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El Partido Maorí de Nueva Zelanda anunció una campaña para cambiar el nombre del país por Aotearoa, su denominación en la lengua nativa.

Escrito por Pierre Dumas

Aunque parezcan hechas para durar eternamente, las fronteras de los países son movedizas, como sucede después de guerras y movimientos independentistas, pero lo más curioso es cuando cambian de nombre. Al igual que los humanos que los crearon, los países también están sujetos a la problemática de la identidad, muchas veces simplificada en los colores de una bandera. El caso más conocido es el de Holanda, que actualmente se llama Países Bajos, pero hay muchos otros casos. Como el pequeño país del sur africano que hasta hace poco era conocido como Swazilandia. Es una curiosidad geográfica, etnológica e histórica. Además de tener la población más homogénea del continente, es la última monarquía absolutista del mundo junto con la de Arabia Saudita. Es justamente este rey de poderes infinitos quien decidió rebautizar su país con el nombre que tenía antes de la tutela británica: Eswatini.

El controvertido rey Mswati III de Eswatini, previamente conocido como Swazilandia, impulsor del cambio

El controvertido rey Mswati III de Eswatini, previamente conocido como Swazilandia, impulsor del cambio. Gobierno de Eswatini

El curioso caso de la FYROM

Hasta antes de la pandemia, en 2019, era el nombre de un pequeño país del sur de los Balcanes. No había que buscar el significado en antiguos manuales de etimología eslava: se trataba en realidad de una abreviatura que reflejaba la traducción al inglés del acuerdo entre Grecia y ese territorio, surgido del colapso de la ex Yugoslavia. La Former Yugoslavian Republic of Macedonia es ahora la República de Macedonia del Norte. Ese nombre, que suele designar en los menús una mezcla de frutas o verduras, fue el eje de una seria disputa entre la nueva nación y su vecina del sur, para el cual Macedonia es históricamente una región de lengua y cultura griega y no podía designar entonces a un país de cultura y lengua eslava. Identidad, identidad… Para los griegos se trataba de un reclamo que tenía fundamentos arraigados en la Antigüedad misma, ya que uno de los griegos más importantes de todos los tiempos, Alejandro Magno, era macedonio. El acuerdo votado y ratificado por los parlamentos de los dos Estados vecinos le dio finalmente un verdadero nombre a la FYROM, pero deja bien en claro que si hay una Macedonia del Norte, existe otra en el sur, bien griega: es la región de Μακεδονία, cuya capital es Tesalónica. Allí se habla griego, mientras en el norte el idioma oficial es de origen eslavo y utiliza el alfabeto cirílico, al igual que en Serbia y en Bulgaria, dos países que integraron fragmentos de territorios de la histórica Macedonia.

Kosovo y Sudán del Sur: los niños del planeta

El caso de la ex FYROM es muy ilustrativo de la importancia de la identidad. Los europeos lo saben bien y a lo largo de los siglos pasados lucharon muchas veces por esa causa. La última de tales guerras ocurrió hace no tantos años, entre dos vecinos de Macedonia del Norte, cuando Serbia tuvo que separarse dolorosamente de Kosovo, una región mayoritariamente poblada por albaneses, pero a la que considera como la cuna de su gesta nacional. Kosovo es actualmente el Estado más joven de Europa, pero varios países se guardan de reconocerlo (como España, que tiene sus propios problemas internos de identidad, como lo demostró el intento de independencia catalán en 2017).

Peć, que también es conocida como Pejë, es una población que esta ubicada en el noroccidente de Kosovo, el Estado más joven de Europa

Peć, que también es conocida como Pejë, es una población que está ubicada en el noroccidente de Kosovo, el Estado más joven de Europa.

Kosovo no tiene todavía 15 años de existencia y ya parece grande al lado del Estado más joven del mundo: se trata del Sudán del Sur, que ganó su independencia hace solo diez años, luego de décadas de guerra civil contra el norte del país, de confesión musulmana. Las identidades étnicas se superpusieron a las religiosas dentro de una construcción política artificial heredada del periodo colonial, como ocurrió en la enorme mayoría de los países africanos. El conflicto entre los dos Sudán no está del todo resuelto y su frontera común es objeto de tensiones y reclamos.

Las fronteras en América Latina

Es una problemática bien conocida en América Latina, donde el problema de los límites surgió de nuevo hace algunas semanas entre la Argentina y Chile, y donde Perú y Ecuador pasaron de las amenazas a los actos en 1995, en un conflicto que el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa calificó de “absurdo”. El tema de las identidades está claro entre las naciones del continente, aunque el resto del mundo -que ve a las antiguas colonias españolas como una región muy homogénea- no siempre lo percibe de la misma manera. El derrumbe del imperio español engendró múltiples fronteras, frutos de la geografía más que de irredentismos o identidades lingüísticas. La identidad va siempre de la mano con el territorio, y los emperadores austríacos -aquellos de abundante pilosidad y miradas austeras- lo supieron bien. Su imperio, que era un melting pot mucho antes de que Estados Unidos inventara el término, vivió numerosas convulsiones identitarias que terminaron por hacerlo implosionar. Al igual que el español, generó muchas fronteras. Algunas correspondían a aspiraciones de pueblos y otras fueron compromisos como Yugoslavia -el país de los eslavos del sur- que a su vez también estallaría en varios pedazos, décadas más tarde.

Sudán del Sur es el país más joven del mundo luego de décadas de guerra civil contra el norte del país

Sudán del Sur es el país más joven del mundo luego de décadas de guerra civil contra el norte del país – BBC / Getty Images

Cuestiones de nombre

Hay momentos de la historia en los que hay que reimprimir mapas con mayor frecuencia. Así fue a principios de los años 50 y 60, con el fin de los imperios coloniales, y a principios del 1990 con el derrumbe del “segundo mundo”. El fin del comunismo en Europa reavivó viejas cuestiones identitarias. En algunos casos se trató de un divorcio de mutuo acuerdo, como ocurrió entre la República Checa y Eslovaquia, que se separaron como lo hacen las parejas amablemente distanciadas. Otras soluciones fueron mucho más sangrientas, como el final anunciado de Yugoslavia o el retiro del oso ruso de la pólvora del Cáucaso. En cada caso, se redibujaron mapas, se crearon nuevos Estados, se concretaron nuevos espacios para identidades reprimidas. Sus nombres fueron cuidadosamente elegidos, para que el mundo entero no tenga dudas sobre ellas. Hubo casos sencillos cuando solo había que recuperar denominaciones ya utilizadas en el pasado (fue el caso de las repúblicas bálticas) y hubo otros que generaron intensas negociaciones, como Macedonia del Norte. Y están también los que tuvieron la suerte de poder elegir entre varios nombres, como los sudaneses del sur, que tuvieron distintas opciones: entre ellas la República del Nilo, el Nuevo Sudán, Equatoria (en referencia a la antigua provincia colonial británica) o Kush (en recuerdo del antiguo reino faraónico del mismo nombre). Optaron al final por lo menos original, pero la más cercana a su verdadera identidad. Y lo mismo hicieron los rebeldes de la antigua colonia portuguesa de Timor, invadida por Indonesia y asimilada por la fuerza de manera brutal durante décadas. Al momento de conseguir por fin su independencia, bautizaron su flamante país Timor Leste, que quiere decir Timor Oriental en portugués. Con la única salvación que Timur ya quería decir esto en el idioma local. Este nuevo Estado es entonces algo así como el Este del Este…

Los cambios que se vienen

El acceso a la independencia generó muchos cambios de nombres, sin que haya necesariamente relación con un acontecimiento bélico. La mayor cantidad de emancipaciones tuvo lugar en los años 60, principalmente en África, Asia y el Pacífico. Pero esta ola de libertad llegó también a las Américas y uno de los países más jóvenes del hemisferio cambió de nombre para borrar huellas coloniales: se trata del actual Belice, la ex Honduras Británica. La mayor cantidad de cambios de denominación tuvo lugar en África en las décadas del 60 y del 70. Allá las cuestiones de identidad son más complejas que en el resto del mundo, ya que las fronteras fueron trazadas por las potencias coloniales sin tomar en cuenta las realidades étnicas y lingüísticas.

Alto Volta sorteó el problema con astucia y decidió hacerse llamar Burkina Faso, el país de los hombres íntegros, una cualidad que ponía de acuerdo a todos los integrantes de las más de 60 etnias distintas que conviven en ese país. El caso del Congo también es interesante. Al igual que Níger y Sudán, es un nombre compartido por un par de países distintos. En este caso había que hacer la diferencia entre el Congo-Brazzaville (por el nombre de su capital, una excolonia francesa) y el Congo belga. Este último se transformó en Zaire durante un poco más de un cuarto de siglo hasta cambiar nuevamente de nombre y de identidad, por razones ideológicas esta vez. Es la actual República Democrática del Congo.

Zaire se transformó en la actual República Democrática del Congo

Zaire se transformó en la actual República Democrática del Congo – Shutterstock

El mismo proceso hizo Camboya durante la macabra dictadura de los Khmers Rojos. Durante algunos años el país figuró en los mapas como Kampuchea Democrática, aunque tenía muy poco de democrático y rompió todos los récords de violencias y de muerte. Mientras tanto otros países también cambiaban, sin lechos de rosas, desde la antigua isla de Ceylan -que se reconvirtió en Sri Lanka– a Pakistán Oriental (Bangladesh) o la Birmania (Myanmar).

En Nueva Zelanda el Partido Maorí anunció una campaña para cambiar el nombre del país por Aotearoa, su denominación en la lengua nativa, que ya convive con la heredada del poder colonial

La lista de cambios de nombres no termina aquí.

En este mismo momento hay un par en gestación, por suerte de manera totalmente pacífica. Es el caso de las Islas Cook, un archipiélago de quince islas en el Pacífico Sur. Lleva el nombre del explorador y marino inglés James Cook y sus habitantes quieren adoptar un nombre más acorde con su identidad polinesia. Se llamó a una consulta popular y esta micronación está lanzada en un proceso de cambio que seguramente terminará con la adopción del nombre Avaiki Nui, que parece ser el que tiene el mayor consenso en la actualidad.

Holanda adoptó el nombre de Países Bajos para representar a todas las zonas del país

Holanda adoptó el nombre de Países Bajos para representar a todas las zonas del país. BBC

El mismo camino quieren iniciar algunos en Nueva Zelanda: hace pocos días, el Partido Maorí anunció una campaña para cambiar el nombre del país por Aotearoa, su denominación en la lengua nativa, que ya convive con la heredada del poder colonial. “Somos un país polinesio, somos Aotearoa”, dice el lema de la campaña, de resultado aún incierto.

El otro caso es el del país de los pólderes, de los tulipanes, de los molinos de viento, pero también de las grandes multinacionales y de las tecnologías de punta. Se lo conoce históricamente como Holanda, pero se trata solo del nombre de dos de sus provincias (Holanda del Norte y Holanda del Sur), donde se encuentran las ciudades de Ámsterdam, Róterdam y La Haya, entre otras. El Reino de Holanda fue creado por Napoleón y suplantó la República Bátava: sin embargo, desde el año 2020 el gobierno “holandés” decidió muy oficialmente poner fin a la confusión y no permitir más que una parte llame al conjunto. En las documentaciones oficiales y a nivel internacional, prefiere que se use de ahora en adelante Países Bajos, la traducción de Nederland en el idioma local. Una vez más se trata de identidad. Los vecinos de Frisia, de Brabante, de Limburgo o de Zelanda sentirán con alivio que a partir de ahora su país es mucho más inclusivo…

Une « approche radicale », c’est parfois enthousiasmant. Des « propos radicaux », ou « l’islam radical », c’est toujours dangereux… Vague, paré de connotations contradictoires, le mot hante depuis toujours l’histoire politique, ne faisant qu’ajouter à la confusion du débat.

 

Écrit par Pascal Riché

Plus radical que moi, tu meurs. C’était le thème des primaires écologistes. Sandrine Rousseau s’est présentée comme « radicale », par opposition au pragmatisme affiché de Yannick Jadot. Pris de court, ce dernier a répondu, en substance, qu’il n’avait de leçon de radicalité à recevoir de personne, lui qui a été « espionné par EDF » et a « arraché des OGM »… Ce qui est radical, c’est le dérèglement climatique, a-t-il fait valoir. Un peu comme un chewing-gum, le mot, mâchouillé par tous les cadres d’EELV, a vite perdu son goût et son sens. Il est vrai que dans l’histoire politique, il a toujours été assez élastique. Les centristes s’en sont prévalus autant que les extrêmes. Et qui ne propose pas aujourd’hui des réformes « radicales » ou un « changement radical du rôle de l’État » ?

En réalité, tout dépend à quel nom on associe l’adjectif radical.

  • « L’islam radical », une expression apparue au début des années 2000, c’est évidemment dangereux : il faut « déradicaliser » ceux qui s’y adonnent.
  • La « réforme radicale », en revanche, c’est toujours courageux.
  • La « gauche radicale », c’est celle qui a couteau entre les dents, à ne pas confondre avec les « radicaux de gauche » qui sont de doux centristes.
  • Une approche « radicalement différente » est rafraîchissante et bien souvent salvatrice.
  • La « droite radicale » est à peine plus présentable que l’extrême droite (même si elle professe son attachement aux institutions républicaines).
  • Une « critique radicale » peut être louée parce qu’elle prépare de nécessaires transformations profondes.
  • Mais des « propos qui se radicalisent » sont toujours lourds de menaces.
  • etc. etc.

« Radical », on le voit, est digne d’appartenir à la novlangue imaginée par Orwell dans « 1984 », ce vocabulaire permettant de dire tout et son contraire, et de tuer le sens des mots.

Au départ, le « radical » est celui qui veut agir sur la racine (radix, en latin). Sandrine Rousseau n’a pas manqué de rappeler cette origine : elle compte reprendre le problème à la racine, à savoir la structure patriarcale du pouvoir et de nos sociétés. Angela Davis elle-même, dans les années 1960, disait que « radical signifie simplement attraper les choses par la racine ». Mais qui prête vraiment attention à cette étymologie ?

L’histoire du mot, pris dans son sens politique, est complexe, et a joué à saute-frontières. Il est utilisé en Grande-Bretagne depuis la fin du XVIIIe siècle (en France, sous la Révolution française, on parle alors plutôt des « enragés »). Il ne fait sa véritable apparition dans l’Hexagone que sous la monarchie de Juillet, pour une raison simple : la loi du 9 septembre 1835 interdit de se déclarer « républicain » sous peine de poursuites pénales. En 1841, un jeune avocat, Alexandre Ledru-Rollin, fait donc campagne dans la Sarthe sous l’étiquette « radical ». C’est l’acte de naissance du radicalisme, qui ne décollera vraiment qu’après 1871, sous la IIIe République. Initialement, il désigne donc une forme d’extrémisme, porté par des républicains en butte aux forces monarchistes et bonapartistes. Puis, il migre vers l’inverse de son sens : la modération, le centre. Les radicaux, plaisante-t-on au XXe siècle, sont comme les radis, « rouges à l’extérieur, blancs à l’intérieur, et toujours près de l’assiette au beurre ». Le mot « radsoc » (radical-socialiste) devient presque péjoratif : il renvoie à l’idée de « ventre mou ».

Mais si le « radicalisme » dort dans un coin poussiéreux de l’histoire politique française, la radicalité n’a pas disparu. Dans les livres publiés en français, l’emploi du mot « radicalité » a pris son essor dans les années 1960, sans doute sous l’influence des mouvements d’émancipation américains (noirs, féministes…).

L’essor de l’usage dans les livres de « radicalité », qui dépasse désormais « radicalisme »

L’essor de l’usage dans les livres de « radicalité », qui dépasse désormais « radicalisme »

Outre-Atlantique, se déclarer « radical » , c’est alors s’inscrire en dehors des institutions du pouvoir pour attaquer la racine des maux américains : le patriarcat (concept alors relancé, notamment par Kate Millet) ou le racisme… Les opposants à ces mouvements, eux, associent paresseusement « radicalité » et « violence ». En France, la radicalité creuse son trou dans le champ intellectuel, derrière des personnalités comme Pierre Bourdieu, Alain Badiou, Etienne Balibar ou Jacques Rancière. En 1999, juste avant de se saborder, la Fondation Saint-Simon, qui cherche à réconcilier la gauche et le marché, consacre une note pour s’inquiéter des « nouvelles radicalités » (elle est signée par le philosophe Philippe Raynaud). Un autre philosophe, Daniel Bensaïd, ancien leader de Mai-68, note en 2000 que « la notion vague de radicalité est fort à la mode dans le vocabulaire politique hexagonal récent. À défaut de désigner un contenu précis, il évoque un ton, une attitude de refus. La radicalité, en effet, est toujours relative, à une situation, à un moment, à une tiédeur conciliante ».

En 2019, à peine élue à la chambre des représentants, la New-yorkaise démocrate et écologiste Alexandria Ocasio-Cortez, lance bravache, dans une émission de télévision : « Appelez-moi radicale ! » (après avoir rappelé qu’Abraham Lincoln l’avait été lorsqu’il avait émancipé les esclaves, ou Franklin Delano Roosevelt lorsqu’il avait créé l’assurance-retraite). On le voit, que ce soit aux États-Unis ou en France, la radicalité est pour les uns une marque d’infamie, pour les autres une médaille que l’on porte avec honneur. Le mot-élastique ne pourrait plus être étiré.

[Source : http://www.nouvelobs.com]

Tous nos prénoms sont le fruit de siècles de brassage.

Zemmour en 2015 I EMMANUEL DUNAND / AFP

Zemmour en 2015

 

Écrit par Camille Malnory 

«Donner un prénom qui n’est pas français à ses enfants, c’est ne pas se détacher de l’islam, c’est vouloir continuer la tradition islamique en France et c’est vouloir transformer la France en un pays de plus en plus musulman», clame le polémiste Eric Zemmour dans l’émission «C à vous» de ce mardi 6 septembre, alors qu’il est invité pour parler de son nouveau livre Un quinquennat pour rien. Il y évoque l’islam en long en large et en travers, qu’il amalgame, comme le dit l’animatrice Anne-Sophie Lapix, «à l’islamisme et au djihadisme».

Sa sortie sur les prénoms français ne manque pas de faire réagir, d’autant plus que le prénom Éric, porté par le polémiste préféré des plateaux télé, n’est absolument pas d’origine «française», mais tire ses racines du scandinave Eirikr. Et si on veut aller plus loin, il n’a été donné en France qu’à partir des années 1930 et a connu son apogée dans les années 1960 après s’être popularisé dans les pays anglo-saxons et scandinaves.

Les prénoms français n’existent pas

La science des noms propres s’appelle l’onomastique –mot d’origine grecque signifiant le nom. C’est une branche de la linguistique. Pour Stéphane Gendron, chercheur dans ce domaine et membre de la société française d’onomastique, «parler de prénom français n’a aucun sens», et surtout «ne veut pas dire grand chose». Tous les prénoms français sont issus du brassage culturel et des vagues migratoires qu’à connu la France depuis ses débuts –et même bien avant que notre pays ne devienne celui que nous connaissons aujourd’hui. À l’origine, notre pays n’est qu’un ensemble de régions, qui parlaient des dialectes différents et ont des cultures différentes, nos prénoms sont donc bien antérieurs à la notion même de France.

«Les prénoms viennent tous un peu de l’extérieur», explique Stéphane Gendron, et ont tous des origines latines, germaniques, grecques, hébraïques, voire même araméennes. Le prénom Louis, porté par plusieurs de nos grands rois, vient du germanique Hlodowig et Emma, l’un des noms les plus données aux petites filles ces dernières années, vient de l’hébreu Immanu-el (Dieu est avec nous). D’ailleurs, lorsqu’on parle de modes des prénoms, on parle des prénoms «les plus donnés en France», et pas de prénoms français, ce qui est en soi un indicateur.

Jusqu’au XIXe siècle, le choix des prénoms se faisait dans un «stock», assez restreint. «Dans les campagnes, les prénoms étaient plutôt stables et se transmettaient de père en fils et de mère en fille. On reprenait les prénoms des ancêtres pour faire perdurer une lignée», explique le chercheur en onomastique. Des familles se sont ainsi retrouvées avec des Pierre ou des Marie dans toutes les générations. Une décision de la Cour de cassation en 1981 puis une réforme du Code Civil en 1993 vont permettre aux parents de pouvoir choisir les prénoms dans un éventail beaucoup plus large.

Ils se retrouvent par ailleurs davantage soumis à des effets de mode. On a connu par le passé des générations entières de Virginie, Nathalie, Stéphane, et aujourd’hui, on assiste à une vague de Léo, Gabriel, Emma et Louise. Mon propre prénom, Camille –du latin camillus– a été attribué 7.467 fois en 1998, alors qu’en 2013, on ne compte qu’un peu plus de 3.000 nouvelles petites Camille.

Français par l’usage

Mais ces prénoms susnommés sont bien considérés comme français, peu importe qu’ils soient latins ou étrusques, et c’est bien évidemment à cela que fait allusion Éric Zemmour lorsqu’il parle de patronyme français. «Un prénom français, est un prénom qui a été porté au fur et à mesure des siècles», explique Stéphane Gendron.

Prenons le prénom Kevin. Du gaëlique Caoimhim «bien aimé», il est au départ majoritairement porté par les Anglo-saxons, avant de faire une entrée fracassante dans l’Hexagone. En 1991, 13.712 Kevin ont vu le jour. Et contrairement au grinçant imaginaire collectif, tous les Kevin ne sont pas issu de classes populaires.

«Ce prénom a été porté par tout type de famille, et cette adoption très large a conduit Kevin a être intégré dans toute la lignée des prénoms français, ce fameux stock de prénoms», précise Gendron.

Il faudrait ainsi que le prénom soit largement popularisé dans des familles de toutes origines culturelles pour que le prénom soit assimilé comme «français». «Si je décide d’appeler mon enfant Mehmet, alors que je suis pas de cette tradition culturelle, cela va interpeller, mais ça ne va pas aller plus loin. Il faut qu’il y ait un mouvement de masse», ajoute le spécialiste. En gros, ce sont les Français qui font que le prénom n’est plus rattaché à une origine. «On se trompe si on parle d’étymologie des prénoms, il faut parler d’appropriation», conclut Stéphane Gendron.

Dans Le Nom des gens, film de 2010 traitant des questions d’identité, Bahia (Sara Forestier) et Arthur (Jacques Gamblin) décident de donner à leur nouveau-né un prénom asiatique, ce qui n’est pas du tout leur culture, afin de montrer que l’origine des prénoms n’est finalement qu’une question politique. Il ne peut pas par définition être rattaché à une origine religieuse ou ethnique, ce qu’avait défendu Nadia Daam, collaboratrice de Slate. Viendra peut-être un temps où Fatima, Mehmet, Santiago, Fatoumata, Yoko, Li, Wladislaw, Pilar ou Vito seront intégrés dans les prénoms français, n’en déplaise à Monsieur Zemmour.

