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Escrito por Horacio Otheguy Riveira

Jorge Luis Borges se convierte en un cálido personaje de ficción, protagonista en la sombra, invitado especial en un recorrido por el pasado de otros personajes ficticios y algunos con ficha en el histórico deportivo, como el polémico astro boxístico Josep Gironés, alrededor del cual gira la acción principal, aunque hay muchas vertientes en un caudaloso río novelístico que comienza en una peluquería de un amante del cine y de la buena conversación, donde recibe a un amigo que reside en París desde hace años. Un encuentro con recuerdos grises y luminosos en el que a poco de empezar la feliz conversación aparece Jorge Luis Borges en 1980.

Fatigado de un largo día, logra que su secretaria María Kodama —poco después se casarían— resuelva con habitual eficacia un encuentro con editores, para quedarse en el taxi conversando con el chófer, precisamente el amigo del peluquero que acaba de llegar de Francia por unos días. Todo ocurre en Barcelona. El autor de El Aleph, que pronto recibiría el Premio Cervantes (junto con el poeta Gerardo Diego), habla con su característica voz pausada, envolvente, como si recuperara el arte de las narraciones orales…

Un coche en la gran ciudad y dos hombres muy distintos, un conductor profesional exboxeador, y el pasajero ciego, considerado entonces uno de los más grandes escritores vivos en lengua castellana:

«[…] Germán recordaba aquellos primeros instantes a solas con Borges, cuando aquella mujer menuda y poco habladora acababa de descender resignada del coche, rumbo a aquella cita. Al escritor se le despertó de pronto una afabilidad inesperada, como un niño que hubiera escapado durante un rato de la escuela. «Le propongo que elija usted mismo el recorrido —dijo—. Si decide simplemente dar vueltas a la manzana, como un tiovivo de feria, yo no lo sabré, como puede suponer, o fingiré no saberlo. En cualquier caso, no me opondré ni se lo recriminaré después. Pero si decide recorrer una parte de la ciudad, le agradecería que me fuese describiendo a su manera lo que vea y considere de interés. Sea lazarillo y chófer a un tiempo. No descarto dormirme, como ya he dicho. Si es así no se preocupe, continúe y despiérteme cuando toque regresar para recoger a María. ¿Es usted buen conversador? ¿Siempre fue chófer?»[…]».

Y como Germán también fue boxeador, el duro deporte se introduce en la conversación con la elegancia de los grandes estilistas y la curiosidad siempre viva de quien ya había cumplido 80 años: «Pero, dígame, ¿cómo comenzó todo?, ¿cómo se hizo usted boxeador?».

A partir de este viaje, una novela que fusiona diversas historias para narrar lo que, por momentos, es una crónica deportiva de profundo enlace con acontecimientos sociales y políticos, guerra civil de por medio, a tal punto que entra en la Biblioteca Mundial de Obras del a menudo denostado deporte del boxeo.

Este Combate interminable pertenece ya al admirado anaquel donde se aglutinan obras como Rey del mundo, de David Remnick; El combate, Norman Mailer; Contra las cuerdas, Sergio Núñez Vadillo;  Fat City, Leonard Gardner; Knock Out: tres historias de boxeo, de Jack London; Besos a la luz de la lona: Historias de boxeo, de Ignacio Aldecoa. En todas ellas (y hay muchas más) lo que fue bárbaro y cruelmente explotado «ejercicio de ataque y defensa con los puños», encuentra su vertiente tan poética como vitalista. Como dejó constancia una gran escritora como Joyce Carol Oates en Del boxeo: «ocurre tanto, tan rápidamente y con tal sutileza de infarto que no puede absorberse sino para saber que algo profundo está aconteciendo».

Si el eje de la novela El combate interminable gira alrededor del Crack de Gràcia, Josep Gironés (1904-1982), y la participación activa de Borges como inesperado escucha, su mayor acierto reside en todo lo que desarrolla paralelamente con muy interesantes personajes y situaciones hacia un tramo final urbanita por excelencia, vibrante, amorosamente nostálgico para dejarnos con una enigmática sonrisa, dispuestos a completar nuestro propio e incesante combate.

*** *** ***

He aquí un apretado extracto, a partir del momento en que Borges se siente mal dentro del coche… Ocurre en las páginas 92-93 (de 198).

«— … maestro, no conviene caer a la lona antes de tiempo. A la lona no. Hágalo por mí. Ya sé que ahora le parece estar dentro de una pecera de agua turbia. Alguna vez he tenido yo que aguantar más de un asalto y de dos en semejante estado. Es una borrachera rara, lo sé. Venga, que le doy aire. —Le aflojó el nudo de la corbata, le desabotonó la camisa—. Basta con que mantenga la guardia en su sitio y recuerde la táctica de defensa como un bailarín recordaría los pasos de un tango. ¿Qué tal se le ha dado el baile en la vida, maestro? Vamos, yo le marco el ritmo: un, dos, tres…, un, dos, tres.

— El problema…, ya se imaginará, es que no consigo ver a mi rival. Sé que está ahí, pero no lo veo. ¿Cómo se defiende uno de alguien a quien no se ve?

—Le entiendo. Alguna vez, por culpa de las brechas en las cejas, de la hinchazón de los pómulos, he tenido que pelear muchos minutos prácticamente a ciegas. Pero para eso está aquí su segundo, maestro. Yo le guío, soy su lazarillo. Vamos a cubrirnos bien el flanco izquierdo, que le he visto descuidado y por ahí puede arremeter de nuevo el rival, y ya sabemos que es marrullero, tiene prisa por ganarnos. Pero no le vamos a dar ese gusto…

—Me parece intuírle… Creo que es un muchacho.

—Exacto, maestro. Casi siempre es así el boxeador que creemos que nos tumbará, que acabará con nuestra carrera. Un niñato que no sabe más que arremeter en tromba, que alardea de facultades cuando las nuestras empiezan a flojear. Pero usted protéjase y aguante hasta que el otro se canse. Respire lenta pero profundamente. (…) En cualquier caso, amigo, no dejaré que le hagan daño, de veras. No sería un buen segundo si lo permitiera. Si no puede seguir, dígamelo y tiraré la toalla. No pasa nada por eso. ¿De veras no quiere que llame ahora mismo a una ambulancia? Hay una cabina telefónica ahí mismo y…

—No, eso no. La toalla no se tira, che… Eso nunca… ¿Alguna vez la tiró ese Gironés, ese Crack de Gràcia?

—¡Jamás!

—¿Y usted?

—La duda ofende, maestro.

—Pues nosotros tampoco. La toalla no se tira».

*** *** ***

Dentro de pocos días me entregarán el premio Cervantes. Eso certifica que he sido leído en alguna medida, contra todo pronóstico, que perduraré en muchas memorias, aunque no sea más que por algunos años…

Borges recreado por Iñaki.art (Iñaki Massini Pontis) que ilustra este reportaje, pero no está en la edición del libro. Muy recomendable visitar la web de este artista: https://inakiart.blogspot.com/2010/11/jorge-luis-borges.html

 

