecerlo. Es cierto. Ya no se estila mentir para fingir inteligencia, sino mostrar abiertamente la propia estupidez. En una época donde la política cada vez se parece más a un reality show, resulta difícil no darle la razón.

Exquisito, distante e incisivo, Javier Marías pertenece a la estirpe de los malditos. Es una especie de Oscar Wilde posmoderno, un dandi que desdeña los premios, un plumífero al que no le importa tocar las narices, un gruñón que siempre va en la dirección contraria. Cuando en un futuro se escriban biografías sobre él, los investigadores se enfrentarán a una figura extremadamente compleja y con infinidad de opacidades. Un escritor con una vida plagada de secretos. ¿Pretende Javier Marías ser un personaje de Hitchcock? ¿Una especie de Madeline Elster, la misteriosa mujer de Vértigo? ¿Quizás un Johnnie Aysgarth (Cary Grant, Sospecha), pero sin su lado frívolo? No me cuesta trabajo imaginarlo subiendo unas escaleras suntuosas con un vaso de leche sobre un plato, sin saber si pretende tener un detalle o envenenarte. Su alta estima hacia Juan Benet, otro de los intratables, solo acentúa la sensación de estar ante uno de esos autores que parecen emular al Waldo Lydecker de Laura, la genial película de Otto Preminger, un snob incurable, un pedante, por utilizar un término que –según las entrevistas- no le incomoda. Su fama de arisco y huidizo –no voy a negarlo- siempre ha concitado mi simpatía. Quizás porque ha desafiado a tirios y troyanos, poniéndose el mundo por montera. Nunca le ha quitado el sueño ser incorrecto. O, al menos, no le ha desvelado de forma duradera. Ejerce su libertad con sana impertinencia, metiendo los pies en los charcos con la satisfacción de un niño que hace caso omiso de los adultos.

He de admitir que leo poco a mis contemporáneos. Desde hacía tiempo, tenía en casa Corazón tan blanco y solo había hecho calas, experimentando la impresión de que se trataba tan solo de un vástago del universo de Faulkner. No una copia, pero sí algo poco original. Por esas razones que no sabría explicar, hace poco experimenté la necesidad de comprobar si tenía razón. Escuché a Marías hablando de lo que había representado Faulkner para muchos escritores. El ruido y la furiaAbsalon, AbsalonSantuario o Luz de agosto no habían sido simples lecturas, sino auténticos puntos de partida. La grandeza de un autor no reside tan solo en crear un orbe literario cerrado, sino en expandir la creatividad de otros. Borges es punto y final. No alumbra nuevos brotes. En cambio, Faulkner sí lo hace. Es suelo fértil, un árbol en el que no dejan de crecer ramas y hojas. Javier Marías es una de esas ramas, pero con una personalidad propia. No es un simple imitador, sino un creador con un estilo propio y sumamente original. No es un bello estilo, al modo del neobarroco o el lirismo del realismo mágico, sino una prosa con un timbre poderoso y bizarro. Una prosa caudalosa, de frase larga y con hondo calado. A Marías no le preocupa escribir bonito. Es capaz de utilizar expresiones crudas, antiestéticas, como “ser dejado” en vez de “ser abandonado”, o “gente habanera”, correcto pero con una eufonía dudosa. Esos rasgos de desaliño son parte de una identidad literaria que prefiere la profundidad a una bella superficie. Corazón tan blanco te golpea desde la primera página, creando una atmósfera densa, hiperrealista, asfixiante, con fogonazos líricos y perplejidades de tinte onírico. Nos hace sentir que la realidad es una pesadilla, una telaraña en la que se retuercen nuestras vidas, esperando ser devoradas.

No creo que sea posible comentar una obra literaria sin incurrir en el spoiler, pero esta vez omitiré el desenlace. Me limitaré a narrar el espanto que produce el clímax, una explosión de crueldad, estupor y fatalismo, sin ningún ápice de compasión y sin –afortunadamente- ningún moralismo. Marías no es un maestro de escuela que pretende aleccionar, sino ese vecino misterioso que tal vez esconde un cadáver en el armario. El protagonista de Corazón tan blanco se llama Juan Ranz y es traductor simultáneo en foros internacionales. Se ha especulado que Marías es Juan, pero yo tiendo a pensar que se parece más bien a su padre, del que solo conocemos el apellido, un prestigioso crítico de arte que –tras descartar la carrera diplomática- trabaja un tiempo en el Museo del Prado y, más tarde, se dedica a asesorar las compras de millonarios que desean adquirir piezas de valor. Ranz es ligeramente venal. A veces confunde –o engaña- a sus clientes, minimizando o exagerando el valor de las obras. Colaboran con él los Custorday, padre e hijo, dos copistas que no hacen ascos a la falsificación. Cínico, elegante, refinado, Ranz es un seductor al que le gusta llevar la gabardina sobre los hombros. Es un gesto de coquetería que solo comenzará a abandonar en la vejez, introduciendo los brazos en las mangas. Ha enviudado tres veces. Su primera mujer, Gloria, era cubana y murió al año de casarse, víctima de un incendio. La segunda, Teresa, se suicidó poco después del viaje de bodas, pegándose un tiro en el pecho delante de un espejo. La tercera, Juana, engendró a Juan, su único hijo y murió por causas naturales. Marías reúne todos los elementos del folletín, pero los transforma en una profunda investigación sobre las emociones humanas, sin transigir con estereotipos. Además, añade una intriga casi policial, donde se advierte la influencia de Hitchcock, sembrando sospechas, presentimientos y paradojas. ¿Cuál es el McGuffin esta vez? El secreto, que pasa de un personaje a otro, planteando la duda de si es mejor esclarecerlo o preservarlo. Siempre queremos saber, pero a veces es mejor no saber. Los secretos nos protegen. La verdad no siempre es liberadora. Un mundo sin secretos sería una pesadilla. Sin intimidad, no hay libertad. Vivir en un escaparte significaría perder la capacidad de dejar el pasado atrás, avanzando hacia nuevos escenarios.

La obsesión por la intimidad circula por toda la novela. Cuando se casa con Luisa, Juan –cuyo nombre tarda en aparecer, creando la sensación de que leemos un texto precursor de la literatura del yo- siente que sus hábitos, sus convicciones y su apreciación del mundo han quedado suspendidos. Casarse implica un aniquilamiento mutuo. Los dos cónyuges dejan de ser los que eran, abocados a fundirse en un rutina común que destruye sus espacios originarios. El amor nos transforma en otros donde muchas veces no nos reconocemos. Nos saca de nosotros mismos, pero no para llevarnos a una Arcadia, sino para dejarnos en un paisaje desconocido. Al hilo de esta dislocación, Javier Marías reflexiona sobre la identidad y el tiempo, desembocando en el escepticismo y el nihilismo. El conocimiento siempre es insuficiente e ilusorio, y nada, absolutamente nada, perdura. Todo se borra en el tiempo hasta disipar la diferencia entre existir y no ser. Lo real solo ocupa un instante. Luego, se interna en la nada: “Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden”. Marías flirtea con Cioran cuando escribe: « Todo se pierde. O acaso es que nunca hubo nada”. Hijo de un extraordinario intelectual, el filósofo Julián Marías, Javier –pido perdón por usar su nombre con tanta familiaridad- ignora el problema de Dios. Frente a su padre, católico identificado con el aire renovador del Concilio Vaticano II, despliega una visión de la realidad muy shakesperiana: el universo solo es ruido y furia. Somos una burbuja a punto de romperse y dispersarse en millones de fragmentos minúsculos. Ni siquiera dejaremos un eco. El silencio es el destino final de todo lo que ahora rueda por el tiempo. Juan Ranz recuerda una célebre frase de Shakespeare: “los dormidos, y los muertos, no son sino pinturas”, lo cual le hace pensar que “las personas todas son solo eso, dormidos presentes y futuros muertos”.

Marías muestra las consecuencias nefastas de “querer entenderlo todo”. No entender es un privilegio. Las parejas se deshacen cuando las zonas oscuras salen a la luz. Además, saberlo todo siempre es una quimera, pues nunca cesamos de transformarnos: “todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y hemos sido”. ¿Quién es Ranz, el padre de Juan? ¿El joven que se casó en La Habana o el viudo que confiesa a Luis, su nuera, el gran secreto que ha preservado durante toda su existencia, sabiendo que nada sería igual cuando lo compartiera con otros? El hombre fantasea con la libertad, pero todos sus actos están presididos por la fatalidad y tal vez no haya que lamentarlo. Si el azar o los otros no nos obligaran –a amar, a comprar una casa, a decorarla, a tener hijos- quizás “el mundo se detendría, todo permanecería flotando en una vacilación global y continua, indefinidamente”. El mundo sigue en movimiento porque otros nos obligan, pero también porque la lengua, el idioma, imprime continuidad y sentido a nuestros actos. La lengua hace inteligibles los sentimientos, incluso cuando se utiliza de forma fraudulenta. Hastiado y aburrido, Juan Ranz altera un diálogo entre políticos, aprovechando su papel de traductor simultáneo. Su deslealtad se revela fecunda y esclarecedora, pues saca a los políticos de los lugares comunes, obligándoles a meditar y sincerarse. La verdad muchas veces solo es un malentendido.

Mientras leía la descripción de Ranz padre, no podía evitar pensar en Julián Marías. Su biblioteca ordenada por lenguas, su mirada ilusionada, sin rastro de fatiga, su pulcritud, sus bromas afables. Sin embargo, Ranz es un conquistador, casi un donjuán, y un hombre con pocos escrúpulos. Todo lo contrario que Julián Marías, tan enamorado de su mujer, Lolita, y con una fibra ética capaz de soportar la delación, la cárcel y la incomprensión. “Los hijos lo ignoramos todo sobre los padres, o tardamos en interesarnos”. ¿Es una reflexión meramente literaria o expresa algo de la relación entre Javier Marías y su padre? Lo cierto es que los padres son los grandes desconocidos, pues nos cuesta aceptar que hayan podido apasionarse, amar, equivocarse.

Juan Ranz no deja de preguntarse cómo habría sido su vida si hubiera hecho ciertas cosas. ¿Qué habría pasado si le hubiera declarado su amor a Nieves, la chica de la papelería? Nieves envejece mal por culpa del exceso de trabajo. Si se hubiera casado con ella, podría haberla salvado de ese destino. ¿Qué habría pasado si Ranz, el padre, no hubiera intervenido cuando Mateu, un conserje del Museo del Prado, comenzó a quemar el marco del único Rembrandt de la pinacoteca española, esa Artemisa de 1634 que se ha interpretado como una expresión de duelo por el marido muerto o como el suicidio de Sofonisba, hija del cartaginés Asdrúbal? La muerte se habría cobrado un nuevo triunfo y el futuro se habría visto menoscabado. ¿Qué habría pasado si Guillermo hubiera prometido a Miriam matar a su esposa? Guillermo solo es un desconocido para Juan. Ni siquiera conoce su rostro. Solo sabe que es una presencia en un cuarto contiguo de un hotel de La Habana. Un español con una amante cubana llamada Miriam, quien –harta de esperar- le pide que acabe con la vida de su mujer, amenazándole con suicidarse si no lo hace. ¿Qué podría suceder si el joven Custorday, lascivo e infeliz, fuera el amante de Luisa, la mujer de Juan? ¿Por qué estamos encadenados a una sola vida? ¿Por qué nos confinan –o nos confinamos- en una identidad? Nos pasamos la vida esperando algo que nunca llega. La existencia muchas veces se parece a la espera de un preso que ha sido condenado a cadena perpetua. O a la de alguien que acude cada tarde a una estación de tren, esperando a un viajero que nunca llega.