 

 

[Photo : EMMANUEL DUNAND / AFP – source : http://www.slate.fr]

Selon notre âge ou notre milieu social, les tics de langage nous réjouissent ou nous agacent. Mais nous y recourons tous, consciemment ou inconsciemment. Et ils révèlent qui nous sommes.
Écrit par Michel Feltin-Palas
« Du coup », « juste », « au jour d’aujourd’hui »… Que nous les utilisions sans même nous en apercevoir ou que nous mettions un soin jaloux à les éviter – preuve néanmoins qu’ils exercent sur nous une certaine tentation – les tics de langage existent dans toutes les sociétés. Et ce pour une raison simple : tout être humain qui s’exprime est influencé par ses semblables. « Que je le veuille ou non, je parle souvent comme vous et vous parlez comme moi », souligne la linguiste Julie Neveux, qui a eu l’excellente idée de se pencher sur cette catégorie spécifique de notre lexique dans un livre à la fois intelligent et ludique (1).
C’est ainsi : l’époque parle en nous et notre vocabulaire reflète l’air du temps. Oh, certes – j’ai déjà évoqué ce point dans cette lettre d’information – il existe plusieurs français, ce qui signifie que nous disposons d’une certaine marge de manoeuvre. Selon notre âge, notre catégorie sociale, l’image que nous souhaitons donner aux autres, nous pouvons opter pour une langue un peu précieuse, une version plus relâchée ou carrément un style « jeune de banlieue ». Il demeure que cette marge de manoeuvre est limitée. Jamais un enseignant parisien, par exemple, ne parlera comme un paysan beauceron du XVIIe siècle ni comme un avocat québécois. La règle principale est bien celle-ci : nous subissons des modes langagières. En voici quelques exemples.
· « Au jour d’aujourd’hui ». Voilà sans doute l’une des expressions qui agacent le plus. Pourquoi, en effet, ajouter « au jour » dans une formule où ils sont déjà présents ? Sans doute, explique Julie Neveux, parce que tout locuteur ressent le besoin de s’installer dans sa prise de parole en début de discours. Et d’inviter les donneurs de leçons à la modestie. De fait, « aujourd’hui » est déjà redondant, rappelle-t-elle. « Vers les Xe et XIe siècles, « hui » suffisait à dire « aujourd’hui ». Il correspond en effet à l’évolution du latin hodie, contraction de hoc die, soit : « ce jour »…
· « Dans la vraie vie ». Comment expliquer le succès de cette expression puisque, jusqu’à plus ample informé, nous ne disposons que d’une seule existence en ce bas monde ? Sans doute, indique Julie Neveux, parce que ce tic permet de « distinguer nos deux modes d’existence : l’existence filtrée de nos écrans, et l’expérience concrète ». Ce qui me rappelle cette blague qui circule chez les amateurs de Super Mario ou de Minecraft : « Les jeux vidéo ont gâché ma vie. Il m’en reste deux ».
· « Faire le buzz ». Je l’ignorais, mais to buzz, directement inspiré du « bzzzz » des insectes, est un verbe attesté en anglais depuis… le XVe siècle. C’est à partir du XVIIe siècle qu’il prend le sens figuré de « ce dont on parle frénétiquement ». Son apparition en français, qui remonte à une quinzaine d’années, « accompagne l’amplification du phénomène de viralité sur le Web », souligne Julie Neveux. Même si, curieusement, on recourt à une métaphore sonore pour évoquer une information qui se répand à travers les téléphones et les ordinateurs sans produire aucun bruit.
· « Selfie » : Inventé en 2002 par un Australien un soir de beuverie, « selfie » est sans doute l’un des termes qui symbolise le mieux l’un des traits des sociétés occidentales du XXIe siècle : la promotion de soi. Mais attention : pas n’importe quel « soi ». Comme dans Jackie ou Barbie, le suffixe -ie, accolé à « self », caractérise en effet les diminutifs mignons, note Julie Neveux. Ce que nous montrons avec un selfie, c’est donc notre « moi-mignon », l’image mise en scène que nous cherchons à renvoyer de nos petites personnes. Le reste et sert de prétexte à notre ego, parfois jusqu’à l’excès. En 2019, rappelle Julie Neveux, le mémorial d’Auschwitz-Birkenau a dû publier un communiqué pour enjoindre aux visiteurs de faire preuve d’un peu de décence et de ne plus se prendre en photo devant les barbelés…
· « Collaboratif ». Leboncoin, eBay, Airbnb : ces marques sont les symboles de ce que l’on nomme l’économie collaborative, où les échanges entre individus « libres » sont censés symboliser une ère où l’horizontalité l’emporte sur la verticalité. Vous doutez des bonnes intentions réelles de ces entreprises ? Vous n’avez pas forcément tort. Il demeure que les connotations associées à ce « travail en commun » (étymologie de « collaboration ») ont changé du tout au tout depuis le XXe siècle tant il est vrai que le sens d’un mot dépend toujours du contexte dans lequel il est employé. Comme l’écrit avec humour Julie Neveux : «  »collaborer », en 1943, c’était mal. Aujourd’hui, c’est uberbien. »
· « En mode ». Le succès de cette expression est particulièrement révélateur. À l’origine, la formule sert exclusivement à décrire l’état temporaire d’un téléphone (« en mode veille ») ou d’une machine à laver (« en mode essoreuse »). Appliquée à un homme ou une femme, elle laisse supposer que la totalité de son être est absorbée par une seule tâche. Dire « je suis en mode révision » ou « je suis en mode hibernation » revient donc à nous réduire nous-mêmes à des machines. C’est en cela que cette formule est l’un des signes de la révolution numérique que nous traversons. Une société où les êtres humains communiquent de plus en plus souvent avec des objets et de moins en moins entre eux. « Les métaphores, rappelle Julie Neveux, tirent toujours leurs images des domaines que nous connaissons le mieux et fréquentons le plus »…
Ne soyons pas cependant trop sévères avec nous-mêmes. Comme le souligne Julie Neveux en conclusion, notre langue ne nous juge pas. Elle nous tend simplement un miroir qui nous permet de nous connaître et de mieux comprendre une époque qui nous façonne, mais que nous contribuons aussi à façonner. Pour le meilleur et pour le pire.
(1) Je parle comme je suis, Julie Neveux, Grasset

 

 

[Source : http://www.lexpress.fr]

Escrito por L. C. Carballal

A palabra latina pra denominar o concepto da estrutura reprodutora das plantas que producen sementes é “flos/floris” e da segunda forma procede a denominación máis estendida entre as linguas romances co mesmo significado: flor (galego-portugués, asturleonés, castelán, aragonés, catalán, occitano), fleur (francés, picardo, valón), flè (haitiano), fiore (italiano, corso), fior (véneto), fiùr (lombardo), flôr (friulano), flu (ladino), flur (romanche), floare (romanés) etc.; e mesmo pasou a linguas non romances como: flower (inglés), flouer (escocés), floro (esperanto), fjura (maltés) ou lore (éuscaro).

Mais a forma culta e estándar presenta dúas variantes –tal como recolle o Atlas Lingüístico Galego (ALGa, vol. VI, 2015) e maila tradición escrita–: unha con rotacismo na forma “fror”, que amais é a forma preferida polo estándar leonés: “fror”, que tamén admite as variantes “flor e frol”, e no estándar sardo: “frore”; e outra con metátese na forma “frol”, que tamén é a forma estándar do mirandés: “frol” e variante, como xa dixen, admitida do leonés. Ámbalas formas aparecen representadas amplamente nos textos medievais xunto coa forma estandarizada, así consultando o TMILG (Tesouro Medieval Informatizado da Lingua Galega) obtemos que a forma singular “frol” (26 rexistros) é a máis usada seguida de “fror” (23 rexistros) e, por último, “flor” (15 rexistros), mentres que en plural a forma máis usada é “flores” (38 rexistros), seguida de “frores” (13 rexistros) e, rematando, “froles” (10 rexistros); mais se xuntamos as palabras en singular e plural a máis frecuente é “flor/flores” (53 rexistros), seguida de “fror/frores” e “frol/froles” (ambas con 36 rexistros). Con todo, hai que matizar que a forma “fror” é a máis usada no s. XIII (30 rexistros contra 19 de “flor” e 9 de “frol”) e a única usada no s. XV (2 rexistros), mentres que “flor” é a máis rexistrada no s. XIV (34 veces contra 27 de “frol” e 4 “fror”).

En definitiva, que as tres variantes forman parte da nosa lingua dende sempre, mais a palabra “flor” atinxiu o seu status de forma estándar por mor de ser a máis conservadora e, sobor todo, coincidir coas formas estándares do castelán e portugués. Secasí, as outras formas sempre tiveron certo uso literario no galego moderno e contemporáneo, tal como se comproba consultando o TILG (Tesouro Informatizado da Lingua Galega), onde a forma “flor/flores” é a máis empregada (1.247 veces en singular e 3.310 en plural) pro non a gran distancia de “frol/froles” (895 en s. e 1.247 en pl.), que rexistra un anómalo plural “frols” en 23 ocasións (usado mesmo por Rosalía en “Follas Novas”: negra e sin frolsabrochan nos campos as frols), nin de “fror/frores” (626 en s. e 1.276 en pl.). No entanto, tanto “frol”, documentada dende 1807, coma “fror”, rexistrada xa en 1612, deixan de se usar no galego literario durante a primeira década do noso século (2006 e 2007 son os derradeiros anos en que se rexistran respectivamente): o estándar impúxose.

A forma “flor” e variantes deron lugar a unha gran “familia léxica” (conforme o dicionario da RAG): flora, floración, floral, floraría/-ería, floreada/-o, floreal, florear, florecemento, florecente, florecer, floreiro, floreo, florete, florícola, floricultor/-ra, floricultura, florida/-o, floridamente, florídeas, florilexio, florín, florista e florón; mais o ALGa (vol VI, 2015) recolle as seguintes variantes prós verbos “florecer, florear”: afloraraflorecerenflorecerfrolearfrolecer e frorecer; o Dicionario Estraviz as seguintes variantes pra “flor”, “florear” e “florescer”: enflorar, florejar, florir, frol, fror e frorecer; e o Gran Dicionario Xerais da Lingua [GDXL] (flor/florear/florecer), sinalando as que considera incorrectas con asterisco: *enfrolecer, *enfrorecer, *florescer, florir, flurir, frol, frolear, frolecer, *frolescer, fror, *frorear, frorecer, frorescer, *frorir.

Con todo, no galego medio (do s. XVI ao s. XVIII) e contemporáneo testemúñanse as formas palatalizadas chor e chur e mais formas derivadas, que presentan a esperábel conversión fonética do galego patrimonial “lat. Fl- > gl. Ch-“ (ex.: afflare > achar, flamma > chama ou inflare > inchar). Os testemuños rexistrados son varios: “chor” (Vegetables de Galicia, 1790c e Ensayo para la historia general botánica de Galicia, 1794, Fr.J. Sobreira); “chorido” (Elementos etymologicos según el methodo de Euclides, ca. 1766, Fr. Martín Sarmiento; Apuntamientos para un discurso apologético sobre etimologías, 1758, Fr. Martín Sarmiento); “chorima”, “chores”, “churida” e “chorir” (Glosario de voces galegas de hoxe, Anexo 27 de Verba, 1985, C. García); “chore” (Contribución al diccionario gallego, 1967, Aníbal Otero) e “chora” e “chore” co significado de “flor do toxo” nalgunhas aldeas do oriente de Lugo (Aníbal Otero); “chore” (Diccionario galego-castelán, 1972, X.L. Franco Grande); “chur” e “churir” (Frampas, contribución al diccionario gallego, 1988, E. Rivas Quintas); “chor/chur” (Beba, San Cristovo, Espiñaredo e Lamea, C; San Cibrao, Meira, Vilarín do Castelo e Rao, LU; Calvos e San Roque, OU) e sinónimos do verbo “florecer, florear”: “chorar” (Ferrol), “chorear” (Lamea, C; San Cibrao e Palas de Rei, LU), “chorrear” (Toques, C), “churir” (Ramirás, Pedrenda e San Roque, OU; Meira, LU) e “churrir” (Meira, LU) (ALGa, vol. III, 1999, e VI, 2015); “churir” [florecer] (C. García González, 1985, e E. Rivas Quintas, 2001); “chor”, “chore” e “chur” [flor], “chorecer”, “choridar”, “churidar” e “churir” [florecer] (Gran Dicionario Xerais da Lingua, 2009); “chor” [flor], “chorecer” [agromar folhas e flores], e “choridar” e “churidar” [florescer] (Dicionario Estraviz); “chor” [flor] (Gran Dicionario Século 21 da Lingua Galega, 2005); e “chor” [literario Flor] (dicionario da RAG).

Esta mudanza fonética tamén se deu nalgunhas linguas italianas como: ciöf (ladino), sciuore (napolitano) ou ciuri (siciliano). Mais no caso galego, segundo o profesor R. Mariño Paz (Fonética e Fonoloxía Históricas da Lingua Falega, 2017), a palatización consonántica de “flore” en “chor” ou “chur” debeuse de dar a partir do modelo verbal “churir”, variante harmonizada de “chorir”, malia que “flor”, a variante conservadora que non cultismo, e os verbos “florecer” e “florear” sempre foron as formas predominantes na nosa lingua dende a época medieval, onde só se rexistra o topónimo “Chorente” (A vida e a fala dos devanceiros, 1967, X. Ferro Couselo), fronte á limitada difusión xeográfica e social das formas palatizadas.

Por veces as formas menos prestixiosas: “chor” e derivados, adoitan usarse pra denominar restritivamente as “flores silvestres e das árbores froiteiras” fronte ás cultivadas: “chora” [flor da oliveira e do castiñeiro] (Anibal Otero, 1967; X.L. Franco Grande, 1972; e GDXL, 2009) e [floración do liño] (Glosario de voces galegas de hoxe, 1985, C. García González), “chur” [flor das árbores froiteiras] (Dicionario Galaxia de Usos e Dificultades da Lingua Galega, 2004), “chures” [flor brava] (Ramirás, OU) (ALGa, vol. VI, 2015), “chorar” [botar flor o liño] (Glosario de voces galegas de hoxe, 1985, C. García González). É fenómeno que tamén coñece o inglés, onde as formas xermánicas: “bloom” e “blossom” (neerlandés “bloem”, frisón “blom”, danés “blomst” etc.), desprazadas polo galicismo “flower”, son a miúdo usadas pras flores bravas e, sobor todo, a última pra denominar as flores das árbores froiteiras, así: “cherry blossom” (flor da cerdeira), “orange blossom” (azar ou flor da laranxeira), “peach blossom” (flor do pexegueiro) etc.

O dicionario da RAG recolle como denominacións específicas pra “flor do toxo ou da xesta”: “chorima”, “chorida” e “churida” –forma menos recomendábel–, aínda que logo na entrada “bouza” empregue como frase de uso: “Na primavera, a flor da xesta pinta as bouzas de amarelo”, nunha clara incoherencia lexicográfica. O Gran Dicionario Xerais da Lingua rexistra “chorida” e “chorima”, coas variantes “churida”, “churima” e “churuma”, pra denominar a “flor do toxo ou da xesta”, pro por extensión pra “calquera tipo de flor”; e o Gran Dicionario Século 21 da Lingua Galega (2005): “chorima” e “chorida” [flor do toxo]. Tamén o dicionario Estraviz incorpora as voces: “chorida” e “chore” [flor/flor do tojo e da gesta] e “chorima” e “churima” [flor do tojo e da gesta]. O ALGa (vol. VI, 2015) recolle tamén os nomes: “churisma” (Cedeira, C) e “chiruma” (A Lama, PO), pra flor do toxo, e “churida” (Cervantes, LU) pra flor da xesta. E a entrada “chorima” ou “chorida” da Wikipedia recolle outras variantes dialectais [sic]: charumacherumiachirumiachourima, churumachusmigo e xorima (fala mindoniense). A etimoloxía de “chorima” remite ao latín “florissima”, mentres que “chorida” provén do participio feminino do verbo “chorir”, do latín tardío “florire < florere”, que deu en portugués e catalán o verbo “florir”. Malia a súa ausencia do dicionario da RAG, este verbo “florir” é recollido polo dicionario Estraviz e polo Gran Dicionario Xerais da Lingua, e rexistrado nas localidades ourensás Ramirás e Viana do Bolo, nas zamoranas de Lubián e Hermisende e nas leonesas de Candín e Corullón no ALGa (vol. VI, 2015), amais da súa variante “frorir” polo Diccionario galego-castelán e Vocabulario castelán-galego (1979) de L. Carré Alvarellos.

Aínda que a maioría das denominacións específicas de flores teñen outras orixes etimolóxicas: candea, candeón ou recandea [inflorescencia en forma de espiga do castiñeiro, bidueiro, millo etc.] e candear ou recandear [botar a candea ou recandea] (GDXL, dRAG), cenceno, pabón, pendón ou pubela [flor dos cereais, en especial do millo] e cencenar [floreceren os cereais] (GDXL, dRAG), galana [flor silvestre en xeral] (Glosario de voces galegas de hoxe, 1985, C. García González; GDXL, 2009) ou [Margarida. Flor] (Dicionario Estraviz), ou marroca [flor da cebola, de forma esférica] (GDXL, dRAG).

Os dicionarios portugueses non adoitan recoller estas verbas como en uso, fóra do Aulete digital que dá “chor” como arcaísmo ou o Wikcionário lusófono que a recolle como dialectalismo trasmontano co significado de “flor” e de “floración das árbores froiteiras”. Xa que logo, hai algunhas referencias dialectais e históricas que aboan a súa existencia na lingua irmá. O Dicionário da Língua Portuguesa (Porto ed., 1987) incorpora os seguintes lemas: “chora” – (prov.) flor da oliveira ou sobreiro; “chorão” – bot. planta herbácea, da fam. das Amarantáceas (de chor, do lat. flore+ão); e “chorina” – bot. planta ornamental da fam. das Umbelíferas (de chor, do lat flore+ina). Na Revista Lusitana (vol. III, 1895), proverbio trasmontano sobor a plantación da oliveira: “No tempo da chor, é cortar e pôr”; e así mesmo a afirmación por Carolina Michaëlis de Vasconcelos de que o poeta Sá de Miranda (1481-1558) emprega unha vez o provincialismo miñoto “chorecer” co significado de “florecer”. Como se comproba son moi escasos os rexistros de “chor” e derivados na lingua portuguesa, vocábulo que xa, en 1899, o dicionario de Cândido de Figueirido sinala como “termo antigo”.

Chama a atención que estas palabras patrimoniais non achen acomodo na literatura galega ou sexan escasamente usadas, malia que estean recollidas e autorizadas por tódolos dicionarios actuais da lingua galega: dicionario da RAG, Gran Dicionario Xerais da Lingua, Dicionário Estraviz ou Gran Dicionario Século 21. Mais se consultamos o TILG (Tesouro Informatizado da Lingua Galega) comprobamos que “chor”, “chorida (subs.)”, “chorear” ou “chorir” non aparecen en ningunha obra contemporánea das rexistradas por este corpus e que “chorima” apenas é empregada por algúns escritores dende a segunda metade do s. XX: E. Blanco-Amor (Cancioneiro, 1956), X. Mª Díaz Castro (Nimbos, 1961), Aquilino Iglesia Alvariño (De día a día, 1060), Manuel Rivas (En salvaxe compaña, 1993), X.Mª Pérez Parallé (Poemas, cantigas, 1995) e Rosa Aneiros (Corazóns amolecidos en salitre, 2002); e os participios “chorida” (Pascua chorida) só aparece na obra Morte de rei (1996) de D.X. Cabana, e “chorido” en Eduardo Pondal (Poemas manuscritos, 1917) e F. Bouza Brey (Seitura, 1955).

Curiosamente, tamén a forma palatalizada deu lugar por derivación a un dos nomes cos que denominamos os lepidópteros diurnos en galego: “choruma”, recollido polo dicionario da RAG xunto cos seus sinónimos: “bolboreta”, “papoia” e “paxarela”.

Mais como digo no título, na nosa lingua unha rosa (dRAG: por extensión, Calquera flor) non sempre é unha rosa, xa que este nome específico do xénero Rosa ampliou o seu significado orixinal pra denominar calquera tipo de flor na lingua popular de zonas da Cruña, Pontevedra e norte de Lugo, como tamén ocorreu coa difundida flor da caraveleira, o caravel (dRAG: por extensión, Calquera flor), que tamén se converteu en sinónimo de flor na fala popular da Cruña, Pontevedra e sur de Ourense, (ALGa, vol. VI, 2015) polo que podemos dicir sen caer en incorrección semántica que “a primavera enche os campos de rosas de moitos tamaños e cores” ou que “os patios cordobeses son soados polos seus abondosos testos con caraveis de moitas especies”. A primeira palabra mesmo deu lugar a un verbo sinónimo de “florecer”: rosear (dRAG: [Planta] botar flores). Esta ampliación semántica dunha denominación específica de flor non é unha excepcionalidade galega porque o friulano, lingua retorrománica oriental no NE de Italia, tamén usa a verba “rose” co significado xeral de “flor”. Estas sinonimias están perfeitamente recollidas polos tres principais dicionarios galegos: dicionario da RAG, Dicionário Estraviz e Gran Dicionario Xerais da Lingua.

Non existe ningún motivo pra non usarmos, ao menos, tódalas palabras sinaladas en vermello, autorizadas como formas estándares, na nosa lingua cotiá, tanto oral coma escrita; evitando un empobrecemento léxico que nos vai arredando do noso idioma enxebre.

 

[Fonte: praza.gal]

 

 

Detrás de estos errores hay mucho sentido del humor y, a veces, un fenómeno lingüístico que lo explica

patada

 

Escrito por Marta Legasa

Todos recordamos a la famosa que confesaba lo duro que era estar siempre en el ‘candelabro’ (por ‘candelero’), al alcalde inventor del ‘ostentóreo’ (mezcla de ‘ostentoso’ y ‘estentóreo’) o al torero que siempre utilizaba dos ‘palabras’, ‘im’ y ‘presionante’, para expresar lo mucho que le gustaba algo. Son ‘patadas’ al diccionario que producen el efecto mágico de crear carcajadas y ternura a su alrededor. No son las únicas. Varias personas han tenido la generosidad y el buen humor de confesar otras ‘patadas’ que merecen ser conocidas. Y ‘sonreídas’ (la primera ‘patada’ corre a cuenta de ‘Uppers’).

1. ‘La flor innata’ por ‘la flor y nata’

Mara ha estado 30 de sus 50 años diciendo “la flor innata” cada vez que se refería a algo más que bueno. Nunca se paró a pensar por qué las flores nacidas como flores servían para designar algo en su máximo esplendor. “Claro que me río al pensarlo. Pero no te creas, tampoco entiendo por qué se dice ‘la flor y nata’”, afirma. Nosotros lo contamos: ‘flor’ es, en la tercera acepción del diccionario de la RAE, “parte mejor y más escogida de algo”. ‘Nata’, también en su tercera acepción, quiere decir “cosa más principal y estimada en mejor línea”. O sea, la flor y nata, lo más de lo más.

2. ‘Ínsulas’ por ‘ínfulas’

Ana (55) se ha leído tantas veces ‘El Quijote’ que la ínsula (Barataria) se ha quedado a vivir con ella. Por ello confunde las ‘infulas’ con las ‘ínsulas’. “No sé por qué, pero siempre me lío. Es más, hasta hace poco, ni era consciente del error hasta que en una conversación con los compañeros de trabajo dije que alguien venía « con unas ínsulas »… El cachondeo fue tremendo, pero, da igual, siempre me equivoco”, explica esta periodista a la que la palabra ‘ínfulas’, sencillamente, se le resiste.