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

Publicado por Juan Tallón

Xosé Luis Fortes cuenta que a finales de 1979 coincidió con un tal Bolaño en Ourense. Tuvieron trato durante un mes, aproximadamente. Según él, casi seguro que era Roberto Bolaño Ávalos (1953-2003), el escritor chileno. Acentúa la palabra «casi», para dejar claro que pudo ser Roberto Bolaño pero también no serlo. Es cauto a propósito de sus recuerdos. A veces «también la memoria recrea ficciones», admite. Fortes (1961) trabaja como celador de carreteras en la Xunta de Galicia, pero en su otra vida, la de las tardes, se entrega a la literatura. Yo nunca había leído ni oído que Bolaño hubiese estado alguna vez en Galicia, pero me empecé a interesar vagamente por esa historia cuando Fortes me la contó por tercera vez en diciembre de 2017.
A mediados de ese mes quedamos en el café Bohemio de Ourense, en una mesa al lado de la puerta, por la que entraba un frío atroz. Nos levantamos media docena de veces a cerrarla. Encendí la grabadora y le pedí todos los detalles que consiguiese recordar del tal Bolaño. El relato comenzaba en 2008, y después iba hacia atrás. «Ese año yo sufrí un infarto, y en mitad de mi recuperación mi amigo Pepe Bouzas apareció en el hospital con un ejemplar de Los detectives salvajes (1998). Me empezaron a sonar demasiadas cosas, y aparecieron algunos datos ante los que me dije que allí había algo nuestro, generacional, común». Días después su amigo le envió un enlace a una entrevista en una radio de Girona. «Aquella voz me sonaba. Era Roberto Bolaño, y en ese momento es cuando pienso por primera vez que es perfectamente posible que Bolaño fuese el mismo Bolaño que yo había visto y tratado treinta años antes en Ourense».
En su teoría, había algunos fragmentos sobre Galicia en Los detectives salvajes que despertaron los recuerdos en los que Bolaño se le apareció en Ourense. «¿Qué fragmentos son esos?», pregunté. Dos noches después me envió una fotografía de la página 427 de la novela, en la edición Narrativas hispánicas de Anagrama. Se trataba del comienzo del capítulo 20, donde Xosé Lendoiro, poeta y abogado, relata cómo y cuándo conoció a Arturo Belano, trasunto de Roberto Bolaño y protagonista de la novela junto a Ulises Lima, a su vez trasunto del poeta mexicano Mario Santiago (1953-1998). Lendoiro lo conoció durante un viaje por Galicia, en un camping de Castroverde (Lugo) al que el abogado fue a parar en su roulotte, con la que se dedicaba a recorrer España por placer. Un día, durante su estancia en Castroverde, un niño se precipitó a la sima de una montaña llamada la Boca del Diablo. El vigilante del camping se ofreció a descender con una cuerda y rescatarlo. Cuando al fin lo subieron, se organizó «una fiesta de gallegos en la montaña, pues los campistas eran funcionarios y oficinistas gallegos y yo era hijo también de aquellas tierras y el vigilante, al que llamaban El Chileno pues esa era su nacionalidad, también descendía de esforzados gallegos y su apellido, Belano, así lo indicaba». Al menos en la ficción, pensé, Bolaño sí había estado en Galicia, como una etapa más del interminable viaje que Belano y Lima emprenden en 1976, cuando salen de México D. F. en busca de la poeta realvisceralista Cesárea Tinajero, y que, a menudo por separado, los llevará a lo largo de veinte años por Nicaragua, Estados Unidos, Francia, Austria, Israel, Egipto, Liberia, Angola, otra vez México y también España.
A raíz de la lectura de la novela, merecedora del Premio Herralde, Fortes ya no pudo sacarse de la cabeza que a lo mejor había conocido a Roberto Bolaño. Pero ¿dónde, cómo, cuándo? «Todo comenzó en el pub Yopo, propiedad de Orlando Saavedra, un chileno que había llegado a España huyendo de la dictadura de Pinochet. El local estaba en la calle Ervedelo y fue el segundo pub que se abrió en Ourense». El local sigue en el mismo sitio, ahora con otros dueños y un nombre distinto. Antes de ser un pub había sido un club de alterne, y cuando dejó de ser el Yopo volvió a convertirse en club. Fortes y su amigo Bouzas lo frecuentaron a finales de los setenta. Fue ahí donde contactaron con el tal Bolaño. Yo vivo a cincuenta metros del local. Nunca se me ocurrió entrar hasta hace unas semanas, solo para fantasear con que en una esquina pudo apoyarse el escritor chileno, tal vez. Está en un sótano. Hay que bajar dos plantas. Si te quedas en la primera te encuentras el pub Kinley. Si desciendes una más está el antiguo Yopo, ahora club Hawai.
«Recuerdo que el tipo tenía el pelo largo, rizo y barbita. Era chileno y contaba que había estado en México», exactamente como Roberto Bolaño, que en 1968 dejó Chile para trasladarse con su familia a Ciudad de México, que en 1977 dejó para viajar a Barcelona. Fortes, por entonces, tenía dieciocho años y acababa de plantar los estudios. Ganaba algo de dinero como árbitro de fútbol y trabajando en la construcción. En el pub Yopo se mezclaba la música con la efervescencia política, propia de aquel momento. «Nosotros éramos anarcoides, desafectos, y allí había mucha gente del Movimiento Comunista, de la Unión do Pobo Galego, de la Liga Comunista y también de Movimiento de Izquierda Revolucionaria».
Un día entabló conversación con el tal Bolaño. «Era una persona muy peculiar, retraída. Me contó que venía en busca de sus ancestros». Esa búsqueda encajaba con la biografía de Roberto Bolaño, cuyo abuelo paterno, Ricardo Bolaño Morán, había nacido en Galicia. En una carta dirigida a la filóloga chilena Soledad Bianchi, el escritor le confesaba: «Mi familia paterna es de origen gallego y catalán. Mi abuelo paterno nació en Galicia, tuvo nueve hijos y murió de una conmoción cerebral tras caerse de un caballo. Mi familia materna es chilena, descendientes de una burguesía venida a menos (incluso a espantoso). Mi abuelo materno fue coronel de ejército y murió de un ataque al corazón en el año 62, en su cama y jubilado, con dos solas aficiones: jugar al ajedrez y decorar jarrones con trocitos de papel recortados de revistas de colores».
Me dije que había que intentar un paso importante, y por dos vías procuré la forma de contactar con Carolina López, viuda del escritor, que en su momento «aportó a Bolaño estabilidad económica y anímica, un marco familiar, un fundamento sólido, y lo alentó en los días de ayuno en el desierto, cuando los editores y los agentes literarios rechazaban sus manuscritos», según la editora Valerie Miles. Fui a su encuentro y su testimonio resultó categórico: «Roberto nunca visitó Galicia, ni para buscar sus orígenes, ni para hacer turismo y tampoco para promocionar sus libros». Sí es cierto que «en sus fantasías estaba viajar a Galicia, reencontrar la tierra de sus abuelos y cerrar el círculo». En todo caso, «nunca insistió demasiado, ni hubo ningún intento de hacer realidad el viaje». Se preocupó «por encontrar el origen de su apellido, que encontró en Lugo, de donde era su abuelo».
Ya sabía qué pensaba Carolina López, que conocería a Bolaño en 1981, en Girona, pero ¿qué decían sus amigos? Hice una lista y me puse en contacto con Javier Cercas, que lo vio por primera vez a comienzos de los ochenta. En alguna ocasión, el autor de Soldados de Salamina contó que cuando cultivaban su amistad a diario, ya en los noventa, «parecíamos novios». Sin embargo, Cercas no recordaba que «me hablase jamás de sus ancestros españoles ni nada que tuviese que ver con Galicia. En realidad, no recuerdo que hablásemos de otros familiares que no fuesen su mujer y sus hijos, salvo de su madre y su hermana, que vivían cerca, y de su padre exboxeador [León Bolaño Carné], a quien, que yo recuerde, en todo el tiempo que fuimos amigos solo vio una vez, en Madrid».
León Bolaño Carné, que tras abandonar el boxeo se dedicó al transporte de mercancías en México, estuvo más de dos décadas sin hablarse con su hijo. Murió en 2010. En el relato «Últimos atardeceres en la Tierra», Roberto Bolaño narra, en una mezcla de ficción y memoria, las tristes vacaciones de un fin de semana entre padre e hijo, después de las cuales la infancia parece quedar atrás. En una entrevista concedida al periódico chileno La Tercera, León Bolaño confesó un día que «no me enteré de sus libros hasta que unos parientes me lo dijeron y mi hijo León Enrique comenzó a sacar datos de internet». León Enrique Bolaño Mendoza es hermanastro de Roberto, fruto del segundo matrimonio de León Bolaño tras separarse de Victoria Ávalos. En el año 2000, el hermanastro envió un telegrama a Roberto: «Comunícate urgente», y al fin hijo y padre hablaron por teléfono tras muchos años alejados. En 2001 se vieron en Madrid. Ese fue el encuentro al que se refería Javier Cercas.
Me llevó su tiempo hablar con León Enrique Bolaño Mendoza, que se dedica a la política. Milita en el PAN (Partido Acción Nacional) y actualmente es el presidente del municipio mexicano de Cadereyta de Montes, en Querétaro. Me pareció buena idea preguntarle por su abuelo. Se mostró honesto al anticiparme que no tenía «la plena certeza de la objetividad, veracidad y realidad en tiempos y formas» del relato que sobre su abuelo le trasladó su padre. Me aseguró que Ricardo Bolaño Morán nació en Becerreá (Lugo), un municipio con una superficie de ciento setenta y tres kilómetros cuadrados y unos tres mil habitantes. Está a solo treinta kilómetros del Castroverde que se menciona en Los detectives salvajes. Curiosamente, el propio Roberto, en una carta que dirige al poeta Carlos Edmundo de Ory (y que custodia la propia Fundación Ory), le manifestaba en noviembre de 1993 que «la aldea de mis antepasados, llamada Bolaño, está en las montañas de Lugo, el último sitio habido antes de entrar en Asturias. Mis tías me solían contar historias acerca de ese pueblo, de donde veníamos todo los Bolaño esparcidos por América —naturalmente, todos parientes—. Está cerca de Castroverde, en tiempos lejanos el señor feudal de la zona». En esta misma carta, una parte de ella recogida en la biografía sobre De Ory escrita por José Manuel García Gil, Roberto Bolaño le anunciaba al poeta gaditano que «dentro de poco viajaré a Galicia» para reencontrase con la aldea familiar.
Pero volvamos a su padre. Bolaño Morán emigró muy joven con su hermano Vicente «destino a Panamá para emplearse en la construcción del canal». Más tarde aceptaron una oferta de trabajo en un buque que se dirigía a Chile. Vicente prefirió quedarse en Buenos Aires durante una escala, y Ricardo continuó hasta su destino, en la ciudad de Concepción.
Con el tiempo, conoció a Eugenia Carné Visa, catalana, con la que se casó y se establecieron en Los Ángeles. Allí tuvieron ocho hijos, uno de ellos León, el padre de Roberto Bolaño. Ricardo vivió del comercio, la agricultura y la cría de animales. «Su semblante era duro, seco y rígido, poco o nada expresivo, y tenía una conversación muy corta», me precisó su nieto, que me hizo llegar una fotografía en la que se ve a un señor sentado, con un bigote cuyos extremos terminan en curva, en traje, veterano de la elegancia, con unos prismáticos en la mano.
En marzo de 1940 viajó a Concepción por negocios, llevándose a dos de sus hijos, entre ellos León. Aprovecharon para «comprar dos guajolotes [pavos], que colgaron del cuello del caballo». Cuando Ricardo lo montó, «en un movimiento torpe asustó a los guajolotes, que papalotearon [movieron las alas], y el caballo levantó ciento sesenta grados las patas». Bolaño Durán cayó al suelo. «Su cabeza rebotó sobre la piedra seca», pero aun así se incorporó y volvió a subir al animal. Cuando llegó a casa le dijo a su mujer: «Estoy cansado, me duele la cabeza… iré a dormir». Y nunca se despertó.
El encuentro entre Fortes y el tal Bolaño tuvo lugar a finales de 1979. Al año siguiente Roberto abandonó Barcelona y se mudó a Girona, para entonces con una primera versión de su novela Amberesya escrita, y los primeros poemas que forman parte de La universidad desconocida, que compuso a lo largo de toda su vida. En el 79 Fortes había cumplido la mayoría de edad y obtenido el carné de conducir. Su padre le compró un Seat 600 D de segunda mano. «Era de color blanco marfil. Recuerdo perfectamente la matrícula: OR-31562. Era un modelo con aquellas puertas que abrían al revés, puertas suicidas, se llamaban. Lo deshice un día al volcar, regresando de arbitrar un partido». Esa tarde, en el café Bohemio, me contó que una vez el tal Bolaño y él se subieron al coche y se dirigieron a Parada do Sil, un municipio que linda con Lugo, en busca de otros Bolaños que pudiesen conducirlo hasta sus antepasados. «Mi padre conocía a varios en aquella zona».
No fue el único viaje que hicieron juntos en el Seat 600. Hubo uno más, y después el chileno desapareció para siempre, hasta que años después Fortes creyó reconocerlo en el autor de Los detectives salvajes. Un día se dirigieron a la calle Padre Sarmiento, sin salir de la ciudad. «Nos bajamos del coche y mientras yo vigilaba él se subió a un muro que había al lado de las torres, desde el que manipuló los cables de un teléfono para hablar con el extranjero. Me pareció que lo hizo con mucha naturalidad».
Fortes tiene dificultades para evocar las conversaciones que mantenía con el chileno. Cuando hace mucho tiempo de algo a veces solo resisten en pie algunos rayos de luz y unas pocas imágenes arrugadas en la memoria. «Creo que estaban relacionadas con la política y las ideologías, y también con el arte. Cuando la conversación se volvía más intelectual, Bouzas intervenía más que yo».
Una semana después de verme con Fortes quedé con José Manuel Bouzas. Bouzas es escultor, además de ensayista y comisario de arte. También quedamos en el café Bohemio, pero como había demasiado ruido, y la puerta otra vez se abría y cerraba sin parar, nos fuimos a la cervecería Áncora. Encendí la grabadora y le expliqué que, según lo recordaba Fortes, él y Bolaño habían mantenido algunas conversaciones en el pub Yopo sobre surrealismo y dadaísmo. «Ah, ¿sí? No recuerdo nada de esas conversaciones ni de ningún Bolaño». La memoria nunca nos afecta por igual, pensé, y apagué la grabadora. Bouzas recordaba la época, el pub, pero nada de alguien que se apellidase Bolaño y fuese chileno. Cuando semanas después releí Los detectives salvajes me consolaba cada vez que algún personaje mencionaba el surrealismo o el dadaísmo.
Esa misma tarde, al llegar a casa, le escribí un mail a Enrique Vila-Matas, que había conocido a Roberto en 1996, en el Bar Novo, en Blanes, localidad en la que el chileno se había asentado en 1985. Ese día Vila-Matas entró con Paula de Parma, profesora de literatura y su pareja, que acababa de leer Estrella distante, y al poco apareció Bolaño. Ella le preguntó si era Bolaño, y este dijo que sí, y al reconocer a Vila-Matas a su lado, exclamó: «¡Hostia!».
Lamentablemente, Vila-Matas tampoco pudo aportar datos prácticos a mi investigación, «por desconocer incluso el origen gallego de Roberto, es decir, que o no le oí hablar nunca de esto o no le presté nunca atención». En cambio, me contó que en su día escribió un texto para la editorial L’Herne sobre George Perec, titulado «Perec y Bolaño en Galicia», aunque «en ningún momento pensé que Roberto tenía alguna relación con Galicia». Eso resulta perfectamente vilamatiano. El autor de Mac y su contratiempo me hizo llegar el texto, en el que cuenta que durante una estancia en A Coruña soñó que Roberto Bolaño y Perec estaban en Galicia.
En la busca desesperada de más testimonios que sirviesen para apoyar los recuerdos de Fortes, me preguntaba si podría dar con el propietario del Yopo. Solo tardé tres días y medio. Encontré a Orlando Saavedra, médico jubilado, a cien kilómetros de Ourense, ejerciendo de concejal de Servicios Sociales en la localidad de O Barco. «El Yopo —me dijo con nostalgia— lo monté yo mientras hacía la residencia en el hospital de Ourense, para contribuir a la economía familiar». Los Saavedra eran cuatro hermanos que el golpe militar de Pinochet empujó al exilio. Cada uno tomó una dirección: Estados Unidos, Francia, Suecia y, en el caso de Orlando, España. Abrió el Yopo en 1978. «¿Bolaño, Roberto Bolaño, el escritor, en el Yopo? Mmm. No sé. Quienes sí estuvieron fueron Eduardo GaleanoEduardo Blanco AmorJaime Quesada o Amancio Prada». Se hacían exposiciones, conciertos en directo, pero con el tiempo el ambiente se deterioró y en 1981 el pub cerró al convertirse en un lugar de referencia para los consumidores de heroína. Orlando Saavedra me dio un nombre antes de despedirnos: Manuel Araujo Fiz. Tal vez pudiese ayudarme. También era chileno, asiduo al Yopo, comercial y profesor de pintura. Me costó dos semanas conseguir que me devolviese las llamadas. Entonces me habló del pub, del ambiente, de la efervescencia. «La clientela tenía un perfil intelectual. Todavía me encuentro a gente que me dice “Yo te conozco del Yopo”». Por esa época «tuve contacto con varios Bolaños en Ourense», me aseguró. Me excité casi sin razón, y cuando me confirmó que ninguno de ellos era chileno, ni acabó escribiendo libros, me derrumbé.
Entre tanto, una serie de gratas casualidades me condujo a Lola Paniagua, a quien Bolaño había conocido al poco de llegar a España. Ella era una recién licenciada en Química que un día de 1977 recaló en Barcelona desde Hospitalet. Leyó en un periódico que se alquilaba una habitación en un piso de la Gran Vía de Les Corts, y fue de ese modo como conoció a Roberto, a su hermana Salomé y a la madre de ambos, Victoria Ávalos. Ella y Roberto se hicieron novios y en 1978 se fueron a vivir juntos a un pequeño apartamento en Carrer dels Tallers, en el Raval. La relación se acabó antes de que Bolaño abandonase Barcelona por Girona, en 1980. En 1978 la pareja estuvo cerca de pisar Galicia, cuando hicieron juntos un viaje a Portugal. Pero, según Lola, él nunca «expresó intención ninguna ni en el viaje ni en otro momento sobre buscar sus raíces gallegas».
No me rindo fácilmente. Tenía pendiente escribirme con Eva Valcárcel, profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de A Coruña, quien en su día casi logra convencer a Bolaño para visitar Galicia. Lo conoció a través del también escritor chileno Jorge Edwards. «A fines de 2002 organicé un congreso internacional de latinoamericanistas en la Universidad de A Coruña y pensé en él», me contó. «Durante dos semanas hablamos por teléfono casi a diario […]. Le atraía mucho Galicia y la vinculación de su apellido con ella». El plan era que «viniese para ser el invitado del Congreso, pero se vio interrumpido». Alguien le exigió cumplir con un compromiso anterior en Madrid. «Me habló de los orígenes míticos, como suelen hacer los latinoamericanos, de su apellido gallego, pero sin ninguna precisión, porque no los conocía. Eso sí, se interesó mucho por Galicia, por la Universidad y por algunos aspectos de la cultura gallega contemporánea y por la literatura; todo aparece novelado en unas páginas gallegas de 2666».
Esas páginas se recogen en la segunda de las cinco partes que componen el libro, titulada «La parte de Amalfitano». Óscar Amalfitano es un profesor chileno que se traslada de Barcelona a Santa Teresa, en México, para dar clases en su universidad. Un día, al abrir una caja de libros, encuentra Testamento geométrico, del gallego Rafael Dieste, que no recordaba haber comprado jamás. En la primera página había una etiqueta de la librería Follas Novas de Santiago de Compostela en la que se supone que se adquirió, aunque «nunca, ni en sueños, había estado en Santiago de Compostela». Una tarde Amalfitano tomó el libro, tres pinzas de la ropa y lo colgó de un tendedero para comprobar cómo resistía la intemperie y para que aprendiese «cuatro cosas sobre la vida real».
Aquel volumen era una edición que habían hecho posible algunos amigos del autor, cuyos nombres se recogen en mayúscula en la página cuatro, donde explican que la presente edición es su homenaje a Dieste. Amalfitano, tal vez sin querer, repara en un detalle que retrata Galicia como un país de favores y servidumbres. Casi hay que ser gallego para que un personaje chileno afirme que le parece «una costumbre extraña el poner los apellidos de los amigos en mayúscula, mientras el apellido del homenajeado estaba en minúscula». Ya en Los detectives salvajes, donde Xosé Lendoiro se refería a Belano como «neogallego», se vislumbraba un conocimiento instintivo de la gente de este país, cuando el narrador se permite contar un chiste de gallegos: «Va una persona y se pone a caminar por un bosque. Yo mismo, por ejemplo, estoy caminando por un bosque, como el Parco di Traiano o como las Terme di Traiano, pero a lo bestia y sin tanta deforestación. Y va esa persona, voy yo caminando por el bosque y me encuentro a quinientos mil gallegos que van caminando y llorando. Y entonces yo me detengo (gigante gentil, gigante curioso por última vez) y les pregunto por qué lloran. Y uno de los gallegos se detiene y me dice porque estamos solos y nos hemos perdido».
Me quedaban cada vez menos opciones. Recurrí a Ignacio Echeverría, amigo y conocedor en profundidad de su obra, parte de la cual contribuyó a editar. Lamentó mucho no serme de utilidad. «Nunca hablé con Roberto de eso que mencionas, o al menos no lo recuerdo». Antoni García Porta, que pasó a formar parte del círculo más cercano de Bolaño al comienzo de los ochenta, era el siguiente en mi lista. Habían escrito a cuatro manos la novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Roberto relató en el Diari de Girona que «nos conocimos en 1978, en las oficinas de una editorial marginal de Barcelona que solo publicaba poesía y que resignadamente se llamaba La Cloaca [dirigida por Xavier Sabater]. No era un buen principio, pero para nosotros, que entonces escribíamos poesía y que éramos los campeones de los futbolines del distrito quinto de Barcelona, era un principio al menos prometedor». Cuando le trasladé a Porta la historia de Fortes, reaccionó diciendo «curiosa historia la que me cuenta, de esas que se non è vero, è ben trovato. Lo cierto es que no recuerdo nada de un viaje de Bolaño a Galicia. Le deseo suerte en sus pesquisas».
En la vorágine precisamente de mis pesquisas, se me presentó la ocasión de hablar al fin con el poeta chileno Bruno Montané, y seguramente mejor amigo de Bolaño. Precisamente en la casa de Montané en México D. F., en la avenida Argentina n.º17, él, Bolaño, Mario Santiago y otros poetas fundaron el infrarrealismo. Montané es Felipe Müller en Los detectives salvajes. Esperaba su aportación con expectación. La posibilidad de que el tal Bolaño fuese Roberto Bolaño, Bruno Montané la encontró «entrañable, y también respetablemente peregrina». Que Roberto «se pegase una escapada, y lo hiciese sin contar a nadie nada, a mí me parece improbable». Por otra parte, nunca le pareció alguien interesado en indagar en la parte física de la memoria familiar. «No lo imagino yendo a Galicia, en aquel momento, si no es para encontrarse con un poeta o una chica», afirma. «Una vez me aseguró que había vuelto a México en un viaje clandestino, pero yo creo que era una trola, como si necesitase ensayar un episodio antes de escribirlo».
La conversación con Bruno Montané me dejaba, pues, en el mismo punto en que ya estaba: nada de nada del viaje a Galicia. Podía estar buscando siempre, así que decidí que me restaba un último movimiento antes de cerrar mi indagación. Un amigo escritor me puso en contacto con Carmen Pérez de Vega, pareja sentimental de Roberto durante sus últimos años de vida. Era mi última esperanza. No sabía a qué iba a enfrentarme. Cuando le referí el relato, se quedó un instante en silencio, y al fin dijo: «No me parece imposible. No diría yo que Roberto no estuvo en Ourense». Bolaño nunca le había mencionado nada al respecto, pero que no contase algunas cosas que hacía o pensaba, añadió, no significaba que no las hubiese hecho o no las pensase. «Pudo resultar un viaje infructuoso, del que no obtuvo nada en limpio sobre sus orígenes, y en ese caso, conociéndolo, sería muy normal que no contase nada, o que le provocase mucha melancolía, y en esa circunstancia tendía a cerrarse en sí mismo. Recuerdo que cuando viajamos a Londres, y la recepcionista del hotel resultó ser gallega, él le contó que sus orígenes estaban allí, y que en Galicia había muchos Bolaños. Mi impresión es que no era alguien que quisiese saber demasiado sobre sus orígenes».
A estas alturas me pareció que todo estaba dicho, salvo establecer diálogo con Roberto Bolaño. Habían pasado veinte años desde mi primera lectura de Los detectives salvajes. Me pareció buena idea releerlo como despedida. Al acercarme a la mitad del capítulo 19, cuando narra Edith Oster, recordé que tras este personaje el autor había situado a Edna Lieberman, con quien mantuvo una relación sentimental, después de romper con Paniagua, que duró hasta mediados de 1979. Si Fortes había visto al mismo Bolaño, tenía que ser en las fechas posteriores a esa ruptura. Estaba fuera de mi historia, y la novela volvía a meterme sin querer. Me vi pidiendo a Bruno Montané que me condujese hasta Lieberman, que unos días después me aseguraba que «yo abandoné a Bolaño en Barcelona hacia el verano y no quise volver a tener contacto con él». Al punto de que «no inicié la lectura de su obra hasta tres años después de su fallecimiento, con la tremenda sorpresa de ser personaje bajo seudónimo en novelas varias y descubrir poemas dedicados a una servidora con nombres y apellidos». De su época juntos «jamás escuché hablar a Roberto de sus orígenes gallegos», me aseguró Lieberman.
Cuando releí el testimonio de Edith Oster en Los detectives salvajes se me aceleró el pulso. Fue pura emoción: «Una noche, mientras Arturo [Belano] me hacía el amor, se lo dije. Le dije que creía que estaba volviéndome loca […] Dijo que si yo enloquecía él también enloquecería, que no le importaba volverse loco a mi lado […] A la mañana siguiente sabía que tenía que dejarlo, cuanto antes mejor, y al mediodía llamé a mi madre desde la Telefónica. Por aquellos años ni Arturo ni sus amigos pagaban las llamadas internacionales que solían hacer. Nunca supe qué método utilizaban, solo supe que era más de uno y que la estafa a Telefónica seguramente fue de miles de millones de pesetas. Llegaban a un teléfono y metían un par de cables y ya estaba, tenían línea, los argentinos eran los mejores, sin ninguna duda, y luego venían los chilenos».
De un modo primario, torpe, me fue imposible no pensar en el relato de Fortes, cuando llevaba al chileno en su 600 a llamar por teléfono desde las torres de la calle Padre Sarmiento. Me apresuré a escribir a Carmen Pérez, llevado por un optimismo inesperado, quizá irreflexivo. Su respuesta me devolvió a la tierra y dejó el reportaje tal y como estaba. «Arturo no es el que manipulaba los cables. Y Roberto menos. Me pedía a mí que le cambiara hasta las bombillas, y se iba a Pedralbes para buscar una cabina tarada por la que se llamaba sin pagar. El resto es literatura». Montané lo confirmó: «Trucar unos cables telefónicos no estaba al alcance de Bolaño», me dijo, mientras recordaba a su amigo jactándose de no tener habilidades prácticas. «De vez en cuando tenía que cambiarle la resistencia de su estufita. “Yo soy poeta, no me obligues a electrocutarme”, me miraba y me daba a entender».
Habría acabado aquí si no fuese porque en el último instante recibí un mensaje de Carmen Pérez hablándome de Ricardo House, un cineasta chileno, autor de varios documentales sobre Bolaño, que había estado en contacto con la familia que todavía tenía en Chile. Fue imposible resistirme. House me contó que en ese momento estaba explorando la relación de Bolaño con un poeta llamado Waldo Rojas, residente en París. «Se escribieron durante quince años, y nunca se conocieron en persona». Bolaño era capaz de cosas así. «Entiendo tu obsesión», me dijo cuando le hablé de mis esfuerzos en hacer creíble el relato Fortes. Él llevaba diez años trabajando sobre el escritor chileno, en todo caso. «Si te sirve de algo, me inclino de una manera un poco mística a creer que esa historia que me cuentas pudo haber ocurrido. Me parece que Bolaño era a veces un espíritu investigador. Tenía esa vertiente. Creo que acometió algunas aventuras de las que no se sabe mucho». Me reconfortó, aunque la historia de Fortes seguía siendo el hermoso y solitario relato de un hombre sin testigos. Pero ante él se sentía la necesidad de creer, aunque fuese a ciegas, que el autor chileno había estado buscando sus orígenes gallegos en un Seat 600 D. Roberto Bolaño, después de todo, era un detective salvaje.