Uno de los personajes más fascinantes de la novela es Berta, una española que trabaja de intérprete en Naciones Unidas. Cuando Juan viaja a Nueva York, se aloja en su casa. Berta sufrió un accidente que le destrozó una pierna y le ha dejado una leve cojera. Juan se acostó con ella hace muchos años. Es una mujer atractiva, pero algo desquiciada. Sin pareja, mantiene citas con desconocidos por medio de una agencia de contactos. No lo oculta. Por eso, cuando un tal Bill le pide una cinta donde aparezca completamente desnuda, pide ayuda a Juan, incapaz de negarse o juzgarla. La escena es terrorífica, pues el desnudo que graba Juan incluye un plano de la pierna deformada. Javier Marías introduce una nota terrorífica, demostrando que se maneja con soltura en el terreno de los tabúes. Berta apunta que las cintas de vídeo han destruido el pasado. Antes de que aparecieran, el pasado volvía una y otra vez, pero lo hacía transformado por los recuerdos, siempre aleatorios, desordenados e imprevisibles. Las cintas de vídeo restan creatividad a los recuerdos, que se mecanizan, perdiendo su capacidad de actualizar lo vivido desde otro punto de vista. Si la escena en que Juan filma a Berta es terrorífica, el desenlace de la novela se interna directamente en el mal como problema metafísico. Juan oye las confesiones de su padre desde una habitación contigua, reproduciendo su escucha de la conversación entre Guillermo y Miriam. ¿Nos quiere decir Marías que el escritor siempre es un testigo incómodo, un ojo que mira por el hueco de la cerradura, un entrometido, como el L. B. « Jeff » Jefferies, el fotógrafo de La ventana indiscretaHitchcock, siempre Hitchcock. No puedo evitar que se me venga a la cabeza al hablar de Javier Marías, pues ambos crean la sensación de que algo verdaderamente terrible está a punto de suceder. Shakespeare también discurre de forma recurrente por las páginas de una literatura que desmenuza al ser humano, levantando la piel y hurgando en sus entrañas. En esta ocasión, Marías escribe a la sombra de Macbeth. No solo utiliza uno de sus versos para titular la novela, sino que explota la escena donde el regicida se sincera ante su esposa. “He cometido el acto”, confiesa Macbeth. Sus manos están teñidas de sangre y se avergüenza de tener aún un corazón tan blanco. “I have done the deed”. Lo he hecho y te lo cuento para que tu corazón tan blanco también se aflija y se manche. Sin embargo, el final de la historia no lo escribe Macbeth, sino su mujer, que canturrea enloquecida. “Ese canto no se calla ni se diluye después de dicho”, escribe Marías. Permanece ahí: insignificante, terrible, invadiendo el silencio de la vida adulta, como yedra que sobrevive a todos los intentos de extirparla.

Corazón tan blanco se publicó en 1992. El tiempo transcurrido quizás es escaso, pero yo creo que ya se puede decir abiertamente que es un clásico. Para mí ha sido un descubrimiento tardío. Me alivia saber que de joven Marías declaró no leer apenas literatura española contemporánea. Yo he arrastrado ese vicio hasta una edad mucho más avanzada, pero creo que ha llegado la hora de corregirlo. Corazón tan blanco me parece tan fascinante como el propio Marías, un enfant terrible al que los años han convertido en un ogro con un cigarrillo en la comisura de los labios, siempre a punto de dejar caer la ceniza. Yo creo que detrás de esas imágenes tan afiladas hay un hombre tímido y dubitativo. Siempre recordaré la anécdota de sus volatines en el Paseo de Recoletos, tan apreciadas por los clientes de las terrazas. Buen gimnasta en la juventud, Marías hacía estas acrobacias para entretener a Juan Benet y García Hortelano, que extendían la mano, exigiendo a los espectadores algo de dinero por el espectáculo. De esa forma podría pagarse el taxi de vuelta a casa. Los grandes creadores nunca crecen. Son niños eternos que se niegan a ingresar en el mundo de los adultos. Que me perdone Marías, pero creo que pertenece a ese club de inmaduros crónicos y geniales. No es una apreciación mía, sino una cosa del destino, que es muy cabrón.

[Foto: Santi Burgos – fuente: http://www.elcultural.com]

LGBT : bas les pattes sur Verlaine et Rimbaud!

David Thewlis interprète Paul Verlaine, et Leonardo DiCaprio Arthur Rimbaud, dans le film « Rimbaud Verlaine » de Agnieszka Holland (1995)

Vouloir faire rentrer au Panthéon Verlaine et Rimbaud relève du contresens le plus total.

Les saisons en enfer sont pavées de confusions… Rimbaud, dont l’auberge était à la grande ours, va-t-il enfin déménager au Panthéon pour un caveau familial avec son (ex) ami Verlaine ? C’est l’idée farfelue de pétitionnaires – académiciens et anciens ministres de leur état. Animée de nobles sentiments, comme celui de faire entrer l’homosexualité au Panthéon, la pétition reste assez approximative en histoire littéraire. Concernant les deux auteurs certains faits furent si connus, que nous avons un peu honte de devoir les rappeler aujourd’hui.

Rimbaud, écrivain national ? 

Les pétitionnaires l’ignorent mais ils représentent tout ce qu’Arthur Rimbaud avait cherché à fuir. Précocement, le jeune poète abandonne l’écriture en 1875. Il a alors 20 ans. En société, ses manières choquent ; au point de lui aliéner les soutiens qui auraient pu faire sa gloire. Déjà, pour réussir dans les lettres, le talent paie moins que la complaisance ; et le dire à cette faune de mauvais poètes vous attire assez rarement leurs faveurs. Rimbaud les méprisait sans trop de précautions et les a congédiés aussitôt terminée sa recréation du monde.

On ne se souvient pas non plus que le jeune homme ait manifesté un intérêt immodéré pour les célébrations et affinités officielles. Il en est peu qu’il ait épargné : patrie, Église, routine, famille, épargne, honneur, propriété… Ses chants rebelles nous ont fait de beaux morceaux littéraires. Pour certains, écrits à 17 ans, ils ne sont, de l’aveux même de l’auteur, pas toujours sérieux. Mais à la fois valorisants et faciles d’accès, ils séduisent toujours car ils servent de particule littéraire à toute adolescence voulant s’ennoblir en faisant valoir son subjectivisme intégral de dandy.

De manière plus sincère, ils peuvent initier la jeunesse au goût précoce pour des mots ; du moins avant que notre culture cesse d’être littéraire, que le chanteur ne remplace le poète et Bob Dylan Pablo Neruda au prix Nobel. Et depuis déjà un moment, le fétiche des immatures, des jeunes snobs et des étudiants en lettres cherchant à paraître n’est plus Rimbaud mais… Serge Gainsbourg.

Rimbaud et Verlaine icônes LGBT ? 

Erreur d’ailleurs de son collègue Brassens quand il écrivait : « Le crime pédérastique ne paie plus ». Il est aujourd’hui célébré. Que sait-on de l’homosexualité des deux poètes ? Assurément, Verlaine était fou de Rimbaud – et littéralement, jusqu’à lui tirer dessus dans un accès de démence. Lequel se plaisait à lutiner avec son amant et à torturer son malheureux esprit. La sincérité de leur relation – comme de l’intérêt de Rimbaud pour les hommes – peut être mise en doute…

Une chose est toutefois certaine, Rimbaud n’aimait pas beaucoup les femmes. Dans ses écrits, ce sont au mieux de sympathiques connes. La pauvre Ophélie du poème éponyme est crédule et voluptueuse. La fille du cabaret vert a « des tétons énormes ». La femme n’est qu’un corps. Elle peut plaire, sans qu’on puisse vraiment l’aimer. Ce sexe lui rappelle sa mère : souvenir du conformisme étouffant et de la ville de Charleville qu’il exècre.

Rimbaud s’estime un peu plus lui-même que le beau sexe. Aussi, il cherche un esprit à sa mesure. Au XIXe, les femmes-auteures étaient encore rares…  Il lui reste Verlaine. L’a-t-il aimé ? Rien n’est moins sûr. Était-il homosexuel ? D’un genre particulier – et particulièrement misogyne – qui n’est pas le type même de figure LGBT que l’on cherche à célébrer. Et il est douteux que Rimbaud ait manifesté de l’intérêt pour un vice s’il avait fait l’objet de cette célébration. Les deux amants ont d’ailleurs rapidement rompu leur relation névrotique. Et en toute sincérité, Verlaine est retourné à la foi chrétienne pour s’en guérir.

En 2013, Najat Vallaud-Belkacem regrettait que les manuels scolaires n’insistent pas assez « sur l’identité LGBT des auteurs en classe de français ». La patrimonialisation du couple Rimbaud et Verlaine rendrait justice à ce projet ; à défaut d’honorer les personnes, leur œuvre ou simplement l’intelligence. À l’entrée du Panthéon, une notice explicative viendra-t-elle préciser la nature misogyne de l’homosexualité rimbaldienne ou celle, pénitentielle et repentie de Verlaine ?

Sans fermer notre esprit aux évolutions sociétales, on peut trouver regrettable cette méconnaissance de faits si importants d’histoire littéraire, comme leur affadissement. Et si, plutôt que de faire des icônes à partir de n’importe quoi, nous laissions un peu Rimbaud et Verlaine reposer – et forniquer – en paix ?

[Photo : RONALDGRANT/MARY EVANS/SIPA – numéro de reportage : 51431405_000017 – source : http://www.causeur.fr]

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica.

Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

—No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

—Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

—No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.

—No tan desconocido —corrigió Lönnrot —. Aquí están sus obras completas—. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

—Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías.
—Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró Lönnrot.
—Como el cristanismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.

El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó… Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín —el Philologus hebraeograecus (1739), de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

—¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir —agregó—, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.

El otro ensayó una ironía.

—¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?
—No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó “las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos”; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, “aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio”; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran “los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también… Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

—Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.
—Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?
—Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.
—Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó… Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora.

Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

—Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.
—Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.

—No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había puesto a escribir.

Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho.Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar… A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el nombre de Dios, JHVH— consta de cuatroletras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

—En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.

 

[In: Ficciones, Emecé Editores, S.A. – Buenos Aires. 1956]

« Autant en emporte le vent » retiré de la diffusion

Écrit par Sophie Bachat 

Ce film, à l’incroyable souffle romanesque, est victime de la censure de l’ère diversitaire. Le monde qui se présente à nous est aseptisé et morne.

Alors que les médias progressistes, ivres de leur gloire retrouvée grâce au mouvement Black Lives Matter, nous saoulent d’articles sur les stars hollywoodiennes en pleine séance de repentance, la suppression temporaire par la plateforme de diffusion de films HBO d’ « Autant en emporte le vent », fait l’effet d’un mini séisme au pays de Voltaire.

Cela faisait longtemps qu’un des plus grands films de l’histoire du cinéma était dans le viseur des néo-censeurs. À chaque rediffusion télévisuelle, l’Obs ou Les Inrocks nous mettaient en garde contre ce film raciste. Et l’affaire Floyd vint, et rien ne fut comme avant.

Censure soft

L’universitaire et écrivaine Laure Murat, enseignante à UCLA, a un dada : le revisionnage. « Le revisionnage n’est pas le révisionnisme, il n’est pas question de censure, il est question d’exercer un regard critique renouvelé », en d’autres termes les films, livres et œuvres d’art seront désormais passées au tamis de la pensée progressiste. La « soft censorship » est en branle.

Si « Autant en emporte le vent » est considéré comme raciste, j’y vois quant à moi une métaphore de notre triste époque, Scarlett et Rhett assistent à l’effondrement du monde sudiste comme nous assistons à l’effondrement d’une certaine idée du monde occidental. Le Sud des États-Unis c’est l’ordre injuste, mais romanesque et sexy contre l’ordre juste mais moralisateur et ennuyeux du Nord ! C’est Scarlett O’Hara versus Jo March, l’héroïne des Quatre filles du docteur March de Louisa May Alcott, Scarlett est aussi égoïste et frivole que Jo est altruiste et bienveillante. Scarlett est évidemment plus intéressante.

Le Sud, tel qu’il est décrit par Faulkner ou Tennessee Williams est plein de névroses, de passions et d’emportements, de prostituées et de femmes à la splendeur déchue personnifiées par la Blanche DuBois d’Un Tramway nommé désir. Oui, Vivien Leigh est une magnifique Blanche comme elle fut une magnifique Scarlett.

Trop romanesque pour #MeToo

« Autant en emporte le vent » est à l’image de ce trop plein : trop long, trop coloré, trop romanesque. C’est une fresque divisée en quatre parties et quatre couleurs : verte est la première partie qui décrit la civilisation sudiste à son apogée, rouge est la seconde, la passion et la guerre, marron et grise est la troisième, sécheresse et infertilité et enfin noire est la dernière, il est temps de prendre le deuil. Les personnages sont de flamboyants stéréotypes : Rhett est le mâle alpha, un peu brutal et un peu dandy, Scarlett représente toutes les facettes de la féminité : frivole peut-être, mais volontaire et féministe malgré elle aussi. Enfin Mama est la nounou d’Antigone, maternelle et ferme. Les autres personnages gravitent autour pour les mettre en valeur, Mélanie est aussi dévouée que Scarlett est égoïste et Ashley aussi terne que Rhett est sexy. Il n’est pas étonnant que ce récit déplaise aux bâtisseurs du nouveau monde, car il est aussi lyrique et plein de fureur que le monde d’après est aseptisé et morne.

