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Escrito por ANDRÉS G. MUGLIA

Es fascinante cómo se puede revelar la amistad entre dos escritores a través de su literatura. Y esto se verifica, sobre todo, en los textos de Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Motivó este apunte la lectura de la novela de Adolfo Bioy Casares El sueño de los héroes, donde encontré numerosas “resonancias borgeanas”. Es de todos conocida la larga amistad de los dos escritores, que cenaban juntos todos los días y escribieron en colaboración bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. Esta amistad, que por despareja en el terreno de la edad (Bioy Casares era mucho más joven) uno se siente tentado a llamar paternidad, se trasluce en el terreno literario. Hay como giros de Borges en los textos de Bioy Casares. Una cierta arquitectura del o la elección de ciertos adjetivos que se entrevé compartida entre ambos.

Sin embargo, el estilo de Bioy Casares es más vital, y por eso sus textos en comparación con los de Borges parecen más «desprolijos», como si fuesen borradores de una escritura que en un futuro y luego de correcciones y omisiones de los superficial y lo contingente pudiese convertirse en otra literatura, precisamente la de Borges.

Los dos comparten también el gusto por la tragedia y por la valentía; o por la búsqueda de esa valentía por parte de sus personajes. Preocupación de muchos escritores del siglo XX (verbigracia Hemingway). Gauna, el personaje principal de El sueño de los héroes duda todo el tiempo sobre si es un valiente o un cobarde. Quizás ese tema, que no preocupa demasiado al hombre contemporáneo, fuera central en una época donde cualquier maestro, albañil o ciudadano común pudiese convertirse en un instante en soldado u oficial en el frente europeo de la primera o la segunda guerra mundial.

Otro elemento que los dos explotan es cierto tono burlón, que sin llegar a ser humorístico se relaciona con una mirada irónica e inteligente (ironía e inteligencia se implican mutuamente) de la vida. Y ese tono aligera en muchos tramos de su literatura la tragedia o la angustia que viven los personajes tanto de Bioy Casares como de Borges. Dicen que Silvina Ocampo, esposa de Bioy Casares, refería que cuando estaban juntos los dos autores se tornaban insoportables; precisamente porque se comportaban como adolescentes bromistas. Dicen también que la noche en que los dos escritores se conocieron en la famosa casa de Victoria Ocampo, fue tal la empatía que sintió el uno por el otro que pasaron toda la noche charlando entre ellos sin prestar atención a los demás. Lo cual motivó que Victoria se acercara y los espetara: «No sean mierdas y hablen con el invitado»; que por aquel entonces era, si mal no recuerdo, Graham Greene.

Pero, y a pesar de que la literatura de Bioy Casares se ha visto muchas veces en la desventajosa posición de describirse como una obra «a la sombra de» la de Borges, puede decirse a su favor que es más efectivo que su amigo a la hora de construir personajes veraces. Y aunque esto se ve viciado de valoración personal y de gusto, esa literatura de Borges estilísticamente perfecta, deslumbrante de erudición e inteligencia, se ve penalizada a la hora de dar carnadura a sus personajes. Estos son más que personas simuladas, elementos para una alegoría mayor, aquella que se desprende de todos o casi todos los textos de Borges. Dos guapos batiéndose a cuchillo en la madrugada de los arrabales porteños, Cruz poniéndose del lado de su perseguido Martín Fierro en otra madrugada campera, no son más que elementos de una trama superior, de un ensamble literario parecido a la perfección, que los implica. Quizás en ese sentido no pueda hacerse más por ellos, si se profundizara en sus personalidades se perdería el tono general de lo que Borges buscaba: hablar de los grandes temas de la existencia y la filosofía a través de la literatura. En este sentido Bioy Casares parece más «libre» para construir sus personajes, para darle veracidad de existencia, de probabilidad; para apuntalarlos de detalles y hacerlos creíbles al lector. Gauna, el Dr. Valerga, son personajes ficticios que pueden haber deambulado por la noche de los carnavales de 1927. Es verosímil su existencia; y en el caso de Gauna, su angustia.

Bioy Casares sí emprende una aventura a la que Borges nunca se asomó. La novela. El sueño de los héroes es una novela corta, aunque también puede tomarse por un cuento largo; tal como la Invención de Morel. Es evidente que la arquitectura de El sueño… no puede desarrollarse en un espacio breve como el de un cuento, necesita el aire de una novela corta, pero naufragaría en una de largo aliento. Casares escribe, sino con concisión, porque su escritura es de frases largas y se atarea muchas veces en consideraciones y descripciones que no hacen a la esencia de lo narrado (aunque  tienen un encanto inconfundible y configuran una parte interesante de su estilo); sí se constriñe en redactar capítulos cortos; a veces de una única página. El sueño… es en tal sentido una novela absolutamente moderna, que mantiene la atención con este ritmo rápido de los capítulos que se suceden, muchas veces cambiando repentinamente el escenario para dar una pincelada específica sobre tal o cual sensación del protagonista en un momento determinado.

Si bien el riguroso estilo de Borges no hubiese consentido personajes con nombres como el Brujo Taboada o Gomina Maidana, que desarrollan sus destinos ficticios en el El sueño…, y cuyos apodos, por risibles, más se acercan a personajes que pudo haber imaginado Alejandro Dolina; ni tampoco ciertas libertades que se toma Bioy Casares que a veces emparentan el texto con lo coloquial; sí se encuentran, como perlas engarzadas en un tejido basto, estas pequeñas joyas con destellos borgeanos (pido perdón por la recargada metáfora). «Tuvo un secreto placer en contrariarse»; «Antúnez estaba muy nervioso, muy alagado, muy asustado»; «Se encontró, desde luego, muy solo». Es difícil precisar qué parte de esas frases suena a Borges, el estilo de un autor es una suma de cosas definidas que se tornan difusas en el conjunto. Armonizando con otros elementos extraborgeanos, encontramos estas pequeñas obritas de arte, como figuritas adorables danzando en un paisaje laboriosamente elaborado para que ellas se destaquen.

Puede parecer antipático juzgar a un autor a la luz de sus influencias. Sin embargo, Borges mismo vivió refiriendo las propias, y sus recomendaciones y simpatías literarias son un buen camino para introducirse en el mundo de la literatura; si bien el mapa que Borges ofrece tiene mucho de anglosajón.

La controvertida María Kodama tuvo el exceso de describir a Bioy Casares como el «Salieri de Borges». Borges por su lado, comentó en algún momento en una entrevista que, al inicio de su amistad de cincuenta y seis años con Bioy Casares, Bioy era el maestro. Ni una cosa ni la otra; Kodama pecó por atrevida (y SADE la condenó en un acto de desagravio), y Borges elaboró seguramente una broma parecida a la humildad que lo ponía a él por debajo de su amigo. ¿Podemos pensar en una impostura tal que pusiera a Borges como secreto Salieri de Bioy Casares? Lo dudo, pero si fuera cierto, sería uno de los últimos y más perfectos chistes de dos brillantes bromistas.

 

[Fuente: http://www.culturamas.es]

a distinguished indigent drunken…
—Samuel Beckett

Escrito por Arturo Dávila

Charles Bukowski cumple hoy, 16 de agosto, 100 años. No sé si los jóvenes lo lean con tanta fruición como antes, pero su leyenda sigue viva. Los que acompañamos a Henry Chinaski, su alter ego, a través de cientos de páginas de aventuras etílicas y sexuales, todavía lo extrañamos. Hay pocos autores que tengan un humor tan negro y tan radiante a la vez, y que taladren de manera tan singular la conciencia de los lectores. Bukowski sabía escandalizar y divertir. No hay punto medio con su obra: o te gusta o la detestas. Escribía con navaja para rasurar la realidad. Era macho, proletario, sexista, iconoclasta, fanático del box y de las carreras de caballos; es decir, un ente asocial, políticamente incorrecto, un pelafustán agraciado. El Buscón de Quevedo es uno de sus más ilustres ancestros. Su sentido del humor y su capacidad de insultar a quien se le pusiera enfrente, aun cuando ya había alcanzado la fama y el dinero, lo salvan. También pensó y reflexionó sobre la vida, y la fotografió sin reservas morales. No pactó con nada ni con nadie y fue un nihilista iluminado.

§

En alguna entrevista, William Faulkner afirmó que Ernest Hemingway le parecía un gran escritor, ya que no se necesitaba un diccionario para leerlo. Lo que era un insulto sutil para el escritor de Illlinois, no lo es para Bukowski. Si se quiere aprender el inglés callejero de los Estados Unidos, la forma en que la gente conversa en un bar o en un restaurante de comida rápida, solo hay que visitar alguno de sus poemarios o empezar una de sus novelas. Sus líneas fluyen como agua, sin turbulencia. La complejidad surge precisamente de esa aparente sencillez, de su asombrosa imaginación, y de algo muy profundo en él: la falta de pretensiones.

§

Trabajó muchos años en la US Post Office, de donde surgió su primera novela, Post Office (1971). Una década como cartero le dio la oportunidad de caminar al aire libre, flanear por los jardines de los ricos de Hollywood, fisgonear sus escándalos, y enfrentarse a los feroces perros que cuidaban sus mansiones. De repente, John Martin la publicó en Black Sparrow Press, y con esa novela le llegó la fama. Empezaron a circular en abundancia los cuentos y poemas que Bukowski escribía de noche, en una antigua máquina de escribir, rodeado de latas de cerveza y de ropa sucia esparcida por el suelo. Dejó de trabajar y se dedicó a lo que más le gustaba: beber, escribir y apostar a los caballos. Después de ese éxito, la casa editorial de Bukowski publicó todo lo que salía de su pluma —absolutamente todo—, lo bueno, lo malo y lo feo. Compilaron cerca de 60 libros del autor, disparejos, hasta que un día se les murió de leucemia, el 9 de marzo de 1994, en un hospital angelino. Aunque era ateo, tuvo un entierro budista. Shanti.

§

Llevo meses peleándome contra Murphy (1938), la primera novela publicada por Samuel Beckett. Cada página, cada párrafo, tengo que buscar el significado de 5 palabras o más (en un día favorable), y me obligo a releerlo para entender lo que me quiere decir. Nada más opuesto a la escritura de Bukowski. Sin embargo, coincide con su nihilismo y su retrato de los bajos fondos. Para ambos, la escritura es la única salvación contra la demencia. En esa novela, me encontré con un personaje, Austin Ticklepenny, a distinguished indigent drunken Irish bard, un bueno para nada, a pot poet que trueca con Murphy su trabajo en un manicomio, el Magdalen Mental Mercyseat. Los adjetivos de Beckett me hicieron pensar en Bukowski: borracho, indigente y distinguido. Los tres le caben a Henry Chinaski, su doppelgänger. A pesar de la crudeza de sus relatos, a Bukowski siempre le importó guardar el estilo, que para él coincidía con la lucidez y la dignidad. En cuanto al manicomio que Ticklepenny le ofrece a Murphy, hay una diferencia importante. El MMM de Beckett se sitúa en un lugar imaginario al norte de Londres. El nosocomio que habita Bukoswki se encuentra en las calles abiertas y asoleadas de Los Ángeles, California, y los locos somos nosotros. Bukowski simplemnte relata o poetiza lo que le pasa todos los días: es decir, la locura cotidiana que llamamos —llamábamos antes del virus— “normalidad”.

§

Un dia de 1982, en Ann Arbor, Michigan, yo daba un curso panorámico de literatura española. Tocaba enseñar a Góngora y se me ocurrió repartir una copia del cuadro María Magdalena de El Greco. Pensaba que las formas alargadas del pintor griego explicaban las inextricables metáforas del cisne cordobés, y daban luz al Barroco. Escribí en la pizarra lo que decía Lezama Lima: “Góngora no es oscuro, tiene demasiada luz”. Unos días después, se me acercó una muchacha de pelo negro, ondulado, y de ojos claros. Me dijo que su madre quería conocerme, porque pensaba que ella era la reencarnación de la mujer en el cuadro de El Greco. Yo no entendí bien de qué iba la cosa; sin embargo, acepté.

El día de la cita, cuando llegué a su domicilio, la madre de Audrey me recibió con agrado y en seguida nos invitó a pasar a la mesa. Me enteré de que, siguiendo la costumbre americana, Audrey ya no vivía allí, aunque conservaba su cuarto. La madre de Audrey tenía al pelo largo y oscuro —como ala de cuervo—, hasta la cintura, y unos ojos verde-esmeralda impactantes. Tenían demasiada luz. No sé si era la mujer del cuadro, pero sí era una mujer especial. La cruzaba algo así como una “dreamy expression”, según la expresión de Carl Jung. Durante la comida, con un rayo de luz en los ojos, me agradeció porque le había confirmado su metempsicosis. No supe qué decir. Platicamos de la escuela, de la vida, de la nieve que no se iba. Estábamos en abril, el mes más blanco y cruel del invierno. Tras un rato de agradable plática y de postre, la señora me dijo que la excusara. Tenía una cita no recuerdo dónde ni con quién. Se despidió y se fue.

Audrey era una muchacha tímida y no hablaba mucho. Yo había percibido en su silencio la tristeza y la ausencia de su padre. Tal vez por eso había decidido ir a su casa. Muy probablemente estaba acostumbrada a las extravagancias de su madre, y no le extrañó que hiciera aquellos engarces entre María Mgdalena, El Greco y Góngora. Pasamos a la sala y Audrey me preguntó quiénes eran mis autores preferidos. El joven arrogante que era yo se explayó y mencionó la retahíla de Pound, Eliot, Williams, Quevedo, Sor Juana, Vallejo, qué se yo. Los mismos de hoy. Ella no se inmutó y me preguntó si conocía a Charles Bukowski. Comentó que ella lo leía en los baños de su dormitorio, cuando no podía dormir. La arrullaba. Fue a su cuarto y regresó con Dangling in the Tournefortia (1981). Lo ojeé, lo hojeé y le dije que lo leería. Lo guardé en mi backpack y le di las gracias, conmovido por su generosidad. Me había dado su copia. No sé de qué más conversamos. Un poco después me despedí y me retiré, porque tenía que caminar varias millas heladas hasta la casa donde vivía, cerca del campus universitario. Recuerdo muy bien la blancura del camino, tapizado de nieve, lleno de luz. Toda aquella tarde fue muy luminosa, barroca.

Un par de semanas después acabó la clase… Nunca volví a ver a Audrey ni a su mamá. No se me olvidó su nombre ni aquella visita. Le sigo agradeciendo que me haya iniciado en el culto de Charles Bukowski y de Black Sparrow Press, en Santa Rosa, antes de que HarperCollins lo cooptara y se comercializara al autor ad nauseam, moda a la que ya no le entré. No obstante, aprendí de él a escribir, a veces, con minúsculas, a hacer versos cortos, a intentar poemas conversacionales, y a no tomarme tan en serio. Cómo quisiera que Audrey Chávez leyera estas palabras y que supiera de los cientos de horas de amena lectura, de risas y de sonrisas que me regaló.

§

Cuando uno se mueve mucho, en el exilio o el inxilio, los libros tienden a extraviarse. Se quedan en el camino. El de Bukowski, sin embargo, sobrevivió y, en estas horas virulentas de tapabocas y enclaustramiento voluntario o involuntario, lo he vuelto a abrir. El escritor nacido en Andernach, Alemania y trasplantado a California, sigue irradiando simpatía y, algunas veces, una produndidad sorpresiva. He reunido 6 poemas que quisiera compartir con los y las fans del gran Buk, para celebrar el 100 aniversario de su natalicio. Uno simpático y humoresco, uno de tema mexicoamericano, uno de box, y tres de una sabiduría inesperada, donde se comprueba que Bukowski, como todos los borrachos, también sabía decir la verdad.

Ojalá ayuden a hacer más apacible y ameno el encierro.

Arturo Dávila S.
Oakland, Ca.

§

escuela nocturna

en la clase para conductores ebrios
asignada allí por la división 63
nos dan pequeños lápices amarillos
para hacer un examen
y ver si hemos estado escuchando
al instructor
con preguntas como: “la sentencia mínima para un
conductor consignado por segunda vez
en estado de ebriedad
es”:
a) 48 días
b) 6 meses
c) 90 días
hay otras 9 preguntas.
cuando el instructor abandona la sala
los estudiantes comienzan a consultarse las preguntas:
—oye, ¿qué pasa con la pregunta 5?
ésa está muy dificil.
—¿habló sobre eso?
—creo que son 48 días.
—¿estás seguro?
—no, pero eso es lo que yo voy a
contestar.
una mujer pone un círculo en las 3 respuestas
de todas las preguntas
a pesar de que nos han dicho
que sólo seleccionemos una.

en el descanso bajo y
me tomo una cerveza de lata
fuera de una licorería.
veo a una prostituta negra
en su ronda nocturna.
un auto se detiene.
ella se acerca y
hablan.
la puerta se abre.
se sube al auto y
se van.

de regreso a la clase
los estudiantes ya se han
presentado
son un grupo no muy interesante
un montón de borrachos
y de exborrachos.

me los imagino sentados en un
bar
y recuerdo por qué
empecé a beber
solo.

la clase comienza de nuevo.
se descubre que soy
el único que ha sacado
100 por ciento en el examen.

me reclino en mi silla
y me ajusto los lentes oscuros.
soy el intelectual
de la clase.