3. En ‘olor a multitudes’ por ‘loor de multitud’

¿A qué huelen las nubes? No lo sabemos, pero las multitudes, así, a mogollón, seguramente huelen regular. Por eso no se explica que cuando queremos expresar admiración general aludamos a los aromas multitudinarios. Eso es lo que le pasa a Raquel (65). No se enteró de que la expresión correcta era ‘loor de multitud’ (‘loor’, ‘elogio’, según RAE) hasta que su nieto se lo explicó mientras hacía los deberes. “Estaba haciendo un ejercicio de Lengua y me lo contó porque siempre me había oído decir ‘olor de multitudes’. ¡Ya no me equivoco!”, explica esta abuela sevillana. Hay que decir, que la Fundeu indica que esta expresión, precisamente por su uso, ha dejado de ser ‘técnicamente’ una patada.

4. ‘Intinerario’, ‘captus’, ‘endredones’…

¿Qué hacer si una palabra nos suena rara? Adaptarla a nuestro ‘diccionario’ particular. Todos nacemos con una facultad del lenguaje que vamos desarrollando por analogía. Aplicamos a nuestro diccionario mental las reglas semánticas y gramaticales que aprendemos del resto de hablantes. Cuando una palabra nos suena rara tendemos a asimilarla con otra más habitual. Esto es lo que le sucede habitualmente a Inés (57): « Estaba en una tutoría con la profesora de mi hijo y le dije que se pasaba las horas jugando bajo el ‘endredón’ de la cama. La cara de la profesora fue un poema. Cuando salimos, mi marido me lo explicó. Ya sé cómo se dice, pero… » Pues eso: Inés sigue con sus ‘endredones’ a cuestas.

5. ‘Literalmente’, ¿metáforas reales?

Leído en una revista del corazón: « La folklórica se comió a su hija a besos. Literalmente ». No, literalmente, nunca. Siempre metafóricamente; es decir, en sentido figurado. No nos imaginamos a nadie merendándose a la progenie. Y eso que a veces los niños se ponen muy pesados. Pero no vamos a desviarnos del tema: ‘literal’ o ‘literalmente’ se añade para dar veracidad e intensidad a la acción o el concepto de lo que estamos hablando. La última variante es el ‘real’ de jóvenes y millennials. Lo usan todo el tiempo en sus conversaciones. ¡Real!

6. ‘Desecho de virtudes’ por ‘dechado’

« Siempre me pasa: en vez de ‘dechado de virtudes’ digo ‘desecho de virtudes’. Sé que estoy hablando mal, pero lo del ‘dechado’ no me sale”. Esto nos lo cuenta Ángel (53) entre divertido y compungido. “Aquí (refiriéndose al trabajo) me importa menos meter la pata porque ya me conocen, pero a veces me da apuro pensar que lo digo mal entre los amigos de mis hijos, en las reuniones con jefes”. Hay que tranquilizar a Ángel. ¿Quién no recuerda a Rajoy llamando a su adversario ‘ruiz’ en vez de ‘ruin’ o a Pablo Iglesias destripando la lengua inglesa al intentar pronunciar Price Waterhouse and Coopers?

7. ‘Alquilino’ por ‘inquilino’

“Mi vecino siempre se refiere a su inquilino como ‘alquilino’. Me hace mucha gracia cuando lo oigo porque es un señor mayor que trabaja, lee mucho, viaja…”, cuenta Carlos (54). La confusión del vecino es natural: el que alquila un piso, lógicamente, es un ‘alquilino’. ¿De dónde viene eso de ‘inquilino’? ¿De ‘inquilinar’? De nuevo, la analogía hace de las suyas.

8. ‘Coreografía’ por ‘ecografía’

« Hace unos años, en la clínica donde llevaban el embarazo de mi primer hijo me llamaron para darme los resultados de la ‘coreografía’”, explica Itziar (48). “Aluciné porque cuando fui en persona, la recepcionista volvió a decir ‘coreografía’, en vez de ‘ecografía’. ¡Y eso que su especialidad era precisamente eso!”. ¿Qué pasaría por la cabeza de la recepcionista? ¿Demasiado ‘Flashdance’? ¿Sobredosis de musicales?

9. ‘Cluacla’ por ‘cloaca’

Si ya hay una palabra difícil, ¿por qué no complicarla más? Eso es lo que presenció Eli (49) cuando una señora de mediana edad pasó cerca de una alcantarilla maloliente. “Cruzaba la calle y le dijo a su acompañante: “¡Qué mal huele esta ‘cluacla’!”. No aventuramos larga vida a la palabra, digna de un catálogo de Ikea.

10. ‘Catering’ por ‘casting’

Cuando las palabras son neologismos recientes el riesgo de errores y confusiones es aún mayor. “Hace unos años trabajaba en la radio e hicimos unas pruebas para contratar a un nuevo locutor. De pronto, me oí a mí mismo agradeciendo a los aspirantes haber venido al ‘catering’, en vez de al ‘casting’”, confiesa Iván (60). “Uno de ellos, hoy muy conocido, me dijo que pensaba que igual les dábamos un bocata por presentarse a la prueba”, explica divertido. En resumen, mejor no emplear un anglicismo como ‘casting’ cuando tenemos la palabra española ‘prueba’.

Analogía e hipercorrección, detrás de casi todas las ‘patadas’

La analogía es el mecanismo que permite desarrollar nuestra facultad del lenguaje. Los hablantes sacamos patrones lingüísticos de la lengua oral y los aplicamos. Así aprendemos a hablar todos. Y también a cometer los primeros errores. Es lo que ocurre cuando, por ejemplo, un niño pequeño dice “sabo” en vez de “sé”. Utiliza la regla de crear verbos en primera persona del singular del presente, como hacemos con ‘cantar’ y ‘canto’. Y sería perfecto, pero ‘saber’ es irregular y aprender eso aún le va a costar unos años. La buena noticia es que el mecanismo de la analogía lo controla perfectamente.

La hipercorrección es el segundo mecanismo que puede dar origen a errores. Es lo que popularmente se llama ‘duende del lenguaje’. En la evolución del latín al castellano, muchísimas de las palabras que hoy conocemos han pasado a la lengua culta no según su evolución natural, sino con los términos inventados por los hablantes. Son ellos, somos nosotros, los que finalmente damos forma a los idiomas y la razón por la que la evolución de las lenguas es constante.

Por ejemplo, el latín ‘Concepta’ dio en español ‘Conchita’, pero algún hablante pensó que era un diminutivo y creó la forma neutra ‘Concha’, que es la que ha pasado como nombre etimológico cuando en realidad es una invención de los usuarios. Otros ejemplos de palabras ‘inventadas’ por hipercorrección que viven en nuestro idioma son ‘romero’, del latín ‘romerino’, otro falso diminutivo, o ‘pavo’, del término latino ‘pavon’, un aumentativo erróneo.

 

[Fuente: http://www.uppers.es]

 

 

La situació de l’irlandès a peu de carrer es podria llegir com un preludi de l’esdevenidor del català, en cas que es mantinguin els indicadors sociolingüístics actuals

Cartell monolingüe a An Spidéal

 

Escrit per Marc Gandarillas

Filòleg i lingüista. Universitat de Florida (EUA). Membre del Grup de Lingüistes per la Diversitat (GLiDi)

Avui voldria rescatar dues perles de la sociolingüística documental a peu de carrer que, malgrat el pas del temps, semblen adquirir cada vegada més actualitat: d’una banda, la sèrie documental irlandesa No Béarla, títol que, si fa no fa, podríem traduir com a ‘sense anglès’; de l’altra, la catalana Són bojos, aquests catalans!?, a càrrec dels lingüistes Alina Moser, companya del Grup de Lingüistes per la Diversitat (GLiDi), i David Valls.

En capítols de molt bon pair en termes de durada (un xic més indigestos, però, quant a la realitat sociolingüística que s’hi mostra) i accessibilitat (van subtitulats a l’anglès), a No Béarla l’escriptor i presentador irlandès Manchán Magan va apamant la geografia irlandesa (incloent-hi Irlanda del Nord) mentre incorre en la “temeritat” lingüística que ja palesa el títol: comunicar-se exclusivament en irlandès, sense fer ús de l’anglès en cap moment. Amb aquesta intenció, en Manchán va demanant a cada nou interlocutor potencial si aquest, literalment, encara “té” irlandès (en irlandès, an bhfuil Gaedhilg(e) agat?). Tot i que més endavant en parlarem, ja us puc avançar (a tall d’espòiler) que sembla que, a hores d’ara, en queden pocs que en tinguin, d’irlandès.

I què en podem dir, de la situació del català? No és pas comparable a la de l’irlandès, oi? El català, com tot sovint s’acostuma a dir, té una “mala salut de ferro”. Sembla que, malgrat tot, no hagi de desaparèixer mai: s’ensenya a l’escola i a la universitat (o potser no tant com ens pensem), és la llengua de l’administració i gaudeix de prestigi en alguns àmbits. L’irlandès és cooficial amb l’anglès arreu del domini lingüístic (incloent-hi Irlanda del Nord), si bé això no sembla garantir, de cap manera, l’ús que els irlandesos en fan diàriament. A casa nostra, tot i que el català acostuma a rebre un cert suport a escala institucional i popular, cal tenir en compte que la supervivència d’una llengua (ja sigui l’irlandès, el català o qualsevol altra) a llarg termini tan sols l’assegura l’ús que se’n faci al carrer i, arran d’això, la utilitat i el prestigi que els parlants en perceben.

Són bojos, aquests catalans!? (així com, també, la seqüela Què ens passa, valencians!?) indaga en algunes d’aquestes actituds sociolingüístiques generalitzades entre els catalanoparlants que, en cas que no canviïn substancialment, abans que no ens pensem es podrien traduir en una radiografia semblant a la que No Béarla mostra per a l’irlandès. En concret, l’Alina i en David informen els espectadors que, al Principat, “el 77% dels catalanoparlants canvien al castellà quan parlen amb castellanoparlants”, malgrat que “la majoria dels residents a Catalunya [94%] entenen el català”. Tot prenent com a base aquesta contradicció aparent, el documental etziba una pregunta que, si més no, convida a la reflexió: “Per què [tenint en compte que gairebé tothom entén el català] canviem de llengua tan sovint?”. Aquestes dades fan pensar que, en un futur no gaire llunyà, el contingut d’una nova edició de Són bojos, aquests catalans!? es podria assemblar perillosament al de No Béarla, com ja vam poder comprovar per a la Catalunya del Nord en un documental recent, a càrrec de l’Eugeni Casanova i en David Valls.

Pub amb el lema de Guinness en irlandès a An Spidéal

 

Hi ha qui diu que no es pot predir, del cert, el futur d’una llengua. En sentit estricte (noteu l’ús de la cursiva en la locució del cert), de raó, no els en falta: contínuament succeeixen esdeveniments que ningú no havia previst i ens enxampen per sorpresa (només cal pensar en la pandèmia actual). No obstant això, també cal tenir en compte que, en qualsevol àmbit, podem trobar evidències o tendències clares que ens donen una idea de com podrien anar les coses en el futur en cas que aquestes tendències es mantinguin (el canvi climàtic, posem per cas). La mort de les llengües és un fenomen sistemàtic (no pas fruit de l’atzar) que s’ha estudiat a bastament des de la teoria lingüística (molts ja deveu conèixer obres com ara Vida i mort de les llengües, de Carme Junyent; o potser heu tingut ocasió de llegir alguna de les anàlisis i reflexions del Grup d’Estudi de Llengües Amenaçades (GELA) que publica periòdicament el diari Vilaweb).

Molts sociolingüistes destaquen l’existència d’indicadors d’aquell terme calvetià tan gràfic conegut com a glotofàgia (o, per mantenir el poder suggeridor de l’etimologia, el procés pel qual una llengua grossa se n’acaba cruspint una de petita). Quan ja feia un parell d’anys que em dedicava a l’ensenyament, recordo una observació que, mig en broma, em va fer una companya veterana: “T’has adonat que cada curs escolar és el mateix? A totes les classes hi ha ‘el llest de la classe’, ‘el graciós’, ‘el presumit’, ‘el xerraire’, ‘el pilota’, etc.”. Les llengües, com les personalitats, no són tan úniques com ens agradaria pensar, i, per això, el català, com l’irlandès, no té la supervivència garantida (dit altrament, és possible emmirallar-se en llengües minoritàries o minoritzades com l’irlandès per copsar què se’n farà, del català, en cas que els indicadors sociolingüístics d’ambdues llengües acabin confluint en el futur). Com les persones, les llengües també emmalalteixen i, més sovint que no ens pensem, moren (o, més acuradament, les matem els parlants mateixos).

Mapa dels ‘Gaeltachtaí‘, o reductes actuals de l’irlandès. | Angr/Wikimedia Commons/CC-BY-SA 3.0

En mirar els capítols de No Béarla i contrastar-los amb les actituds que es mostren a Són bojos, aquests catalans!?, em va venir al cap una distopia gens encoratjadora de com podria ser el futur del català d’aquí a uns anys: un parlant de català enmig d’una plaça atapeïda de gent, tot cridant “Que algú (encara) té català?”, sense rebre cap resposta verbal… i, alhora, rebent-ne massa de no verbals. A No Béarla, aquesta és precisament la realitat d’en Manchán: mentre que alguns interlocutors i vianants se’l miren amb l’encuriosiment de qui contempla una bestiola exòtica, altres rostres mostren el menyspreu de qui es pensava que aquella espècie empipadora ja era morta i enterrada i, per tant, no entén com és que aquell home cridaner no deixa descansar en pau els presumptes morts. Entre les innombrables humiliacions que viu en Manchán al llarg de la sèrie, se’m va gravar a la retina el moment en què el presentador es palplanta al bell mig d’una plaça dublinesa concorreguda i crida, repetidament, en irlandès: “Que algú té irlandès? Que algú té irlandès?”. No res: cares de desconcert absolut, neguit o ignorància. És aleshores que en Manchán es juga l’última carta (“això sí que no fallarà”, hom pot intuir-lo rumiant en els moments previs): “Si hi ha algú aquí que tingui irlandès, aquest bitllet que tinc a la mà és seu”. Sant tornem-hi: una vegada més, expressions dolorosament evidents de “què s’empatolla, aquest boig?”. Bé, no cal ser malpensat: “Potser tota aquesta gent vivia en zones on fa dècades que no es parla irlandès”. Cert. Precisament per això, aquesta no va ser, ni de bon tros, l’experiència lingüística més humiliant que va viure el presentador al llarg del seu periple.

Cartells bilingües a An Spidéal

Cartells bilingües a An Spidéal

Arreu de la geografia irlandesa, trobem uns reductes (o “reserves”) lingüístics d’irlandès coneguts com a Gaeltachtaí (plural de Gaeltacht). Es tracta de zones més aviat rurals, situades especialment al llarg de la costa occidental d’Irlanda, i d’un abast geogràfic minso quan es compara aquest amb l’extensió total de l’illa. Mentre que en els primers capítols en Manchán recorria carrers de localitats que ja no “tenen” irlandès fa molt de temps, els darrers capítols sí que es dediquen al territori dels Gaeltachtaí. I què s’hi troba, en Manchán, en aquestes contrades on l’imaginari col·lectiu hiberni pressuposa una presència abassegadora de la llengua pròpia? No en donaré gaires detalls (per no fer-me llarg), però amb una escena trobo que en tindreu ben bé prou. El presentador entra en una botiga i, és clar, s’adreça a la dependenta en irlandès. Després d’uns segons de calma tensa, la dependenta respon en un irlandès que, des del meu desconeixement, sembla fluid i impecable; ben bé el d’un parlant nadiu. Després d’un intercanvi d’allò més natural, en Manchán se’n torna cap al carrer, però el càmera s’endarrereix expressament. Quan es pensa que el client ja ha marxat, la dependenta es mira la companya de reüll i esclata a riure, com si li acabessin de fer la innocentada més grossa de tots els temps. Potser aquí em falla el sentit de l’humor, però, em demano, què hi ha de tan divertit en el fet que un client entri en una botiga a comprar un mapa? Segons les tendències que el 2013 mostrava Són bojos, aquests catalans!?, serà còmic parlar català en el futur? O potser ja ho és?

 

[Fotos: Víctor Bargiela – font: http://www.nuvol.com]

La falta de documentación puede incitar a creer que Yolanda Díaz se había adentrado en la irreflexión lingüística

Escrito por Álex Grijelmo

Algunas personalidades políticas han forzado tanto las costuras de la lengua (los miembros y las miembras, el sujeto y la sujeta, portavoces y portavozas, monomarental, solos, solas y soles…) que cuando llega alguien y acude a una opción bien documentada en la literatura resulta que también se denuncia como despropósito.

Por supuesto, en las redes sociales desaparecieron el “me gustaría” y el “quizás”, porque las redes suelen suprimir esas fórmulas de higiénica distancia respecto de lo que uno mismo afirma; y también se perdió el matiz de “trabajar sobre el concepto”… Para el PP y algunos opinantes de guardia, todo quedó en que “Díaz quiere cambiar ‘patria’ por ‘matria”.

Pero la ministra ni propuso eso ni pareció que proscribiera el término “patria”. Sólo sugirió –sugirió– prescindir de su “carga pesada”. Una carga que la historia le ha echado encima, y que ha costado mucha sangre. La carga que le añadió el franquismo al apropiarse de ellas. De la patria y de su palabra.

Digamos de entrada que la etimología de “patria” nos lleva a “la tierra de los padres” (para los romanos, “terra patria”). Es decir, de la madre y del padre. Con esa misma intención inclusiva de “patria” decimos “mis padres son de Jaén” o afirmamos que una mujer tiene “la patria potestad” de sus hijos.

Por tanto, no procede establecer el desdoblamiento simétrico “patria / matria” como tampoco diríamos “estoy enmadronado en Murcia”, “esto lo matrocina una empresa española”, “la virgen del Carmen es matrona de los marineros”, “se celebraron las fiestas matronales”…; ni tampoco “es el alma pater” o “vinieron ciento y el padre”. Cada una de esas expresiones tiene su historia, sin que medie ya razón discriminatoria alguna, pese a lo que alguien sin mucha documentación pueda pensar.

Del mismo modo, la falta de documentación habrá incitado a creer que Díaz se adentró en la irreflexión lingüística al invocar el uso de “matria” –que, en efecto, no figura en el Diccionario– en vez de “patria”.

Sin embargo, su discurso completo parecía estar más trabajado de lo que algunos creyeron, y recordaba mucho a lo que escribió en 1961 Ernesto Sábato, premio Cervantes 1984: “La patria era la infancia y por eso quizá era mejor llamarla matria, algo que ampara y calienta en los momentos de soledad y de frío”.

Juan de Pineda escribió mucho antes, en el siglo XVI: “Platón y Hierocles dicen ser la palabra patria como de padre y madre, y que es matria mejor para significar nuestra tierra natural –que nos es como madre– que patria, que es nombre que viene del padre, y Plutarco dice ser lenguaje de los cretenses usar de la palabra matria, no de la patria”.

Se pueden hallar muchas más citas en los bancos de datos de la Real Academia. La propia ministra aportó luego en un tuit que “matria” fue usada por Unamuno, Borges o María Zambrano.

No creo que Díaz incurriera en “una barbaridad” como le reprocharon en una radio conservadora. Tal vez fue víctima, eso sí, de que algunas de sus correligionarias hayan venido abonando el camino para que toda duplicación sea tomada ya por una ocurrencia.

[Foto: Marta Fernández Jara / Europa Press – fuente: http://www.elpais.com]

Renunciar a comprender el mundo, renunciar a ser amables con el otro, significa sustituir la banalidad del bien y sus curativos efectos inconmensurables por la banalidad del mal y su eficacísima contabilidad mortal.

La muerte de Sócrates. Jacques-Louis David, 1787

Escrito por Santigo Alba Rico

Hay tres formas de entender la inocencia. La primera tiene que ver con la práctica del sacrificio tal y como la concebían los pueblos antiguos. En la tradición tanto griega como judía, la víctima del sacrificio, humana o animal, debía ser escogida por su especial pureza. A los dioses no se les podía ofrecer una criatura con tacha, imperfecta o incompleta. El Levítico, por ejemplo, da toda una serie de instrucciones sobre las condiciones que debe cumplir el animal destinado al ara sacrificial: el peso, la belleza, la integridad anatómica. O pensemos en el mito griego de Ifigenia, la hija del rey Agamenón, a la que este tiene que sacrificar, de vuelta de Troya, para evitar el castigo de los dioses. Ifigenia es escogida porque al máximo rango social y emocional une la máxima inocencia, asociada a su edad y condición. Lo mismo ocurre con Isaac (Ismail, para los musulmanes), al que su padre Abraham, a petición de Dios, se dispone a sacrificar: es lo más querido y, al mismo tiempo, lo más puro que posee. Esta identidad primitiva entre sacrificio y pureza ha sobrevivido en la ilusión pertinaz de los perdedores y humillados, que deducen su superioridad moral -su condición de pueblos o individuos « elegidos »- del sufrimiento injusto que se les ha infligido. Si me persiguen y me matan, es que soy bueno. Este sentimiento, de origen sacrificial, ha operado de mecanismo de defensa colectivo en el caso de algunas minorías perseguidas: así ocurrió con el chiismo hasta la revolución de Jomeini o con los judíos europeos hasta la creación de Israel; y sigue muy vivo en las tradiciones revolucionarias, que han buscado consuelo para sus sucesivas derrotas en la idea misma de la derrota como prueba irrefutable de la verdad superior alojada en sus reivindicaciones.

Un residuo de este atavismo sacrificial pervive en la famosa frase de Sócrates, el filósofo griego ejecutado en Atenas en el año 399 a. de C.: « Es mejor sufrir una injusticia que cometerla ». Pero, más allá del prestigio del dolor y la derrota, o del imperativo de una moral absoluta, lo que Sócrates está proponiendo es el fin de la « ley de la selva ». En el diálogo platónico Gorgias, dos oligarcas de su época, Polo y Calicles, se habían burlado de él en nombre de la naturaleza, que distingue -sostenían- entre leones y gacelas y da siempre ventaja legítima al más fuerte. Sócrates no está defendiendo exactamente a los más débiles; defiende una ley que no responda a la pregunta « qué es más conveniente para mí o a para mi tribu o para mi clase » sino a esta otra cuestión mucho más decisiva  porque en ella, con todas sus ambigüedades, va a fundarse el derecho moderno: « Qué es lo más justo para todos ». En términos jurídicos, « inocente » no es el más bueno, el más puro, el más guapo, ni tampoco el más griego o el más rico; inocente es aquél que, con independencia de cómo se comporte con sus amigos o con su cónyuge, no es culpable en el caso particular que se juzga. No soy ni cortés ni generoso, es cierto, pero no he robado a Salah ni matado a Sofía.

Pero inocente se dice asimismo -incluso etimológicamente en el caso del latín- del que no hace daño. En un mundo tan complejo como el nuestro es muy difícil estar seguro de que pasamos por la vida sin hacer ningún daño. Si amamos sinceramente, es probable que inflijamos y recibamos también dolor; si vivimos normalmente en una sociedad capitalista, y nos vestimos, hablamos por teléfono y comemos en una sociedad capitalista, nuestros gestos más sencillos, inscritos en una red de intercambios y consumo global, tienen efectos inconmensurables sobre el conjunto de la vida. Ahora bien, lo más terrible que se puede decir de este mundo es que a veces, desde la aceptación cínica del propio poder o de la propia impotencia, los humanos llegan a un punto en el que desprecian la inocencia y llaman « ingenuo » al que intenta hacer el menor daño posible e incluso al que pretende introducir algún bien menor en su entorno más cercano.