Le préambule du film s’ouvre sur ces mots qui semblent maintenant appartenir à un passé dont on n’aperçoit plus la rive : « Il était une fois un pays de coton que l’on appelait le Sud. On y trouvait le meilleur de la galanterie, des chevaliers et des dames, des maîtres et des esclaves. Mais tout ceci n’existe plus qu’en rêve, le vent a emporté notre civilisation ». Pour laisser place à une civilisation, où Rhett et Scarlett, mus par la repentance, s’agenouilleraient devant Mama ? Dans ce rêve dystopique, je parie qu’elle leur intimerait l’ordre de se relever.

[Numéro de reportage: 51366039_000102 – photo : Mary Evans/AF Archive/SIPA – 1907011258 – source : http://www.causeur.fr]

Baixo esa aparencia de « gentleman » habita o monstro de Nick Lowe, un asombroso compositor cuxas cancións son máis coñecidas que el.

Nick Lowe, durante un concerto

Un artigo de Jacobo Igrexas

Conviven en Nick Lowe (Surrey, Inglaterra, 1949) unha besta e un dandi. A maioría das veces cremos estar a ver ao dandi, pero uno nunca sabe cando vai saltarnos a besta encima. Cando Nick interpreta, cando fai promocións, sesións de fotos ou concede entrevistas, vemos ao dandi coas súas lentes de pasta ao Buddy Holly, as súas jerséis de tweed de pico, as súas exquisitas maneiras e a súa flegma británica. Pero non se deixen enganar polo seu aspecto, baixo esa aparencia habita a besta de Nick Lowe, un asombroso compositor cuxas cancións son máis coñecidas que el.

E é que poucos artistas poderían presumir de ser menos coñecidos que as súas cancións. Nunha época na que o culto á imaxe está por encima de todo, a cara de Nick Lowe segue sendo anónima. Hoxe recoñecemos centos de caras de artistas nos medios, pero somos incapaces de tarabelear unha soa das súas cancións. A Nick Lowe ocórrelle todo o contrario: o seu rostro é descoñecido, pero algunhas das súas composicións son himnos.

Bruce Springsteen e Elvis Costello cantaron e triunfaron co seu (What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love, and Understanding, canción que forma parte, ademais, da banda sonora máis vendida da historia, O gardacostas. Seus son algúns hits do oitenta como Cruel to be kindAll men are liars ou I love the sound of a breaking glass. E mesmo un dos clásicos de Dr. Feelgood, Milk and alcol, é de Nick Lowe.

Porque para Nick Lowe o fundamental non ten que ver coa imaxe senón cos acordes, os arranxos e as letras. A difícil arte do songwriting ten en Nick Lowe a un dos seus últimos valedores. Durante unha tempada chegou a alugar un despacho para encerrarse alí de nove a sete da tarde e compor cancións. Impúñase ese ritmo de traballo coma se fose un oficinista ou un escritor. Algo que resulta incomprensible no actual mercado musical onde as cancións parecen xurdir da nada, case por combustión espontánea.

Nick Lowe xa o foi todo no imperio da música británico: pioneiro do pub-rock coa súa primeira banda, Brisnley Schwarz, produtor de Elvis Costello, fundador de Rockpile xunto a Dave Edmunds e de Little Village con Ry Cooder, compositor de éxito, precursor do punk, integrante da new wave. E, con todo, segue sendo un gran descoñecido.

A súa predilección pola música de raíces americana levouno a probar sorte en Nashville en 1977. Alí foi onde alugou un despacho e compuxo con horario de oficinista. Aquela era a escola que necesitaba o seu talento e, aínda que foi un período frutífero, como case todos os seus, poderíase dicir que chegou demasiado tarde a Nashville.

Uns meses despois de instalarse, Nick coñeceu a Carlene Carter e casou con ela. Carlene era a primeira filla de June Carter, unha das máis reputadas cantantes de country, que estaba casada con Johnny Cash, quen non necesita presentación algunha. Non alcanzo a imaxinar que é o que debe pasar pola cabeza dun novo compositor devoto do country cando Johnny Cash e June Carter pasan a converterse nos teus sogros. En calquera caso, Nick sentía atafegado cada vez que ía comer a casa da súa familia. A sombra de Johnny Cash é alargada case para calquera ser humano, non digamos xa para un mozo que quere triunfar como cantante e guitarrista.

Non fará falta dicir que Nick quería impresionar dalgún modo ao seu sogro, pero non vía o momento de facelo. A oportunidade chegoulle un ano máis tarde, en 1979, cando Johnny Cash atopábase en Londres para dar un gran recital no estadio de Wembley. A noite antes do concerto, a Nick ocorréuselle unha boa frase, unha desas que indican o comezo de algo grande, e pensou que aquela canción podería ser perfecta para Johnny Cash. El xa era un compositor con certa reputación e o seu sogro o mellor cantante de country do século XX. ¿Que podía saír mal?

Naquela época Nick e Carlene vivían no Sheperd’s Bush londiniense. Nick estaba a beber máis da conta, case como un personaxe de Raymond Carver, e quedou toda a noite traballando na canción xunto a tres botellas de viño. Nick estaba realmente entusiasmado con aquela idea, sabía que tiña algo entre as mans, un bo compositor sábeo. Nalgún momento daquel proceso nocturno, nunca antes da primeira botella nin despois da segunda, comentoulle á súa esposa Carlene o boa que era a canción que estaba a escribir para Johnny.

Cando Nick espértase ao día seguinte no medio do salón, rodeado de guitarras, púas, capos, papeis engurrados e botellas, o primeiro que sente é a punzada do viño na súa cabeza. Despois, e case coma se tratásese dun soño, escoita na distancia a Carlene falando por teléfono coa súa nai, June Carter, dicíndolle que antes de ir a Wembley para a proba de son pasásense pola súa casa a escoitar unha canción moi boa que Nick compuxera para Johnny.

Entón Nick reacciona, levanta do chan e revisa aqueles papeis engurrados tentando recompor a canción. Cando o fai dáse conta de que non serve para nada. Non ten canción. É só unha frase e un par de acordes, a única frase que tiña ao principio, antes mesmo de destapar a primeira botella de viño. A berros, comeza a avisar a Carlene e dille que volva chamar á súa nai para que Johnny Cash non se presente a escoitar unha canción que non existe. Pero Carlene dille que xa é demasiado tarde porque están de camiño.

Nick empeza a suar, ponse moi nervioso, recolle as botellas do salón, os cadernos e as cabichas de tabaco, dúchase e prepárase para recibir ao seu sogro, o Home de Negro, e explicarlle que, en realidade, non ten ningunha canción para el.

Despois da ducha, volve revisar os papeis que escribiu e comeza a suar de novo. Agora parécelle unha canción ridícula, case unha broma, e desexa que os seus sogros se esquecesen do asunto. Pero ao cabo dun intre, chaman ao timbre e escoita a Carlene saudar á súa nai e a Johnny. Cando Nick chega ao salón para recibilos dáse conta de que tamén viñeron todos os músicos da banda de Johnny Cash, parte do persoal e algúns técnicos de son. O salón da súa casa está abarrotado.

Carlene serve unhas bebidas e algo para comer, pero ninguén fala demasiado. Parece coma se estivesen a esperar a alguén máis. Entón, Johnny Cash dille a Nick: ouvín que fixeches unha canción para min, imos escoitala. Agora todo o mundo está intrigado con esa gran composición e observan a Nick, case como escrutando á persoa que se atreveu a escribir para o Home de Negro. Así que Nick comprende que non lle queda outra saída. Sexa o que sexa, terá que tocar a canción. Alcánzanlle unha guitarra e comeza a cantar timidamente ante todo o público congregado no salón da súa casa. Cando termina, todos quedan calados durante un intre. Tanto, que se pode escoitar o ruído dos xeos chocando contra os vasos. Entón, Johnny dille a Nick: ¿poderías tocala outra vez? E Nick comeza a suar de novo. Asente coa cabeza mentres Carlene sérvelle outra copa. Cando termina a canción faise outro eterno silencio que volve romper Johnny Cash: hai algo que non marcha ben ¿verdade, Nick? E Nick, un tanto aliviado, di: si, non marcha nada ben en absoluto. Pero Johnny Cash discrepa e dille que, a pesar de que a canción non está terminada, hai algo nela que lle gusta, que lle resulta prometedor, e convídalle a que siga traballando nela. O ambiente, entón, reláxase e un pouco despois todos saen cara a Wembley.

Esa canción, ese esbozo de canción, titulábase The Beast in Me (A besta que habita en min) e, despois dese episodio, cada vez que Johnny Cash e Nick Lowe coincidían en algures a través dos anos, Johnny, invariablemente, preguntáballe: ¿como vai esa besta, Nick?

Doce anos máis tarde, Nick terminou a canción, que se converteu nun dos temas emblemáticos de Johnny Cash, unha obra mestra á que o Home de Negro deu a súa particular interpretación de barítono, e cuxa letra parecía resumir con exactitude o lado escuro da súa personalidade. The Beast in me significou, ademais, o regreso aos estudos de Johnny Cash, formando parte de American Recordings, a primeira da aclamada serie de gravacións que realizou con Rick Rubin.

Nick Lowe vén regularmente a España nas súas xiras. Se algún día teñen a oportunidade de velo en directo crerán que están a ver ao dandi co seu xersei de tweed, as súas lentes de pasta e a súa voz aveludada; pero fixar ben nos seus arranxos vocais, na sutileza do seu acompañamento coa guitarra, na maxia das súas letras ou na fina marquetería das súas composicións, e entón, só entón, daranse conta de que, en realidade, viron á besta que habita en Nick Lowe. 

[Imaxe: Juan Praza – fonte: http://www.farodevigo.es]

Du dandysme et de l’élégance

Écrit par Dr John SLAMSON

Vous portez de beaux souliers au glaçage impeccable, une cravate joliment nouée, une chemise au motif discret, un costume bien coupé — peut-être même s’agit-il d’un costume croisé ? — agrémenté d’une pochette parfaitement adaptée à la tenue. Et l’on vous dit « Qu’est-ce que tu fais dandy ! »…

Et pourtant, vous n’aviez pas à la main une canne à pommeau d’argent, ni des guêtres ou des gants blancs, non plus qu’une lavallière ou une pierre précieuse grosse comme un œuf de caille en guise d’épingle à cravate. Même si vous vous dispensez d’un Fedora ou d’un grand manteau, vous n’y échapperez pas : l’appellation « dandy » vous pend au nez.

Qui n’a pas entendu de remarques où l’admiration flirtait avec le reproche pour traiter l’effort vestimentaire comme une affectation de dandysme ? Cette confusion, qu’il est toujours délicat et compliqué de détricoter, est véritablement propre à notre époque. Et pour cause, elle provient d’une perte de mémoire et de repères historiques et sociaux.

Le costume-cravate, le couvre-chef et les souliers en cuir qui furent naguère la norme passent aujourd’hui pour des sommets de dandysme en un incroyable contresens sur la démarche consistant à s’habiller avec une certaine recherche.

QU’EST-CE QUE LE DANDYSME ?

Jules Barbey d’Aurevilly décrit Brummel en ces mots : « Seulement quelques minutes à l’entrée d’un bal ; il le parcourait d’un regard, le jugeait sans un mot, et disparaissait, appliquant le fameux principe du dandysme : ‘‘Dans le monde, tout le temps que vous n’avez pas produit d’effet, restez : si l’effet est produit, allez-vous-en’’ » (1845, Du dandysme et de George Brummel, Rivages Poche, p. 67).

Dandies 19ème siècle
baudelaire-1855

Le dandy n’est pas seulement quelqu’un qui s’habille bien, ou mieux que les autres, c’est une figure sociale qui, avec « l’insolence du désintéressement », cherche à « produire la surprise en gardant l’impassibilité ». Impertinence, hauteur, arrogance… le dandy cultive par l’ironie ce qui serait autrement considéré comme des défauts afin d’en faire les outils de sa gloire. Parlant de Brummel, Barbey d’Aurévilly souligne que son œuvre, son art, « c’était sa vie même ». Ce que Charles Baudelaire exprime avec emphase : « Le dandy doit aspirer à être sublime sans interruption, il doit vivre et dormir devant un miroir » (Mon cœur mis à nu).