§

vírgenes

sentado en este pequeño bar mexicano en San Pedro
domingo por la tarde, 5:30 p.m.
las paredes están decoradas con indios con penacho
cargando a sus vírgenes para sacrificar
¿dónde encontrarían tantas vírgenes?

el joven del bar me trae otra cerveza
es un buen chico, amable y cariñoso, posiblemente
homosexual.

“¿cómo se siente?”, pregunta. “no tan bien”,
le digo. “¿cómo es eso?”, pregunta.
me toco la cabeza y sonrío: “es la mente…”.
“oh”, dice él. “no es nada”, digo
“unas cuantas bebidas más lo curarán…”
“usted bebe”, dice, “como un hombre que tuviera mucha sed”.
“sí, tengo mucha sed”, le digo.

es en tardes como éstas que debería estar
en el hipódromo conectando una exacta de $ 312
no es que el dinero importe
es agradable ver que algo funciona bien por un
momento
como una boa constrictor, como un tigre, como un clip para papel.

hay nuevas vírgenes esta tarde
explotando a través de la superficie
de la pared
arrastrándose hacia las chimeneas
y saliendo de mis oídos montando enormes caballos
blancos
mientras me levanto de la mesa con mis entrañas
avergonzadas
la cerveza mexicana revolviéndose como un
pantano de días y noches
insatisfechos
llego al estacionamiento
la vomito entre dos low-riders brillando recién
encerados
a la luz de la luna.

ahora hay espacio para el whiskey.

§

amor y coraje

la que me gustó más fue donde Cagney
peleó en el ring
se puso macizo
para poder ganar dinero
y pagarle a su hermano
lecciones de música
el hermano quería ser un
pianista clásico
se decía que tenía
gran talento
pero ambos vinieron del Bajo
East Los, y así
Cagney se subió al ring
una y otra vez
por dinero para ayudar al talentoso hermano
a convertirse en un pianista clásico.
Cagney incluso pierde a una muchacha
que le baja su hermano
y finalmente su hermano termina
haciéndola
(en el Carnegie Hall, si mal no recuerdo)
y Cagney
golpeado y ciego
en su puesto de periódicos
escuchando en la radio
a su hermano en la sala de
conciertos,
y, por supuesto, la muchacha está en la
sala de conciertos
adorándolo, con los ojos salvajes,
mientras Cagney calienta sus manos sobre una
pequeña fogata
solo en el frio
y escucha la radio
mientras su hermano toca
el piano,
Cagney
que no sabe una mierda sobre música
y
cuando escucha los aplausos finales
piensa que
todas las palizas que recibió
valieron la pena.

§

es extraño cuando muere la gente famosa

es extraño cuando muere la gente famosa
hayan peleado por las buenas causas o
las malas
es extraño cuando muere la gente famosa
nos gusten o no
son como viejos edificios calles viejas
cosas y lugares a los que estamos acostumbrados
que aceptamos simplemente porque están
ahí
es extraño cuando muere la gente famosa
es como la muerte de un padre o
de una mascota un gato o un perro
y es extraño cuando matan a alguien famoso
o cuando se suicida.
el problema con la gente famosa es que debe
ser reemplazada y nunca podrá ser
reemplazada, y eso nos deja esa tristeza
extraña.
es extraño cuando muere la gente famosa
las aceras se ven diferentes y nuestros
niños se ven diferentes y nuestras compañeras de cama
y nuestras cortinas y nuestros automóviles.
es extraño cuando muere la gente famosa:

quedamos confundidos.

§

la mujer de Alemania

cada 3 o 4 noches suena el teléfono
y es esa mujer de Alemania.
sus llamadas son cortas:
“hola, dice ella, soy yo”.
nunca le pregunto su nombre.
“¿qué estás haciendo?”, me pregunta.
“bebiendo vino blanco y escribiendo”,
le digo.
“siempre dices lo mismo”.
“eso quiere decir que las cosas están bien”.
“he tomado un poco de vino tinto. ¿cómo van las cosas contigo?”
“puras relaciones malas, le digo, todas acaban
mal”.
“las mías también”, contesta ella.
“es triste, ¿no? quiero renunciar a todo”.
“yo no puedo renunciar”, me responde.
“bueno. yo tampoco creo que pueda”.
“ya me voy a dormir. buenas noches”.
“buenas noches”, le digo.

y puedo verla en su habitación. puedo verla
colgar el teléfono. luego apaga la luz.
jala las cobijas, inhala y exhala profundamente.
está triste, las paredes la rodean. ella está sola.
yo quiero saber su nombre.

§

mensaje

he estado esperando en este
cuarto por horas
tecleando y bebiendo
vino tinto.

yo pensé que estaba
aquí solo.
la puerta y la ventana
están cerradas.

ahora una enorme mosca gorda
fea y negra
está sentada en el borde
de mi copa de vino.

¿de dónde
salió?
tan silenciosa, tan inmóvil,
como si nada.

así
debe ser
con la muerte.

 

Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley. Tantos troncos truncos (Casa Vacía, 2020) es su último libro de poemas.

 

[Ilustración: Pablo García – fuente: http://www.nexos.com.mx]

 

 

La buena literatura es siempre subversiva y las buenas novelas son permanentes motores de cambio social. Los críticos no deben solo descubrir talentos sino detectar la relación entre la fabulación y la realidad social

Escrito por MARIO VARGAS LLOSA

Descubrí a Edmund Wilson el año 1966, cuando pasé de París a vivir en Londres. Las clases en Queen Mary College, primero, y luego en King’s College, no me tomaban mucho tiempo y podía pasar varias tardes por semana leyendo en el bellísimo Reading Room de la British Library, entonces todavía dentro del Museo Británico. Había dos críticos que era indispensable leer todos los domingos: Cyril Connolly, el autor de Enemies of Promise y The Unquiet Grave, cuya columna versaba a veces sobre literatura, pero más a menudo sobre pintura y política, y las críticas teatrales de Kenneth Tynan, una maravilla de gracia, ocurrencias, insolencias y cultura en general. El caso de Tynan es muy apropiado para advertir la gazmoñería de la Gran Bretaña de entonces (en esos mismos años desapareció). Tynan era inmensamente popular hasta que se supo que era masoquista, y que, de acuerdo con una muchacha sádica, habían tomado un cuartito en el centro de Londres, donde una o dos veces por semana ella lo flagelaba (y aportaba también el árnica, me figuro). Que lo hicieran no importaba tanto; que se supiera, era otra cosa. Tynan desapareció de los periódicos después del éxito de Oh! Calcutta! (él decía que era una traducción inglesa del francés: Oh! Quel cul tu as!) y dejó de hablarse de él. Partió a los Estados Unidos, donde murió, olvidado de todos. Pero sus inolvidables críticas teatrales están todavía ahí, en espera de un editor audaz que las publique.

Edmund Wilson sigue siendo famoso y, espero, leído, porque fue el más grande crítico literario de antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y no sólo en los Estados Unidos. Acabo de releer por tercera vez su To the Finland Station y he vuelto a quedar maravillado con la elegancia de su prosa y su enorme cultura e inteligencia en este libro que relata la idea socialista y las locuras y gestas que engendró, desde que Michelet en una cita a pie de página descubre a Vico y se pone a aprender italiano, hasta la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa.

Hay dos tipos de crítica. Una universitaria, que está más cerca de la filología, y trata, entre otras cosas, del indispensable establecimiento de las obras originales tal como fueron escritas, y la crítica de diarios y revistas, sobre la producción editorial reciente, que pone orden y echa luces sobre ese bosque confuso y múltiple que es la oferta editorial, en la que los lectores andamos siempre un poco extraviados. Ambas están de capa caída en nuestro tiempo, y no por falta de críticos, sino de lectores, que ven mucha televisión y leen pocos libros, y andan por eso muy confusos, en esta época en que el entretenimiento está matando las ideas, y por lo tanto los libros, y descuellan tanto las películas, las series y las redes sociales, donde prevalecen las imágenes.

Edmund Wilson, que nació en 1895 y murió en 1972, estudió en Princeton, donde fue compañero y amigo de Scott Fitzgerald, pero se negó siempre a ser profesor universitario y hacer ese tipo de crítica erudita que sólo leen los colegas y a veces ni siquiera ellos. Lo suyo era el gran público, al que llegaba en sus extraordinarias crónicas semanales, primero en The New Republic, luego en The New Yorker y finalmente en The New York Review of Books. Después solía reunirlas en libros que nunca perdían actualidad. Y no se crea que escribía sólo sobre los modernos. Yo recuerdo como uno de sus mejores ensayos el largo estudio que dedicó a Dickens. Su prodigiosa capacidad para aprender idiomas, vivos y muertos, era tal que, se decía, cuando The New Yorker le encargó escribir sobre los manuscritos del Mar Muerto, pidió unas semanas de permiso para aprender antes el hebreo clásico. Y yo recuerdo haber leído en las páginas del desaparecido Evergreen su polémica con Nabokov sobre la traducción que éste había hecho de Eugenio Oneguin, la novela en verso de Pushkin, que versaba sobre todo acerca de las entelequias y secretos de la lengua rusa.

¿Quién descubrió a la llamada “generación perdida” de grandes novelistas norteamericanos entre los que figuraban Dos Passos, Hemingway, el soberbio Faulkner y Scott Fitzgerald? Fue Edmund Wilson, que en sus artículos y ensayos fue promoviendo y descifrando los grandes hallazgos y las nuevas técnicas y maneras de narrar del genio literario norteamericano, sin dejar de mencionar que habían sido aquellos los que aprovecharon mejor que nadie las lecciones del Ulysses de Joyce.

Los grandes críticos han acompañado siempre a las grandes revoluciones literarias, y, por ejemplo, en América Latina, el llamado boom de la novela no hubiera existido sin críticos como los uruguayos Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, el peruano José Miguel Oviedo y varios más. No es extraño, por eso, que en Francia Sainte-Beuve y en Rusia Visarión Belinski acompañaran el período más creativo y ambicioso de sus revoluciones literarias y les dieran un orden y unas jerarquías. La función de la crítica no es sólo descubrir el talento individual de ciertos poetas, novelistas y dramaturgos; es, también, detectar las relaciones entre aquellas fabulaciones literarias y la realidad social y política que expresan transformándola, lo que hay en ellas de revelación y descubrimiento, y, por supuesto, de queja y de protesta.

Yo estoy convencido de que la buena literatura es siempre subversiva, como lo estaban los inquisidores y censores que prohibieron durante los tres siglos coloniales que se publicaran novelas en las colonias hispanoamericanas, con el pretexto de que esos libros disparatados —pensaban en las novelas de caballerías— podían hacer creer a los indios que esa era la vida, la realidad, y, por lo mismo, desconcertar y amolar la evangelización. Por supuesto que hubo mucho contrabando de novelas y debía ser formidable, en esos tiempos, leer esas novelas prohibidas. Pero si el contrabando permitió la lectura de novelas, la prohibición se aplicó estrictamente en lo relativo a su edición. Durante los tres siglos coloniales no se publicaron novelas en América Latina. La primera, El periquillo sarniento, salió en México sólo en 1816, durante la guerra de independencia.

Aquellos inquisidores y censores que creían que las novelas eran subversivas estaban en lo cierto, aunque no en prohibirlas. Ellas expresan siempre un descontento, la ilusión de una realidad diferente, por las buenas o las malas razones. El marqués de Sade, por ejemplo, detestaba el mundo tal como era en su tiempo porque no permitía a los pervertidos como él saciar sus gustos, y sus largos discursos, tan aburridos, lo que piden es una libertad irrestricta para la lujuria y la violencia contra el prójimo. Lo que las buenas novelas no aceptan, es la realidad tal cual es. Y en ese sentido son los permanentes motores del cambio social. Una sociedad de buenos lectores es, por eso, más difícil de manipular y engañar por los poderes de este mundo. Eso no está claro en las democracias, porque la libertad parece disminuir o anular el poder subversivo de las novelas; pero, cuando la libertad desaparece, las novelas se convierten en un arma de combate, una fuerza clandestina que va en contra del statu quo, socavándolo, de manera discreta y múltiple, pese a los sistemas de censura, muy estrictos, que tratan de impedirlo. La poesía y el teatro no siempre son vehículos de aquel secreto descontento que encuentra siempre una vía de escape en la novela, es decir, son más plegables a la adaptación al medio, al conformismo y la resignación. Todo eso deben señalarlo y explicarlo los buenos críticos, como hizo a lo largo de toda su vida Edmund Wilson.

 

[Ilustración: FERNANDO VICENTE – fuente: http://www.elpais.com]

Lire en été

Alice McDermott

 

Écrit par Jérôme Leroy

Lire en été : au hasard des bouquinistes, des bibliothèques des maisons de vacances, des librairies, le plaisir dilettante des découvertes et des relectures, sans souci de l’époque ou du genre.

Parfois quarante pages suffisent. Elles suffisent pour rendre compte de toute une existence dans sa complexité, ses contradictions, ses bonheurs, le scintillement des moments qu’on n’oublie plus, des images qui nous accompagnent jusqu’à la fin. C’est la magie de la nouvelle, pour qui sait s’en servir car sa brièveté est inversement proportionnelle à sa difficulté. C’est la magie de Jamais assez d’Alice McDermott qui vient de sortir dans la collection « La nonpareille » des Editions de la Table Ronde.

On connaît trop de nouvelles qui ne sont qu’un manque de souffle et de nouvellistes qui se rêvaient marathoniens et ne sont même pas de bons sprinteurs. Les nouvelles les plus difficiles ne sont pas non plus forcément celles qui reposent sut une chute, un « twist » comme on dit au cinéma, ce qui est le cas de la plupart des auteurs de nouvelles fantastiques ou noires. Hemingway ou Morand, Katherine Mansfield ou Nabokov ont ainsi su, à l’occasion, faire de la nouvelle un simple moment, un simple croquis d’atmosphère, sans la recherche d’un effet particulier ou extraordinaire. L’antithèse magnifique de ces nouvellistes, par exemple, ce pourrait être Edgar Poe, qui précisément utilise ses Nouvelles extraordinaires pour nous faire atteindre un point de non retour dans la peur et même la terreur, – que l’on songe au décidément indépassable « Portait ovale ».

Une gourmande

S’il y a un point de non retour dans Jamais assez d’Alice Mc Dermott, c’est celui du temps. Il avance inéluctablement pour l’héroïne qui ne sera jamais nommée sans doute parce que pour un observateur un peu superficiel sa vie est celle de tout le monde. C’est vrai, mais le talent d’Alice Mc Dermott, c’est finalement celui de Flaubert dans sa nouvelle Un cœur simple : comprendre que la vie apparemment la plus ordinaire est évidemment unique, irréductible par sa singularité. Autant la Félicité d’Un cœur simple était marquée par un destin morne, un abrutissement lent et un désir d’aimer toujours refoulé, autant l’héroïne d’Alice Mc Dermott est au contraire illuminée par une authentique disposition au bonheur, à la joie de vivre et à une sensualité protéiforme et innocente qui nous donne envie de la connaître et dont on sait qu’on ne l’oubliera plus.

On peut penser qu’elle est petite fille au moment de la Seconde Guerre mondiale quand commence Jamais assez et qu’elle nonagénaire quand on la laisse dans son appartement finir un dernier pot de glace devant la télé. Car la glace aura été la grande passion de sa vie, le fil conducteur sucré d’une vie gourmande et heureuse. Alice Mc Dermott procède par ellipses subtiles pour nous faire passer de la gamine qui est chargée de rapporter les coupes dans la cuisine après le dîner familial du dimanche soir à la jeune adolescente avec son « problème de canapé » puisqu’on la retrouve trop souvent avec des garçons qui la lutinent, puis à la mère de famille nombreuse, heureuse en ménage et enfin à la veuve surveillée par ses enfants et ses petits enfants à cause de cette gourmandise qui ne la quitte pas.