Lo más terrible que se puede decir de este mundo es que, a veces, los humanos llegan a un punto en el que desprecian la inocencia y llaman ingenuo al que intenta hacer el menor daño posible

Conviene decir dos palabras, pues, sobre la ingenuidad. Una historia que siempre me ha gustado mucho es esa que la tradición medieval cristiana atribuye a san Agustín, el santo nacido en el año 359 en la actual ciudad argelina de Souk Ahras. Según esta leyenda, paseaba un día el teólogo por la playa, absorto en el problema insoluble de la Trinidad, cuando vio a un niño que recogía agua del mar con una concha para depositarla a continuación en un agujero excavado en la arena. Iba una y otra vez de la orilla a la playa, con un tesón infatigable, hasta que Agustín, intrigado, le preguntó por el propósito de su vano azacaneo. « Quiero vaciar el mar », respondió el niño. Conocemos el resto. El santo le dijo al niño que eso era imposible y el niño, que en realidad era un ángel, le replicó a su vez: « Tan imposible como resolver el enigma en el que estás pensando ».

Olvidemos que se trataba de un ángel. Es verosímil imaginar a un niño normal emprendiendo y reanudando sin fatiga, con obstinación imperturbable, esa tarea infinita. La ingenuidad de un niño no consiste en creer que va a ser capaz de vaciar el mar con un cubo o una concha; consiste en tomarse en serio una tarea que sabe imposible. El término « ingenuo » tiene en latín una etimología muy bonita; remite, por oposición al esclavo, al humano que es libre de nacimiento; y evoca por tanto la idea de « origen » y de « comienzo » y, si se quiere, la noción un poco paradójica de un « empezar otra vez » o « empezar de nuevo ». Es decir, la ingenuidad tiene que ver con la repetición de un gesto que, cada vez que se hace, se hace desde el principio, como si no se hubiera hecho nunca antes: un gesto, si se quiere, « libre » de la memoria de la humanidad que llamamos Historia. El sol, que sale todas las mañanas, es ingenuo. El niño que coge una y otra vez un cubo de agua del mar es ingenuo. La mujer que lava y tiende la ropa en medio de las ruinas de una guerra es ingenua. La ingenuidad no consiste en creer que es posible resolver los problemas del mundo; consiste en creer sencillamente que el mundo es posible. La ingenuidad, por así decirlo, crea el mundo cada mañana: en medio de la complejidad más inextricable, atrapados en una selva hostil cuya radical maldad no podemos cambiar, la ingenuidad cree todavía posible llenar un cántaro de agua, coser un botón, encender de nuevo el fuego, enseñar a un niño matemáticas, curar una herida. Por eso se puede ser al mismo tiempo pesimista e ingenuo. El optimista -casi siempre hombre- puede destruir alegremente el mundo; el ingenuo -casi siempre mujer- sigue sosteniéndolo entre sus manos, a veces cansado y de mal humor, sin hacerse muchas ilusiones sobre los hombres que lo están destruyendo.

Es lo que yo llamaría « la banalidad del bien ». De la del mal, lo recordamos, se ocupó la filósofa alemana Hannah Arendt en relación con Adolf Eichmann, el funcionario nazi encargado de transportar a los judíos a los campos de concentración: un hombre leal, competente, honrado, obediente, que se convirtió en cómplice de un exterminio en el ejercicio de estas triviales virtudes burocráticas. La banalidad del bien, mucho más frecuente, es sin embargo mucho menos visible y merece muchos menos laureles. El paleontólogo darwinista estadounidense Stephen Jay Gould, muerto en 2002, aseguraba que las especies se definen en los momentos de estabilidad, no en los de cambio y mutación, y que, si hay que seguir considerando a la humanidad una especie, es necesario recordar que, en las largas duraciones, no se define por la violencia, la crueldad o el egoísmo, como nos hacen creer las grandes conquistas y las grandes matanzas, sino por esa apretada red de pequeños gestos cotidianos -del intercambio desinteresado de servicios entre vecinos a los cuidados recíprocos dentro de una comunidad- que garantizan la consistencia y supervivencia del mundo común en medio de las más grandes calamidades.

El problema es que, si podemos contar los muertos de un bombardeo y las heridas de un cuchillo, no podemos medir los beneficios de la « banalidad del bien ». Las caricias, lo he dicho muchas veces, no dejan huellas, de manera que podemos dejar de acariciarnos sin que sintamos ningún dolor inmediato. Por eso mismo, en un mundo del que hubiese desaparecido la inconmensurable banalidad del bien -quiero decir- seríamos muy infelices, sí, pero sin llegar a averiguar qué es lo que echamos en falta. O dicho de otra forma: si de nuestras vidas se retirasen la belleza, la solidaridad, el cuidado, la cortesía, nos volveríamos malos sin sentir nada, aceptando más bien la maldad como un instrumento normalizado de supervivencia.

En este contexto civilizacional, los dos enemigos de la inocencia y la ingenuidad son, como ha ocurrido en otras crisis anteriores, la hipocresía y el cinismo

La banalidad del bien que he llamado ingenuidad, como variante de la inocencia, está hoy muy amenazada. Lo está no solamente en escenarios de guerra y dictadura, como es el caso de Siria, sino un poco por todas partes, como resultado de la erosión capitalista de los vínculos antropológicos, sustituidos por el egocentrismo digital, y de la aceptación subjetiva de un futuro sin horizonte. Digamos que estamos viviendo un retorno hipertecnológico a esa sociedad primitiva, presocrática, en la que los sacrificios humanos y la ley de la selva dominaban sobre la justicia y el derecho. En este contexto civilizacional, los dos enemigos de la inocencia y la ingenuidad son, como ha ocurrido en otras crisis anteriores, la hipocresía y el cinismo. La hipocresía es el primer síntoma de un desmoronamiento, pero no implica inevitablemente el paso al cinismo y, aun más, puede servir a veces de muro de contención. El hipócrita habla un « doble lenguaje », de manera que -dice el adagio clásico- homenajea públicamente a la virtud mientras practica oscuramente el vicio. Ahora bien, mientras la hipocresía no renuncie a su doblez la esfera pública sigue regida por la « virtud », y eso incluye también las leyes, los medios de comunicación y los partidos políticos. Es verdad: cuando uno corrompe las instituciones en nombre de la democracia, ocupa países en nombre de la paz o el humanitarismo y bombardea ciudades invocando los derechos humanos, se están cometiendo dos acciones graves. Una muy grave: matar seres humanos. Otra gravísima: matar palabras, principios y valores.

Podemos decir, en todo caso, que la hipocresía es lo propio de las sociedades estables y que solo se vuelve potencialmente peligrosa en los socavones de las grandes crisis de civilización, allí donde, de pronto, tanto los poderosos como los débiles asumen que nada puede ser cambiado: cuando unos y otros aceptan como natural, respectivamente, su poder y su impotencia. Hace unos días, en un seminario sobre Palestina, comentaba este deslizamiento inquietante. Hasta hace no mucho tiempo podía indignarnos la hipocresía de los EE.UU. o de la UE, que enunciaban grandes palabras y financiaban pequeños proyectos, mientras de hecho apoyaban, por activa o por pasiva, a Israel en Gaza y a Bachar el-Asad en Siria. La hipocresía tenía que ver, en todo caso, con la hegemonía formal del discurso de los derechos humanos, al que ni los más siniestros asesinos se atrevían a renunciar. Hoy eso se ha acabado. Hemos pasado de la hipocresía al cinismo; hemos acabado, si se quiere, con el « doble lenguaje » y no para ajustar nuestras prácticas a nuestros valores sino, al revés, para acomodar nuestros valores a nuestras prácticas. El cinismo, como demostraba ya el marqués de Sade en sus obras libertinas del siglo XVIII, es lo propio de las clases altas, emancipadas de todo freno democrático, las cuales defienden como « natural » su poder, su violencia y su impunidad. Lo defienden, es decir, como fatal e inevitable. Lo malo es cuando el cinismo se difunde desde las clases altas a las clases medias y populares. Eso es lo que estamos viendo en Europa con el crecimiento de la ultraderecha, cuya hegemonía discursiva se impone en algunos casos también en la izquierda: respecto de inmigrantes, refugiados, musulmanes, « nos nos podemos permitir » los derechos humanos. No seamos hipócritas, nos dicen: para defender nuestras casas, nuestras familias, nuestro modo de vida, no nos podemos permitir ya ser « buenos ».

No nos podemos permitir ni siquiera la amabilidad. En 1956, poco antes de morir, Bertolt Brecht escribió un bellísimo poema titulado Vergnügungen, que algunos traducen como « placeres » y otros como « satisfacciones », título que personalmente prefiero. En él el poeta alemán ofrece una lista casi oriental de pequeños placeres vinculantes (mirar por la ventana, nadar, rostros entusiasmados, el viejo libro vuelto a encontrar, la nieve, zapatos cómodos, la dialéctica) completamente incomprensibles para un occidental líquido disuelto en la velocidad de internet. De todas estas « satisfacciones » diminutas y concretas hay dos ya casi extinguidas, como los dinosaurios y los rinocerontes blancos, incompatibles con el orden del mercado capitalista y que desde Twitter suenan un poco extravagantes: « comprender » (begreifen) y « ser amable » (freundlich sein).

« Comprender » es cada vez más difícil porque objetivamente el mundo es crecientemente complejo. Pero hemos olvidado que, si pensar da tanta pereza como lanzarse en verano a la poza de agua helada que -lo sabemos- aliviará nuestro sofoco, el placer de arrojar luz sobre las sombras no se puede comparar a ningún otro, ni físico ni tecnológico. Resolver un problema matemático, apropiarse del pensamiento de un filósofo después de horas o días de lectura o desenredar el meollo político que nos tenía desazonados genera una alegría tan pura y profunda como el amor y mucho más intensa que el sexo, la comida o el juego. En cuanto a « ser amables » también es cada vez más difícil en un planeta en el que el propio cinismo desprestigia la amabilidad como signo de irrealismo o de debilidad. En todo caso, ¿qué tienen en común estos « placeres »? Que tanto comprender como ser amables son prácticas que requieren atención; y la atención es lo primero que se pierde en situaciones de guerra, pero también en el marco de una sociedad global que, ni en el terreno laboral ni en el informativo ni en el recreativo, permite detenerse a mirar. Creo que no somos capaces de medir las consecuencias civilizacionales de esta catástrofe. Estos placeres de la atención -uno por la vía del pensamiento, el otro por la del afecto- son inseparables del reconocimiento de la existencia del mundo. O, lo que es lo mismo, de su fragilidad radical. Lo que comprendo cada vez que comprendo algo es que el mundo, a punto de desvanecerse, hay que sostenerlo con el pensamiento y con las manos. Lo mismo ocurre con la amabilidad: cada vez que digo « gracias », que cedo el paso, que me muestro cariñoso o complaciente, que me detengo y dedico un minuto, arrancado al tiempo velocísimo de la digestión, a interesarme por mi vecino, estoy conociendo la fragilidad de los otros y declarando en voz alta la mía propia. En el revolcón de la crisis, lo mismo en Madrid que en Sidney, lo mismo en Damasco que en Nueva York, lo mismo en los círculos empresariales que en los militantes, una declaración de fragilidad es ya una invitación al desprecio y la agresión. En las grandes ciudades europeas, lo he dicho otras veces, « amables » ya solo lo son los que tienen algo que ocultar o algo que temer: los inmigrantes y refugiados, cuya misma cortesía los pone a merced de todos los golpes y todos los abusos.

« Comprender » y « ser amables », prácticas gemelas y hasta siamesas, son verbos dotados hoy de un valor casi « revolucionario ». Nada se parece tanto a una declaración de derrota como la renuncia al pensamiento y a la amabilidad. Renunciar a comprender el mundo, renunciar a ser amables con el otro, significa sustituir la banalidad del bien y sus curativos efectos inconmensurables por la banalidad del mal y su eficacísima contabilidad mortal. Llegados a ese punto, cuando hemos descartado o rechazado la tercera forma de inocencia (la que implica el compromiso de « no hacer daño »), la salvación queda en manos de esos pocos ingenuos heroicos que, como el ángel-niño de san Agustín, siguen repitiendo, en medio de las ruinas, el mismo gesto reparador.

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Este artículo fue originalmente publicado el pasado 17 de junio en el periódico digital en lengua árabe aljumhuriya.net, fundado en el año 2012 por intelectuales y académicos sirios. Agradezco a su jefe de redacción, Yassin Swehat, su elegante, precisa y brillante traducción.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son « Ser o no ser (un cuerpo) » y « España ».

 

[Fuente: http://www.ctxt.es]

Panier, viande, poulain, pommade… Bien des termes que nous utilisons aujourd’hui avaient jadis une tout autre signification. Pourquoi ne l’ont-ils pas gardée ?
Écrit par Michel Feltin-Palas
Avouez-le. Vous pestez régulièrement contre votre neveu lorsqu’il emploie un mot dans un sens « fautif ». « Conséquent », par exemple, au lieu d' »important ». Ou « trop » à la place de « très ». Alors un conseil : arrêtez de lui adresser des remarques dans ce domaine car si, par manque de chance (pour vous), il suit plus tard des études de linguistique, il vous expliquera que tout le monde fait pareil depuis la nuit des temps, vous compris. Et il aura raison.
Par exemple, il m’étonnerait que vous ne partiez pas faire le marché avec votre panier alors que, stricto sensu, celui-ci ne servait au départ qu’à transporter du pain… Le cas est loin d’être isolé. « Il arrive en effet souvent que nous ne connaissions qu’une seule des acceptions d’un mot que nos ancêtres utilisaient ou que nous utilisions ce mot avec sens différent », souligne le linguiste André Thibault en citant cet autre exemple : »Saoul voulait dire autrefois « rassasié, repu » (appliqué à quoi que ce soit, c’est-à-dire autant à de la nour­ri­ture qu’à une boisson quelconque ou à une boisson alcoolisée) ; à force de l’entendre surtout en référence à l’alcool, on a fini par interpréter ce mot comme signifiant uniquement « ivre » » .
C’est ainsi : au fil du temps, de nombreux termes changent de sens. Il suffit pour le constater de plonger dans un livre écrit voilà quelques siècles. Chez Molière, par exemple, tout à l’heure signifie « immédiatement » ; bailler veut dire « donner » et la fortune correspond au sort, propice ou funeste, comme le souligne le linguiste Jean Pruvost dans un ouvrage que j’ai déjà chroniqué et que je recommande vivement (1).
Les linguistes se sont efforcés de classer ces évolutions en plusieurs catégories.
· Les restrictions de sens. Comme saoul, bien des termes ont vu leur emploi se spécialiser. Viande, comme son nom l’indique, désignait originellement tous les aliments servant à entretenir la vie. Traire signifiait « tirer » de manière générale, avant qu’il ne finisse par désigner uniquement l’extraction du lait des animaux domestiques. Conformément au latin pullus (« jeune animal »)poulain s’employait pour les petits de tous les animaux, et pas seulement pour celui du cheval (poulet a d’ailleurs la même origine). Le verbe trépasser ne fait plus aujourd’hui référence qu’à la mort alors qu’il signifiait simplement « aller au-delà ». Quant à accident, il a longtemps eu le sens d' »événement », heureux ou malheureux, avant de n’être utilisé que dans les circonstances néfastes.
· Les extensions de sens. À l’exemple de panier, d’autres termes ont vu inversement leur emploi s’élargir. La pommade n’était au départ qu’une pulpe de pomme ; un épicier ne vendait que des épices ; on arrivait exclusivement sur une rive tandis qu’un boucher tuait uniquement les boucs…
· Les affaiblissements de sens. Certains mots n’ont pas vraiment changé de signification, mais ont perdu leur intensité initiale. À l’origine, un ravissement était un enlèvement au ciel. Charmer était l’équivalent de ensorceler (d’où l’expression jeter un charme). Être étonné signifiait que l’on semblait avoir été frappé d’un coup de tonnerre. Gâter avait la force de dévaster. L’inquiétude désignait une forte agitation ; le déplaisir, une profonde douleur ; l’ennui, un chagrin violent… Formidable signifiait « qui inspire la crainte » et terrible renvoyait à la terreur.
· Les mots qui ont acquis une connotation péjorative. L’expression art nègre en témoigne : originellement, cet adjectif n’avait pas une valeur péjorative. C’est à force d’être utilisé dans les discours racistes qu’il a fini par l’acquérir. C’est d’ailleurs aujourd’hui au tour du mot noir de subir le même sort, si bien que certains préfèrent recourir à la formule personne de couleur ou à l’anglicisme black.
· L’influence des langues étrangères. Précisément, une partie de notre lexique subit l’influence de l’anglais. Ainsi, réaliser est souvent utilisé pour « se rendre compte » alors qu’il signifie théoriquement « faire, élaborer ». Supporter prend la place de « soutenir » alors que ses sens premiers étaient « recevoir le poids », « endurer », « tolérer ».
· Les évolutions technologiques. Une invention donne souvent naissance à un nouveau mot, mais, parfois, on se contente de recycler un objet proche qui lui ressemble. La voiture était un mode de transport tiré par des chevaux ? Elle désigne aujourd’hui une automobile bénéficiant de la force d’un moteur.
· Les inversions de sens. De manière plus surprenante, quelques termes signifient aujourd’hui le contraire de ce qu’ils voulaient dire primitivement. Une personne énervée était celle qui avait subi une énervation et était donc dénuée de nerfs ? L’adjectif s’applique aujourd’hui à celle qui se trouve dans un état de nervosité inhabituel. Du temps où l’Espagne était occupée par les Arabes, les laquais étaient de hauts fonctionnaires. Ce n’est qu’à la suite de la Reconquista qu’ils ont été ravalés au rang de « valets d’armée », puis de « valets » tout court, et c’est ce sens qui s’est imposé en français, comme le souligne Henriette Walter (2). Autre exemple frappant avec rien – issu du latin rem, c’est-à-dire « chose ». À force d’être utilisé dans des formules négatives, pour renforcer ne, ce nom signifiant « chose » a fini par être senti comme un pronom signifiant « aucune chose » !
· Les erreurs. Terminons cette liste par la catégorie qui m’amuse le plus : les bévues. Celles-ci peuvent provenir d’une fausse étymologie, comme je l’ai déjà évoqué dans une lettre précédente. Souffreteux, par exemple, se rapportait à l’origine aux indigents, considérés comme des personnes en rupture avec la société, conformément à son origine latine suffringere, « rompre par le bas ». Mais sa ressemblance avec souffrir l’a conduit peu à peu à désigner un individu de santé fragile… Même attraction fatale pour rustre sur fruste alors que ces deux termes n’ont pourtant rien à voir. Frustum en latin, voulait dire « mis en morceaux » alors qu’un rustre est un homme grossier et brutal. Mais voilà : à l’oreille, les deux mots se ressemblent et fruste a fini par signifier « rude, inculte, lourdaud, primitif ».
Comme quoi, même les dictionnaires recèlent leur lot d’injustices…
(1) Jean Pruvost, Les secrets des mots, La librairie Vuibert

 

 

[Source : http://www.lexpress.fr]

El escritor italiano Valerio Magrelli ofrece una crónica en la que reflexiona sobre lo que rodea a la vacunación contra el covid-19

Escrito por Valerio Magrelli 

Por fin me he vacunado. Incluido como profesor en las listas redactadas por la universidad, llegué a la estructura que instalaron frente a la estación Termini de Roma. La organización resultó impecable, con personal preparado y amable, esperas mínimas, filas bien distribuidas, locales amplios e higiénicos: no pudo ir mejor. Debemos sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado. Lo cual es no es poca cosa, ya que se han vacunado unos 30 millones de ciudadanos.

De camino a casa, recordé un viejo suceso de hace más de veinte años. Mientras enseñaba en un aula con una veintena de estudiantes, se me ocurrió mencionar la cicatriz circular que  permanece en mi hombro izquierdo (seguramente hablaba de historia de la medicina). Semejante al rosetón místico de una catedral, esta huella es el resultado de una vacuna que compartí con mi generación como un auténtico ritual de la infancia. Pues bien, curiosamente mi confesión resultó inaudita para muchos estudiantes que han pasado ilesos a través de las más variadas modificaciones corporales: tatuajes de distintas disposiciones, colores y tamaños, multitud de aretes, piercings en todas partes y quizá hasta brandings (una alteración de la piel entre marca de fuego y cicatrización, semejante a las que practican algunas tribus africanas o amerindias).

Veía miradas atónitas, en busca de una explicación. Simplemente no comprendían mi insignia en la piel. ¡Ellos, los Grabados, los Cuadros, los Decorados! “Pero nosotros nos vacunamos por vía oral, ¿no lo sabe?”. No, no lo sabía. Efectivamente, los jóvenes que asistieron a la universidad en los años noventa ignoraban completamente la punción que los de la generación de 1957, y de todos los años anteriores, habían padecido durante la escuela primaria o secundaria.

El intruso

Pensaba en esto, camino a casa. Pero después, de repente, tuve un sobresalto, mientras en mi cabeza irrumpió violentamente el título de un ensayo de Jean-Luc Nancy, El intruso. En efecto, me pregunté, ¿qué había hecho sino dejarme inyectar algo extraño, extraño y peligroso, es decir, el enemigo que va segando víctimas en el mundo hasta llegar a los 3.8 millones de muertos? No soy un antivacunas, como se ha visto, pero esta vez el encuentro con el Otro, o sea con la Enfermedad, con el Mal en persona, me impresionó. Poliomielitis, viruela, etcétera, obviamente no son enfermedades menos graves, pero su vacuna, durante mi juventud, formaba parte de lo cotidiano. Además, esas patologías ya habían sido erradicadas y, por decirlo así, jubiladas. Acá no. Aquí se trata de inyectarse a un predador en plena actividad, inoculándonos el virus que se sigue extendiendo por todo el planeta. Así que fui a releer a Nancy…

En 1990 el filósofo francés tuvo un trasplante urgente de corazón, y poco después fue atacado por un tumor, probablemente generado por los medicamentos inmunosupresores. Por lo tanto, explicó Andrea Cortellessa, en esta historia clínica la presencia del intruso es triple: órgano ajeno tomado de otro cuerpo y colocado en el paciente, y un medicamento que, según la ambigüedad etimológica, cura y al mismo tiempo envenena: intruso que altera la vida de las células. Solo nueve años después de la operación, Nancy redactó un ensayo que se titula El intruso (traducido por Valeria Piazza en el año 2000 para Cronopio). Lo hizo por invitación de la revista Dédale, para un número titulado La llegada del extranjero. Esto para decir que, aunque el texto nunca toca temas explícitamente políticos, la política permanece cercana al pensamiento del autor, a la par del concepto de lo extraño.

Ahora volvamos a la vacunación de los italianos. Con respecto a la imagen del trasplante-tumor en Nancy, surge de inmediato una diferencia que, de hecho, podemos leer al principio del texto: “El intruso se introduce por fuerza, por sorpresa o por astucia; en todo caso, sin derecho y sin haber sido admitido de antemano”. Cortellessa comenta el pasaje subrayando otra ambivalencia etimológica, relativa esta vez al término “huésped”: “L’hospes [amigo, extranjero] coexiste con el l’hostis [enemigo], y el huésped, figura híbrida –activa-pasiva–, lleva en sí alojado, también, al que es hostil y pragmático, que se confronta con el primero”.