Le dandy cherche le décalage : il veut briller et se faire remarquer par sa façon de prendre à rebours les conventions. L’insouciance inconséquente s’accompagne pour le dandy d’une prééminence sociale et d’une certaine morgue : il n’y a pas de dandysme sans succès mondain et l’on ne peut être dandy sans spectateurs.

LE DANDYSME N’EXISTE PLUS

Le dandysme correspond à un moment historique précis dans un cadre social spécifique qui s’incarne dans quelques grandes figures de la littérature, de la peinture et du grand monde du XIXe siècle. Que pourrait-il rester de Brummel, Byron, Oscar Wilde, Robert de Montesquiou, du comte d’Orsay et de leurs épigones ?

Lord_Byron
Dandies 19ème siècle

Balzac, dans son Traité de la vie élégante (1830), voit dans la distinction vestimentaire une tentative de se différencier dans un monde non pas égalitaire mais de plus en plus égalitariste où n’existent plus les trois ordres, abolis par la Révolution. Le dandy tente ainsi d’établir une sorte d’aristocratie individuelle.

Pour Balzac, les prescriptions de la mode, de la distinction, des bonnes manières et du luxe sont le reflet de la mutation démocratique et d’un besoin de distinction ancré dans l’âme humaine :

« Mais les princes de la pensée, du pouvoir ou de l’industrie, qui forment cette caste agrandie, n’en éprouveront pas moins une invincible démangeaison de publier, comme les nobles d’autrefois, leur degré de puissance, et, aujourd’hui encore, l’homme social fatiguera son génie à trouver des distinctions. Ce sentiment est sans doute un besoin de l’âme, une espèce de soif ; car le sauvage même a ses plumes, ses tatouages, ses arcs travaillés, ses cauris, et se bat pour des verroteries. »

Comme nous avons échangé « une féodalité risible et déchue » pour « la triple aristocratie de l’argent, du pouvoir et du talent », c’est dans cette « mensongère égalité politique » que « l’oisif gouvernera toujours ses semblables ». Telle est la figure du dandy tout occupé à cette affectation d’oisiveté, à ciseler son apparence et ses manières comme marques de sa distinction et de son éminence personnelle.

Autant le snobisme constitue une tentative de se promouvoir en montrant que l’on appartient à une élite sociale, autant le dandysme part de cette appartenance indiscutée pour en mépriser les codes. Le snob est un suiveur, le dandy un « oseur » comme le dit Barbey d’Aurevilly.

Le_Comte_Robert_de_Montesquiou_(musée_d'Orsay)_(12997850855)

Le moment historique du dandy est celui d’une transition entre le résidu de prestige des ors de la noblesse et la montée en puissance bourgeoise. Le dandy comme figure de l’oisiveté resplendissante y trouve sa place comme une sorte de modèle scandaleux. Il ne saurait plus y avoir aujourd’hui de dandysme que de pacotille, par une manière de singer une époque révolue depuis un bon siècle.

De ce point de vue-là, les Pitti Peacocks ne sont pas des dandys : le dandysme s’accompagne historiquement d’un positionnement social critique ou, au moins, d’indifférence aux valeurs environnantes. Tenter à tout prix de se faire remarquer par l’outrance, à des fins commerciales ou strictement narcissiques, est très largement en-dessous de la spontanéité iconoclaste de cette attitude.

Jouer au dandy est la négation du dandysme. C’est ce que rappelle Vladimir Jankélévitch quand il distingue avec finesse « l’aventureux qui a la vocation de l’aventure et l’aventurier qui en fait profession. Le second n’étant qu’un bourgeois qui triche en marge du jeu bourgeois » (L’aventure, l’ennui, le sérieux, 1963).

L’ÉLÉGANCE CONTEMPORAINE

Le souci d’élégance n’a rien à voir avec le dandysme. Être bien habillé et tenter le paradoxe de se distinguer par la sobriété, de ressortir par la discrétion, constitue une tentative d’équilibre qui relève davantage du raffinement que du dandysme.

À cet égard, l’élégance est aux antipodes du dandysme : elle cherche l’harmonie et non le choc ; la proportion et non la discordance. Cela n’empêche pas la fantaisie, l’originalité, la personnalité. C’est même le propos de l’élégance : développer un style personnel qui ne se fonde pas sur une quête du scandale.

Par idéologie, notre époque postmoderniste s’est fait un devoir de rejeter toute convention : tout est désormais permis et il ne subsiste plus guère de convenances vestimentaires. Si l’on veut choquer, il ne reste plus que l’outrance, le mélange, la robe de soirée confectionnée en entrecôtes, le chapeau rose avec un smoking et des baskets, la capeline écossaise et la barbe de trente centimètres.

Autrement, avouons-le, ce n’est pas un couvre-chef, un costume trois pièce ou un petit bracelet qui feront de vous un dandy. Mais l’outrance, pratiquée par un quarteron de stars musico-télévisuelles et servilement imitées —s’est elle-même banalisée en devenant l’apanage de milieux qui signalent ainsi paradoxalement leur conformisme de troupeaux miniatures.

[Source : http://www.parisiangentleman.fr]

Richard Dighton, “The Dandy Club” (1818)


Écrit par Dimitri Garncarzyk
Agrégé de lettres modernes, doctorant en littératures comparées
(10e section CNU), Université Sorbonne Nouvelle, Paris 3 – USPC

On reconnaît le dandy épistémique à la mise en scène d’une double marginalité :

(1) la marginalité institutionnelle : Le dandy n’est généralement pas un universitaire ; puisque l’université aurait obscurément intérêt à dissimuler au public certaines connaissances (« les mandarins mentent aux gens »), c’est une garantie d’indépendance intellectuelle ;

(2) la marginalité méthodologique : l’université étant une institution qui défend son pouvoir, ses exigences de preuve sont l’expression d’un appareil répressif destiné à protéger des intérêts de caste. Le dandy n’a donc pas à tenir compte des cadres épistémiques des chercheurs professionnels.

Présenté ainsi, le dandysme épistémique semble agressif et peu convaincant. Mais il compte parmi ses ressources un certain nombre de costumes, qui le légitiment aux yeux du public et compliquent son identification. On se penchera donc ici sur les stratégies de légitimation de la marginalité institutionnelle.

Costume n° 1 : l’amateur éclairé

Le costume le plus facile à passer est celui du sympathique « amateur éclairé », dont la vocation intellectuelle se développe à côté d’une activité principale. Les critiques de l’institution apparaissent alors comme les signes d’un dédain de classe pour celui qui n’a pas eu le désir ou l’occasion de faire partie du sérail, et non pour une critique argumentée et motivée. C’est la stratégie de base du dandysme épistémique : faire passer la condamnation de la marginalité méthodologique pour celle de la marginalité institutionnelle.

En revendiquant l’expression « amateur éclairé », le dandysme épistémique se présente comme le seul genre valable d’indépendance intellectuelle. Ses victimes collatérales sont les chercheurs indépendants qui ne considèrent pas leur non-appartenance à l’institution comme un facteur de crédibilité, et travaillent à partir du consensus et des méthodes académiques de la discipline qui les intéresse. Ils peuvent pourtant apporter une contribution précieuse au développement du savoir et à sa diffusion, et celle-ci peut parfaitement être reconnue par l’institution. Pour en rester aux supports traditionnels du savoir, le seul Dictionnaire des hiéroglyphes français a été compilé par la présidente d’une association d’« amateurs égyptophiles », publié par un par un grand éditeur et préfacé par des égyptologues universitaires.

Costume n° 2 : le détective

On lira souvent que le dandy épistémique « mène l’enquête » : après tout, le mot histoire signifie, à l’origine, enquête. Mais en se comparant à Hercule Poirot ou au lieutenant Columbo, le dandy fait plutôt appel à une certaine image du détective de fiction.

Le dandy épistémique se spécialise dans les « énigmes de l’histoire » : elles le poursuivent, tout comme le mystère poursuit Hercule Poirot quand il essaie de prendre des vacances. L’enquête criminelle suppose un coupable à découvrir : le dandy cherche à démasquer les sombres motivations de l’establishment académique. À travers ce prisme, l’opposition des chercheurs professionnels à son discours se réduit aux protestations d’un coupable bien attrapé.

Si Poirot et Columbo sont des détectives hors normes, c’est par leur perspicacité, mais aussi par leur attitude : Poirot est un authentique dandy, Columbo joue au naïf débraillé. C’est encore une fois associer une posture sociale à une originalité méthodologique. Si le dandy ne se compare pas plutôt à l’inspecteur Tom Barnaby, c’est peut-être que ce dernier incarne une forme de normalité : couperosé, il porte des costumes de chez Marks & Spencer et mène une vie petite-bourgeoise. Il a de grandes qualités (la perspicacité, la droiture, la compassion), mais manque de l’étoffe romanesque des deux autres.

Costume n° 3 : le surdoué

On peut aussi présenter le dandy comme un surdoué (ici ou ) ; sa double marginalité s’expliquerait alors par la grâce d’un don.

Le surdoué possède spontanément des qualités précieuses, comme la passion, la mémoire des faits et des textes, l’aisance oratoire, l’esprit de synthèse. Mais ces qualités ne sont-elles pas plus répandues qu’on ne le dit ? Elles font, par exemple, partie intégrante de la vocation de bon nombre d’enseignants, du primaire au supérieur. Mais la publicité de celui qui se dit surdoué tend à éclipser le mérite de ceux qui ne bénéficient pas du même engouement médiatique que lui.

Si, par ailleurs, le don du surdoué fait des jaloux, cette jalousie est sans objet car la grâce ne se contrôle pas (« le talent, ça ne s’apprend pas »). L’âpreté des commentaires des universitaires à l’égard du dandy s’explique alors facilement par leur relatif insuccès médiatique. Mais si le dandy est exceptionnellement doué, cela ne devrait pas empêcher les autres d’être raisonnablement bons : le talent des meilleurs n’annule pas le mérite des autres, même s’il leur fait de l’ombre (et c’est encore confondre réputation et qualité).

Enfin, si la grâce ne se contrôle pas, peut-on considérer le surdoué comme responsable de ses talents ? Pas complètement : s’il a un don, celui-ci vient, par définition, d’ailleurs, ce qui limite le mérite épistémique du dandy. De plus, si c’est ce don (un esprit encyclopédique, une lucidité supérieure) qui lui permet d’admettre la validité de thèses fortement contestables, on pourra se demander si quelqu’un qui n’aurait pas reçu le même don est en mesure de juger la validité des thèses en question. Si la réponses est non, il faut croire le surdoué sur sa seule autorité, et admettre qu’il existe une forme de savoir révélé dans les sciences humaines.

Costume n° 4 : le bourreau de travail

Le dandy pourra aussi passer le costume du bourreau de travail, ou se montrer solidaire de ces « chercheurs (qui) après des années d’un labeur obscur en archives et en bibliothèque, auront vu ruiner le fruit de leurs travaux, uniquement parce que les conclusions auxquelles ils étaient parvenus dérangeaient l’orthodoxie ».

Le bourreau de travail n’est pas exceptionnellement doué : il est, au contraire du surdoué, exceptionnellement méritant. S’il a mené à bien une « recherche longue et précise », il doit posséder des qualités précieuses comme la patience, la minutie, le courage intellectuel, etc. Les universitaires sont ainsi bien ordinaires à côté du dandy (ou de ses modèles). Le dandy contemporain pourra par exemple se demander, au sujet de Pierre Louÿs (inventeur de la thèse, toujours défendue aujourd’hui, selon laquelle Corneille aurait écrit les pièces de Molière) « qui, parmi (ses) contradicteurs, peut se flatter de telles connaissances littéraires et historiques ».

Dans la mesure où nombre de chercheurs répondront que les heures d’« archi » et de « bibli » constituent en réalité leur quotidien, suggérer qu’ils sont moins savants que le dandy et ses modèles est au mieux une affirmation gratuite (au pire, c’est les accuser de paresse). Le grand effort documentaire fourni par le dandy épistémique est exceptionnel précisément parce qu’il n’est pas un chercheur ; mais pour un chercheur sérieux, il est simplement normal.