Aptitude au plaisir

Alice Mc Dermott, née en 1953, couverte des prix les plus prestigieux aux États-Unis et prix Femina étranger en 2018 pour La Neuvième heure, a réussi une manière d’exploit qui est une introduction idéale à son œuvre. Son personnage nous a fait penser à cette anecdote de Stendhal qui raconte dans son journal comment une belle milanaise à la Scala, dégustant à l’entracte un sorbet, s’exclama : « Quel dommage que ce ne soit pas un péché ! », ce qui finalement n’étonne pas de cette romancière qui ne fait pas mystère de son catholicisme, même critique.

Son personnage, dans Jamais assez nous rappelle aussi que l’aptitude au plaisir est une grâce et une manière de célébrer la création, loin de tous les puritanismes : « Pêche, fraises et vanille. La valeur sûre. Brownie, noix de pécan caramélisées, menthe-pépites de chocolat. Quatre-vingt dix ans passés, et malgré tout, encore maintenant, la dernière chose qu’elle ressent à la fin de chaque journée, c’est son envie d’enrouler les jambes autour de lui, autour de quelqu’un. »

Jamais assez d’Alice McDermott (La Table Ronde, collection La nonpareille, traduction de Cécile Arnaud)

Jamais assez

Price: 4,00 €

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[Photo : JOEL SAGET / AFP – source : http://www.causeur.fr]

 

El erotismo no es tema de pocos autores. Aunque generalmente se piense en el marqués de Sade como el autor por antonomasia de este género, desde siempre, el hombre, y por ende los autores, han explorado las relaciones carnales. El deseo, la atracción, los encuentros incestuosos, y la pasión son tema recurrente y de interés, por lo que en la historia de la literatura se encuentran infinidad de obras que le dedican tributo al erotismo.
 
El Amante, de Marguerite Duras (1864)
Marguerite Duras (1914-1996) se volvió con El Amante en una de las autoras más solicitadas por todos los públicos. Con la novela recibió además, en noviembre de 1984 el prestigioso Premio Goncourt.
Esta es una narración autobiográfica, ambientada en la Indochina colonial, en la que la autora relata una intensa historia de amor entre una adolescente de origen francés de 15 años, y un rico comerciante chino de 26, siendo ella la adolescente en cuestión. El Amante contagió de pasión a muchos, sobre todo a mujeres, por la sinceridad que derrama en las hojas la autora al exponer su intimidad y sexualidad en una compleja relación que fue fruto de un encuentro fortuito entre Marguerite Duras y Leo, el comerciante chino, mientras ambos cruzaban el río Mekong en un transbordador, lo que desencadenó en esta trama sexual.
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Jin Ping Mei, de El Erudito de las carcajadas
«La mujer se deshizo de sus vestidos. Ximen Qing la acarició con su mirada y observó que en su pubis no había ni un solo pelo; era claro y fragante…»
Esta es una de las novelas más representativas de la literatura china. Su autor es anónimo, y se el conoce como El Erudito de las Carcajadas. Tampoco se conoce la fecha exacta en la que fue escrita, pero diversos testimonios hacen que se le pueda situar más o menos a finales del siglo XVI.
Esta novela pone de manifiesto la corrupción de la época, además de tener escenas sexuales muy explícitas; llama la atención por tratar de ser una novela moralizante, mientras retrata la vida de un hombre sin escrúpulos.
Algo que resulta muy atractivo es el poder asomarse al modo de vida de la China clásica; poder recorrer sus estancias, muebles, vestidos, peinados y comidas que decoran el fondo de esta historia.
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En brazos de la mujer madura, de Stephen Vizinczey (1966)
“Este libro está dirigido a los hombres jóvenes y dedicados a las mujeres maduras; y la relación entre unos y otras es mi propuesta”.
Considerada como un clásico contemporáneo de la literatura erótica, desde el año 1956 ha vendido más de tres millones de ejemplares. Se trata de un falso relato autobiográfico lleno de humor y erudición, imaginación y erotismo, que habla de las primeras relaciones, del amor y el desamor.
El libro empieza con esta frase de Benjamín Franklin: “En todos vuestros amores, debéis preferir a las mujeres mayores antes que a las jóvenes… porque poseen más conocimiento del mundo”. Partiendo de esto, la novela relata cómo Andrés Vajda, un joven nacido en el año del ascenso de Hitler, desde muy joven se ha sentido atraído hacia las mujeres maduras. Una mujer en sus cuarenta, inicia a este adolescente en el mundo de la sexualidad.
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Juliette o las prosperidades del vicio, de el marqués de Sade, 1801
También llamada Juliette o el vicio ampliamente recompensado, es una novela del Marqués de Sade, publicada en 1976; es una de las obras más importantes e influyentes del autor. Alphonse-François de Sade fue considerado un demente, y fue censurado por sus temas eróticos, políticos, religiosos y sociales que inundan sus obras.  En Juliette, una niña de 14 años vive en un convento tras quedar huérfana, lugar en el que queda expuesta a prácticas sexuales diversas, como orgías entre los clérigos, las monjas y novicias, en un ambiente sumamente macabro.
“El vicio divierte y la virtud cansa”, afirma Juliette, quien se entrega al vicio y al crimen, pues los considera medios para obtener placer.
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El amante de Lady Chatterley, de David Herbert Lawrence (1928)
En su época, esta novela causó gran escándalo en una sociedad puritana del Reino Unido, tanto así, que fue censurada debido a las relaciones sexuales tan explícitas que se describen. Constanza, está casada con un hombre de la clase alta, quien quedó parapléjico a raíz de una lesión de guerra. A su vez, la protagonista mantiene un romance con Oliver Mellors, el guardabosque de la mansión familiar.
«Su voluntad parecía haberla abandonado por completo. Entonces algo despertó en ella. Mientras él la penetraba, surgió una sensación extraña y emocionante en forma de descargas intensas como campanadas…»
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Diario de un viejo loco, de Junichiro Tanizaki, 1961
Esta novela es el diario de Utsugi, un hombre de setenta y siete años, que a causa de una enfermedad tiene los días contados. En el diario, Utsugi relata que está enamorado de la joven esposa de su hijo y de sus pies, objetos de deseo con los que tiene una obsesión enfermiza. Ella es la única razón que le mantiene con vida, y ella se aprovecha de esta relación incestuosa para obtener regalos extravagantes y lujosos mientras mantiene la excitación de su suegro.
«Poco a poco, mi boca fue resbalando hacia el tobillo. Para mi sorpresa ella no dijo nada, me dejó hacer. Mi lengua llegó al empeine, y de allí a la punta del dedo gordo. Arrodillándome, me metí en la boca los tres primeros dedos…»
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Ada o el ardor, de Vladimir Nabokov 1969
Publicada después de una de las novelas más conocidas, Lolita, esta es posiblemente la más importante de las obras del autor ruso, y la que él prefería. Ada o el ardor refleja una imaginación desbordada que acompaña nuevamente a una historia de incesto. Se trata de dos hermanos que creían ser primos y se enamoran. Entre ellos se da una relación apasionada y sexual.
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El jardín del Edén, de Ernest Hemingway (1986)
Este libro se publicó veinticinco años después de la muerte del autor. En él, vemos a un Hemingway interesado en la relación entre el amor, la vida y el arte. Se trata de un atípico triángulo amoroso; el protagonista David Bourne y su mujer Catherine son una pareja de recién casados que disfrutan de unas vacaciones en La Camarga. Catherine introduce a la relación a Marita, una joven sensual con la que los dos iniciarán un viaje de excesos, de exploraciones sexuales y placer.
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Sexus, de Henry Miller (1949)
El libro más famoso de este autor es Trópico de Cáncer, celebre por sus descripciones sexuales, detalladas y francas, considerada además como una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. Sexus no se queda atrás. En ella, el protagonista tras un encuentro casual con una joven bailarina, iniciará una relación ardiente y devastadora de siete años.
Entre partes oscuras, tristezas y abortos, se encuentran también en la novela escenas de sexo llenas de orgasmos, envuelta de reflexiones sobre la vida y la literatura.
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[Fuente: www.culturamas.es]

Gran número de autores debe su vocación literaria a aquella enfermedad que en la adolescencia les tuvo durante meses, incluso años, postrados en el lecho

Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.

Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.

 

Dijo Blaise Pascal: ”Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación ». Existe en la historia de la literatura una serie de escritores que siguieron el consejo de Pascal y optaron por hacer de su dormitorio el reducto de su actividad creativa. Dormían, comían, escribían y recibían visitas alrededor de la cama donde permanecían tumbados sin enfermedad alguna ni razón aparente. En el lecho produjeron gran parte de su obra, entre otros Voltaire, Mark Twain, Marcel Proust, George Orwell, Truman Capote y los españoles Valle Inclán, el tardío Pío Baroja, Vicente Aleixandre y el uruguayo Juan Carlos Onetti. Podría llamarse la escuela literaria de escritores acostados.

Valle Inclán decía en la tertulia de la Granja del Henar que tirado en el lecho descubrió boca arriba el misterio de la escritura, pero nadie consiguió saber si dormía con su luenga barba dentro o fuera del embozo. Cuando Hemingway fue a hacerse la foto con Baroja agonizante, don Pío, que aparece con un gorro de lana en la cama, preguntó a su sobrino Julio Caro: ”¿Quién es ese señor de la sonrisa de arroz con leche?” Vicente Aleixandre ganó el premio Nobel de Literatura sin levantarse de la cama de su casa de la calle Velintonia en Madrid, donde recibió a varias generaciones de poetas con una manta en las rodillas.

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, esta es la primera frase de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, quien, sin duda, lo encontró en aquella habitación forrada de corcho, putrefacta de perfume gordo y vapor de sahumerio con que aliviaba el asma. Después de una vida disoluta, durante una década desde los 35 años hasta su muerte, pasó los días dentro de la cama con abrigo, tres bufandas y mitones para hilar como un gusano el capullo de oro. Solo abandonaba la habitación alguna noche para visitar los prostíbulos masculinos de la plaza de Clichy.

Decía Truman Capote: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Le faltó añadir que también era un escritor horizontal, acostumbrado a escribir tumbado. Un día leyó en The New York Times que en Kansas una familia de granjeros, los Cutter, había sido asesinada con un extraño y metódico satanismo. Capote recortó con unas tijeras aquella noticia. Algo le sacudió por dentro. Se acabaron las fiestas, el mundo había dejado de ser divertido. Propuso a la revista The New Yorker escribir una historia por entregas con los pormenores de aquel asesinato. Como un corresponsal en el infierno viajó a Kansas con su amiga Harper Lee y usando los recursos literarios de la ficción describió todos los detalles del crimen, el ambiente, los policías, los vecinos, los testigos. Cuando los asesinos, Dick Hickock y Perry Smith, fueron detenidos, su interés por escarbarlos hasta el fondo de su alma se convirtió en una obsesión. Aquellas criaturas eran mucho más excitantes que las celebridades de Nueva York y ahora estaban a disposición de su talento. Truman Capote se refugió con su novio en la Costa Brava, primero en Palamós y después en Platja d’Aro y allí escribió A sangre fría durante tres veranos. Existe una foto en la que se ve a Truman Capote tumbado en un sofá en su casa frente al mediterráneo acogido a una contradicción diabólica. Sentía una gratitud infinita a los asesinos, pero se debatía entre la compasión y la necesidad de que fueran ejecutados, puesto que si a los asesinos le conmutaban la pena de muerte el final de la novela quedaría arruinado. Solo así sale una obra maestra.

Gran número de escritores deben su vocación literaria a aquella enfermedad que en la adolescencia les tuvo durante meses, incluso años, postrados en el lecho. Mientras oían los gritos de otros niños que jugaban en la calle, ellos leían con placer y voracidad, soñaban con formidables aventuras por mares lejanos y probaban a enhebrar los primeros versos. Hay dos clases de cultura creativa: la que se recibe boca arriba y la que se adquiere boca abajo. Cuando uno lee, estudia o escribe sentado a una mesa a la luz de un flexo puede asumir una cultura muy sólida. Pero existe también una cultura más espontánea e imaginativa que se adquiere leyendo boca arriba en la cama o tumbado en un sofá o en la hamaca tardes enteras como hacíamos en aquellos largos y tediosos veranos de la adolescencia.

Los ciudadanos perciben la confinación como una limitación de la libertad, pero la cama ha producido grandes avances en el pensamiento y muchas conquistas literarias. Durante la epidemia de peste de 1665, Newton huyó de Cambridge y se confinó en su pueblo durante dos años entre los muros de su casa de Woolsthorpe. En ese periodo perfeccionó el cálculo y las derivadas integrales, describió la fuerza de la gravedad y escribió el gran tratado de la ciencia del universo, conocido como Philosophiae naturalis principia mathematica. Todo desde la cama.

[Foto: FRANCISCO ONTAÑÓN – fuente: http://www.elpais.com]

O autor de «Últimas tardes con Teresa » recibiu o premio Cervantes no ano 2008

Juan Marsé no ano 2008, cando foi galardoado co Premio Cervantes. ALBERTO ESTÉVEZ

O escritor Juan Marsé morreu aos 87 anos no Hospital Sant Pau de Barcelona. Foi autor de novelas como Últimas tardes con Teresa Ronda do Guinardó, foi galardoado co Premio Cervantes no ano 2008.


Juan Marsé: «O cine influíu a toda a narrativa do século XX»

Algunha vez dixo que empezou a escribir sen querer, cando de mozo lle pedía á súa veciña que lle pasase a máquina os seus manuscritos. Aínda hoxe non sabe se o facía porque lle gustaba escribir ou porque lle gustaba a moza

Por BEATRIZ PÉREZ

Juan Marsé (Barcelona, 1933), aquel raparigo que entrou na literatura sendo aprendiz de xoieiro, acaba de publicar Colección particular (Lumen), unha recompilación de relatos (que inclúe un conto inédito nado dun guión de cine) na que o crítico Ignacio Echevarría, encargado da selección, reuniu algunhas das claves do mundo de Marsé, gañador do Cervantes no 2008. As «aventis», o cine e o seu «alento épico» (en palabras de Echevarría), o humor ou a sátira mestúranse e configuran unha especie de vademécum da literatura do que é o escritor por excelencia do barrio do Guinardó.

-Echevarría abre o prólogo dicindo que lle considera un «narrador», figura anterior ao novelista. ¿E vostede que se considera?

-Nunca me gustou discutir as opinións dos especialistas, pero comprendo a súa proposta. El entende que hai bos novelistas aos que con todo non pódeselles aplicar o cualificativo estrito de «narrador» porque poñen máis énfase en certas formas de estrutura e de linguaxe. Cita a Cela como bo novelista pero narrador mediocre -eu estou de acordo-. E ao revés: un pode ser un bo narrador e non ser exactamente un gran novelista. Por exemplo, para min os contos de Hemingway son moito mellores que as súas novelas porque Hemingway pon o acento na arte de contar con orixes orais.

-En «Colección particular», de feito, hai un relato que provén da tradición oral.

-Si, Tenente Bravo. Eu contábao como unha especie de anécdota, de chiste, era algo que me pasou facendo o servizo militar en Ceuta durante unha instrución de ximnasia co tenente Bravo -chamábase así-. Isto conteino durante anos e tiña moito éxito; recordo que Manolo [Vázquez Montalbán] sempre me pedía que o contase en comidas con amigos. Finalmente, empuxado por el, decidín escribir o conto. Existe unha relación directa entre certa forma de narrar e a tradición oral.

-Ao longo da súa vida escribiu moita máis novela que conto e iso a pesar de que nunca escondeu a súa querenza por este xénero. ¿Por que esta escaseza?

– Non teño a menor idea. Algúns relatos que escribín proviñan dun encargo moi abstracto. Por exemplo, na época en que faciamos a revista Por favor encargáronme o conto O pacto [incluído en Colección particular], que é unha historia política. Con todo, nunca tiven o desexo de publicar un libro enteiramente de relatos, non sei por que. Sempre estiven moi metido en novela longa. Escribía contos nos intervalos entre a escritura das novelas, que é o que máis me gusta escribir.

– En «O pacto», ambientado na Transición, escribe vostede: «Enfundemos a memoria, convennos aos dous. É a hora de pactar. Polo ben de todos». ¿Seguen vixentes estas palabras hoxe?

-Iso parece. En política haberá que pactar sempre, polo menos na política que eu entendo como tal. Pero agora poida que esta idea estea máis vixente que nunca, pois se nota unha falta de pactos, sobre todo na esquerda, que está bastante dividida e que foi a causa de bastantes desastres.

-A miúdo concede un papel protagonista nos seus contos ás «aventis», historias inventadas por nenos para fuxir da realidade. ¿Por que?