[Fuente: www.jotdown.es]

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Incluso si no hubiese vivido Isaac Emmanuilovich Babel, Odessa sería lo que es. No quiero creer que algún misil, Tochka o Kalibr, haya caído sobre el Parque de la Ciudad, ese al que se entra por la Preobrazhenskaya y se sale por la Gavannaya, oasis de buenos restaurantes y bancos de plaza que trasladan a un lejano tiempo de arte, de elegancia incluso en la pobreza, de exotismo portuario. De ese mar que se abre al universo antiguo, a bajeles de Heródoto escriba, a mitos de la gran guerra de los mundos. Paso horas allí. A veces de nueve crepúsculo a dos noche. Faroles mortecinos, mesas y sillas arrumbadas en rincones de la floresta urbana. Algún gato, tal vez París apache sin salvajes, del 900; posiblemente Viena. Aire de ayer, no de anteayer, porque una cosa implica melancolía y la otra decrepitud.

Hay un café ruso en Leverkusen sobre la Stefan-Zweig-Straße. Contaba Paul Avrich acerca de la explosión simultánea de bombas en un café de Varsovia y en otro de Odessa. Los límites de este mundo a ratos se hacen difusos, son de hecho ubicuos. Uno cree estar en Austria-Hungría y está en una republiqueta soviética. Dicen que aquel espíritu de multiculturalidad, a ratos no pacífica, se escondió de la modernidad en ciudades ucranianas: Lviv, de paredes de chocolate rosa; por supuesto en Odessa, hasta en las estribaciones del Cárpato en Uzhzhorod, para pasar de allí a la concreta Hungría, también de colores en pastel tentador; Debrecen, por ejemplo.

Me decía Daniela Billus, mientras la luna llovía, del largo avatar de los pueblos de allí. En su caso familiar, desde la boscosa Lituania hasta el Danubio de Budapest. Fronteras como cicatrices que se borran con crema; otras cicatrices que no tienen cura y son como nervudas serpientes recordatorias. El búho grita en el bosque, muge el bisonte, crueles ejércitos arrebatan vida unos a otros. Estoy sentado en un banco del parque citadino en el puerto de Odessa y vuela en el aire un encantamiento de Merlín con nombres eslavos. Hechizo de quédate inmóvil, montaña. Banderas y cañones que cuando tocan la ciudad le producen carcajadas. Un enorme hoyo de obús no quitará la mística bandolera de la Moldavanka, ni cien años de soviet han logrado acallar el recuerdo rebelde. Los zares rojos, y el mico actual, han sido con mucho peores que cualquier rey. Cuando se ordena a nombre de la bondad, se mata a nombre de la miseria, se roba mencionando la indigencia, vamos por mal camino, que de cadáveres está llena la carretera de la dicen que revolución. Todo para mí y un retazo para ustedes y a idolatrar al dios sol.

Estoy sentado en aquel banco y cavilo. No por los muslos de blanca tez y suavidad de terciopelo. Pienso en lo leído, intento imaginar las páginas como seres concretos, el pincel de Pan Apolek, las naos griegas cargadas de hoplitas remando en un mar sin fondo. Sorbo un moscatel helado. Escucho hablar en lenguas sin creer que este es paraíso de iluminados. Miro el rostro del atamán, Diosdado Zenobio, y aunque no huela sangre veo torbellinos de ella en agudo cuchicheo de sables. La muerte habla con la muerte, goza de sus métodos y se embrutece o sofistica de acuerdo a la ocasión. Yo estoy, tercera vez que lo digo, sentado en el parque. Ya no hay comida disponible, los comideros están cerrados. Sé de la pobreza pero nadie me molesta en mi modorra. No he visto mendigos, que los hay, no dudo.

Stefan Zweig hubiera amado esta ciudad, buena para su nostalgia, suave para su bonhomía. No gusto mucho del mar, más bien montañés, pero el mar Negro es otra cosa, no es agua sino mito. Costas que escucho golpear por olas mientras camino. Lucecitas en distancia, luciérnagas o el último brillo de los guerreros griegos. O lidios, o tracios, o lacedemonios. Tengo el prurito del pasado, la enfermedad del recuerdo, ha picado mi piel la mosca que nunca olvida, la que no duerme y musita tristes canciones del taarab.

Eludo el ascensor, subo por las escaleras hasta el mirador del hotel. No es Odessa ciudad alta. Veo los bulbos de dios aquí y acullá. Tampoco hay tanto automóvil; chirrían los frenos del tranvía. En media calle se detiene, cargado de pasajeros, amarillo y rojo de colores, y el conductor corre al centro de la calle, agarra una barreta de hierro, y manualmente hace el cambio de vías en populosa encrucijada. Deja la palanca en el mismo lugar, se apresura, salta y arranca su carromato con agudísimo sonido de í, las íes mecánicas. Cuando voy en él, o en los largos omnibuses con acordeón al medio, contemplo las calles, las hierbas que crecen insurrectas porque la ciudad no debe tener dinero para educarlas. Me gusta ese aire travieso, desafiante, parecido al de Benia Krik.

Para mí cuatro años pero parece que crecí en las baldosas que brillan al anochecer. Mis pies van sin rumbo o con dirección con naturalidad. Me dicen en el bar de strip tease que van a asaltarme y sonrío. Águila del tiempo que vuela entre los lados del espejo. Si me aburro de la sábana limpia de mi lecho abriré la ventana y me pongo al vuelo, al cañaveral del delta, a los todavía bailes gitanos en piso movedizo entretejido de plantas. Música de violines.

Despierto; otra mañana. Desayuno muy bien en la terraza. Pido a la babushka que entra a limpiar si puede lavarme la ropa. Me la entrega aromática, doblada al cuchillo, por simples monedas. A la vuelta de “casa” hay un lugar tártaro de comida. Siempre elijo con el dedo porque no tengo idea qué es. Me lo envuelven en papel madera, lo pongo en el bolsillo de la chamarra y enfilo hacia otro parque para comer al lado de la fría estatua del poeta Iván Frankó. Otra vez me pongo somnoliento. Ebrio está, dirán los transeúntes, ebrio de no poder aprehenderlo todo.

Saludo al portero. Tomo el ascensor esta vez. Me ducho, desnudo miro a las putas debajo del farol de la esquina en el lado derecho. Observo al dueño del restaurante chino enfrente cerrar su cortina. De a poco se apacigua el ruido. Nunca he fumado, pero supongo que para un fumador sería buen momento de encender uno. Abro el pequeño refrigerador. Hay una botella de cocktail. Le digo salud a la noche y siento el frescor del alcohol de frutas bajar por la garganta. Mejor dormir. Soñar no, porque paso el día soñando.

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[Imagen: Odessa, Parque de la Ciudad – fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

El libro de Stanislaus Joyce, publicado por Adriana Hidalgo, explica de mucha formas como su hermano se convirtió en el escritor más revolucionario de la lengua inglesa del siglo XX.

James Joyce. Imagen de archivo

Escrito por CARLOS DANIEL ALETTO

« Mi hermano James Joyce », obra que se publica ahora en la Argentina, cubre los primeros 22 años de la vida del escritor irlandés, en Dublín y en Trieste, y testimonia el drama de una juventud compartida, reflejado en la cariñosa memoria escrita por Stanislaus Joyce, que ahonda en la figura severa y violenta del padre, que sirvió como referente de Simon Dedalus, personaje del « Ulises », y otras particularidades sobre su hermano.

El libro de Stanislaus Joyce, publicado por Adriana Hidalgo, explica de mucha formas como su hermano James se convirtió en el escritor más revolucionario de la lengua inglesa del siglo XX. El « Ulises », publicado en París en 1922, y « Finnegan’s Wake », en 1939, crearon una revolución técnica, psicológica e incluso moral en la literatura del mundo entero.

El uso de Joyce del « flujo de conciencia », la exploración del inconsciente, la escritura de un lenguaje onírico y la utilización de vocablos que eran tabú en la literatura, tuvieron un efecto que aún siguen vigentes.

En este libro aparecen la familia Joyce en su propia casa y los personajes secundarios que adornan « El retrato del artista adolescente »: Eileen, la hermosa hija de Leopold Bloom; la señora Riordan, la profesora hosca; Sr. Casey, el agitador político. Está la ciudad de Trieste, un lugar de exilio para Stanislaus, pero un retiro para James.

En el transcurso de « Mi hermano James Joyce », en inglés « My Brother’s Keeper » (El guardián de mi hermano), se va configurando esa revolución literaria del escritor irlandés y da cuenta de la generación revolucionaria que lo rodeó. Doce años después de que dejara Irlanda, sus coetáneos lideraron una revolución política y social. Por un lado, en las batallas con los británicos, y más tarde, en la guerra intestina de Irlanda, mostraron la misma integridad que hizo que Joyce rechazara toda censura de su obra.

Telam SE

Muchos compañeros de clase del University College, en Dublín, y que murieron por sus creencias: George Clancy (« Davin » en « Un retrato del artista adolescente »), asesinado por los Black and Tans; Tom Kettle, muerto en combate como oficial británico en Francia; Francis Skeffington (« MacCann »), en efecto martirizado por su pacifismo. Los tres nombres aparecen en « Mi hermano James Joyce », junto con algunas de las alumnas que eran sus compañeras intelectuales y morales: la Sra. Skeffington, la Sra. Kettle (« E– C–« ) y las dos hermanas Sheehy.

Las memorias escritas por Stanislaus (« Maurice » en la novela inconclusa « Stephen el héroe »), iluminan la personalidad y el contexto del escritor. Stanislaus Joyce, quien murió en 1955 a la edad de 70 años, es descarnadamente franco en sus diarios, en particular sobre su rechazo al catolicismo romano.

Escribe Stanislaus: « En el colegio de jesuitas al que asistía (James), los maestros se referían con cierta insistencia a los peligros que entrañaba el « respeto humano », con lo cual entendían hacer -o dejar de hacer- algo por temor a la opinión ajena. Esas vagas palabras se entendían claramente. Querían poner en guardia a sus discípulos contra el complejo de inferioridad que podía apoderarse de ellos cuando, en el pequeño mundo de Dublín, se pusieran en contacto con la clase dominante que profesaba el protestantismo ».

Esta idea del libro es central para entender el contexto que rodea a la formación jesuítica. Sus maestros deseaban poner en guardia a sus alumnos contra cierto complejo de inferioridad que podría invadirlos cuando, en el pequeño mundo de Dublín, entraran en contacto con una clase dominante.

Lo que William Butler Yeats había aprendido del independentista feniano John O’Leary, el muchacho James Joyce lo aprendió del « Land Leaguer », movimiento que luchaba por conseguir los derechos básicos de los granjeros católicos, y de John Kelly, « Mr. Casey » en « Un retrato del artista adolescente ».

De libro: « John Kelly debía ser de estirpe campesina. Era pálido y elegante, lento al hablar y en los gestos, de facciones regulares y perfectas, con una mata de cabellos negros. Los dedos de su mano izquierda habían quedado encogidos de hacer sacos y recoger estopa en la cárcel. Hacía gala de una cortesía a la antigua y una elocuencia campesina; en sus últimos años la ejercitó más de una vez en el cumpleaños de mi hermano. Tenía el don natural de la amistad y una apasionada lealtad a su país y a su jefe, Parnell ».

« Mi hermano James Joyce » tiene la fascinación de una novela psicológica cada vez que Stanislaus trata sobre la relación ambivalente de los hermanos: su título en inglés, toma prestadas las palabras de Caín. Literalmente « El guardián de mi hermano » hace referencia al episodio de Caín y Abel del Génesis 4-9: « Am I my brother’s keeper? », ¿Soy acaso el guardián de mi hermano?.

En el clima moral duro irlandés, donde la hipocresía y el compromiso eran los únicos pecados imperdonables, Stanislaus no puede negar la superioridad de su hermano ni pretender estar completamente feliz por ello.

Escribió en su diario a los 17 años: « es terrible tener un hermano más inteligente. No me otorga crédito en materia de originalidad. Sigo a Jim en la mayoría de las opiniones, pero no en todas. Creo incluso que Jim toma algunas de mí. En ciertas cosas, sin embargo, nunca lo sigo. En beber, en frecuentar prostitutas, en hablar mucho, en ser franco sin reservas con los demás, en escribir versos, prosa o ficción, en los modales, en la ambición y no siempre en las amistades. Percibo que me consideran vulgar y carente de interés -no intentan disimularlo-, y aunque comparto plenamente esta opinión, no me agrada. Es una cuestión que ninguno de los dos puede resolver ».

Todas estas rigideces morales provienen del padre de los niños, un claro ejemplo del « irlandés de teatro » borracho, pendenciero, bromista, mentiroso, derrochador y traicionero, a quien toda la generación de James Joyce luchaba por exorcizar. Stanislaus no pudo encontrar lugar dentro de su sistema para este fragmento de caos; detestaba a su padre y amaba a su sufriente madre. James, sin embargo, dijo una vez en una carta que « cientos de páginas y decenas de personajes » en sus libros procedían de John Joyce.

Lo que Stanislaus nos ofrece de su padre son algunas de las páginas que nunca llegaron a formar parte de los libros de su hermano. Escribe: « Era más desagradable cuando, después de jugar con otros muchachos de Blackrock, encontraba, al regresar por la noche, a mi padre completamente borracho, aunque manteniendo su elegancia con el monóculo puesto, tocando el organillo en la calle principal de la ciudad y canturreando ‘The Boys of Wexford' ».

Stanislaus proporciona su propia versión de varios episodios que han aparecido en las novelas del hermano escritor. El mayor valor de este libro para los joyceanos, y para los críticos literarios en general, reside en su seguridad de que gran parte de la ficción de James era precisamente una recreación de su vida.

En cuanto al sombrío y cansado Stephen Dedalus, tan a menudo confundido con James Joyce, Stanislaus insiste en que fue un producto de la imaginación de James, que casi no tiene relación con el joven vital con una risa fuerte o el chico guapo y atlético cuyo apodo en casa era « Sunny Jim ».

La impecable introducción de Richard Ellmann cuenta la historia del distanciamiento de los hermanos en sus últimos años. Una ruptura que aparece como inevitable. Dos personalidades igualmente enérgicas pero tan diferentes. Stanislaus lamentó profundamente, después de que James muriera, la distancia que habían mantenido.