Liberado del círculo

Pero regreso al tema de la vacunación. No hace falta decir que la vacuna AstraZeneca, a diferencia de lo que sucedió a Nancy, no se introdujo en mi organismo por la fuerza, con la sorpresa o la astucia. Al contrario, yo la busqué ávidamente, y la invité con entusiasmo, pidiéndole que se sentara en mi casa como lo hace un personaje famoso, admirado. Un poco avergonzado, siento como si, para cenar con un VIP, no dudara en pagar sumas exorbitantes (aunque, por suerte, la obtuvimos gratis). Porque lo admito, pagaría tranquilamente, y no poco, para salir de este… cómo llamarlo, ¿delirio, pesadilla, molestia?

Será porque en casa, sin hacer nada, me congelo, pero se me ocurrió la imagen de un período glaciar. Me doy cuenta, sin embargo, de que esto es algo totalmente equivocado, ya que nuestro planeta –sobrecalentado– se derrite; de hecho, debería llamarse “incendiado”, toda vez que ha sido reducido a un enfermo grave por causa de los daños que todos conocemos (sobrepoblación descontrolada, deforestación, derrames petroleros) y que por desgracia son las mismas fuentes del covid. Si tuviera que elegir otra definición, tal vez al final optaría por “anillo”. Me gusta la palabra porque evoca una hermosa película paradigmática de la situación actual. Melania Mazzucco ya lo mencionó, pero quiero repetirlo: nuestras vidas parecen imitar El día de la marmota (Groundhog Day) que da el título a una película de 1993. En ella el héroe, Bill Murray, se ve prisionero dentro de una forma atroz del “eterno retorno”, obligado a repetir el mismo día una y otra vez. Esto también nos sucede a nosotros en este anillo agotador, que en inglés significa “círculo”, e indica objetos y estructuras formadas por líneas cerradas o en anillos. Si digo esto es porque, además de salvadora, la AstraZeneca me parece precisamente una vacuna anticírculo, una sustancia mágica; todavía mejor: el Príncipe Azul que inyecta al enemigo, pero para expulsarlo y romper el hechizo de la repetición.

El principio de los similares

Y aquí debo rendir homenaje a mi madre, una pediatra homeópata con la que discutí ferozmente, convirtiéndome a la alopatía después de renegar de la medicina casera. Lo confieso, estoy haciendo un mea culpa familiar. Me explico. Después del final de la Segunda Guerra mi madre abrazó esta extraña disciplina, heterodoxa, hereje, muy ilustre, ya que representa uno de los productos más afortunados de la ciencia romántica. Fundada por Samuel Hahnemann (1755-1843), y retomada en Italia por su heredero Antonio Negro (1908-2010), la homeopatía sigue el “principio de los similares”, es decir, una terapia contraintuitiva según la cual las enfermedades se curan con su semejantes (hay que ver, por ejemplo, los antídotos), en lugar de sus opuestos: Similia similibus curenter.

Está claro que este tipo de procedimientos pertenecen a la historia de la medicina y, con Hipócrates, preceden a Hahnemann dos milenios. Pero me gusta imaginar que, en el siglo XIX, la homeopatía fue la que retomó un proceso de tan difícil comprensión, sugiriendo a Pasteur la idea de la vacuna. De hecho, ¿qué es más contraintuitivo? ¡Me inyecté el mismo virus que durante un año, con tanto cuidado, traté de evitar! ¡Meses y meses evadiendo el peligro y luego poniéndomelo en el cuerpo, abriéndole la casa! Hice bien, desde luego, pero es bastante extraño saber que está aquí, dentro de mí.

Sin duda recordaré este día, a la espera de la segunda dosis, teniendo presente, como se nos advirtió, que este anhelo parece escasear. Quisiera concluir mi crónica invitando a escuchar un video que acaba de salir y que es muy instructivo sobre la cuestión de las vacunas contra el covid-19. Se trata de cuatro minutos en los cuales Manon Aubry, diputada del Parlamento Europeo, acusa a la Unión Europea de estar en contra de la vacuna patentada por Big Pharma. Me quedé impresionado, debo admitirlo. Ahora, como vacunado, puedo decirlo: chapeau! 

Traducción del italiano de Roberto Bernal

 

[Foto: Mufid Majnun en Unsplash – fuente: http://www.latempestad.mx]

un fait isolé n’autorise pas de conclusion générale ; on ne peut tirer une généralité à partir d’un seul exemple

Origine et définition

Même si les hirondelles s’en moquent, on rappellera, juste pour la petite histoire, que le mot ‘printemps’ vient du latin « primus tempus » ou « premier temps » et désigne la première saison.
Les hirondelles sont des oiseaux migrateurs qui partent vers l’Afrique en septembre-octobre et qui reviennent dans nos contrées en mars-avril ; par conséquent les hirondelles sont de retour « dès le printemps revient » (air connu d’Hugues Aufray).
Il serait donc facile d’en déduire que si l’on voit une hirondelle, c’est que le printemps est là.
Hélas, on ne peut pas en faire une généralité, pour au moins trois raisons :
1. Les hirondelles ne sont pas infaillibles et certaines d’entre elles peuvent revenir plus tôt qu’elles ne devraient ;
2. Même si le printemps a officiellement commencé, les conditions météorologiques ne sont pas forcément celles spécifiques de cette saison, surtout lorsque l’hiver a tendance à se prolonger un peu ;
3. Et puis il y a celles qui, en raison d’une trop grande faiblesse, n’ont pas pu migrer et, parmi elles, celles qui auront résisté à l’hiver et donneront signe de vie bien plus tôt que leurs congénères voyageuses.
Du coup, il n’est pas toujours possible d’affirmer que le fait de voir une hirondelle suffise à confirmer qu’on est au printemps (au sens météorologique du terme, qui est celui qui intéresse les paysans desquels nous viennent souvent des dictons très sagaces[1]).
Notre expression est donc simplement une métaphore qui dit qu’on ne peut pas se baser sur un seul élément significatif pour en déduire une généralité.
Elle semble dater du début du XVIIe siècle dans sa version française, mais vient du modèle latin « una hirondo non facit ver »[2], lui-même venu du grec.
[1] Comme « pingouins dans les champs, hiver méchant » ou bien « neige en novembre, Noël en décembre », par exemple.
[2] On notera qu’il existe une version similaire de ce dicton dans beaucoup de langues mais que, bizarrement, dans certaines, c’est l’été qui est désigné et non le printemps. Déjà, en français, la première version signalée était « une arondelle n’ameine point l’esté », mais une des versions anglaises est aussi « one swallow does not make summer ».

Compléments

À propos de l’hirondelle, on peut aussi noter ce dicton :
« Hirondelle volant haut,
le temps sera beau,
hirondelle volant bas,
bientôt il pleuvra. »
Et il se vérifie généralement, simplement parce que, lorsqu’il fait mauvais, les insectes volent à basse altitude, mais remontent lorsqu’il fait beau. Oui, certes, mais et les hirondelles, dans tout ça, me direz-vous à bon escient ? Eh bien il se trouve que les hirondelles se nourrissent d’insectes. Elles volent donc là où ils sont.

Exemples

« (…) Christine Lagarde se rassure néanmoins de « ce ralentissement de la hausse ». La moyenne du nombre des nouveaux inscrits oscille entre 50 000 et 80 000 tous les mois depuis la crise. Un signe « relativement encourageant » aux yeux de la ministre de l’Économie qui invoque l’effet positif des mesures du gouvernement. Une hirondelle ne fait pas le printemps !, rétorquent les économistes, pronostiquant une année noire pour l’emploi. »
Le Parisien – Article du 26 juin 2009

Comment dit-on ailleurs ?

Langue Expression équivalente Traduction littérale
Allemand

eine Schwalbe macht noch keinen Sommer

une hirondelle ne fait pas l’été
Anglais One swallow does not a summer make Une hirondelle ne fait point un été
Anglais

one swallow doesn’t make a summer

une hirondelle ne fait pas un été
Arabe الشاذ لا يقاس عليه

l’exception ne peut être une règle générale

Espagnol (Argentine) una golondrina no hace verano une hirondelle ne fait pas l’été
Espagnol (Espagne)

un garbanzo no hace un puchero

un pois chiche ne fait pas une marmite

Espagnol (Espagne) una flor no fa estiu une fleur ne fait pas l’été
Gallois un wennol ni wna wanwyn

une hirondelle ne fait pas un printemps

Hongrois egy fecske nem csinál nyarat une hirondelle ne fait pas l’été
Hébreu

אין מביאים ראיה מן השוטים (énn meviim réyia minn hachotim)

les robots ne prennent pas de preuves

Italien una rondine non fa primavera

une hirondelle ne fait pas le printemps

Néerlandais

één zwaluw maakt nog geen zomer

une hirondelle ne fait pas encore un été

Néerlandais (Belgique)

één zwaluw maakt de lente niet

une hirondelle ne fait pas le printemps

Néerlandais

een zwaluw maakt nog geen zomer

une hirondelle ne fait pas encore l’été
Polonais jedna jaskółka nie czyni wiosny

une hirondelle ne fait pas le printemps

Portugais (Brésil) uma andorinha só não faz verão

une seule hirondelle ne fait pas l’été

Roumain

Cu o rândunică nu se face primăvară

Avec une hirondelle il ne se fait pas printemps

Roumain cu o floare nu se face primăvară une fleur ne fait pas le printemps
Russe одна ласточка весны не делает

une hirondelle ne fait pas le printemps

Serbe jedna lasta ne cini prolece

une hirondelle ne fait pas le printemps

Slovaque jedna lastovička leto nerobí

une seule hirondelle ne fait pas l’été

Suédois en svala gör ingen sommar une hirondelle ne fait pas l’été
Turc bir çiçekle bahar olmaz une fleur ne fait pas le printemps
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[Source : www.expressio.fr]

 

El término “oposición” ya induce a oponerse; y por eso la oposición critica igual una cosa que su contraria

Pablo Casado en el pleno del Congreso de los Diputados, este 12 de mayo.

Pablo Casado en el pleno del Congreso de los Diputados, este 12 de mayo.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Cuánto influyen las palabras que nos designan. La palabra “electricista” induce a quien la asume para sí a estar pendiente de los nuevos adelantos que logran evitar por fin que salten los plomos. A eso anima la palabra “electricista”, y si un electricista incumpliera con esos requisitos dejaríamos de considerarlo electricista. El vocablo “torpe” aplicado a un niño le disculpará toda su vida cuando cometa torpezas, porque un día se decidió que era un torpe y esto acabará constituyendo para él una zona confortable en la que se desempeñará sin esfuerzo, pues de quienes asumen la palabra “torpe” se espera que sigan siéndolo.

De igual modo, “el partido del Gobierno”, en este caso principalmente el PSOE, cumplirá el papel contrario: apoyar al presidente como el abogado defensor asume ese adjetivo para defender siempre al reo: sin fisuras, desechando las propuestas del rival y rebatiendo toda acusación. Porque de otra forma no se puede ser ni partido del Gobierno ni abogado defensor.

El discurso del Rey en Nochebuena constituye cada año un ejemplo perfecto: se sabe de antemano cómo lo juzgarán después los partidos, siempre en función de las palabras que los nombran a cada uno: republicanos, monárquicos, independentistas, constitucionalistas. Todas las crónicas sobre las reacciones del día de Navidad se podrían haber escrito durante el sorteo de la Lotería.

En cambio, nuestro sistema político y jurídico dispone de una palabra que no condiciona necesariamente el comportamiento de quien la representa: el término “fiscal”. Porque ese vocablo carece de la capacidad de nombrar una función unilateral con la que ha de cumplir inexorablemente quien asuma la palabra. La voz “fiscal” obliga a fiscalizar, no a acusar ni a defender. Los fiscales pueden lo mismo pedir una absolución que solicitar 30 años de cárcel.

Fiscal viene del latín fiscus: la espuerta de juncos y mimbres en la que se guardaban las monedas. Y “fisco” nombró luego, mediante sinécdoque (contenido por continente), un dinero de propiedad colectiva (Corominas y Pascual). De ahí, el significante “fiscal” pasó a referirse al interés público.

Si un día, como por ensalmo, nos diera a todos por desechar para siempre el sintagma “partido de la oposición”, por ejemplo, y colocar en su lugar “partido del control”, “partido de la fiscalización” o “partido fiscal”, es un decir, los nombrados quedarían exentos de la obligación de oponerse, y por ello de vez en cuando podrían mostrarse coherentes con sus palabras previas, apoyar al contrincante en medidas idóneas, ser leales en la renovación de los organismos estatales o colaborar ante la pandemia.

Sin embargo, mientras las expresiones “oposición” o “partido del Gobierno” pesen sobre las cabezas de unos y de otros, resultará difícil discernir si hablan en conciencia o si más bien lo hacen obligados por la rutina de las palabras que los nombran.

[Foto: SERGIO R MORENO / GTRESONLINE – fuente: http://www.elpais.com]

Ninguna de las palabras que forman la sigla de la que sale el neologismo transmite por sí misma que se trata de personas

Disturbios y cargas al intervenir la policía en un botellón con alrededor de 60 personas en Pamplona

Cartel electoral de Vox en la estación de cercanías de Sol, el 21 de abril, en Madrid.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

La palabra mena (que se origina en las iniciales de “menores extranjeros no acompañados”) esconde una de las más escandalosas manipulaciones del lenguaje de los últimos años, pero a la vez constituye un termómetro que permite evaluar la catadura moral o religiosa (cada cual escoja) de quienes la utilizan con ánimo perverso. Es decir, principalmente el partido Vox y sus secuaces.

Este tecnicismo se potencia en 2011 a partir de la creación del Registro de Menores Extranjeros no Acompañados, derivado a su vez del artículo 215 del Reglamento de Extranjería. La sigla, convertida ya en palabra neológica, se aplica a los extranjeros menores de 18 años que procedan de un Estado ajeno al régimen de libre circulación en la Unión Europea y que no se hallen tutelados por un adulto.

Las normas españolas prevén la protección de estos menores, dobles víctimas de la situación en sus lugares de origen y en su propia familia; y están encaminadas al regreso de los niños a su país. Mientras se cumplen esos trámites, el Estado español –al que mueven impulsos humanitarios, gracias a que no gobierna Vox– se hace cargo de su situación.

Estamos hablando de niños, de adolescentes, de personas que no tienen culpa de nada. Si miramos dentro del significado de la palabra “niño”, vemos criaturas todavía cercanas en el tiempo a las nanas destinadas a hacerlos dormir (de la expresión cantada ninna-nanna parece venir la palabra “niño”, a partir de ninna, según los lexicógrafos Corominas y Pascual; de modo que el femenino fue primero). Si analizamos la etimología de “adolescente”, encontramos el tiempo latino adulesco: crecer, desarrollarse; del verbo latino adulescere, que enfrenta adulescens (participio presente: el que está creciendo) con adultus (participio pasado: el que ha crecido).

El término mena consigue enfriar toda esa trayectoria de las palabras, al partir de unas siglas y de un prolijo concepto técnico que hace felices a rábulas y leguleyos pero que desprovee a la expresión de historia y significado, que cosifica lo que menciona. La palabra mena está destinada en el uso de Vox y de sus cómplices a ver como objetos a esos niños y muchachos. “Muchachos” viene de “mocho” (hace siglos se decía “mochachos”, vocablo que Corominas y Pascual documentan en 1251): es decir, mocho, rapado, esquilado; y que nombraba así a los jóvenes porque en aquella época llevaban el pelo muy corto.

En las palabras que forman la sigla mena ni siquiera aparecen “niño”, “adolescente” o “muchacho”. Solamente “menor”, adjetivo sin sustancia propia que se usa para comparar dos términos. “Menor de edad no acompañado” constituye, en fin, una fórmula deshumanizadora: ninguna de sus palabras transmite por sí misma que se trata de personas.

Si a eso se añade la falsa relación de mena con la delincuencia o con el despilfarro del Estado, se forma un combinado explosivo contra los seres más indefensos de la Tierra, los niños que están fuera de su país, sin padres, sin dinero, sin ternura.

Hace falta ser muy inhumano para deshumanizar a un niño. Hace falta desproveerlos de la carne y de los huesos para evitar que el racismo contra ellos active de inmediato la misericordia en las personas de buena voluntad, y lograr de ese modo, contra todo pronóstico, que el entramado ideológico de la ultraderecha conviva con las ideas cristianas o sociales. Si así es su piedad, cómo sería su justicia.

 

[Foto: MARTA FERNÁNDEZ JARA / EUROPA PRESS – fuente: http://www.elpais.com]

El libro más reciente de la lingüísta Yásnaya Elena Aguilar Gil nos recuerda el destino de discriminación que han sufrido las lenguas indígenas en México. No se trata, como nos aclara esta reseña, de sopesar que algunas lenguas son mejores que otras, sino de exigir que la sociedad valore la diversidad lingüística y su presencia como eje fundamental en la educación.

 


Sacrificamos México en aras de crear la idea de México
—Yásnaya Elena Aguilar Gil

 

Escrito por Patricia Córdova

La experiencia está siempre al servicio de la conciencia y de la imaginación; para no sucumbir ante el caos de la existencia, el ser humano acota ambas con relatos y moralejas de todo tipo.  Nuestras vidas —hemos aprendido— transcurren según la estructura de una narración: planteamiento, causas, consecuencias, nudos y desenlaces. Por ello, el sentido de lo vivido es  tan limitado como las historias y argumentos que interiorizamos.

Escribimos la historia de nuestra vida —e interpretamos la de los otros— al seleccionar los nudos con los que explicamos lo que acontece a nuestro alrededor. El sentido es siempre una selección que pone en evidencia nuestros alcances y nuestras limitaciones. Este sutil, pero poderoso hecho, propicia la madre de todas las batallas: la de las narrativas.

§

No ha habido inocencia en la expansión del español en la propia península ibérica ni en América. Desde Antonio de Nebrija, el andaluz que escribió la primera gramática del español en 1492, quedó claro que si la publicaba y la dedicaba a la reina Isabel la Católica era porque “siempre la lengua fue compañera del imperio”. En las primeras páginas de Gramática de la lengua castellana, Nebrija explica la importancia histórica de lenguas como el hebreo, griego y latín y argumenta que la lengua es una pieza clave para extender la fe religiosa.

La primera gramática del español es un nudo lingüístico y político con el que España define una expansión económica, religiosa y sociocultural que marcó la historia de su colonia,  la posterior América Latina. Sin embargo, el proceso de evangelización y dominio que se extendió a lo largo de trescientos años de colonia llevó también a la escritura de las lenguas originarias, a la confección de sus gramáticas (artes de las lenguas primigenias) y al inventario de vocabularios concebidos de acuerdo a lo que los líderes religiosos y nuevos gobernantes necesitaban que nombraran los recién conquistados.

En 1820, justo antes de la consumación de la Independencia de México, el 65% de la población eran hablantes de alguna lengua indígena. Hoy solo el 6.5% de la población habla una de las 68 lenguas indígenas que existen en el país. La Independencia destituyó a los españoles, pero a la vez revictimizó a las comunidades indígenas. Fueron sometidas a un proyecto de nación en el cual se condicionó su existencia a la negación de sus lenguas, de sus territorios y de una autonomía política que ya había sido arrebatada. Este es el antecedente histórico y la situación glotopolítica que Yásnaya Elena Aguilar Gil aborda en Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística (Almadía, 2020).

§

Desde el primer texto, “Ser o no ser: bilingüismos”, Yásnaya imprime su particular estilo: una mirada aguda sobre la política lingüística que se ha aplicado a las lenguas originarias, a partir del análisis de experiencias cotidianas. El contraste entre el bilingüismo en su comunidad Ayutla, Oaxaca, y en Ciudad de México, marcó su manera de narrar el mundo. Dos cosas sorprenden a la autora: en Ayutla se desdeña la educación bilingüe y se prefiere la “formal” (monolingüe en español) y en Ciudad de México se pondera el bilingüismo (no español-náhuatl, sino español-inglés). Su cierre es auténtico y espontáneamente irónico: “Entendí, en pocas palabras, que no es lo mismo ser bilingüe que ser bilingüe”.

Yásnaya es ayuujk jä’äy, mixe, y muestra una singular y permanente disposición al cuestionamiento. Le seduce pensar en la existencia de la lengua, la diversidad y la injusticia. La génesis de su lucidez y lucha las presenta, claramente, en Un nosotrxs sin Estado (Ona Ediciones, 2020). A Yásnaya la educaron con una disciplina rigurosa en la lectura de los clásicos. De niña sus tíos la hacían leer en voz alta, cada día, para que adquiriera un español sin acento. El libro rojo de Mao Tse-Tung, Los vedas, el PanchatantraLas mil y una noches, la Ilíada y la Odisea de Homero, las obras de Amado Nervo, Manuel José Othon, Sor Juana Inés de la Cruz, Alexander Pushkin, Ánton Chéjov, Fiódor Dostoievski, Walt Whitman y Lev Tolstói —el nombre de Yásnaya es, de hecho, un homenaje a este autor—, fueron lecturas, “edificios sonoros”, cuyo significado ignoraba, y que más tarde se iluminaron a la luz de sus estudios de preparatoria, licenciatura y posgrado en Ciudad de México.

Los textos que componen Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística son una compilación de ensayos breves publicados en la revista Este país entre 2011 y 2015. Los compiladores —Ana Aguilar Guevara,  Julia Bravo Varela, Gustavo Ogarrio Badillo y Valentina Quaresma Rodríguez— también han incluido  tuits y entradas de Facebook de la lingüista que aluden a los temas de tales ensayos.

El libro es evidencia del sincretismo lingüístico y cultural que ha sucedido a lo largo de 500 años, pero tiene el gran mérito de ser el primero escrito en su género por una mujer, una ayuujk jä’äy, y por alguien cuya agudeza analítica le permite exponer, de forma clara, las diversas aristas del asunto. Su empatía por el mundo la lleva a aprender de todo y de todos. De una amiga japonesa, compañera universitaria, aprende que es mejor sentirse contenta y no orgullosa de hablar una lengua, y sentencia: “El orgullo puede estrechar lazos con la dignidad pero también con la soberbia o, en el peor de los casos, se utiliza como un parche emotivo que cubre una herida amplia y profunda. Un relleno que trata de compensar una carencia”.

La dificultad de la convivencia entre lenguas que gozan con un mayor o menor prestigio también la lleva a anotar que para una niña que habla italiano, inglés y español en casa lo extraño es un entorno monolingüe, prebabélico. La también maestra en lingüística hispánica, Yásnaya Elena —cuya madre, por cierto, se llama Eneida— evoca, en otro ejemplo, el rechazo que provoca hablar español en ciertos contextos en Estados Unidos, de la misma manera en que han sido denostadas las lenguas originarias en México. Su conclusión es que no existen lenguas minoritarias, sino minimizadas al extremo de crear familias que rechazan que sus hijos sean educados en armonía con su lengua materna, sea esta una lengua originaria o el español hablado en México.

