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La expresión inglesa dark kitchen, que alude a cocinas industriales que solo sirven a domicilio, puede reemplazarse por cocina fantasma.

En los medios de comunicación es frecuente ver empleado el anglicismo en preferencia al giro español, como en «Las ‘dark kitchen’ desesperan a los vecinos», «Un 10 % de los pedidos a domicilio ya procede de dark kitchens» o «Las nuevas tecnologías impulsan a las dark kitchens».

Este modelo de negocio recibe diferentes nombres en inglés, como dark kitchen, cloud kitchen, shadow kitchen o ghost kitchen, entre otros, y en español se ha optado mayoritariamente por una traducción basada en la última de esas formas, en la que fantasma se emplea figuradamente, porque no funcionan como restaurantes reales, con servicio de mesa.

Su plural puede ser cocinas fantasma o cocinas fantasmas. Tal como se explica en la Nueva gramática de la lengua española, el término fantasma se puede interpretar como un sustantivo en aposición invariable (cocinas fantasma) o como un adjetivo que admite el plural (cocinas fantasmas).

Por ello, en los ejemplos anteriores habría sido más adecuado escribir «Las cocinas fantasma desesperan a los vecinos», «Un 10 % de los pedidos a domicilio ya procede de cocinas fantasma» y «Las nuevas tecnologías impulsan a las cocinas fantasma», aunque también habría sido válido «cocinas fantasmas».

Finalmente, se recuerda que, si se opta por la forma inglesa, lo adecuado es escribirla en cursiva o, cuando no es posible emplear este tipo de letra, entre comillas.

 

[Foto: archivo EFE / Víctor Lerena – fuente: http://www.fundeu.es]

Escrito por

Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo
Alex Grijelmo
Madrid, Taurus, 2019.
p. 304.

Al llamado «lenguaje inclusivo» se le suele objetar su carácter chirriante y arbitrario, sin reparar en que a menudo sus problemas van más allá y su empleo hace de enunciados simples paradojas dignas de un Zenón de Elea. El otro día, por ejemplo, hojeando un libro de la mesa de novedades de una librería, topé con esta expresión en el frontis de un capítulo: «Nosotros y nosotras…». Mi comprensión lectora quedó atrapada por este curioso sintagma autodestructivo. Con cierto fastidio, pero sin violar la lógica imperfecta de los lenguajes naturales, uno puede decir «ellos y ellas» o «vosotros y vosotras»: a un conjunto de varones se yuxtapone otro de mujeres. No sucede lo mismo con «nosotros y nosotras»: el sentido de la primera persona del plural no es yuxtaponer, sino más bien el de reunir o unificar. Doblando el pronombre se hace disjunto lo que por definición es conjunto. En suma: no hay, en este universo, hablante que pueda decir con sentido «nosotros y nosotras» (locución que tendría que ser pronunciada, por lo demás, al unísono, a no ser que se tratase del extraño plural mayestático de un monarca intersexual). Si además el grupo es solo de dos personas (e.g. un matrimonio de hombre y mujer que anunciase a sus amigos: «nosotros y nosotras iremos mañana a comer al restaurante que habéis recomendado») la paradoja es doble: cada uno de ellos se estaría refiriendo a un grupo, tratándose de una única persona.

Estas rarezas lógicas son minoritarias. Más habitual es forzar la flexión femenina de un nombre que no es masculino, sino común en cuanto al género, y por lo mismo, naturalmente inclusivo: juez en juezaportavoz en portavoza. Ambas voces castigan el oído, si bien a la primera nos hemos acostumbrado. Dentro de la clase de palabras que no haría falta doblar descuellan los participios de presente, también llamados participios activos, aquellos que denotan capacidad de realizar la acción que expresa el verbo del que derivan. Aunque en puridad son formas verbales, muchos se lexicalizan como sustantivos (cantanteestudiantepresidente). Ahora bien, a excepción de los participios de pasado (el aria cantada, el examen estudiado, la reunión presidida) los verbos carecen de marca de género; la mayoría de sustantivos, en cambio, sí la tienen. ¿Qué hacer por tanto con un nombre que es el fósil de un verbo? No hay regla. La lengua hablada da permiso de circulación a algunos femeninos (de clienteclienta; de sirviente, sirvienta) y cierra el paso, por ahora, a otros (amante y no amantamilitante y no militantaagente y no agenta). Dado que la feminización es más habitual en terminaciones en -ente que en -ante, deduzco que el criterio del hablante (que no hablanta) es el de eufonía. Por lo demás, solía ser el caso que el femenino en estos supuestos, en épocas merecidamente superadas en que se vedaba a las mujeres el acceso al cargo público, significase «esposa de». Así, Clarín tituló La Regenta a su famosa novela: Ana Ozores era la esposa del regente, cuyo nombre nadie recuerda.

Me quiero detener en una voz en disputa: presidenta. O, tanto da, vicepresidenta. Decía Carmen Calvo cuando ocupaba el cargo que, si oía la palabra vicepresidenteella no volvía la cara, por no sentirse concernida. En 2021 esta parece ser la postura estándar neofeminista. Anoto la fecha porque no siempre fue así. A algunas de las primeras mujeres que alcanzaron cargos de relieve en España no les importaba demasiado ser «presidente». No faltaba quien lo exigía. Viene a la cabeza Ana Diosdado, que en su paso por la presidencia de la SGAE hizo saber que no deseaba ser presidenta y firmaba sus cartas y escritos como «la presidente». Había razones lingüísticas que quizá en su condición de dramaturga y guionista no se le ocultaban: en su etimología presidente proviene de latín prae sedens: él o la que se sienta delante. El doblete aquí es tan innecesario como en sedentepresente o paciente. O quizá Diosdado pensaba que la igualdad era llegar a «presidente» (toda vez que «presidentas» ya había habido durante el franquismo, siempre de organizaciones de poca enjundia o como título meramente honorífico). Por mi parte, diré que no tengo problema alguno en usar «presidenta» si es el término que prefiere la persona aludida. Por otro lado, creo que si fuera mujer y alcanzara a esa posición, me daría bastante igual ser «presidente».

Sirva esta introducción para probar mi interés por los debates acerca del llamado «lenguaje inclusivo». Cosa que no sorprende. El lenguaje es obra colectiva de la que todos nos sentimos propietarios, sobre todo si es la materna. Conquistar el dominio de la lengua cuesta no pocos desvelos, y es comprensible que todo cambio en la norma genere vivas discusiones. Vaya también por delante mi predisposición a la tolerancia y a cierta flexibilidad para cambiar de usos lingüísticos. Con ánimo de informar mejor mis opiniones he leído Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, del veterano periodista Alex Grijelmo (Taurus, 2019). Es un libro útil. Grijelmo está bregado en las controversias acerca de la lengua y tiene sobrados títulos para moderar este debate (es autor del libro de estilo de El País y fundador, durante su paso por la Agencia EFE, de la Fundación del Español Urgente, la benemérita Fundéu, que vela por el buen uso del español en los medios). Es además hombre de talante conciliador, que gusta de ponderar los méritos de un argumento y su contrario. Busca apoyo a menudo para sus tesis en las filólogas feministas, que ha leído a fondo y con genuino interés. Su libro termina con un borrador de treinta seis sugerencias con soluciones razonables y de fácil uso a los dilemas y embrollos que ha traído la cuestión del lenguaje inclusivo. Es bastante asumible.

El libro, que no es corto, puede resumirse en cuatro tesis. La primera: la pervivencia de usos sexistas en la lengua. El caso más notorio son las asimetrías: expresiones o palabras que dichas de una mujer adquieren un matiz peyorativo ausente al decirse de un varón (asistente y asistentafulano y fulanamodisto y modistazorro y zorra). La segunda: que el machismo de algunos usos no puede extenderse a la gramática y a su sistema de formación del género gramatical. Grijelmo dedica informadas páginas a mostrar que el uso del genérico no marcado –el mal llamado «masculino genérico»– no nace fruto de ninguna conspiración patriarcal o directriz machista para invisibilizar a la mujer. Justo lo contrario: fue la necesidad de dar visibilidad a la mujer, conspicua realidad de la vida, lo que hizo que las lenguas indoeuropeas desgajaran un género propio para ellas, distinto del común usado hasta entonces (privando así a los hombres del género individualizado que tienen las mujeres). La tercera: la necesidad de quitarse de la cabeza la principal superstición que impulsa el uso del lenguaje inclusivo: la creencia de que lo que no se nombra no existe. Lo que no se nombra sí existe. Porque la lengua es un sistema de representación donde el significante no silencia el sentido, que el oyente recupera por vía de contextos compartidos y en virtud del principio de cooperación entre emisor y receptor. Al decir «pasé cuatro días en Londres» todo el mundo entiende incluidas las noches sin necesidad de aclaración. Salvo en San Petersburgo, en algunas fechas del calendario, las noches no se invisibilizan. Tampoco las mujeres al decir «los invitados pasaron al salón». (Naturalmente, el principio de cooperación, enunciado por Grice, se basa en la sinceridad; ausente esta, una omisión sí es una ocultación). La cuarta tesis, secuela de las anteriores: no hay relación de univocidad entre sociedad y lenguaje. Una lengua poblada de «masculinos genéricos» puede corresponderse con sociedades muy avanzadas en punto a igualdad de género. En sentido inverso, lenguas que no marcan el género y son por tanto estrictamente igualitarias en su gramática son a veces el patrimonio de sociedades machistas y retrógradas.

Lo que dice Grijelmo, en suma, es algo tan sensato como esto: si hay machismo, no está en la gramática, sino en la sociedad. Al evolucionar, la sociedad puede cambiar algunos usos sin necesidad de erosionar una gramática menos caprichosa de lo que se supone. Viene aquí a cuento el útil concepto de «sesgo del oyente», acuñado por Álvaro García-Meseguer, pionero de la reflexión sobre sexismo y lengua. Si una persona escucha «los jueces» y piensa solo en jueces varones es porque en la realidad hay pocas juezas, y es en la realidad donde se debe intervenir removiendo barreras o incentivando el acceso de las mujeres a la carrera judicial. Sabemos que eso ya no pasa: las mujeres son de hecho mayoría en las nuevas promociones de togados y es cuestión de tiempo que lo sean también en lo alto del escalafón. Cualquiera sabe que si va al juzgado, el juez que se le asigne puede ser mujer u hombre: lo primero ya no le sorprenderá. Sucede algo parecido con la palabra «matrimonio»: tras la normalización del matrimonio homosexual los españoles ya no damos por hecho que la voz deba referirse a hombre y mujer. No ha habido que cambiar la palabra para ampliar el rango de su significado. De hecho, el doblete morfológico puede lograr lo contrario de lo pretendido; esto es, mantener oculto en lugar de hacer ostensible. Por ejemplo, «Marie Curie fue la primera científica en identificar la radioactividad» es una frase de la que podríamos deducir que algún científico varón ya lo habría hecho antes. Pero no, Marie Curie fue la primera «científico» en hacerlo, así como en ganar dos veces el premio Nobel. Con buen criterio Grijelmo sugiere que para las mujeres es más provechoso «apropiarse» del término genérico acrisolado, obligando a ampliar su ámbito de significación, que exigir un término privado para el sexo femenino. Nadie se extraña de que este año de su centenario se hayan sucedido «homenajes» a Emilia Pardo Bazán, a pesar de que la etimología de la palabra recuerde su vinculación con los homes de la lengua provenzal, los hombres.  Se trata de un nombre masculino ganado por la mujeres y por tanto ya común. Como «patrimonio».

Grijelmo, en fin, concibe el «lenguaje inclusivo» como «un lenguaje identitario», un léxico especializado para uso de un gremio, en este caso un movimiento político. Llevado por su propósito conciliador, cree que, siempre que se use con mesura, su práctica puede tener efectos benéficos: «Una moderada duplicación –sobre todo en la lengua cultivada, es decir, en la actuación sobre el lenguaje público y administrativo– servirá legítimamente como símbolo de que se comparte esa lucha por la igualdad, siempre que eso no implique considerar machista a quien prefiera emplear el genérico masculino por creerlo igualmente inclusivo y además más económico» (pág. 277). No se muestra por tanto Grijelmo partidario de soluciones drásticas como la adoptada por el gobierno francés, que ha prohibido el lenguaje inclusivo en las aulas y en los documentos oficiales, «por ser un obstáculo a la comprensión de la escritura». En definitiva (aunque el autor es demasiado educado como para aprobar esta simplificación): «que lo usen los políticos en sus discursos y los funcionarios en sus papeles y a los demás nos dejen tranquilos». (Por cierto: Grijelmo ha comprobado que cuando las convocatorias de empleo público se redactan en genérico no marcado, las mujeres acuden igual a las pruebas).