-A imaxinación, tanto se é infantil coma se é adulta, é un factor primordial en toda creación literaria. Durante a escritura de Se che din que caín [1973], lembrei como xogabamos cando eramos nenos, na posguerra, sen apenas xoguetes. Pero iso levounos a sentarnos e a contar historias relacionadas cos cómics que liamos, coas películas que viamos.

-Historias nas que vostedes instilaban feitos reais.

-Si, e tamén memorias familiares. Case todos tiñamos a alguén no exilio, alguén que morrera durante a guerra, alguén que estaba escondido. En fin, introduciamos nesas historias elementos dunha realidade sórdida que unicamente podiamos entrever, pero que estaba aí. A «aventis», en tanto que célula literaria que ía organizar toda a estrutura de Se che din que caín, foi a gran solución que atopei. Así que a «aventis», esa invención xuvenil da infancia acerca da realidade mesturada coa ficción, foi a solución.

-«Noites de Bocaccio», non incluído neste libro, naceu como outros dos seus contos por encargo. Foi Beatriz de Moura quen lle pediu unha reflexión sobre a Gauche Divine.

-É máis ben unha parodia da Gauche Divine. Non foi incluído porque Echevarría considerou que non acababa de encaixar. Hai outro conto que si aparece neste volume, A liga vermella na coxa morena, que foi tamén un encargo, neste caso de Esther Tusquets para un libro sobre relatos eróticos que pensaba encargar a cinco ou seis escritores. Pero só llo entregamos Ana María Moix e eu, así que o libro ao final non saíu.

-E ese conto erótico supón unha rareza na súa obra.

-Si, porque eu nunca escribira algo así. Esther encargoumo porque eu era membro do xurado do Sorriso Vertical, a colección de Tusquets dirixida por García Berlanga que publicaba novela erótica. Eu aburríame moitísimo. Non atopaba valores literarios nos orixinais que nos chegaban, o que lía era unha especie de ximnasia sexual que me aburría… Pero cando Esther propúxome escribir un conto erótico, aceptei e díxenme que, se o facía, faríao a fondo. Unha vez terminado A liga vermella na coxa morena -onde afortunadamente hai bastante humor- lembro que reflexionei sobre se deixaba á muller nunha situación degradante. Esther díxome que de ningún modo.

-O cine sempre estivo presente na súa obra e nesta recompilación de contos non ía ser menos: aí está, por exemplo, «A pantasma do cine Roxy». ¿Como lle influíu esta arte?

-Non teño a menor dúbida de que hai unha gran influencia do cine na miña obra e estou por dicir que na de calquera escritor do século XX. Non é posible desprenderse da influencia do cine na narrativa do século XX. O cine é unha arte narrativa baseada na imaxe e, neste sentido, o cine mudo era mellor que o falado porque se valía só da imaxe para contar a historia. Hoxe o cine está a morrer en mans da tecnoloxía, pero esta é outra historia.

 

[Fonte: http://www.lavozdegalicia.es]

 

 

 

Bousculant le calendrier pour soutenir les libraires après deux mois de confinement, les académiciens Goncourt ont dévoilé le 11 mai les lauréates et lauréats des « Goncourt de printemps » 2020. Thierry Thomas a reçu le « prix Goncourt de la biographie Edmonde Charles-Roux ». Et pourtant, Hugo Pratt, trait pour trait n’est pas une biographie. Le travail de Thierry Thomas, qui a connu le dessinateur, ressemble plutôt à un vagabondage au charme indéfinissable, une flânerie entre rêveries et pensées, une divagation parmi des fragments bibliographiques, où l’on découvre par petites touches disséminées, souvent teintées d’humour, un Hugo Pratt intime et mystérieux, forcément mystérieux, à l’énergie et à la vitalité « effrayantes ».

Thierry Thomas, Hugo Pratt, trait pour trait. Grasset, 256 p., 19 €

Écrit par Olivier Roche

Hugo Pratt, né à Rimini en 1927, mort en Suisse en 1995, est le créateur des fascinantes aventures de Corto Maltese et de nombreuses autres séries et albums (Ann de la jungleFort WheelingLes Scorpions du désert…). Avec La Ballade de la mer salée, la première histoire mettant en scène son personnage (publiée en feuilleton de 1967 à 1969 en Italie, labellisée par l’éditeur Casterman « roman en bande dessinée » lors de sa première parution en album en 1975), il devient l’un des précurseurs du roman graphique.

Hugo Pratt a dessiné dans toute sa carrière plus de 15 000 planches de bande dessinée, soit à peu près 80 000 dessins, et plus de 500 aquarelles. Cosmopolite, voyageur, aventurier, féru d’ésotérisme, il se définissait comme un « auteur de littérature dessinée », refusant de choisir entre dessinateur et scénariste. Il a puisé sa documentation et une partie de son inspiration dans les dizaines de milliers d’ouvrages de sa bibliothèque. Borges, Hemingway, Hesse, Kipling, London, Rilke, Rimbaud, Saint-Exupéry, Stevenson, l’ont fortement influencé. En 1974, il signe l’affiche du premier Festival international de la bande dessinée d’Angoulême, dont il reçoit un grand prix spécial en 1988.

Thierry Thomas, Hugo Pratt, trait pour trait
Corto Maltese © D. R.

Thierry Thomas n’a donc pas écrit une biographie, il s’en justifie à la fin de son livre. Alors qu’il découvre et classe des centaines de photographies pour la préparation du documentaire du même titre, Hugo Pratt, trait pour trait (coproduction ARTE France et Quark Productions, 2016), il explique : « Je refuse la chronologie, je refuse que cette vie se déroule de la naissance à la mort. Je cherche obstinément à dégager, de ces centaines d’images, une scène, un “Rosebud”, un épisode charnière qui se situerait à la fois dans le temps et hors de lui ». Ce n’était pas la première fois que Thierry Thomas s’attaquait à ce monstre sacré de la bande dessinée. Scénariste du long métrage d’animation Corto Maltese. La cour secrète des arcanes, une adaptation contemplative, plutôt réussie, réalisée par Pascal Morelli, il a aussi dirigé la publication, avec Patrizia Zanotti, l’ancienne et talentueuse coloriste de Hugo Pratt et l’actuelle gestionnaire de son œuvre, de plusieurs anthologies consacrées au dessinateur, et rédigé une étude sur l’album Fable de Venise.

De Venise à l’Éthiopie, de l’Argentine à l’Angleterre, de l’Afrique aux îles du Pacifique, de l’Amazonie à Paris, Hugo Pratt, comme son héros, ce marin flegmatique, ironique et parfois mélancolique, a bourlingué tout autour du monde. Non comme un grand reporter ou un écrivain voyageur, mais comme un curieux, un rêveur. C’est par l’un de ces voyages que commence le récit de Thierry Thomas. Celui « durant lequel il eut l’idée de faire revenir Corto Maltese, de proposer une série dont il serait le héros. Ce voyage qui allait changer sa vie et l’Histoire de la bande dessinée ».

Un jour de janvier 1970, il part en train de Venise à Paris afin de rencontrer le rédacteur en chef de Pif Gadget, Georges Rieu. Même si l’un de ses amis, un dessinateur argentin, soutient que « l’obstination des rédacteurs en chef à réclamer des personnages récurrents est précisément ce qui interdit à la bande dessinée de se hausser au niveau des autres arts », Hugo Pratt prend conscience de ne pas avoir « trouvé » son héros, « ce qui bloque sa carrière ». Grâce au talent de Thierry Thomas, on se retrouve véritablement transporté dans l’ambiance des trains du siècle dernier entre la France et l’Italie : les toilettes « au-dessus d’une avalanche crépitante de caillasses rythmée par des traverses de bois, que cerne un œil en faïence » ; les différents voyageurs qui entrent ou sortent du compartiment lors des arrêts en gare, quand on a le temps d’aller au stand du vendeur de panini sur le quai ; le couloir du wagon, où l’on peut ouvrir la vitre et fumer à la fenêtre. Le dessinateur observe, se plonge dans les souvenirs et médite sur son avenir. Il envisage de proposer un gadget à l’hebdomadaire communiste ! On a du mal à garder son sérieux en découvrant son idée : un « chapeau qui se mange » (en hostie) dont il a du mal à évaluer « les implications idéologiques ». Il s’imagine aussi imitant un derviche tourneur dans le bureau du rédacteur en chef, décrivant un nouveau héros, Ratatatumbara, « tournoyant, faisant tressauter les éditions Vaillant du sol au plafond ». Ça sera finalement le retour de l’« homme du destin », Corto Maltese, le héros de La Ballade de la mer salée, dont la première apparition dans Pif Gadget (n° 58 du 3 avril 1970) s’apparentera à une « épreuve de force » et à un « jeu de séduction » : « Corto incarne notre propre distance au monde ; il nous observe à partir de cette fêlure. »

Le livre explore toutes les facettes de l’œuvre. Ce n’est pas dans la vie de pseudo-aventurier du dessinateur, mais dans le rapport charnel à son dessin, dans « l’ineffable beauté de son trait », que Thierry Thomas retrouve « son » Hugo Pratt : « Si je veux comprendre Hugo, il me faut le rêver. » Il dévoile ainsi le sens du réel et de la matière du créateur de Corto. Il s’attache aux nombreuses correspondances entre Hugo Pratt et son célèbre héros, les anecdotes de sa vie que l’on retrouve dans les aventures. L’analyse touche tour à tour la poésie, les mystères, les enjeux non élucidés, les digressions, la jubilation et la respiration de l’œuvre. Hugo Pratt a entièrement confiance en son art et le pousse à son paroxysme, en particulier dans son usage des onomatopées, « le son devient image ». « L’auteur de Corto, en soulignant ce code narratif, met la bande dessinée en lumière pour assurer son triomphe : nous ressentons la saveur spécifique de ce médium. »

Thierry Thomas, Hugo Pratt, trait pour trait

Évoquant « l’audace de son écriture », le « déchainement graphique » parfois, Thierry Thomas explique également comment le trait de Pratt change en fonction des évènements, ou d’une histoire à l’autre, comment les images réussissent à traduire « les changements atmosphériques, les frémissements de l’air ». Il souligne aussi son sens de l’ellipse, les interstices entre les cases, ou son penchant pour l’abstraction, en négociation avec la réalité, un esthétisme qui doit à l’incertitude. « Des vignettes dont on ne sait si elles sont figuratives ou abstraites. Des planches mémorables montrent des figures qui se transforment en formes indéchiffrables, ou ces taches en objet. » Au fil du temps, son graphisme change, « les alizés nettoient son trait » ; « le soleil est au zénith. Les détails ont disparu, tout se résorbe dans les contrastes. Il faut presque cligner des yeux pour lire ». Pour figurer la pluie, un « critère très fiable pour évaluer le degré de maturité d’un artiste », il abusait de hachurages, de ruissellements, il décide un jour d’abandonner ces effets. « Pour signifier la pluie, quelques traits suffisent à la condition qu’ils soient habités par l’esprit de la pluie. »

On évoquera ici l’art de la couleur chez Hugo Pratt. Les aventures de Corto Maltese furent d’abord publiées en noir et blanc dans Pif Gadget et dans les premiers albums de Casterman à partir de 1973. Que n’a-t-on pas entendu lors de la publication du troisième album de la série, cette fois en couleurs, un an plus tard ! Certains fans crièrent au scandale, les éditeurs auraient dénaturé le travail du maître du noir et blanc. C’est pourtant bien Hugo Pratt qui avait souhaité que son œuvre fût publiée en couleurs, comme en témoigne une lettre du dessinateur à son éditeur, Pierre Servais (6 août 1973), récemment dévoilée dans le passionnant ouvrage dirigé par Sylvain Lesage et Gert Meesters, (À suivre) Archives d’une revue culte (Presses universitaires François-Rabelais, 2018). À l’époque, « l’emploi du noir et blanc s’inscrit dans un contexte de réévaluation du noir et blanc par les bédéphiles. Longtemps fruit d’une contrainte économique, le noir et blanc est érigé dans les années 1960 comme le meilleur moyen de mettre en valeur un trait d’auteur ». Le dessinateur François Schuiten va plus loin : « Le noir et blanc, c’est quand même l’écriture par excellence. On est tout nu. Il faut tout sortir […]. On est ici au cœur même de l’écriture. On est à l’os ».

Revenons à Thierry Thomas : « La couleur a mis longtemps à se frayer un chemin dans cette œuvre. » C’est lors de son séjour à Londres (1959-1960) que Hugo Pratt suit des cours à la Royal Academy of Watercolour et se familiarise avec « la légèreté de l’aquarelle ». La première colorisation de ses dessins en 1972 (La Lagune des beaux songes chez Plubicness ou Wheeling édité par Archivio Internazionale Della Stampa Fumetta) est « d’une beauté exceptionnelle ». Elle aura peut-être aussi convaincu Casterman de passer à la couleur. « Et l’on découvre qu’Hugo Pratt était un aquarelliste au niveau des plus grands », souligne Thierry Thomas. De nos jours, on trouve chez l’éditeur les versions originales des œuvres de Hugo Pratt en noir et blanc et les versions mises en couleurs par Patrizia Zanotti.

Thierry Thomas se penche également sur la technique du dessinateur, le stylo feutre qu’il porte toujours sur lui. « Son principal attrait reste sa pointe : la mine, fabriquée avec des matières poreuses – en feutre précisément –, est d’un velouté incomparable. Quand il utilise un feutre, il ne sait plus s’il dessine ou écrit. » Hugo Pratt est venu très jeune à la bande dessinée. À douze ans, en découvrant Milton Caniff (Terry et les pirates), « il découvre que dessiner et raconter, dessiner et écrire, c’est le même acte, puisque c’est le même geste ». Il pressentait déjà qu’il allait devenir un dessinateur de « fumetti ». D’autres auteurs l’ont profondément marqué : George Herriman (Krazy Kat), George McManus (Bringing up father) ou le génial Winsor McCay (Little Nemo). Plus tard, dans sa génération, les maîtres de la bande dessinée argentine, le dessinateur Alberto Breccia ou le scénariste Héctor Germán Oesterheld (Mort CinderL’Éternaute) avec qui il a travaillé, susciteront son admiration ; son confrère et compatriote Dino Battaglia, connu pour ses adaptations littéraires ou historiques, également. Bien avant, à cinq ans, c’est son père qui est à l’origine de son premier dessin. Lors d’une promenade à Venise le long des quais de l’Arsenal, son père lui donne un papier et un crayon et lui dit « Dessine ce que tu vois. » On retrouvera peut-être l’innocence de ce dessin d’enfant dans la simplification poussée à l’extrême de , la dernière aventure de Corto Maltese signée par Pratt. En 2015, la série a été reprise « fidèlement » par d’autres. L’auteur l’avait envisagé. Les Espagnols Juan Díaz Canales (scénario) et Ruben Pellejero (dessin) ont signé à ce jour trois nouvelles aventures du marin romantique (chez Casterman).

Thierry Thomas, Hugo Pratt, trait pour trait
Corto Maltese © D. R.

Mais les nombreuses influences de Pratt ne doivent pas être uniquement cherchées dans la bande dessinée. Au-delà de l’intertextualité, Thierry Thomas révèle certaines sources conscientes ou inconscientes du dessinateur. Ce sont les films qu’il a vus, ses lectures, les grands noms de l’art du XXe siècle et ses propres souvenirs. L’auteur fait un cas particulier au réalisateur Federico Fellini, qu’il admire et a également rencontré. Et une nouvelle fois, l’Italie est au centre des débats. « Ses films provoquaient des bouleversements intimes dont il est impossible de se représenter la force si l’on n’a pas connu cette œuvre à l’époque de son devenir. » Et de citer Hugo Pratt que le Casanova de Fellini avait bouleversé : « C’est le film que j’aurais aimé faire… » Les liens entre les deux hommes sont nombreux, en particulier la pratique du dessin. « Le monde de la bande dessinée devait beaucoup à Fellini. » Alors qu’au début des années 1960, Francis Lacassin, Alain Resnais, Jean-Christophe Averty et quelques autres avaient fondé en France le Club des bandes dessinées (CBD), l’une des premières associations du genre, en Italie, Fellini et Umberto Eco furent de ceux qui affirmèrent leur goût pour les « fumetti » et y consacrèrent de sérieuses analyses. Thierry Thomas raconte que Hugo Pratt avait été très impressionné par une déclaration de Fellini qu’il citait régulièrement lors de ses interviews : « Le monde de la bande dessinée peut prêter au cinéma ses scénarios, ses personnages, ses histoires, il n’aura pas cet ineffable et secret pouvoir de suggestion qui provient de la fixité, de l’immobilité du papillon transpercé par une épingle. » Ce merveilleux pouvoir de suggestion nous fait bien sûr penser aux papillons ou aux mouettes de Pratt.