La censura sistemática, algunas veces casi invisible, con que se ha tratado a las lenguas originarias se manifiesta en la ignorancia y desprecio que despiertan más allá de los círculos de lingüistas cuyo interés no rebasa, en ocasiones, la obsesión por partículas morfológicas o por la construcción y crítica de una gramática. “¿Por qué la diversidad cultural y lingüística no es un eje temático importante en los contenidos educativos?”, pregunta la autora. En su histórico discurso “México. El agua y la palabra”, pronunciado en la Cámara de Diputados el 26 de febrero de 2019 y que forma parte del libro, la lingüista recuerda que, en promedio, una lengua muere cada tres meses. En un centenar de años se habrán extinguido la mitad de las lenguas del planeta. Causa pudor que no se sepa nombrar las lenguas habladas en México, causa desconcierto que se haga tan poco para preservar las del mundo. Con ello se niega el derecho a una vida propia y digna de estas comunidades. El monolingüismo, además, adelgaza la inteligencia, pues nos alejamos de la complejidad creativa y cognitiva que cada lengua entraña al nombrar el mundo. Aprender que en ayuujk el azul y el verde se mezclan en una sola palabra  —tsujxk—advierte que los colores pueden ser percibidos en un continuo cromático, sin las divisiones con que otras lenguas los definen. Asimismo, saber que täay puede significar “ser chistoso” en el mixe de Ayutla, pero “mentir” en el mixe de Tlahuitoltepec, puede disparar la creatividad si se imaginan los enredos comunicativos que dicha variante puede causar. Yásnaya Aguilar convive, precisamente, en ambas comunidades.

Los conflictos lingüísticos se convierten en conflictos identitarios, pero la seriedad con que Yásnaya los aborda no necesariamente implican una renuncia a su particular humor: “En Europa fui mexicana, en México soy oaxaqueña, en Oaxaca estoy siendo mixe, en la sierra suelo ser de Ayutla. En algún punto soy indígena, pero eso me lo dijeron o lo intuí en el contraste antes de que llegara el nombre. Durante un ataque de fuerzas extraterrestres seguro que seré terrícola, y lo seré con pasión.” La conciencia de esta multirreferencialidad contrasta con la sencilla elegancia con que en ayuujk se nombra a todo aquel que no sea mixe: akäts. La visión del mundo mixe se simplifica en este aspecto, así como en Harry Potter a todos aquellos que no pueden hacer magia se les llama muggles.

La fascinación que suscita conocer nuevas lenguas, sin embargo, no puede ser un hecho si el fomento de la diversidad no cuenta con el apoyo de un gobierno y de sus instituciones. Cuando la lingüista afirma: “Hay tantas razones para querer aprender nuevas lenguas, pero solo  una para querer dejar de hablarlas”, se refiere al racismo, maltrato y negación a que los pueblos originarios han sido sometidos a lo largo del tiempo.

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El proyecto de nación mexicana, que tuvo su origen a partir de la consumación de la Independencia en 1821, ha sido también el proyecto de la negación de los pueblos indígenas y su pluralidad. Una negación no sólo del reconocimiento de las lenguas, sino del derecho a las tierras, al agua, a los recursos naturales y a gobiernos autónomos: “La pérdida de una lengua no es un proceso pacífico en el que los hablantes abandonan una lengua por otra, es un proceso en el que median castigos, menosprecios y en la mayoría de los casos, colonialismo contra los pueblos que la hablan”. Llegada la discusión a este punto, la lingüista Yásnaya Elena Aguilar Gil se torna activista. No son solo lenguas las que se ignoran, sufren segregación y mueren, son naciones indígenas. En un tuit de 2017 apunta: “Nación mapuche dividida en dos Estados: Argentina y Chile; nación sami dividida en cuatro Estados: Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia; nación cucapá dividida en dos Estados: México y Estados Unidos”.

En defensa de los pueblos originarios, Yásnaya parece recuperar la etimología de la palabra nación: del latín natio -ōnis, es decir,“lugar de nacimiento” -“pueblo”. Hablar desde la cultura mixe, desde su lengua materna de la familia otomangue, la coloca en un territorio discursivo que es también tierra, organización política y social, conocimiento y mitología ancestral, costumbres familiares y culinarias concretas. El ayuujk encarna el nacimiento, desarrollo y consolidación de un pueblo que sigue luchando por ser respetado y reconocido. Inspirada en el periodista mapuche Pedro Cayuqueo, Yásnaya Elena plantea, en su libro Un nosotrxs sin estado, que México es un Estado plurinacional y no una nación multicultural; critica la educación indígena impartida en español, los hospitales y juzgados sin intérpretes que conozcan la lengua de cada región. La idea de mexicanidad —reclama— los ha ignorado: “No hay penacho de Moctezuma ni mariachi ni huapango de Moncayo ni china poblana que pueda borrar ese hecho. La multiculturalidad niega la idea de nación tal y como fue pensada en sus inicios por los que la proclamaron”.

Si se ha construido una nación unívoca que niega la diversidad, solo hay una aparente salida para la autora: la conformación de un Estado plurinacional en el que se reconozca a las comunidades indígenas como naciones con derecho a la autodeterminación social, económica, lingüística y política. La idea es una seductora utopía. Sin embargo, el lector no puede dejar de preguntarse cómo, en un entorno global que encarna la competencia permanente, se podría legitimar geopolíticamente la existencia de 68 naciones bajo el lema de un país llamado México.

Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística pone sobre la mesa un conflicto social que cobró fuerza política, en 1994, con el levantamiento zapatista y, más tarde, en 1995, con los Acuerdos de San Andrés Larraínzar. A 25 años, el despojo de tierras y la extracción de recursos naturales a las comunidades indígenas sigue sucediendo. El Estado mexicano no ha incorporado un modelo que respete la riqueza cultural y geográfica del territorio. En la narrativa nacionalista promovida desde el Estado, la diversidad cultural de México no ha sido efectiva ni equitativamente incorporada. El sistema de castas se ha superado porque ya no se obliga a escribir la etnia o grado de pureza de la sangre en un acta de nacimiento. No obstante, como afirma la autora, aún existe el gesto disuasorio en los registros civiles para no darles a los recién nacidos nombres que no provengan del español o del inglés; aún se escriben notas periodísticas en que un problema judicial, de salud o de autoridad, se reporta como un problema originado por no saber hablar español. Si bien es cierto que el español mexicano hace tiempo que dejó de ser colonizante, en el sentido de que no representa valores y variantes de un lugar lejano llamado España, y en el sentido de que el español de México es ya patrimonio cultural del país, también es un hecho que las instituciones gubernamentales y la educación pública siguen aplicando prácticas colonizantes en los servicios institucionales que ofrecen a comunidades indomexicanas. De ahí el valor de Ää: Manifiestos sobre la diversidad lingüística de Aguilar Gil, un libro que pone en evidencia las prácticas insuficientes e injustas con que se incorpora a estas comunidades y el discurso nacionalista que afirma lo contrario.

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En La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020), el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga se esfuerza por explicarle al escritor Juan José Millás la razón por la cual los australopitecos se desplazan de la selva tropical a la pradera: buscan la luz. Al ver una frutería —porque la conversación ocurre en una caminata por el mercado—, Arsuaga rectifica y decide hablar mejor del Homo erectus. Seguramente, por su capacidad de coleccionar frutas. Millás expresa que así habrá más orden en la exposición. La indignación del paleontólogo es más que sugestiva: “–Oye, qué es eso del orden. Esto no es un cuento. Si quieres un cuento, te lees el Génesis. La evolución no tiene la estructura de un relato. No hay planteamiento, nudo ni desenlace. La evolución es el mundo del caos”.

El pasaje me hizo reflexionar en las anotaciones que hice al principio de este texto. La exuberancia de la existencia es, al margen de nuestro pensamiento, siempre caótica. Somos nosotros quienes, acorralados por la conciencia y la angustia connatural que esta desata, nos vemos en la necesidad de construir relatos sobre los hechos que experimentamos o de los cuales tenemos noticias. Los hechos están ahí, sueltos. Cada día salimos a la calle, o al espacio digital, a encontrarnos con los otros. Cada uno hilvana con palabras la historia que es capaz de construir. La madre de todas las batallas es la lucha entre estas narrativas porque ahí se define quién entra o quién sale de la escena; quién tiene derecho o quién no. Arsuaga sabe que los hechos pueden significar por un instante y en un contexto reducido, para luego seguir suspendidos en el espacio de lo no explicable o a merced de narrativas diversas.

En Ää: Manifiestos sobre la diversidad lingüística se construye una narrativa sobre la historia indígena de México y de sus lenguas. ¿Fueron los indígenas de la era de la domesticación del maíz, hace 9000 años, los mismos sometidos durante 300 años por los españoles? ¿Es el mexicano una invención ilegítima del proyecto nacional de 1821? ¿Cómo integrar la existencia del español de México (la lengua) con la existencia de las lenguas originarias? Construir un territorio narrativo para luchar por una nación, o por un ideal social, tiene mucho más peso que la narrativa con la que recordamos nuestras vivencias cada noche. Sin embargo, ambas narrativas son brújulas capaces de guiar individuos y legiones. La narrativa de una nación y los hechos en que se fundamenta tendrán que ser siempre inclusivos, sin prejuicio de ningún grupo humano, o entidad natural que habita el territorio. Cuando Yásnaya Aguilar Gil analiza la coexistencia de las lenguas y de las culturas parece saber esto último. La narrativa de los ensayos que componen este libro es una defensa de las lenguas originarias de México y de los pueblos indígenas que las hablan. También es una genuina invitación a que dichas lenguas se incorporen al horizonte sociopolítico de los hablantes nativos del español de México.

• Yásnaya Elena  A. Gil, Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística, Ana Aguilar Guevara, Julio Bravo Varela, Gustavo Ogarrio Badillo y Valentina Quaresma Rodríguez (comps.), México, Almadía, 2020.

Patricia Córdova es profesora investigadora de Lingüística Hispánica y directora de la División de Estudios Históricos y Humanos de la Universidad de Guadalajara.

 

[Fuente: http://www.nexos.com.mx]

No século XX, guerras se “urbanizaram” — e Direito Internacional avalia tornar ataques à patrimônios culturais e históricos crimes contra a humanidade. “Novo” conceito poderia banalizar a tipificação de genocídio? Como punir a destruição de cidades?

Escrito por Juliette Robichez

Em setembro de 2018, o Brasil perdeu uma das suas joias culturais, o Museu Nacional do Rio de Janeiro, e, em abril de 2019, a França assistiu à destruição do emblema de Paris e da nação, a catedral Notre-Dame de Paris. Essas novas “catástrofes culturais”, usando a expressão da professora francesa especialista da história da arte1, espantaram e entristeceram o planeta. A transmissão ao vivo, durante intermináveis horas, da ação do fogo em ambos os patrimônios da humanidade e a emoção mundial que esses incêndios provocados pela imprudência e negligência suscitaram, demonstram que estamos apegados ao que estampa a história, a memória, a cultura, a identidade da humanidade, em resumo, a dignidade dos seres humanos. Esses sentimentos de indignação e de desespero se acentuam quando a destruição do nosso patrimônio é o fruto de um ato deliberado, como acontece nos tempos de conflitos armados, quando os bens culturais se tornam alvo prioritário dos beligerantes.

A sociedade internacional, em particular sua componente civil, vítima dos atos deliberados de tentativa de aniquilamento da sua cultura, mobiliza-se para despertar a consciência dos representantes dos Estados a respeito da gravidade da situação e refletir sobre como reagir de maneira eficaz para prevenir o desmoronamento do patrimônio e sobretudo punir os que cometeram infrações contra a herança cultural do gênero humano. Já houve várias iniciativas no campo jurídico que merecem nossa atenção2. Desde os tempos remotos, o direito humanitário foi pioneiro em criar um arsenal normativo rematado, visando preservar os bens culturais em tempo de guerra. A fundação da Organização das Nações Unidas para a Educação, a Ciência e a Cultura – Unesco, depois da 2ª Guerra Mundial – evento histórico, um símbolo, diante do vandalismo, a pilhagem e a destruição em grande escala de cidades históricas –, constituiu também um grande avanço para a concretização dos instrumentos internacionais existentes, a elaboração de novos diplomas legais e a extensão da proteção dos bens culturais no tempo de paz. Esta organização internacional elaborou, por exemplo, a lista do patrimônio em 1972, que está em constante atualização. As jurisdições penais internacionais que surgiram depois da queda do Muro de Berlim – inspirados pelo Tribunal de Nuremberg, que julgou os crimes nazistas – efetivaram as normas internacionais que visam conservar os bens culturais. Existem hoje vários julgamentos condenando carrascos por terem cometido crimes de guerra ou crimes contra a humanidade ao deliberadamente destruírem o patrimônio da humanidade3. No entanto, esses avanços merecem, segundo uma corrente doutrinária, serem aperfeiçoados, para tornar a luta contra a devastação dos bens culturais uma prioridade.

Este artigo visa iniciar uma reflexão sobre a proposta doutrinária de promover um novo crime, que consiste em destruir deliberadamente o patrimônio cultural e histórico de um povo, ao patamar mais elevado das infrações internacionais, para oferecer uma proteção melhor aos bens culturais. Alguns jurisinternacionalistas sugerem não mais se contentar em apenas incluir a ruína do patrimônio cultural como elemento de um dos crimes internacionais elencado no Estatuto de Roma de 1998; militam em prol da concepção de um crime sui generis, o “crime de urbicídio”. Esta proposta merece ser apresentada e analisada de maneira crítica. Na perspectiva de descobrir como o conceito “urbicídio” surgiu e de defini-lo (cap. 1), realizou-se uma pesquisa qualitativa, bibliográfica e documental, com enfoque na literatura estrangeira, baseada em procedimentos metodológicos comparativos e históricos. A partir deste estudo preliminar, foi iniciada uma análise crítica deste novo conceito: foram ressaltadas suas vantagens em comparação com os outros crimes internacionais, e destacadas as vicissitudes que criam potenciais obstáculos a sua posteridade, como novo crime no rol do Estatuto de Roma (cap. 2).

1. Evolução histórica e definição do conceito “crime de urbicídio”

Na Idade Média e até o século XVIII, a guerra de sítio era fundamental. Porém, na época de Clausewitz e de Napoleão, as modalidades dos conflitos mudaram: era o tempo do “levante em massa”4 e das batalhas-flashes (relâmpagos) e depois das grandes lutas sociais. O exército era responsável por manter a ordem nas cidades, mas preferia usar seus armamentos cada dia mais industrializados em palco de operação que permitia seu desdobramento, longe da população civil, no campo. Os estrategistas da Primeira Guerra Mundial evitaram os combates urbanos. Sem dúvida, os da Segunda Guerra teriam preferido evitar também, mas algumas cidades começaram a tornar-se cidades simbólicas da guerra na Rússia, como Leningrado5. As operações contra centros urbanos alemães e japoneses, no final do conflito, instigam perguntar se a “guerra para a cidade” não se transformou doravante em “guerra na cidade”. A partir dos anos 80, a guerra se “urbaniza”, segundo a expressão de Jean-Louis Dufour6. Ao comentar os acontecimentos em Sarajevo, durante a guerra na ex-Iugoslávia, atacada das alturas rurais circundantes, Aleppo, a capital da Chechênia, aniquilada pelos russos, ou os territórios palestinos ocupados pelos israelenses, começamos a ler na literatura científica ou jornalística, ou ouvir na boca dos políticos as expressões “guerra contra a cidade” e “urbicídio”.

Antes de definir o complexo conceito em gestação, de urbicídio (b), é necessário entender em que contexto histórico ele surgiu (a).

a) Evolução histórica do conceito “urbicídio”

Não existem ainda textos normativos consagrando o crime específico de urbicídio. A ideia, no patamar internacional, surgiu após o ataque direto, em 1993, contra a ponte de Mostar, na ex-Iugoslávia, alvo de bombardeios, posto que não representava nenhum caráter militar, não abrigava munições, não tinha nenhum valor castrense estratégico. A explosão pelos talibãs fanáticos dos budas monumentais de Bamiyan, estátuas de 38 e 55 metros erguidas no século V da nossa era, provocou, em 2001, a adoção de uma resolução pela IV Comissão da UNESCO7. Abalada pelo desaparecimento total de obras, fruto de uma extraordinária fusão artística de várias culturas que testemunhavam a riqueza cultural afegã, a organização internacional, sediada em Paris, convidou os Estados permanentes do Conselho de Segurança da ONU a lutar de maneira mais eficaz contra a demolição propositada dos tesouros da humanidade. Uma das recomendações foi conceber um novo crime internacional, o “crime contra o patrimônio comum da humanidade”, para facilitar a condenação dos responsáveis de ações predatórias pelos tribunais internacionais.

Não há dúvida de que a inclusão de um quinto crime internacional no rol do Estatuto de Roma8 promoveria a tutela do patrimônio cultural como uma nova grande prioridade da sociedade internacional. Outra proposta para tornar mais eficaz a aplicação das normas seria, segundo o mesmo documento, dar mais poder ao diretor geral da Unesco para informar ao secretário geral das Nações Unidas quando o patrimônio comum da humanidade for ameaçado de destruição intencional, a fim que ele possa, por exemplo, propor medidas necessárias para proteger os bens histórico-artísticos. Sabemos que somente o Conselho de Segurança goza de legitimidade para adotar medidas militares, além das de natureza diplomática, política, econômica, no âmbito internacional. Somente em dezembro de 2012 o principal órgão das Nações Unidas refere-se, em uma das suas resoluções, ao patrimônio da humanidade. Ele condenou, no conflito maliano (guerra civil que começou em 2012 com a insurreição de grupos salafistas jihadistas e independentistas denominados Azawad), as violações dos direitos humanos pelos grupos islâmicos radicais, assim como “a pilhagem, o roubo ou a destruição dos sítios culturais e religiosos”9. Com certeza, essas organizações internacionais foram influenciadas pelas ideias difundidas pela sociedade civil internacional (intelectuais, ONGs, juristas etc.), preocupada com a urgência em salvar o patrimônio histórico-cultural em perigo.

A repetição dos fatos de vandalismo intencional pelos grupos jihadistas de obediência islâmica – fúria guerreira que sempre existiu na história da humanidade, porém, fenômeno novo, acompanhada por uma divulgação em grande escala como meio de propaganda e de terrorismo10 –, levou uma parte da doutrina a pensar em adaptar o direito penal internacional à evolução dos modos de conflitos armados. Assim, à luz da criação do genocídio pela Convenção sobre a Prevenção de Repressão do Genocídio de 1948, da tentativa doutrinária de positivar o “crime de ecocídio” nos anos 6011, o “crime de urbicídio” emergiu na literatura nos anos 90, período ilustrado pelas guerras que ocorreram na ex-Iugoslávia. Todavia, o conceito entrou na posteridade só recentemente.

Um grupo de historiadores de arte, arquitetos e jornalistas12 manifestou sua aflição com uma nova dimensão dos problemas humanitários: o aniquilamento da identidade do inimigo pela destruição dos seus monumentos e lugares de culto que acompanham os assassinos, a fome, os sofrimentos e os êxodos. Cinco arquitetos que assistiram à destruição planejada da capital da Bosnia-Herzegovina, em 1991 e 1992, decidiram testemunhar e alertar o mundo sobre os acontecimentos com uma exposição itinerante que eles batizaram “Warchitecture13 – Urbicide Sarajevo”14. Foi apresentada, por exemplo, no Museu de Arte Moderna Contemporânea de Paris, no Centre Georges Pompidou em 199415. A ONG francesa Groupe, Reportage Étudiants, Environnement, Sociétés – GREES, associada ao projeto dos arquitetos precitados Midhat Cesovic, Borislav Curic, Nasif Hasanbegovic, Darko Serfic e Sabahundin Spilja, explica o uso do neologismo na época:

Porque se o assassinato de um povo é chamado de genocídio, a destruição de uma cidade e o que está acontecendo em Sarajevo pode sim ser chamado de urbicídio. (…) O urbicídio é óbvio, e é isso que estão tentando mostrar estes cinco arquitetos reunidos na associação multiétnica de arquitetos da Bósnia-Herzegovina e Sarajevo Das-Sabih. (…) Esta é uma das realidades da guerra na Bósnia e, mais geralmente, na ex-Iugoslávia. Claro que esta não é a única, mas esta guerra é marcada, entre outros crimes, pelo desejo de destruir as cidades e o que elas representam, para melhor aniquilar o inimigo. Osijek, Vukovar, Zadar, Mostar, Sarajevo … a lista é longa. Os sérvios querem matar a cidade porque ela encarna a civilização, a multietnicidade, as trocas. E Sarajevo entre as cidades do mundo goza de um lugar especial: “Com Jerusalém, Sarajevo é a única cidade do mundo que mistura tantas culturas e religiões diferentes”, explica Midhat Cesovic. Em Sarajevo, há uma catedral católica ao lado de uma sinagoga, de uma grande mesquita e de uma igreja ortodoxa. É o ponto triplo do encontro entre três grandes placas da civilização: o cristianismo ortodoxo grego, o catolicismo e o islamismo. (trad. nossa)

Essa nova terminologia foi rapidamente difundida nos discursos políticos e na mídia. O neologismo “urbicídio” começou a ganhar fama em particular na fala do arquiteto e professor Bogdan Bogdanovic16, um dos maiores oponentes ao regime ultranacionalista de Milosovic, acusado pelo Tribunal Penal para a ex-Iugoslávia antes de morrer e antigo prefeito de Belgrado. Assim, após a mutilação da futura capital da Bósnia-Herzegovina e diante da vergonhosa capitulação da comunidade internacional, o jornal francês Le Monde em maio de 199417 interpelou a opinião pública: “L’urbicide, le mémoricide, le nettoyage ethnique resteront-ils impunis ? Aucun tribunal international ne jugera-t-il jamais les auteurs de ces délits de lèse-humanité?” [“O urbicídio, o memoricídio, a limpeza étnica ficarão impunes? Nenhum tribunal internacional jamais julgará os perpetradores desses crimes contra a humanidade?”]. Hoje, várias obras científicas18 fizeram eco a este conceito que necessita ser definido juridicamente.

b) Definição jurídica do conceito de urbicídio

O termo “urbicídio” foi fabricado seguindo o modelo do conceito de “genocídio” idealizado por Raphael Lemkin em 194419. Sua etimologia é límpida: do latim urbs, cidade, e caedere, destruir, matar; “urbicídio” significa então destruição da cidade. O primeiro uso registrado da expressão “urbicídio” foi feito na obra do prolífico autor britânico de ficção científica Michael Moorcick na novela “Elric: Dead God’s Homecoming”, publicada em 196320. Os norte-americanos de obediência marxista em geral usaram, a partir da década dos anos 60, este conceito para se referirem à reestruturação urbana (ou destruição), como o Bronx em Nova York, que tinha como efeito operar uma reconversão agressiva sobre a experiência social urbana21. Foi depois dos acontecimentos de Sarajevo, na década 90, que o neologismo abraçou outra realidade. Esse novo conceito designa uma realidade antiga, quer dizer, as violências que visam a destruição da cidade22, não na condição de objetivo estratégico, mas na condição de identidade urbana. Para retomar a expressão bastante eficaz de Paul Virilio23 – urbanista, sociólogo e filósofo francês que viveu os bombardeios da sua cidade Nantes na sua infância, em 1943 –, a estratégia da nova guerra, hoje, é uma estratégia anticidade. O espaço urbano tornou-se alvo não apenas por motivos estratégicos, mas sobretudo pelos significados que ele incorpora: identidade, valores sociais e culturais. O conceito compartilha com o de “genocídio” a ideia de purificação, limpeza étnica, aniquilamento. Porém o primeiro não centra sua atenção sobre o ser humano como objeto direto da destruição, como o segundo o faz. A cidade é o símbolo do que é detestado: a polis encarna o lugar de civilização, o centro de poder a ser derrubado, o epicentro de encontros, de trocas entre as populações. Este acordo entre populações de diferentes comunidades que forjam um modo de morar baseado no multiculturalismo ou cosmopolitismo, em valores sociais e culturais torna-se um alvo para os beligerantes que buscam promover uma única identidade da sua comunidade e aniquilar os “geossímbolos”24 do encontro entre as populações e terminar com o “komsiluk” (boa vizinhança)25. O urbicídio é um crime complexo: além de uma grade de análise que se refere somente aos fatores étnicos, religiosos e linguísticos, demonstra que os conflitos são também o fruto de lutas entre urbanos e rurais, entre dois modos de morar opostos que não se entendem26. O apagamento da cidade do mapa não visa exclusivamente, como foi o caso durante toda a história da humanidade, ganhar a batalha ou a guerra e desmoralizar o inimigo27; objetiva instaurar uma supremacia também cultural sobre o inimigo, o “Outro”. Se, na cidade, se concentram os poderes econômicos, os centros de informação, os locais estratégicos, há uma densidade populacional que a torna vulnerável; nela também são sediados os monumentos que refletem uma identidade, uma história, uma cultura a serem apagadas da memória.