Un modèle héroïque de la connaissance

Ces costumes permettent tous de justifier l’originalité méthodologique du dandy par sa personnalité remarquable (il serait exceptionnellement perspicace, doué ou méritant). Si le philosophe Jason Baehr souligne qu’une authentique vocation intellectuelle peut très bien exister sans don particulier et/ou s’accommoder de l’obscurité, le dandysme épistémique est au contraire un modèle héroïque de la connaissance qui suppose deux choses.

Le refus de l’obscurité. Le postulat de départ selon lequel « un lecteur achète presque toujours un auteur, et non un sujet » valorise la personne (via le storytelling de l’auteur si perspicace, doué, etc.) plus que le propos. C’est confondre délibérément une posture sociale revendicatrice et la recevabilité d’un discours de connaissance. Si certains intellectuels sérieux et fiables peuvent bien sûr jouir d’une bonne réputation médiatique, le dandysme profite plutôt de la tendance dénoncée par Jacques Bouveresse « à oublier que la célébrité médiatique et la célébrité tout court ne constituent pas une preuve suffisante de la qualité et de l’importance, et n’en sont pas non plus une condition nécessaire ».

La dévaluation de la vocation des universitaires. Si la marginalité du dandy est légitimante, alors la normalité est disqualifiante. Le dandysme épistémique fait de la profession (normalité institutionnelle) et/ou de l’orthodoxie épistémologique (normalité méthodologique) des universitaires les signes supposés de leur médiocrité, en jouant sur l’idée que ce qui est normal et quotidien est par nature banal et triste. Cela lui permet par ailleurs de faire de l’ombre même aux chercheurs sérieux qui prennent le risque de la parole médiatique, en suggérant qu’une vocation professionnelle a pour inévitable conséquence une certaine étroitesse de vue.

Deux pistes contemporaines pour incarner le savoir des sciences humaines

Si l’obscurité médiatique est encore valorisée dans le monde universitaire, c’est que, comme le silence feutré des bibliothèques, elle est associée à la sérénité nécessaire au travail intellectuel. C’est tellement vrai que les initiatives de certains jeunes chercheurs qui, à côté de leur recherche, se lancent dans la vulgarisation, ne sont pas toujours reçues avec enthousiasme par leurs collègues confirmés, qui les soupçonnent de vouloir « faire le buzz ».

Malheureusement, l’obscurité la plus vertueuse ne peut plus grand-chose face aux stratégies de communication agressives du dandysme épistémique ; mais on peut suggérer des pistes pour les contrer.

Une piste théorique : l’épistémologie des vertus. Le succès des dandys épistémiques s’explique en partie par le désir du public d’avoir affaire plus directement aux producteurs de la connaissance, qui passent souvent pour enfermés dans une tour d’ivoire académique. L’épistémologie des vertus met en avant le rôle actif de l’individu dans la production de son savoir, qu’elle décrit comme l’exercice de vertus épistémiques (des qualités nécessaires pour être un bon sujet de connaissance), comme la sensibilité au vrai, la patience, l’impartialité, la rigueur, etc. On peut ainsi humaniser le rapport à la connaissance et à son élaboration sans pour autant subjectiviser ces dernières (ce qui serait un nouveau relativisme) : ces vertus restent des critères normatifs qui définissent une éthique intellectuelle.

Une piste pratique : inventer un dandysme académique. C’est en cours : la chaîne de l’historienne youtubeuse Manon Bril, par exemple, propose des contenus informés par sa compétence d’historienne, et fortement incarnés par elle à l’écran. Si elle propose dans ses vidéos une mise en scène décomplexée de soi et de son savoir, ce n’est pas du dandysme épistémique. Loin de rejeter le modèle universitaire, elle donne au contraire un aperçu de première main du travail académique et de ses exigences dans son « vlog de thèse », et contribue ainsi à sensibiliser le public aux réalités de la recherche. Les initiatives de ce genre permettent de donner aux universitaires l’image tout à la fois humaine, sérieuse et connectée dont ils ne peuvent plus se passer aujourd’hui.

[Illustration : Wikimedia Commons – source : http://www.theconversation.com]

L’ex « chanteur à minettes » repéré et lancé par Claude François au début des 70’s, débutait sa carrière musicale quelques années plus tôt derrière un piano, interprétant des standards de jazz. Avec les Murators il fît une incursion dans le répertoire des Beattles, avant de rejoindre un temps Jacques Dutronc puis Dick Rivers. Le succès n’était pas franchement au rendez-vous mais la rencontre avec Cloclo lui permettra de connaître une certaine renommée commerciale. En 1977, le beau gosse confie l’écriture de ses textes à Gainsbourg et décide d’enregistrer à Los Angeles. Teintée de nouveau-romantisme et de disco mélancolique, sa musique glisse dans les 80’s vers la new wave, elle arbore alors avec élégance des sonorités électroniques et des mélodies pop édulcorées. Cette période restera celle de ses plus grands tubes ainsi que celle de ses musiques de film pour Mocky et Sélignac. Moins présent mais toujours actif dans les années 90 et 00, il apparaît à la télé et au cinéma tout en publiant quelques albums, dont l’hommage au couturier Yves Saint Laurent en 2010 baptisé Une Vie Saint Laurent.

Ses 50 ans de carrière se devaient d’être saluées, le Dj, réalisateur et photographe Marco Dos Santos mît alors sur pied le projet Alain Chamfort Versions Revisitées. Le directeur artistique – qui officia dans les clubs Paris Paris et Social Club – nous présente 12 remixes décapants et surprenants, servis par l’élite de la scène électro underground hexagonale. Scratch Massive, Ivan Smagghe, Jackson and His Computer Band, Chloé et Jennifer Cardini parmi d’autres ont pris soin de se réapproprier et de retravailler le meilleur de l’éternel dandy de la chanson française. Ses tubes intitulés ManurevaBambouTraces de toi ou La Fièvre dans le Sang font peau neuve, bardés de leurs nouveaux atouts ils prouvent que le temps n’a que peu d’emprise sur la sensualité et le répertoire d’un chanteur svelte à la beauté intemporelle.

L’allemand Superpitcher, de l’écurie Kompakt, a choisi de nous offrir le classique Géant dans une vision légèrement plus groove et chaloupée que la version originale, il a su capter et amplifier sa douceur mélancoliqueson érotisme pudique et magnétiquePilooski & Jayvich ont repris Bambou, titre éminemment « gainsbourgien », en donnant un sérieux coup de syncope à l’instru déjà funky ils ont invité l’ex de Lio en personne à venir réciter d’une voix calme et posée, grave et sexy, les mots écrits jadis par un Serge Gainsbourg amoureux !

Publié par Hiko

[Source : les-chroniques-de-hiko.blogspot.com]

Snob ou raffinée, superficielle ou impertinente, la figure du dandy est autant moquée qu’admirée. Il est temps de lui redonner ses lettres de noblesse et de prouver à quel point ce mode de vie est furieusement d’actualité. Voici quelques conseils de savoir-vivre qui demande, rassurez-vous, des gants, certainement, mais pas de gel hydroalcoolique.

Petit Courrier des Dames 1822 Modes de Paris N°87 Dandy, A. Delvaux Engraver

Écrit par Gariépy Raphaël 

Le déconfinement a enfin eu lieu, et la vie va peu à peu reprendre son cours. Pour vous aider à retrouver vos habitudes sans participer à la création d’une seconde vague de contamination, on vous propose de revenir à un temps où l’on passait beaucoup de temps à sa toilette et où l’on portait des gants. Distanciation sociale, style, décoration intérieure, oisiveté… La figure du dandy et ses avatars ont beaucoup à nous apprendre. Découvrez les conseils posthumes de ces illustres syphilitiques pour vivre cette période troublée avec élégance.

#restezchezvous

Dans À rebours Huysmans met en scène un personnage de dandy, le duc Jean Des Esseintes, resté célèbre pour son raffinement extrême. Dernier descendant d’une famille illustre, dégoûté de la vie mondaine, le personnage se retire dans une villa de la banlieue parisienne, à Fontenay, pour s’y créer un monde conforme à ses goûts. Il cultivera dans cette retraite solitaire des plaisirs subtils et inaccessibles au vulgaire. 

Pour Des Esseintes « la nature a fait son temps », les joies de l’extérieur, la beauté des espaces verts et la vie en société sont décidément passées de mode. L’aristocrate, un tantinet décadent, trouve dans le luxe et dans l’artifice un sens à son existence et développe une véritable poétique de l’ornement intérieur. « Le mouvement lui paraissait d’ailleurs inutile et l’imagination lui semblait pouvoir aisément suppléer à la vulgaire réalité des faits. À son avis, il était possible de contenter les désirs réputés les plus difficiles à satisfaire dans la vie normale, et cela par un léger subterfuge ».

Le meilleur exemple de l’utilité de cette philosophie, en ces temps d’interdiction de déplacement à plus de 100 kilomètres, reste le voyage de Des Esseinte en Angleterre. Arrivé au port, un orage le pousse à s’abriter dans une auberge. Devant son repas chaud alors que l’odeur des tissus humides embaume l’atmosphère et que la pluie bat au carreau, notre héros prend la décision de rentrer chez lui. Le dandy est en effet persuadé d’avoir déjà eu l’expérience qu’il cherchait de l’autre côté de la manche en restant assis à attendre que l’averse passe. 

Aujourd’hui, alors que les parcs et les cafés restent fermés inspirons-nous de son exemple. Pourquoi bouger de chez soi si l’artifice et un peu d’imagination peuvent remplacer le réel ? Prenez cependant garde aux légers effets secondaires, que sont la déliquescence et la folie, qui frapperont le personnage à la fin du roman. 

La distanciation sociale 

Retrouver sa famille et ses amis tout en respectant les mesures sanitaires n’est pas toujours chose aisée.

Notre premier conseil, prenez l’inébranlable résolution de ne pas être émus, contenez la moindre effusion de joie, soyez froid et maitrisé en toute circonstance. Faites donc vôtre cette citation délicieusement méprisante de Baudelaire « Beaucoup d’amis, beaucoup de gants », pour transformer l’impossibilité de retrouver toute forme de chaleur humaine en un dédain subtil, muer votre solitude et vos angoisses en l’aristocratique art de déplaire.

Pour la sortie en ville, munissez-vous d’une canne, accessoire qui risque fort de faire son grand retour en société. Idéale pour presser un bouton d’ascenseur, ouvrir une porte de métro, ou taper sur la tête de collégiens chahuteurs, la canne d’une longueur d’environ un mètre est parfaite pour imposer le respect d’une distanciation sociale. 

Prenez exemple sur le compte Robert de Montesquiou, dandy parmi les dandys qui, lors d’un duel, arborait une baguette si élégante que le journaliste Louis Marsolleau la décrivit en ces termes « une ombre, un souffle, un rien, un fil de vierge, un fantôme de bâton, un spectre de badine ! Quelque chose de si léger, de si mince, de si atténué..ha! d’un bois si tendrement anémié et si sveltement flexible qu’une tige de pavot en fût venue à bout au lieu d’en être décapitée ». On ne parle donc pas d’un bâton pour les randonnées de montagne. 

Robert de Montesquiou. (Portrait par Giovanni Boldini (1897)

La toilette 

Le soin apporté à sa toilette, souvent considéré comme superficiel, n’a jamais été aussi essentiel et va continuer à revêtir une importance cruciale dans les semaines à venir. George Brummell, dit le beau Brumell, pionnier du dandysme britannique, consacrait selon le mythe qu’il contribua fortement à créer, cinq heures par jour à sa mise et sa tenue, afin de ne passer aucun détail qui puisse nuire à son image.

Si la demi-journée de préparation vous semble un peu excessive on vous invite à méditer sur cette citation d’Oscar Wilde : « Seuls les gens superficiels ne jugent pas sur les apparences. » De nos jours, un masque parfaitement ajusté vous assurera une reconnaissance sociale immédiate. Promotion professionnelle, séduction, tout risque de se jouer à ce bout de tissu, alors faites un effort. 

Les mains propres 

Le contexte social d’une France post-confinement est particulièrement tendu. Les manifestations ne pouvant reprendre avant que l’épidémie ait définitivement disparu, essayons de prendre exemple sur nos soldats de l’élégance. En matière de violence, le dandy est un révolté sans révolution, un éternel rebelle qui ne se tache jamais. Le mécontentement du dandy tient dans ses vêtements, s’exprime dans ses saillies, le dandy est dangereux comme Jep Gambardella de la Grande Belleza, figure moderne du mondain italien qui affirme, sourire nostalgique aux lèvres : « Je ne voulais pas seulement participer aux soirées, je voulais avoir le pouvoir de les gâcher ». 