« La bande dessinée est un langage poétique non pas seulement parce que certains de ses artistes sont des êtres poétiquement inspirés, mais par sa nature, son essence – dans sa forme même. » Thierry Thomas évoque « la grâce de ce qui survient et se maintient entre l’animé et l’inanimé […]. Les images de bandes dessinées sont à la fois figées et flottantes. Ce sont des épiphanies. Elles nous élèvent et nous enlèvent ». Il pointe les raisons du pouvoir de séduction des bandes dessinées, comme les réminiscences de l’enfance, lorsque la vision précède la lecture. Il s’interroge sur l’amour qu’on leur porte et sur ce qui le fonde, ce qui fait qu’elles deviennent des objets fétiches, des pièces de collection, comment elles s’impriment dans notre mémoire… Il faut chercher dans l’esthétique et la poétique de la bande dessinée. De l’un de ses grands-pères, Hugo Pratt a reçu en héritage une passion pour la poésie. « Dans la littérature, ce qui me touche le plus c’est la poésie, parce que la poésie est synthétique et procède par images », déclarait-il. « Quand je lis, je vois les images, je les perçois à un niveau épidermique. Sous la poésie se cache une profondeur que j’arrive à percevoir immédiatement et, comme dans la poésie, la bande dessinée est un monde d’images, on est obligé de conjuguer deux codes et, en conséquence, deux mondes. Un univers immédiat à travers l’image et un monde médié à travers la parole. » (Conversation avec Eddy Devolder, Tandem, 1989, repris intégralement dans Corto Maltese. Littérature dessinée, Casterman, 2006. Saluons ici le formidable travail bibliographique de Dominique Petitfaux, historien de la bande dessinée et spécialiste de Hugo Pratt.)

« A-t-on suffisamment remarqué qu’Hugo fut un extraordinaire artiste du sourire, l’un de ceux qui l’a le mieux dessiné, depuis le ravissement de la gamine ou du musicien, jusqu’aux moues de supériorité de la magicienne ou de l’Indien, en passant par l’infinie variété des jeux de la séduction, que modulent des regards qui se tiennent à la limite de la fente des yeux ? », demande Thierry Thomas. Artiste du sourire et du regard, Hugo Pratt l’était assurément. Ses personnages ne sont pas « affligés de ces yeux qui n’en sont pas », comme « Tintin et la bande de Moulinsart », dont « le regard est inexpressif », dont « les sentiments ne nous parviennent que par leur attitude et deux ou trois rides d’expression ».

N’oublions jamais les échanges de regards dans La Ballade de la mer salée lors de l’émouvante rencontre avec Pandora, à la fois éternelle enfant et jeune fille en fleurs : « Qu’est-ce que tu veux, bijou romantique ? – Parler avec vous, Corto Maltese ! » Sans doute l’un des plus forts moments de grâce du neuvième art ! Et combien de fois Corto a-t-il plongé son regard dans celui du lecteur, de la lectrice ? « Manifestement, Hugo n’avait pas prévu le destin héroïque de Corto, ni que ce récit deviendrait fondateur dans sa biographie. » À croire que son personnage aurait réellement existé…

[Source : http://www.en-attendant-nadeau.fr]

Romans non-traduits, nanars introuvables, bizarreries oubliées… François Forestier dégaine ses livres du second rayon. Cette semaine, jazz sur la butte.  Sidney Bechet et Claude Luter au club du Vieux Colombier, à St-Germain-des-Prés en 1954.

Sidney Bechet et Claude Luter au club du Vieux Colombier, à St-Germain-des-Prés en 1954.


Écrit par François Forestier

Tout commence avec la formation du 15th Heavy Foot Infantry Regiment, unité de l’armée américaine surnommée « The Harlem Hellfighters ». Envoyés au front en 1917, ces soldats blacks – qui se battent héroïquement en Champagne – sont mal traités, mal considérés, voire carrément méprisés par le général Pershing. La guerre terminée, certains décident de rester à Paris : à Montmartre, leurs prédécesseurs musiciens – les Maharas Minstrels, les Four Black Diamonds, les Nègres Joyeux – ont animé les salles de spectacle au début du siècle.

Les musiciens du 15th – soixante-cinq membres – se dispersent sur la Butte, et, malgré les ordres qui interdisent aux troupes afro-américaines de parler aux femmes blanches – s’amusent. Ils donnent des concerts à Angers, à Lyon, à Culoz, reviennent vers le Sacré-Cœur. Là, tout est permis, entre cafés de rapins, tapis-francs d’artistes impécunieux, bars enfumés, et… le Lapin Agile.

Dans « Harlem in Montmartre », William A. Shack, universitaire scrupuleux, reconstitue cette époque miraculeuse, folle, enthousiasmante. Dans les années 1920, tandis que les petits Français découvrent, en bandes dessinées, Mickey Mouse, Tarzan, Jungle Jim et Flash Gordon, les noctambules fréquentent le Grand Duc, une boîte fondée par Eugène Bullard, un caporal mi-martiniquais mi-indien Creek, hautement décoré. Le black jazz vient rythmer la France.Le « tumulte noir » prend le pouvoir 

Josephine Baker trémousse sa ceinture de bananes, Sidney Bechet souffle dans sa clarinette (et se tapera un an de prison pour une bagarre, un mort), Bojangles Robinson fait des claquettes, Dooley Wilson (le futur pianiste de « Casablanca ») joue avec les « Red Devils », et une sacrée bonne femme, Bricktop Smith, débarque de New York pour ouvrir son cabaret. Tout le monde se précipite. Les Américains de Paris, boostés par un dollar tout-puissant, sont les rois : Scott Fitzgerald, Hemingway, Cole Porter, Gloria Swanson, Charlie Chaplin, Pearl White amènent avec eux les Frenchies, Kiki de Montparnasse, Man Ray, Anna de Noailles, Paul Colin, Jean Cocteau.

Les meilleurs musiciens de jazz sont là, Charlie Dixie Lewis, Bobby Jones, Duke Ellington, Fats Waller, Louis Armstrong. Le noir est la couleur à la mode. Nancy Cunard, héritière des lignes transatlantiques Cunard, fait scandale en s’affichant avec son amant noir Henry Crowder, ancien pianiste de bordel issu d’une famille d’esclaves de Géorgie. Le jazz déboule à La Coupole, noie les conversations au « Bœuf sur le Toit », bouleverse Germaine Taillefer, alors que la France s’abandonne à la présidence somnolente de Paul Deschanel – qui finira dingue, interné avec Feydeau.

Au Café de Paris, avenue de l’Opéra, chez Maxim’s, rue Royale, au Florida, rue de Clichy, au Casino de Paris, au Perroquet, le « tumulte noir » prend le pouvoir. La réaction, lente à naître, vient cependant : la Ligue Contre les Jazz Bands (présidente : Anna de Saxe) se constitue, avec l’intention de balayer cette culture « négroïde ». Aux États-Unis, le « Chicago Daily Tribune » signale avec effarement que « des douzaines de nègres ont envahi Montmartre ». Le Ku-Klux-Klan dépêche un envoyé, pour fonder à Paris une branche française. Le gouvernement français l’interdit, dieu merci.

Le jazz interdit par les nazis 

Mais l’idée de « Péril noir » demeure. Les « chocolate dandies », ces messieurs élégants – quoique blacks – recherchés par les dames (blanches) d’un certain âge pour leurs qualités de garde-à-vous sont considérés comme particulièrement nocifs. Sonia Delaunay écrira plus tard : « Être amateur de jazz dans ces années-là, c’était comme être chrétien à l’époque de l’empire romain » (elle exagère un peu). Mais déjà la Grande Dépression fait des ravages, le dollar ne vaut plus rien, et, en Europe centrale, les bruits de bottes se font assourdissants. Joséphine Baker, arrivée à Vienne avec « La Revue Nègre » est accueillie par des manifestations d’étudiants contre « les nègres ». La police est obligée de lui fournir une protection rapprochée.

Et bientôt, le jazz, cette musique de dégénérés, sera interdit en France par les nazis. Comme le rappelle William A. Shack, seuls les zazous ont résisté, sur ce front-là. Mais il y a eu quelques belles années, où Montmartre a swingué du tonnerre. Quant au KKK, aux étudiants autrichiens et aux nazis, on leur dit et on leur redit merde. 

Harlem in Montmartre, A Paris Jazz Story between the Great Wars, par William A. Shack, University of California Press, 2001.

[Photo : Daniel Fallot / Ina via AFP – source : http://www.nouvelobs.com]

Hace dos meses, en La Habana, conocí a Silvio Rodríguez por segunda vez. La primera fue hace veinte años, cuando me regalaron un casete con su música. Ese 1999, coloqué la cinta en el reproductor y apreté el botón.

Escrito por José Negrón Valera

A partir de ese momento, no pasa un día en que no escuche, cante, recuerde, recomiende, toque en la guitarra una canción suya. Cecilia Todd, la maga, obró el milagro.

La historia de cómo se organizó el encuentro podría dar para una larga crónica, pero me conformo por ahora con comentarles que tuve el privilegio de asistir al concierto de su esposa, la flautista Niurka González, y de allí, a que me guiara por las calles de La Habana Vieja, la catedral sumergida en su baño de tejas. De que me dijese, señalando el letrero de Floridita, «tú que eres escritor, aquí es donde Hemingway gustaba tomar su trago de ron».

Fuimos al Museo Nacional de la Música y disfrutamos de la maravillosa voz de Cecilia. Luego cenamos, hablamos de la victoria del pueblo sirio, de la lucha que se libra en Chile. Tuve la dicha de que se uniera a la conversa, Vicente Feliú. Contó del abrazo colectivo que sentía cada vez que iba a Argentina. De cuando Vicente se comió, él solo, una inmensa torta de chocolate, cosa que aún recuerda la mamá de Silvio.

Vi sus ojos humedecerse al relatar la historia de un guerrillero nicaragüense, cuyo último aliento fue para evocar una de sus canciones. Luego, como si aquello no hubiese sido suficiente, me llevó a través de la noche habanera y vimos el malecón. Hablamos sobre el significado de Casiopea y le expuse la teoría que tenía.

Cecilia bromeaba con él y decía que Silvio era el unicornio. Él reía también y daba detalles de cómo se le ocurrió la canción.

Dejamos a Cecilia en su casa y luego seguimos hacia Marianao. Quería absorber todo lo posible, que la mente siempre tan traicionera tatuara en mi alma ese momento. Cuando me dejó frente a la puerta de la residencia, me dio la mano y me dijo «te voy a leer». Yo solo pude mirarlo, darle las gracias y repetirle «eres la banda sonora de mi vida».

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Hace dos días, en La Habana, conocí a Silvio Rodríguez, por segunda vez. La primera, fue hace veinte años cuando me regalaron un casette con su música. Ese 1999, coloqué la cinta en el reproductor y apreté el botón. A partir de ese momento, no pasa un día en que no escuche, cante, recuerde, recomiende, toque en la guitarra una canción suya. Cecilia Todd, la maga, obró el milagro. La historia de cómo se organizó el encuentro podría dar para una larga crónica, pero me conformo por ahora con comentarles que tuve el privilegio de asistir al concierto de su esposa, la flautista Niurka González, y de allí,que me guiara por las calles de La Habana Vieja ,"la catedral sumergida en su baño de tejas". De que me dijese, señalando el letrero de Floridita "Tú que eres escritor, aquí es donde Hemingway gustaba tomar su trago de ron". Fuimos al Museo Nacional de la Música y disfrutamos de la maravillosa voz de Cecilia. Luego cenamos, hablamos de la victoria del pueblo sirio, de la lucha que se libra en Chile. Tuve la dicha de que se uniera a la conversa, Vicente Feliú. Contó tanto, del abrazo colectivo que sentía cada vez que iba a Argentina, de cuando Vicente se comió, él solo, una inmensa torta de chocolate, cosa que aún recuerda la mamá de Silvio. Ví sus ojos humedecerse al relatar la historia de un guerrillero nicaragüense, cuyo último aliento fue para evocar una de sus canciones. Luego, como si aquello no fuese suficiente, me llevó a través de la noche habanera y vimos el malecón. Hablamos sobre el significado de Casiopea y le expuse la teoría que tenía. "Me gusta cuando la gente interpreta como quiera mis canciones. No quiero explicarlas. Ellas son, lo que la gente quiere que sean", dijo. Cecilia bromeaba con él, y decía que Silvio era el Unicornio y él reía también y daba detalles de cómo se le ocurrió la canción. Dejamos a Cecilia y luego seguimos hacia Marianao, yo quería absorber todo lo posible, que la mente siempre tan traicionera tatuara en mi alma ese momento. Cuando me dejó frente a la puerta de la residencia, me dió la mano y me dijo "Te voy a leer". Yo solo pude mirarlo, darle las gracias y repetirle "Eres la banda sonora de mi vida".

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De aquel encuentro, surgió un compromiso. Otorgar una entrevista para la agencia rusa de noticias Sputnik.

La pandemia de la COVID-19 brindó un marco de oportunidad propicio para explorar los tiempos que transita la humanidad y los retos colectivos que enfrentamos.

— Silvio, el capitalismo ha quedado desnudo ante esta pandemia. Se ha visto impotente para dar respuesta a millones de mujeres y hombres alrededor del mundo. Ahora son Cuba, China, Rusia quienes salen de sus fronteras para dar una mano a la humanidad. ¿Estamos en presencia de un cambio de época o de un reacomodo? ¿Crees que como en tu canción, la era está pariendo un corazón?

— Al menos yo, me siento en presencia de una gran incógnita.

El corazón que paría la era a la que canté hace más de medio siglo era el descubierto por hombres que, después de ganar una guerra revolucionaria, renunciaron a sus cargos y comodidades para, con una humildad desconcertante, volver a situarse en primera fila, otorgándole a la lucha armada virtudes que la realidad después mostró como circunstanciales.

Cuando el Che y sus compañeros se fueron yo estaba pasando mi servicio militar. En aquellos momentos (1964-1965) yo no entendí la idea del internacionalismo. Me parecía que en Cuba había demasiado que hacer y consolidar para marcharse, aunque fuera con tan elevados propósitos. Sin embargo, el fracaso de la experiencia boliviana y la muerte de tantos buenos hombres, me hizo querer ser como ellos. Así es, a veces, la juventud: capaz de sacar lecciones de las hormonas, más que de los hechos.

— Se dice que los poetas, los músicos, escritores y artistas tienen la capacidad de adelantarse a los acontecimientos, por esa intuición que poseen. Muchas veces el tiempo termina dándoles la razón. ¿Cómo imaginas el mundo postpandemia? ¿Qué debemos aprender de este momento que vivimos? ¿Podremos ser ‘un tilín mejores’?

— Es obvio que la pandemia ha hecho aflorar deficiencias, a nivel humano, del sistema llamado liberal, cuya divisa es privatizarlo todo. Es obvio que en muchos aspectos le está yendo mejor a países con Estados fuertes. Pero no creo que esa reflexión vaya a cambiar las mentalidades y mucho menos los intereses creados que suelen mover al mundo. No es que niegue que vayan a quedar cosas positivas. Una fuerte corriente de pensamiento progresista se está manifestando en temas como la desigualdad, y el maltrato al planeta, lo que sin duda es positivo y espero que al final tenga su peso. Aunque sería bien raro que una pandemia lograra transformar el mundo. ¿Dónde quedarían tantos pensadores, tantas doctrinas, tantos ejemplos?

Yo creo que lo peor del mundo, resulte lo que resulte, va a tratar de seguir siendo como era. Falta por ver la conciencia, la fuerza que van a generar las muy evidentes deficiencias de los sistemas.

— La guerra simbólica que Estados Unidos ha desatado durante el último siglo llevó a la gente a pensar que su sociedad y valores eran el modelo a seguir. Pero, a pesar de las pruebas, de las dolorosas imágenes que vemos por televisión y que reflejan a personas que no pueden pagar el tratamiento contra la COVID-19, parece difícil hacer despertar a la gente de este sueño donde Hollywood luce como gran altar intocable de las fantasías humanas. ¿Cómo podemos hacer frente a esta batalla por el imaginario colectivo? ¿Qué herramientas debemos utilizar los modelos distintos para no quedarnos rezagados en este nuevo siglo? ¿En qué hemos fallado, de ser este el caso?

— Nada y mucho menos nadie es lo suficientemente poderoso para enfrentar tantos retos solo. Diversos grupos y personas deberán seguir trabajando. Los complejos de superioridad y desmanes de algunos países son parte de una naturaleza, de una cultura. Nada de eso se va a abolir por decreto, porque no solo creen en ello quienes mandan, también están convencidos muchos de los que son mandados.