Es una postura con la que quizá hubiera simpatizado hace unos años, cuando la moda no había mutado en religión. Me temo que pocos de los usuarios del lenguaje inclusivo están de acuerdo en practicar esa largueza liberal recíproca que Grijelmo propone. En una economía terciariada donde las comunicaciones escritas son constantes –se escriben docenas de correos electrónicos al día–, la decisión de usar o no el «lenguaje inclusivo» –inevitable desde el encabezado de las cartas– empieza a ser motivo de enrarecimiento en ambientes de trabajo (no es inédito que algún colega se niegue a responder los correos de colegas que declinan su uso). Y es que Grijelmo acierta al decir que el «lenguaje identitario» es una especie de jerga especializada o de grupo, sin acertar, sin embargo, a extraer las plenas consecuencias de este hecho. Porque llamarlo «lenguaje identitario» es tanto como llamarlo «lenguaje de parte» Al abandonar la norma común –y lo común por excelencia es la lengua– se demarca una frontera entre quien lo adopta y quien declina su empleo. Como ha dicho Josu de Miguel «El lenguaje inclusivo es un código lingüístico para identificar y señalar a los que no lo utilizan». En mi opinión, da en el clavo: el lenguaje inclusivo merece más el calificativo de código que de lenguaje: un repertorio reducido de símbolos (algunos impronunciables como la @, la x o la barra diagonal en lugar del morfema de género) que encriptan una señal que no tiene que ver con el contenido del mensaje. En este caso, la señal es de avenencia –ya sea por convicción, miedo o apatía– con la doctrina oficialmente correcta (la existencia de machismo estructural en nuestras vidas, empezando por la lengua). Ello se compadece con que la presión para hablar «en inclusivo» recaiga principalmente sobre los hombres (en mis propios quehaceres profesionales noto que mis colegas mujeres sienten, por lo general, una gozosa dispensa a la hora de usar el lenguaje que se supone las redime: no es el primer corsé del que se liberan). Y si es más código que lenguaje, por lo demás, el «lenguaje inclusivo» tampoco merece el calificativo de inclusivo. Porque se trata de una forma de hablar que hace lo contrario: bifurcar o separar, deshaciendo las representaciones de lo común. Representación que se puede lograr muchas veces haciendo uso del rico repertorio de sustantivos epicenos y comunes de la lengua. Así, «esposo» y «esposa» quedan felizmente reunidos en «cónyuge». En mi práctica diaria, yo mismo procuro agotar esas posibilidades antes de recurrir a términos con marca de género. El resultado suele ser una lengua más variada y precisa. Decir «tropa» en lugar de «soldados» no afea el lenguaje, si acaso lo embellece.

Me gustaría pensar que la propuesta de Grijelmo tendrá éxito y la tolerancia mutua será la pauta en que terminaremos conviniendo. Soy escéptico. Sé bien que si escribo «juez» o «presidente» para referirme a una mujer, serán muchos los que vean la agenda de un machismo irredento y soterrado en lo que para mí no deja de ser una opción autorizada por la lengua de mayor eufonía. Lo mismo con «el hombre» para hablar del ser humano en general, como es tradición inveterada en filosofía (María Zambrano dio el título de El hombre y lo divino a uno de sus libros más importantes). La suspicacia, por lo demás, es mutua y confieso que leer un texto «en inclusivo» me predispone en contra del emisor. Se cierne sobre mí el recelo de que para su autor el contenido es lo de menos, apenas un pretexto para exhibir una virtud igualitaria demasiado autoconsciente. Cuando un político insiste, en sus alocuciones, en desdoblar–algo que de por sí rompe el ritmo de cualquier discurso, y con ello su atractivo–, se tiene la impresión de que el fondo del asunto es de poca monta, postizo, intercambiable, «paja», toda vez que el esmero del emisor se ha ido en señalizar su acatamiento a la moda del momento. Cuando escucho a un líder sindical decir «obreros y obreras» o «agricultores y agricultoras» me resulta difícil creer que los problemas del trabajo en el campo o la fábrica le quiten el sueño. El uso del lenguaje se vuelve estratégico, no busca comunicar. Porque el lenguaje inclusivo quiere visibilizar, sí, pero no a ningún colectivo, sino a uno mismo. La grata actividad de intercambiar ideas y sentimientos con otros seres humanos muta en un irritante concurso de imposturas. En sentido inverso, ¡qué refrescante y seductor se ha vuelto la lengua de alguien que habla sin ortopedias inclusivas! El efecto aquí nos estimula y hace aguzar el oído: sentimos que el emisor, hombre o mujer, está, por así decir, a pie de obra, con las manos enharinadas, poco dispuesto a hablar con perífrasis, deseoso, en suma, de «ir al grano». El lenguaje ceñido a las cosas y solo a las cosas nos sugiere un hablante comprometido con lo que dice. Una maestra que habla de «los niños» reclama nuestra atención de manera imperiosa; una que hable «de los niños y las niñas» invita a pensar que lo que sigue será banal. Termina su libro Grijelmo con estas palabras: «Cuando todos seamos iguales, cosa que por el momento está lejos de ocurrir, cuando se hayan resuelto las diferencias salariales, la violencia machista, la discriminación de la mujer, cuando haya desaparecido todo eso y la igualdad sea plenael lenguaje dejará de ser una batalla». Es de nuevo un deseo loable pero se diría que la tendencia es la contraria: la batalla por el lenguaje inclusivo ha arreciado justo cuando los arcaicos prejuicios machistas están ya todos en vías de extinción en las sociedades occidentales y no hay una sola ocupación u oficio donde uno no pueda imaginarse a una mujer de éxito. Cunde así la sospecha de que las luchas simbólicas tienen una vida propia desconectada de los avances en las batallas materiales. Menos improbable es que depongamos las armas lingüísticas por mero agotamiento: hablar «en inclusivo» cansa. Los usos –de la técnica, de la lengua, de la vida– se abandonan cuando son ineficientes. La llegada de un tercer género filológico (al que la ministra de Igualdad Irene Montero rotura el camino con coraje) podría ser el kilo de peso muerto más que una mayoría ya no esté dispuesta a cargar. Quizá entonces recuperemos la perdida senda de un «nosotros» que «nosotros y nosotras» no puede decir.

 

[Fuente: http://www.revistadelibros.com]

“Derogar” tiene una sola acepción: “Dejar sin efecto una norma vigente”. A ver qué parte de esa definición ofrece dudas

La vicepresidenta Yolanda Díaz atiende el 2 de noviembre a la prensa en el Senado.

La vicepresidenta Yolanda Díaz atiende el 2 de noviembre a la prensa en el Senado.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Un debate semántico se puede producir cuando una palabra ofrece distintos significados. Eso ocurre por ejemplo con el vocablo “político”, que tiene 12 acepciones. Para unos, los dirigentes del procés fueron condenados por su actividad y su intención política, por “poner las urnas”; y merecen por tanto la condición de “presos políticos”. Para otros, obraron sin los votos populares suficientes, incumplieron el Estatuto de Cataluña y la Constitución, y además malversaron fondos (usaron dinero que los Presupuestos destinaban a otros objetivos), asuntos que no tienen que ver con ideas políticas sino con hechos ilegales; por tanto, se trata de “políticos presos”.

Este debate semántico con “político” se produce en función de que consideremos tal palabra como sustantivo (políticos presos) o como adjetivo (presos políticos). Pero las dos opciones tienen validez, porque contribuyen a expresar las enfrentadas ideas de quienes las utilizan. Yo no hablaría nunca de “presos políticos” en el caso del procés, porque mi punto de vista lo impide. Sin embargo, la expresión me permite entender lo que piensan aquellos cuyas ideas no comparto. Que para eso sirve la lengua.

Habrá debate semántico en esta palabra, pero en cada uno de esos dos usos se entiende a la perfección lo que se quiere defender.

En tiempos más recientes, distintos políticos de la izquierda manifestaron su compromiso con “derogar” la reforma laboral que aprobó la mayoría parlamentaria del PP. (Yolanda Díaz: “Vamos a derogar la reforma laboral a pesar de todas las resistencias”. Pedro Sánchez: “La vamos a derogar y cambiar de arriba abajo”). En las últimas semanas, esas mismas personas han concluido que tal derogación no es posible “técnicamente”. Y ahora algunos de sus partidarios rebajan el problema arguyendo que se trata en realidad de “una cuestión semántica”.

Y aquí el Diccionario da poco lugar al debate. La entrada “derogar” incluye una sola acepción, muy breve: “Dejar sin efecto una norma vigente”. A ver qué parte de esa definición puede ofrecer dudas semánticas.

No obstante, sí cabría un debate etimológico, sobre el origen y la evolución del verbo. Porque “derogar” (del latín derogare) tuvo antiguamente el sentido de “anular en parte una ley” (Corominas y Pascual lo documentan en el siglo XV); y luego el de “reformar” o “quitar alguna cosa”. Estas referencias a modificaciones parciales figuran en los diccionarios académicos desde 1732 hasta 1984, edición en la que aún se lee el equivalente “reformar” en esa entrada. Pero se supone que en tales casos el contexto aclaraba el alcance de la expresión: es decir, si se derogaba algo al completo o sólo en parte.

Sea como fuere, en la actualidad el significado de “derogar la reforma laboral” únicamente puede entenderse como anularla o abolirla… al completo.

El ministro Alberto Garzón intentó cerrar el debate sobre este conflicto manifestando que “no hay que preocuparse por la semántica sino por los contenidos”. A saber qué quiso expresar, porque la semántica es precisamente el contenido. ¿Y cómo no preocuparnos por la semántica, es decir, por el significado de lo que nos transmiten? Si en la política no importara el significado cabal de cada vocablo, si “hoy” no significara “hoy” y “mañana” no significase “mañana”, dejarían de tener sentido las palabras, las entrevistas, las declaraciones; y entonces el mejor discurso posible sería el silencio.

[Foto: KIKO HUESCA (EFE) – fuente: http://www.elpais.com]

Más bien se trata del deseo irrefrenable de ser americanos y de vivir como en su país, convertido en estúpido en este siglo.

Escrito por JAVIER MARÍAS
Que la lengua española está destrozada por sus periodistas y hablantes salta a la vista y al oído desde hace ya décadas, y el estropicio va siempre en aumento. A él se han unido demasiados latinoamericanos: reinó el tópico de afirmar que su castellano era muy superior, con más vocabulario, más correcto y elocuente que el de nuestro país. Puede que así fuera en el pasado, ya no. Han abrazado de manera tan acrítica y con tal fervor los anglicismos de los Estados Unidos, que hoy hablan y escriben una especie de traslación literal del inglés. Los subtítulos de las películas y series traducidas por ellos son buena muestra de ese calco perezoso o ignorante. En España, desde luego, se sigue hablando y escribiendo cada vez peor, y también aquí los anglicismos nos han colonizado sin oposición. Hay millares de ejemplos, pero me llama la atención uno reciente y que he visto emplear hasta a escritores de prestigio: ahora todo “exuda”, en sentido figurado. Una película “exuda brío”, una novela “exuda ironía”, y así hasta el infinito. No es difícil deducir que ese verbo está emparentado con “sudar”, y, que yo sepa, lo único de lo que se puede decir que “exuda” son los cuerpos y los quesos y similares. Han caído en el olvido vocablos más adecuados y no tan malolientes, como “destilar”, “rezumar”, “rebosar” o “desprender”, según el caso.

Otro galimatías es el de las frases hechas. Hace poco oí a un periodista de TVE (gran fábrica de atentados lingüísticos) que el presidente del Barça “desgranaba la margarita” de si despedir o no al entrenador. Hasta donde alcanza mi conocimiento, las margaritas no tienen granos, sino hojas o pétalos, y la expresión siempre ha sido “deshojar la margarita”. Hace no mucho la conocían hasta los más ignaros del lugar.

Pero, más allá de la destrucción, observo las insistentes tentativas de expulsar al castellano, y no me refiero a los territorios cuyas autoridades se aplican con denuedo a ello (Cataluña, País Vasco, las copionas Baleares y Valencia), sino al resto del país, que en principio no dispone más que de esa lengua. Primero fueron los carteles de las tiendas y de los anuncios fijos: “vintage”, “bargain” (por “ganga”), “sold out”, por “vendido” o “agotado” o “no quedan entradas”), y un etcétera interminable. Esta catetada de recurrir a términos ingleses porque quienes los usan creen que suenan a cosmopolita y mejor, ha llegado también a lo oral, lo cual ya tiene el mérito de lo incomprensible. A la mayoría de nuestra población le resulta muy arduo aprender idiomas (como, por lo demás, a casi todas las poblaciones: la excepción serían las nórdicas y las balcánicas), así como su pronunciación. Más dificultad hay aún en entender. Sin embargo, muchos spots televisivos ya no están en español, sino en inglés. Algunos aparecen absurdamente subtitulados, para ayudar a la comprensión (¿no sería más lógico que estuvieran directamente en español?), otros ni siquiera, y otros hay que caen en la horterada máxima, como uno de desayunos y meriendas que no puede resistirse a terminar con la siguiente idiotez: “¿Estás ready?” A saber qué les impide decir “¿Estás listo?” La mezcla resulta pueblerina, si no patética.