Não é à toa que alguns locais são visados pelos bombardeios ou ataques por explosivos. O geografo Rémi Baudouï sublinhou assim como o incêndio da biblioteca de Sarajevo, em agosto de 1992, testemunhou no plano simbólico da raiva que animava os militares sérvios o intuito de acabar com a “cultura do Outro”28. A ponte de Mostar, que ligava dois bairros étnicos diferentes, um bosniano e o outro croata, tornou-se alvo privilegiado também dos bombardeios sérvios. Essa folia assassina irracional, esse “meurtre rituel des villes”29 caracteriza também as exações dos grupos como os talibãs, Al Qaeda no Magrebe Islâmico-AQMI, Ançar Eddine e o Grupo Estado Islâmico (ISIS, segundo o acrônimo inglês) relatados acima. Ponto comum que podemos salientar à leitura dos discursos dos líderes dos beligerantes, ultranacionalistas ou jihadistas, que rejeitam a identidade do inimigo, é a necessidade de apagar as cidades consideradas “impuras”.

Vale destacar que, no Afeganistão, no Mali ou na Síria, no século XXI, os beligerantes privilegiaram o ataque do patrimônio do inimigo aos alvos políticos, econômicos ou militares estratégicos. Em razão da facilidade de derrubar e surrupiar os bens culturais? Ou em razão do forte simbolismo que as estátuas, museus, sítios arqueológicos, mausoléus ou manuscritos representam? Segundo François Chaslin, no seu livro Um ódio monumental30, a resposta é óbvia: “O conflito na ex-Iugoslávia expressa um ódio ao monumento, uma vontade de destruir tudo que participa de uma história comum” (trad. nossa).

Por estas razões, muitas vezes, os traços deixados pelos eventos de guerra nos tecidos urbanos estão carregados de fortes valores simbólicos e a fase de reconstrução torna-se um momento de reescrever a paisagem da memória da cidade. Os projetos de intervenções de restauração, reconstrução ou demolição pós-guerra são, nessa perspectiva, a expressão de narrativas coletivas que estabelecem uma relação cada vez diferente entre a cidade, o evento de guerra e sua memória31.

Uma vez contextualizado e definido, resta analisar de maneira crítica a contribuição do novo crime à teoria do direito penal internacional.

2. Vantagens e desvantagens do novo conceito “urbicídio”

Uma reflexão preliminar sobre o risco da criação de um novo crime pode suscitar, na teoria do direito, uma comparação entre os crimes preexistentes e o novo crime de urbicídio.

2.1. Efeitos nocivos da inflação normativa

Entendemos a intenção dos defensores da criação de um novo crime internacional suscetível de tornar o Tribunal Penal Internacional (TPI) competente: conscientizar a comunidade internacional da extrema gravidade da pulverização da identidade de uma população através de seu patrimônio; insistir também sobre o efeito profilático da consagração de um crime ao acentuar, dramatizar esse caráter grave de todos os atos predatórios para acabar com essas atrocidades. Porém não podemos negar as vicissitudes próprias que surgem quando se cria um novo conceito. Como delimitar precisamente as fronteiras deste crime em gestação? Como atender melhor o princípio de legalidade? Esse crime pode realmente ser considerado um crime internacional capaz de fundar a competência da jurisdição criminal internacional? Não é redundante com os outros crimes internacionais? De modo mais geral, quais são os critérios para avaliar a relevância da constituição de novos crimes internacionais? Sem pretensão de exaustividade, podemos citar as propostas recentes de criação de infrações relativas à proteção dos indivíduos e dos povos (escravidão, apartheiddiscriminação racial, tortura…), as relativas aos espaços e ao meio ambiente (ecocídio, pirataria, poluição, espaciocídio32…), as relativas à proteção do Estado, das organizações internacionais e de seus agentes (atos de terrorismo33…) ou as relativas às trocas internacionais (tráfico de entorpecentes, luta contra a corrupção internacional ou contra os paraísos fiscais…), as econômicas e financeiras34 etc.35. Todas são legítimas e dignas de atenção, porém não contribuem para inflação normativa criminal? Este crescimento exagerado não tem o risco de banalizar o crime internacional e finalmente tornar a luta contra a impunidade ineficaz?

Ao acolher todas essas propostas, chegaremos a uma hipótese de “non-droit”, quer dizer, a hipótese extrema da inefetividade do direito que seria a “ausência de direito em um determinado número de relações humanas onde a lei tinha a vocação teórica de estar presente”36, descrita pelo renomado sociólogo de direito francês, Jean Carbonnier, no meio do século passado. Tanto a escassez de direito quanto sua proliferação podem aniquilar ele mesmo, “como a serpente que se devora pela cauda. Em um imenso número de casos, ele devora fenômenos legais, neutraliza sua juricidade”37. Essa neutralização pela banalização já foi debatida e denunciada a respeito da qualificação quase sistemática dos massacres de população em genocídio (como foi feito para caracterizar os crimes na ex-Iugoslávia nos anos 90, no Darfur no Sudão, em Israel nos anos 2000 ou da juventude negra brasileira atualmente)38.

Em resumo: positivar o crime de “urbícidio”, seria o meio ruim para alcançar um bom objetivo? Precisa-se trivializar os crimes internacionais para “enobrecer” a destruição em massa do patrimônio da humanidade que assola atualmente várias regiões do mundo vítimas da ação de grupos obscurantistas ou de Estados visando nelas impor sua hegemonia? Essas questões merecem uma reflexão aprofundada para conciliar de maneira satisfatória a efetividade jurídica e a luta contra a impunidade.

Uma vez levantado o risco ligado à criação de um novo crime internacional, podemos questionar a sua relevância.

2.2. Comparação do crime de urbicídio com os crimes internacionais positivados

Na jurisprudência dos tribunais penais internacionais ad hoc e do TPI, a destruição deliberada dos bens culturais foi assimilada aos crimes contra a humanidade e aos crimes de guerra. Vale então desenhar as semelhanças e diferenças entre esses crimes.

Os crimes de urbicídio e os crimes contra a humanidade ou de guerra apresentam elementos comuns: visam aniquilar o inimigo e constituem atos de violência coletiva. Porém existem distinções profundas e intrínsecas. No crime contra a humanidade ou de guerra, os valores protegidos dos atos subjacentes visam diretamente a pessoa e, além disso, a espécie humana, como atentados à vida sob a forma de assassinato ou homicídio, atentados à integridade física e mental e à liberdade de deslocamento (sequestros e raptos). O crime de urbicídio é antes de tudo um crime direcionado contra o Estado. Mesmo se ele visa civis que vão sofrer na sua carne, visa de maneira colateral os símbolos do modelo combatido: a potência comercial e financeira, a supremacia militar, o poder político, o patrimônio cultural, através de um impacto simbólico e um grande choque midiático. Nota-se que o criminoso da humanidade ou de guerra busca eliminar os rastros das suas monstruosidades. Ao inverso, os responsáveis pelo urbicídio usam plenamente dos meios de comunicação para divulgar seus crimes. A violência contra o patrimônio, nesses últimos anos, foi teatralizada no intuito de melhor difundir o terror diante das populações visadas, e a reivindicação torna-se um elemento necessário. Parece que os bens são interesses jurídicos protegidos pelas duas incriminações, porém isso fica marginal para o crime contra a humanidade ou crime de guerra. O crime de urbicídio entende resguardar, tanto a pessoa humana quanto os bens da humanidade e os dos Estados. Enfim, o crime contra a humanidade ou de guerra só pode ser cometido por um Estado, enquanto os atos de urbicídio podem ser realizados por particulares para seus próprios interesses39.

Essas diferenças poderiam justificar a razão de ser do novo crime. Porém, do ponto de vista pragmático, sua concretização traz mais perguntas que soluções.

Com efeito, uma discussão a ser resolvida, por exemplo, é de determinar quais seriam os elementos da sua definição a serem comprovados para punir o crime de urbicídio. As evoluções da jurisprudência do Tribunal Penal para a ex-Iugoslávia – TPII corroboram a dificuldade quanto à qualificação do crime (crime de guerra ou crime contra a humanidade?) e quanto aos critérios exigidos para determinar se houve ou não um crime contra o patrimônio da humanidade.40 Em vários julgamentos, o TPII, de maneira solene, condenou os atos visando o patrimônio cultural41. No “caso Kordic”, julgado em 26 de fevereiro de 2001, o ato de demolição e degradação de edifícios consagrados à religião ou à educação, quando tal ato é perpetrado deliberadamente, foi equiparado a um ato de perseguição, posto que equivale a: “um ataque contra a identidade religiosa própria de um povo. Assim, o Tribunal exemplifica a noção de crime contra a humanidade, pois deste fato, é a humanidade no seu conjunto que é afetada pela destruição de uma cultura religiosa específica e dos objetos culturais vinculados”42. No “caso Miodrag Jokic”, o julgamento de 18 de março de 2004 puniu, mais uma vez, esses atos bárbaros de hostilidades contra o patrimônio cultural nesses termos: “O bombardeio da velha cidade de Dubrovnik (classificada na lista da UNESCO) constituiu um ataque não somente contra a história e o patrimônio da região mas também contra o patrimônio cultural da humanidade”43. No julgamento de 3 de março de 200044, T. Blaskic foi acusado por ter atacado o patrimônio cultural do inimigo. No entanto, o tribunal ad hoc entendeu de maneira restritiva o artigo 3° al. d). Foi estabelecido que o dano ou a destruição precisam ser cometidos de maneira deliberada contra edifícios claramente identificados como consagrados à religião ou ao ensino e não usados, no momento dos fatos, para fins militares. Neste “caso Blaskic”, o ataque contra os edifícios não caracterizou um dos quatro crimes internacionais, tornando o TPII competente, pois eles estavam localizados perto de objetivos militares, condição que legitima os bombardeios. No entanto, a jurisprudência da corte criminal evoluiu: no julgamento “Natelic e Martinovic” do 31 de março de 200345, a definição do crime não contemplou mais o elemento de proximidade do edifício bombardeado com os objetivos militares. Mas os juízes internacionais requereram a prova da intenção do autor do delito de degradar o imóvel, prova sempre delicada a fornecer, como é para qualquer elemento subjetivo. Essas exigências são compreensíveis, pois se trata da definição dos crimes internacionais, quer dizer, os de maior gravidade, que afetam a comunidade internacional no seu conjunto, justificando a competência excepcional dos tribunais penais internacionais e relativizando a soberania dos países beligerantes.

O terrorismo compartilha várias semelhanças com o urbicídio, em particular o de propagar o terror e destruir, não somente física mas também moralmente, uma parte da população civil, focar em alvos simbólicos da identidade do inimigo. Mas vale lembrar os fracassos da sociedade internacional ao definir o primeiro para descartar o raciocínio analógico46. Apesar de o terrorismo ser considerado uma das ameaças mais terríveis destas últimas décadas, não houve consenso internacional até hoje, para circunscrever este conceito47, o que não deixa pressagiar, pelo menos a curto prazo, novo conceito de urbicídio.

Mesmo que o desafio da delimitação do conceito esteja superado, restarão outras questões a serem resolvidas. Qual seria seu regime jurídico? O crime é mais grave que os outros crimes internacionais vigentes hoje no Estatuto de Roma? A sanção deveria ser agravada? Quais são as causas para se eximir da sua responsabilidade pela destruição de uma cidade?

Estes são apenas exemplos de incertezas jurídicas que o TPI permanente encontrará se o conceito de urbicídio vier a ser incorporado no artigo 8 do Estatuto de Roma. Além disso, a capacidade deste termo para abranger uma variedade de campos, tais como, direito, política internacional, urbanismo e arquitetura, história da arte, antropologia, filosofia e sociologia, tornará especialmente difícil estabelecer uma definição finita que satisfaça a todos.

Conclusão

A discussão doutrinária sobre a qualificação jurídica aplicável às violações voluntárias aos monumentos históricos tem o mérito de demonstrar as novas expectativas da sociedade internacional quanto à tutela do patrimônio da humanidade. Porém, por enquanto, parece mais conveniente conservar a principal caracterização de “crime de guerra” aplicada pelo TPI. Se a criação de um crime sui generis apresenta intelectualmente argumentos a favor, a mudança da terminologia poderia ser contraproducente. O governo francês, nas suas “50 proposições para proteger o patrimônio da humanidade” reveladas em 201548, propôs sistematizar o acionamento do TPI para responsabilizar individualmente os que perpetraram crimes de lesa-patrimônio (proposição n° 42) sem, no entanto, tentar modificar a qualificação de crimes de guerra para outro crime. Emendar o Estatuto de Roma no intuito de criar uma nova infração tem o risco de deixar entender, segundo Jean-Luc Martinez, redator das proposições, que as destruições das pedras podem ficar no mesmo patamar que os massacres da população, o que é difícil de ser compreendido pela opinião pública. Essa falta de legibilidade provocada pela alteração de jurisprudência seria contraditória com a preocupação de consolidar a efetividade das regras em germinação existentes. Ademais, o processo de reforma do Estatuto de Roma pode revelar-se arriscado pois a probabilidade de uma emenda entrar em vigor é fraca. Alterar as cláusulas do tratado de 1998 necessita da aquiescência da maioria dos 2/3 dos Estados membros da jurisdição criminal internacional e vinculará somente os Estados que ratificaram a emenda. Como o TPI está hoje sofrendo uma fase de contestação, em particular pelos países africanos que contestam sua legitimidade49 e também pelos presidentes russo, Vladimir Putin, norte-americano, Donald Trump, é melhor não dar oportunidade aos Estados de denunciar ou enfraquecer o ato constitutivo desta instituição judiciária, que demonstrou recentemente sua importante contribuição na luta eficaz contra a destruição do patrimônio da humanidade.


1 SARTRE-FAURIAT, Annie. Proche-Orient : patrimoines en grand danger. Anabases, Toulouse, n° 23, 2016, p. 139.

2 ROBICHEZ, Juliette. A destruição do patrimônio cultural da humanidade como instrumento de aniquilamento da dignidade da pessoa humana. A gênese da proteção jurídica do patrimônio cultural da humanidade. Diálogos possíveis, Salvador, v. 14, 2015, p. 96. – ROBICHEZ, Juliette. A proteção do patrimônio histórico-cultural da humanidade e a crise do direito internacional. In: MENEZES, Wagner; ANUNCIAÇÃO, Clodoaldo S. da, VIEIRA, Gustavo M. (org.). Direito internacional em expansão, Belo Horizonte: Arrães Ed., 2015, p. 122.

3 ROBICHEZ, Juliette. A destruição deliberada do patrimônio cultural da humanidade: “crime de guerra” ou crime contra a humanidade”? Revista de Direito Internacional, 2020, v. 17, n.° 3, Dossiê temático: Direito da arte e do patrimônio cultural, p. 357. Disponível em: https://www.publicacoesacademicas.uniceub.br/rdi/article/view/6591. Acesso em: 21 abr. 2021.

4 Definido no artigo 4, A, §6 da Terceira Convenção de Genebra. Termo francês para a conscrição durante as Guerras Revolucionárias francesas, particularmente a de 23 de agosto de 1793.

5 DUFOUR, Jean-Louis. La guerre, la ville et le soldat. Paris: Odile Jacob, 2002.

6 DUFOUR, Jean-Louis. Villes et combats urbains au XXe siècle, in Guerres mondiales et conflits contemporainsParis, 2002/2, n° 206, p. 95. Disponível em: https://www.cairn.info/revue-guerres-mondiales-et-conflits-contemporains-2002-2-page-95.htm. Acesso em: 07 mai. 2019.

7 UNESCO. Quatorzième assemblée générale des États parties à la Convention concernant la protection du patrimoine mondial, culturel et naturel. Paris, 14-15/Out/2003, p. 2. Disponível em: <http://whc.UNESCO.org/archive/2003/whc03-14ga-inf01f.pdf>. Acesso em: 10 fev. 2014.

8 Por enquanto, os crimes internacionais são: crime de genocídio, crime contra a humanidade, crime de guerra e crime de agressão.

9 Resolução 2085 (2012). Disponível em: <http://abonnes.lemonde.fr/international/article/2013/02/15/patrimoine-mondial_1833424_3210.html>. Acesso em: 05 mai. 2014.

10 No seu sentido próprio de aterrorizar a população.

11 CABANES, Valérie. Un nouveau droit pour la terre. Pour en finir avec l’écocide. Paris: Seuil, 2016.

12 Colóquio sobre as cidades destruídas nas guerras recentes, 31 jan. 1995, Ecole d’architecture de Paris-La Défense, sob a iniciativa da revista Urbanisme et da Associação Patrimônio sem Fronteiras. V. EDELMANN, Frédéric. Comment réconcilier les villes martyres et leur histoire. Le Monde, Paris, 11 fev. 1995. Disponível em: <http://www.lemonde.fr/archives/article/1995/02/11/comment-reconcilier-les-villes-martyres-et-leur-histoire_3836761_1819218.html#mQ8aDPHigO6hDpLU.99>. Acesso em: 14 mar. 2017.

13 Neologismo elaborado a partir da palavra “war”, guerra em inglês e “architecture”, arquitetura.

14 GREES. Urbicide à Sarajevo. Blogue Immersion à Sarajevo, s.d. Disponível em: <https://grees2009.wordpress.com/nos-recherches/urbanisme/urbicide-a-sarajevo/>. Acesso em: 14 mar. 2017. Fato interessante, o neologismo “urbicídio” não foi traduzido em inglês na mídia nova-iorquina, o outro “warchitecture-Sarajevo”, associando a palavra “guerra” e “arquitetura”, foi privilegiado para falar de uma cidade “ferida” (“A Wounded City”). V. STOREFRONT FOR ART AND ARCHITECTURE. Warchitecture-Sarajevo: a Wounded City. 04 fev. 1995. Disponível em: <http://storefrontnews.org/programming/warchitecture-sarajevo-a-wounded-city/>. Acesso em: 14 mar. 2017.

15 Une exposition sur Sarajevo au Centre Pompidou. Les ruines d’une ville assiégée. Le Monde, Paris, 03 mai. 1994. Disponível em: <http://www.lemonde.fr/archives/article/1994/05/03/une-exposition-sur-sarajevo-au-centre-pompidou-les-ruines-d-une-ville-assiegee_3829085_1819218.html#0D7axomAHhypp4uf.99>. Acesso em: 07 set. 2016.

16 BOGDANOVIC, Bogdan. Vukovar, Sarajevo. La guerre en ex-Yougoslavie. Paris: Ed. Esprit, 1993.

17 Pourquoi Sarajevo. Le Monde, Paris, 27 mai. 1994. Disponível em: <http://www.lemonde.fr/archives/article/1994/05/27/pourquoi-sarajevo_3831329_1819218.html#rUgtrD2dZmqhOEYS.99>. Acesso em: 07 set. 2016. Tradução nossa: “O urbicídio,o memoricídio e a limpeza étnica ficarão impunes? Nenhum tribunal internacional nunca julgará os autores destes delitos de lesa-humanidade?”

18 Por ex.: MAZZUCCHELLI, Francesco. Urbicidio. Il senso dei luoghi tra distruzioni e ricostruzioni nelle ex Jugoslavia. Bononia University Press, Bolonha, 2010.

19 LEMKIN, Raphael. Chapter IX: Genocide. In: ______. Axis Rule in Occupied Europe: Laws of Occupation – Analysis of Government – Proposals for Redress. Washington: Carnegie Endowment for International Peace, 1944. p. 79-95. Disponível em: <http://www.academia.edu/5846019/Raphael_Lemkin_-_Axis_Rule_in_Occupied_Europe_Laws_of_Occupation_-_Analysis_of_Government_-_Proposals_for_Redress_Chapter_IX_Genocide_&gt;. Acesso em: 08 mai. 2019.

20 MOORCOCK, Michael. Dead God’s Homecoming. Science Fantasy, n° 59, Nova Publishing, 1963, apud WIKIPEDIA, Urbicídio. Disponível em: <https://es.wikipedia.org/wiki/Urbicidio>. Acesso em: 08 mai. 2019. Nesta obra, o protagonista Elric, imperador de Melniboné, abandona seu trono para viajar e assiste impotente à destruição do seu mundo para deixar seu lugar ao nosso.

21 Por exemplo: MARSHALL, Berman. Falling Towers: City Life After urbicide, in CROW, Dennis, Geography and Identity. Ed. Maisonneuve Press, Washington, 1996, p. 172.

22 Pensamos em Troia sitiada e devastada pelos Gregos (1240 a.C.); a tomada de Cartago, cidade sediada no norte da África, originariamente colônia fenícia pelos Romanos que se espalharam pela cidade e semearam as terras de sal para que nada mais repele como diz a lenda (146 a.C.); a tomada de Tenochtitlán (antigo México), capital dos Astecas, pelos Espanhóis (1521)…

23 VIRILIO, Paul. Stratégie de la déception: à partir du conflit au Kosovo, réflexion sur la stratégie militaire du contrôle et de désinformation tous azimuts. Paris: Ed. Galilée, 2000.

24 TRATNJEK, Bénédicte. Des ponts entre les hommes : les paradoxes de géosymboles dans les villes en guerre. Cafés géographiques, rubrique Vox geographi, 12 dez. 2009. Disponível em: <https://halshs.archives-ouvertes.fr/file/index/docid/440892/filename/Des_ponts_entre_les_hommes.pdf>. Acesso em: 28 mai. 2019.

25 O termo “komsiluk”, de origem turca, designa as relações de vizinhança no seu conjunto. Na Bósnia-Herzegovina, no contexto pluricomunitário bosníaco, o termo abrangia um sistema de coexistência cotidiana entre as diferentes comunidades. Expressava-se essencialmente no trabalho, na vida hodierna, na associação na comemoração de todos aos eventos religiosos e familiares. BOUGAREL, Xavier. Bosnie. Anatomie d’un conflit. Paris: La Découverte, 1996, p. 81.