 

[Fuente: http://www.telam.com.ar]

 

Le dernier été en ville est un chef-d’œuvre sorti de l’oubli. Publié en Italie dans les années 70, le roman connaît un rapide succès, devient immédiatement épuisé et reste longtemps introuvable sur les étals des librairies transalpines, s’arrachant comme un trésor perdu chez les bouquinistes. Et soudainement, en février 2021, le voilà qui refait surface en France, sous la jaquette crème de Gallimard! Il vient d’ailleurs de sortir en édition poche. Il n’y a donc plus aucune excuse pour ne pas l’acquérir, le lire et le relire.

Écrit par QUENTIN PERISSINOTTO

«Quand je sortis, un vent glacial, à vous couper les mains, lustrait la ville sous un ciel resplendissant, à vous briser le cœur.»

Ce roman raconte l’arrivée à Rome d’un jeune Milanais venu essayer de faire carrière dans le journalisme. Aux journées qui se ressemblent toutes atrocement, Leo Gazzarra préfère les déambulations nocturnes et les égarements alcoolisés aux côtés de la bourgeoisie romaine, où jamais l’univers vacillant ne semble se cogner contre les reflets de la lune endormie. Leo Gazzarra erre dans un monde qui ne lui appartient pas et ne cherche nullement à s’y soustraire; il flotte simplement dans la ville comme un éther, ses rêves de gloire s’évanouissant à la vapeur du petit matin, ne laissant aucune traînée dans cette capitale alanguie par la touffeur d’un été de plomb.

«– Elle est imprévisible.
– Elle est belle, très cher, et les gens beaux sont toujours imprévisibles. Ils savent que quoi qu’ils fassent ils seront pardonnés.»

Le fil d’Arianna

Toutefois, lorsque les désillusions drapent le quotidien, il reste l’amour pour tout dynamiter: la nuit de ses trente ans, lors d’une soirée aussi raffinée qu’avinée, son regard croise la silhouette d’Arianna, une jeune femme irradiante de beauté, exubérante de séduction, mais à la fragilité dévoilée. À la fulgurance du coup de foudre succèdent bien vite les ténèbres d’un inlassable chassé-croisé. Arianna apparaît puis se dérobe, comète de feu et de glace. Hagard, Leo peine à se remettre de cette collision avec la douleur de la beauté et se laisse dériver dans le sillage de cette créature évanescente. Un tango existentiel sous les traits d’une hypnose crépusculaire.

Le dernier été en ville est le portrait d’un héros mélancolique dans la Rome de la dolce vita. La peinture des grandeurs qui s’effritent, pour joncher le sol comme les paillettes après la fête. Mais c’est surtout le magnétisme de l’écriture de Calligarich. Elle a l’élégance désinvolte des silhouettes vêtues de lin et flânant le long des bords de mer; elle se fait esthète des douleurs, amertume des silences et brûlure de l’inachevé. Son style est la politesse du désespoir, la douceur des négations radicales. Le dernier été en ville est la flamboyance des larmes au soleil.

Gianfranco Calligarich
Le dernier été en ville
Trad. française de Laura Brignon
Gallimard
2021 [1973
]
212 pages

 

 

[Source : http://www.leregardlibre.com]

 

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace unos días, a los ochenta años, muere el controversial actor Marlon Brando, uno, entre pocos, que marcó una impronta en varias décadas del cine norteamericano.

Alumno de la academia de Lee Strasberg y devoto de Stanislavsky, Brando marca un giro perturbador en el cine de los Estados Unidos al transformar la atractiva estrella masculina de las películas hasta entonces en un despótico y malhumorado, ni siquiera apuesto, bruto que se inflama en las particularidades de su rudeza. Encarna al anti-ídolo, la figura opuesta del galán perfumado que opaca la ya escasa visión de las mujeres, en filme al menos, con el brillo de su impecable peinado y sonrisa de inadecuada perfección. Hace así su debut como un desengañado parapléjico en « Hombres », de 1950, bajo la dirección de Stanley Kramer. Brando se acostó durante un mes, casi sin moverse, para preparar aquel papel.

Ganador del Oscar al mejor actor en dos ocasiones (1954, 1972), fue nominado repetidas veces, varias consecutivas, para el premio en la década de los cincuentas. Luego sobrevino un bajón, producto en parte de la dificultad que resultaba trabajar con él.

Hijo de actriz fracasada y de padre mujeriego, la irregularidad de su infancia lo persiguió durante su vida, llegando a infiltrarse en la de hijos y esposas con un sino trágico. Egoísta, talentoso, gruñón, lo saca Francis Ford Coppola de su exilio, dándole el papel protagónico, que desempeñó de manera notable, en una película basada en un mediocre, aunque apasionante, libro de Mario Puzo, « El Padrino », retrato dorado de la sociedad italiana del submundo en los Estados Unidos. En un marco demasiado grandioso para un grupo de inmigrantes provenientes de la chusma peninsular, con veleidades de elegancia y donaire, Brando se desenvuelve brillante y pausado y es su actuación sobre todo la que valida ese supuesto ambiente de nobleza que rige « El Padrino ». El actor Brando inventa, enriquece, da respeto a un personaje posiblemente vil y engañador.

Coppola lo trae de nuevo, o se traen los dos, en un rol aún más difícil, el de un coronel norteamericano, intencionadamente orate, hundido en el vientre de Camboya, rigiendo como reyezuelo durante el conflicto vietnamés, ajeno ya a sus superiores o a cualquier razonamiento (interés) por el que terminara allí, en una magnífica adaptación del sopor de « El corazón de las tinieblas », de Joseph Conrad, en algún lugar -todo infierno se parece- de los oscuros fluidos del Congo.

En su presentación oficial en 1973, « El último tango en París » causó conmoción. Bertolucci conseguía, dentro de la característica inercia de su cine, realizar una película que a pesar de la simpleza de su argumento tenía extensas connotaciones provocadoras y provocativas al mismo tiempo. Marlon Brando venía perfecto para el papel de Paul, un norteamericano de mediana edad, cuya mujer se ha recién suicidado, y que conoce a una muchacha francesa de 20 años en un apartamento que ambos, por separado, esperan rentar. Paul y Jeanne (María Schneider) ingresan en un despiadado juego de sexo que al tornarse obsesivo convocará a la muerte.

« Queimada », de Gillo Pontecorvo (La batalla de Argel), impulsará otro personaje brandiano que se ha tornado inmemorial: William Walker o la ejemplificación de Inglaterra amoral. El cínico actor norteamericano parece acoplarse con perfección a esta gama de diversos, pero homogéneos, caracteres esclavizados entre el dolor y la perfidia, como en el tango.

[Fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

A última vez que o cantante australiano estivo en Barcelona foi para presentar o disco que escribira tras a morte do seu fillo Arthur, e agora volve con outra morte dolorosa sobre os seus ombros, a da súa outro fillo, Jethro Lazenby, unha nova viaxe ao inferno para un artista que leva toda a vida ao bordo do abismo

Nick Cave, na súa actuación da noite do sábado, no Parc do Fòrum barcelonés.

Escrito por ROSA DÍAZ

ONick Cave máis escuro, pero tamén o máis xenial, iluminou a noite do sábado no Primavera Sound de Barcelona coa forza irresistible do seu directo, na xornada máis multitudinaria da historia do festival.

Miles de persoas deixáronse levar polo magnetismo deste predicador pagán e berraron con rabia nos temas máis salvaxes e escoitado con respecto as pregarias máis profundas.

O concerto empezou con dúas patadas ao aire ao berro de Get Ready for Love!, título da primeira canción, á que seguiu There She Goes. My Beatiful World e unha intensa e destrutiva interpretación de From Her to Eternity, na que Warren Ellis estivo a piques de romper o seu violín contra o chan no momento álxido, pero finalmente controlouse.

O da noite sabatina foi o segundo concerto da primeira xira de Nick Cave and The Bad Seeds despois da pandemia, unha xira moi agardada que Barcelona recibiu cos brazos abertos.

Cave, en plena actuación.

A última vez que Cave estivo no Primavera Sound foi para presentar o disco que escribira tras a morte do seu fillo Arthur, e agora volve con outra morte dolorosa sobre os seus ombros, a da súa outro fillo, Jethro Lazenby, unha nova viaxe ao inferno para un artista que leva toda a vida ao bordo do abismo.

Un abismo moi creativo do que de novo ofreceu unha mostra, con perlas como Rede Right HandThe Mercy Seat e un estarrecedor Into my arms.

Justo antes de Nick Cave, no outro escenario grande do festival, o que está xusto ao lado, Jorja Smith quentou o ambiente co seu soul atemporal e a súa poderosa voz.

A artista británica malgastou elegancia e flow, ante miles de persoas, moitas máis das que a viron na súa primeira visita ao festival no 2018, cando era unha princesa do r&b a piques de converterse na raíña que é agora.

Outra fermosa voz de muller, a de María José Llergo, cativou ao público do Primavera Sound Barcelona, cidade coa que a cordobesa ten unha estreita relación, que con esta velada estreitouse un pouco máis.

Llergo estudou música na capital catalá e compuxo en Cataluña algúns dos temas que interpretou o sábado como Nana do Mediterráneo.

Os berros de satisfacción do seu público, o que xa a coñecía e o que tivo a fortuna de tropezar con ela mentres camiñaba dun escenario a outro, celebrou a súa aparición cun vestido vermello espectacular e unha preciosa versión flamenca de Mira que es linda.

Flamenco, electrónica, música urbana, pop… todo encaixa se hai talento, e María José Llergo teno.

Como tamén o ten, en xenerosas proporcións, Low, que ofreceu á concorrencia que o día anterior se perdeu a súa magnífica presentación de Hey what no Auditorio a oportunidade de gozar, nun dos escenarios ao aire libre, da súa máxica conxunción de arte sonora e rock.

Unha das virtudes do Primavera Sound é a gran cantidade de propostas de calidade que presenta, e un dos seus defectos é que estas a miúdo se solapan e é imposible velo todo.

O final de Slowthai coincidiu co inicio de Nick Cave, que actuou á vez que Caroline Polachek.

Ademais, pouco despois de media noite deu comezo o concerto de Alizzz, coincidindo con Gorillaz, e dando a substitución a Tyler, the Creator. O problema é que o seu respectivos escenarios se atopan en dous extremos do recinto, e tamén hai que elixir entre Tyler, the Creator e Biscuit.

Pero, como di o codirector do festival, Gabi Ruiz, «se vas a un restaurante e todos os pratos che gustan, non che queixas por non poder comelos todos, ¿verdade?, pois nada de queixarse».

Un consello que o público non escoitou este ano xa que as queixas polas colas e as aglomeracións hanse oído moi alto, aínda que hai que recoñecer que o festival ha ir emendando algúns dos erros do principio e o caos do primeiro día non se repetiu, a pesar de que o número de asistentes foi maior.

 

[Imaxes: Marta Pérez | Efe – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Récemment élu à l’Académie française, Antoine Compagnon explore la façon dont « la Recherche » fut accueilli dans les milieux juifs. Instructif et passionnant.

Marcel Proust. (©Archives-Zephyr/opale.photo)

Écrit par Jacques Nerson

Marcel Proust était-il impuissant comme l’allègue Patrick Mimouni dans son « Proust amoureux » (Grasset, 2021) ? Nul doute qu’il ne fût un « inverti » comme on disait alors. Cependant son jumeau Marcel, le narrateur d’« A la Recherche du temps perdu », est hétérosexuel. De même, Proust en fait-il un goy pur sucre, alors que, étant lui-même le fils de Jeanne Weil et Adrien Proust, il est demi-juif.

Quand il lui rend visite (le 13 mai 1921), André Gide lui reproche de donner des « uranistes » une image dépréciative, en particulier par sa description du baron de Charlus en folle hystérique. Proust se borne à répliquer qu’il ne prétend pas avoir écrit un roman édifiant. Sans doute est-ce son effort d’impersonnalité, qui l’a incité à gommer l’origine juive du narrateur : afin d’universaliser son œuvre. Mais il n’a pas honte de sa judéité. S’il s’en donne à cœur joie dans sa charge de Bloch, le pédant indélicat, il brosse de Swann, arbitre des élégances du côté de Guermantes, le plus admiratif des portraits. Rappelons qu’il n’a pas hésité à s’engager en faveur de Dreyfus, au risque de n’être plus le bienvenu dans certains salons du faubourg Saint-Germain.

Professeur au Collège de France jusqu’à l’an dernier, Antoine Compagnon a profité du confinement du printemps 2020 pour explorer la façon dont le roman de Proust fut accueilli dans les milieux juifs. Chacun à l’époque réagit selon ses convictions, selon qu’il est sioniste ou déjudaïsé. Dans « les Mémoires maudites » (Grasset, 2018), Patrick Mimouni soutenait que le lecteur de la « Recherche » « ne peut pas ne pas respirer l’odeur de l’antisémitisme qui évapore de Combray. Elle ne cessera pas d’émaner du roman ». C’est pour réfuter cette « idée de plus en plus reçue qui voit de l’antisémitisme ou de la judéophobie dans la représentation des Juifs par Proust » qu’Antoine Compagnon a collecté les pièces du débat qui s’éleva dans les années 1920 entre Benjamin Crémieux, André Spire, Léon Pierre-Quint et consorts. La matière semble aride mais l’ouvrage est instructif et passionnant.

 

Proust du côté juif, par Antoine Compagnon, Gallimard, 432 P., 32 euros.

 

[Source : http://www.nouvelobs.com]

El escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa ha presentado en el Ateneo madrileño, no hay lugar más galdosiano en Madrid que dicha institución, su nuevo libro “La mirada quieta (de Pérez Galdós)”, un pormenorizado estudio de todas las obras de teatro y de las novelas del genial escritor canario, aunque algunos no lo reconozcan así, ya al que la Iglesia católica le hurtó un merecidísimo premio Nobel de Literatura. Nunca le perdonaron obras suyas como “Electra” o “Tormento”.

Mario Vargas Llosa

Presentación del libro La mirada quieta (de Pérez Galdós)

Escrito por JAVIER VELASCO OLIAGA

Para el autor galardonado con el Nobel de Literatura, “el libro es el resultado de la pandemia. Quise leer toda la obra narrativa de Pérez Galdós durante ese tiempo, que en un principio iba a durar unos pocos días y que se demoraron hasta los 18 meses que estuvimos casi encerrados. En ese tiempo, pude leer toda su producción teatral y todas sus novelas, incluidos los Episodios Nacionales, y también parte de su producción periodística”. Hay que recordar que don Benito comenzó su carrera como periodista en diversos periódicos, llegando a realizar numerosas crónicas parlamentarias, algunas de las cuales las escribió cuando fue diputado en Cortes durante tres legislaturas.

“Benito Pérez Galdós presenta en los Episodios Nacionales una historia ligera, cómoda y simpática de los principales episodios del siglo XIX. Su gran valor es que está muy documentada y buscó siempre la objetividad. Dio una visión como novelista más que como historiador. Lamentablemente, no llegó a concluir los Episodios tal y como había planificado. Su éxito en el teatro le distrajo de ese proyecto”, recordó Mario Vargas Llosa en la rueda de prensa en la que estuvo acompañado por la editora Pilar Reyes.

Vargas Llosa hizo algunas declaraciones un tanto provocativas sobre el escritor canario. “Fue un escritor muy irregular, alternando obras maestras con otras más fáciles de leer, y no fue tan moderno como Clarín. Se ha hablado mucho sobre la influencia de Flaubert en su obra, pero no se parecían en mucho”, sostuvo el escritor que para él sus mejores obras son “Fortunata y Jacinta” y “Misericordia”, obviando las cuatro novelas de Torquemada, sin duda su obra cumbre.

“Pérez Galdós fue muy crítico con la Iglesia católica, sobre todo con la presencia de la Iglesia en la vida de las personas”, señaló Vargas Llosa. Esa inquina que tuvo el escritor canario le costó el galardón del Premio Nobel de 1912, cuando casi lo tenía ganado y la Iglesia católica maniobró para desprestigiarlo. Nunca le perdonaron que escribiese obras como las reseñadas anteriormente. La Iglesia avaló a Marcelino Menéndez Pelayo como candidato al Nobel, y la Academia sueca al ver la disparidad de criterios que se propugnaba desde España optó por concedérselo al poeta y novelista polaco Gerhart Hauptmann.

“Pérez Galdós fue muy crítico con la Iglesia católica”

Para el nobel, “Galdós hizo un esfuerzo de objetividad en los Episodios Nacionales yendo en contra de sus propias convicciones políticas”. Los episodios que más le han gustado han sido todos aquellos que tienen que ver con el levantamiento contra los franceses protagonizados por las clases populares. “Todos los que tratan a las guerrillas están excelentemente bien narrados”, afirmó rotundo. Para posteriormente decir que “Galdós fue un personaje contradictorio y muy mal humorado”. Otro de los episodios que le ha apasionado fue el del asesinato de Prim.