Incurren en esta práctica productos extranjeros y nacionales, marcas cutres y elegantes (casas de moda finolis), de coches y de embutidos, de perfumes carísimos y de fabadas, se apuntan todas sin distinción. A menudo el espectador no entenderá qué se le dice ni tal vez qué se le vende. Pero como el objetivo de todo anunciante es vender más, hay que inferir que acaso la tendencia pedante-cateta tiene éxito. En tal caso, ¿qué le pasa a nuestro país con su lengua, por qué la ve tan inferior al inglés de América (nunca es el de Gran Bretaña), qué extraño complejo se ha instalado en nuestra sociedad? Quizá sea cultural, y, dados los planes de Educación en la Burricie de los Gobiernos socialistas y populares, es bien posible que un alto número de españoles desconozcan hoy a Cervantes, Lope, Quevedo, Clarín, Larra, Baroja, Machado, Pardo Bazán, Valle-Inclán y Lorca, por no mencionar contemporáneos. Pero yo creo que más bien se trata del deseo irrefrenable de ser americanos y de vivir como tales (algo que cuesta aceptar visto el país estúpido en que han convertido el suyo en este siglo). Todo nos lo han exportado mediante sus películas y series: desde su caricaturesca obsesión con el mal llamado “género” hasta sus zafias despedidas de soltero Halloween, desde el desmedido amor a los perros hasta los discursitos en las bodas y eso de que las novias lleven “something old, something new, something borrowed, something blue”, cuya versión española ni siquiera rima. Hace tiempo que no veo partidos de fútbol en grupo, pero me imagino que muchos futboleros patrios los contemplarán ahora entre eructos cerveceros (de Budweiser) y enormes conos de palomitas. Para satisfacer tamaño anhelo, el castellano es un gran incordio. Descuiden: la publicidad, escuela de lelos y cursis desde 1960, podrá añadirse otra muesca: la de boicoteadora de la lengua, sin ofrecer para ella recambio ni sustitución.

 

[Fuente: http://www.elpais.com]

Habrá quien acabe creyendo que la ruptura depende de que uno de los cónyuges acceda o no a la solicitud del otro

Tina Turner (en primer plano) y Ike Turner actuan durante un programa de televisión, en Londres en 1966.

Tina Turner (en primer plano) y Ike Turner actuan durante un programa de televisión, en Londres en 1966.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Las separaciones entre famosos llevan de vez en cuando a los programas del corazón y a la prensa rosa la expresión “le pidió el divorcio”. En los últimos tiempos se han podido oír o leer frases como estas: “Ainhoa Arteta le pidió el divorcio a Matías Urrea”, “Agatha desvela cómo Pedro J. le pidió el divorcio”, “Elliot Page le pidió el divorcio a Emma Portner”, “Cuando Rocío Carrasco le pidió el divorcio al guardia civil”… Y la búsqueda de esa locución en Google da otros muchos casos, como “Hace 45 años Tina Turner le pidió el divorcio a Ike” o “Angelina Jolie le pidió el divorcio a Brad Pitt”.

Por cierto, esta última noticia resaltaba que el divorcio de Jolie y Pitt llegó “tras dos años de matrimonio y doce de estar juntos”; y en el caso de Ágatha Ruiz de la Prada y Pedro J. Ramírez, las informaciones detallan que llevaban unidos 30 años y se habían casado unos meses antes. No sé si eso refuerza la chistosa tesis de que la principal causa de divorcio es el matrimonio.

En cambio, no tiene ninguna gracia lo que el primer marido de Tina Turner escribió en sus propias memorias: “Por supuesto, golpeé a Tina… Tuvimos peleas y hubo veces que la mandé al suelo de un puñetazo sin pensarlo. Pero nunca le di una paliza”.

La oración “le pidió el divorcio”, oída y leída a menudo en las informaciones sobre el famoseo, puede considerarse coloquial, expresada en un ámbito que no busca la precisión jurídica; pero quizás a fuerza de repetirse habrá seguidores de esos espacios que, por carecer de información adicional, acabarán creyendo que la ruptura de un matrimonio depende de que uno de los cónyuges acceda a la solicitud del otro; y que, por tanto, del mismo modo que se concede se puede denegar. Menos mal que las leyes no suelen decir eso, porque a ver cómo se le pide amablemente el divorcio a un energúmeno como Ike Turner, el primer marido de Tina.

Al menos en España, ninguno de los miembros de la pareja puede bloquear la libre decisión del otro de divorciarse. La vigente ley española señala que se decretará judicialmente el divorcio a petición de uno solo de los cónyuges, de ambos o de uno con el consentimiento del otro. Y esa petición no se le plantea al otro cónyuge, sino al juez, que habrá de decretarla.

Es decir, igual que dos no se pelean si uno no quiere, dos no siguen casados si uno prefiere poner fin a la unión. El acuerdo sobre reparto de bienes y custodia de los hijos facilitará el trámite judicial y evitará engorrosas situaciones, pero eso no lo convierte en imprescindible. Ahora bien, en caso de desacuerdo, la división de propiedades y potestades quedará a lo que establezca el juez.

La ley española añade que el cónyuge que emprenda las actuaciones tendentes al divorcio no necesita alegar causa alguna que lo justifique. Por tanto, basta su libérrima voluntad.

Así pues, cada vez que alguien informe de que una persona famosa le pide el divorcio a su pareja, el público deberá descodificar el mensaje, deducir que el periodista no estaba iluminado ese día por la precisión de la lengua y pensar que ahí “pedir” significa más bien exigir (o reclamar, activar, emprender la ruptura). Plantear el divorcio no consiste en expresar un deseo con la esperanza de que alguien lo satisfaga, sino en ejercer un derecho con la seguridad de que la legislación lo garantiza. Por tanto, nadie está obligado a pedir el divorcio a su cónyuge: se divorcia y adiós. Y ahí te quedas, Ike Turner.

 

[Foto: CHRIS WALTER (WIREIMAGE) – fuente: http://www.elpais.com]

Els escriptors poden fer dues menes d’èmfasi: o bé en la llengua, o bé en allò que la llengua serveix per expressar.

Escrit per Melcior Comes

Per molt que ens agradin les històries, els personatges i les tècniques narratives, la matèria primera de la literatura és la paraula. Hi ha molts escriptors que, a l’hora de parlar del que fan, parlen només de llengua, de fer anar l’idioma i doblegar-lo per fer-li dir allò que els bull dins el magí. Autors de narrativa que semblen viure en un idioma, envoltats de diccionaris. Fet i fet, tota literatura es fa amb paraules, és ben cert, i tota imaginació no acabarà sent més que un enfilall de signes escrits.

Però també hi ha autors que es refereixen sobretot a les històries; diuen que allò que els anima a posar-s’hi és la passió per explicar una experiència —de ficció o basada en fets reals o històrics—, una vida o vides farcides d’aventures i revelacions.

Trobem que els escriptors poden fer dues menes d’èmfasi, doncs: o bé en la llengua, o bé en allò que la llengua serveix per expressar. Els primers solen ser autors més centrats en les formes, i, per tant, més literaris en un sentit abstracte, gairebé filosòfic. Les seves obres no es basen —almenys si els creiem— tant en temes, arguments, personatges sinó en la pura forma, la llengua o el volum total d’una expressió que busca ser singular a través de la veu, fins i tot del to —trencador, poètic, desacostumat— de la seva prosa.

D’altres autors, però, semblen més aviat resignats a treballar amb paraules, com si aquestes fossin el peatge que s’ha de pagar per arribar a una altra banda: l’expressió d’unes imatges, d’unes accions i d’uns personatges en un medi fictici. Per aquests últims, la llengua pot ser simplement un mitjà, la manera d’arribar-hi, no el punt d’arribada. Tot sovint, aquests autors podrien —sembla— dedicar-se a explicar històries d’altres maneres: fent guions per fer-ne pel·lícules o sèries, o còmics. Sembla que si hi hagués una indústria audiovisual més potent, que pogués absorbir aquestes imaginacions, se sentirien més còmodes —i més ben pagats, esclar.

Que tinguin una relació amb la llengua més aviat utilitària, però, no treu que puguin arribar a escriure bé, o fins i tot molt bé, o millor que certs autors que es veuen a si mateixos com a literaris. Sovint, per escriure bé —o per donar aquesta impressió: la bona prosa—, la primera cosa que s’ha de tenir és ‘alguna cosa a dir’, i no sempre els autors més literaris la tenen, per molt que ho dissimulin amb frases meravelloses. Quantes vegades hem llegit un llibre i hem pensat: No m’està explicant res, o res de nou, però és impossible que deixi de llegir-ho…

Em penso que les llengües «d’imperi», per exemple l’anglès, no necessiten literats que la cultivin adorant-la; són llengües que es parlen arreu, amb una salut gloriosa. El fetitxisme del mot és més propi de les llengües petites, dels literats que senten que han de conservar un llegat lingüístic en perill, més enllà de cultivar unes determinades formes d’expressió artística.

Però aquests dos extrems no acaben de descriure acuradament el fenomen narratiu. Els autors que parlen de llengua quan es refereixen al que fan no diuen la veritat: les seves obres estan també poblades de problemes humans, d’escenografia històrica i social, de temes més o menys “universals”. I els autors que diuen que ells només són ‘explicadors d’històries’ també busquen les paraules més afinades, usen metàfores vistoses, i, sobretot, experimenten amb les maneres d’estructurar el relat perquè tingui més interès.

El fetitxisme del mot és més propi de les llengües petites, dels literats que senten que han de conservar un llegat lingüístic en perill, més enllà de cultivar unes determinades formes d’expressió artística.

Si els autors que comencen haguessin de fer cas del que expliquen els escriptors a les entrevistes, per exemple, anirien molt més perduts del que ja solen trobar-se. Poques vegades, els autors expliquen vertaderament el que fan quan escriuen. O bé perquè no ho consideren prou interessant —no serveix per vendre res…—, o bé perquè no hi ha dedicat prou reflexió.

O també perquè ho ignoren, o repeteixen quatre idees sobre creació literària rebudes gremialment. Ja sabem que hom pot ser un magnífic músic o esportista i no saber explicar la veritat sobre el que està fent quan toca el piano o empaita una pilota…

Un cop vaig llegir (juraria que en un llibre de Malcolm Gladwell) que els entrenadors de tennis explicaven una tècnica que se suposava que distingia els aficionats dels jugadors professionals: un determinat gir de canell en el moment de l’impacte de la raqueta amb la bola. Els professors de tennis, alguns grans jugadors retirats de l’elit, ensenyaven això de bona fe als seus pupils, amb la convicció sincera que allò que deien i practicaven era decisiu, el que de veres fan els ‘bons tennistes’. Doncs bé: amb les modernes càmeres de filmació a velocitat superlenta es va poder demostrar que el gir de canell no tenia res a veure amb el passava de veres quan jugaven a tennis aquells jugadors: es produïa quan la pilota ja havia sortit de la raqueta. (Cert, oi? Algú que sap fer una cosa pot ser no sap què fa —veritablement— quan la fa. Els literats poden estar actuant de la mateixa manera?)

Per exemple: és molt important, en bona part de la narrativa que s’escriu a dia d’avui, el sentit de l’humor. La ironia, més o menys feridora, el retrat sarcàstic, l’observació punyent i hilarant… Doncs sobre tot això, que és central, difícilment se’n parla; ni es teoritza ni els propis autors expliquen com funciona el sentit de l’humor, tan important en la seva feina. Hi ha tota una callada teoria sobre el riure en la narrativa moderna (sí, no ignoro les ja velles teories de Bajtín). Per què em parles de llengua, doncs, si el que de veres t’interessa és l’acudit?

Hi ha tota una callada teoria sobre el riure en la narrativa moderna. Per què em parles de llengua, doncs, si el que de veres t’interessa és l’acudit?

Amb això vull dir que hi ha una part, sovint molt gran, de misteri en allò que —de veres— fan els escriptors. Un misteri que nosaltres mateixos, els autors, ignorem: Qui sap com funciona el cervell d’un literat quan està en ple procés d’escriptura? Per quins mecanismes ha elegit determinat adjectiu i no un altre? Com el guia la seva intuïció, que el porta a escollir certs camins i a descartar-ne d’altres? Per què un dia se’t presenten a casa uns personatges que et demanen que dediquis anys a seguir la seva vida? No ho podem explicar; simplement perquè no ho sabem. I tot el que sabem que podem explicar és un plegat de temes i tòpics, d’observacions més o menys tècniques ja descrites moltes vegades per centenars de teòrics d’aquesta matèria, o d’altres creadors.