26 TRATNJEK, Bénédicte. La notion d’urbicide : exemples en ex-Yougoslavie. Blogue Géographie de la ville en guerre, 22 out. 2008. Disponível em: <http://geographie-ville-en-guerre.blogspot.com.br/2008/10/la-notion-durbicide-dimensions.html>. Acesso em: 07 set. 2016. Podemos também citar o exemplo de Phnom Penh, capital da Camboja, que sofreu graves destruições e descuidados durante a República Khmer (1970-1975). A “Pérola da Ásia” foi bombardeada pelas tropas comunistas e esvaziada durante quase quatro anos. Em 1975, a nova Kampuchea democrática evacuou pela força seus dois milhões de residentes para que estes trabalhassem nas fazendas rurais e se tornem o “novo povo”. Ver a obra cinematográfica sobre este tema: The killing Fields. Direção de Rolland JOFFÉ, Reino Unido, 1984 (138 min.).

27 Pensamos nos bombardeios de Paris e Londres na Primeira Guerra Mundial, de Guernica durante a guerra civil na Espanha ou Hiroshima e Nagasaki durante a Segunda Guerra Mundial.

28 BAUDOUï, Rémi. De la menace atomique aux conflits de “faible intensité”. L’emprise croissante de la guerre sur la ville. Annales de la recherche urbaine, n° 91, dossier “Villes et guerres”, 2001, pp. 31-32.

29 Idem. “Assassinato ritual de uma cidade”. (trad. nossa)

30 CHASLIN, François. Une haine monumentale. Essai sur la destruction des villes en ex-Yougoslavie. Paris: Descartes & Cie, 1997. – V. também TRATNJEK, Bénédicte. La notion d’urbicideOp. cit.

31 Uma das primeiras medidas adotadas pela população vítima desses atos bárbaros foi de reconstruir a ponte de Mostar ou os mausoléus de Tombuctu.

32 HANAFI, Sari. Spatiocide, réfugiés, crise de l’Etat-nation. Multitudes, Paris, 2004-4, n° 18, p. 187. Disponível em: <http://www.cairn.info/article_p.php?ID_ARTICLE=MULT_018_0187>. Acesso em: 17 mar. 2017 – LEVY, Jacques. Topologie furtive. Espacestemps.net, 2008. Disponível em: <http://www.espacestemps.net/articles/topologie-furtive/>. Acesso em: 17 mar. 2017. Esses autores demonstram que o espaço é um recurso usado pelo Estado israelense para impedir a construção estatal palestina: as políticas de expropriações gerais das terras, deslocamento ou expulsão maciça dos habitantes; o assentamento consistente, exaustivo e definitivo por colonos visa a romper a continuidade territorial, a suprir a relação entre Palestino e seu território.

33 ROBICHEZ, Juliette; SPÍNOLA, Luíza M. C. A complexa definição de ato terrorista como crime contra a humanidade. Revista da Faculdade de Direito – UFPR, Curitiba, v. 65, n° 2, mai./ago. 2020, p. 149. Disponível em: https://revistas.ufpr.br/direito/article/view/69797/41512. Acesso em: 17 dez. 2020. V. também: MOLINS, François. Actes de terrorisme : nouveaux crimes contre l’humanité ? Paris: Colloque à la Cour de cassation: 70 ans après Nuremberg – Juger le crime contre l’humanité, 30 set. 2016. Disponível em: <https://www.courdecassation.fr/IMG/F%20Molins%20-%20Actes%20de%20terrorisme%20%20noueaux%20crimes%20contre%20l%20humanit%C3%A9%20-%2070%20apr%C3%A8s%20Nuremberg%20-%20Juger%20le%20crime%20contre%20l%20humanit%C3%A9.pdf>. Acesso em: 17 mar. 2017.

34 MUNIZ, Lucas Maia Carvalho. A tutela dos crimes contra o sistema financeiro nacional no Tribunal Penal Internacional. Trabalho de Conclusão de Curso, Faculdade Ruy Barbosa, Curso de direito, orientador: Juliette Robichez, 2013 (n.p.).

35 Para maiores desenvolvimentos V. ASCENSIO, Hervé, DECAUX, Emmanuel, PELLET, Alain. Droit international pénal. Paris: A. Pedone, 2° ed., 2012, pp. 183 e s.

36 CARBONNIER, Jean. Flexible droit. Pour une sociologie du droit sans rigueur. Paris: LGDJ, 7° ed., 1992, p. 23 e s. Trad. nossa.

37 Idem. Trad. nossa

38 Ex.: JARREAU, Patrick. Simone Veil s’inquiète de la banalisation du génocide des juifsLe Monde, Paris, 18 mai. 2003. Disponível em: <http://abonnes.lemonde.fr/une-abonnes/article/2003/05/15/simone-veil-s-inquiete-de-la-banalisation-du-genocide-des-juifs_320122_3207.html?xtmc=simone_veil_s_inquiete_de_la_banalisation_du_genocide&xtcr=1>. Acesso em: 21 abr. 2019.

39 V. ausência de consenso sobre essa questão no debate na Comissão de Direito Internacional sobre o projeto de código dos crimes contra a paz e a segurança da humanidade. ACDI, 1986, vol. II, 2 e partie, p. 48, § 98. V. também ACDI, 1990, vol. II, 2 e parte, comentários do art. 16 in fine, p. 29. Contra: Resolução da AG/OEA, 30/06/70, equiparando os atos de terrorismo a crimes contra a humanidade. Mesma posição nas resoluções 863 de 1986, 1170 de 1991 e na recomendação 1644 de 2004 da Assembleia Parlamentar do Conselho da Europa. V. ROBICHEZ, Juliette; SPÍNOLA, Luíza M. C. Loc. cit.

40 DIAS, Anauene. Destruição do patrimônio cultural: crime de guerra. Revista Via IurisBogotá, 2018, n° 25, p. 1. Disponível em: <https://www.academia.edu/38358730/Destruição_do_patrimônio_cultural_como_crime_de_guerra.pdf?email_work_card=view-paper>. Acesso em: 28 mai. 2019.

41 CARDOSO, Tatiana de Almeida F. R. Novos desafios ao direito internacional humanitário: a proteção dos bens culturais em caso de conflito armado. Revista de Direitos Fundamentais e Democracia, Curitiba, v. 14, n° 14, jul./dez. de 2013, p. 196. Disponível em: <http://revistaeletronicardfd.unibrasil.com.br/index.php/rdfd/article/view/381/338>. Acesso em: 25 jul. 2018.

42 TPII – TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL PARA EX-IUGOSLÁVIA. Câmara de Primeira Instância. Procurador v. Kordic & Cerkez. 27 fev. 2001. N° IT-95-14/2-T. <Disponível em http://www.icty.org/x/cases/kordic_cerkez/tjug/fr/kor-010226f.pdf>. Acesso em: 21 mar. 2014, pp. 64 e 65; p. 101 e s. e p. 311 e s. Trad. livre

43 TPII – TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL PARA EX-IUGOSLÁVIA. Câmara de primeira instância I. Procurador c. Miodrag Jokic. 18 mar. 2004. N° IT-01-42/1-S. Disponível em: <http://www.icty.org/x/cases/miodrag_jokic/tjug/fr/jok-sj040318f.pdf>. Acesso em: 21 mar. 2014, p. 21 e s. Trad. livre.

44 TPII – TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL PARA EX-IUGOSLÁVIA (2000a). Câmara de Primeira Instância I. Procurador c. Tihomir Blaskic.03 mar. 2000. N° IT-95-14-T. Disponível em: <http://www.icty.org/x/cases/blaskic/tjug/fr/bla-tj000303f.pdf>. Acesso em: 21 mar. 2014, p. 5 e s., pp. 53 e 56, p. 63 e s., p. 144 e s.

45 TPII – TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL PARA EX-IUGOSLÁVIA. Câmara de primeira instância. Procurador v. Mladen Naletilic e Vinko Martinovic. 31 mar. 2003. N° IT-98-34-6. Disponível em: <http://www.icty.org/x/cases/naletilic_martinovic/tjug/fr/tj030331f.pdf>. Acesso em: 21 mar. 2014, p. 230 e s., pp. 274-275.

46 ROBICHEZ, Juliette; SPÍNOLA, Luíza M. C. Loc. cit.

47 JAPIASSÚ, Carlos Eduardo A. Coleção para entender: o Direito Penal Internacional. Belo Horizonte: Del Rey, 2009. – MALUF, Elisa L. Terrorismo e prisão cautelar: eficiência e garantismo. São Paulo: LiberArs, 2016.

Ver referências in: ROBICHEZ, Juliette; SPÍNOLA, Luíza M. C. Loc cit.

48 MARTINEZ, Jean-Luc.Cinquante propositions françaises pour protéger le patrimoine de l’humanité. In: Rapport au Président de la République sur la protection du patrimoine en situation de conflit armé. Nov. 2015. Disponível em: <http://www.elysee.fr/assets/Uploads/Cinquante-propositions-francaises-pour-proteger-le-patrimoine-de-lhumanite.pdf>. Acesso em: 05 fev. 2017.

49 Acusado de ser uma instituição “racista e neocolonial” pela União Africana, alguns Estados africanos manifestaram sua vontade de sair da organização internacional. A partir de 2015, a África do Sul, o Burundi e a Gâmbia introduziram um processo de denúncia do Tratado de Roma de 1998.Ver ROBICHEZ, Juliette. A justiça penal internacional e a África. Análise crítica do “afrocentrismo” do Tribunal Penal Internacional. Cientifico, Salvador, 2018, p. 147. Disponível em: <https://revistacientefico.adtalembrasil.com.br/cientefico/article/view/626/390>. Acesso em: 21 abr. 2019.

[Fonte: http://www.outraspalavras.net]

El ‘Diccionario histórico de la lengua española’ ha sido uno de los proyectos más apasionantes y accidentados de la cultura hispánica. Ahora cobra un impulso definitivo gracias a la informática

Fichero general de la Real Academia Española, con más de 10 millones de papeletas léxicas y lexicográficas.LUIS SEVILLANO

Escrito por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

Como en un cuento de Borges, en un luminoso edificio de la calle de Serrano de Madrid hay un grupo de 11 personas empeñadas en una tarea pendiente desde hace un siglo: culminar el Diccionario histórico de la lengua española. Ese edificio es la sede del Centro de Estudios de la Real Academia Española y esas 11 personas, coordinadas por Mar Campos y con Pilar Salas como jefa de redacción, son un equipo de informáticos y lexicógrafos consagrados a registrar la definición y evolución de absolutamente todas las palabras —vivas y muertas— de una lengua con 1.000 años de antigüedad y más de 500 millones de hablantes en todo el planeta. “Histórico” no significa “antiguo” sino “total”, subrayan Campos y Salas mientras navegan por la web del diccionario, concebido desde el principio como nativo digital y accesible gratuitamente desde la página de la RAE. “Total” quiere decir que recogerá los términos más remotos y los recién nacidos, incluso aquellos que designan realidades que nunca llegaron a existir. Como los coronabonos que hace un año planeaba emitir la Unión Europea para compensar los estragos de la crisis del coronavirus.

La casualidad ha querido que el campo semántico de la covid se encuentre entre las novedades publicadas esta semana en el Diccionario histórico. Cuando se declaró la pandemia, el equipo de la RAE llevaba meses rastreando palabras relacionadas con las enfermedades en general y con las respiratorias en particular. Ni que decir tiene que el último año ha supuesto un curso intensivo sobre composición, derivación y parasíntesis. Dan fe los 88 términos recogidos en relación con un virus documentado por primera vez en español en una Guía de enfermedades de los cerdos publicada en 1980: de coronillavirus coronaplauso, pasando por covidivorcio coronoia (que se ha usado para designar tanto la negación de la dolencia como la preocupación excesiva por contraerla).

Estos 88 términos forman parte de las 715 últimas incorporaciones, presentadas esta semana, a un repertorio que cuenta ya con 6.325 entradas (artículos en la jerga filológica). El “ya” puede parecer hiperbólico si se piensa que el diccionario de uso registra 93.000 y que el histórico triplicará esa cifra dado que tendrá que incorporar una multitud de variantes y el léxico en desuso. La hipérbole no lo es tal si se tienen en cuenta las prestaciones de un diccionario así y, en el caso del español, su accidentada trayectoria. Las primeras tienen algo de ciencia ficción; la segunda, mucho de épica y drama.

Quienes entren en la página del Diccionario histórico comprobarán que de cada palabra se registran la etimología y todas sus acepciones, se resume su biografía desde que se documentó y se argumentan su evolución y uso con multitud de ejemplos. Un caso: trompa —cuya historia se relata en un texto que ocuparía cinco páginas de periódico— cuenta con 75 acepciones principales, la primera de las cuales se ilustra mediante 375 ejemplos localizados entre 1240 y 2020. A esto hay que añadir una relación de locuciones que van desde estar trompa (borracho) hasta andar con la trompa como chancho de monte (enfadado). La web permite además consultar todos los ejemplos citados con su referencia bibliográfica. O ver solo los más destacados o el más antiguo y el más moderno. Igualmente, con un simple clic, se accede a la familia de cada palabra, que se despliega como una red de nodos que permiten comprender de un vistazo que la lengua no es una línea recta sino una constelación. Y que, además, se mueve. En el futuro bastaría con ajustar los criterios para tener al instante un diccionario de anglicismos o uno del español del siglo XVIII. La información ya estará disponible.

El Diccionario histórico recibe actualmente 10.000 visitas al mes. Con la versión recién estrenada la RAE espera que esa cifra dé el salto al millón. Sus cálculos se basan en los dos millones mensuales que reciben el Diccionario panhispánico de dudas y el Diccionario panhispánico del español jurídico. El Diccionario de la lengua española juega en otra liga: en el último año alcanzó los 1.000 millones de consultas.

De ‘coronoia’ a ‘covidivorcio’, en un año han registrado 88 términos relacionados con el coronavirus

El equipo del Diccionario histórico publica cada año —en dos entregas: marzo y septiembre— un total de 1.400 palabras. A este ritmo, tardaría casi un siglo en culminar su trabajo. Un plazo que, como apunta con ironía en su despacho el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, hoy en día “va más allá de la imaginación humana”. De ahí que al grupo de la calle de Serrano se le acaben de unir 18 equipos de todo el mundo. Academias americanas, universidades españolas e instituciones como el Instituto Caro y Cuervo de Colombia formarán parte de una red “panhispánica” que en un lustro podría llevar el diccionario hasta las 30.000 voces. “El histórico está pensado para que sea nativo digital y sus prestaciones no son sustituibles por una edición impresa equivalente”, apunta Muñoz Machado, “pero dentro de cinco años yo querría preparar una edición en papel con el material que tengamos”. Como él mismo reconoce, el ejemplo del diccionario de Oxford, todo un símbolo, sigue pesando mucho.

Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española y del 'Diccionario histórico', este martes en la sede de la RAE, en Madrid.

Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española y del ‘Diccionario histórico’, este martes en la sede de la RAE, en Madrid. INMA FLORES / DIARIO AS

Esa es la parte de la épica y el drama. El castellano es uno de los pocos idiomas de peso internacional que no cuenta con un diccionario que ya poseen lenguas como el alemán, el inglés, el francés, el italiano, el sueco, el neerlandés y el catalán. La mayoría se puede consultar en internet y algunos cumplirán pronto 200 años. Es el caso del Deutsches Wörterbuch, el diccionario histórico del alemán que los hermanos Grimm, fundadores de la lexicografía histórica, comenzaron a elaborar en 1838. El gran modelo es, no obstante, el Oxford English Dictionary impulsado en 1879 por James Murray. La película Entre la razón y la locura (2019), protagonizada por Mel Gibson y Sean Penn, refleja el método empleado por Murray para recopilar en poco tiempo un amplio corpus de ejemplos: hacer un llamamiento a través de la prensa y de las bibliotecas para que cualquier lector culto le hiciera llegar fichas con citas literarias que ilustraran los usos. En 1928 se completaron los 20 volúmenes de la primera edición.

Fundada en 1713, la Real Academia Española incluyó en su reglamento de 1861 la necesidad de confeccionar un diccionario histórico a partir de “colecciones, clasificadas por siglos, de palabras, locuciones” y “frases”, pero hasta 1914 no se elaboró un plan general para su redacción. En 1934 apareció el primer volumen (con la letra A), y tres años más tarde, el segundo (con la B y parte de la C). La Guerra Civil interrumpió los trabajos y, para colmo, una bomba incendió el almacén de la editorial que custodiaba los ejemplares de esos dos primeros tomos. En 1946, el recién creado Seminario de Lexicografía, con Julio Casares al frente, recurrió al modelo oxoniense de pedir la colaboración pública para la elaboración de ficheros. El resultado estuvo lejos del éxito británico y poco después la RAE trazó de cero un nuevo plan para un repertorio de 25 volúmenes. Pese al altísimo nivel de los filólogos embarcados en el proyecto, la segunda vida del Diccionario histórico terminó en 1995. Poco antes se había calculado que a ese ritmo —iban por la letra B— los trabajos durarían hasta el año 2400.

Tras desechar ‘camarera’ o ‘aeromoza’, Iberia resucitó en el siglo XX una voz que ya no se usaba: ‘azafata’

La modernidad llegó al diccionario más deseado de la lengua española en 2007. Ese año se puso al frente José Antonio Pascual, que era por entonces vicedirector de la RAE y, sobre todo, un mito para varias generaciones de lectores y filólogos, que siguen hablando del “Coromines y Pascual” para referirse al monumental —seis volúmenes— Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico firmado por ambos. En la terraza de su casa de Madrid, a un paso del Retiro, Pascual recuerda el momento en que Joan Coromines, maestro de maestros, le propuso que colaborase con él. Tenía 29 años. “Me pregunto cuánto le cobraría”, se ríe. “Durante siete años pasé las vacaciones de verano, Navidad y Semana Santa en Barcelona y en Pineda de Mar. Coromines era un prodigio, infatigable. Yo empezaba temprano, paraba una hora para darme un baño y comer y seguíamos hasta la noche. Él decía siempre: ‘¿No se queda un rato más?”.

Pascual, que a finales de los años ochenta ejercía de sabio en Hablando claro —el programa de TVE dedicado a la lengua—, liberó al Diccionario histórico de dos viejos corsés: el papel y el orden alfabético. Desde entonces se trabaja por familias de palabras. Lexicografía, Filología e Informática son los pilares de un “diccionario electrónico y relacional” que dio sus primeros frutos en 2013. José Antonio Pascual recuerda cómo empezaron simulando en hojas de papel el aspecto de la futura página digital. Hoy la herramienta está tan desarrollada que, basándose en criterios rigurosísimos aplicados por el equipo del Diccionario, la máquina puede incluso proponer una redacción automática para la historia de una palabra, sin contradicción con el resto y sin errores de escritura.

Mel Gibson y Sean Penn, en la película 'Entre la razón y la locura' (2019), que cuenta la historia del 'Diccionario de Oxford', modelo fundamental para otros diccionarios históricos.

Mel Gibson y Sean Penn, en la película ‘Entre la razón y la locura’ (2019), que cuenta la historia del ‘Diccionario de Oxford’, modelo fundamental para otros diccionarios históricos.

En cualquier caso, la redacción de las definiciones trata de emplear todo lo posible la fórmula persona que en lugar de hombre que o mujer que y de evitar que la mujer se defina con relación al hombre (en el equipo de lexicografía de Madrid hay seis filólogas y tres filólogos). También se tratan de evitar los sesgos geográficos hispanoespañoles y se buscan ejemplos en textos literarios y medios de comunicación de todo el ámbito hispánico. El nuevo DHE pretende ser panhispánico. De ahí que la red recién fundada para impulsarlo se extienda por toda América y comparta un mismo programa informático. Adolfo Elizaincín, director del equipo de la Academia Nacional de Letras de Uruguay, cuenta por teléfono desde Montevideo que la técnica hará por fin posible una vocación que muchas veces no ha pasado de las buenas intenciones. “El español nació en España, pero el imperio se acabó hace tiempo. Tampoco hay un español americano único”, explica. “Yo estoy tan lejos —o tan cerca— de un mexicano como de un andaluz. El Diccionario histórico demostrará de dónde viene la diversidad de una lengua que, por otro lado, es muy unitaria. En nuestro caso, la influencia de Brasil, el gran vecino, es significativa: en las zonas fronterizas se dice yo gusto de algo en lugar de me gusta. También el léxico es un reflejo de la historia y de la mezcla con lenguas indígenas como el guaraní —la propia palabra Uruguay— o, indirectamente, el quechua —cancha—”.

José Antonio Pascual, de 79 años, se retiró en 2020. Dejó la dirección general del diccionario en las manos de Santiago Muñoz Machado, y su coordinación, en las de Mar Campos, otra histórica del histórico. “Fue fácil dejarlo porque el equipo es espectacular”, cuenta. “Son mejores que yo. Como debe ser. Lo contrario querría decir que habíamos formado un equipo malo. La filología que yo estudié era de microscopio. Para mí el léxico son pistas, huellas. Para un filólogo actual es un argumento, una hipótesis, una proyección”.

Los diccionarios históricos nacieron en el Romanticismo para llevar cada idioma a las fuentes de su supuesta pureza. El resultado fue el contrario: descubrir que no hay lenguas puras.

Como el de los hermanos Grimm, que promovieron el suyo para, entre otras cosas, luchar contra los préstamos románicos, la mayoría de los diccionarios históricos nació en pleno Romanticismo para llevar cada idioma a las fuentes de su supuesta pureza original. El resultado fue siempre el contrario: descubrir que no hay lenguas puras. Además, la mera idea de corrección evoluciona y el significado de muchas palabras cambia cuando los hablantes añaden matices o, simplemente, las interpretan erróneamente. Pascual recuerda que en los años treinta la Academia consideraba el seseo un “feo vicio” que había que suprimir. También que a él le espanta la forma explosionar porque prefiere explotar, palabra que a su vez horrorizaba a su padre, para el que lo correcto era estallar. “Para mí, por edad”, cuenta, “enervar sigue siendo debilitar —cortar los nervios—, pero sé que se va imponiendo el significado de poner nervioso. También patético era impresionante, grandioso por su origen griego —el pathos, la Patética de Beethoven—, pero terminará significando penoso por influencia del inglés”.

Contra lo que piensan los integristas, toda lengua es menos una metafísica que una metamorfosis. Las palabras nacen, mutan, mueren. A veces resucitan. Es el caso, explica Pascual, de azafata: “En el siglo XV era una bandeja (azafate), y en el XVI, la señora que llevaba esa bandeja y atendía a la reina o a una mujer de alto grado. Luego desaparece. La rescata Iberia después de descartar términos como camarera o ­aeromoza. La resucitó el marketing”.

Cuando a las personas que trabajan en el Diccionario histórico se les plantea si terminarán por imponerse las duplicaciones de género o la corrección política, ni niegan ni afirman: responden que esas duplicaciones eran habituales en la Edad Media y en muchos testamentos. O que decimos apestado pero evitamos hablar de algo como del cáncer de la sociedad. Trabajan con un sismógrafo que tiene memoria, no con el código de circulación. Registran cada movimiento de cada palabra. Y siempre se hacen una pregunta: ¿dónde están los ejemplos? Su labor es compleja; su filosofía parece sencilla: yo hablo, tú me entiendes. El resto es historia.

[Fuente: http://www.elpais.com]