Mario Vargas Llosa ha creado un perfil completo, personal y sugerente del escritor español. Nadie como el nobel peruano es capaz de analizar con tal lucidez la obra de un creador. En palabras suyas, «Galdós hizo lo que Balzac, Zola y Dickens hicieron en sus respectivas naciones: contar en novelas la historia y la realidad social de su país. Con sus Episodios estuvo en la línea de aquellos, convirtiendo en materia literaria el pasado vivido, poniendo al alcance del gran público una versión amena, animada, bien escrita, con personajes vivos y documentación solvente, de un siglo decisivo de la historia española».

“Hoy nos parece increíble la hostilidad que despertó Pérez Galdós en su propio país, en aquellos años en que escribía sus novelas, sus obras de teatro y los Episodios nacionales. Tenía sus partidarios, por supuesto, pero me temo que sus adversarios fueran más numerosos. Como revela Francisco Cánovas Sánchez en su ensayo, se decía de él que sus libros apestaban «a cocido», que escribía con vulgaridad, sin elegancia, y es famoso el insulto que le dedicó Valle-Inclán en Luces de Bohemia llamándolo «garbancero», un apodo que nunca se pudo quitar de encima. Se vio, sobre todo, cuando hubo un movimiento espontáneo de sus admiradores; unos quinientos escritores, periodistas y artistas pidieron para él el Premio Nobel de Literatura en 1912, cuando el autor tenía sesenta y nueve años. Al parecer, la Academia sueca recibió listas de firmas de España combatiendo esa idea que superaban en número a las que respaldaban su candidatura, objeciones que procedían de círculos católicos ultras que lo consideraban un librepensador extremista. Nadie es profeta en su tierra y en la España de Pérez Galdós, todavía impregnada entonces de un catolicismo estrecho y sectario, se lo tenía injustamente por un «liberal» comecuras, aunque nunca lo fuera: su liberalismo y republicanismo fueron discretos y, sobre todo, tolerantes. Con razón y la claridad que lo caracteriza, el escritor y poeta Andrés Trapiello dijo de aquella operación sueca contra Galdós: «Fue el triunfo de la roña y la sarna españolas frente a los principios liberales”, escribe Vargas Llosa en el prólogo de su nuevo libro.

Para finalizar, el premio nobel sostuvo que “Galdós conoció de primera mano las enormes diferencias sociales que había en el Madrid de su época. La miseria extrema de algunos de sus barrios y lo narró de forma trágica, aunque siempre con destacando la alegría de vivir y el humor que tenían los madrileños, siempre riéndose de sí mismos y contando chistes”. Para el escritor, “Galdós no estaba considerado como un estilista refinado sino que se le consideraba vulgar y demasiado popular”, concluyó. Lo que demuestra la poca o nula sensibilidad literaria de muchos críticos literarios.

 

[Fuente: http://www.todoliteratura.es]

Un documento único muestra a Borges en los años 30 en diferentes actividades: fumando, leyendo, tomando mate…

Publicado por Luis Alberto Hara  

La imagen popular de Jorge Luis Borges es la de un hombre viejo, ciego, solitario y sabio que dedicaba su vida « a la noche y a los libros« . Pero Borges también fue joven y no todo en su vida estuvo consagrado a la lectura y al estudio, aunque, por supuesto, como él mismo sentenció varias veces, vivió más en los libros que fuera de ellos (y no por ello su vida fue menos).

El siguiente video es una versión editada de la aparición de Borges en un documento clásico: el film Galería de escritores y artistas de 1928 a 1959, del uruguayo Enrique Amorim, el cual fue restaurado por la Filmoteca del Institut Valencià de Cultura en 2004. Las imágenes son de la década de los años treinta, justamente cuando Borges tenía más de 30 años, pues nació en 1899.

En el film de Amorim vemos a Georgie, como lo llamaba su madre, vestido elegantemente (aunque la época en sí era por default más elegante) fumando entre grupos de personas. Luego lo vemos en dos ocasiones bebiendo mate, el acto esencial del argentino.

En unos fragmentos cándidos y joviales aparece arreglándose ante el espejo y jugando con un bastón en lo que parece ser una finca. Y no podía faltar un momento de Borges leyendo, lo que permite recordar que el más grande escritor en lengua española de los últimos siglos se definió ante todo como un lector y acuñó esa frase adorable que sirve como inspiración sacramental de la religión de la lectura: « Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído ».

Estas invaluables imágenes nos muestran a un Borges relativamente desconocido, por momentos sonriente. Un hombre que vivió la juventud y las pulsiones de la vida, pero que fue capaz de tejer su propio universo por encima de las cuitas y las costumbres sociales.

 

[Fuente: http://www.pijamasurf.com]

Une chronique signée François Forestier

Les Russes arrivent, les Russes arrivent. Depuis leur dernière incursion à Paris, en 1814, date à laquelle ils nous ont laissé un mot précieux entre tous, « bistro « (qui signifie « rapido », preuve que les zaporogues avaient soif), ils ont passé leur temps à nous déléguer des voyageurs dont les impressions sont consignées dans un petit livre délicieux, « L’Air et le feu » d’Antoine Garcia et Yves Gauthier, publié en 2005. Sous-titre : « Les Français vus par les Russes ». De Gogol à Ilya Ehrenbourg en passant par Tchékhov, Mandelstam, Alexander Blok, les deux auteurs ont pioché dans les archives, brassé des correspondances fanées, relevé des articles de journaux, compulsé des rapports, tout en soulignant que le français était la langue de l’aristocratie russe, à l’exemple du comte Fédor Rostopchine, gouverneur de Moscou (le père de la comtesse de Ségur), qui ne s’exprimait que dans la langue de Diderot, même pour ses dazibaos collés sur les murs de la capitale. Depuis le voyage du marin Jean Sauvage à Arkhangelsk et les achats de nains effectués par Charles de Danzay, ambassadeur de France à la fin du XVIe siècle, la porte s’est ouverte, et les visiteurs venus de Moscou, de Saint-Pétersbourg ou de Sibérie se sont succédé à Paris, en quête de petites femmes, de bonnes manières ou, plus simplement, de gros sous (on se souvient des fameux emprunts russes foireux). En attendant les soudards de Poutine et les apaches de Wagner, petite révision des opinions des voyageurs russes chez nous. C’est contrasté.

Andréï Matveïev, peintre moscovite pote avec Pierre le Grand, revient de Paris tout étonné : « Acéré est l’esprit de ce peuple », écrit-il, en notant la propreté des Français. Nous sommes en 1705. Soixante-dix ans plus tard, Denis Fonvizine, auteur dramatique joufflu, contredit son prédécesseur : « Dans toutes les villes de France, il convient d’y entrer en se pinçant le nez », note que « la noblesse ne sait rien de rien » (quoique « les personnes de sexe féminin sont ici bien plus intelligentes que les hommes »), que « la dépravation des mœurs » est extrême et que « les d’Alembert, les Diderot sont des charlatans ». Quant à Fédor Rostopchine, déjà cité, il peste contre le Français, « canaille étrangère, peureux comme un lièvre, polisson comme un jeune chat et toute tête française n’est qu’un moulin à vent, un hôpital et une maison de fous ». Mikhail Orlov, au début du XIXe siècle, voit Paris comme « la grande prostituée de Babylone », et Wilhelm Küchelberger, poète ami de Pouchkine, relève « l’amour de la saleté » des Français, plus cradoques que « la cabane du dernier paysan russe ».

« Une civilisation de dentistes et de pucelles »

Avec la chute de Napoléon, les voyageurs célèbres affluent : Gogol estime que « toute la nation a quelque chose de pâle et d’imparfait », tandis que Vladimir Stroïev, publiciste en mission, observe que « les Parisiennes sont depuis longtemps réputées pour leur art de marcher dans la crotte » et qu’à « quinze ans, la Parisienne sait déjà sourire à propos, baisser les paupières quand il faut, faire des yeux langoureux, exhiber sa jambette comme par inadvertance… » Alexandre Herzen, père du populisme russe, lui emboîte le pas : « ô frivoles Gaulois ! Le vaudeville est une production nationale des Français tout comme l’idéalisme transcendantal est celle des Allemands ». Tolstoï s’amuse : « Les Français sont le peuple du coq, mon Dieu, comme c’est juste et charmant ! », Tourguéniev s’emporte contre Balzac « érigé en idole », contre Hugo et « ses sons tremblotants », le « bavardage de George Sand » et qualifie Paris de « ville répugnante ». Saltykov-Chtchédrine s’émerveille devant les paroles de « La Marseillaise » qui suffiraient à condamner à l’exil en Sibérie celui qui oserait les revendiquer à Saint-Pétersbourg. Alexander Blok, radical, peste : « La femme française est une créature qui n’inspire pas d’autre sentiment que le dégoût, surtout si elle est très belle et élégamment vêtue » et en rajoute une couche : « Même les chiens, il n’y en a pas de plus crasseux qu’en France ». La France, pour lui, est « une civilisation de dentistes et de pucelles ». Ilya Ehrenbourg, lui, remarque qu’à Paris, « ils urinent n’importe où avec un enthousiasme non dissimulé » et s’émerveille devant « les pissoirs empreints de littérature, publicités pour docteurs louches, aveux sentimentaux, polémiques politiques ».

En lisant « L’Air et le feu », comment ne pas se souvenir du carton précédant le générique de « Ninotchka » de Lubitsch ? « Ce film se déroule à Paris, à l’époque où une sirène était une brunette et non une alarme – et si un Français éteignait la lumière, ce n’était pas à cause d’un raid aérien ! ». C’était le bon temps, tovaritch Poutine…

L’Air et le Feu. Les Français vus par les Russes, par Antoine Garcia & Yves Gauthier, La Bibliothèque, 320 p., 21 euros, 2005.

 

[Source : http://www.nouvelobs.com]

 

 

 

Arte diffusera le 2 mars 2022 à 23 h 45 « Rachel Carson, la mère de l’écologie » (Rachel Carson – Die Mutter der Ökologie), documentaire de la réalisatrice franco-israélienne Tamara Erde. « En 1962, le livre « Printemps silencieux » de Rachel Carson ouvre les yeux de l’Amérique sur les dangers des pesticides et sur la place de l’homme dans l’écosystème. Plongée dans la genèse d’un texte poétique et puissant, qui inspira la pensée écologiste moderne. »

Publié par Véronique Chemla

« Avant/après », la nouvelle collection d’ARTE revient sur les grandes œuvres ou mouvements culturels qui ont, à leur époque, secoué, alerté ou éveillé nos sociétés ».
« Au début des années 1960, alors que les mouvements politiques contestataires commencent à bouillonner aux États-Unis, une scientifique, Rachel Carson (1907-1964), alerte le pays sur les dangers d’une industrie chimique toute-puissante ».
« Dans Printemps silencieux, cette biologiste marine, déjà réputée pour ses ouvrages de vulgarisation sur le monde du silence et la pollution environnementale, décrit les dégâts des pesticides agricoles – en premier lieu le redoutable DDT, alors en vente libre – sur les populations d’oiseaux, mais aussi, par ricochet, sur l’espèce humaine. »
« C’est un livre sur la guerre de l’homme contre la nature ; et comme l’homme fait partie de la nature, c’est fatalement aussi un livre sur la guerre de l’homme contre lui-même », écrit-elle, dénonçant l’idée arrogante et immature d’une nature dominée grâce aux progrès techniques ».
« Jamais l’importance cruciale de la protection de l’environnement pour la survie humaine n’avait été présentée aussi clairement au grand public ».
« Best-seller de l’année 1962, Printemps silencieux (Silent Sprint) contribuera à convaincre le président Kennedy d’interdire le DDT, puis inspirera la création de l’Agence américaine de protection de l’environnement. Tout en semant dans bien des têtes les graines de l’écologie… »
Essayiste – Cette mer qui nous entoure (The Sea Around Us, 1951), Les Merveilles de la mer et de ses rivages Printemps silencieux – « volontaire, charismatique et courageuse, Rachel Carson apparaît comme l’une des grandes lanceuses d’alerte de son temps et comme la « mère » de l’écologie moderne ».
« Si elle a su à ce point toucher le public, c’est aussi grâce à l’élégance de son écriture, poétique et généreuse, reflétant sa vision holistique de notre place au sein du monde vivant et son constant émerveillement face à sa beauté ».
« Dans ce documentaire retraçant la genèse d’un ouvrage aujourd’hui encore considéré comme une référence théorique, Tamara Erde fait longuement entendre la voix de cette éveilleuse de consciences », inscrite au National Women’s Hall of Fame et distinguée à titre posthume par la Médaille présidentielle de la Liberté. Depuis 1991, un Prix international est remis aux défenseurs de l’environnement.
« La réalisatrice entremêle des extraits des livres et lettres de Rachel Carson, lus par Sandrine Bonnaire, et des témoignages d’intervenants entrant en résonance avec son travail : Irène Frachon, qui a mis en lumière les dangers du Mediator, l’auteur italien Paolo Cognetti, ou encore Martha Freeman, qui consacra un livre (Always, Rachel) à la correspondance intime qu’entretint la pionnière de l’écologie avec sa grand-mère Dorothy. »
Le 27 mai 2014, Google a dédié un Doodle à Rachel Carson en la citant :
“As much as I liked the image itself, as well as a chance to do a small piece of animation, I thought it shifted the focus away from the wildlife she sought to learn about and protect,” Matt explains. In the final illustration, Rachel Louise Carson is shown surrounded by a variety of species that dwell within the marine ecosystem, seemingly inspired by this quote from her book, Silent Spring:
“In nature nothing exists alone.”
France, Elda Productions, 2021, 54 min
Coproduction : ARTE France, Elda Productions
Avec la voix de Sandrine Bonnaire
Sur Arte les 2 mars 2022 à 23 h 45, 6 mars 2022 à 5 h 30, 24 mars 2022 à 1 h 45
Disponible du 02/02/2022 au 04/09/2022
Visuels :
Biologiste marine américaine et écrivaine, Rachel Carson a fait de sa vie un combat pour prévenir des enjeux environnementaux déjà présents dans les années 60 et ce par sa plume, en utilisant la littérature comme outil pour réveiller nos consciences et notre regard sur la nature
© Elika Hedayat / Elda Productions

 

[Source : http://www.veroniquechemla.info]

Né en 1925 dans une famille juive en Argentine, Adolfo Kaminsky émigre en famille en France en 1932. Il s’illustre durant la Deuxième Guerre mondiale, comme résistant expert dans la fabrication de faux papiers. Après ce conflit, il met ses talents au service des Juifs de la Haganah, puis de nombreux mouvements d’indépendance nationale, tiers-mondistes. Après avoir cessé son activité, il vit en 1971 à Algérie où il fonde sa deuxième famille, puis il revient en 1982 s’installer en France. Le Musée d’art et d’histoire du Judaïsme a présenté l’exposition « Adolfo Kaminsky. Faussaire et photographe », visible sur les grilles de la Mairie de Paris Centre

 

 
 

« Résistant dès l’adolescence et faussaire de génie, Adolfo Kaminsky a consacré trente ans de son existence à produire des faux papiers ». Et ce, bénévolement pour conserver son attachement et choisir des causes qu’il jugeait « justes ».

« Né à Buenos Aires en 1925, dans une famille juive originaire de Russie installée en France en 1932, il travaille comme apprenti teinturier dès l’âge de quinze ans et apprend les rudiments de la chimie ».

« Interné à Drancy en 1943 avec sa famille, il peut quitter le camp grâce à sa nationalité argentine ».

 

« Engagé dans la Résistance à dix-sept ans, il devient, grâce à ses compétences de chimiste, un expert dans la réalisation de faux papiers. Il travaille successivement pour la résistance juive – les Éclaireurs israélites, la Sixième et l’Organisation juive de combat avant de collaborer avec les services secrets de l’armée française jusqu’en 1945 ». Travaillant jour et nuit, jusqu’à l’épuisement, il perd la vision de son œil droit.

« Après la guerre, il fabrique des faux papiers pour la Haganah, facilitant l’émigration clandestine des rescapés vers la Palestine, puis pour le groupe Stern, qui s’oppose violemment au mandat britannique. Connu comme « le technicien », dans les années 1950 et 1960, il est le faussaire des réseaux de soutien aux indépendantistes algériens, aux révolutionnaires d’Amérique du sud et aux mouvements de libération du tiers-monde, ainsi qu’aux opposants aux dictatures de l’Espagne, du Portugal et de la Grèce ».

« Autant de combats auxquels il a apporté son concours, au péril de sa vie et au prix de nombreux sacrifices. »

« Resté fidèle à ses conceptions humanistes, il refusera toute collaboration avec les groupes violents qui émergent en Europe dans les années 1970. C’est pendant la Seconde Guerre mondiale qu’Adolfo Kaminsky découvre la photographie ».

 

« Après la Libération, il réalise des milliers de clichés, offrant un regard en clair-obscur sur le monde, où se pressent travailleurs, amoureux clandestins, brocanteurs, mannequins réels ou factices, poupées disloquées, ou barbus errants… Des puces de Saint-Ouen aux néons de Pigalle, il a capturé les regards, les silhouettes solitaires, les lumières, l’élégance et la marge, tout ce qui constitue son univers ».