I alhora és lluminosament obvi que la literatura es fa amb paraules. Els lectors de narrativa no llegeixen ‘per les paraules’, però, perquè si això fos cert els llibres més venuts serien diccionaris, i no ho són —són novel·les. Les novel·les estan fetes amb paraules, frases, paràgrafs, capítols, parts o seccions; i totes elles remeten a alguna cosa que està fora, en un món de ficció que viu i es mou en virtut —sí— de la paraula.

[Font: http://www.nuvol.com]

 

Écrit par Antoine Bernhard

Conseiller d’État fribourgeois, chef de la Direction de l’instruction publique, de la culture et du sport, Jean-Pierre Siggen est l’actuel président de la «Conférence intercantonale de l’instruction publique» (CIIP). À ce titre, il est le principal porte-voix des rectification orthographiques qui seront appliquées dans les moyens d’enseignement du français dès 2023 en Suisse romande. Cette réforme est loin de faire l’unanimité; Jean-Pierre Siggen la défend avec vigueur.

Le Regard Libre: En quoi cette réforme de l’orthographe est nécessaire aujourd’hui?

Jean-Pierre Siggen: Il ne s’agit pas d’aujourd’hui, mais d’une réforme qui date des années 90. D’ailleurs, ce n’est pas une réforme, mais un ensemble de rectifications qui ont pour but d’améliorer la cohérence dans l’enseignement du français, et que la CIIP n’a pas développées. On se trouve simplement devant un problème pragmatique: celui des moyens d’enseignement qu’on doit réécrire pour la Suisse romande. Et la question s’est posée de tenir compte ou non de l’orthographe rectifiée dans la rédaction de ces moyens d’enseignement qui doit commencer aujourd’hui.

Ces rectifications rompent avec une tradition du monde francophone voulant que l’Académie française soit l’instance normative de référence pour les évolutions de la langue. Les rectifications en question émanent du Conseil supérieur de la langue française, non pas de l’Académie. En plus, celle-ci rappelait en 2016 s’opposer à toute modification autoritaire de la langue émanant de la politique. En quoi la CIIP est-elle légitime à porter ces modifications?

L’Académie française a réagi à des directives du gouvernement français qui voulaient imposer l’orthographe rectifiée, à ma connaissance également dans l’administration. Il faut d’abord rappeler que l’Académie française avait approuvé ces modifications, Académie française qui revoit régulièrement son dictionnaire et y introduit des rectifications, des nouveaux mots à chacune de ses éditions. À ma connaissance, l’Académie française a déjà incorporé une partie des rectifications orthographiques des années 90 dans son dictionnaire. Ce contexte français n’est pas du tout comparable au nôtre. Il n’y a pas eu chez nous de décision qui concerne la vie en générale. La CIIP a une compétence déléguée par les cantons et on ne parle que des moyens d’enseignement dont l’édition ne peut être prise en charge par des institutions privées, la Suisse romande étant trop petite. Vu l’évolution dans les autres pays, nous avons estimé qu’il était approprié de proposer l’orthographe rectifiée dans les moyens d’enseignements, sachant que l’orthographe traditionnelle demeure parfaitement admissible. Nous n’avons en la matière aucune position normative sur l’orthographe.

Toutefois, l’orthographe rectifiée n’est à ce jour pas du tout implantée dans les usages. N’est-ce pas purement arbitraire que de l’imposer comme nouvelle référence?

Non. Il est vrai qu’on décide de faire de l’orthographe rectifiée la référence. Cependant, elle est utilisable déjà depuis le début. Au début des années 2000, la CIIP avait rappelé le principe selon lequel on peut choisir entre l’une ou l’autre orthographe, ce qui est toujours le cas aujourd’hui, sauf pour les enseignants qui devront enseigner l’orthographe rectifiée. Il faut savoir également que l’on utilise des moyens d’enseignement d’autres pays qui ont aussi fait cette bascule. Cela dit, les choses se comprennent dans le temps. Nous allons élaborer de nouveaux moyens d’enseignement, ce qui prendra plusieurs années. Il faudra de nouveau plusieurs années pour les introduire en classe entre la 1H et la 11H, et ils serviront pour une ou deux dizaines d’années. Parallèlement, dans d’autres pays francophones, ces rectifications continuent de s’étendre avec plus ou moins de vitesse, plus ou moins de contestations, mais le train est en marche et on ne va pas retourner à la gare pour faire autre chose. Il faut absolument placer la proposition de faire de l’orthographe rectifiée la référence dans le long terme.

Au-delà du pragmatisme, cette réforme ne porte-t-elle pas une dimension idéologique?

Il n’y a aucune idéologie là-derrière, à moins d’un inventer une. C’est tout simplement un effort de cohérence. Si boursoufler a une seul «f» et souffler en a deux, et qu’on propose d’en mettre deux à «boursoufler», je ne vois pas d’idéologie. L’Académie elle-même procède régulièrement à des ajustements de l’orthographe. N’oubliez pas non plus qu’il y a une bonne part des quelques 2000 mots touchés qui sont des mots étrangers francisés. C’est là un renforcement de la langue tout à fait nécessaire, certainement pas idéologique.

Qu’en est-il de ce point de vue-là de la promotion du langage épicène faite dans «le petit livre d’OR», livret explicatif des rectifications orthographiques dont vous signez le préambule?

Vous faites bien de relever la chose, car il y a deux éléments clés: d’une part l’orthographe rectifiée, d’autre part l’écriture inclusive. Nous avons pris la décision de ne pas introduire l’écriture inclusive dans les moyens d’enseignement, parce que ce serait aller à l’inverse des principes de l’orthographe rectifiée. Si vous mettez des points médians, des doublés en fin de mot, la lecture devient très compliquée, voire impossible. Quant à la sensibilité d’aujourd’hui qui veut que nous fassions attention, entre autres, à équilibrer les exemples féminins et masculins dans les livres, nous avons voulu dire que nous pouvons de façon naturelle veiller à alterner les genres. La CIIP veut rappeler que nous pouvons tout à fait tenir compte des sensibilités actuelles par des moyens existants, sans déformer la langue. Ici, je rejoins votre inquiétude: il y a certainement un élément idéologique à vouloir imposer des points médians partout sous prétexte de genre.

On trouve dans «le petit livre d’OR» des expressions comme «respect[er] la diversité et assur[er] la visibilité des genres et des cultures», «[faire] attention à produire une écriture non discriminante». Ce sont là des expressions quasi identiques à celle de certains militants.

Ce que nous disons, c’est que nous pouvons mieux tenir compte du genre dans les moyens d’enseignement. On ne va quand même pas reprendre un moyen d’enseignement avec que des noms masculins. Tous les noms de métier ont été féminisés, on peut en tenir compte. L’idée n’est sûrement pas de dire: «Il y a quinze exemples masculins, quatorze exemples féminins, ça n’est pas normal!» On n’en est pas à faire de la comptabilité avec ça, mais on peut simplement tenir compte des sensibilités actuelles concernant la représentation des genres, sans en faire une science ou un combat, et surtout sans modifier le langage en le déformant, comme certains idéologues le souhaiteraient.

[Source : http://www.leregardlibre.com]

La oscuridad en la exposición no contribuye a la claridad del debate, y desata así de nuevo las sospechas

El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, el 25 de octubre en el Congreso.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Hay dos tipos de eufemismo, el eufemismo de significante y el eufemismo de significado. En el eufemismo de significante (es decir, el vocablo empleado), simplemente una palabra sustituye a otra porque se cree que la primera de ellas no suena bien o no reúne la elegancia que exige la situación. Pero en el eufemismo de significado no se sustituye un término por otro, sino que se cambia una idea por otra. Y eso parece más grave.

Veamos dos ejemplos. “Trasero” es un eufemismo de significante que se usa en vez de “culo”. Y ahí no se produce alteración en el significado, sino solo en las palabras. Si digo “le dio una patada en el trasero”, eso representa lo mismo que “le dio una patada en el culo”. La figura mental que se forma el receptor del mensaje coincide en ambos casos, aunque una expresión resulte vulgar y la otra no. Estos eufemismos de significante generalmente buscan evitar expresiones malsonantes, o no ofender, o mantener un registro culto. No hay mayor problema con ellos.

[Foto: ÓSCAR CAÑAS (EUROPA PRESS) – fuente: http://www.elpais.com]

Aux États-Unis, l’emploi du mot «femme» est de plus en plus controversé. Mais suivre la logique de certains activistes s’avère périlleux.

«Personne qui a ses règles», «personne enceinte», «corps avec vagin»... | Mika Baumeister via Unsplash

«Personne qui a ses règles», «personne enceinte», «corps avec vagin»… | Mika Baumeister via Unsplash

Écrit par Claire Levenson 

Le 18 septembre dernier, l’ACLU, la principale organisation de défense des droits civiques aux États-Unis, a commémoré l’anniversaire du décès de la juge de la Cour suprême Ruth Bader Ginsburg sur Twitter, en postant une phrase qu’elle avait prononcée en 1993 sur le droit à l’avortement. Afin d’adapter le vocabulaire aux nouveaux standards acceptables en 2021, les mots «femme» et «elle» ont été remplacés par des termes neutres du point de vue du genre. «La décision de porter ou non un enfant est essentielle dans la vie d’une [personne]… Quand le gouvernement contrôle cette décision pour [les gens], [ils] sont traités comme moins que des adultes humains responsables de [leurs] choix.»

Dans la version originale, «[personne]» était «femme» et «[les gens]» était «elles».

L’intention était d’être inclusif envers les hommes trans, qui sont nés avec des organes sexuels féminins mais s’identifient en tant qu’hommes. Le problème est que cette tentative d’être plus inclusif se fait en censurant les mots d’une juge qui a consacré sa vie au combat pour les droits des femmes et contre la discrimination «en fonction du sexe».

Le tweet a été critiqué de toutes parts: à droite, comme un énième exemple de politiquement correct ridicule, mais aussi par de nombreuses féministes choquées que l’ACLU refuse de parler clairement de la lutte des femmes pour leurs droits reproductifs. Dans le New York Times, l’éditorialiste Michelle Goldberg résume ainsi la tension«L’effacement de ce langage genré peut être ressenti comme une insulte car cela censure les termes que des générations de féministes ont utilisé pour exprimer le caractère unique de leur situation.»

Beaucoup plus qu’«homme», c’est surtout le mot «femme» qui a tendance à être remplacé.

Le directeur de l’ACLU s’est excusé et a promis que les citations ne seraient plus révisées a posteriori, mais il a aussi dit qu’il pensait que si elle était vivante, Ruth Bader Ginsburg «nous aurait encouragés à faire évoluer notre langage pour inclure une vision plus large du genre, de l’identité et de la sexualité». Façon pour lui de souligner que ce genre de reformulation était l’avenir de la langue. Quelques jours après, la revue médicale britannique The Lancet dévoilait la une de son nouveau numéro avec une citation, tirée d’un article sur la menstruation: «Historiquement, l’anatomie et la physiologie des corps avec vagins a été négligée.»

Le choix de cette une a fait scandale car, encore une fois, au nom de l’inclusion des hommes trans, les femmes se retrouvaient réduites à leurs parties génitales. Le directeur a publié un communiqué d’excuses. «Nous avons donné l’impression d’avoir déshumanisé et marginalisé les femmes», a-t-il reconnu. Fin septembre, The Lancet avait tweeté un article qui évoquait «les dix millions d’hommes qui vivent actuellement avec un diagnostic de cancer de la prostate», sans que le mot «homme» soit considéré comme problématique, alors que de façon symétrique, il aurait fallu dire «personne avec prostate» pour inclure les femmes trans qui ont des prostates.

En effet, beaucoup plus qu’«homme», c’est surtout le mot «femme» qui a tendance à être remplacé, ou accompagné d’autres descriptions neutres, comme lorsque l’élue de New York Alexandria Ocasio-Cortez a récemment déclaré, en parlant d’un gouverneur opposé à l’avortement: «Je ne sais pas s’il comprend le corps d’une personne qui a ses règles, je sais qu’il ne comprend pas le corps d’une femme, le corps féminin ou le corps d’une personne qui a ses règles.» Avec ces termes, Alexandria Ocasio-Cortez parvenait ainsi à inclure tous les cas de figures possibles, dont les hommes trans, les personnes non-binaires, ou encore les femmes qui n’ont pas leurs règles.

Une forme de transphobie

Mais suivre la logique du langage inclusif promu par les activistes s’avère très complexe. À plusieurs reprises ces dernières années, la pièce Les Monologues du Vagin a été annulée sur des campus américains car elle excluait les femmes trans, qui n’ont pas de vagin. Si on récapitule, l’expression «corps avec vagin» permet d’inclure les hommes trans, mais parler de vagin dans le cadre d’une pièce sur les femmes est considéré comme transphobe (car les femmes trans, qui peuvent avoir des pénis, sont exclues).