En dernier ressort, si vous avez une querelle à régler, ne soyez pas vulgaire, ne vous lancez pas dans ce différend à main nue. Empoigner votre adversaire risque, plus que jamais, d’être aussi dangereux pour vous que pour lui. Le duel au pistolet est une occupation beaucoup plus adaptée aux mesures sanitaires. Proust comme Montesquiou ont eu à régler des duels d’honneur et en sont sortis grandis. On vous conseille une distance de six pas. 

Seul hic, s’il est aujourd’hui facile de se procurer un masque au marché noir, l’acquisition d’un pistolet à poudre risque de ne pas être pas aussi évidente. 

Duel d’Onéguine et de Lensky, par Ilia Répine, aquarelle, Saint-Pétersbourg (1899)

 

L’oisif heureux 

Enfin le dandy sait s’ennuyer. Loin des regards qu’il attire habituellement, il lui arrive d’écrire. Beaucoup de ces aristocrates ont laissé une œuvre derrière eux : conséquente et reconnue comme celle de Baudelaire, ou plus discrète pour Montesquiou avec Les Pas effacés (ed. Du Sandre)

On vous laisse sur ses vers d’Oscar Wilde, qui lors de son séjour en prison, condamné à la mélancolie, regardait à travers la fenêtre de sa cellule comme on peut aujourd’hui observer des bouts de ciel depuis les geôles de nos appartements. 

Tant de regret jamais ne vis
Dans les yeux d’un homme, levés
Vers la petite tente bleue
Qu’est le ciel pour les prisonniers,
Vers chaque nuage qui passe
Toutes voiles d’argent gonflées.

La Ballade de la geôle de Reading dans un traduction de Jean Guiloineau

[Source : http://www.actualitte.com]

On risque fort de ne pas pouvoir aller en Grèce cet été. Avant d’y retourner, on se préparera à mieux voir ce pays en lisant avec profit Roumeli. Voyages en Grèce du Nord. Publié en anglais en 1966 et enfin traduit, ce livre de Patrick Leigh Fermor brille par sa compréhension d’un pays qui échappe au regard.

Patrick Leigh Fermor, Roumeli. Voyages en Grèce du Nord. Bartillat, 392 p., 22 €

Écrit par Ulysse Baratin

Certaines personnes parties jeunes voir le monde ne reviennent jamais de leurs premiers périples. Patrick Leigh Fermor (1915-2011) est de ceux-là. Résumer l’existence de cet auteur de récits de voyage serait difficile, mais indiquons qu’il connut l’aristocratie hongroise et roumaine des années 1930 comme les derniers nomades des Rhodopes, participa à la résistance crétoise, fut un écrivain cosmopolite et célébré dans les années 1950-1960. Un dandy, mais d’une vitalité hors du commun, qui, à soixante-neuf ans et après une existence riche en cigarettes et whisky, traversait à la nage le détroit des Dardanelles. Fantasme d’un ancien de la « Direction des opérations spéciales » britanniques comme d’un familier d’Eschyle. Une hagiographie en pointillé ne lui rendrait pas justice et on se limitera à ce seul aspect : Leigh Fermor aimait les Grecs et la Grèce.

Patrick Leigh Fermor, Roumeli. Voyages en Grèce du Nord

L’amour ne suffit pas à faire de bons livres. Dans le cas présent, si. Un premier sur la région du Magne, la plus méridionale, et cet autre ouvrage, qui le complète, sur la Roumélie. Cherchez sur les cartes, vous ne trouverez rien. C’est l’ancien nom du pays des « Romioi », les Romains, c’est-à-dire les Byzantins (héritiers de l’Empire). C’est la Grèce du Nord, loin de l’Attique, du Péloponnèse ou des Cyclades. On s’attend d’abord à un itinéraire mais il disparaît au profit d’un entrelacs de strates temporelles et géographiques sans cesse fractionnées par des digressions. Tout cela compose la bizarre structure du récit, reflet d’une Grèce impossible à saisir d’un seul tenant.

La langue elle-même laisse une place au roulement des métaphores tandis que les images se montent les unes sur les autres. Certains épisodes datent de l’entre-deux-guerres, d’autres sont postérieurs aux années 1950 et on a la sensation d’une superposition d’éléments disparates quoique liés. Le livre condense en chapitres thématiques (sur les nomades, les monastères, certaines régions) des souvenirs de différents voyages. Il y a un récit, il y a des voyages, mais pas de récit de voyage. L’ensemble a donc l’allure d’une pâtisserie prisée dans ces contrées pour la variété de son feuilletage : le baklava.

Comme liant, moins de miel mais la grâce d’un nom et la recherche d’une unité culturelle : la « romiossyni », le fait d’être non pas « hellène » (rattaché au cosmos antique) mais Rômiόs (rattaché au cosmos byzantin). Dans ces Voyages en Grèce du Nord, Patrick Leigh Fermor plus qu’un territoire recherche un certain esprit, des manières d’être et de faire. Dans de hautes montagnes, les bergers vivent dans des tipis et il y a beaucoup de monastères, des Météores au mont Athos. Ce n’est pas la Grèce rêvée par les antiquisants, plutôt celle de 1821, belle comme un kilim ancien. Une Grèce moins delphique, qu’on aimerait dire « balkanique » ou ottomane mais les termes suscitent tant d’ambiguïtés…

Patrick Leigh Fermor, Roumeli. Voyages en Grèce du Nord

« Voyage en Grèce du Nord » de Frederic Boissonnas (1919)

Orientale ? Leigh Fermor ne substitue pas un fantasme à un autre. Conscient d’être face à un objet fuyant, il dresse un tableau comparatif intitulé « Le dilemme helléno-romaïque ». Il repose sur « l’hypothèse que tous les Grecs recèlent en eux deux personnages qui entrent en conflit : chacun d’eux prend le dessus à tour de rôle, mais il leur arrive aussi de se mettre d’accord. Ces deux personnages sont le Rômiόs et l’Hellène ». La dichotomie fit sourire ses amis grecs mais les intéressa aussi. Parmi soixante-quatre points, le suivant attire l’attention, tant il résonne avec notre présent immédiat :

Le Rômiόs                                                                             L’Hellène

19. Considère que la Grèce                                       Considère que la Grèce

est en dehors de l’Europe.                                         fait partie de l’Europe

Comme Jacques Lacarrière et son Été grec, Leigh Fermor saisit une nation en train de basculer dans la modernisation et le tourisme de masse. Une Grèce sans électricité mais solaire et qui laisse plus de place à l’obscurité. Que ce pays-là ait (apparemment) disparu, n’importe quel visiteur européen peut le dire et verser avec le plus parfait naturel dand la déploration et la nostalgie. Mais Leigh Fermor a vécu en Grèce et ne tombe pas dans l’odieuse position esthète préférant un dépouillement immaculé à l’allègement des souffrances d’un pays si pauvre.

Ces souffrances, l’auteur les avait partagées en partie. Roumeli a l’Ida pour clef de voûte. Cette montagne crétoise fut un haut lieu de la résistance grecque. De ces années passées avec les maquisards dans des grottes, Leigh Fermor fait un récit court, qui est comme le centre de gravité du livre. Il s’y fait jour une délicatesse et une pudeur si profonde que l’on hésite entre l’admiration pour le combattant antifasciste et l’admiration pour le conteur s’effaçant derrière tout un peuple, qui le considérait comme l’un des siens tant l’agent secret britannique se mua là-bas, si cela a un sens, en ami.

Patrick Leigh Fermor, Roumeli. Voyages en Grèce du Nord

Patrick Leigh Fermor avec le soldat gréco-américain George Doundoulakis en Crète (1943)

L’homme ayant été responsable de l’enlèvement de l’un des deux généraux en chef allemands de la Crète, on aurait pu s’attendre au moins à une ligne sur ce fait d’armes. Rien. Érigé au cœur du livre comme une stèle sobre, le passage crétois se borne à rendre hommage aux compagnons d’armes. Sous la plume du héros, le « je » disparaît. Leigh Fermor en était un, pourtant. Toutes ces pages poignantes d’humilité disent l’éblouissement face à des hommes et des femmes. Le splendide récit lettré et sensuel déraille et toute extériorité s’évanouit : « Tantôt nous menions une caravane de mules chargées d’armes et d’explosifs largués par avion ou débarqués dans une anse isolée… » Cet Anglais, cet étranger, écrit « nous ».

Jamais, à aucun moment, on ne perçoit le début de cette condescendance si commune encore aujourd’hui chez les Européens, cultivés ou pas, pour les Grecs. Cela vaut la peine d’être noté car Leigh Fermor a toujours campé sur des positions politiques d’une stricte orthodoxie tory anticommuniste et de part en part Foreign Office. L’auteur délaisse son costume d’Anglais pour adopter une perspective grecque. Il le prouva par la suite en défendant publiquement les positions de la République hellénique contre celles du Royaume-Uni lors de la partition de Chypre. Venant d’un ancien officier de sa Majesté, ce n’était pas insignifiant. Roumeli décrit cet ébranlement humain qu’est la très étrange métamorphose d’un Européen… en Rouméliote.

La Grèce dont parle Leigh Fermor, un lecteur pressé ou bilieux la dira abolie à jamais, ou purement fantasmatique. Peut-être. D’où vient alors le si puissant sentiment de reconnaissance que dégage chaque page ? Soyons clairs, on n’a jamais connu la période dépeinte par l’auteur. Et pourtant, quelque chose d’à la fois tellurique et indéfinissable nous parle encore. Ce livre si saturé d’Histoire semble actuel. Alors, qu’est-ce qui parle sous et à travers les villes bétonnées, les îles disparues sous les camps, de vacances ou de migrants, et les montagnes éventrées par les compagnies minières ? Des sons. Le plus immatériel et le plus léger se perpétue. Les dernières pages les recensent en une litanie hypnotique en associant des lieux grecs à autant de sonorités singulières. Parce que « la » Grèce n’existe pas, Leigh Fermor parle des « sons du monde grec ». Évoquons seulement ces quelques invocations et appels : « Les Sporades sont le murmure de la mer à travers des oliviers ; la place Omónia est un chuchotement équivoque ; Salonique est une querelle au sujet d’un reçu de marchandises expédiées par voie maritime. »

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Enseignante et écrivaine, Cloé Korman a publié en janvier Tu ressembles à une juive (Seuil). Psychanalyste et philosophe, Stéphane Habib vient de publier Il y a l’antisémitisme (Les Liens qui libèrent). Dans cette conversation organisée par la revue Tenou’a, tous deux abordent deux phénomènes étranges, mais non étrangers l’un à l’autre : le racisme et l’antisémitisme.


Cloé Korman, Tu ressembles à une juive. Seuil, 70 p., 12 €

Stéphane Habib, Il y a l’antisémitisme. Les Liens qui libèrent, 96 p., 9 €


Stéphane Habib : Je voulais, pour commencer, vous soumettre une phrase. Phrase d’Emmanuel Levinas en exergue d’Autrement qu’être ou au-delà de l’essence. En vous lisant, je l’ai très souvent eue en tête : « À la mémoire des êtres les plus proches parmi les six millions d’assassinés par les nationaux-socialistes, à côté des millions et des millions d’humains de toutes confessions et de toutes nations, victimes de la même haine de l’autre homme, du même antisémitisme ». Il fait ainsi équivaloir l’une à l’autre la haine de l’autre homme et l’antisémitisme. Autrement dit, c’est de tous, de tous les assassinés par les nationaux-socialistes qu’il fait des victimes de l’antisémitisme.

Cloé Korman : Oui, bien sûr. Et puis ces violences exercées sur un autre sont aussi un processus d’autodestruction. Ces derniers jours, j’étais plongée dans la lecture de La destruction des Juifs d’Europe de Raul Hilberg. Il montre que cette destruction débute d’abord par la destruction de la manière de fonctionner de l’État, de la façon de légiférer et de la possibilité de l’entraide. Bien entendu, je n’appelle pas du tout à la compassion pour les bourreaux, mais je m’interroge sur ce qu’il y a d’autodestruction là-dedans. Cela fait écho pour moi à votre livre lorsque vous parlez des alliances aberrantes (par exemple, Netanyahou et Orbán). Hilberg montre aussi que l’antisémitisme concerne toujours les Juifs plus un autre groupe. On ne s’en prend pas à une institution, mais à des individus qu’on veut physiquement détruire. Cette façon de s’en prendre à des individus dont on veut la mort fait que le cercle des gens qui peuvent subir ces exécutions est variable, il peut s’étendre de façon arbitraire et à tout moment. On sait qu’avec le génocide des Juifs par les nazis, il y avait également celui des Tsiganes et aussi, dit Hilberg, des « laids », parmi les prétendus asociaux, ceux qu’on peut sélectionner juste par leur photo.