« Adolfo Kaminsky, figure de la Résistance et faussaire de génie, a consacré trente ans de son existence à produire des faux papiers pour sauver des vies. C’est pendant la Seconde Guerre mondiale qu’il découvre la photographie en reproduisant des tampons pour fabriquer des cartes d’identité. À travers 70 clichés, le mahJ rend hommage à une œuvre photographique remarquable, mais restée ignorée en raison des engagements et de l’existence pour partie clandestine de son auteur », a écrit Nicolas Feuillie, commissariat au mahJ.

Et de rappeler : « Né à Buenos Aires en 1925 dans une famille juive originaire de Russie, installée en France en 1932, Adolfo Kaminsky travaille comme apprenti-teinturier dès l’âge de quinze ans et apprend les rudiments de la chimie. Interné à Drancy en 1943 avec sa famille, il peut quitter le camp grâce à sa nationalité argentine. Engagé dans la Résistance à dix-sept ans, ses compétences de chimiste font de lui un expert dans la réalisation de faux papiers. Il travaille successivement pour la résistance juive – les Éclaireurs israélites, la 6e et l’Organisation juive de combat –, avant de collaborer avec les services secrets de l’armée française jusqu’en 1945 ».

« J’ai été très marqué par mon internement [à Drancy, Nda]. On nous disait que des enfants, des bébés, partaient en Allemagne pour y être employés. J’ai même vu une femme de 104 ans sur un brancard, dont on disait qu’elle allait travailler là-bas. On prenait les gens pour des imbéciles. Depuis 1942, on savait. Mon père avait reçu des anciens du Bund, des Allemands qui fuyaient le nazisme. Ils lui avaient raconté ce qui s’y passait, c’est-à-dire les chambres à gaz et les expériences médicales sur les internés. Radio Londres, dès 1942, avait diffusé des messages à ce sujet. Et ensuite on n’en a plus parlé. Mais c’était connu et reconnu. » Le directeur du camp est Aloïs Brunner. L’un des maîtres d’œuvre les plus acharnés de l’extermination des Juifs d’Europe, notamment en France. Ce responsable nazi, qui aimait à inspecter les prisonniers sur lesquels il avait droit d’enfer ou de mort, s’arrête devant le jeune Adolfo. Ce dernier soutient son regard sans ciller. « Il avait l’habitude que les gens plient devant lui, mais pour moi ce n’était pas possible. Et il n’y avait aucune raison. Je n’avais pas à baisser la tête et je le regardais droit dans les yeux… J’ai survécu au camp de Drancy. J’y ai passé trois mois et j’ai vu déporter des milliers de personnes. Et c’est assez culpabilisant, quand tout le monde a disparu, d’être celui qui reste », a confié Adolfo Kaminsky à la revue Ballast.

 

Et Nicolas Feuillie de poursuivre : « Après la guerre, il fabrique des faux papiers pour la Haganah, facilitant l’émigration clandestine des rescapés vers la Palestine, puis pour le groupe Stern qui s’oppose violemment au mandat britannique. Connu sous le surnom du « technicien », dans les années 1950 et 1960, il est le faussaire des réseaux de soutien aux indépendantistes algériens, aux révolutionnaires d’Amérique du sud, et aux mouvements de libération du tiers monde, ainsi qu’aux opposants aux dictatures d’Espagne, du Portugal et de Grèce. Autant de combats auxquels il a apporté son soutien au péril de sa vie et au prix de nombreux sacrifices. Resté fidèle à ses conceptions humanistes, il refusera toute collaboration avec les groupes violents qui émergent en Europe dans les années 1970 ».

Et de conclure : « Adolfo Kaminsky réalise après la Libération des milliers de clichés. Ces images offrent un regard en clair-obscur sur le monde, où se pressent travailleurs, amoureux clandestins, brocanteurs, mannequins réels ou factices, poupées disloquées, ou barbus errants… Des puces de Saint-Ouen aux néons de Pigalle, le photographe a capturé les regards, les silhouettes solitaires, les lumières, l’élégance et la marge, tout ce qui constitue son univers ». Des témoignages émouvants d’un Paris populaire, de bus avec poinçonneurs, d’une cité avant la politique des ravalements des façades, du port de Marseille avant l’ère des containers…

Un style prisant les contrastes accentués et soignant les pénombres. D’autres œuvres du patrimoine photographique du talentueux Adolfo Kaminsky restent à découvrir car l’artiste talentueux n’a révélé que récemment une partie infime de ses créations…

En 1999, « Faux et usage de faux« , documentaire de Jacques Falck avait révélé l’itinéraire extraordinaire d’Adolfo Kaminsky. En vingt ans, trois livres lui ont été consacrés.

 

Durant le vernissage presse, sa fille Sarah Kaminsky l’a décrit comme un candide cultivant le goût du secret, prudent, convaincu de la justesse des combats auxquels il a prêté son savoir et sa technique dans la confection de faux papiers, et toujours déçu par le devenir des artisans de ces combats parvenus au pouvoir. Parmi ses combats, l’un suscite des interrogations : celui de l’Algérie, dont le combat s’apparentait à un djihad ayant eu pour résultats l’arrivée au pouvoir du FLN (Front de libération nationale) instaurant par la terreur un régime autoritaire et corrompu ainsi qu’une « épuration ethnico-religieuse » avec l’exil de près d’un million de juifs et chrétiens, en plus des Harkis, ces musulmans ayant combattu pour la France lors de cette guerre cruelle. Quant au réseau Jeanson de « porteurs de valises », il a financé ceux qui combattaient la France et ont tué nos compatriotes.

 

À lire son interview à la revue Ballast, on prend conscience notamment de l’idéalisme, des carences historiques et idées préconçues de ce pacifiste : « En Palestine, les deux communautés vivaient encore en paix, les Juifs et les Arabes, ils cohabitaient. Cela aurait pu continuer ainsi, c’était très bien. J’avais moi-même l’intention d’y aller mais quand il y a eu la création de l’État d’Israël avec une religion d’État, pour moi c’était inadmissible, c’était recommencer les injustices et le racisme ».

Son engagement politique ? « Toutes ces guerres, y compris la guerre d’Algérie, c’étaient des guerres inutiles. Pour l’Algérie, la décolonisation était irréversible. Donc il fallait qu’il y ait le moins de morts des deux côtés. Je ne me suis pas battu pour les Algériens contre les Français. C’était pour qu’ils ne s’entretuent pas et vivent en paix. C’était cela ma bataille… Je suis un ancien moudjahid pour l’Algérie. On m’invite souvent là-bas. J’ai créé en Algérie un laboratoire spécialisé pour aider les ouvriers à déterminer les travaux dangereux et leur apprendre à se protéger. On m’a bombardé ingénieur en hygiène et sécurité. C’était mon titre ».

Il est pour le moins regrettable que le Musée d’art et d’histoire du judaïsme désigne, dans ses dossiers de presse et pédagogique, Eretz Israël sous mandat britannique comme la « Palestine » et omet d’indiquer que les « actions violentes » du groupe Stern visaient des militaires, et non des civils. Et ce, dans un contexte tragique de l’après-Shoah et de terrorisme arabe.

Autour de l’exposition, ont été organisées une rencontre exceptionnelle avec Adolfo Kaminsky avec la participation de Sarah Kaminsky, fille du photographe et auteure d’Adolfo Kaminsky, une vie de faussaire (Calmann-Lévy, 2009) et une visite guidée par Nicolas Feuillie, commissaire de l’exposition.

REPÈRES BIOGRAPHIQUES 

« Tous mes amis étaient partis et, pour vaincre ma solitude, je me suis jeté corps et âme dans la photographie. Chaque nuit, je grimpais sur les toits de Paris pour capturer l’instant dans la ville endormie ». Adolfo Kaminsky

« 1925 Naissance d’Adolfo Kaminsky à Buenos Aires. Ses parents, Salomon et Anna, originaires respectivement de Russie et de Géorgie, se sont rencontrés en France ; mais en raison de leur engagement au sein du Bund (Union générale des travailleurs juifs de Lituanie, de Pologne et de Russie), ils sont contraints à l’exil en 1917 et émigrent en Argentine.

1930 Les Kaminsky décident de revenir en France. Mais les difficultés qu’ils rencontrent pour obtenir des papiers les obligent à un nouvel exil, en Turquie, où ils demeurent deux ans avant de pouvoir régulariser leur situation.

1932 La famille s’installe finalement à Paris puis, en 1938, sentant le danger, à Vire dans le Calvados, où vit le frère d’Anna.

1939 Adolfo est engagé comme ouvrier à l’usine de la Société Générale d’Equipements, alors qu’il n’a pas encore quatorze ans.

1940 Les Allemands occupent la Normandie et l’usine doit licencier ses employés juifs. Engagé dans une teinturerie, Adolfo se passionne pour la chimie, et peut acheter du matériel pour des expériences grâce à un pharmacien, M. Brancourt ; à l’occasion, ce dernier le fait travailler pour la Résistance.
En novembre 1940, la mère d’Adolfo meurt d’une chute du train Paris-Granville dans des circonstances obscures.

Octobre 1943 Salomon Kaminsky et ses enfants Pablo (Paul), Adolfo, Ángel (Angel) et Perlita (Pauline) sont internés à la prison de la Maladrerie à Caen, puis transférés au camp de Drancy une semaine plus tard.

1944 Ils sont libérés grâce à l’intervention du consulat argentin (janvier). Pour sa survie, la famille décide de se séparer. Alors âgé de dix-huit ans, Adolfo entre dans la Résistance dans un laboratoire clandestin à Paris, travaillant parallèlement pour le Mouvement de libération nationale, pour la 6e (branche clandestine des Éclaireurs israélites de France) et pour l’Organisation juive de combat. Il passe le reste de la guerre à fabriquer des faux papiers, permettant ainsi à de nombreux juifs, parmi lesquels beaucoup d’enfants, d’échapper aux persécutions.
Après la libération de Paris, il est engagé par les services secrets de l’Armée française pour fabriquer des faux papiers allemands pour les agents infiltrés derrière les lignes.

 

1945 Il quitte l’armée, alors que la France se prépare au conflit en Indochine.
Il s’engage pour l’Aliah Beth, qui facilite le départ vers la Palestine des nombreux juifs toujours internés dans des camps de « personnes déplacées » dans toute l’Europe. Produisant des faux papiers pour la Haganah et le groupe Stern, il refuse cependant l’action violente de ce dernier contre les Britanniques.

1948 Après la création de l’État d’Israël, nombre de ses camarades s’y installent. Adolfo choisit de rester à Paris, où il réalise des tirages photographiques de très grand format pour le cinéma, puis se spécialise dans la reproduction d’œuvres d’art, activités qui lui servent de couverture. Il commence parallèlement une pratique personnelle de la photographie.

1957-1962 Alors qu’il doit partir s’installer aux États-Unis, il est sollicité, à l’automne, par le réseau des « porteurs de valises » pour le FLN algérien, organisé en France par Francis Jeanson.

1963 Il commence à fabriquer de faux papiers pour le réseau d’Henri Curiel qui vient en aide aux mouvements de libération des du tiers-monde, et aux militants clandestins qui s’opposent aux régimes dictatoriaux de Salazar au Portugal, de Franco en Espagne et « des colonels » en Grèce ; il fait aussi des faux papiers pour les déserteurs américains qui ne veulent pas faire la guerre du Viêt-Nam.

 

1968 Adolfo Kaminsky fabrique des faux papiers pour Daniel Cohn-Bendit, réfugié en Allemagne, afin de lui permettre de prendre la parole à un meeting à Paris, où il est interdit de séjourner. « C’était certainement le faux le plus médiatique et le moins utile que j’aie réalisé de toute ma vie », raconte-il.

1971 Après près de trente ans de « service », face à la radicalisation violente d’un certain nombre de mouvements d’extrême gauche, Adolfo met un terme à son activité de faussaire.
Il s’installe en Algérie, où il rencontre son épouse Leïla.

1982 Adolfo et Leïla reviennent en France avec leurs trois enfants : Atahualpa, José et Sarah.

2009 Parution de Adolfo Kaminsky. Une vie de faussaire (Paris, Calmann-Lévy)

2019 Parution de Adolfo Kaminsky. Changer la donne (Paris, Cent Mille Milliards) ».

 

CITATIONS EXTRAITES DE L’ENTRETIEN 

 

« Chaque nuit, je grimpais sur les toits de Paris pour capturer l’instant dans la ville endormie. »

« Alors après, nous avons été transportés vers Drancy dans un petit train avec des banquettes tout étriquées. »

« Je fabrique trente faux papiers en une heure, si je dors une heure, trente personnes mourront. »

« Adolfo Kaminsky, photographe »  
par Nicolas Feuillie, commissaire de l’exposition 

« Parcourant Paris au lendemain de la Seconde Guerre mondiale avec son Rolleiflex, Adolfo Kaminsky réalise des images à l’esthétique humaniste proche de maîtres tels Willly Ronis, et qui ne sont pas sans lien avec son histoire personnelle. C’est la ville nocturne et déserte qu’il photographie, hantée par quelque couple d’amoureux, ou traversée par les annonces tapageuses des néons à Pigalle ; à la fois paisibles et porteurs de menaces, ces clichés évoquent le monde clandestin qui fut le sien en 1944.

Les nombreuses vues de marchés aux puces nous renvoient aussi à son univers. Celui que l’on surnommait « le technicien » a toujours fait preuve d’une ingéniosité hors norme, d’un exceptionnel talent de bricoleur, au sens le plus noble. Claude Lévi-Strauss évoque dans La pensée sauvage cette figure du « bricoleur », entre l’artiste et l’ingénieur, qui sait composer avec les éléments les plus hétéroclites, où chacun « représente un ensemble de relations, à la fois concrètes et virtuelles ». Sur les éventaires des brocanteurs, chaque objet a perdu sa fonction, pour s’ouvrir à une multitude d’usages potentiels, laissés à l’imagination du passant et du bricoleur.

Les portraits d’hommes barbus rappellent un souvenir douloureux : alors qu’il était interné au camp de Drancy, il avait sympathisé avec un couple d’âge mûr dont le mari portait une belle barbe bien taillée. Rasé avant sa déportation, l’homme avait par son regard éteint frappé le jeune homme : avec sa barbe, on lui avait retiré sa dignité. Sur ces portraits, la pilosité exprime la personnalité, tout autant que l’environnement immédiat, comme les livres et les chats de ce libraire.

Les images de Kaminsky sont d’abord celles d’un observateur attentif de la rue et du monde du travail, figeant des scènes insolites au charme indéfinissable. Des religieuses lisant au soleil au bord de la Seine ; un jeune homme bien mis, absorbé par son journal, mais assis avec trop de retenue sur un anneau d’amarrage ; des éclusiers sur le canal Saint-Martin… Le sens de l’observation est évidemment une qualité première pour celui dont les activités interdites menacent en permanence la liberté. Mais Kaminsky, qui a pratiqué le dessin et la peinture dès son plus jeune âge, possède un regard aigu et une grande maîtrise constructive dans ses photographies. Plus tardives, ses vues d’usines évoquent l’art cinétique de ses amis latino-américains ; et alors qu’il est libéré de tout engagement politique dans les années 1970, il offre de la région d’Adrar, aux portes du désert dans le grand sud algérien, une vision contemplative et picturale ».
Extrait : « Adolfo Kaminsky. Photographe clandestin » 
par Paul Salmona, directeur du mahJ

« Militant clandestin pendant quatre décennies, Adolfo Kaminsky est demeuré un artiste inconnu jusqu’à une période récente. Son travail de faussaire, au service de la Résistance, mais aussi des réseaux juifs, de l’armée française puis des réseaux d’aide aux mouvements de libération du tiers-monde et aux opposants aux dictatures européennes, lui imposait la discrétion. Technicien génial des faux papiers, mais aussi de la photographie industrielle, Kaminsky n’a pas montré son oeuvre de photographe. Pour paraphraser les frères Lumière « Pas de photo sans Lumière », pas de reconnaissance sans exposition : photographe de l’ombre, Kaminsky le fut donc doublement, et s’il n’exposa pas c’est pour ne pas exposer les autres ».

« Pourtant son oeuvre mérite que l’on s’y attarde, et pas seulement au regard de sa vie si singulière.

Commençons par observer les images : rues désertes, quais de la Seine, péniches amarrées, mannequins nus, brocanteurs attendant le chaland, amoureux dans la nuit, néons innombrables, libraires barbus, enfant à la fontaine, reflets sur les trottoirs après la pluie, contrôleur de bus à plateforme, éclusiers sur le canal Saint- Martin, rémouleur ambulant, pêcheur à la ligne ; le Paris populaire des années 1950.