Bien que la grande majorité des Américains ignorent tout de ce débat sur l’utilisation du mot «femme», plusieurs institutions médicales et scientifiques du pays ont décidé de l’effacer au nom de l’inclusivité. Sur le site internet de la CDC, la principale agence de santé publique aux États-Unis, la page d’informations sur les vaccins contre le Covid-19 et la grossesse utilise plusieurs fois le terme «personne enceinte», et le mot «femme» n’est utilisé qu’une fois en référence à une étude scientifique. Et sur le site de Planned Parenthood, la principale organisation de planning familial aux États-Unis, les pages sur le cancer du col de l’utérus et la grossesse ne mentionnent pas une seule fois le mot «femme», qui est systématiquement remplacé par «personne».

Il faut se battre pour les droits des personnes trans en tant que personnes trans.

Dans certains contextes médicaux précis, on peut comprendre la nécessité de préciser «personne enceinte», en plus de femme, pour inclure les personnes trans. C’est ce que revendique Louise Melling, une avocate à l’ACLU spécialisée dans les droits reproductifs, qui voit ce langage comme une forme de lutte contre la discrimination. «Si nous parlons de “personnes enceintes”, explique-t-elle dans une interview à The Atlantic,cette formulation signale aux gens –aux hommes trans, aux personnes non-binaires– “nous vous voyons”. Cela permettra de lutter contre la discrimination.»

Or, s’il est utile dans une campagne de santé publique d’ajouter ces termes afin d’indiquer que les personnes trans sont incluses, demander que le mot «femme» soit effacé du langage médical semble extrême. Pourtant, pour de nombreux activistes, ces changements de mots ne sont pas de l’ordre de la discussion ou de la simple préférence: vouloir en débattre serait déjà une forme de transphobie et, dans certains contextes, il est entendu que ne pas dire «personne enceinte» est une forme de discrimination.

Par exemple, une étudiante d’école de médecine a indiqué à la journaliste Katie Herzog qu’un professeur avait dû s’excuser auprès de ses étudiants après avoir dit «femme enceinte». Et quand J.K. Rowling s’est indignée que le mot «femme» soit remplacé par «personne qui a ses règles», elle a été accusée de transphobie et vivement condamnée.

La primauté absolue de l’identité de genre

Si on considère qu’une femme, selon sa définition dans le dictionnaire (être humain de sexe féminin), représente une réalité biologique, rien n’empêche d’imaginer que le mot puisse inclure des expressions de genre différentes. Un homme trans pourrait donc potentiellement se reconnaître comme «femme» car il a des organes féminins, même si son identité de genre est autre.

C’est ce qu’explique le journaliste Jesse Singal«Si vous êtes un homme trans ou non-binaire mais que vous faites partie du groupe de personnes qui ont leurs règles et peuvent être enceintes, alors vous êtes une femme conformément à la définition strictement biologique du terme.» Cela ne vous empêche pas de vous identifier en tant qu’homme, mais si vous continuez d’avoir des caractéristiques biologiques féminines, le mot «femme» n’est pas nécessairement excluant.

Debbie Hayton, une femme trans britannique en désaccord avec la nouvelle idéologie de nombreuses associations trans, estime que «le mouvement trans remet maintenant en question l’utilisation du sexe biologique pour diviser la société». De son point de vue, il faut se battre pour les droits des personnes trans en tant que personnes trans, pas en essayant d’imposer l’idée selon laquelle il n’y aurait aucune différence entre femme et femme trans.

Le discours de certains militants demande une primauté absolue de l’identité de genre sur le biologique (avec l’idée qu’on peut déclarer être une femme ou un homme, quels que soient ses organes reproductifs) tout en réduisant les femmes à leur biologie au nom de l’inclusion (avec des expressions comme «personne qui a ses règles»). Au niveau du langage, les activistes trans se placent donc dans une position difficile: vouloir remplacer le mot «femme» par des termes anatomiques, tout en affirmant que seule l’identité de genre compte, pas le sexe biologique.

 

[Source : http://www.slate.fr]

Ara podem liéger en occitan aranés era pèça de teatre de William Shakespeare mès longa e mès celèbra

Statue of Hamlet, Stratford-upon-Avon

Era Tragèdia de Hamlet, prince de Danemarc ei era pèça de teatre de William Shakespeare mès longa e mès celèbra. Era òbra a gaudit d’ua constanta vigéncia ath long deth temps, qu’a hèt que s’incorpòren ath lenguatge comun nombroses expressions dera òbra coma “èster o non èster, vaquí era qüestion”, “paraules, paraules, tot paraules” o “entà jo sonque rèste ja… silenci etèrn”.

Era sua influéncia ena contemporaneïtat s’a vist aumentada pes nombrosi productes qu’an derivat deth sòn hilat: pèces teatraus, videojòcs, sèries de TV, filmes… Demest aqueres darrères cau soslinhar Eth rei leon, eth multirecompensat film de Disney.

Era òbra a suscitat fòrça jutjaments e interpretacions enes critics feministes, que quitament an vist en personatge d’Ofelia era representacion dera hemna isterica e angoishada dera modernitat.

Ara podem liéger en occitan aranés aguesta òbra de William Shakespeare.


SHAKESPEARE, William. Hamlet (Traduccion d’Antòni Nogués). IEA-AALO, 2020. 244 pagines

 

 

[Imatge: Shutterstock – poblejat dins http://www.jornalet.com]

Una nota sobre La Buena Novela, de Laurence Cossé

 

Escrito por Paula Andrea Marín C.

”Eso me recuerda a la definición que daba Christian Dior del gusto.

– ¿Y cuál era?

– “Tener gusto es tener el mío”.

 

Las librerías que se consideran buenas […] son aquellas que no ocultan sus preferencias”.

 

Se sospecha demasiado poco que la creación artística y todas aquellas estructuras en las

que se produce y se vende se presentan también como un campo de fuerzas preñadas de

odio, donde la energía más común es la envidia y el arma habitual, al menos en Francia,

el descrédito ideológico.”

 

Laurence Cossé, La Buena Novela.

 

La Buena Novela es la quinta obra de la escritora Laurence Cossé (Francia, 1950), publicada originalmente en 2009 y editada en español por Impedimenta en 2012 (va por la segunda edición). Le debo a un muy buen librero la recomendación de esta novela, de la que dudé mucho al inicio por vincular a su trama una historia detectivesca; no soy buena para leer novelas policíacas, negras o thrillers. Sin embargo, la traje a casa por aquella otra parte de la historia: la fundación de una librería en París, en la que solo se venden “buenas novelas” (de todas las épocas) y cuya selección de títulos está a cargo, secretamente, de un grupo de ocho escritores muy admirados por los dos socios fundadores. ¿Cómo sostener una historia así? La novela comienza relatando los ataques a tres de los escritores miembros del comité de selección de la librería La Buena Novela; todos terminan en el hospital reponiéndose, respectivamente, de un accidente de tránsito, de una golpiza y de una intoxicación severa por bebidas alcohólicas. Entonces, los socios fundadores recurren a un detective para contarle la historia de la librería y buscar ayuda frente a los ataques que están recibiendo.

Es esta segunda parte estructural de la novela la mejor construida: el relato de los dos socios fundadores (Francesca e Ivan) al detective, acerca de cómo se conformó La Buena Novela. Francesca dispone de una fortuna, gracias a la exitosa publicación de los diarios de su abuelo (un italiano opositor del fascismo), pero también a su matrimonio con un exitoso hombre de negocios. Por su parte, Ivan ha sido librero la mayor parte de su vida y es la lectura la que da sentido a sus días. Ambos se unen para dar forma a uno de los sueños de su existencia: la fundación de una librería en donde las novedades editoriales solo tengan cabida en la medida en la que demuestren su calidad literaria (de allí que deban vender también libros de segunda o leídos para completar su selección). La Buena Novela es lo que podríamos llamar una librería estrictamente de fondo, el sueño cumplido de todo librero que se quiera denominar independiente. El sostenimiento económico de la librería está asegurado por varios años, gracias al mecenazgo de Francesca. ¿Qué podría salir mal? El hecho de no contar con que el libre mercado (editorial, en este caso) tome el proyecto de La Buena Novela como una afrenta.

Cuando el relato regresa al presente narrativo, los lectores comprendemos que los ataques a los tres escritores miembros del comité de selección de títulos de La Buena Novela son los pasajes al acto de acciones provocadas por detractores de la librería, pero que se habían circunscrito a la publicación de comentarios críticos en foros virtuales (en la novela, es el año 2004), en la web de la librería y en columnas de los periódicos más importantes de París. Es en este punto que, estructuralmente, la novela tiene una caída narrativa de la que no se recupera y de la que ni siquiera la salva la inclusión de una historia de amor. Cossé reproduce un archiconocido triángulo amoroso: Ivan ama a una muchacha (mucho más joven que él y que resulta ser la narradora del relato) que le es esquiva por mucho tiempo; Francesca ama a Ivan (y este amor la ayuda a salir de su duelo), pero al ver que su amor no tiene esperanza, decide ayudar económicamente a la muchacha para que esté más cerca de Ivan.

No perjudico la lectura de nadie al contar esto, pues resulta mínimo y accesorio (al igual que la historia detectivesca) frente a lo que considero que es el centro de la novela: la problematización del canon literario, de la calidad literaria, del elitismo cultural, de la idea de democratización cultural, del mercado literario y editorial. Problematización, digo, pero solo hasta cierto punto, porque, tristemente, la novela demostrará que el tipo de proyectos que encarnan La Buena Novela, para la que los libros que valen la pena son aquellos que no fueron publicados exclusivamente para la venta, son apabullados por el mercado editorial que controlan los grandes conglomerados productores de best sellers, pero también (y más triste aún) por las cofradías de poder conformadas por escritores, editores, periodistas culturales, agentes literarios, scouts y críticos, cuando se sienten excluidos. Al igual que cualquier negocio, La Buena Novela debe acudir a estrategias de marketing para que su inauguración no pase desapercibida; estas estrategias son exitosas y, aunadas a la buena selección de los títulos, permitirán que los clientes nunca dejen de entrar y de comprar en la librería (también, cada vez más, a través de su página web) e, incluso, sus preferencias de compra incidirán en algunas decisiones de ciertos editores. No obstante, la empresa no puede sostenerse en el tiempo sin el apoyo económico de Francesca (quien, recordemos, debe gran parte de su fortuna a la publicación de un best seller) y deberá pasar a ser una pequeña librería de barrio, en la que sus dos libreros combinan sus trabajos con otros fuera de la librería para completar sus sueldos mensuales.

No podemos comparar el volumen de novedades del mercado editorial francés con el latinoamericano (en cada uno de nuestros países), pero sí podemos comparar la actitud de ciertas editoriales y distribuidoras con las librerías cuando imponen la recepción de todas sus novedades, so pena de retirarles la distribución de sus sellos o de imponerles el pago en firme y no en consignación. Lo único que le queda al librero es desarrollar su habilidad lectora y, como Ivan, poder determinar la pertinencia de una novedad para su librería y para sus clientes con solo leer las primeras páginas de los libros. El ensañamiento en contra de La Buena Novela es y no es natural, al mismo tiempo: es natural por la amenaza que supone para el libre mercado editorial, pero no es natural porque en medio de ese libre mercado hay lugar para las librerías que privilegian el proyecto cultural sobre el mercantil y para aquellas que se conciben, en primer lugar, como un negocio; asimismo, hay clientes para ambos tipos de librerías y ellos (nosotros), mejor que nadie, conocen para qué usan cada una de las librerías que frecuentan.

Necesitamos librerías en las que estemos seguros de poder confiar en el criterio de selección de sus libreros, pero esto no implica que deban desaparecer las librerías que vendan best sellers (así como, en el mercado de libros leídos, son tan importantes los cazadores de joyas literarias para coleccionistas como los vendedores de libros baratos en quioscos); lo importante es que se asegure que habrá un lugar para cada una de estas librerías, que el poder o la visibilidad de unas no se impondrá sobre las otras. La dicotomía no está en si es mejor leer a Joyce o El milagro metabólico (tan solo por mencionar uno de los últimos best sellers colombianos), sino en que haya lugar para ambos libros en el ecosistema que frecuento como lector o lectora.

El final de la novela defrauda: es el resultado de unos personajes, de unos diálogos y de unas situaciones un tanto estereotipadas. No obstante, casi estoy segura de que no olvidaré esta lectura de La Buena Novela porque insiste en la idea de los demasiados libros que se publican anualmente e invita a pensar en una “ecología” de la producción y consumo de estos objetos simbólicos. Varias ideas quedan flotando en el aire, a la manera de la serpiente que se muerde la cola: se lanzan muchos títulos porque no se sabe cuál va a funcionar comercialmente y se necesitan éxitos editoriales para sostener el mercado editorial (que incluye aquellos libros que no serán éxitos editoriales), pero pueden existir librerías cuyo inventario no esté centrado en las novedades editoriales.