Por otra parte, con la internet y la comunicación generalizada han aflorado opiniones que antes quedaban en los hogares, en las esquinas, en los vecindarios. Muchos jubilados, sobre todo los que ocuparon cargos de responsabilidad, están en el mundo virtual dando opiniones. A mí me abruma a veces tanta información, tantas personas diciendo cómo debieran ser las cosas. Ante esa avalancha incontenible me siento una partícula minúscula, un soplo de nada. Entonces tiendo a abrazarme a lo elemental, a lo esencial. Creo que debemos tratar a los demás como nos gustaría ser tratados. La herramienta estratégica del porvenir es el humanismo, no hay nada mejor. El fallo consiste en alejarse de las verdades elementales, que suelen ser útiles incluso para tratar temas complejos.

— ¿Cómo está sobrellevando Silvio Rodríguez esta Cuarentena? ¿Estás leyendo algo? ¿Componiendo, quizá? ¿Tienes alguna recomendación literaria o musical a quienes nos leen? ¿Una película tal vez?

— Estoy como me gusta estar: en familia. Por supuesto que con muchas tareas pendientes. Estoy llevando al pentagrama alguna música. Eso es grato y es trabajo. Por supuesto que estoy leyendo cosas. Ahora mismo, «Algo más en el equipaje», unos cuentos de [Ray] Bradbury. Volví a ver una película profética de Steven Soderbergh: «Contagio». Es de 2013 y describe paso a paso lo que nos ha sucedido en los últimos meses. También riego las matas, trato de caminar lo más posible. Lo que más me angustia es que no seamos capaces de aprender. Una pieza triste con forma de rondó.

— Tal como se lo dije en la Habana, «eres la banda sonora de mi vida». Si ves los miles de comentarios que les escriben a tus videos en la red social Youtube, puedes darte cuenta de que podría ser esa una frase adecuada para millones de personas alrededor del mundo. Hay un comentario que leí en Youtube que quería transmitirte: «Me enamoré con los temas de Silvio, en los 80. En Valparaíso y Santiago de Chile eran casetes de oro. Estaban prohibidos por la dictadura, pero igual los escuchábamos, los regrabábamos. Silvio nos acompañaba en nuestras limitaciones juveniles bajo un régimen fascista. ¡Cuántas vivencias hermosas, asociadas a vuestra compañía!». ¿Qué sientes cuando alguien se te acerca y te dice que tu música le ha cambiado la vida? ¿Cuál es la historia que más te ha marcado en este sentido?

— Lo primero que hay que comprender es que cuando alguien lleva más de medio siglo en un oficio, es difícil no tener algo que contar… En eso, la música es una privilegiada, por los acercamientos que propicia. No me ha sido posible guardar todo lo que recibo, pero tengo cartas, fotos, dibujos, libros y un largo etcétera afectivo que la generosidad humana me ha ido obsequiando a lo largo de la vida.

La canción es una de las artes que más vínculos logra, por ser capaz de acompañar en cualquier circunstancia: un viaje, una enfermedad, un amor, una pérdida, un miedo, una felicidad… Las canciones tienen esa virtud, y además pueden ser reproducidas, si no en la voz, sí en la memoria de cualquiera. Ese don vincula a los autores con historias personales y colectivas de diversas magnitudes. Es milagroso ser parte de la vida de tanta gente, es un obsequio lleno de significados.

— Eres un latinoamericano de alcance mundial. En tu recorrido has conocido a otros personajes con alcance semejante. Te preguntaré por dos: Hugo Chávez y Fidel Castro. ¿Qué recuerdas de ellos?

— Desde los 90 he sido cada vez más reacio a salir. Conocí a Chávez porque Fidel me convenció de ir a Venezuela a hacer un concierto. Recuerdo que se lo dije a Amaury Pérez y a Carlos Varela, que se sumaron con entusiasmo. Chávez tuvo la gentileza de recibirnos, e incluso se sentó a comer con nosotros. Tuvo el detalle de invitar a unos músicos que cantaron con arpa, cuatro y maracas, recordándome una antigua mañana en que estuve en San Fernando de Apure, en casa del Indio Figueredo. Aquella noche en Miraflores nos sirvieron hallacas, que yo no había comido, y me gustaron tanto que me serví de nuevo. Llegué vivo al día siguiente de milagro. Deshecho en menudos pedazos participé de aquel concierto. Fue un infortunio.

La segunda vez que estuve por allá, fue durante un revocatorio. Había gente de muchos países; recuerdo a mi amigo Roy Brown, cantor puertoriqueño. Esta vez me cuidé de comer hallacas y pude cantar algo mejor. Hasta que el mismísimo Chávez se subió al escenario y dijo que, aunque la gente no lo sabía, él y yo teníamos un duo —Silvio y Hugo, dijo—, y que allí íbamos a hacer nuestra rutina. Me miró y empezó a recitar un hermoso poema sobre [Simón] Bolívar, y yo a seguirlo con la guitarra, acompañándolo como podía, y así continuamos durante un largo rato. La gente estaba enloquecida.

Chávez, además de su corazón generoso, tenía un gran talento histriónico. Era un hombre muy carismático. Lo de aquella tarde fue uno de los eventos más insólitos que me ha tocado vivir sobre un escenario; rotundamente inolvidable.

— Tu producción creativa, poética y musical, está marcada por los momentos históricos. Pueden verse retazos en ellos que nos hablan de los acontecimientos vividos en Latinoamérica y el mundo. Las denuncias imperialistas en países como Nicaragua, Chile y la propia Cuba. Pienso en tu canción ‘Cita con Ángeles’ que parece ser un compendio de tus angustias, pero también de admiración por personajes que lucharon por el bienestar de la humanidad. ¿Cuál sería la canción de estos tiempos?

— Eso mismo me gustaría saber a mí.

— Se suele marcar el martes 13 de junio de 1967 como tu ‘debut musical’, en el  programa de televisión Música y estrellas. Cincuenta años después a ti se te sigue escuchando, recomendando, así como se hace con Los Beatles. Personas de 70 y 80 años te escuchan con la misma pasión que estudiantes universitarios de 20 años. ¿A qué crees que se deba este fenómeno?

— Efectivamente, yo debuté un martes 13 (ni te cases ni te embarques, dicen en Cuba sobre ese día). Yo iba a ser dibujante. A los 15 años empecé a trabajar en el semanario Mella, inicialmente órgano de la juventud socialista, y hasta los 20 estuve dibujando en las revistas Venceremos y Verde Olivo, publicaciones militares. Pero me encontré con la guitarra y me enamoré. Lo cierto es que el instrumento me entretenía más que la gráfica. Era un mundo que me tentaba desde niño; de pronto se me abrió la oportunidad y me perdí en él.

Yo también me pregunto el porqué de esa secuencia temporal; para mí también es un misterio. Pero viendo cómo se comportan esas cosas, recuerdo que nunca me interesó hacer canciones muy a la moda; es decir, para hacerme fácilmente de un público. Algunos de mis contemporáneos me veían raro, y no me lo decían para herirme sino porque les llamaba la atención que me aferrara a aquella forma personal, pudiendo ser más popular de otra manera… Lo cierto es que cuando empecé a tocar la guitarra ya yo leía literatura, tenía nociones de historia del mundo y del arte, precariamente, pero manejaba algunos criterios. También era un adicto a la música llamada clásica. Puede que todo esto haya tenido que ver con la decisión de explorar caminos propios, con intentar no ser mimético, con la disciplina de escuchar la música con sentido crítico, incluida la propia, y con el deseo de no parecerme a nadie, ni siquiera a mi mismo.

— ¿Hacia dónde va Silvio Rodríguez? ¿Hay algún país al que desees volver? ¿Algún proyecto del que puedas darnos un atisbo?

— Tengo la tentación de responderte que no me queda más remedio que ir hacia la cuarta edad… Si no te parece demasiado humor negro (aunque a mí me gusta el humor, sea del color que sea)… Sinceramente, es formidable viajar, ver el mundo; se adquiere un tamaño de bola, se aprende mucho. Aún me gustaría ver Grecia, Egipto, Japón, al menos un pedacito de India; me gustaría ver Madagascar y pasar por el Cabo de Buena Esperanza.  Me gustaría ver Perito Moreno. Me gustaría —mucho— ver Machu Picchu, el Gran Cañón, las cataratas del Niágara (aunque estuve en Iguazú). Pero me temo que no me va a alcanzar el tiempo para ver todo lo que me gustaría. Y no es que sea conformista, pero me parece que soy un afortunado que ha podido ver mucho. Así que mi más preciado proyecto ahora mismo es poder seguir trabajando en el estudio cuanto antes, para terminar algunos discos que tengo empezados. Entre ellos, uno con el grupo Diákara, de hace casi 30 años. Y otros muchos temas que he estado grabando después y que tengo que terminar de mejorar y/o editar. Sin contar los que se me ocurren constantemente.

Ahora mismo, en la pandemia, pienso sacar un disco virtual de canciones a guitarra: diez u once temas que, en conjunto, se va a llamar Para la espera. Habrá una canción dedicada a mi amigo Eduardo Aute: Noche sin fin y mar.

— ¿Hay algo de lo que te arrepientas? ¿Algo que harías distinto de poder volver el tiempo atrás?

— Es curiosa esa pregunta, porque me hace recordar que cuando joven analizaba mis etapas anteriores con mucha severidad, dando por sentado que no iba a volver a incurrir en tal o más cual defecto… Es bueno ser autocrítico, y hacer retrospectivas ayuda mucho, aunque también debiéramos ser capaces de anticiparnos, de asumir valores sólidos como espina dorsal de una conducta deseable.

Jamás me arrepentiré de haber tenido sentimientos de piedad, de comprender que cada ser humano puede sufrir las mismas angustias y tragedias. En consecuencia, no me es posible renunciar a la defensa de mi conglomerado humano, o sea, mi país.

Por ser parte de ese todo, cualquier impertinencia extraña me ofende el albedrío, mi soberanía, que tampoco es magnífica, porque somos un pueblo que a duras penas se ha podido desarrollar en algunos sentidos. Si yo tuviera alguna diferencia con quienes me gobiernan, sería entre ellos y yo. Nadie tiene derecho a meterse en eso. Mucho menos quienes van por el mundo como si todo les perteneciera. No soporto a los hipócritas que afirman que las sanciones a Cuba son contra su gobierno. Ahora, durante la pandemia, cubanos incluso de Estados Unidos les han pedido que tengan piedad con el pueblo de Cuba. Pero son sordos al dolor ajeno los que tanto hablan de Dios.

Ellos saben que si un gobierno se mantiene es porque un pueblo lo permite —es imposible de otra forma—, por eso llevan 60 años haciéndonos la vida imposible, para que sepamos el precio. Es un tópico del humanismo universal estar contra la tortura. Pues todo un pueblo, el cubano, lleva más de seis décadas siendo torturado por un vecino poderoso y abusador. Aclaro que aunque tenga opiniones, aunque puntualmente esté a favor de unas cosas y rechace otras, nunca he tenido la más mínima tentación de dedicarme a la política. Y que no soy nada complaciente con nuestra realidad.

— ¿Cuál es tu mensaje para el mundo, para quienes resisten a esta pandemia, y también a las amenazas de un sistema que no permite que los pueblos decidan su propio destino?

— Mi mensaje es como el montuno de los sones: reiterativo. Tratemos al prójimo como queremos ser tratados. Si no respetas, no rezongues cuando no te respeten. Como dicen por allá, por Mayarí: que lo que me deseas, tengas.

Decirlo así es mi forma de mirar al futuro con optimismo.

[Foto del autor – fuente: http://www.sputniknews.com]

Grafiteros y artistas del despertar social en Chile: Bastián Cifuentes Araya

Publicado por David Meléndez Tormen

En el proceso de preparación del libro «Muros que hablan: Memoria gráfica del despertar social en Santiago de Chile», con el que colaboradores de Pressenza (principalmente Riccardo Marinai y yo) queremos rescatar la explosión de creatividad visual que llenó los muros de Santiago y gran parte del país, nos pusimos en contacto con muchos de los grafiteros, «artivistas» y artistas visuales que, con estilos muy diversos, acompañaron con sus creaciones las manifestaciones de los diferentes colectivos que fueron uniendo sus demandas contra los abusos del modelo neoliberal chileno. El libro se lanzará cuando acabe la cuarentena del COVID-19, que ha puesto en suspenso las movilizaciones presenciales y las ha llevado a la organización territorial.

Un punto neurálgico fue el GAM (Centro Cultural Gabriela Mistral), cuyas amplias fachadas que dan a la Alameda, a unas 3 cuadras de la Plaza de la Dignidad (epicentro de las manifestaciones en la capital), se convirtieron en una colorida exposición improvisada de murales, afiches, graffitis, pintadas y performances. El mismo Centro se sumó al despertar con su programación teatral y sus actividades culturales.

Quisimos entrevistarlos para conocer sus historias, influencias y visiones acerca del despertar social que está ocurriendo en Chile, y mostrar sus trabajos en una galería fotográfica virtual. Iniciamos con esta una serie de entrevistas a los grafiteros del despertar social chileno.

BASTIÁN CIFUENTES ARAYA

Presentémonos: ¿Cuál es tu nombre o el de tu colectivo, y de qué manera han estado involucrados en el despertar social post-18 de octubre?

Mi nombre es Bastián Cifuentes Araya, soy periodista y fotógrafo. Me conocen como Furioso debido a mi Instagram (periodistafurioso) y pertenezco a un colectivo llamado Ruta 35, que es una revista de fotoperiodismo, donde se abarcan diferentes temas sociales de Latinoamérica. Mi obra «¿Por qué nos encapuchamos?» está pegada en la parte trasera del GAM y también se ha mostrado en galerías de arte de Chile y el extranjero. La foto del «rucio capucha» (el perro amarillo que hace frente al carro lanzaaguas junto a los jóvenes de la «primera línea») salió publicada en varios medios internacionales y pasó a ser uno de los iconos gráficos del 18-O.

¿Cuáles son las influencias de tu estilo gráfico?

Influencias tengo bastantes, desde la pintura clásica, las obras de Steve McCurry o Robert Frank hasta Man Ray y Helmut Newton, Sin embargo, las películas y los grandes directores de arte como Andrei Tarkovsky, siempre, pero siempre van a hacer influencia directa; al igual que la literatura, tanto de Hemingway, Kerouac o Huidobro y Parra. En resumen, de todo el mundo de las artes tomo influencias para hacer mi propio arte y estilo, valga el juego de palabras.

¿Qué te ha inspirado el movimiento y cómo ves sus proyecciones hacia el futuro?

La gente, esa es mi inspiración. Lo que más he hecho es retratar, pero a la vez me he puesto a realizar la denuncia y mostrar la lucha de la ciudadanía por tener derechos legítimos como salud, sueldos y un buen pasar por un país que cambió –radicalmente- desde la dictadura, sin olvidar que antes de ese horrible tiempo, también se dieron desigualdades. A futuro, veo un movimiento con más autonomía y determinación, pues la misma ciudadanía se ha involucrado más con sus propios derechos, estudiándolos y viendo las falencias de un sistema que, con el coronavirus, ha demostrado tener un gran margen que solo protege al poderoso y al que tiene dinero.

¿Participas a título personal o colaborando con alguna organización?

Participo en varias. Pero mi prioridad son los veterinarios de VetsSOS quienes ayudan a los perritos de la Plaza de La Dignidad. Son autónomos y la labor que hacen es demasiado noble. Ellos han sido parte fundamental del movimiento, pues han rescatado a muchos perros que se convirtieron en símbolos de lucha luego del 18 de octubre; y a través de la venta de mis fotografías voy ayudando económicamente para financiar parte de los tratamientos, o lo que necesiten.

¿Deseas compartir una última reflexión sobre el momento social que vive el país?

Hacer una reflexión en estos momentos es complejo, pero el estallido social y el covid19 han demostrado que en este país solo los que tienen dinero pueden tener una vida digna. Para los que quieran llegar a ese idílico mundo debes de perder tus libertades y trabajar hasta más no poder, sabiendo que no tienes garantías que te avalen. Solo siendo parte del sistema, regalando tu dinero a las AFP* y tiempo completo al trabajo, puedes tener ápices de esa ansiada dignidad. Siento que el movimiento social ha despertado mucho de la desigualdad imperante en esta angosta y larga faja de tierra llamada Chile, pero todavía nos falta. Seguimos cansados y muchos durmiendo, incluso en estos momentos donde la ley, la Constitución y los códigos, tanto de trabajo como civil, solo benefician a las empresas y no al pueblo. Espero que cuando pase esta pandemia tengamos el suficiente coraje para hacer sentir nuestra voz y podamos hacer un país más justo para todos.