Puis, une série de photographies industrielles est marquée par l’esthétique constructiviste ; quelques vues de ports pourraient évoquer un désir des lointains, un goût de l’ailleurs, qu’aurait comblé un Sud algérien immuable… Enfin, des enfants dans une chambre et un visage féminin suggèrent des souvenirs de famille. Or les vues de Paris doivent leur beauté au regard distancié et à la fraîcheur d’un étranger épris de la « ville lumière » : il fallait être juif russe émigré en Argentine et retrouvant la France pour l’aimer ainsi, à l’instar de la passion française d’un René Goscinny, dont la famille était originaire de Pologne et d’Ukraine, et ayant vécu son enfance en Argentine. Les photographies industrielles sont la trace artistique de cette « couverture » professionnelle qui fut la sienne. Ces enfants dans une chambre sont des orphelins de la Shoah, et l’on retrouve-là une cause qui anima Kaminsky, celle du sauvetage des juifs sous l’Occupation, pour lequel la fabrication des faux papiers et le maintien de réseaux d’exfiltration furent des combats aussi essentiels, même si moins glorieux, que la résistance armée ».

« Les vues du port de Marseille ne doivent pas tromper, car rien de touristique ici : il s’agit du départ des émigrants pour Israël, auquel le photographe a contribué comme faussaire en produisant de faux papiers dans les années précédant la fondation de l’État ».

« Enfin, les vues de l’Algérie sont prises après que le faussaire s’est « mis au vert » outre-Méditerranée dans les années 1970 ; elles brossent le portait d’un pays encore traditionnel, que venaient de quitter les pieds noirs et les juifs, mais ouvert aux coopérants français et où Kaminsky rencontrera sa femme ».
« Rien n’est anodin dans ce corpus jusqu’ici inédit. C’est l’oeuvre d’un homme épris de liberté, aux identités multiples : juif et athée, argentin, russe et français, solitaire et solidaire, résistant anonyme mais essentiel à son réseau, militant humaniste non violent et tiers-mondiste, teinturier, faussaire et photographe. Surnommé « le technicien » dans la Résistance, c’est à l’artiste que cet ouvrage rend enfin justice, de même que l’exposition ».
Du 2 décembre 2021 au 26 février 2022

Sur les grilles de la Mairie de Paris Centre

Du 23 mai 2019 au 19 avril 2020
Au Musée d’art et d’histoire du Judaïsme 
Hôtel de Saint-Aignan 
Au Foyer de l’auditorium
71, rue du Temple. 75003 Paris
Tél. : 01 53 01 86 65
Mardi, jeudi, vendredi de 11 h à 18 h. Mercredi de 11 h à 21 h. Samedi et dimanche de 10 h à 19 h
Visuels :
Quai de la Seine, le lecteur
Paris, 1957 © Adolfo Kaminsky
Dans usine métallurgique algérienne, tiges et grilles de fer
1972 © Adolfo Kaminsky
Femme seule qui attend
Paris, 1946 © Adolfo Kaminsky
Adrar, Algérie
1976 © Adolfo KaminskyAdrar, Algérie
1977 © Adolfo KaminskyEnfant à la fontaine
Paris, 1948 © Adolfo Kaminsky

Le libraire
Paris, 1948 © Adolfo Kaminsky

Le rempailleur
1954 © Adolfo Kaminsky

Autoportrait
Forêt de Fontainebleau, 1948 © Adolfo Kaminsky

Marché aux puces Clignancourt
1955 © Adolfo Kaminsky

Le poinçonneur
1955 © Adolfo Kaminsky

Port de Marseille
1953 © Adolfo Kaminsky

 Les citations extraites du dossier de presse. Cet article a été publié le 4 décembre 2019.
 
[Source : www.veroniquechemla.info]
Pol Guasch

Pol Guasch. Foto: Álvaro García

Escrit per Lourdes Toledo

Pol Guasch (Tarragona, 1997) és una capsa de sorpreses. Li faces la pregunta que li faces, sempre té una resposta: ràpida, sorprenent. És d’aquestes persones que no pots enxampar desprevinguda perquè és molt àgil mentalment: domina el llenguatge, juga amb elegància amb les idees i és un gran observador. A més, té bagatge: ha llegit més del que imagines, i no és pas que ho haja engolit, sinó que ho ha assimilat i ho té ben organitzat en el cap i prest per a quan li calga. El Pol filosofa amb naturalitat i quan l’escoltes enraonar et deixa mig glaçada. El 2021 va guanyar el premi Llibres Anagrama de Novel·la amb Napalm al cor, una història i una manera de narrar gens convencionals.

Pol Guasch és simpàtic, amable, enginyós i, sobretot, parla amb nervi i serenitat alhora. En la conversa et fa sentir que està per tu al cent per cent i fa goig parlar i observar com els temes peten com si fossen roses –o crispetes– dins d’una màquina: una cosa ens du a una altra, però ell no hi perd mai el fil, ho lliga i ho recondueix, i si li fas alguna broma, la segueix i probablement la supera. Compartir conversa amb Pol Guasch és diversió i aprenentatge garantits. Amb un somriure sincer i l’energia que la seua joventut li pressuposa, és un autor que segurament farà parlar, de moment ja ho està fent…

Poeta i narrador, Pol es va graduar en Estudis Literaris i posteriorment va cursar un màster en Estudis Culturals a la Universitat de Barcelona dins del Programa d’Estudis Independents del Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Ha estat professor universitari de literatura i crítica de la cultura a la Universitat de Barcelona; i ha investigat sobre teoria i literatura contemporànies al King’s College de Londres. Actualment, forma part de la productora cultural La Sullivan. Fins ara ha publicat Tanta gana (La Breu, 2018, Premi Francesc Garriga), i La part del foc (Viena, 2021, Premi López-Picó, 2020) i és coautor del llibre col·lectiu Amor y revolución (Kollontai, 2020). Els seus versos, però, no es queden només al paper, Pol és un rapsoda en actiu i ha recitat els seus poemes en diversos festivals nacionals i internacionals, com ara el Barcelona Poesia, el Festival Internacional de Poesia de Sant Cugat, el Poesia i +, el Festival of Hope o el Festival de Poesía Alguén que respira! de Santiago de Compostel·la, entre d’altres.

En Napalm al cor, premi Llibres Anagrama de Novel·la, hi ha una manera diferent, suggeridora i intensa de pensar la literatura i, en particular, la novel·la.

En la seua òpera prima narrativa, Napalm al cor, hi ha una manera diferent, suggeridora i intensa de pensar la literatura i, en particular, la novel·la. Hi podem evocar Austerlitz de Sebald, o molt més recent, Desierto Sonoro, de Valeria Luiselli. Novel·les on entren en joc la poesia, l’assaig i la ficció, el document, l’art, la fotografia. Càpsules, retalls, instantànies, proses poètiques, una mica de tot això conforma el mosaic novel·lístic de Pol Guasch. No espereu una novel·la amb una trama definida, uns personatges, una evolució: són més aviat flashos, peces breus que van encaixant, creant una harmonia del desig d’harmonia. En aquesta novel·la –on Pol Guasch descriu un món en dissolució que barreja elements de caire distòpic: escenaris decadents, camps de concentració i un desastre nuclear– la violència hi està present i, en particular, la violència contra la llengua: «Parlaven la llengua que volien que parléssim nosaltres i no parlàvem».

De tot això i d’altres coses vam estar parlar recentment a la ciutat de València, a propòsit de la seua visita al País Valencià per a presentar Napalm al cor i conèixer de prop els seus lectors d’aquestes latituds.

Deia Montserrat Roig que quan deixes de ser jove vols continuar vivint a través de les paraules perquè la realitat ja no t’ofereix aquell ventall tan ampli: «Que tu t’ho pensaves, encara que en realitat tampoc no t’ho oferia, però, és clar, seria horrorós que un jove de vint anys pensés que la vida està acabada». Què en pensa Pol Guasch?

Zadie Smith deia que, quan llegia els seus primers treballs, hi trobava una tendència a l’aforisme, a frases lapidàries, com si fossin sentències morals, cosa que es condemna molt en l’escriptura primerenca, jove. Smith lamentava que amb els anys havia perdut la capacitat de fer això, que aleshores s’atrevia a dir coses sobre el món, detectar-ne i dir-les, i a mesura que havia passat el temps, s’atrevia menys: no en sabia. És interessant com Smith reverteix la tendència crítica a l’escriptura jove, que sovint la condemna, com si s’atrevissin massa, com si amb el temps s’hagin d’aturar o matisar-se.

Pel que dius de Roig, crec que fins ara s’ha parlat molt de generacions d’escriptors com una manera d’agrupar-los en un gest «innocent» o de reconeixement, d’unió per voluntat política o fita compartida, però en el fons té un perill, un risc, i és que agrupar per generacions homogeneïtza molt, ens posa a tots en el mateix sac i s’esborren les diferències de classe, d’identitat cultural, de gènere, de raça… com si no existissin, o no hi comptessin, aquestes diferències. I és perillós. És un gest que es fa des del paternalisme, sempre des de dalt. En tot cas, pel que fa a allò que es designa com a jove des de fora, crec que s’hi pot trobar una potència en allò espontani, no calculat, desinteressat.

És aquesta potència allò que amara i empenta Napalm al cor?

Quan escrivia Napalm al cor hi havia força, llibertat, desinterès i l’escriptura fluïa perquè no pensava que es publicaria. No em plantejo la vida com la dicotomia entre viure i escriure, és absurda. Per a mi tot va lligat. No calculo ni penso en el futur. M’agrada el que diu Mariana Enríquez quan reflexiona sobre les seves primeres obres: «Tenen tot el sentit en el moment en què surten, per què penedir-se’n».

De rapsoda a presentador de la seua novel·la. Són escenaris i perspectives diferents.

Quan vaig a un recital o un festival, pujo, recito els meus poemes, el públic t’escolta, és un moment i punt. Quan presento Napalm al cor em demano si l’han llegida abans de venir, si em faran preguntes. Amb la novel·la crees tot un marc de política. Per exemple: on decideixes anar a presentar-la i on no. Quan escrius una novel·la hi ha una tensió important, la de crear un univers propi, que estigui dins del llibre, i tot el que obre en el món real i palpable. Si és bo, el llibre funcionarà sol. L’escriptora Ursula K. Le Guin diu que els llibres no són mercaderies, però tampoc no podem defugir el fet que un llibre que es publica no és només les idees i el text, sinó que és un objecte físic, un artefacte polític, i una «mercaderia», cosa que no pots defugir. D’altra banda, la meva poètica, com una ètica i estètica actuants, està dins del llibre i també als llocs on vull dur-lo. Jo he passejat Napalm pel Casal Ocupat de Lleida, per Castelló, per Gandia, per Palma, ara estic a València, però també tinc previst anar a Perpinyà. Per mi l’ètica està en l’estètica, sí, i també en la defensa d’un model de cultura, de país i de llengua.

T’estimes, doncs, la trobada amb els lectors.

Sí, una cosa que m’agrada molt com a poeta, però també ara amb la novel·la, és la trobada amb el lectors. No sé si els espectadors que venen entren en la meva obra. Sobretot penso que venen de manera «desinteressada», i ho dic en un sentit positiu, desinteressats i sense prejudicis, pel plaer de parlar amb tu de la teua obra, sense un judici de crític. És el goig de la conversa i la trobada. A mi m’interessava crear un collage de paisatges i de llengua, combinar-hi registres, variants, parles locals. Els llibres són més que escriure i llegir, són més que màrqueting, diners, negoci, són també un fet social, una cosa que està al món, que val diners i que no està a l’abast de tothom. Hi ha persones que no poden accedir-hi, encara que ens repetim que la literatura i la imaginació són llenguatges universals.

Pol Guasch ha recitat els seus poemes en diversos festivals nacionals i internacionals, com ara el Barcelona Poesia, el Festival Internacional de Poesia de Sant Cugat, i el Festival of Hope, entre altres. Foto: Francesc Gelonch

Entre el Pol Guasch poeta i el novel·lista, quins ponts hi ha?

Una novel·la demana una presència forta i un lliurament intens al procés de creació. Crec que en el meu cas passar de la poesia a la novel·la ha estat marcat, en part, per la disponibilitat de temps que tenia. Per a mi l’escriptura de Napalm al cor ha estat un espai de fuita, el moment de trobar-me en un espai amb més llibertat creativa. Penso que la potència de la literatura és la ruptura entre el significat i el significant, la possibilitat d’explorar més que de resoldre. La literatura no busca solucions, no resol res. L’art no atorga solucions. La meva novel·la no n’ofereix tampoc, sinó que cerca el suggeriment.

Com viu el procés creatiu?

Quan escric visc un procés d’auto-exploració i d’exploració del món que m’envolta. És molt difícil fugir d’un mateix. El que hi ha de mi en les meves novel·les és la meva visió del món. En Napalm, per exemple, hi ha una història d’amor romàntica (un amor més normatiu) entre dues persones que militen, d’una forma o altra, en una sexualitat dissident.

Acaba carregant que et recorden a cada moment que ets tan jove?

Carrega escoltar comentaris del tipus: és jove, però brillant, com si la resta fos mediocre, com si ser jove fos antònim de qualsevol cosa interessant o potent. I de veres que he tingut i tinc al meu voltant gent jove increïble. Centrar-se en la joventut dels autors o donar-li massa importància al fet generacional redueix la potència de l’obra i de la proposta estètica que hi ha al darrere.

Parlem ara de distopies. El conte de la Serventa, de Margaret Atwood, es va inspirar, en part, en els crims comesos contra les dones durant la dictadura militar a Argentina. Ara bé, hi ha un risc: aquests novel·les, algunes de les quals després també són sèries, i és que semblen una cosa completament fantàstica, i en el fons, beuen d’una realitat, com va ser la violència a Argentina en els anys setanta i vuitanta. ¿No caldria anar-hi alerta, no fos que la gent pense que aquestes situacions són simplement distòpiques, imaginades, fantasia?

Hi ha un conflicte entre la realitat i la ficció, i un cert perill de fer ficció a partir de la realitat. Hi ha una tendència en l’art a parlar de casos reals, quasi una exigència o necessitat de viure i veure històries reals. En el món audiovisual ocorre molt. Al Principat triomfa Crims, una sèrie que es basa en casos de crims reals. Ara bé, jo em demano: canvia el món saber que això és real? Tenim milers de documentals sobre fets diversos que pretenen conscienciar: això afecta la materialitat del nostre entorn i genera algun canvi? La resposta crec que és no. Les dues coses són importants: la realitat té el seu lloc, però la ficció també. En canvi, sembla que si no hi ha un testimoni real, no hi ha empatia. I em demano: necessitem el morbo, la història personal, el testimoniatge, per crear empatia? Em sembla que això és caure en un parany fal·laç. La ficció, en canvi, ens permet desplaçar, deslocalitzar una història, parlar del món sense crear transparència. Penso en totes les coses del món que ens diu La mort i la primavera de Mercè Rodoreda, sobre la guerra i el dolor de postguerra, d’un món desolat, sense esmentar-les, sense la transparència de la pantalla, sense aquesta catarsi de la realitat. I en canvi, resulta un obra dolorosament bella i alhora un tractat polític fantàstic.

Napalm al cor és una mena de dietari d’un nen que ha viscut fets i situacions dures, traumàtiques, extremes, i que mira cap al seu voltant, parla de la seua família i el seu estimat Boris, l’amant. I l’acció ocorre en un no-lloc.

El món i l’escenari de la novel·la van consolidant-se a mesura que avancem en la història. Les novel·les que t’ho presenten tot com un atrezzo al voltant del qual es mouen els personatges no m’interessen perquè penso que s’hi veu el món per on es mouen els personatges, com si no hi hagués relació entre la vida i l’entorn. Com si fos només un decorat. Jo no vull que l’escenari sigui una metàfora de les vides dels personatges, ni un mirall, sinó que sigui un diàleg entre ells i l’entorn on viuen, perquè els paisatges emocionals interiors també parlen. El món i la natura a Napalm al cor són més que un símbol de la vida interior dels personatges. En aquest sentit, els meus escenaris no són distòpics, sinó que són llocs presents. Realitats materials que condicionen les seves vides.

El documental Les àvies de Txernòbil té un pes clau en la seua novel·la.

En la novel·la estem en un present on hi ha una «zona afectada» i «aire malalt», la qual cosa fa pensar que hi ha hagut un desastre, potser nuclear. El personatge de la Vita està inspirat en les àvies de Txernòbil. La fi del món no vindrà d’un dia per l’altre, ens ensenyen elles. Una cosa que ha demostrat la pandèmia és que, en un moment d’apocalipsi i de desestabilització totals, no hem repensat res, no hem estat agents, no hem decidit el món que desitgem, no hem estat capaços ni d’imaginar-lo, de traçar-ne les coordenades; ens hem limitat a obeir.

Malgrat la intensitat del relat, Napalm al cor deixa alenar el lector. Al mig de tanta desolació hi ha molts moments lírics… Poemes, silencis (pàgines en blanc), un comptador de dies, fotografies, a l’estil de Sebald o de Valeria Luiselli… La fotografia com a element narratiu dins del relat.