En la novela se sugiere que este tipo de librerías son sinónimo de elitismo cultural o que atentan en contra de la democratización del acceso a los libros. Francesca e Ivan se declaran explícitamente como defensores del “buen gusto” (y ya sabemos la historia ciertamente elitista detrás de esta expresión), pero al mismo tiempo se sienten defensores de un “patrimonio literario” que está en peligro en manos de editores que publican títulos sin calidad informativa ni estética; igualmente, estos editores sienten que al no ser parte de una “élite” literaria, sus libros amplían el público lector. ¿Dónde está el límite? En que un circuito oblitere la existencia del otro. El desafío es asegurar que las condiciones de funcionamiento de ambos contribuyan a un mayor acceso a la lectura y a los libros, a una oferta diversa y bien informada. Lo que no podemos dejar que ocurra es que se confundan los best sellers con cultura popular o cualquier selección literaria con “calidad”. Tanto los que limitan las selecciones como los que las amplían se basan en criterios que siempre deben ser sopesados y ojalá explicitados para que el lector pueda tomar la decisión que mejor le conviene en cada momento de su trayectoria lectora.

Laurence Cossé. La Buena Novela. Trad. Isabel González-Gallarza. Madrid: Impedimenta, 2012.

 

[Fuente: http://www.revistacoronica.com]

 

Ese latiguillo funciona como prevención exculpatoria para expresar que no hay más remedio que decir lo que se dirá

Los jugadores del Barcelona, en abril de 1975. Rexach es el segundo por la derecha entre los agachados.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Un periodista le preguntó a Carles Rexach después de que el jugador del Barcelona marcara tres goles al Feyenoord en una eliminatoria de la Copa de Europa 1974-1975: “¿Se siente satisfecho con su partido?”.

Hombre, si el futbolista barcelonés había logrado tres goles, y hasta le anularon el cuarto, si su equipo había superado la eliminatoria, si las crónicas de radio ya hablaban de la noche mágica de Rexach, ¿cómo se iba a sentir él? Vaya pregunta.

Algunas entrevistas periodísticas pospartido ponen a prueba la habilidad del deportista para no parecer un presumido y además un simple. Y en casos así conducen a dos respuestas posibles. La más esperable: “Bueno, lo importante no es mi actuación sino el equipo”. Y la otra: “Sí, estoy muy contento con el partido que he hecho porque he marcado tres goles, y creo que esta noche quedará en la memoria del barcelonismo y que he sido el mejor sobre el terreno de juego”. Pero la segunda opción implica una muestra de vanidad que la gente suele censurar. Así que para ese caso el fútbol moderno ha descubierto un latiguillo fantástico: la verdad que. Después de la verdad que, ya se puede mencionar cualquier mérito, individual o colectivo, porque tal muletilla funciona como contraexpectativa (María Amparo Soler Bonafont, 2017) y como prevención destinada a expresar que no hay más remedio que decir lo que a continuación se dirá, puesto que la locución viene a significar más o menos esto: “Se espera que no diga esto, por humildad, pero no tengo más remedio; usted me pregunta y debo contestarle sin tapujos”. De ese modo, la verdad que se consagra como latiguillo exculpatorio empujado por la cortesía de responder a lo que el periodista plantea.

Antaño se usaban expresiones más rimbombantes: “En honor a la verdad”, “todo hay que decirlo…”. Y otras que reconocían explícitamente la falta de recato con la intención de quedar absuelto precisamente por esa confesión: “Aunque esté mal que yo lo diga…”, “perdón por la vanidad, pero”, “no es por echarme flores”…

La verdad que (se omite el “es” a fuerza de usarlo) constituye cada vez más una atenuación destinada a resaltar la sinceridad por encima de la modestia, y va sustituyendo en el lenguaje común a otras locuciones similares, como “en verdad”, “bien es verdad que” o “a decir verdad”.

Aunque prolifera ahora, viene de antiguo, claro, como refleja la literatura. Por ejemplo, Jardiel Poncela le hace decir a un personaje: “Y la verdad es que, efectivamente, yo he metido en mi cama a todas esas señoras y señoritas exceptuando a aquellas con las que utilicé su cama propia” (Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, 1931). Y 40 años antes, en 1890, Jacinto Octavio Picón pone en boca de otro: “La verdad es que soy el médico joven que más trabaja en Madrid” (La honrada, 1890). Y en un diálogo de García Hortelano se lee: “La verdad es que lo hago perfecto” (El gran momento de Mary Tribune, 1999). Por tanto, las frases que los deportistas se ven abocados a pronunciar se inscriben en esa línea de pedir perdón por presumir. El lenguaje funciona así, a veces sale de los libros para anidar en la sociedad y volar en las palabras de un futbolista. Y al revés.

Sin embargo, resulta curioso que esta locución no haya saltado a la política, en frases como “la verdad que estamos gobernando muy bien” o “la verdad que nuestra alternativa de gobierno es la mejor posible”. En la política se estila poco pedir perdón, y mucho menos pedir perdón por la inmodestia.

[Imagen: PA IMAGES (PA IMAGES VIA GETTY IMAGES) – fuente: http://www.elpais.com]

Quizá mucha gente suponga que la alianza entre Inglaterra y Portugal se estableció en 1703, cuando el tratado Methuen concedió ventajas fiscales en Bretaña a los vinos portugue­ses. Pero no es así, Inglaterra y Portugal se habían prometi­do ya amistad eterna en el tratado de Windsor, en 1386.

En su libro Portugal´s Wines and Wine-makers, Richard Mayson subraya: «A finales del siglo XV, Lisboa era uno de los mayo­res centros comerciales del mundo. El imperio que se cons­truyó tras los épicos viajes del príncipe Enrique el Navegan­te, de Gil Eanes, de Bartolomeu Dias y de Vasco de Gama destacó a Portugal en el mapa mundial y amplió su ámbito de comercio hasta incluir África, la India y Brasil».

El prín­cipe Enrique el Navegante no siguió los grandes viajes que inspiraba, pero cualquiera que haya viajado a Sagres, desde donde él miraba al Atlántico, comprenderá su deseo de via­jar e ir más allá.

No debemos olvidar que el príncipe Enrique era medio inglés, pues su madre era hija de John de Gaunt, duque de Lancaster.

A partir de esos años, los ingleses inter­cambiaron lana por bacalao en salazón con los portugueses, un comercio que quizá se hiciera ya antes, pero que enton­ces se intensificó, ya que el pescado salado era una provisión muy valiosa para los largos viajes y expediciones.

Debido a esta larga amistad, el brindis por los nuevos so­beranos, el rey Guillermo III y la reina María Estuardo, cuando estos subieron al trono en la revolución de 1688, planteó un problema. El rey Guillermo era holandés, ¿se podía acaso brindar por los soberanos con ginebra, el licor que había dado al mundo la expresión «el valor holandés», durante las guerras del siglo XVI contra los españoles? Los recién llega­dos reyes no parecían tener un vínculo especial con ningún vino en concreto, y entonces los entendidos en vinos refres­caron la memoria de los mayordomos y encargados de comi­das reales y les recordaron Portugal… Empezaba así el comercio con los vinos portugueses, que resultaban muy atractivos tanto en los mercados británicos como en los del norte de Europa. El comerciante Christiano Kopke empezó la actividad comercial en 1638, y Warre en 1670.

El vino de este tipo agradaba mucho en los mercados del norte y, por otra parte, en aquellos años el rey Guillermo ha­bía dictado un impuesto a los vinos franceses, con lo que las ventajas de beber vinos portugueses eran obvias.

Guillermo «el holandés» no acababa de ser muy popular entre los bri­tánicos, pero estos seguían brindando a la salud de su rey y, por razones de disponibilidad y de precio, lo hacían con vino portugués.

Con la reina Ana y el rey Jorge de Hannover la corte perdió mucha elegancia, pero quienes preferían la es­tabilidad moderada del monarca al estilo de los otros sobera­nos siguieron bebiendo vinos tintos, a menudo de Portugal.

De modo que, aunque no podemos fijar la fecha exacta en que se empezó a brindar por los reyes con oporto, parece claro que fue hace mucho tiempo.

 

 

[Fuente: http://www.vinetur.com]

Qüestionarà el significat “més estricte i caduc” d’expressions com ‘ser un home’ o ‘comportar-se com un home’

El Centre de Noves Masculinitats impulsat per l’Ajuntament de Barcelona ha entrat en funcionament aquest dijous, segons ha informat el consistori de la capital catalana. Es tracta d’un equipament que neix amb la voluntat de ser un espai obert a la ciutadania per promoure models de masculinitats “positius, oberts, plurals i heterogenis”. Un altre dels objectius de la iniciativa és generar imaginaris diferents del significat “més estricte i caduc” de “ser un home” o “comportar-se com un home”, així com per promoure la transformació social cap a relacions més sanes i igualitàries, segons subratllen els seus responsables.

A finals de juliol l’Ajuntament presentava una iniciativa que l’alcaldessa de la ciutat, Ada Colau, definia com una de les “més interessants” impulsades pel consistori. Colau afirmava aleshores que, per exemple, les agressions al col·lectiu LGTBIQ+ “estan molt vinculades a un model de masculinitat patriarcal que cal revisar”.

El nou equipament neix amb tres línies estratègiques sobre les quals treballarà: l’esport (un dels sectors socials on el rol de masculinitat hegemònica és molt present, afirmen des del consistori), l’educació (amb el disseny d’un catàleg d’accions pensat per als diferents agents de la comunitat educativa) i la cultura (tot fomentant la creació de peces i espais en els equipaments culturals de la ciutat que tractin la temàtica).

En paral·lel, el centre neix amb la voluntat de “crear comunitat”. Per aquest motiu s’ha generat un espai de participació en la plataforma ‘Decidim‘, per tal que la ciutadania que estigui interessada a treballar els models de masculinitats plurals pugui fer arribar les seves propostes i opinions.

‘PLURAL, Centre de Masculinitats’, ubicat a l’avinguda del Marquès de l’Argentera, 22, també és la nova seu Servei d’atenció a homes per la promoció de relacions no violentes (SAH) i compta, en total, amb un equip professional de 10 tècnics. L’espai disposa d’una gran sala polivalent, despatxos per entrevistes, sala de reunions i l’àrea per als professionals. El seu pressupost anual és de 1,3 milions d’euros.

 

[Font: http://www.racocatala.cat]

salut vieux ; on te revoit enfin

Origine et définition

Un salut, toutes les personnes un tant soit peu polies savent à peu près ce que c’est et dans quelles circonstances il s’utilise.
Le qualificatif ‘vieux’ ou ‘vieille’ s’emploie familièrement avec quelqu’un connu de longue date, le ‘vieux’ étant alors lié à la durée de la relation, bien plus qu’à l’âge de la connaissance.
Reste le plus intrigant : pourquoi ‘branche’ ?
Une explication parfois proposée est lié à l’argotique « se brancher avec quelqu’un » pour dire « entrer en rapport avec quelqu’un ». Issue du monde des électriciens, l’image est compréhensible à partir du moment où vous savez brancher une prise électrique et établir une relation forte entre la prise mâle et la prise femelle (sans sous-entendu sexuel obligatoire).
Partant de là, les éléments ‘branchés’ peuvent être appelés des branches. Et ces branches / individus qui sont branchés ou se connaissent depuis longtemps, deviennent l’un pour l’autre des vieilles branches.
Mais si l’explication semble tenir la route, elle ne résiste pas à l’analyse chronologique : en effet, le « vieille branche » est attesté depuis le milieu du XIXe siècle, avant que l’usage de l’électricité se répande dans les foyers, alors que « se brancher » date d’un siècle plus tard.
Il ne nous reste donc plus qu’à tenter de découvrir ailleurs le poteau rose.
C’est pourquoi nous allons remonter dans le temps avec Gaston Esnault, qui nous indique que c’est en 1400 qu’apparaît le terme ‘poteau’ pour désigner un ami proche, ce poteau-là donnant bien plus tard l’abréviation ‘pote’.
Et si, bizarrement, le mot avec cette acception semble ensuite ne plus être utilisé avant de réapparaître au milieu du XIXe siècle, l’explication quand même couramment donnée est que le poteau est quelque chose sur lequel on peut s’appuyer, tout comme on peut s’appuyer sur un ami fidèle.
Mais quel rapport avec la branche, me direz-vous ? Eh bien, il semblerait que ce soit une utilisation du même type de métaphore : l’ami peut nous empêcher de tomber (dans des travers divers ou dans la dépression, par exemple) comme on peut s’accrocher à une branche solide pour ne pas se casser la figure.

Exemples

« Wou-wou parla de nouveau. La traduction apparut.
– Salut vieille branche !
– Salut, dit M. Mac Ohm, et la machine traduisit.
– Ce n’est pas très poli de m’appeler vieille branche, je m’appelle Mac Ohm.
– OK Mac Ohm. Mais Mac Ohm c’est trop long : je t’appellerai Mac, dit Wou-wou. »
Francis Weill – L’inoubliable voyage au pôle Nord de M. Mac Ohm et de Wou-wou le chien – 2008

 

 

Langue

Expression équivalente

Traduction littérale

Allemand hallo altes Haus! salut vieille maison !
Anglais hello me old China ! salut ma vieille Chine !
Anglais hello old bean! bonjour vieux haricot !
Anglais hello old chap! bonjour le vieux !
Anglais hello old fruit! bonjour vieux fruit!
Anglais (USA) hey there, good buddy! dis donc, cher pote !
Anglais (USA) quoi ça dit, mon nèg’ ?

qu’est-ce que tu as à nous raconter, mon nègre ?