S. H. : Ils sont victimes du même antisémitisme. C’est le rapport entre les racismes et l’antisémitisme. Tous deux, nous avons ce désir de relancer les luttes communes et solidaires contre le racisme et l’antisémitisme. Nécessaires pour aboutir à une efficacité dans les luttes. Qu’elles se soient séparées pour des raisons que vous expliquez, cela correspond aussi à la vacance qu’on a laissée, c’est-à-dire à la place libre laissée à l’extrême droite pour se développer. Et plus ces luttes sont séparées, plus même elles luttent les unes contre les autres – ce qui est une aberration aussi bien historique que politique –, et plus l’extrême droite, qui en vérité jouit et se réjouit de cette situation, occupe cette place laissée vacante par ces deux luttes qui, au fond, s’annulent quand elles sont séparées – c’est exactement ce qui est en train de se passer.

C. K. : Je pense que l’antisémitisme est un formidable œcuménisme des haines, une « cause commune », pour reprendre une expression de Nicole Lapierre mais en négatif : une cause commune des haines. Quand on pense qu’il peut aussi bien recruter aujourd’hui parmi les groupes blancs néofascistes que parmi des personnes musulmanes ou issues de l’immigration. L’antisémitisme n’est pas juste la haine d’un groupe d’individus – d’ailleurs, lequel serait-ce puisque la judéité est quelque chose de très complexe, et peut se vivre et se penser dans une très grande constellation, une très grande diversité ? –, c’est une structure de pensée. C’est l’idée qui emporte votre livre, qu’une façon de s’exprimer est un désir de tuer. La promotion de l’antisémitisme est celle d’une certaine liberté de propos, de certains propos pour assassiner. Pensons à « Jour de colère » en 2014, c’étaient les Juifs, les homosexuels, etc. Donc il y a toujours une liste, et une liste toujours plus étendue visée par l’appel au meurtre.

Racisme, antisémitisme : entretien entre Cloé Korman et Stéphane Habib

Cloé Korman © Vincent Message

S. H. : Jour de colère, en 2014, oui, c’est très important, il s’y passe précisément ça, ce phénomène que vous décrivez, plus l’alliance aberrante entre l’extrême droite nazie et des proches de Dieudonné, des gens qui, quelques années, quelques mois plus tôt, s’ils s’étaient rencontrés dans la même rue, se seraient battus à mort. Et cette alliance se fait alors autour du slogan qui a été proféré dans la rue – selon Robert Badinter, pour la première fois depuis la Seconde Guerre mondiale : « Juif dehors, la France n’est pas à toi ».

C. K. : Mais qui dit qu’ils ne se battraient pas à nouveau à mort demain s’ils se rencontraient ? De toute façon, l’antisémitisme est une profération de haine qui déverrouille la violence. On réclame de pouvoir dire parce qu’on réclame de pouvoir tuer.

S. H. : Exactement. Le moment où l’on profère l’insulte ou le slogan, c’est juste le moment où, pour faire alliance, s’arrête la potentielle violence entre des groupes qui sont opposés. C’est ce qui me semble très important. Ce qui est commun entre eux à ce moment-là, c’est la volonté de mise à mort des Juifs. Pas simplement leur expulsion. L’expulsion est un euphémisme, la métonymie de la mort, de la mise à mort.

C. K. : Oui, c’est le projet commun.

S. H. : En lisant votre livre, je me suis demandé s’il n’y avait pas une différence – je n’y tiens pas particulièrement, et je ne sais pas si c’est très intéressant, ou s’il faut tenir à cette différence – entre le racisme et l’antisémitisme. Étant donné que je soutiens dans mon livre que l’antisémitisme est une structure, ce qui veut dire un langage, je me suis demandé en vous lisant s’il n’y avait pas une différence qui tenait à ce que vous écrivez page 91. Une page très importante. Je lis : « Mais le racisme ne suit pas toujours un programme, il n’est pas toujours déclaratif et peut être inconscient. À côté de ce langage de guerre contre des groupes humains stigmatisés, il existe aussi un racisme sans langage, qui le précède et le prolonge en traçant certaines frontières au sein de la société, pour ne pas remettre en cause les dominations en place. » Est-ce à dire que vous pensez qu’il peut y avoir un racisme sans langage ?

C. K. : Sans déclaration d’intention, oui. C’est un passage sur lequel j’ai voulu être très prudente. En premier lieu, il faut rappeler que le racisme est un langage en dur. Par exemple, il est passé par des lois : le Code noir, le Code de l’indigénat, le statut des Juifs. Ce sont des choses on ne peut plus déclaratives. Quand j’évoque un racisme non dit, non déclaré, c’est pour parler des phénomènes de tolérance de la haine, de passivité, de préjugés aussi, et de discriminations. Dans ces domaines-là, je pense que les agissements du racisme ne sont pas forcément conscients. C’est l’idée de la complicité inconsciente avec le racisme. La tolérance de structures de domination, en considérant qu’on n’y peut rien ou qu’on n’a pas à s’en mêler.

S. H. : Lorsque j’essaie de réfléchir à la description du phénomène raciste, j’ai le sentiment qu’il ne peut pas se passer de mots. Même s’il est silencieux, il tait un discours qui n’est pas nécessairement construit chez celui qui le tient sans le tenir, ou qui le tient en se taisant. Mais il tait un discours. Il y a un discours qui se transmet d’autant plus efficacement qu’il est banalisé, qu’il est tu.

C. K. : Si j’ai écrit ce passage, c’est notamment pour parler des discriminations. Je pense qu’un employeur qui discrimine à l’embauche, un propriétaire qui discrimine à la location, ce n’est pas forcément au moment où il écarte une famille noire ou arabe, ce n’est pas forcément au moment où il préfère un candidat blanc, qu’il formule quelque chose de raciste. Mais à un autre moment, peut-être, il donnera dans la blague raciste, ou dira que c’est mieux pour sa boîte, ou je ne sais quel discours odieux. En tout cas, le discours infrasonore des discriminations peut être en différé. Ces discriminations sont massives en France pour les personnes perçues comme noires ou arabes. C’est un ferment de colère légitime dans une République qui revendique l’égalité. Or le phénomène discriminatoire est massif. Cela rend la société hypocrite.

S. H. : Le but de votre livre est-il de mettre des mots là où le discours se soutient de son silence ? Il passe d’autant mieux dans le racisme presque institutionnalisé qu’il est tu. Et en lisant ces passages-là, j’ai pensé qu’écrire ce livre revenait à mettre en lumière ce qui surtout devait rester dans l’ombre pour pouvoir continuer à se propager. Car c’est un livre qui ne laisse pas le silence se taire, ce silence nécessaire à la poursuite du racisme. Ce qui est une écriture politique.

C. K. : Ça me rapproche de mon travail d’écrivain sur la violence. Essayer de montrer comment elle se propage, par quels types de non-dits et de silences. Une des choses qui me met le plus en colère au quotidien, c’est l’intimidation : le moment où une autorité s’affirme sans en avoir l’air, sans assumer le rapt du pouvoir, l’humiliation qu’elle impose de façon déguisée.

S. H. : C’est exactement la même stratégie que pour la violence faite aux femmes : elle est structurelle. On se tait et cela permet de continuer à faire ce qu’on a toujours fait.

Racisme, antisémitisme : entretien entre Cloé Korman et Stéphane Habib

Stéphane Habib

C. K. : Cela nous rapproche du livre de Delphine HorvilleurRéflexions sur la question antisémite, qui fait des parallèles entre l’antisémitisme et le sexisme, la misogynie. Il y a dans l’antisémitisme ce que j’appelle le dandysme, cette position qui demande qu’on cesse les discours « trop vertueux », on a bien le droit à son petit quotidien pulsionnel, qui se plaint avec cette ritournelle : « On ne peut plus rien dire ». Il y a aussi cette façon d’utiliser l’antisémitisme ou la misogynie dans la société française actuelle contre les personnes arabes et musulmanes en prenant ce phénomène tel qu’il peut exister pour accabler le groupe dans son entier. Sur l’analyse des discours en creux, le passage sur le déni dans votre livre m’a fait penser à l’horreur du négationnisme, qui lui aussi a une structure grammaticale : une structure du « quelque chose pas », « ce n’est pas ça », et tout ce qu’il y a à retenir, c’est qu’on y est, qu’on est dans cette violence-là. Même si on a ajouté une négation, ça irradie. Le négationnisme ça ne dit pas : « les chambres à gaz n’ont pas existé », ça dit : « je sais qu’elles ont existé, mais je m’en fous ». Ceci, en tant que structure de la haine, cette grammaire de la haine, donc le négationnisme, eh bien ça a été un laboratoire de plein de choses qui nous dévastent aujourd’hui aussi bien dans les violences contre les homosexuels que contre les femmes. Et aujourd’hui, je vois la même structure et d’ailleurs les mêmes « alliances aberrantes » dans la violence des climato-sceptiques. Avec un corpus scientifique et un savoir dont on se fout par anti-intellectualisme, par refus de renoncer à des privilèges, entre autres.

S. H. : C’est pourquoi la formule du déni est très importante. C’est le psychanalyste Octave Mannoni qui l’écrit : la formule du déni, c’est « Je sais bien… mais quand même ». Le « pas » de la négation, c’est celui de la « dénégation ». Freud montre comment la négation permet de dire ce qu’on ne peut pas dire par l’affirmation : « Je ne dis pas ça parce que tu es juive ». Si le négationnisme, c’est le déni : « Je sais bien que ça a existé, mais je m’en fous », c’est encore bien plus pervers qu’une simple négation, c’est : « Je sais bien que ça a existé, mais je vais faire comme si ». Le négationniste dirait même : « Je sais bien, mais je m’en fous et je m’en fous tellement que je vais faire croire que je crois que ça n’a pas existé par des démonstrations pseudoscientifiques et des affirmations fallacieuses tout le temps. C’est-à-dire que non seulement je ne crois pas à ce que je dis, mais en plus je vais faire mal en inventant ce qui va me permettre de vous faire croire que je crois que ça n’a pas existé ». La structure est abyssale, en fait, en termes discursifs et en termes de volonté de blesser. Il y a très peu de temps, j’ai dû expliquer à mes enfants de 9 et 13 ans ce que c’est que le négationnisme, parce qu’ils ne comprenaient pas comment c’était possible. Ni ce que c’était que les démonstrations pseudoscientifiques. Et j’ai dû expliquer que les négationnistes disaient au titre de la vérité : « On ne peut pas faire rentrer tant de corps vivants dans un wagon ». Mais qu’ils omettaient volontairement dans leur raisonnement qu’un corps vivant peut se tordre et se plier jusqu’à la mort. L’horreur du négationnisme est ce cynisme poussé à l’extrême, parce que le pseudo-raisonnement scientifique raisonne comme si on ne persécutait pas, comme si on ne brisait pas, comme si on ne pliait pas, comme si on ne mutilait pas les corps jusqu’à la mort, ce qui change le calcul. C’est là l’extrême perversion du discours, en fait. Il n’y a pas d’antisémitisme qui se passe de la langue de l’antisémitisme. C’est une donnée fondamentale. C’est le noyau de l’antisémitisme que de s’énoncer. Et de proférer le désir de mettre à mort. Le discours de l’antisémitisme est déjà un acte.

C. K. : Sur la question « Les racistes croient-ils au racisme ? », on voit le passage en force pour asseoir sa violence, la naturaliser et pour recruter. On sait bien comment, à l’époque de l’esclavage, on pensait qu’on pouvait fouetter un homme à mort, qu’il pouvait être corvéable à merci, qu’on pouvait arracher aux femmes leurs enfants mais, en même temps, ces personnes on allait les baptiser. On sait aussi que les nazis cachaient les camps. Bien sûr pour pouvoir conduire les Juifs à la mort plus facilement. Pour empêcher la connaissance et la résistance. Mais il y a également quelque chose de cette horreur qui ne s’assume pas. De toute façon, ces discours de haine s’agençant autour de la dénégation ou de l’aberration logique servent un autre discours qui dit : « Venez, ici vous pourrez déchaîner impunément vos pulsions ».