La fotografia en la meva novel·la no acompanya, no il·lustra, sinó que conta… Hi ha coses que el llenguatge i les seves formes de disposar-lo no em permeten dir com voldria. La novel·la convencional té uns mínims a seguir, en canvi jo cerco la llibertat, i la llibertat m’atorga la fluïdesa. A mi m’interessa perdre’m per trobar coses, per això l’expressió formal i lingüística que trio em permeten explicar millor el que vull dir que no pas un paràgraf rere l’altre, i l’exploració em permet que no sigui una cosa tancada. Certes formes de narrar no m’interessen perquè trobo que em limiten. I això és també part de la influència de la meva recerca universitària i el meu treball poètic. És una constel·lació de pensament, la meva creació. Jo no puc crear una forma tancada. Per exemple, un final tancat em sembla un gest que va en contra del món en què vivim, on no sabem res del cert. Seria massa fàcil donar-ho tot tancat quan, de fet, cada vegada sabem menys de les nostres vides i de nosaltres mateixos. Les formes artístiques no són solucions, sinó que capten la complexitat del món.

Moltes gràcies, Pol, per aquesta conversa tan suggeridora, que deixa tantes qüestions obertes i que explica el seu procés creatiu…

 

[Font: http://www.laveudelsllibres.cat]

La musa de Antonioni y rostro de la comedia en la década de los 70 fallece en su Roma natal tras dos décadas desaparecida de la vida pública por el alzhéimer

La actriz Monica Vitti, en su época de mayor popularidad.

Escrito por OSKAR BELATEGUI

Era, junto a Sophia Loren y Claudia Cardinale, la última de las grandes estrellas de la edad de oro del cine italiano. Monica Vitti resultaba más sofisticada y menos carnal que la Loren y la Cardinale. Su unión cinematográfica y sentimental durante una década con Michelangelo Antonioni la convirtió en el rostro de ese cine de la incomunicación que avanzó por los cauces del hermetismo y la introspección, plasmado en la trilogía que interpretó a sus órdenes: La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962). Vitti, que llevaba alejada de la vida pública los últimos veinte años por culpa del alzhéimer, falleció este lunes en su Roma natal a los 90 años, según anunció su marido, el director Roberto Russo.

Nacida como Maria Luisa Ceciarelli en 1931, Vitti jugaba con sus hermanos a hacer teatro en el sótano que les servía de refugio durante los bombardeos en la guerra. Se graduó en la Academia Nacional de Arte Dramático de la capital italiana en 1953 y comenzó a ejercer su profesión en el teatro.

El cine del Neorrealismo había alimentado sus sueños de aparecer en la gran pantalla, que tuvieron que esperar hasta que conoció a Antonioni en 1957. El director la descubrió en el teatro, representando una farsa de Feydeau, y la invitó a doblar la voz de Dorian Gray en su película El grito (1957). Tras La aventuraLa noche y El eclipse, colaboró con el director italiano en El desierto rojo (1964) y en El misterio de Oberwarld (1980). «Para mí, Michelangelo lo era todo: un padre, un hermano, un amigo -confesó-. Era toda mi vida, porque me sentía sumamente segura cerca de él. Debo mi coraje a sus ojos, a su confianza debo mi fuerza».

Vitti supo pronto quitarse de encima el aire enigmático y el halo de intelectualidad que le había conferido el cine de Antonioni. Modesty Blaise, superagente femenino (1966) de Joseph Losey, la transformó en una suerte de James Bond femenino junto a Terence Stamp y Dirk Bogarde en un delirio pop inspirado en un cómic, cuya protagonista combinaba sex appeal, elegancia y eficacia con los puños.

Vitti, con el actor, director y amigo Alberto Sordi, en 1995, tras recibir la actriz el León de Oro a la carrera cinematográgica.

Vitti, con el actor, director y amigo Alberto Sordi, en 1995, tras recibir la actriz el León de Oro a la carrera cinematográgica.

Quentin Tarantino le rindió homenaje en Pulp Fiction, donde John Travolta leía una novela de Modesty Blaise. Tras protagonizar junto a Tony Curtis El cinturón de castidad, la actriz encadenó comedias de gran éxito, muchas junto a Alberto Sordi, aunque trabajó con todos los grandes: Gassman, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Marcello Mastroianni.

León de Oro en Venecia

La ragazza con la pistolaConfidencias de una esposa alegreTeresa, la ladronaEsa rubia es míaCamas calientes… Entre tanta comedia, Monica Vitti tuvo un hueco para trabajar con Luis Buñuel en El fantasma de la libertad (1974) y de dirigir un par de películas, La fuggiDiva (1983) y Escándalo secreto (1990), su último trabajo como intérprete en la gran pantalla (se despidió de la actuación dos años más tarde en el telefilme Ma tu mi vuoi bene?). Con su pareja desde los años 70, Roberto Russo, también colaboró en varias ocasiones, entre ellas Flirt (1983), con la que ganó el Oso de Plata a la mejor actriz de la Berlinale.

Vitti ganó cinco premios David di Donatello (los Goya italianos), así como un León de Oro a toda su carrera en el Festival de Venecia de 1995. En su autobiografía, la actriz confesaba sus cuatro intentos de suicidio, la primera vez a los 14 años. También reconocía ser astigmática, miope, présbita e hipermétrope. En 1988, el diario francés Le Monde cometió uno de los mayores errores de su historia dando la noticia del suicidio de la actriz. «Gracias, pero no. La vida es demasiado bella y cada día encuentro nuevos motivos para estar contenta conmigo misma», contestó la actriz.

 

[Fuente: http://www.lavozdegalicia.es]

A musa de Antonioni e rostro da comedia na década dos 70 falece na súa Roma natal tras dúas décadas desaparecida da vida pública polo alzhéimer

A actriz Monica Vitti, na súa época de maior popularidade.

Escrito por OSKAR BELATEGUI

Era, xunto a Sophia Loren e Claudia Cardinale, a última das grandes estrelas da idade de ouro do cine italiano. Monica Vitti resultaba máis sofisticada e menos carnal que a Loren e a Cardinale. A súa unión cinematográfica e sentimental durante unha década con Michelangelo Antonioni converteuna no rostro dese cine da incomunicación que avanzou polas canles do hermetismo e a introspección, plasmado na triloxía que interpretou ás súas ordes: A aventura (1960), A noite (1961) e A eclipse (1962). Vitti, que levaba afastada da vida pública os últimos vinte anos por culpa do alzhéimer, faleceu este luns na súa Roma natal aos 90 anos, segundo anunciou o seu marido, o director Roberto Russo.

Nada como Maria Luisa Ceciarelli en 1931, Vitti xogaba cos seus irmáns a facer teatro no soto que lles servía de refuxio durante os bombardeos na guerra. Graduouse na Academia Nacional de Arte Dramática da capital italiana en 1953 e comezou a exercer a súa profesión no teatro.

O cine do Neorrealismo alimentara os seus soños de aparecer na gran pantalla, que tiveron que agardar ata que coñeceu a Antonioni en 1957. O director descubriuna no teatro, representando unha farsa de Feydeau, e invitouna a dobrar a voz de Dorian Gray na súa película O berro (1957). Tras A aventuraA noite e A eclipse, colaborou co director italiano no deserto vermello (1964) e no misterio de Oberwarld (1980). «Para min, Michelangelo o era todo: un pai, un irmán, un amigo -confesou-. Era toda a miña vida, porque me sentía sumamente segura preto del. Debo a miña coraxe aos seus ollos, á súa confianza debo a miña forza».

Vitti soubo pronto quitarse de arriba o aire enigmático e o halo de intelectualidade que lle conferiu o cine de Antonioni. Modesty Blaise, superagente feminino (1966) de Joseph Losey, transformouna nunha sorte de James Bond feminino xunto a Terence Stamp e Dirk Bogarde nun delirio pop inspirado nun cómic, cuxa protagonista combinaba sex appeal, elegancia e eficacia cos puños.

Vitti, con el actor, director y amigo Alberto Sordi, en 1995, tras recibir la actriz el León de Oro a la carrera cinematográgica.

Vitti, co actor, director e amigo Alberto Sordi, en 1995, tras recibir a actriz o León de Ouro á carreira cinematográfica.

Quentin Tarantino rendeulle homenaxe en Pulp Fiction, onde John Travolta lía unha novela de Modesty Blaise. Tras protagonizar xunto a Tony Curtis O cinto de castidade, a actriz encadeou comedias de gran éxito, moitas xunto a Alberto Sordi, aínda que traballou con todos os grandes: Gassman, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Marcello Mastroianni…

León de Ouro en Venecia

A ragazza coa pistolaConfidencias dunha esposa alegreTeresa, a ladroaEsa loura é miñaCamas quentes… Entre tanta comedia, Monica Vitti tivo un oco para traballar con Luis Buñuel na pantasma da liberdade (1974) e de dirixir un par de películas, A fuggiDiva (1983) e Escándalo secreto (1990), o seu último traballo como intérprete na gran pantalla (despediuse da actuación dous anos máis tarde no telefilme Ma o teu o meu vuoi bene?). Coa súa parella desde os anos 70, Roberto Russo, tamén colaborou en varias ocasións, entre elas Flirt (1983), coa que gañou o Oso de Prata á mellor actriz da Berlinale.

Vitti gañou cinco premios David dei Donatello (os Goya italianos), así como un León de Ouro a toda a súa carreira no Festival de Venecia de 1995. Na súa autobiografía, a actriz confesaba os seus catro intentos de suicidio, a primeira vez aos 14 anos. Tamén recoñecía ser astigmática, miope, présbita e hipermétrope. En 1988, o diario francés Le Monde cometeu un dos maiores erros da súa historia dando a noticia do suicidio da actriz. «Grazas, pero non. A vida é demasiado bela e cada día atopo novos motivos para estar contenta comigo mesma», contestou a actriz.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

Philip Glass (1937-) : String Quartet No. 9 « King Lear », String Quartet No. 8. Quatuor Tana. 44’00 – 2022 – Livret en : anglais et français. Soond. SND 22020.

Écrit par Bernard Vincken

Sorti à temps pour la première mondiale de l’attendu 9e quatuor de Philip Glass, donnée le 15 janvier à Bozar et moment fort du festival Ars Musica, le nouveau disque du Tana Quartet, cette fois paru chez Soond, complète l’intégrale des quatuors à cordes enregistrée par l’ensemble chez Megadisc en 2018 -une forme qui expose particulièrement l’interprète et n’en est que plus désarmante.

« C’est un peu comme si on se disait : on va écrire un quatuor à cordes, alors on prend une profonde respiration, et on patauge pour essayer d’écrire la pièce la plus sérieuse, la plus importante que nous pouvons. », explique Philip Glass à propos du processus de composition de ce format bien implanté dans la tradition musicale -et peut-être est-ce pour cette raison que, entre le premier quatuor, écrit en 1966, et le neuvième, achevé en 2021, c’est tout le parcours esthétique du compositeur qui défile.

Jusqu’ici, on avait : l’expérimental premier, avec sa pause silencieuse de deux minutes (en clin d’oreille au 4’33 de John Cage) qui stimule l’intériorité de l’auditeur ; le cinématique et lyrique deuxième (Company), dont les processus répétitifs incitent à une rêverie presque romantique ; le contrasté troisième (Mishima), auquel le film de Paul Schrader doit beaucoup ; le quatrième (Buczack), à la beauté mystique et plus classiquement centré sur l’instrument soliste accompagné par les trois autres ; le cinquième, aux formes traditionnelles qui évoque la Première Ecole de Vienne -cette fois, Glass se dit : « je pensais que j’avais vraiment dépassé le besoin d’écrire un quatuor à cordes sérieux et que je pouvais écrire un quatuor qui parle de musicalité, qui d’une certaine manière est le sujet le plus sérieux. »- ; puis les originaux sixième et septième, tous deux composés pour s’adosser aux danseurs de ballet, plus complexes, moins immédiatement accessibles -et en un seul mouvement pour le dernier.

Vient alors, en 2018, le huitième de ces quatuors, dérivé d’un solo de piano offert au boss du label Nonesuch, œuvre qui évoque l’héritage de Schubert et dont les contrastes, y compris en matière de rythmes, ramène, par une tout autre voie, à cette intériorité de l’auditeur. Puis, pour le Quatuor Tana, qui n’aime rien tant que décloisonner les esthétiques -et le fait avec élégance et justesse-, le compositeur transforme sa pièce écrite en 2019 pour King Lear, tragédie shakespearienne montée à Broadway par Sam Gold, pour en faire son neuvième quatuor, dont les cinq mouvements sont, pour reprendre les mots des interprètes, « des petites miniatures, avec des ambiances et des recherches sur le timbre tout à fait nouvelles pour Philip Glass, et ça donne un opus très singulier » -où l’on retrouve certaines des structures répétitives de ce fondateur de la musique minimaliste américaine (le plus prolifique et à l’influence la plus forte dans le domaine de la musique de masse), presqu’en clin d’œil, comme ce gimmick rythmique du troisième mouvement, aussi visuel, (indûment) candide et imparable qu’une parade de Mickey chez Walt Disney ou comme le cinquième mouvement, d’abord griffé par le violoncelle avant de s’échapper vers des cieux plus débonnaires, mais aussi une place, sinon inédite du moins rarement aussi prégnante, pour la mélodie, tout simplement : écoutez en boucle le premier mouvement, à la beauté farouche.

Son : 8 – Livret : 5 – Répertoire : 8 – Interprétation : 8

 

[Source : http://www.crescendo-magazine.be]

https://deezer.page.link/VhsjwyZ5crd8XWcJA

 

A autora galega investiu «moitas horas de investigación» na súa última novela

A narradora sarriá Viruca Yebra presentou este xoves na Coruña o seu libro «A última condesa nazi».

Escrito por MELISSA OROZCO / C.

A Marbella dos anos 60 foi un dos paraísos que acolleron o «exilio dourado de nazis que fuxiron do seu país para sobrevivir». A xornalista e escritora galega Viruca Yebra, nos seus múltiples percorridos polo paseo marítimo da localidade malagueña, sempre atopou unha figura que lle chamaba a atención: un prototipo de muller maior que camiñaba polo lugar con moita elegancia. Así é a protagonista da súa máis recente novela, A última condesa nazi (Espasa), presentada este xoves no Real Club Náutico da Coruña.

O libro reflicte a vida doméstica dos exiliados nazis en Marbella, un lugar que, en palabras da propia autora, permitía ter un estilo de vida elegante pero sinxelo e discreto á vez para un grupo de persoas que necesitaba comezar de novo. «Na cidade, había un cura moi aberto e tolerante que foi moi importante porque na ditadura de Franco, onde primaba o catolicismo, o sacerdote deixaba ir ás mulleres sen veo á igrexa. Sabía que se podía vivir do turismo, entendía que as novas modas tiñan que exporse como algo natural. Moitos intelectuais, bohemios e persoas con moito gusto incorporáronse alí», relata Viruca.

A historia cóntase desde a perspectiva de Clotilde von Havel, unha aristócrata alemá casada cun comandante da Wehrmacht, que escapa de todo o que coñece para atopar o edén. Ela é a representación de moitas señoras que a xornalista entrevistou para recrear con fidelidade as súas vivencias.

«Temos un compendio entre realidade e ficción perfectamente orquestrado polos actores do relato. Foron moitas horas de investigación. Conversei con todo tipo de persoas antes de escribir, desde mulleres da alta sociedade ata mozos da guerra. Cada anécdota que recollo está corroborada por tres testemuños. A última condesa é unha novela histórica, de época, entretida, baseada en feitos reais, pero tamén enche de ficción», sinala. A narración é tan variada nas súas criaturas como nas súas temáticas, onde o lector adquire o papel dun voyeur que espía aos personaxes desde o seu cotián. No libro, un deles encarna a eses militares que se opuxeron a Hitler, o que lles custou ata a súa propia vida. Unha das tramas que entretece a historia é a procura de Clotilde en pos da verdade que esclarecerá o seu pasado.

«Non todos os alemáns eran nazis nin todos os nazis eran malos. Por exemplo, un familiar da protagonista era unha gran persoa. Na novela tamén se conta como lograban escapar de Alemaña e tamén as calamidades que pasaban os homosexuais nesa época», anota.

Esta é a segunda novela da autora. No 2016 publicou O lume do flamboyán (Almuzara), unha crónica histórica coa emigración galega en Cuba no centro. A xornalista traballou como delegada da Xunta en Madrid, fundou o Club de Xornalistas Galegos e dirixiu o Club Internacional de Marbella. Tras pasar unha ampla carreira como reporteira e seguir a súa vocación literaria, Viruca Yebra pensa que «calquera xornalista que teña alma de escritor debe pórse a escribir».

 

[Imaxe: César Quian – fonte: http://www.lavozdegalicia.es]