Espagnol (Espagne) ¿ Qué pasa tronco ? qu’est-ce qui arrive tronc ?
Espagnol (Espagne) hola compadre ! salut compère !
Gallois sut mae’r hen goes! salut la vieille jambe!
Hébreu

להטעין את הסוללה במחשב נייד (lehatinn ètt hassolela bamakhchèv niyèd)

charger la batterie dans un ordinateur portable

Italien vecchio mio! mon vieux !
Néerlandais gegroet ouwe rakker! salut vieux garnement !
Néerlandais hey ouwe deur! salut vielle porte!
Néerlandais hi, ouwe gabber! salut vieux pote!
Polonais czesc stary, czesc stara salut vieux, salut vieille
Portugais (Brésil) oi, velho! salut le vieux !
Roumain salut, bătrâne ! salut, vieux !
Roumain salutare, umbră veche! salutation, vieille ombre!
Roumain lume noua ! nouveau monde !
Serbe zdravo, stari moj! salut, mon vieux
Turc selam moruk / Selam ihtiyar salut vieux
Wallon (Belgique) vî strouk’ ! vieille branche !

 

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[Source : www.expressio.fr]

 

Los hispanohablantes no han acuñado el significado que Pedro Sánchez quiso darle al verbo “topar”

El dibujo en tiza de cómo se alcanza una idea.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

El presidente del Gobierno usó reiteradamente el verbo “topar” el 13 de septiembre durante una entrevista en TVE, en la que habló sobre el precio de la luz.

Sin embargo, los hispanohablantes no han acuñado hasta ahora el significado que el dirigente socialista quiso darle; es decir, el de “poner un tope” al precio del gas a fin de frenar la escalada de la electricidad.

“Topar” se ha empleado en sus principales usos para expresar el encuentro con algo (“se topó con el Bernabéu cuando estaba buscando el Metropolitano”), o para relatar una contrariedad (“yo quería ser ingeniera, pero topé con las matemáticas”).

Este verbo y esos sentidos, que se documentan ya en el siglo XIV (Corominas y Pascual), proceden de la onomatopeya (sonido) “top”, con la que se representaba un choque. Cervantes escribió en el Quijote “con la iglesia hemos dado”, pero la tradición oral transformó la frase en el dicho “con la iglesia hemos topado”. Tan popular ha sido este verbo.

(Por cierto, esto nada tiene que ver con el topo, cuyo nombre viene del latín vulgar talpus).

La idea que le asignó el presidente a ese verbo se maneja últimamente en el lenguaje sindical y empresarial –en las negociaciones de despidos– para expresar que las indemnizaciones tendrán un límite; es decir, que, al fijar la cantidad con la que se compensa al empleado a quien se desaloja, la suma de los días por año trabajado no superará, por ejemplo, el sueldo de 24 meses. Así, la indemnización está “topada” en dos años. Este significado de “topar” no parece haber pasado al lenguaje general, que se viene bastando con verbos como “limitar”, “delimitar”, “constreñir” o “ceñir”.

Por su parte, el sustantivo “tope” con el significado de “extremo o límite al que puede llegar algo” vino al español por un camino distinto del que recorrió el verbo: se originó en el franco top: “cumbre”; que se desvió al inglés con ese mismo sentido para tomar luego el significado de “la parte de arriba”. Por eso el lenguaje periodístico de poco vuelo usa expresiones como “está en el top ten” (está entre los diez mejores, entre los diez de arriba).

Esos dos caminos (el de “limitar” y el de “cumbre”) vinieron a coincidir en español, porque cuando alguien escala a una cumbre se encuentra también con un límite, salvo ascenso a los cielos.

Como sucede tantas veces en los gremios endogámicos (entre ellos el periodístico), el presidente lanzó a una audiencia masiva el significado de un ámbito restringido, sin tener conciencia de que se trata de un uso particular. En estos casos, pueden darse dos situaciones: que los receptores sientan extraño el vocablo y consideren incompetente a quien lo pronunció, o que lo acepten porque han podido descodificarlo con facilidad.

Seguramente al oír a Pedro Sánchez se produjeron ambas reacciones: unos habrán entendido que ese “topar” se forma sobre el sustantivo “tope” con la adición de la desinencia -ar, propia de los infinitivos de la primera conjugación; pero otros habrán pensando que el presidente se expresó con una palabra inadecuada. Y tal vez todos ellos se pregunten por qué no empleó el verbo “limitar”, que habrían comprendido con facilidad y resultaría de mejor estilo. Y, ya de paso, quizás muchos habrían querido saber hasta dónde llegará el precio máximo que puede permitir el sistema. Porque el invierno acecha y el kilovatio sigue a lo suyo. O sea: subiendo a tope.

[Foto: XEFSTOCK (GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO) – fuente: http://www.elpais.com]

Une critique acérée des lieux communs associés au cinéma direct depuis les années 1960, doublée d’une réflexion précieuse sur l’actualité de cette manière de réaliser des films.

A Suppressed Masterwork of Moroccan Political Cinema Is Suddenly Streaming  | The New Yorker

Écrit par Rémy BESSON

Caroline Zéau ouvre son ouvrage sur le Cinéma direct par le constat que la catégorie de films désignée par cette expression a souvent été caricaturée. Leur écriture documentaire serait, en effet, « dominée par l’immersion et le mimétisme et caractérisée [par] l’absence d’inventivité formelle » (p. 11). Ces films se retrouvent régulièrement définis par la négative, « pas de scénario, pas de mise en scène, pas d’interférence, par de manipulation » (p. 19). La chercheuse ajoute, plus loin, « sans entretiens ni commentaire, pratiquement sans auteur » (p. 57).

Le cinéma direct : un art de la mise en scène
Caroline Zéau
2020
L’Âge d’homme
272 pages

L’expression qui donne son titre au livre correspond ainsi à une forme d’effacement du point de vue de l’équipe du film qui serait comme subordonné à la représentation d’une situation vécue. Cette acception renvoie aussi à l’idée d’une forme de transparence du dispositif technique qui permet la captation sur le vif d’une histoire du quotidien. Or, Zéau a choisi pour sous-titre : un art de la mise en scène, la chercheuse revendiquant tout à la fois une perspective auteuriste (ces films étant considérés comme relevant du domaine de l’art) et l’expression de « mise en scène » comme caractéristique principale. Elle se livre ainsi à une critique acérée des lieux communs associés au cinéma direct et à une révision très précise de l’ensemble des présupposés qui se sont imposés au cours du temps à son sujet.

De l’histoire du cinéma direct à l’actualité de la démarche

Pour ce faire, la chercheuse commence son propos par un retour sur les vues tournées entre la fin des années 1890 et le début des années 1900, ainsi que par une étude du développement du cinéma documentaire dans les années 1920-30. Adoptant une démarche comparative entre d’un côté les vues et de l’autre côté le cinéma direct, il s’agit pour elle d’insister sur le caractère originel du désir des opérateurs de capter quelque chose du réel. Il est aussi question de distinguer le direct de ce que le cinéma documentaire est devenu quand il s’est institutionnalisé (il n’est qu’à penser aux documentaires de propagande à commentaires grandiloquents tournés pendant la Deuxième Guerre mondiale).

Elle propose ensuite une série d’analyses portant sur des films réalisés principalement en France, aux États-Unis, au Québec, entre les années 1954 et 1965. Cette décennie correspond au moment du direct, soit à la période durant laquelle des tournages en extérieur avec un équipement léger et un son synchronisé avec l’image sont progressivement devenus possibles. La réduction des coûts de production, ainsi que les transformations dans la composition de l’équipe du film induites par ces évolutions techniques, sont alors présentées.

Il est notamment question du rôle essentiel acquis par l’ingénieur du son et, dans une moindre mesure, du montage (l’ouvrage demeure focalisé sur des enjeux de mise en scène, et Zéau note avec justesse p.159 que « le montage est l’opération refoulée des discours sur le cinéma direct »). Le plan-séquence qui permet d’inscrire la présence des personnes filmées dans la durée, c’est-à-dire de leur laisser le temps nécessaire afin d’agir et de s’exprimer, est présenté à plusieurs reprises comme constituant un geste central de l’esthétique du direct.

Mais, c’est surtout l’implication nouvelle des personnes filmées dans le processus créatif qui est mis en lumière, l’idéal revendiqué étant de « tend[re] vers une relation démocratique entre l’artiste et son sujet » (p. 224). La thèse défendue est que « la pertinence politique du cinéma direct tient à cette volonté de penser la mise en scène à même l’observation du réel, de saisir le sens des choses en-deçà des discours et d’être attentif au désir des personnes filmées » (p. 181). La chercheuse insiste alors sur la manière dont les principaux réalisateurs du moment du direct — Jean Rouch, Edgar Morin, Mario Ruspoli, Richard Leacock, Robert Drew, Albert Maysles, Donn Alan Pennebaker, Michel Brault, Pierre Perrault — ont mis en scène leurs protagonistes et la place accordée à une forme d’auto-mise-en-scène de leur part.

Toutefois, ce n’est ni l’histoire de ce mouvement protéiforme ni l’établissement d’un panthéon des auteurs du direct qui se trouve au cœur de l’investigation. Cela est clairement rendu visible par le fait que de nombreux décrochages temporels sont effectués tout au long de l’argumentation. Ainsi, Zéau se penche avec beaucoup d’attention sur les œuvres de Johan van der Keuken (et ce avant même de présenter Jazz Dance de Richard Leacock et Roger Tilton, 1954), de Sylvain L’Espérance (de 1988 et les Écarts perdus à 2016 et Combat au bout de la nuit) et d’Alice Diop (de 2003 et Mon père ici et là à 2016 et la Permanence).

L’ouvrage quitte d’ailleurs progressivement son fil chronologique pour s’intéresser plus frontalement aux « assises philosophiques du cinéma direct » (p. 130) ainsi que sur sa dimension politique. Il est alors entendu que le cinéma direct ne désigne pas seulement un moment de l’histoire du cinéma (la conquête du son synchrone léger entre 1954 et 1965), mais une manière de faire du cinéma qui est plus que jamais actuelle.

Une approche politique du cinéma direct

Ainsi, à l’articulation entre des réflexions sur la technique (quels dispositifs d’enregistrement sont utilisés ? avec quelles conséquences sur l’interaction filmeur-filmé ?) et d’analyses portant sur les discours (pourquoi utiliser ces expressions de « cinéma direct » et « cinéma-vérité » ? avec quels effets sur la réception des films ?) qui ont déjà été développés ailleurs (voir nos propres recensions de Pour un cinéma léger et synchrone de Vincent Bouchard, et de Le cinéma-vérité : films et controverses de Séverine Graff), Zéau se penche sur l’actualité du cinéma direct.

L’expression est considérée tout à la fois comme renvoyant à une matrice qui sert d’ancrage à de nombreuses démarches documentaires contemporaines et de lieu pour penser une manière de créer en marge du cinéma commercial (y compris du cinéma documentaire commercial). Cette manière de faire des films passe, selon elle, tout d’abord par une très grande attention et sensibilité portée à ceux qui sont filmés, soit à leur parole, à leurs gestes et à leurs corps. Dès son introduction Zéau pose à ce propos que « l’indétermination du terme n’est donc pas fortuite puisqu’il ne désigne rien moins qu’un changement de rapport entre le vécu et le cinéma » (p. 15).

Cela passe aussi par le fait d’inclure le spectateur (ou tout du moins un spectateur idéal) comme étant impliqué dans l’expérience du film. Le réalisateur occupe ainsi, régulièrement, la posture du tiers qui cherche à mettre en relation par son œuvre ceux qui sont filmés lors du tournage et ceux qui visionnent le film achevé. La manière dont les regards des filmeurs, des filmés et des spectateurs se croisent (ou non) est particulièrement questionnée, notamment à travers les notions de construction participante, de feed-back et de regard rétrospectif.

Le cinéma direct, dans un renversement total vis-à-vis des lieux communs cités au début de ce compte rendu, devient alors un art de l’après-coup, voire du « différé » (p. 240). Cela revient à dire que pour faire du cinéma direct, mieux vaut prendre ses distances avec toute idée d’une mise en contact la plus transparente possible avec ce qui se passe dans la société. Au contraire, l’équipe du film est amenée à penser des manières de s’approcher de l’espace public dans lequel elle se trouve et de la vie privée des protagonistes en les pensant comme des « scènes » (p.199 : « la chorégraphie de la caméra portée, la continuité et l’interaction filmeur-filmé – permettent de construire un espace filmique – que j’appellerai une scène – capable de révéler, voire de rehausser grâce à la distance critique ainsi créée, la dramaturgie inhérente à l’événement filmé »).