Nota: en Chile, las AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones) son entidades privadas que administran los ahorros de los trabajadores para su pensión o jubilación. No existe una entidad estatal: todos los trabajadores están obligados a cotizar en el sistema privado e impedidos de retirar sus ahorros antes de su jubilación. Este sistema fue implantado en la dictadura de Pinochet y no se ha modificado en los gobiernos de la democracia.


[Fuente: http://www.pressenza.com]

Los lectores se lo debemos todo a los traductores literarios

Fotograma de ‘Il traditore’ (2019), de Marco Bellocchio

Escrito por Patricio Pron

Aunque existe una pequeña tradición literaria cuyo tema central es el denuesto de los traductores y cuyo lema habitual es la frase italiana “traduttore, traditore” [traductor, traidor], lo cierto es que algunos lectores se lo debemos todo. Yo fui uno de ellos y conocí a muchos así: éramos pobres como ratas pero amábamos unos libros que no podíamos leer en el original porque no teníamos dinero para aprender ningún idioma extranjero. Yo creía con devoción en Francisco Porrúa, Enrique Pezzoni, Juan José del Solar, Miguel Sáenz, Elvio E. Gandolfo, Marcelo Covián, Gabriel Ferrater, Francisco Abelenda, Jorge Berlanga y Marcial Souto; estaba convencido de que estos traductores solo traducían a escritores que valieran la pena, y a menudo su nombre en las primeras páginas interiores de un libro (injustamente, nunca en su portada) era razón suficiente para pedir prestado el libro en alguna biblioteca pública o robarlo en alguna librería, incluso aunque no supiera nada de su autor.

A menudo también, esos libros eran un descubrimiento, que no hubiera podido hacer sin los ejercicios de ventriloquía de los mencionados: Jorge Berlanga “era” para mí Charles Bukowski, Francisco Abelenda y después Marcial Souto “fueron” creo que todo Ray Bradbury, Enrique Pezzoni “fue” Herman Melville, sin Elvio E. Gandolfo probablemente jamás hubiera sabido quiénes eran los beats, Miguel Sáenz “fue” Thomas Bernhard y W. G. Sebald entre otros. Una vez más, a menudo estos traductores eran también excelentes escritores ellos mismos y, como en el caso de Guillermo Cabrera Infante, Elvio E. Gandolfo y Enrique Pezzoni, les leí como autores poco después de haberles leído como traductores y resultaron tan importantes para mí como los autores que ellos mismos habían traducido.

No sé absolutamente nada sobre teoría de la traducción, pero conozco a algunos traductores cuyo trabajo disfruto como lector y de los cuales aprendo, como Javier Calvo, Eduardo Hojman, Marcelo Cohen, Helena Cortés, Cé Santiago. A veces también soy traducido: Christian Hansen me ha prestado su voz en alemán, Claude Bleton en francés y Francesca Lazzarato en italiano. Janet Hendrickson y Kathleen Heil me han traducido al inglés y, a todos los efectos, considero mi traductora a ese idioma a la extraordinaria Mara Faye Lethem. A veces, también, traduzco yo mismo, y lo hago todas las veces con más dudas que certezas y con el temor de convertirme yo mismo en un traidor pese a haber sido tan felizmente traicionado tantas veces en el pasado. Un mundo sin traductores sería un mundo donde las diferencias de procedencia, de ingresos y de clase social que determinan el acceso a la literatura serían aún más notables y, por lo tanto, un mundo un poco más injusto.

Sería un mundo, también, donde yo nunca hubiera descubierto a escritores como Arno Schmidt, Ernest Hemingway, James Joyce, Raymond Carver, Alain Robe-Grillet, Flannery O’Connor y muchos otros. Naturalmente, y por esto, también sería un mundo donde yo no escribiría. Creo que hay un “día del traductor”, pero desconozco cuál es y prefiero mantenerme al margen de la tontería de los aniversarios. Aprendí algunos de los idiomas que no podía leer cuando era un adolescente pobre y debía robar libros; sin embargo, sigo leyendo traducciones con entusiasmo y sin ningún interés particular en cotejarlas con sus originales, que a veces también leo. Supongo que la traducción es un ejercicio de ventriloquía y carece de importancia que, de alguna manera, y para muchos puristas, sea un engaño. Algunos preferimos ser engañados, y llamamos a eso literatura. Aquí, una vez más, hay un adolescente pobre que vuelve a maravillarse ante su descubrimiento.

[Fuente: http://www.latempestad.mx]

Icónico monasterio Gandan [1] en el centro de Ulán Bator, la capital de Mongolia. Foto del autor

Escrito por Filip Noubel – traducido por Gabriela Garcia Calderon Orbe

Situada entre Rusia y China, Mongolia es un país grande pero poco poblado, cuyos largos y fríos inviernos ofrecen mucho tiempo para la lectura. Ahora que se cumplen 30 años de la transición de Mongolia del socialismo estatal a una economía de libre mercado, el mercado editorial del país ha evolucionado y refleja las prioridades de una sociedad más conectada internacionalmente.

Las repisas de Ulán Bator están repletas de literatura internacional en traducción, y nuevos autores locales escriben en su lengua materna. Entonces, ¿qué están leyendo los mongoles?

Del monopolio a la pluralidad

En 1924, Mongolia se convirtió en el segundo país del mundo, después de la Unión Soviética, en adoptar el socialismo estatal como su ideología. Sus vínculos con Moscú eran tan estrechos y sus relaciones con su vecino del sur, China, tan frías, que a menudo se describió a Mongolia en el siglo XX como la “décima sexta [2] república soviética” (la Unión Soviética constaba de 15). Todo eso cambió en 1990, cuando de enero a marzo, Mongolia experimentó su propia revolución [3] inspirada en la glásnost [4], y adoptó un sistema democrático basado en la pluralidad política y la economía de mercado.

Uno de los sectores más afectados por los repentinos cambios fue el editorial. Con el socialismo, el contenido de los libros, periódicos y revistas estuvo fuertemente censurado y moldeado por el control ideológico de Moscú. Con la revolución, ese sistema se derrumbó. La resultante libertad para todos implicó una mayor libertad de expresión, pero también significó el fin de los subsidios estatales para producción y distribución de libros. Según Bayasgalan Batsuuri, escritora y traductora literaria que cofundó la editorial Tagtaa Publishing:

After the democratic revolution of 1990, due to the closure of the state owned publishing factory, we experienced a whole decade of dark years. We had nothing to read but leftover books from the socialist period. But from early 2000, several private companies emerged and started to rebuild the industry. Now we have five big private publishing companies, and more than 40 independent publishing houses. I think that today, the publishing industry is one of the rising sectors of Mongolia.

Después de la revolución democrática de 1990, por el cierre de la fábrica de publicaciones estatales, pasamos por toda una década de años oscuros. No teníamos nada que leer más que libros sobrantes del período socialista. Pero desde principios de 2000, surgieron varias empresas privadas y comenzaron a reconstruir el sector. Ahora tenemos cinco grandes compañías editoriales privadas, y más de 40 editoriales independientes. Creo que actualmente, el sector editorial es uno de los sectores en auge de Mongolia.

Ejemplo de alfabeto mongol
tradicional. Foto del autor

Por lo tanto, el panorama parece positivo. Pero hay obstáculos. Aunque hay más de seis millones de hablantes de mongol en el mundo, el mercado de libros de idioma mongol está muy dividido por las diferencias en los alfabetos. Mongolia utiliza un alfabeto cirílico [5], impuesto por Moscú en 1940, que usan los tres millones de habitantes del país.

Mientras tanto, alrededor de seis millones de mongoles viven en China, y aproximadamente la mitad habla su idioma ancestral. China también alberga la Región Autónoma de Mongolia Interior [6], donde el alfabeto mongol tradicional [7] es de uso oficial. También se le conoce como “Bichig”, se inspiró en la antigua escritura uigur y está escrito en líneas verticales, que van de arriba a abajo.

Según una encuesta realizada por Batsuuri en 2019, cada año se publican en Mongolia más de 600 libros, por un precio medio de 7,5 dólares estadounidenses para libros en rústica, y de 14 dólares para libros de tapa dura. Esto hace que los libros sean bastante caros, dado que el salario mensual promedio es menos de 400 dólares [8].

El mismo estudio menciona que casi dos tercios de estos títulos son trabajos nacionales y un tercio son traducciones. La mayoría de lectores tiene entre 21 y 38 años.

La mayoría de tiendas de libros se encuentra en la capital, Ulán Bator [9], donde vive más de la tercera parte de la población. No obstante, la lectura y libros en línea también están en aumento.

Aficionados a la historia y viajeros de sillón

Dos grandes temas de interés parecen conformar los hábitos de lectura en Mongolia: la historia nacional y los grandes nombres de la literatura mundial. El primero está relacionado con el legado de una fuerte censura bajo el régimen socialista. Después de las purgas estalinistas de finales de la década de 1930 [10], que provocaron la muerte de más de 30 000 “enemigos del pueblo” u opositores ideológicos, el Partido Comunista de Mongolia impuso una reescritura de la identidad nacional que borró gran parte de la historia del país, la cultura, la literatura y el arte budistas. Muchos mongoles siguen redescubriendo partes prohibidas de su patrimonio, lo que ha dado lugar a una gran demanda de libros sobre historia y tradiciones, como explica Baatsuri:

Historical novels are more popular: after centuries of external pressure and lost identities, our people have an inevitable need to recover their national from their history.

Las novelas históricas son más populares: después de siglos de presión externa e identidades perdidas, nuestro pueblo tiene la inevitable necesidad de recuperar lo nacional de su historia.

Bayasgalan Batsuuri, editora y traductora,
sostiene una traducción al mongol
del escritor chino Yu Hua.

Igualmente, Batsuuri le encuentra sentido a la popularidad de la literatura traducida por medio de tradiciones históricas de Mongolia:

Mongolia has a very rich history of translation. The first recorded translations are from the third century BCE, when our ancestors translated mainly religious manuscripts from Sanskrit, Uyghur, Tibetan, Chinese, Persian, and Arabic classical literature. During the socialist period, Russian classics and Soviet literature were translated under strict censorship.

Mongolia tiene una historia de traducción muy rica. Las primeras traducciones registradas son del siglo III a.C., cuando nuestros antepasados tradujeron principalmente manuscritos religiosos de la literatura clásica sánscrita, uigur, tibetana, china, persa y árabe. Durante el período socialista, los clásicos rusos y la literatura soviética se tradujeron bajo estricta censura.

Hoy en día, los mongoles pueden viajar, emigrar y publicar a destacadas figuras de la literatura mundial contemporánea. El japonés Murakami Haruki, el turco Orhan Pamuk, y el chino Yu Hua [11] son todas opciones populares, y también los clásicos mundiales como Gabriel García Márquez, Ernest Hemingway, y Fyodor Dostoievski.

En consecuencia, los mongoles tienen acceso a más opciones literaria que antes. Muchos nombres habrían sido impensables bajo el socialismo. Pero lo que se ha ganado en diversidad se pierde a veces en la calidad de las traducciones, advierte Oyunzul Ariunbold, traductor de 24 años y activista literario que dirigió un club de lectura [12] durante varios años en Ulán Bator.

Before 1990, the state commissioned translations. That meant that the books had high standards: there was meticulous editing and proofreading. Today, some people say that the quality of books has gone down, and that translated works can be unreadable, blaming young translators. There is some truth in this criticism, but it’s getting better. And I’m just grateful that a reading culture is growing amongst young people, so that for example, my niece can read “To Kill a Mockingbird” in Mongolian.

Antes de 1990, el Estado encargaba traducciones. Eso significaba que los libros tenían alta calidad: había una edición y corrección meticulosa. Hoy en día, algunos dicen que la calidad de los libros ha bajado, y que las obras traducidas pueden ser ilegibles, y culpan a jóvenes traductores. Hay algo de verdad en esta crítica, pero está mejorando. Y estoy agradecida de que la cultura de la lectura esté creciendo entre los jóvenes, para que por ejemplo, mi sobrina pueda leer “Matar un ruiseñor” en mongol.

Traductora Oyunzul Ariunbold.
Foto: Namuunsuren Tsendsuren

Ariunbold sostiene que los editores independientes de Mongolia buscan una verdadera diversidad:

A lot of emphasis is given to modern classics. Basically, we are just catching up with modern literature. One publishing house, for example, publishes only one author per country per year, to avoid ending up offering only white male authors from Europe

Se enfatiza en los clásicos modernos. Básicamente, nos estamos poniendo al día con la literatura moderna. Una editorial, por ejemplo, publica solamente un autor por país y por año, para evitar terminar ofreciendo solamente autores hombres blancos de Europa.

El papel es popular

A pesar de los precios elevados y de la variedad de otras formas de entretenimiento disponibles ahora con internet, la televisión por cable, los mongoles valoran los libros de papel. La cultura de la lectura en Mongolia parece estar muy arraigada, sobre todo porque los libros autoeditados gozan de gran popularidad, como explica Batsuuri:

In our culture, books are very respected, and during the Soviet period, the reading culture developed intensively. For a population of three million, our national bestselling record was 95,000 copies: a book by a Mongolian author who self-published. In 2019, our company published Yu Hua’s novel “To live” [13] (活着) and we’ve already sold 12,000 copies.

En nuestra cultura, los libros son muy respetados, y durante el período soviético, la cultura de la lectura se desarrolló intensamente. Para una población de tres millones, nuestro récord nacional de ventas fue de 95 000 ejemplares: un libro de un autor mongol que se autopublicó. En 2019, nuestra empresa publicó la novela de Yu Hua “Vivir” [13] (活着) y ya hemos vendido 12 000 ejemplares.

Imagen diseñada por Oyunzul para
su página de Facebook del Club de
Libros. “Protesto, Dostoievski es
inmortal”, dice esta cita de la famosa
novela del autor ruso Mikhail Bulgakov,
El Maestro y Margarita.

Oyunzul Ariunbold expresa esta impresión:

Nobody expected “Madonna in a Fur Coat,” [14] by Turkish author Sabahattin Ali, to become so popular, and yet it did. People are in need of emotional books, stories of vulnerability when society expects them to be tough and stoic. People are definitely using their phones and tablets to read, but we still have huge respect for paperbacks.

Nadie esperaba que “Madonna con abrigo de piel [14]“, del escritor turco Sabahattin Ali, se hiciera tan popular, y sin embargo así fue. Se necesita libros emocionales, historias de vulnerabilidad cuando la sociedad espera que sean duros y estoicos. La gente definitivamente está usando sus teléfonos y tabletas para leer, pero todavía tenemos un gran respeto por los libros de bolsillo.

Tal vez el mayor cambio en la cultura de lectura de Mongolia en los últimos años haya sido el fenómeno de la autopublicación. Como el poeta y periodista Yesunerdene Tumurbaatar explicó a Global Voices:

If you have a bit of money, it’s easy to print your own book yourself. Usually people print a thousand, then either sell them directly to bookstores or at their own events.

We organise events where we read poetry and perform music. That’s how I sold two collections of my poems.

Si tienes algo de dinero, es fácil imprimir tu propio libro. Normalmente la gente imprime mil, y luego los vende directamente a las librerías o en sus propias actividades.

Organizamos actividades donde leemos poesía y tocamos música. Así es como vendí dos colecciones de mis poemas.

Al menos por ahora, parece que los mongoles tienen mucho en qué pensar en esos duros inviernos.

Artículo publicado enGlobal Voices en Españolhttps://es.globalvoices.org

URL del artículo: https://es.globalvoices.org/2020/03/14/el-renacimiento-de-la-literatura-de-mongolia/

URLs en este posteo:

[1] monasterio Gandan: https://en.wikipedia.org/wiki/Gandantegchinlen_Monastery

[2] décima sexta: https://jamestown.org/program/mongolia-rapidly-moving-out-of-russian-world-raising-concerns-in-moscow/

[3] revolución: https://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_democr%C3%A1tica_de_Mongolia

[4] glásnost: https://es.wikipedia.org/wiki/Gl%C3%A1snost

[5] alfabeto cirílico: https://es.wikipedia.org/wiki/Alfabeto_cir%C3%ADlico_mongol

[6] Región Autónoma de Mongolia Interior: https://es.wikipedia.org/wiki/Mongolia_Interior

[7] alfabeto mongol tradicional: https://es.wikipedia.org/wiki/Alfabetos_mongoles

[8] menos de 400 dólares: https://checkinprice.com/average-minimum-salary-in-ulaanbaatar-mongolia/

[9] Ulán Bator: https://es.wikipedia.org/wiki/Ul%C3%A1n_Bator

[10] purgas estalinistas de finales de la década de 1930: https://es.wikipedia.org/wiki/Represiones_estalinistas_en_Mongolia

[11] Yu Hua: https://es.wikipedia.org/wiki/Yu_Hua

[12] club de lectura: https://www.facebook.com/AHOMbookclub/

[13] To live”: https://en.wikipedia.org/wiki/To_Live_(novel)

[14] Madonna in a Fur Coat,”: https://www.theguardian.com/books/2016/may/21/sabahattin-ali-madonna-fur-coat-rereading

Escrito por Eduardo Affonso

Já tivemos a Geração Perdida, cuja adolescência foi afetada pela I Guerra, entrou de cabeça nos Loucos Anos 20 e na vida adulta sofreu o impacto da Grande Depressão.