S. H. : C’est presque par un glissement, dans votre livre, vous le posez dès le début du texte, que vous parlez beaucoup plus de ce qu’on appelle le racisme que de l’antisémitisme en l’appelant l’antisémitisme. Et je crois que c’est fondamental dans votre geste d’écriture. Vous racontez comment racisme et antisémitisme se sont désolidarisés de fait. Et dans votre volonté forte de les resolidariser, j’ai l’impression que vous faites glisser la différence de ces deux mots en n’en utilisant quasiment plus qu’un : le mot racisme. Vous utilisez dans le livre une très belle expression : « Il faut descendre dans l’arène du langage ». Extraordinaire est l’importance que vous accordez à la description, à la compréhension, à la dénonciation des phénomènes racistes aujourd’hui, à l’intérieur d’un livre qui a pour titre Tu ressembles à une juive et qui est un livre que, j’imagine, on qualifie le plus souvent de « livre sur l’antisémitisme ». Le tour de force de votre livre, c’est sans doute cela, de traiter du racisme comme tel.

C. K. : Sur le passage de l’antisémitisme au racisme, nous nous retrouvons dans l’idée que c’est une structure qui, si on la laisse se propager, détruit. J’ai un malaise, une interrogation par rapport à la singularisation parfois un peu excessive, presque fascinée, sur la spécificité juive, la spécificité de l’antisémitisme, ce qui en fait quelque chose presque à part alors qu’il me semble que l’antisémitisme nous donne la forme de la haine raciste, de la persécution génocidaire à travers les âges pour des raisons historiques : cette persécution existe depuis des siècles et ses traces sont également très anciennes (dans la Bible, par exemple, avec Esther, avec Moïse faisant quitter le royaume de Pharaon pour éviter à son peuple l’esclavage et l’antisémitisme). Il y a, avec ses traces, une continuité de l’histoire de ces persécutions. Je pense que des peuples qui ont été persécutés pour leur identité culturelle, religieuse et qui ont disparu à cause de cela, il a dû y en avoir beaucoup, mais on n’en a pas forcément de témoignage. Ce qui est fort avec l’histoire du judaïsme, c’est qu’on a ce livre très ancien qui raconte l’identité et la persécution. Donc il me semble plus intéressant de montrer : « Voilà une forme très archaïque de la haine déchaînée qui s’est formée ». Regardons en quoi elle est une clé qui permet de comprendre d’autres discours de haine. Il m’intéresse de voir comment l’antisémitisme en ce sens libère des façons de penser, les normalise. Nous sommes aujourd’hui dans un tel déchaînement raciste.

S. H. : L’attentat de Yom Kippour dernier à Halle-sur-Saale en Allemagne est très emblématique à cet égard. L’assassin d’extrême droite veut tuer des Juifs le jour de Yom Kippour. Il tente de pénétrer armé dans la synagogue de la ville mais n’y parvient pas. Il lui faut tuer, alors il se retourne contre un restaurant turc à proximité pour tuer. En voulant tuer des Juifs au départ, il finit par aller tuer des musulmans. C’est très très important.

C. K. : Dans votre livre, vous travaillez à démonter l’idée du soi-disant « nouvel antisémitisme » qui serait arabe et musulman. De deux façons. Tout d’abord en montrant comment il est utilisé par des racistes, comme on l’a dit tout à l’heure, qui étendent cette accusation à l’ensemble des personnes arabes et musulmanes quelles qu’elles soient, et surtout qui en profitent pour poser un voile pudique sur tous les autres antisémitismes. Et puis il y a le fait que l’antisémitisme se manifeste depuis des siècles, ce qui rend insensé le qualificatif « nouveau ». Il s’agit donc vraiment d’une stratégie pour diviser, pour attiser les haines, pour créer du communautarisme quand il n’y en a pas, ou pour l’encourager.

S. H. : C’est un point que nous avons en commun et qui m’a immédiatement paru extraordinairement traité dans votre livre. Je veux montrer comment l’extrême droite s’est emparée de la lutte contre l’antisémitisme pour accabler encore un peu plus les musulmans, les Noirs ou encore tous ceux que l’extrême droite considère comme des étrangers. Il est très important de ne pas se laisser voler par l’extrême droite la lutte contre l’antisémitisme, de ne pas y croire. D’autre part, il y a peut-être des gens de bonne foi qui croient à un nouvel antisémitisme – et, dans ce cas-là, la fonction d’écrire des livres ou de parler en public est déterminante. Vous êtes vous-même professeure, ce qui, dans Tu ressembles à une juive, joue un rôle décisif – et s’ils le croient nouveau, c’est qu’il y a une forme d’ignorance : on ne voit pas, on n’entend pas, on ne connaît pas et donc on ne reconnaît pas que la langue est toujours la même. Ils l’appellent « nouveau » pour l’attribuer aux musulmans, mais si on prend en considération les actes qui leur permettent de parler d’un nouvel antisémitisme, donc les meurtres, le discours qui est tenu par les assassins est le même à travers les siècles. L’assassin de Sarah Halimi dit qu’elle est le Sheytan, donc le Satan en français, le Diable, et c’est la plus vieille langue de l’antisémitisme. Il n’y a rien de nouveau dans le phénomène si ce n’est que les tenants de l’expression « nouvel antisémitisme » insistent sur le fait que l’assassin est musulman.

C. K. : Je pense qu’il faut écouter ceux qui croient de bonne foi au fait qu’aujourd’hui l’incarnation meurtrière de l’antisémitisme se situe chez des personnes musulmanes, au vu des meurtres de Sarah Halimi, de Mireille Knoll, de l’Hyper Cacher, d’Ozar Hatorah ou d’Ilan Halimi. Ces meurtres émanent bien de personnes musulmanes mais, et c’est là que ce que vous dites sur le fait qu’il n’y ait pas de différence entre l’expression et le désir de meurtre est très important, parce que dans des groupes non musulmans néonazis ou fascisants, type Rassemblement national, le discours antisémite est extrêmement vif et actif. C’est Marine Le Pen, en 2017, déclarant que la France n’est pas responsable de la rafle du Vél’d’Hiv. C’est l’ancienne gare de déportation de Pithiviers où ont été tagués des insignes néofascistes. Eh bien les gens qui s’expriment ainsi ne sont pas des musulmans et ce qu’ils affirment là, c’est une volonté meurtrière vis-à-vis des Juifs.

S. H. : Ce qui me met en colère lorsqu’on parle du nouvel antisémitisme, c’est que ça fait diversion sur la question fondamentale de l’antisémitisme. On ne parle pas de la chose même. Ça c’est une diversion politique très importante.

J’aimerais soulever maintenant un point qui n’est peut-être pas de divergence mais de grande discussion entre nous. Sur le rapport du racisme et de l’antisémitisme, encore. Le fait que vous soyez réticente à l’hyper-singularisation de l’antisémitisme, je l’entends, mais je me dis que peut-être le seul moyen de penser de manière radicale une question, c’est à chaque fois de la pousser au plus loin dans sa singularité. L’exigence de la pensée de la singularité, c’est de pouvoir penser en même temps l’extrême singularité de l’antisémitisme, l’extrême singularité des racismes, de pouvoir mettre en relief, s’il le faut et s’il y en a, les différences, en ce sens que c’est parce qu’il y a cette distance entre les deux, parce qu’il y a de l’écart, qu’on va pouvoir créer de l’avec. Donc créer une lutte contre le racisme avec une lutte contre l’antisémitisme. J’insiste : pour qu’il y ait un « avec », il faut qu’il y ait une distance, il faut la différence. J’ai toujours très peur que, quand on prend exemple de l’antisémitisme pour comprendre, on fasse de l’antisémitisme une sorte de paradigme, et la logique de l’exemplarisme est une logique dangereuse en ce qu’elle crée une ambiguïté.

C. K. : La singularité doit être dite, effectivement, et pour cela l’Histoire est fondamentale. La précision historique. Et là-dessus, on est en grand défaut. Je parle dans mon livre de Drancy, de la cité de la Muette qui est mal connue : le lieu matériel d’entassement des Juifs en vue de leur déportation, très peu de gens le connaissent. Il faut s’intéresser de près à ces questions pour savoir que c’est une cité HLM, qu’elle est à Drancy à dix minutes de Paris, que cette cité est encore habitée. C’est parfois le problème de la structure mémorielle, d’ignorer les lieux, la matérialité, les responsabilités dans le processus. On manque de précision, de visualisation, de connaissances historiques, de connaissances culturelles. J’ai accompagné un groupe d’élèves au Mémorial de Drancy. On y voit un graffiti d’époque représentant un homme portant la kippa et des rouleaux de la Torah, ils n’avaient aucune idée que cela puisse représenter un Juif. Une représentation amicale, vivante, de la religion juive. Je parle de mon trouble aussi lorsque, ayant visionné avec des élèves l’épisode sur le commerce triangulaire du documentaire d’Arte Les routes de l’esclavage (2018), une élève dont les parents viennent d’Haïti s’exclama : « Ah c’est pour ça qu’il y a des Noirs aux Caraïbes », elle ne le savait pas. Ce n’est pas que ce n’est pas enseigné, mais ce n’est pas assez raconté. Les histoires des racismes, à savoir comment ils se sont construits, ne sont pas assez concrètes ni profuses.

Propos recueillis et mis en scène par Stéphane Habib et Antoine Strobel-Dahan

[La partie ci-dessous n’est pas publiée dans le numéro 179 de la revue Tenou’a.]

S. H. : Vous touchez la question des récits. Sans doute la raison pour laquelle on fait des livres. Certes, il y a beaucoup de livres sur le racisme, beaucoup de livres sur l’antisémitisme, nous nous le sommes tous les deux entendu dire et, comme vous le releviez, non sans une certaine ambivalence. Et la réponse, c’est exactement ce que vous venez de dire. Quelque chose comme la possibilité, la nécessité d’écrire une multiplicité de récits. C’est le seul moyen peut-être de commencer à agir. Parce que penser, c’est déjà un acte, aussi bien qu’écrire. Et c’est une raison de plus pour laquelle votre livre est si important. En effet, vous y traitez du rapport de tout cela avec la littérature, c’est-à-dire aussi avec le fait de faire de la littérature et ce que cela permet. Et voilà la solidarité des luttes. Car c’est la même lutte contre l’anti-intellectualisme, contre le racisme et contre l’antisémitisme, contre l’homophobie, contre la misogynie. C’est la même haine, celle des livres et celle des hommes. Nos deux livres visent à rendre manifestes les choses. Il faut avoir une parole inlassable pour lutter contre ces haines, parce que je ne crois pas que ça s’arrêtera. C’est pourquoi ce livre s’appelle Il y a l’antisémitisme, parce que cela est. Et je ne crois pas que cela disparaîtra un jour, parce que ce que cela peut donner de pouvoir d’être raciste ou antisémite est bien trop attrayant pour que ça cesse. Cela nous oblige à la « parole inlassable » dont parle Hannah Arendt. Ce qui veut dire à penser plus, à écrire plus, à travailler plus, à questionner plus…

C. K. : Le phénomène est sans fin et nous sommes dans un moment aigu qu’il faut penser au niveau mondial. Il y a aujourd’hui trois immenses démocraties, les États-Unis, le Brésil et l’Inde, qui sont ouvertement dans un temps de racisme officiel, de racisme d’État. Ça, c’est le contexte. Et on pourrait en citer bien d’autres. Israël et la Hongrie. Il faut nommer comme on l’a fait cette structure, cette langue de la haine et dire aussi qui la parle. N’avoir pas peur de nommer les personnes qui usent de ces stratégies, de ces paroles-là, dans le but d’exercer un pouvoir.

S. H. : Cette question que vous posez de « qui la parle ? » est fondamentale. Écrire des livres, c’est aussi montrer ce qui se passe quand on la parle, cette langue-là, mais également, parce que c’est une parole, elle circule. Robert Badinter parlait très pertinemment de la « lepénisation des esprits ». C’est aussi ce que montrait Victor Klemperer avec LTI, la langue du IIIe Reich, à savoir comment la langue s’insinue, et là il y a de l’inconscient et, au fond, on commence à parler la langue du racisme, de l’antisémitisme, sans même l’avoir décidé. Une manière forte de transmettre le racisme, c’est de rabâcher. En cela l’antisémitisme est très dangereux parce qu’il ne cesse de se répéter, de ressasser, tant et si bien que cela imprègne la langue commune.

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]