Pour ce faire, les membres de l’équipe doivent créer des mises en scène (on retrouve ici le sous-titre du livre) qui se situent à la jonction entre une volonté de création et d’intervention dans la société (et non à la jonction entre une volonté de représentation la plus fidèle possible et un devoir d’objectivité). L’intervention dans l’espace profilmique n’est ainsi pas considérée comme un tabou. Au contraire, la création de situations provoquées est envisagée comme une possibilité parmi d’autres. De même, la dramatisation de l’expérience vécue est perçue comme étant une ressource à la disposition de l’équipe du film lors du tournage.

Assumer une dimension utopique, voire subversive

La chercheuse insiste sur la dimension utopique des démarches qu’elle présente en essayant de déployer tout leur potentiel politique, voire subversif. Il est entendu que ce potentiel ne réside pas principalement dans le sujet abordé (même si le choix de ce dernier est déterminant), mais dans la façon de filmer aussi bien le singulier que le collectif et, surtout, dans le rapport que la mise en scène permet d’établir avec ceux qui ont acceptés d’être filmés. Il s’agit de trouver une manière de leur donner accès à une forme de visibilité et de faire entendre leur voix dans l’espace public. Zéau revient pour cela sur le processus de création de certains films importants — de Chronique d’un été (Rouch et Morin, 1961) à Pour la suite du monde (Brault, Carrière, Perrault, 1963), en passant par Méthode 1 (Ruspoli, 1961) et Primary (Drew, Leacock, Pennebaker, Maysles, 1960) — en se basant quand cela est possible sur l’étude des rushes et sur le propos de leurs réalisateurs.

Pour les films plus récents, elle se livre surtout à de nombreuses ekphrasis de séquences représentatives de la démarche en question. Ces passages, particulièrement convaincants, permettent de mieux saisir ce que la chercheuse entend par mise en scène relevant du direct (et non seulement du documentaire) à l’époque actuelle. Ainsi, sans oublier les enjeux techniques et discursifs, elle défend l’idée que « le cinéma direct n’interdit aucun procédé, car il est hybride par nature et son objet privilégié est la compréhension des relations qui sous-tendent l’organisation sociale » (p. 242). Cette attention portée à la mise en scène ainsi qu’aux enjeux politiques fait de cet ouvrage une publication importante pour qui souhaite s’interroger sur le devenir du cinéma direct en particulier, mais aussi du cinéma documentaire de manière plus générale.

 

[Source : http://www.nonfiction.fr]

Une « approche radicale », c’est parfois enthousiasmant. Des « propos radicaux », ou « l’islam radical », c’est toujours dangereux… Vague, paré de connotations contradictoires, le mot hante depuis toujours l’histoire politique, ne faisant qu’ajouter à la confusion du débat.

 

Écrit par Pascal Riché

Plus radical que moi, tu meurs. C’était le thème des primaires écologistes. Sandrine Rousseau s’est présentée comme « radicale », par opposition au pragmatisme affiché de Yannick Jadot. Pris de court, ce dernier a répondu, en substance, qu’il n’avait de leçon de radicalité à recevoir de personne, lui qui a été « espionné par EDF » et a « arraché des OGM »… Ce qui est radical, c’est le dérèglement climatique, a-t-il fait valoir. Un peu comme un chewing-gum, le mot, mâchouillé par tous les cadres d’EELV, a vite perdu son goût et son sens. Il est vrai que dans l’histoire politique, il a toujours été assez élastique. Les centristes s’en sont prévalus autant que les extrêmes. Et qui ne propose pas aujourd’hui des réformes « radicales » ou un « changement radical du rôle de l’État » ?

En réalité, tout dépend à quel nom on associe l’adjectif radical.

  • « L’islam radical », une expression apparue au début des années 2000, c’est évidemment dangereux : il faut « déradicaliser » ceux qui s’y adonnent.
  • La « réforme radicale », en revanche, c’est toujours courageux.
  • La « gauche radicale », c’est celle qui a couteau entre les dents, à ne pas confondre avec les « radicaux de gauche » qui sont de doux centristes.
  • Une approche « radicalement différente » est rafraîchissante et bien souvent salvatrice.
  • La « droite radicale » est à peine plus présentable que l’extrême droite (même si elle professe son attachement aux institutions républicaines).
  • Une « critique radicale » peut être louée parce qu’elle prépare de nécessaires transformations profondes.
  • Mais des « propos qui se radicalisent » sont toujours lourds de menaces.
  • etc. etc.

« Radical », on le voit, est digne d’appartenir à la novlangue imaginée par Orwell dans « 1984 », ce vocabulaire permettant de dire tout et son contraire, et de tuer le sens des mots.

Au départ, le « radical » est celui qui veut agir sur la racine (radix, en latin). Sandrine Rousseau n’a pas manqué de rappeler cette origine : elle compte reprendre le problème à la racine, à savoir la structure patriarcale du pouvoir et de nos sociétés. Angela Davis elle-même, dans les années 1960, disait que « radical signifie simplement attraper les choses par la racine ». Mais qui prête vraiment attention à cette étymologie ?

L’histoire du mot, pris dans son sens politique, est complexe, et a joué à saute-frontières. Il est utilisé en Grande-Bretagne depuis la fin du XVIIIe siècle (en France, sous la Révolution française, on parle alors plutôt des « enragés »). Il ne fait sa véritable apparition dans l’Hexagone que sous la monarchie de Juillet, pour une raison simple : la loi du 9 septembre 1835 interdit de se déclarer « républicain » sous peine de poursuites pénales. En 1841, un jeune avocat, Alexandre Ledru-Rollin, fait donc campagne dans la Sarthe sous l’étiquette « radical ». C’est l’acte de naissance du radicalisme, qui ne décollera vraiment qu’après 1871, sous la IIIe République. Initialement, il désigne donc une forme d’extrémisme, porté par des républicains en butte aux forces monarchistes et bonapartistes. Puis, il migre vers l’inverse de son sens : la modération, le centre. Les radicaux, plaisante-t-on au XXe siècle, sont comme les radis, « rouges à l’extérieur, blancs à l’intérieur, et toujours près de l’assiette au beurre ». Le mot « radsoc » (radical-socialiste) devient presque péjoratif : il renvoie à l’idée de « ventre mou ».

Mais si le « radicalisme » dort dans un coin poussiéreux de l’histoire politique française, la radicalité n’a pas disparu. Dans les livres publiés en français, l’emploi du mot « radicalité » a pris son essor dans les années 1960, sans doute sous l’influence des mouvements d’émancipation américains (noirs, féministes…).

L’essor de l’usage dans les livres de « radicalité », qui dépasse désormais « radicalisme »

L’essor de l’usage dans les livres de « radicalité », qui dépasse désormais « radicalisme »

Outre-Atlantique, se déclarer « radical » , c’est alors s’inscrire en dehors des institutions du pouvoir pour attaquer la racine des maux américains : le patriarcat (concept alors relancé, notamment par Kate Millet) ou le racisme… Les opposants à ces mouvements, eux, associent paresseusement « radicalité » et « violence ». En France, la radicalité creuse son trou dans le champ intellectuel, derrière des personnalités comme Pierre Bourdieu, Alain Badiou, Etienne Balibar ou Jacques Rancière. En 1999, juste avant de se saborder, la Fondation Saint-Simon, qui cherche à réconcilier la gauche et le marché, consacre une note pour s’inquiéter des « nouvelles radicalités » (elle est signée par le philosophe Philippe Raynaud). Un autre philosophe, Daniel Bensaïd, ancien leader de Mai-68, note en 2000 que « la notion vague de radicalité est fort à la mode dans le vocabulaire politique hexagonal récent. À défaut de désigner un contenu précis, il évoque un ton, une attitude de refus. La radicalité, en effet, est toujours relative, à une situation, à un moment, à une tiédeur conciliante ».

En 2019, à peine élue à la chambre des représentants, la New-yorkaise démocrate et écologiste Alexandria Ocasio-Cortez, lance bravache, dans une émission de télévision : « Appelez-moi radicale ! » (après avoir rappelé qu’Abraham Lincoln l’avait été lorsqu’il avait émancipé les esclaves, ou Franklin Delano Roosevelt lorsqu’il avait créé l’assurance-retraite). On le voit, que ce soit aux États-Unis ou en France, la radicalité est pour les uns une marque d’infamie, pour les autres une médaille que l’on porte avec honneur. Le mot-élastique ne pourrait plus être étiré.

[Source : http://www.nouvelobs.com]

sexe ; relation sexuelle ; coït ; ébats sexuels ; rapport sexuel

Exemples

Elle ne risquerait pas tout pour une partie de jambes en l’air.
La partie de jambes en l’air n’a pas dû être terrible.
Il va au Pink Flamingo faire une partie de jambes en l’air.
Elle doit avoir griffé la victime pendant leur partie de jambes en l’air.
Je te note pour une partie de jambes en l’air pour le fun plus tard.

Comment dit-on ailleurs ?

Langue

Expression équivalente

Traduction littérale

Portugais (Portugal)

bimbada, estocada, trepada

bimbo, stoppée, baisée

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[Source : http://www.expressio.fr]

Crece la inseguridad entre quienes usan con candidez los mismos vocablos que otros manejan con odio

Dispensador de Conguitos en un supermercado

Algunas personas han decidido que las palabras significan lo que a ellas les ofende. Hubo un tiempo en que surgieron protestas razonables, y por eso mucha gente huye de las expresiones “le ha engañado como a un chino”, “esto es una merienda de negros” o “menuda gitanería te hizo”. Y nos cuidamos de usar como insultos los vocablos “trastornado” o “autista”, entre otros, porque eso denigra a quienes sufren algún trastorno real.

A partir de estos éxitos, una fracción de sus promotores cogió carrerilla y ha ido tejiendo una telaraña que corre el riesgo de resultar molesta incluso para otras personas tan antirracistas como ellos. Así, “tener la negra” se presenta como una ofensa contra los negros, lo mismo que “dinero negro” o “un negro futuro”, expresiones que se refieren a la falta de claridad o transparencia, y no al color. Con ello, el uso racista que una palabra pueda tener en determinados contextos se extiende a cualquiera de los sentidos posibles de ese mismo término, sin reparar en las distintas intenciones con que se pronuncia en cada caso. Más o menos como si el insulto “payaso” proferido contra alguien impidiera mencionar la palabra al salir del circo. El uso que se puede proscribir es el primero, no el segundo.

Viene esto a cuento de que, en la estela abierta hace un año en change.org contra los Conguitos españoles, creados en 1961, la firma Nestlé ha retirado en Chile la marca de galletas Negrita, sustituida por Chokita pese a que la anterior convivía sin problemas con los chilenos desde hacía también más de 60 años. La compañía explicó que había tomado esa medida por “las sensibilidades de distintos grupos sociales” y “la mayor conciencia sobre el uso de estereotipos o representaciones culturales”.

Si a nuestros hermanos chilenos les ha parecido bien eso, no tengo nada que oponer. Pero todo esto da mucha prevención por si se nos va de las manos aquí, tan aficionados como somos a llevar hasta el límite cualquier idea en principio razonable. Habrá quien proponga que en los periódicos y en las editoriales a la letra “negrita” la llamemos también “chokita”, y que al chocolate negro le digamos “oscuro”; y me pregunto si nuestras galletas María estarán incitando a consumir cannabis y si, por tanto, también deberían cambiar de nombre. Con arreglo a ese nuevo sesgo igualitario que ve desigualdades donde no las hay, habrá quien sienta miedo de explicar que alguien se quedó cruzado de brazos ante un conflicto porque esa frase discrimina a los mancos. Y no se elogiará la destreza de otro si se trata en realidad de una persona zurda. Tampoco se criticará que un árbitro no dé una a derechas porque a lo mejor él se ha sentido siempre de izquierdas. En fin, que podemos acabar perdiendo el norte con esto, pero decir eso discrimina a los que nacieron en el sur, quienes a lo mejor no tienen ningún problema en sentirse desnortados.

Lejos de mi voluntad desacreditar la lucha contra la desigualdad real. Sus promotores no producen ninguna prevención, sino estímulo para secundar la causa. Hablo de quienes, seguramente con la mejor pretensión, se apoderan de esos discursos legítimos para distorsionarlos, con lo cual logran infundir el temor y la inseguridad entre quienes usaban con candidez los mismos vocablos que otros manejan con odio. Creo que no conviene entregar a los racistas nuestras palabras bienintencionadas, sino todo lo contrario: usarlas con naturalidad para evitar que se apropien de ellas y nos las dejen inservibles.

[Foto: ANDREW HASSON / ALAMY STOCK PHOTO – fuente: http://www.elpais.com]