“Perdida” é modo de dizer, porque nos legou o jazz, Hemingway, Pound, Eliot, Joyce.

Em seguida, meio misturadas, a geração Grandiosa e a Silenciosa – gente nascida ou já criança na Grande Depressão, e que viveu (ou morreu) durante a II Guerra.  Pertencem a ela Marlon Brando, Kennedy, Lennon, Marilyn Monroe e minha mãe.

Depois os Baby Boomers, os da explosão demográfica da segunda metade da década de 40 (logo depois da II Guerra, até o início dos anos 60). Foi a geração que passou pela polarização da Guerra Fria, e criou a contracultura.

Veio então a Geração Coca Cola, a partir anos 60, influenciada pelo rock, pela cultura americana, e que (pelo menos no Brasil) assistiu às guerras só pela televisão.

Aí acabou a imaginação para dar nome às gerações e passaram a usar letras – X, Y, Z -, ou, no máximo, a obviedade de um “Millenials” para quem estava na casa dos 20 durante a virada do milênio.

Aqui estamos nós, entrando nos Malucos Anos 20 do século 21 e nos deparando – 100 anos depois do jazz, do Hemingway, da ardecô, do cinema falado, do voto universal, da penicilina – com uma nova geração dando as caras. A Geração Raudério.

É a geração que viveu a guerra contra escovar os dentes depois do Nescau. Contra só seis horas de televisão por dia. Contra ter que arrumar a cama e colocar a roupa suja no cesto.

Minha geração (a Coca Cola, apesar de eu preferir Matte Couro), foi a mentora intelectual disso daí.  Nós é que começamos a exigir (“Cadê a minha Calói?”, “Compre Baton, compre Baton, compre Baton!”) em vez de pedir. Nós usamos sapatos cavalo de aço e calça de nesga – sem que ninguém nos obrigasse a isso. Dançamos imitando movimentos de kung fu, fumamos escondidos no banheiro (eu não: eu só vigiava na porta, para ver se vinha alguém).  Inocentes, achávamos que ‘camisinha’ e ‘rachadinha’ eram palavrões.

Reprimidos, consumistas, sem noção de estética, resolvemos dar aos filhos tudo que não tivemos: videogueime, celular, televisão no quarto, quarto com chave na porta e até o direito de se trancar com coleguinha no quarto.

Deu nisso.

– Raudério entrar no meu quarto sem bater na porta?

– Raudério colocar bêicon na farofa, cebola no vinagrete, açúcar no café?

– Raudério votar de acordo com as suas convicções, não com as minhas?

Uma ditadura raudéria não seria muito melhor que aquela do Conto da Aia, que tanto indignou os raudérios quanto os fez suspirar, sonhadores.

O rauderismo também pode vir a ser conhecido como a Geração Barulhenta, da indignação seletiva. Talvez por lhe faltar uma guerra de verdade como a Guerra Civil Espanhola, a da Coreia, a do Vietnã, a de Biafra.

Fascistas e comunistas queimaram livros – os raudérios querem queimar palavras. Implementar a Novilíngua. Viver um cosplêi de membro da Resistência Francesa, mas sem a boina e com um cigarro mais alternativo no canto dos lábios.

Raudérios, o tio aqui foi censurado, aos 11 anos, por fazer na escola um cartaz de Dias das Mães com uma foto da Leila Diniz grávida e de biquíni.  Era 1970, governo Médici, ouviram falar?

O tio aqui comprava o jornal assim que a banca abria para não correr o risco de chegar lá e o “Opinião” e o “Movimento” terem sido recolhidos. O tio aqui carregou faixa em manifestação pela Anistia, participou dos comícios das Diretas. O tio não é fascista. O tio, inclusive, sabe o que é fascismo (porque estudou), o que é ditadura (porque passou toda a infância, adolescência e parte da vida adulta sob uma), o que é censura (porque viu “Laranja Mecânica” com bolinha preta saltitando na tela para cobrir os pentelhos dos artistas).

Ditadura não é nada disso que vocês estão pensando. Podem acreditar em mim: o tio tem lugar de fala.

Nossa geração sobreviveu ao óleo de fígado de bacalhau, às aulas de OSPB, ao fusca sem ar condicionado nem cinto de segurança, ao cursilho, ao xampu que ardia nos olhos, ao quissuco de framboesa, ao avião com assentos para fumantes, à Lei Falcão, à mãe limpando nosso ouvido com grampo de cabelo, às balas Soft.

Não adianta vir nos fuzilar com o olhar:  crescemos acompanhando fuzilamentos muito mais concretos, os dos dissidentes cubanos no Paredón e dos que tentavam cruzar o Muro de Berlim.  O mundo hoje é muito mais seguro, justo e próspero do que era 50 anos atrás.

E você ainda quer que eu estude História – até essa que eu vivi e da qual você só ouviu falar.

Raudério?

[Ilustração: wacandido.blogspot.com.br – fonte: http://www.eduardoaffonso.com]

Desde hace seis años, sin faltar ni un solo día, el dibujante Paco Catalán publica una viñeta diaria en redes sociales para defender los derechos de los animales. Hoy le entrevistamos en esta área de descanso que, más que nunca, pide descanso para nuestros compañeros no humanos, con motivo de la manifestación que se ha convocado contra la caza el próximo domingo, 2 de febrero, en toda España. Los numerosos dibujos de Catalán sobre este tema, algunos de los cuales ilustran este artículo, servirán de pancartas.

Escrito por Javier Morales

Valenciano de nacimiento (Ayora), Paco Catalán vive desde hace años en un pequeño pueblo manchego, en la provincia de Albacete, donde es testigo de eso que ha venido en llamarse la España vaciada. Como el amor y la compasión por los animales, la pintura y el dibujo le llamaron desde la infancia. Estudió Bellas Artes y ha sido profesor de enseñanza media hasta su jubilación, cuando comenzó a dibujar y publicar en las redes sociales las viñetas que recorrerán las calles de Madrid el próximo 2 de febrero, en una manifestación en contra de la caza. Dibujos que en poco tiempo le han convertido en un símbolo en la defensa de los animales y que siguen decenas de miles de personas en el mundo. “Aunque somos de momento una minoría, y precisamente por eso llevamos encima esa carga de romanticismo, nunca debemos renunciar a la lucha por lo que sentimos tan profundamente en el alma. Que no nos quiten la lucha”, me comenta en una conversación que hemos mantenido por correo electrónico.

Cuéntame tu experiencia como artista. ¿Cuándo empezaste a dibujar y pintar?

Siempre quise ser pintor, desde pequeño, y lo conseguí. Hacer lo que más me ha gustado ha sido mi mayor suerte. Prácticamente desde pequeño estoy con lápices de colores y pinceles. Mi experiencia como artista ha sido muy positiva, descontando las espinas que haya podido tener…, por supuesto.

¿Crees en el arte comprometido, que un artista debe reflejar el malestar de su tiempo?

Sí, claro. El arte en general ha de tener una arquitectura interna y la belleza que aporta el artificio, pero si lleva una carga crítica para intentar cambiar un poco el mundo a mejor, se enriquece. Por eso no considero a las viñetas un arte menor, como algunos dicen, si llevan encima esos dos ingredientes mencionados.

¿Desde cuándo eres vegano?, ¿cuándo tomaste consciencia del maltrato hacia los animales?

Mi veganismo fue llegando paulatinamente, ya que empecé siendo vegetariano, hasta el momento actual. Son unos 26 años aproximadamente. Lo que sí tengo totalmente claro es que fue por compasión hacia los animales. Aunque en la actualidad lo que siento es tristeza y repugnancia a partes iguales ante la carne muerta.

¿Cómo ves la situación hoy de los animales respecto a cuando tú empezaste a luchar?

Soy optimista y creo que se ha avanzado bastante, aunque falta mucho por hacer. La clave la veo en la educación de los más jóvenes, y en eso soy menos optimista porque ¿quién educará al educador para que eduque? La diferencia de lo que vi en mi niñez a lo de ahora es sencillamente abismal y eso anima, aunque somos todavía un porcentaje muy bajo en la compasión hacia los más indefensos.

Desde hace años, publicas una ilustración diaria en torno al maltrato animal. Si no me equivoco no has faltado ni un día. Tus dibujos se han convertido en una referencia para todos aquellos que se sienten concernidos por los derechos de los animales y su sufrimiento. 31.000 seguidores en Twitter, más de 33.000 en Instagram… ¿Cómo empezaste?

Cierto. Llevo ya seis años aproximadamente poniendo cada día una viñeta en las redes sociales como un grito que me gustaría que llegara a mucha gente. Hasta con gripe me he puesto a dibujar para no dejar el hueco de un día. Estoy muy animado, porque tengo bastantes seguidores, pero no es la vanidad lo que me guía, sino el anhelo de que llegue a mucha gente y así poder ayudar a los seres más desvalidos. En realidad, empecé desde pequeño, tengo dibujos de animales hechos a los ocho años.

Uno de tus caballos de batalla es la caza. ¿Qué les dirías a los cazadores, a quienes la defienden como un deporte?

La caza puede que tuviera justificación en épocas de hambre, pero cazar por diversión, como es en la actualidad, me parece una infamia y una falta de respeto a la vida de los animales. Los habitantes del monte no son de nadie o son de todos, y no está bien que un grupo reducido de personas con esa afición a matar los masacre como si fueran dueños de esas vidas. Y que encima contaminen lo que ellos mismos llaman el mundo rural con el plomo de sus cartuchos.

Los cazadores dicen que ayudan a mantener el medioambiente y que son amantes de la naturaleza. Suelen citar a Delibes.

Bueno, citan a Delibes como los taurinos citan a Hemingway. Son latiguillos. La naturaleza no se ama a escopetazos y, si ayudan a los seres del monte en épocas de sequía, es egoístamente para que cuando termine la veda esté asegurada la diversión. Lo de ayudar a mantener el medioambiente es curioso, cuando son tantas las toneladas de plomo contaminante que depositan con sus disparos en ese medioambiente.

También hablan de las pérdidas económicas si se prohibiera la caza. Que lo que se ha llamado la España vaciada morirá aún más.

Si para que no se vacíe hay que ensangrentar la tierra sagrada, prefiero que no esté tan llena, aunque sí lo estará de paz y tranquilidad en el monte. Claro, mueve mucho dinero y esa es una de las causas del respaldo que tiene por parte de los que mandan. En el futuro no se practicará la caza, en el futuro, cuando el ser humano empiece a ser más compasivo y sepa apreciar más la vida del campo.

El 2 de febrero hay convocada una manifestación para pedir el fin de la caza. Algunos de los asistentes portarán pancartas con tus dibujos. ¿Cómo te sientes al ver que tus ilustraciones han servido para despertar consciencias?

Me siento muy honrado porque han pensado en mis dibujos. Siempre que los estoy haciendo pienso lo mismo: si gracias a estos trazos, un animal, un solo animal, se salvara, ya habría merecido la pena hacerlo. Doy las gracias a los que van a llevar mis dibujos.

La Plataforma NAC (NO a la caza) ha convocado un año más a manifestarse contra la caza en decenas de ciudades de España. El próximo domingo, 2 de febrero, a las 12.00 h.

Ilustración: Paco Catalán.

Ilustración: Paco Catalán.

Ilustración: Paco Catalán.

[Fuente: http://www.elasombrario.com]

Estaba pensando, mientras lo escuchaba interpretado por diferentes voces (me quedo, tal vez por contemporaneidad o por su expreso dramatismo, con la de Cristóbal Repetto), en por qué me gusta tanto el tango “Los cosos de al lado” (de Larrosa y Canet) y me di cuenta de que es un tango minimalista, me refiero a la corriente literaria norteamericana de segunda mitad del siglo veinte.

A diferencia de la arrolladora verdad que arrojan la mayoría de los tangos, que está en el centro mismo de una poética que se esfuerza por cantar siempre, de la mejor manera posible, “las cuarenta”, este da vueltas alrededor de un tema que no llega a tocar, el verdadero drama está oculto. Y es un drama, el de la “costurerita que dio el mal paso”, que el tango ha manoseado hasta hartarse, el que aquí se mira de soslayo. En todos los sentidos.

Desde el comienzo se establece la tragedia, profundamente, con tono teatral clásico:

Sollozaron los violines
Los fuelles se estremecieron
Y en la noche se perdieron
Los acordes de un gotán

Brutal inicio, preludia la acción, prepara para lo peor y, sin embargo, vean, empieza a describir, a rondar, como el agente de la ley del que habla:

Un botón que toca ronda
Pa no quedarse dormi
do

Hay tedio, aburrimiento, no pasa nada, el policía da una vuelta solo por no dormirse. Y de ese silencio oscuro se aprovechan los listos del barrio:

Y un galán que está escondido
Chamullando en un zaguán

Es decir, los estereotipos barriobajeros están presentes. Pero…

De pronto se escucha
El rumor de una orquesta

¡Ajá! (interjección): ahora sí, llega la acción, se viene; habrá traición, lucha entre malevos, cuchillazos, percantas traicioneras, otarios engañados, cacatúas que sueñan con la pinta de Carlos Gardel…pero en seguida nos decepciona:

Es que están de fiesta
los cosos de al lao’

Reparen en la frialdad de la descripción, es quirúrgica. Me parece escuchar la voz de mi abuelo, displicente porque no puede dormir: “¡Es que están de fiesta los cosos de al lao!”. Vean que el autor se sitúa, nos sitúa, al otro lado de un muro, de un tejido, de una pared, desde donde solo se escucha una alegría festiva, y sepan que no la veremos. No es nada, pensamos, una fiesta de barrio, la típica. Pero entonces, justamente lo barrial estalla, el autor hace ingresar a la chusma, el cotilleo de las vecinas que hablan en el mercado.

Ha vuelto la piba
Que un día se fuera
Cuando no tenía
quince primaveras

Bueno, decimos, nada del otro mundo, se trata de una fiesta de bienvenida, la celebración de un regreso, me voy a dormir. Pero no, cuando ya cerramos los párpados viene el drama que está debajo, que subyace, como en el manido principio del iceberg que Hemingway menciona, creo, en « Muerte en la tarde ».

Hoy tiene un purrete
y lo han bautizado
por eso es que bailan
los cosos de al lao’

La familia está festejando el bautismo del bastardo hijo de su hija. De su joven hija. Solo podemos llegar a adivinar la tragedia que hay detrás. Bueno, ahora sí (se escucha el frotarse de las manos), bajá la tele vieja que nos lo van a contar todo. Se viene “el dramón de la pálida vecina”. Sin embargo, una vez más no, no y no. Escuchen:

Ya las luces se apagaron
El barrio se despereza
La noche con su tristeza
El olivo se ha tomado

¡¿Cómo?! ¿Ya amaneció? ¡Qué sutileza (para que rime)! El vecino enojado no ha podido dormir, pero no suelta prenda. Ya escucho cantar al gallo que no se nombra, creo que es el mismo que cantaba cada vez que me quedaba a dormir en casa de mis abuelos.

Los obreros rumbo al yugo
Como todas las mañanas

Regresa la rutina y la rutina incluye este detalle mágico que alguna vez fuimos cualquiera de nosotros:

Mientras que hablando macanas
Pasa un tipo encurdelado

Pero al lado no hay nada rutinario, la fiesta sigue:

De pronto se escucha
El rumor de una orquesta
Es que están de fiesta
los cosos de la lao
Ha vuelto la piba
Que un día se fuera
Cuando no tenía
quince primaveras
Hoy tiene un purrete
y lo han bautizado
por eso es que bailan
los cosos de al lao

¿Y la piba? ¿y la traición? ¿y el purrete? ¿y el fiolo que la engañó y la llevó pa’l centro? ¿y la seda? ¿y el percal? El autor parece decir: eso vayan a buscarlo a otros tangos, yo no lo voy a contar, se ha contado tantas veces…

Carver.

[Fuente: eltrigodelaluna.blogspot.com]